Espiritualidad
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La acogida de los monjes se manifiesta de muchas maneras, pero hay dos medios concretos que aparecen de manera significativa: la liturgia y la hospedería.
Nuestra liturgia monástica es siempre pública y se puede unir a ella todo el que lo desee. Para ello se facilitan los libros, folletos o papeles que son necesarios.
Toda la liturgia que se desarrolla en la iglesia es cantada con melodías sencillas, derivadas del gregoriano, que permiten fácilmente el unirse a ellas.
Siete veces al día celebramos este culto litúrgico en la iglesia del monasterio.
El primero a las 5,30 de la mañana, se trata del Oficio de Vigilias. Estas horas tempranas tienen un doble significado: el de la solidaridad con quienes muy pronto inician su jornada de trabajo y a quienes el monje ya acompaña con su oración; y el de llevar a efecto lo más ampliamente posible el que nuestra oración se realice a lo largo de todo el día, en la parte que tiene de día y de noche.
A las 10 de la mañana se abren una serie de “Oficios” que denominamos “menores”, ya que son breves, y que marcan el ritmo de oración continua con la que los monjes consagramos la jornada, como alabanza constante a Dios. La primera se denomina Tercia, la segunda Sexta, a las 13,30, y la tercera, Nona, a las 15,30.
Al final de la tarde, a las 19,30, está el Oficio de Vísperas, y culmina el día con el Oficio de Completas a las 21,45, clausurando toda la jornada con el canto gregoriano de la Salve.
Esta liturgia pública conforma como la columna vertebral de la oración monástica, el tiempo que queda entre ellas lo ocupan las demás actividades, según las necesidades y las tareas de cada uno: el trabajo, la oración personal, el estudio, la acogida.
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Nuestra Orden surgió en Francia en el siglo XI, 1098, propiciada por los santos monjes Roberto, Alberico y Esteban, y cuyo gran impulsor fue san Bernardo de Claraval.
Nos apoyamos en el Regla de san Benito, del siglo VI, actualizada en nuestras actuales Constituciones.
Nuestra vida se equilibra en los dos polos clásicos del trabajo, preferentemente manual, y la oración, vivido todo en un clima de fraternidad y sencillez, en un marco apartado que nos permite realizarlo con naturalidad, en acogida sencilla, familiar y cercana de aquellos que vienen a este lugar.
La vida comunitaria se estructura bajo la figura de un hermano que hace las veces de Cristo en el monasterio, guiando y estimulando a todos y cada uno de los monjes. Algo importante en una forma de vida donde se promete permanecer siempre en la misma comunidad.
El silencio juega un papel importante como actitud continua de apertura y escucha en la que queremos vivir continuamente, base de nuestra dimensión contemplativa.
El apartamiento que supone nuestro habitat y la clausura no es signo de separación, y mucho menos de rechazo. Cuando precisamente la acogida es una característica de toda vida monástica, este apartamiento es ante todo signo de una opción que manifiesta el núcleo donde ponemos la vida, Dios, y un medio para conseguir nuestros fines, manifestación de dónde sentimos lo esencial. Es signo de nuestra disponibilidad continua y de nuestro servicio de alabanza que asumimos de manera continua como deseo y manifestación de la Iglesia orante.
Ciertas opciones que suponen algunas renuncias llevan el signo de la solidaridad con quienes carecen de medios, la ausencia de propiedad personal, la sencillez en la alimentación y el no comer habitualmente carne, el no tener tiempos de recreación diaria o no disponer de vacaciones.
Y todo ello con un sentimiento profundo de alegría, a través de la cual el monje pone de manifiesto la convicción de lo que mueve su existencia.
