Prólogo

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4.- PROLOGO.- VISION GENERAL.-
5.- PROLOGO, s. Benito.
6.- Escucha, hijo estos preceptos de un maestro

7.-Escucha… los preceptos. (Pro. 1).

8.-  Aguza (aplica) el oído de tu corazón.
9.-Para que por tu obediencia laboriosa,
10.-Para que por t u obediencia laboriosa
11.- A ti, pues se dirigen mis palabras,
12.- Al comenzar cualqura buena
13.-Para que por haberse dignado contarnos

14,- Porque efectivamente, en todo momento 

15.-Levantémonos  de una vez
16.-Y abriendo nuestros ojos a la luz de Dios,
17.-El que tenga oídos oiga lo que el Espíritu dice
18.- Buscándose un obrero entre la d,multitu
19.-.Si tu al oírle le responde:”yo”
20.- Y cuando cumpláis todo esto, tendré mis ojos
21.-Hermanos amadísimos, ¿puede hdulceaber algo más
22. -Ciñéndonos pues nuestra cintura con la fe
23-.- Si deseamos habitar en el  tabernáculo
24.- Nunca podremos llegar allá
25.-Preguntemos al Señor como el profeta
26.-Aquel que anda sin pecado y practica la justicia
27.- Aquel  que cuando el diablo le sugiere alguna cosa
28. Vencer el orgullo.

29. La gloria para Dios

30.-Fidelidad a la divina voluntas.
31. Responder a la llamada.

32. La paciencia de Dios

33. El divino servicio.

34. La escuela del divino servicio.

35.-Vamos a instituir una escuela

36.-La Escuela del vino servicio.di

37. Suavidad de la Regla.

38.-Puede encontrarse alguna austeridad.

39.-No abandonar el camino.

40. Conclusión del Prólogo.
41. Compartir el Reino.
42.- Visión panorámica del prólogo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Causa cierta sorpresa  que comenzando a exponer una regla para monjes cristianos, no aparece una cita de neta coloración cristiana. Cierto que Cristo es nombrado en una parte y en otra, y varias veces se menciona el evangelio. También se hace referencia a palabras del Apóstol.  Pero estas referencias del NT son menos numerosas y aparentes que las citas del AT.
La trama de este apretado de textos bíblicos, son dos pasajes de salmos (33 y 14) El designio del autor es glosarlas, relacionarlas entre sí y sacar una conclusión de ellas.  Así en el Prologo de nuestra Regla encontramos una doble cita tomada del AT. Sin olvidar numerosas citas y reminiscencias ocasionales del salterio, de los libros sapienciales y de los profetas.
¿Es correcto que unos monjes cristianos tengamos que recurrir al AT para mostrar el programa de su seguimiento de Cristo?
La respuesta puede ser, que si queremos entender el prólogo de RB, tenemos que tener presente que este texto es un simple  extracto del prologo de la RM.
Esta comienza con una basta introducción cuatripartita: prólogo, parábola de la fuente, comentario del Pater, comentario de los salmos.  Su longitud es aproximadamente el triple de nuestro prólogo
S. Benito para resumirlo reprodujo casi sin cambios esta cuarta parte, el comentario de los salmos, después de haber resumido en unas líneas las tres primeras partes. Esto explica que una regla para monjes cristianos comienza con un prólogo en el que predominan las citas del AT.
Teniendo esto ante la vista, reconocemos que el prólogo benedictino es un fragmento  de un gran  prologo de la RM,  en el que el NT ocupa el lugar preponderante que corresponde a una legislación cristiana.
Antes de los salmos, el Maestro  comenta largamente el Padre nuestro,  que era a su vez, continuación de la parábola de la fuente, en la que la invitación a la vida cristiana y  monástica resonaba a trabes de las palabras de Cristo en Mateo:”Venid a mí todos los que estáis fatigados… porque mi yugo es suave y mi carga ligera”
El comentario de los salmos que sigue al Padrenuestro toma todo su sentido, si lo situamos a continuación de esas dos partes centradas en el evangelio. Vemos que el objetivo de la RM es completar la evocación del bautismo y la explicación del  padrenuestro.  Las palabras del salmista son escrutadas a la luz de la revelación cristiana, percibida en los ritos litúrgicos del bautismo y los textos del NT. Los toques evangélicos del comentario de los salmos, que a primera vista parecían secundarios, recobran  a esta luz su importancia primordial.  Por medio de ellos, tanto el Maestro como Benito, ofrecen a través de los salmos, un programa de vida cristiana.
Podemos añadir otra consideración, atendiendo al género literario de ambos prólogos. Es evidente que han  elegido un género lleno de imágenes, velado, poético.  Prefieren sugerir las realidades, no llamándolas directamente, sino `por medio de figuras, por alusiones, y rodeos.  El prologo de la RM no nombra al monasterio hasta el final. Antes ha paseado al lector por una nube y le presenta una parábola. Representa a la humanidad como una caravana de viajeros agotados. El evangelio como una voz que resuena inesperadamente. El bautismo como una fuente a la derecha de la ruta. Y aunque a partir de este momento se trata de la entrada en el monasterio, el Maestro  no lo indica hasta después de una larga explicación del padrenuestro y los salmos en la que todo apunta a la vida monástica.  Y en el momento de concluir, deja caer la palabra monasterio. No tenía prisa en enunciar las máximas fundamentales del NT. Ya que lo hará posteriormente en su obra. Ahora solo pretende sugerir las realidades cristianas con palabras del AT.
Así se explica que  en la cuarta y última parte del prólogo al proponer  una definición del monasterio, vuelva al AT. Después  de la parábola del bautismo y de la explicación del padrenuestro.  Utiliza un procedimiento pedagógico familiar a los Padres. El reconocer  la realidad cristiana en las sombras y figuras del AT.  

 

 

 

 

 

5.- PROLOGO, s. Benito.

¿Por qué Benito privilegió este final del prólogo del Maestro reproduciéndolo casi totalmente, mientras omitía todo de los tres partes  anteriores? Sin duda porque en esta cuarta parte encierra la frase capital a la que tendía toda la frase del Maestro:”vamos a establecer una escuela del servicio de Señor”.  Y no es que a Benito le interese particularmente  esta definición  del monasterio como “escuela del divino servicio”. Es la frase o sentencia esencial que había que conservar a cualquier precio y que estaba unida estrechamente a la cuarta parte que comentaba los salmos.  Por ello Benito decidió reproducir integramente esta última parte  del prólogo del Maestro, aún a consta de resumir en unas líneas los tres anteriores partes.
La prueba de que esto sea así, es que una vez citada la frase del Maestro “escuela del divino servicio”, Benito interrumpe  el discurso del Maestro  para introducir la frase que “espera no introducir nada penoso, nada agobiante, sin embargo si nos encontramos con algunas observancias algo estrictas, evitemos huir, solo el camino es estrecho, luego el amor va ensanchando el corazón y se corre con gusto”.
Poco importa a Benito que este inciso introducido por él, no armonice bien con el pensamiento del Maestro, que sigue en tono austero exponiendo la continua participación de los sufrimientos de Cristo, con la  perseverancia en el monasterio hasta la muerte.
Tanto para el Maestro como para Benito la frase “escuela del servicio divino” es la clave de toda esta cuarta parte del prólogo de RM, por lo que creyó tenía que copiarla íntegramente.
El prólogo de la RB es una catequesis, una instrucción religiosa. Más que presentar el código monástico, describe la vocación del monje y las grandes perspectivas de su itinerario espiritual. Crea así  el clima ideal en el que deben leerse los capítulos siguientes.
Posee un sabor marcadamente sapiencial. Es notable el uso constante del imperativo, modo pedagógico por excelencia de los libros sapienciales.
El núcleo central de esta catequesis  por su gravedad, realmente impresionante, pues se trata, de provocar  una decisión que concierne al destino temporal y eterno de quien va a tomarla. Incluye conceptos  tan tremendos como el de la muerte, que se aproxima  inexorablemente, el de la vida, como plazo concedido al hombre para enmendarse de sus vicios y hacer penitencia. El de inapelable  y definitivo juicio de Dios. Pero todo esto  es solo la parte negativa y pavorosa del mensaje. Son como unas pinceladas oscuras que hacer resaltar la luz que inunda el cuadro.
Nada más esplendido que la llamada que el Señor dirige a su elegido, nada  más maravilloso que el ideal que se nos va revelando. Rezuma un optimismo incoercible, como el que rezuma el sermón de la montaña.  En el que Cristo se manifiesta como el maestro de toda sabiduría.
Tres personajes intervienen en el prólogo, Cristo, el autor y el candidato a la vida monástica. El papel de este último se reduce casi a escuchar. El autor  se eclipsa muy pronto para reaparecer al final. Cristo es el que destaca como verdadero protagonista.  Su divina persona domina todo el discurso que empieza y termina con la proclamación de su realeza.
El es el que va descubriendo el camino que conduce a la vida. De este modo la vocación monástica  aparece nítidamente como el encuentro con una persona: Jesucristo, siempre actual.
Según Benito, la esencia del monje consiste en un diálogo con Cristo

