Ya hemos expuesto cómo el Maestro en el comentario de la 3ª petición del padrenuestro, en el Prólogo, pone los fundamentos de la obediencia y de toda su exposición resulta un único mensaje: para hacer la voluntad de Dios, que es la aspiración del Espíritu en nosotros, y para alcanzar la salvación, debemos no hacer lo que queremos, o sea renunciar a la voluntad propia, que brota de las profundidades de nuestra carne.
Una vez asentado este primer fundamento, el Maestro aduce otro nuevo en la conclusión del capitulo primero, sobre los géneros de monjes. Aunque alejado del texto anterior, no deja de ser como su continuación, cuando afirma “hacer la voluntad de Dios, no la nuestra, porque una cosa es lo que el Señor nos ordena en el espíritu, y otra lo que la carne nos incita a realizar en nuestra alma.
A esto sigue una solemne presentación de los “doctores” instituidos por el Señor en su Iglesia, que comprenden tanto las escuelas seculares como las monásticas. A estos doctores o pastores, (que son los obispos y abades) son los sucesores de los profetas y apóstoles, les concierne las promesas y mandatos que Cristo dirigió a Pedro y a los Doce: “apacienta mis ovejas”, “enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado”, “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.
También aplica a estos las palabras del Señor: “El que os escucha a vosotros, a mí me escucha”.
A la frase citada en el prólogo: “el Señor nos ordena en el espíritu”, es remplazada en este capítulo por esta otra: “el Señor nos ordena por medio de un doctor”. Así el Maestro ha establecido el segundo fundamento de la obediencia. Para obedecer a Dilos, hay que obedecer al hombre que lo representa, el doctor, el abad. Y tanto aquí como ya lo hizo en la tercera petición, presenta la obediencia como la condición para salvarse en el día del juicio. Haciendo lo que dicen los doctores, eliminamos toda voluntad propia, que sería objeto de condenación. Así también se llena la vida con la voluntad divina, lo cual nos hará dignos de ser glorificados.
La misión de los doctores, es a la vez comunicar la voluntad de Dios y de impedir el cumplimiento de la voluntad propia. La voluntad divina encuentra en nosotros la oposición de la carne, movida por el diablo que domina en la carne. Por eso el primer beneficio que se espera de la dirección de los superiores, es el de aprender a olvidar el camino de la voluntad propia.
El Maestro no piensa que esta intervención de los doctores, suprima la libertad del espíritu. Todo lo contrario. Para él, la autoridad no elimina el espíritu, sino que lo libera. En efecto, el verdadero enemigo del espíritu, es la carne, y la voluntad propia que emana de ella. El doctor viene a socorrer al espíritu al poner fin a la tiranía que domina el deseo carnal. El doctor presenta e impone la voluntad de Dios, a la que el espíritu aspira. A los ojos del Maestro no existe ninguna oposición entre estos dos servidores del querer divino.
Estos dos fundamentos de la obediencia aparecen en dos textos separados, pero en la mente del Maestro, según aparece en el cap. “de la ars sancta”, están unidos. El pasar de la voluntad divina a la de los superiores humanos, lo encontramos también en los tres primeros grados de humildad. En el segundo se renuncia a los deseos de la propia voluntad, para hacer la de Dios, y en el tercero propone someterse al abad en toda obediencia.
Al exhortar a los monjes que dejen todo lo propio, para seguir la voz del que manda, parece que el Maestro tuvo a la vista la inmediata obediencia de los discípulos a la llamada de Jesús. En primer lugar se abandona o se renuncia. Luego se sigue a Jesús. El primer movimiento simboliza el no cumplimientote la voluntad propia, el segundo el cumplimento de la voluntad de Dios.
El Maestro descubre así en los sinópticos el doble movimiento de renuncia y adhesión formulado en Juan 6,38. Las relaciones de Jesús con sus discípulos es una semejanza de las relaciones de Cristo con su Padre según se manifiesta en este pasaje.
La obediencia que prestamos a Cristo, es a imagen de la obediencia que tiene Cristo al Padre y su prolongación.
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