 

 

6.- Escucha, hijo estos preceptos de un maestro, aguza el oído  de tu corazón, acoge con gusto  esta exhortación de un padre entrañable  y ponla en práctica ( Pro. 1)

El modo de iniciarse la RB tiene una gran fuerza expresiva, un matiz de cordialidad. Es como un eco de algunas sentencias  del libro de los Proverbios.”Haz caso de mis palabras, presta oído a mis consejos” (4, 20) “Hijo  mío, haz caso de mi experiencia, presta oído a mi inteligencia, (5,1)
Los antiguos monjes sentían predilección por estas formas directas, entrañables, que crean inmediatamente un clima de intimidad entre maestro y discípulo, clima propio para las confidencias de corazón a corazón. “Escucha hijo mío, se juicioso, acepta la doctrina, pues hay dos caminos” Así empieza una catequesis de S. Pacomio.  Y  S. Jerónimo en la carta más famosa de su epistolario, dice a su discípula Eustaquio, la aplica el sal. 44. “Escucha hija, mira, inclina tu oído, olvida tu pueblo y la casa paterna. El rey codicia tu hermosura”
S. Benito  exhorta a su hijo a escuchar con el oído de su corazón. Nótese el sentido de intimidad, y se apropia los nombres de maestro y de padre entrañable. Nótese el matiz de ternura. Del maestro proceden los preceptos, del padre bondadoso las exhortaciones.  Estos dos conceptos abarcan todo el conjunto de la RB.
La invitación a escuchar va seguida de una orden terminante, cosa muy propia de un hombre  práctico según  Jesucristo: “ponlas en práctica”. No solo hay que escuchar, sino también poner por obra lo que se ha escuchado. Es preciso abrirnos a la palabra, para después ponerla en práctica.
Para poder escuchar debidamente, es preciso poner silencio a las criaturas, cuyas voces confusas, acogidas y mal comprendidas  por nuestros sentidos, nos llenan de agitación, ilusiones, fantasmas de la vanidad. (Sentido de la clausura, soledad)
Escuchar,  podemos decir que equivale a meditar las cosas oídas a la luz de la fe y que a la vez nos recuerdan nuestras  obligaciones. Es dejar entrar dentro de nosotros mismos la palabra. Ver lo que obra en nuestro corazón, hacernos  cargo de los desordenes que pueden reinar en él, y del orden que debemos establecer.
 Escuchar al padre y maestro que en nombre de Dios nos habla su propio lenguaje, descubriéndonos la verdad, mostrándonos las criaturas tal como él las ve y por consiguiente tales como son en sí mismas. Escuchar a Dios que nos habla por sus criaturas o por medio  de la Escritura o por una luz interior. Nos recuerda su bondad, su justicia, su misericordia y todos los beneficios de su bondad.
Podemos y debemos estar a su escucha a cualquier hora del día y permanecer  en su escucha atentamente. ¿No será acaso despreciar al Señor el cerrar nuestros oídos a su voz y caminar bajo el impulso de nuestros instintos naturales?. En ello va no solo el honor de Dios, sino también nuestros propios intereses. Si no le escuchamos, estamos expuestos a pasar la vida en la ilusión y la mentira.
Para  esta escucha no tenemos que fatigar la cabeza buscando luces extraordinarias, querer descubrir nuevos horizontes. Escuchemos sencillamente a Dios, pues su palabra es siempre viva. Continuamente nos habla por los más variados medios.
Si bien escuchamos, no nos dice generalidades, que convienen a todos. Sino que a cada uno le habla en el lenguaje que más le conviene y del que tiene necesidad.
Debemos hacer nuestra la postura del niño Samuel:”habla Señor, que vuestro siervo escucha”. No es la falta de inteligencia, sino la falta de sencillez, de humildad, de confianza, de generosidad, lo que nos hace difícil el escuchar.
Para poder escuchar es necesario hacer silencio en nosotros y al rededor de nosotros. Es renunciar a nuestras propias luces y escuchar atentamente la voz de Dios. Ser dócil a sus instrucciones, que es lo que nos cuesta. De aquí que S. Benito, después de exhortarnos escuchar, nos invite a poner por obra lo  escuchando.

 

7.-Escucha… los preceptos. (Pro. 1).
La Regla actualizada por nuestras Constituciones nos enseña como vivir nuestro carisma de monjes cistercienses. Nos marca el camino que tenemos que seguir para ir a Dios. Es para nosotros nuestra única senda. Si no vivimos la Regla tal como nos la presentan nuestras Constituciones, no estamos en el camino de santidad al que nos llama el Señor a través de nuestra vocación concreta de monjes cistercienses.
Para poder vivirla, necesitamos amarla, y para amarla, conocerla profundamente. Si no profundizamos en ella, nos quedaremos en lo áspero y amargo de la corteza. Levantemos la corteza para encontrar el rico fruto que encierra como en una  fruta.
 En la medida que el espíritu de la regla, nuestro carisma, lo  hacemos vida nuestra y observamos los preceptos   como espontáneamente  es señal de que hemos hecho nuestro  su espíritu.
Los preceptos que S. Benito nos exhorta a escuchar, no son solamente normas de S. Basilio, de la RM y de otros Padres del monacato. Son el fruto de su vivencia del evangelio, que su espíritu ha recogido admirablemente en sus largos años de  vida monástica.  Es por tanto Jesús, como maestro, el que nos habla a través de Benito. “Bienaventurado eres Israel, porque se te han dado a conocer las cosas que agradan a Dios”.
Los preceptos,  observancias, reglar como queramos llamarlos son al fin, lo que  sabemos agrada a Dios, que espera de nosotros, como una muestra de amor y agradecimiento por su providencia paternal.
Escuchar y meditar la Regla es acercarnos a Jesucristo, para penetrarnos de su espíritu, y conocer su voluntad.
 Sería  lastimoso que nosotros monjes, pudiéramos afanarnos en conocer todas las novedades de los estudios bíblicos y teológicos, y que descuidásemos  el espíritu que anima nuestra Regla. Cuanto más la conozcamos, más la estimaremos y la amaremos.
 Bajo la guía de esta Regla han sido innumerables las almas que se han santificado a trasvés de quince siglos, y tiene que ser camino de santificación para todo monje cisterciense hoy día.
La Iglesia quiere que tengamos una Regla, y no nos deja en libertad de rechazarla o aceptarla. La Orden nos ha recibido solo con la condición de que observemos la Regla. Antes de darnos el hábito y la profesión nos ha preguntado si estábamos dispuestos a guardarla.
Descuidar la observancia, además de apartarnos del voto de  conversión de costumbres, es también una falta a la caridad para la comunidad, por el mal ejemplo que damos a los hermanos, y el daño a la comunidad.  Y esto  adquiere una importancia  mayor cuando afecta a las características  propias de nuestro carisma que se enumeran en la C.3.
                     Profundicemos en la Regla para más amarla como camino que nos conduce a esa unión con él  fin de todo hijo de Dios.   

 

8.-  Aguza (aplica) el oído de tu corazón. Acoge  con gusto esta exhortación de un padre entrañable y ponla en práctica
(Pro. 1)
S. Benito está indicando el modo como debemos escucharle. Es el modo concreto de vivir nosotros el evangelio. Al decir con el oído de tu corazón, está advirtiendo que se dirige al corazón, no a la inteligencia, ya que  el corazón es lo que Dios nos pide y también es el corazón el que de ordinario nos hace extraviar, y por tanto es el primero que debe convertirse, para llevarse detrás las demás potencias.
No se trata de escrudiñar la Regla con las luces de la razón, como los sabios que han discutido su letra, y sus detalles históricos. Puede ser que en otro momento sea interesante, e incluso necesario para mejor penetrar en su espíritu El estudio especulativo es bueno, pero si nos quedásemos en él, no conseguiríamos otra cosa que llegar a ser orgullosos fariseos. Estos conocían hasta las mínimas tildes de la ley, pero según les echa en cara Jesús, ni con un dedo empujaban para cumplirla. Solo era para gloriarse y aplicar a los demás su cumplimiento.
Hay que escucharla en silencio interior, pues si las pasiones, la propia voluntad están agitándose, no oímos al Espiritu Santo.
En las páginas de la regla, escuchadas con el corazón, nos permitirán escuchar lo que la voluntad divina nos pide, la santidad a la que nos llama, el desprendimiento de las criaturas que necesitamos para ser en verdad libres, la propia abnegación para seguir a Jesús, la unión con Dios como única meta verdadera y valedera de nuestra vida. Todo aquello que Jesús  nos  ha revelado en su evangelio y que nos trasmite S, Benito, enseñándonos a vivirlo en nuestra vocación peculiar.
En segundo lugar tenemos que escucharla con docilidad. S. Benito nos habla con amor de padre. Escuchémoslo con amor de hijos. Oye con gusto las exhortaciones del padre piadoso nos dice.
Pero no es suficiente el acogerla con amor. Es preciso aceptarla y acogerla dócilmente.  A este propósito podemos recordar la parábola del sembrador. La semilla de salvación ha de ser acogida en una tierra buena, para que de frutos. Tierra buena es la que no opone obstáculos ni resistencias, ni  preocupaciones extrañas. Recibiendo el grano en su seno, pone todo su conato en fecundarlo y hacerlo germinar.
Tenemos el peligro, incluso en el monasterio, de recibir la palabra de Dios en medio de las espinas de las distracciones, de las piedras de los  apegos  e incluso también de la dureza del borde del camino.
En tercer lugar, con eficaz resolución. No estamos en libertad para dejar infecunda  la gracia de Dios que nos llama a su encuentro por este camino. Un día tendremos que dar cuenta de todos los talentos recibidos, los llamamientos divinos, las gracias de que somos objeto. “Si hoy oís su voz, no endurezcáis el corazón.

 

9.-Para que por tu obediencia laboriosa, retornes  a Dios del que te habias alejado por tu indolente desobediencia.(Pro.2)

Desde el inicio de la regla, S. Benito  manifiesta donde quiere conducirnos. El único objeto de su afán: llevarnos a Dios.
Volver a Dios es el principal fin del hombre en este mundo. Salimos de sus manos,  o por mejor decir, salimos de su corazón, ya que Dios es amor y todo en El es amor.  Creados por  un acto de amor, estamos llamados a volver a El  atraído por ese mismo amor.
 Las criaturas que nos rodean, las facultades del cuerpo y del alma, los bienes  naturales y sobrenaturales, los dolores y alegrías, todo se nos da para que nos lleve a Dios. Si nos apegamos a estas realidades por ellas mismas, en lugar de usarlas libremente para nuestro fin, será nuestra vida inútil, estemos donde estemos. Una sola cosa es necesaria en este mundo: ir a Dios, unirnos a El por medio de la fe, la esperanza y la caridad.
Este es el fin, no solo del monje, sino de todo cristiano. ¿Qué pretendió nuestro Señor al venir al mundo, haciéndose hombre  y sufriendo y muriendo en la cruz? Llevarnos a Dios, para esto se encarnó, se hizo obediente hasta la muerte, afrontó todo los trabajos de su vida  pública. Para llevarnos a Dios más eficazmente, tomó sobre sí nuestros pecados muriendo en cruz y nos comunicó sus méritos.
Para este fin ha establecido a través de la Iglesia, los sacramentos. Quiere estar con nosotros en la eucaristía. El Hijo del Hombre vino a salvar lo que estaba perdido.
Ha querido mostrarnos el camino que lleva al Padre, y este camino es él mismo. Nadie va al Padre si no es por mí. Yo soy el camino.
Volver a Dios por Jesucristo es como un resumen de nuestra fe. Y esto no se logra, si no es muriendo a nosotros mismos y viviendo para él. Por este camino de la obediencia  nos acercamos a Dios cuanto es posible.
Nuestra consagración monástica,  la vida regular no son otra cosa que medios para llevarnos a Dios más rápida, fácil y seguramente.  Toda nuestra vida monástica: oficio coral, oración personal, lectio, trabajo, estudio, silencio, vigilias nocturnas, no tienen otro fin que llevarnos a Dios. A la claridad de esta luz, tenemos que amar e interiorizar todas nuestras observancias. Para ira Dios tenemos que abrazarnos a ellas, pues si no fuese  por este objetivo, nosotros seríamos personas extrañas y raras.
Todas  las criaturas nos han sido dadas para llevarnos a Dios, pero no todas no conducen de la misma manera. Hay que saber emplearlas y escoger bien los medios. Por nosotros mismos, somos incapaces de hacer una elección conveniente. Por esto es el mismo Dios el que nos traza el camino de su santa voluntad. Se nos manifiesta en los consejos evangélicos, en las inspiraciones de la gracia y en la obediencia.  Y esto es aplicable tanto  al seglar como al monje.
Cuanto más queramos acercarnos a Dios, mas fiel debe ser nuestra obediencia.
 San Benito llama a este camino de la obediencia laborioso.  Realmente es penoso, pues encontramos continuos obstáculos tanto exteriores como interiores. No es posible la unión con Dios sin una lucha dura pues apenas hace Dios oír su voz, elevan la suya nuestros enemigos. Y es un trabajo de toda la vida. Quien quiera venir en pos de mi, niéguese a si mismo tome su cruz todos los días.
Vencidas las primeras dificultades, se presentan otras. La obediencia cuesta siempre.  Por no tener esto en cuenta,  muchos religiosos se llevan la sorpresa de que creyéndose obedientes, se encuentran con la sorpresa de que les sigue pesando la obediencia.
Pero aunque laborioso, la obediencia es camino seguro. Siguiendo la voluntad de Dios no podemos perdernos. No hay que temer a nuestros enemigos si estamos unidos a la voluntad de Dios, pues así somos todo poderosos. Dios quiere y puede defendernos.
La voluntad de Dios es la manifestación del amor de Dios para con nosotros. Que dulce, es a pesar de los sacrificios  que pueda  suponer, saber que vamos en los brazos maternales de su santa voluntad, “para que por el trabajo de la obediencia vuelvas a aquel del que te separaste por la desobediencia.” (prologo 2)

10.-Para que por t u obediencia laboriosa, retornes a Dios del que te habías alejado por tu indolente desobediencia.
(Pro. 2)
Un día más nos detenemos en este segundo párrafo del Prólogo.  Hunde sus raíces en S. Agustín. Dice en la Ciudad de  Dios. “para que volvamos a aquel del que nos habíamos apartado por el pecado. Y S. Cipriano también tiene este pensamiento cuando dice “los pecadores llamen a la Iglesia, para que puedan ser recibidos donde estaban y así volver a Cristo del que se habían apartado.
 También encontramos en la tradición monástica anterior a S. Benito, en la Regla de los Padre, que designa a la obediencia como “labor” trabajo.
Podemos considerar cómo la propia voluntad cuando es contraria a la divina, nos sustrae del dominio de Dios. El problema de la libertad que está relacionado con la propia voluntad. Está muy presente en las corrientes de antropología filosófica actuales, y nos pueden ocasionar valoraciones equivocadas de la libertad, como una manifestación de la propia voluntad.
En la GS encontramos los rasgos antropológicos que dimanan de un estudio filosófico – teológico del hombre. El primero es que el hombre  se define, “es” como libertad.
“La verdadera libertad es señal eximia de la imagen de Dios en el hombre”. La libertad por tanto no es un simple atributo del hombre. Es su misma esencia.  No tiene libertad como puede tener otra cualidad. El hombre “es” libertad.
Pero la búsqueda de la libertad es muchas veces equivocada, contraria a su proceso de hominización, quedando esclavo de sus pasiones, de sus impulsos internos equivocados, su propia voluntad. “Muchas veces la fomenta de un modo depravado, concediéndose licencia para hacer cuanto le agrada aunque sea malo”.
Desde la fe, sabemos que Dios nos ha creado, los bienes que gozamos, son un don suyo, pero no somos propietarios de esos bienes para que los utilicemos a nuestro capricho. Somos  criaturas suyas, que le pertenecemos y no podemos dejar de pertenecerle.  Por tanto, nuestra voluntad, como todas las demás facultades, debe servir a Dios. No puede usurpar el derecho de guiarse por sí misma. De hacer lo que le agrada independientemente del plan de Dios. Tanto más cuanto la voluntad de Dios sobre nosotros, es la de un padre amoroso,  que dispone todo para nuestro bien.
 Y no obstante, nuestra voluntad puede apartarse de esta voluntad de Dios. Proclama su libertad y pretende ser dueña independiente de sus actos. Dispone de sí misma y de todas las otras facultades humanas, como si solo a su  voluntad le pertenecieran.
Por estos rasgos podemos comprender, como aleja de Dios obrando con independencia y en contra de la voluntad de Dios. Y como tiene que ser doloroso este proceder para el corazón de un padre, ver al hijo, que desconfiando de la bondad del padre, busca por otros caminos satisfacer sus deseos, buscar su felicidad.
Además de sustraernos del dominio divino, nos priva de las gracias de Dios. Cuando nuestra libertad  no la tenemos unida la de Dios, perdemos sin remedio el tiempo; sin recompensa en la otra vida, ni plena satisfacción en esta. Todo inútil.
                     Ni un solo consuelo divino acompaña a los actos de la voluntad separada de Dios. Ni una sola gracia recae sobre ellos.
 Estamos hechos para Dios, para unirnos a El,  y la felicidad consiste, en que negándonos a nosotros mismos busquemos ante todo su voluntad. Esto supone con frecuencia la abnegación. “Labor” ha llamado S. Benito a la obediencia. Pero no es un trabajo inútil o infecundo. Florece este sacrificio, en bienes  tanto espirituales como materiales.
De aquí los descontentos, murmuraciones de aquellos que no quieren negarse para seguir a Cristo. Es algo que la experiencia lo demuestra, por desgracia, con frecuencia, lo descontentos,  no son felices, ni humana ni espiritualmente.
Por último, la propia voluntad no separa de Dios mismo,  nuestro bien soberano, “del que te apartaste”, dice S. Benito. Nos podemos alejar, poco a poco, insensiblemente de la voluntad divina. San Bernardo  decía:”Cese la propia voluntad, y no habrá infierno”.
Resumiendo, la propia voluntad es la enemiga de Dios porque le priva de la gloria de que debía darle, y la enemiga del hombre, puesto que le priva de Dios que es el soberano bien, cuya posesión  constituye su dicha en este mundo y en el otro.

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11.- A ti, pues se dirigen mis palabras, quienquiera que seas, si es que te has decidido a renunciar a tus propias voluntades esgrimir las potentísimas y gloriosas armas de la obediencia, para servir al verdadero Rey Cristo el Señ(Pro. 3)or.

En estas palabras de S. Benito podemos ver como una definición o descripción de la vida religiosa. Están calcadas en las palabras de Jesús cuando dice: “niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”.
 El monje quiere hacer  suyas las preferencias de Jesús que están bien claras en su persona. Es el Siervo de Yahvé, obediencia, hasta la muerte en cruz.
                   No podemos tener como proyecto de vida el seguimiento si no hacemos nuestras las preferencias de Jesús. Esta renuncia no es una realidad ascética, sino una espiritual, mística. En el fondo, de lo que se trata es que uno descubra la sabiduría de la cruz, como camino de libertad y de amor.
La negación propia es la primera condición que pone Jesús al que quiera seguirle. Lo importante es el seguimiento, el estar con él.  La negación es el camino  para poder  alcanzar ese fin. La vida religiosa no es otra cosa que una entrega total de sí mismo por amor, para estar con él.
La entrega de si mismo, lleva consigo la negación  de la propia voluntad. Todo en la vida religiosa, son  medios para alcanzar ese perfecto desprendimiento  que  posibilita estar libres de obstáculos para la unión con Dios, nuestro fin último.
El desprendimiento ha de ser completo. Dios nos ha dado el libre albedrío. Permite que usemos de él según nos parezca, y nos deja el poder de usarlo bien o de abusar. Y esa libertad está en manos de la voluntad.
Regulando y aprovechando la voluntad para obedecer  a Dios, adquirimos méritos en esta vida y recompensa eterna  en la otra. Pero puesta la voluntad entre los instintos de la concupiscencia, que desea su propia satisfacción y los deseos de Dios, su gloria y la santificación, puede y debe escoger entre la vida y la muerte.
  Como está iluminada débilmente por una inteligencia oscurecida e inclinada al mal, la voluntad se encuentra en grave riesgo de no buscar los intereses de Dios ni de los del prójimo, sino buscarse solo a sí misma. Para evitar este mal, el religioso se da por completo por medio de los votos.
Esta donación es de todos los días. Por la profesión, nos hemos entregado del todo y para siempre, y tenemos que vivirla continuamente en todos los detalles de la vida. Este es el combate de la vida religiosa.
La razón de esta lucha perpetua es por que la propia voluntad no podemos aniquilarla mientras vivamos.
Tenemos unos enemigos encarnizados, que quieren  impedir nuestro seguimiento de Cristo, y no dejan de hacerlo con mayor o menor intensidad mientras vivamos.
Por esto, S. Benito describe la vida del monje como una milicia, (servicio), donde se aprende a luchar. Los numerosos enemigos, cuanto más unidos al Señor nos vean, más nos combatirán. Pero nada pueden si la voluntad no se pone en convivencia con ellos.  La Imitación de Cristo da este sabio consejo;”Tanto más adelantarás, cuanto más violencia te hagas”
En toda esta lucha tenemos que resaltar sobre todo el aspecto positivo. Que Jesús nuestro verdadero Rey, nos llama a este combate asegurándonos que estará juntamente con nosotros en la lucha. Nos ha precedido en el combate. Se ha humillado, se ha hecho obediente  hasta la muerte de Cruz. Nunca hizo su propia voluntad, sino la del Padre. “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado”
Nos promete una victoria segura si combatimos con él. Nos promete una eterna recompensa, y quiere hacernos partícipes de su gloria en el cielo.  Somos soldados de Cristo en combate como él. La meditación ignaciana de Cristo verdadero Rey que llama, puede ser el mejor comentario a este punto del prólogo de la regla. 

12.- Al comenzar cualqura buena, pídele con insistencia con oración insistente y apremiante, que él la lleve a término. (Pro. 4)

La primera recomendación que hace S. Benito a quien se alista a las milicias de Cristo, es  no comenzar ninguna obra buena sin antes haber orado. Es una recomendación que hace el Señor. “Es necesario orar siempre”. Llevar esto a la práctica, bien sabéis que ha sido siempre el intento de la vida monástica, buscando el mejor modo de cumplirlo.
No basta que el soldado de Cristo tenga una armadura omnipotente y gloriosa. Hay que tener también fuerza para combatir. Y es en la oración donde alcanzamos estas fuerzas.
Nada podemos sin la gracia. La necesitamos para tener un buen pensamiento, necesitamos la gracia del Espíritu Santo para pronunciar el nombre de Jesús, para tomar una resolución santa  y querer el bien.
Con mucha más razón, necesitamos la gracia para caminar hacia la santidad, combatir al hombre viejo. Perseverar  en la vocación, que es mucho más que perseverar en el monasterio.
 Con la gracia lo podemos todo:”Todo lo puedo en aquel que me conforta”. Este es  un segundo principio de fe que debemos creer firmemente, como la existencia de Dios.
Dios nos exige una confianza sin límites en su gracia. Por grandes que sean las culpas,  aunque sea muy pronunciada la tibieza actual, la cobardía, el horror al sacrificio, la insensibilidad, la violencia de las tentaciones… nada de esto es obstáculo para renovarse y caminar hacia la santidad. Con la gracia todo se puede superar. Para obtener esta gracia, es necesario orar.
Dios quiere darnos  su gracia, pero nos exige que se la pidamos, que le busquemos, que llamemos a la puerta de su corazón. Todo el que pide recibe. Todo el que busca halla y al que llama se le abrirá la puerta.
 Todo lo que pidiereis a mi Padre en mi nombre, se os dará. Si pedimos la gracia para obrar bien, al comienzo de cualquier obra, dice S. Benito, seguro que la alcanzamos. Si vosotros, siendo malos, dice Jesús, dais  a vuestros hijos lo que os piden, cuanto más dispuesto estará vuestro Padre celestial a daros el Espíritu Santo, si se lo pedís.
S. Benito también  indica las condiciones que ha de tener nuestra oración:
 Continua,  es necesario orar siempre y no desfallecer. Por eso  invita a orar antes de cualquier  obra que emprendamos.
Pura, en su objeto, pedir el bien verdadero. Las gracias necesarias para cumplir con nuestro deber. Ni la vida, ni la salud, ni la estimación ni el éxito, ni los consuelos espirituales,  son bienes absolutos.
Apremiante. Oración  insistente y apremiante, dice el prólogo. Dios quiere ser importunado con nuestras peticiones. Y será apremiante nuestra oración, si tenemos deseos ardientes de las virtudes, de la gracia. El mendigo que verdaderamente tiene hambre sabe muy bien inspirar compasión.  Cuando algo no nos interesa, no lo pedimos con insistencia. Nuestra oración será insistente, si estamos convencidos de nuestra miseria y de nuestra flaqueza ante las dificultades. Si dudamos de la bondad de Dios para con nosotros, muy floja será nuestra oración.
La contemplación de Jesús orando será la mejor exhortación a la oración, el mejor camino para aprender a orar. Jesús cargado con las lágrimas y los gritos  de toda la humanidad. Lo encontramos  muy cerca de nosotros, de todos los hombres. No podremos estar en oración, sin compartir su sufrimiento. “El cual habiendo ofrecido en sus días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas, al que podía calibrarle de la muerte” (Heb. 5,7)
Es tan misericordioso que refleja el sufrimiento de Dios  de cara a todos los enfermos y pecadores. Por eso lleva ante el Padre  su grito y su angustia. Se ha revestido con la vestidura de nuestros sufrimientos, y se ha hecho pecado  para suplicar  e interceder a favor nuestro. Ha querido compartir  las dudas y tinieblas, él, el hijo muy amado del Padre. Ha podido preguntarse en algún m omento si no era el rechazado, el excluido. Contemplémosle en   Getsemaní, orando para que el cáliz se aparte de él. En la cruz clama ante el Padre:”Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?  Jesús se encuentra sumergido por las olas, como dicen los místicos, toca el punto abismal de toda angustia humana. Puede decir con verdad:”desde lo más profundo grito a ti, Señor, escucha mi clamor.”
S. Benito, sin nombrar a Jesús, nos está poniendo en contacto con la oración de Jesús. Dejemos que la oración de Jesús, resuene en nuestro corazón,  así también brotarán en  nosotros los gemidos inefables del Espíritu.
Un modo de entender y vivir esta oración continua la podemos encontrar  en el comentario que S. Agustín hace sobre el salmo 37.
Comentario al salmo  37.- Los gemidos de mi corazón era como un rugido, por S. Agustín.
Hay gemidos ocultos que nadie oye. Sin embargo, si la violencia del deseo se apodera del corazón de un hombre  es tan fuerte, que su herida interior acaba por expresarse  con una voz más clara. Entonces se busca la causa y uno piensa para sí” Quizás gima por aquello, y fue aquello lo que me sucedió” Y  ¿Quién lo puede entender sino aquel a cuya vista y a cuyos  oídos llegaron los gemidos? Por eso dice: los gemidos de mi corazón eran como rugidos, porque los hombres si por casualidad se paran a escuchar los gemidos de alguien, las más de las veces  solo oyen los  gemidos exteriores, y sin embargo no oyen los gemidos del corazón.
           Y ¿Quién iba a poder interpretar la causa de mis gemidos? Por eso añade: Todo mi deseo está en tu presencia. Por tanto no ante los hombres que no son capaces de ver el corazón, sino que todo  mi deseo  está en su presencia.
Que tu deseo esté en su presencia  y el Padre que ve en lo escondido, te atenderá.
Tu deseo es tu oración. Si tu deseo es continuo, continua es también la oración. No en vano dijo el Apóstol:”Orad sin cesar”.  ¿Acaso sin cesar nos arrodillamos, nos prosternamos, elevamos nuestras manos, para  que pueda afirmar, orar sin cesar? 
Si decimos que solo se puede orar así, creo que es imposible orar sin cesar. Pero existe otra oración interior  y continua, que es el deseo. Cualquier cosa que hagas, si deseas aquel reposo sabático, no interrumpes la oración. Si no quieres dejar de orar, no interrumpas el deseo.
 Tu deseo continuo es tu voz, es decir tu oración continua. Callas cuando dejas de amar. ¿Quienes se han callado? Aquellos de quien se ha dicho: Al crecer la maldad se enfriará el amor en la mayoría.
La frialdad en el amor, es el silencio del corazón. El fervor del amor es el clamos de corazón. Mientras la caridad  permanece, estás clamando siempre. Si clamas  siempre, deseas siempre, y si deseas te acuerdas  de aquel reposo.
 Todo mi deseo está en tu presencia ¿Qué sucederá si delante de Dios está el deseo y no el gemido? Pero ¿como puede ocurrir esto, si el gemido es la voz del deseo?
 Por eso añade el salmo, no se te ocultan mis gemidos. Para ti no están ocultos, sin embargo para muchos hombres lo están. Algunas veces el humilde siervo de Dios afirma: no se te ocultan mis gemidos. De vez en cuando  puede advertirse que también sonríe el siervo de Dios. ¿Puede acaso decirse que por su risa murió el deseo? Si tu deseo está en tu interior, también lo está en el gemido. Quizás el gemido no llega siempre a los oídos del hombre, pero jamás se aparta de los oídos de Dios 

13.-Para que por haberse dignado contarnos ya en el número de sus hijos, jamás se vea obligado afligirse por nuestras malas acciones.
(Pro. 5)
Amar a Dios es nuestro fin como cristianos y como monjes. Todos los consejos que da S. Benito se encaminan a conducirnos a este fin. Estas frases del prólogo nos pueden dar pie para recordar cómo somos hijos de Dios por la creación. Dios nos ha creado por amor. Nos ha dado la vida, el cuerpo, el alma, todas las facultades. Ha puesto a nuestro servicio todas las criaturas que nos rodean.
 Su providencia  vela sobre nosotros con maternal cariño. Nos defiende de nuestros enemigos. No hay paternidad comparable a la de Dios. Esto puede darnos materia para meditar toda nuestra vida. Sta. Teresa del Niño Jesús en una ocasión la ven cosiendo con mucha rapidez y con el rostro trasformado.  A la pregunta sobre lo que le sucede, contesta: Estaba rezando el padrenuestro, pero me he quedado considerando la palabra Padre. ¡Poder llamar a Dios Padre nuestro!  Y derramaba abundantes lágrimas. Lo hace la gracia del Espíritu Santo, ilumina con nueva luz,   aquello que quizás todos los días hacemos sin percatarnos de su grandeza.
Somos también hijos de Dios por la gracia. Creados para ser verdaderamente de la familia de Dios, participantes de la naturaleza divina, nos arrebató el pecado nuestros derechos  y privilegios.  ¿Qué hace nuestro Padre? De tal modo amó  Dios al mundo, que no perdonó a su Hijo Unigénito, ese Hijo que nos amó hasta el extremo de entregarse por nosotros, cargando con nuestros pecados y dándonos todos sus méritos
Por medio del bautismo y demás sacramentos, nos comunica su vida. Si vivimos en estado de gracia, nos reconoce como hijos muy amados, y pone en nosotros sus complacencias. Nosotros, con toda verdad le podemos llamar Padre.
Nos ha regalado con la vocación monástica, multitud de gracias. ¡Podremos contar las gracias que a través de ella recibimos en un solo día! Solo en la eternidad lo podremos descubrir. La presencia del Señor en medio de la comunidad, buenos ejemplos, alejamiento de peligros, canto del oficio divino, lecturas santas, oración frecuente, silencio… ¡Cuántas veces al cabo del día viene la gracia a llamar a las puertas de nuestro corazón! Como hijos privilegiados de Dios nos ha escogido para “estar con él” (Mac 3,14)
Nuestras malas obras contristan el corazón de Dios, corazón de Padre,  porque el pecado es un mal por esencia.  Por el pecado se prefiere la criatura al Creador. Es un mal tan grande que ha sido menester  que Cristo ofreció su vida para redimirnos del pecado. Todas las criaturas sufriendo por toda la eternidad no podría reparar el ultraje por un solo pecado.
Dios ha colmado la humanidad de bienes, y la humanidad se sirve de estos bienes, para crucificar de nuevo en el corazón al Hijo de Dios,
En el salmo se dice, “yo soportaría que mi enemigo me maldijese, pero tu que eres  uno conmigo,  mi confidente, que gozabas de las delicias de mi mesa,  con quien he vivido corazón a corazón.
S. Benito  pisa tierra y prevé que el monje puede obrar mal. La  experiencia confirma esto.
Si una madre no puede asistir sin quebrantársele el corazón a una agonía lenta y dolorosa de su hijo, ¿podemos creer que Dios, cuyo amor sobrepuja  infinitamente al de todas las madres,  quede indiferente, viendo a sus hijos preferidos, consagrados por la doble consagración, bautismo y profesión, victimas del mal? Y por nuestra parte, ¿Nos atreveremos a contristar el corazón de nuestro amantísimo Padre? S. Benito lo advierte, “no tenga un día que contristarse de nuestras malas obras”.
Creo que estas sencillas reflexiones que nacen de una lectura reposada del prólogo, nos pueden hacer bien, pues tenemos el peligro de que por ser verdades demasiado sabidas, las tengamos un tanto marginadas.

 

14,- Porque efectivamente, en todo momento  hemos de estar a punto de servirle con la obediencia con los dones que ha depositado  en nosotros, de manera que no nos llegue a desheredar un día como padre airado, a pesar de ser sus hijos.- (6)

S. Benito presenta en este párrafo el dominio soberano de Dios sobre sus criaturas. No nos pertenecemos. Somos esencialmente de Dios.  Nos ha creado para procurar su gloria. Quiere hacernos felices pero con la condición de que aceptemos su voluntad. No puede darse nuestra dicha  fuera de su santo servicio. Todo lo ha hecho para su gloria y no puede cederla  a nadie.
Nadie vive para sí mismo, ni muere para sí mismo. Pertenecemos a Dios por razón de nuestra naturaleza creada. Somos sus siervos, y no podemos  dejarlo por otro, ni vivir a nuestro gusto. No podemos en manera alguna sustraernos al dominio de Dios. Hemos sido creados para su gloria.
S. Benito precisa que esta obediencia que debemos  a Dios por ser sus criaturas, se extiende a todo tiempo: “Sea que comáis, sea que bebáis, sea que hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” dice S. Pablo.
Por ser criaturas de Dios, tenemos como consecuencia que buscar en todas nuestras obras la gloria de Dios. Todos los momentos de nuestro día, pertenecen a Dios y son  para darle gloria.
¿No habrá algunos robos  de este tiempo, que es de Dios, para buscarnos a nosotros? Acciones que solo buscan nuestro gusto, por vanidad.
En este párrafo, también hace referencia S. Benito de los bienes que ha depositado en nosotros, para llenar este cometido de darle gloria. Estos dones no son propiedad nuestra, son de Dios.  Instrumentos que nos ha prestado para trabajar para su gloria. Así nuestra inteligencia  se ha de emplear para conocer esos bienes interiores y exteriores, para llegar al conocimiento del verdadero bien. La voluntad  no deberá apegarse a ellos, sino en tanto en cuento ayudan para amor a Dios. Todas nuestras facultades deben ser como obreros que trabajan al servicio divino.
De Dios nuestros pensamientos, nuestras palabras, nuestras acciones. No podemos apropiarnos estos dones sin cometer un hurto. No es el momento de reflexionar como estos dones  o cualidades que tenemos, son materia del voto de pobreza, pues no nos pertenecen en propiedad, después de nuestra entrega total en la profesión monástica.
Un comentario y explicación de todos estos pensamientos que S. Benito ofrece en estos párrafos del prólogo, los encontramos en la meditación del Principio  y Fundamento de S. Ignacio, cuando reflexiona sobre el fin y uso de las criaturas.
El deseo  incontrolado de libertad que impera en nuestra sociedad, nos puede hacer olvidar o paliar esta dependencia que como criaturas tenemos de Dios.
La imagen de Dios como padre, que ofrece aquí s. Benito, está más bien marcada por el temor que por el amor. Dice que puede desheredarnos como hijos si no nos portamos como tales.
 Cierto que en la medida que crecen las infidelidades,  pueden escasear los auxilios divinos y llevarnos a una completa ruina como lo muestra  repetidamente, por desgracia, la experiencia. La pérdida de la vocación o de la fe no se realiza en un momento. Son la suma de una serie de infidelidades.
 En realidad no hay por qué dudar de todo esto. Pero para mover el corazón a una verdadera conversión es mucho más eficaz que reflexionemos otras facetas que encontramos en la revelación,  sobre todo en el NT. Se nos manifiesta como amor y misericordia. El amor de Dios manifestado en su Hijo Jesucristo. Pero si el corazón endurecido  no se convirtiese al amor, el temor puede servir de freno ante el mal.

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15.-Levantémonos  de una vez, pues la Escritura nos espabila diciendo,” ya es hora de levantarnos del sueño. (8)

S. Benito,  haciendo suyas las palabras de S. Pablo a los romanos, anima al monje a no dejarse llevar de la  somnolencia.
 Hay varias clases de sueños.  El sueño profundo del pecado, durante el cual nada podemos hacer  de valor, tiempo totalmente perdido.
  El sueño de la tibieza, más fácil de infiltrarse en la vida del monje. Somnolencia  y adormecimiento durante el cual nos hacemos la ilusión  de que oímos, obramos, comprendemos  lo que se dice o hace a nuestro alrededor. Pretendemos vivir en verdad, pero  en este caso las acciones tienen un mérito sobrenatural muy  escaso.
 Por último el sueño de la pereza, de la cobardía, del aburrimiento, de las divagaciones, que es más un desvarío de la imaginación  que una aplicación  verdadera del espíritu. Distracciones consentidas en el oficio divino, en la oración, en el trabajo, en todas partes.
De cualquier clase  que sea nuestro sueño paraliza más o menos nuestras facultades.
La consecuencia que saca S. Benito de lo dicho hasta este momento en el prólogo le lleva a  exhortarnos para sacudir el sueño  que pudiéramos tener, porque somos hijos de Dios; porque nuestra negligencia le contrista; porque la pereza nos expone a ser desheredados; porque no tenemos que abusar de la bondad del Padre, pues le hiere nuestra tibieza.
Ya es hora de despertarnos. Pudiera ser que se hubiera querido sacudir el sueño, pero  todo ha sido darse una vuelta en la cama para volver a dormirse de nuevo.
Si no nos levantamos prontamente, no estaremos preparados en el momento que el Señor nos llame para ir a su encuentro. La gracia nos espera, pero puede suceder también que pase la gracia y no vuelva.
Dios nos despierta con infinito amor de Padre, pero también nos dice Jesús en el evangelio que si se llega tarde nos dirá:”En verdad os digo, que os desconozco” Desgraciado es aquel que como las vírgenes necias,  espera a la llegada del Esposo para encender las lámparas.
Que desventura sería si empleáramos en dormir un tiempo precioso, en el que tenemos que dar gloria a Dios y salva r a los hombres, además de procurarnos la felicidad eterna.

 

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16.-Y abriendo nuestros ojos a la luz de Dios, escuchemos atónitos  lo que cada día nos advierte  la voz divina que clama: “Si hoy  escucháis su voz, no endurezcáis vuestros corazones”. (9,10)

 

La luz de la fe nos hace salir de nuestro sueño. Cuando Jesús quiso salvar al mundo, lo iluminó con la antorcha de la fe, y esa divina luz disipó las tinieblas del paganismo. A la corrupción de costumbres, al paganismo, le sucedieron las virtudes, el amor a Cristo, la entrega incluso hasta la muerte. Para conseguir  la conversión del mundo hasta los últimos tiempos, nuestro Señor ha establecido el mismo medio: predicar las verdades de la fe, enseñar a todas las gentes.
Por eso cuando se quiere despertar a los pueblos adormecidos, se les predica las verdades de la fe. Cuando queremos reanimar el fervor de una comunidad, se dan ejercicios, o sea la luz de la fe con más abundancia. Notros mismos acudimos a la meditación diaria de las verdades de la fe para renovarnos todos los días. Y esto es lo que nos invita S. Benito a realizar si nos vemos comprendidos en algunos de los sueños antes indicados: de la culpa, de la  tibieza,  de aburrimiento.
Son tres las luces que nos iluminan en nuestro caminar. A semejanza de los animales, tenemos la luz de los sentidos, que enseña lo que hay de agradable o desagradable en las criaturas.
La luz de la inteligencia que muestra lo que es razonable o no lo es. Con  frecuencia nos puede engañar. Con esta luz se puede ser sabio, filósofo, pero también puede extraviarnos.
Por último  tenemos la luz de la fe, que se ha concedido gratuitamente a los hijos adoptivos, que nos lleva directamente a Dios. De algún modo nos hace semejantes a Dios. Nos  hacer ver las cosas, juzgarlas como Dios las ve y juzga.
Esta es la luz que   tenemos que seguir. Abriéndonos a esta luz, caminaremos con seguridad.
Termina este párrafo diciendo S. Benito que oigamos la palabra de Dios, que es viva y eficaz, más penetrante que espada de doble filo. Entra en el alma, la ilumina, la trasforma, la despoja, le da una fuerza sobrenatural. Pero es preciso que dejemos penetrar hasta el fondo del alma. Si no estamos atentos a ella, la semilla de la gracia no crecerá ni arraigará y si germina se marchitará pronto. ¿Por qué hay tan  almas que duermen? Porque no meditan las verdades de la fe. Con gran desolación está desolada la tierra, porque no hay quien recapacite de corazón, dice Jeremías, y Bienaventurado el varón que medita la ley del Señor.
Estos párrafos del prólogo nos estimulan a que estemos abiertos a la palabra del Señor, para que entre hasta lo más profundo del corazón. Es Dios quien nos habla.
Sus llamamientos son dulces, apremiantes, continuos, amorosos. Recordemos la parábola de los talentos. Estas llamadas, gracias de cada día, son dones recibidos de los que tenemos que dar cuenta.
Tenemos que velar, para no endurecer el corazón. Es un peligro real que nos amenaza. A tantas llamadas del Señor, no respondemos, nos acostumbraremos a ellas sin dar la respuesta debida. Aquel que se acostumbra a quedarse en la cama después de sonar la señal, termina  por no oír la campana. Así sucede en lo espiritual.
Jesús conocía bien el interior de los hombres, y cuando quiere buscar  unos prototipos de dureza de corazón, escoge a un sacadote y un levita. El contacto con lo divino o trasforma o endurece.
S. Benito, tomando palabras del salmo, invita al monje a no endurecer el corazón, pues si llega a endurecerse, hace falta un verdadero milagro de la gracia para lograr la conversión. Testimonio de esto nos da S. Bernardo cuando afirmaba que es más fácil convertir a un pecador, que sacar de la mediocridad a un monje. 

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17.-El que tenga oídos oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Y ¿qué dice? Venid hijos escuchadme, os instruiré en el temor del Señor. Daos prisa  mientras tenéis la luz de la vida, antes que os sorprendan las tinieblas de la muerte. (11-13)

S. Benito, a la exhortación del salmo 94, que ayer comentábamos une esta cita del 33. “Venid hijos, oídme, os enseñaré el temor del Señor”
Dios no se ha despreocupado de nosotros abandonándonos a nuestra suerte en este mundo. Terminada la primera creación, emprende la segunda, o sea la formación del hombre nuevo en nosotros.
El Señor conoce nuestra fragilidad, nuestra miseria y limitación, quiere ponernos en buen camino, dirigirnos y sostenernos y por ello quiere ser nuestro padre amoroso. “Venid hijos, escuchadme”. Esta invitación nos recuerdan  las palabras de Jesús:”Venid a mí todos  los que estáis cansados y oprimidos, que yo os aliviaré”. Yo soy la luz, el que me sigue no caiga en tinieblas. Quiere llevarnos a nuestra trasformación en hombres nuevos, en hijos de Dios por el camino más rápido, más recto y más dichoso.
              ¿Cómo nos  hará conocer su voluntad? No ciertamente haciendo oír su voz desde el cielo, ni enviando un ángel para  guiarnos por el camino verdadero.  Nos conduce por medios humanos, la regla, las constituciones, las enseñanzas del magisterio, las inspiraciones de la gracia en nuestro corazón. Incluso a través de los acontecimientos diarios, grandes y pequeños, naturales y sobrenaturales, agradables y penosos…todo cuanto nos sucede está dirigido por las manos providentes  del Padre. “Ni un gorrión cae en tierra sin su permisión” Nos podemos preguntar ¿creemos esto de verdad?  Todo lo permite para nuestra transformación.
Atento a nuestras necesidades, en el momento oportuno nos envía luces, aliento, consuelo  o sequedad, enfermedad, tentación, tedio.  A través de todos estos acontecimientos, está la mano de Dios. Aceptándolas con fe, nos despojarán de nuestros más íntimos apegos,  que sin saberlo nosotros y a pesar nuestro llama a nuestro corazón.
Para ser dóciles a la Providencia, podemos tener en cuenta  estos medios:
 1º, teniendo abiertos los ojos de la fe, para ver esta mano paternal de Dios que trabaja para nuestro bien. Si nos fijamos solo en la criatura, vegetaremos arrastrados por los variados acontecimientos, de los que quedamos como esclavos.
  2º.- Poniéndonos en las manos de Dios persuadidos de que su voluntad sabia y poderosa es omnipotente, aún en las cosas que nos parecen más contrarias a nuestro progreso espiritual.  Persuadidos firmemente de que siempre permanecerá fiel y multiplicará sus gracias, si nosotros le guardamos recíprocamente fidelidad.
- 3º No rehusando nada a Dios, haciendo cuanto nos está pidiendo por los medios más variados por los que manifiesta su voluntad. Si la cruz fuese pesada, tomemos las palabras de Jesús: “pase  de mi este cáliz”, pero añadamos como Jesús:”No se haga mi voluntad, sino la tuya.

Para motivarnos en la fidelidad a la gracia, S. Benito nos recuerda a continuación la brevedad de la vida:”Corred mientras tengáis la luz de la vida, no sea que os alcancen las tinieblas de la muerte”.
Esto nos recuerda el valor del tiempo. Cada instante es un momento de gracia, o perdido para siempre. Si de algo nos pudiéramos arrepentir en el cielo, sería del mucho tiempo  que hemos perdido y que con tanta facilidad podría haber sido ocasión de gracias.
Estamos caminando hacia el fin del año. Esta circunstancia nos puede hacer reflexionar de la rapidez vertiginosa que lleva el tiempo.
Por otra parte, no sabemos cuanto tiempo aun nos falta. Misteriosa incertidumbre que nadie puede resolver, y que tiene que ser motivo de estímulo, para aprovecharlo debidamente. Con la muerte  se apagan todas las luces humanas. Pasó el tiempo de la vida, no volverá jamás.
Tengamos presente exhortación  de S. Benito, que a su vez toma de Jesús:”Corred mientras tengáis la luz de la vida” (Juan 12, 35)   

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18.- Buscándose un obrero entre la multitud, a la que lanza su grito de llamamiento vuelve a decir: ¿Hay alguien que quiera vivir y pasar días prósperos? (Pro 14 y 15).

El Señor busca  obreros para su campo. La labor a la que llama  es buscar la gloria de Dios que debemos procurar mientras estemos  en este mundo.  Este campo es nuestra alma que debemos trasformar en imagen de Cristo, para su gloria.
 Dios  en su infinita  caridad ha querido unir su interés al nuestro, de modo que no podemos glorificarle sin santificarnos, ni santificarnos sin  glorificarle. Cuanto más procuremos su gloria  más adelantamos en el camino de la configuración.
La mejor obra que podemos hacer  para glorificar a Dios y  extensión de su Reino, es nuestra configuración con Cristo. En otras palabras, nuestra santidad. Cuento más cerca y brillante esté esta imagen de Cristo en nosotros,  más brillara la gloria de Dios, la iglesia, Cristo, aunque estemos muy ocultos.
El campo donde debemos trabajar  es suyo y nuestro. Para él y para nosotros. Tenemos que cultivarlo arrancando las malas hierbas de los defectos y pecados, y cultivar y hacer florecer las virtudes.
Dios quiere obreros. El ciertamente dirige la obra, nuestra configuración con Cristo, el hace todo el trabajo, sin el nada sabemos ni podemos hacer  en el orden  de la gracia. Pero por otra parte, él no puede hacer nada sin nosotros. Nuestro concurso le es necesario. Así lo ha querido él. No quiere obrar en el mundo si no es a través de nuestros manos  y por esto busca obreros.
Parece casi una blasfemia  que el Dios omnipotente necesite de mí. ¡Dios me necesita!  Ya que es conmigo y a través de mí  como se hace presente  Cristo en el mundo, en la Iglesia, en la comunidad, continúa su obra redentora. Pío XII lo dejó bien claro en la Encíclica Mystici Corporis.  En ella dice como Cristo, siendo la cabeza, no puede prescindir de los miembros, porque si no es a través nuestro, no puede hacerse presente  en nuestro mundo. Así lo ha querido  Él.
Que honor tan grande para una pobre criatura, ser obrero de Dios, trabajar  bajo sus órdenes, trabajar con El, y poner las facultades al impulso  de la gracia, cooperar a la salvación del mundo con Cristo. Extender su redención  a los lugares más remotos. Para esto quiere sus obreros y los necesita tanto en el campo misionero, como en la vida oculta, y como decía Pío XI en su carta a los cartujos. Para que un árbol sea frondoso, alto y resista vientos y sequías, necesita profundas raíces ocultas que le dan vida.
Pero ¡tiene tan pocos obreros! Llama y apenas hay quien le escucha, aún entre aquellos que externa y oficialmente  estamos unidos a El con unos peculiares lazos, como obreros de su viña.
Podemos mirar nuestro interior y observar cual ha sido nuestro  trabajo en la viña del Señor ¿Hemos sido obreros laboriosos, o más bien perezosos?
El salario que promete, son la vida y la felicidad. Dos  cosas unidas inseparablemente entre si  igualmente inseparables del servicio divino. La vida, es decir  el libre crecimiento en orden a nuestro fin, no lo encontraremos si no es siendo fieles a su seguimiento. Cuando todas nuestras facultades están empleadas en el divino servicio, es cuando vivimos la vida verdadera.  En cuanto a la felicidad, se aumenta con la vida, pues Dios nos ha hecho para sí, y no podemos encontrar descanso si no en él. El más feliz es el que está más unido con Cristo con los lazos del amor y la entrega a su causa. Tal es  el salario que nos promete: la vida y la  verdadera felicidad, en este mundo y en el otro.

 

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19.-.Si tu al oírle le responde:”yo”, otra vez te dice Dios: si quieres gozar de una vida verdadera a y perpetua, guarda tu lengua del mal, tus labios  de la falsedad, obra el bien, busca la paz y corre tras ella (16 y 17)

San Benito toma estas palabras del Espíritu Santo, para ponernos en el pórtico de su regla las condiciones necesarias para que hagamos factible el progreso en la configuración con Cristo.
S. Benito supone que el moje corresponde a la llamada divina, ofreciéndose a caminar en el seguimiento de Cristo. A la llamada, a la vocación, corresponde  la respuesta  por nuestra parte. “Yo”.
  La gracia estará en nosotros de un modo estable y seguro, dentro de lo que cabe en la fragilidad humana, si ponemos estos medios como respuesta a su llamada, como base del desarrollo de la vida divina que el Señor ha depositado en nosotros con la gracia bautismal.
Guarda tu lengua del mal, en primer lugar. Para producir en nosotros la vida de la gracia, germen precioso de la vida futura y  para conservarla y aumentarla, debemos en primer lugar poner freno a la lengua  origen de muchos males, pues nos dice la escritura que quien no pecare con la lengua es un varón perfecto. Y también afirma que es vana la religión de aquel que pretenda serlo, sin refrenar la lengua.
El mal nace en nuestro corazón, en nuestro interior, pero  a través de la lengua se manifiesta un mundo de iniquidades que hay en el interior. A través de ella salen las blasfemias, el perjurio, las malas conversaciones, la mentira, la murmuración, la calumnia, causa las disputas y enciende el odio.
El silencio monástico nos defiende de todas estas manifestaciones, es una faceta importante del mismo, aunque no la más importante que está en lo que podemos llamar mística del silencio.
Seguidamente dice que evitemos el mal y hagamos el bien. Toda la observancia de la ley divina se encierra en esas palabras. Dios quiere que nos apartemos del mal, es decir que nos apartemos de cualquier pecado, porque este es el mayor obstáculo para la vida de la gracia. El pecado la destruye en nosotros y nos priva de los derechos de hijos de Dios
.  Pero sobre todo lo que quiere el Señor es que obremos el bien. Estar en gracia  es vivir. Y hay que desarrollar esa vida  por medio de la  práctica de las virtudes. ¿Qué pensaríamos de un árbol  que vive, pero que  no produce ni hojas ni frutos ni flores?  Los frutos son prueba de que existe la vida.
 La presencia del Espiritu Santo en nosotros la conocemos por la presencia de sus frutos: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad fidelidad, mansedumbre, dominio de si, (Gal 5,22-23) Un monje en el  que no afloran estos frutos  está próximo a la muerte. El que goza de vida, aparecerán en mayor o menor grados todo ellos.
En tercer lugar buscar y conservar la paz. Para que la vida de la gracia crezca, tenemos que preparar el terreno de un modo favorable, ya que por parte de Dios no ha de faltar la semilla. Buscar y seguir la paz quiere decir que hemos de resistir a las malas inclinaciones que nacen de nuestra naturaleza o de las  insinuaciones del mal espíritu. Si no las combatimos  seremos sus víctimas. En la medida en que estas perversas inclinaciones de la naturaleza están vivas, paralizarán nuestro caminar y perturbarán la paz.
Perturbaran la paz con Dios, revelandose contra su divina voluntad, y  la paz con los  hermanos, siendo signos de contradicción, y sobre todo perturbarán la paz interior, pues nos arrastran fuera de nuestro centro.
Busquemos y sigamos la paz, nos exhorta S. Benito, reduciendo al silencio a cuanto nos impida  realizar nuestra misión de configuración con Cristo.
 Siempre y en todas ocasiones hemos de luchar, porque sin una gracia particular  nunca dejará de estar empañada nuestra alma con alguna nube. Pero acerquémonos a la paz cuanto nos sea posible. Así apresuraremos la presencia del reino.
Jesús es nuestra paz y  en la medida que está presente en nosotros, tendremos la verdadera paz, en la medida que le seguimos, seguiremos la busqueda de la paz.

 

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20.- Y cuando cumpláis todo esto, tendré mis ojos fijos en vosotros, mis oídos atenderán a vuestras súplicas, y ante de que me invoquéis os diré:”aquí estoy”. (18)

El monje que ha  combatido el pecado, practicado la virtud y ha trabajado continuamente en pacificar el corazón, según indicaba en el párrafo comentado ayer, le promete S. Benito inefables ternuras divinas.  Lo hace a través de palabras tomadas del salmo 33, de Isaías  y de las actas de martirio de S, Juliano.
Tendré mis ojos sobre vosotros dice en primer lugar.  Si tanta es la solicitud de Cristo para con el pecador que llega a compararse con el pastor que busca la oveja perdida hasta encontrarla y la carga sobre sus hombros, y a celebrar una gran fiesta por la vuelta del hijo pródigo,  ¿Cuánta más  solicitud y amor derramará sobre un monje que está siempre pendiente de su voluntad?
Si los seres humanos, con todas las limitaciones de su condición, piensan continuamente en el objeto amado,  se preocupen por él sin cesar, lo busca con su mirada y se regocija con su posesión, todo esto es una pálida imagen del gozo inefable que siente Dios mirando a su fiel obrero.
Esta mirada de Dios no solamente es una mirada de amor ardentísimo, sino también de un amor protector. Vigila y guarda a su hijo para que nada le falte, dispone las ocasiones con las que pueda santificarse, a veces  ciertamente dolorosas  a la naturaleza humana. Lo defiende  como a la niña de sus ojos en las tentaciones y peligros. ¡Dichoso mil veces el monje objeto de las complacencias divinas!
Sigue diciendo S. Benito: Mis oídos atenderán a vuestras súplicas. A todos nos promete en el evangelio que cualquier cosa que pidáis se os dará. Sin embargo, cuantas oraciones sin resultado alguno ¿por qué?  Porque esas oraciones no han sido como debían, por falta de la debida atención y del espíritu de fe requerido.
No es Dios el que falta al orante, sino este a Dios. Otras veces la gracia se nos concede como en germen, y falta nuestra cooperación a la misma.
No solamente alcanza las gracias necesarias a todos concedidas, sino también pide y alcanza cuanto es útil a la gloria de Dios.
Termina  S.  Benito diciendo:”cuando me interroguéis, os diré yo Aquí estoy”. (Iñaki traduce el “invocar”del texto latino por “interrogar”). Las palabras que el padre del hijo pródigo dirige al hijo mayor, “tu siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo”, pueden ser las mismas que dirige Dios al alma fiel, pero sin ese deje de dolor que se desprende en la parábola a causa de la incomprensión del hijo mayor.
“Hija mía, dijo el Señor a Sta. Gertrudis, no te asombres  que atienda a algunas oraciones tuyas por intenciones que ya has olvidado, porque  como tu te adelantas a mis deseos, yo también me  adelanto a los tuyos.”
Los dones de Dios no tienen  más límites que nuestra capacidad. Y los santos  crecen sin cesar esa capacidad bajo la acción de Dios. Derrama sobre el alma dones gratuitos de oración, de contemplación, la pureza de corazón.
Si dejamos a Dios libre el camino, si le dejamos obrar en nosotros a su gusto ¡qué haría con nosotros!
Nuestro Padre celestial tiene para todo el que le es fiel, tesoros infinitos, que le llevan a  prevenir sus deseos  y aún mucho más de lo que pudiera imaginar.  

 

 

 

21.-Hermanos amadísimos, ¿puede haber algo más dulce para nosotros, que esta voz del Señor que nos invita? Mirad como el Señor en su bondad nos indica el camino de la vida. (19-20)

Estamos en el monasterio porque hemos oído  el llamamiento divino. Basados en los párrafos indicados, podemos considerar las notas que encierra la gracia que hemos recibido con la vocación,  y en general de todos los llamamientos de la gracia.
En primer lugar podemos  considerar que cuando  dice “en su bondad”,  es porque  las invitaciones de Dios son gratuitas, fruto de su bondad.
 Nadie puede alegar méritos para tener derecho a ser llamado.  S. Pablo fue llamado cuando precisamente perseguía a Cristo en sus fieles. Y en la parábola del banquete, los pobres, paralíticos, ciegos, cojos, todos son “impelidos” a entrar en el festín.  Y si tenemos el vestido nupcial, no nos priva de sus dulzuras.
Si viene la idea de que no merecemos los favores divinos, que no podemos aspirar a su intimidad, no dudemos de atribuir estos pensamientos al mal espíritu.  No se trata de merecimiento, sino de gracia.
Dios  es infinitamente bueno, quiere comunicarse a todos, su bondad no tienen límites. Somos nosotros con  nuestra falta de confianza los que podemos limitar sus gracias.
En segundo lugar, dice S. Benito que es una invitación dulce. ¿“Puede haber algo más dulce para nosotros que esta voz del Señor”? La suavidad, la paz, son notas que distinguen las inspiraciones de la gracia, de las que realiza el mal espíritu o la naturaleza, según las normas  de discernimiento de espíritu, de S. Ignacio.
A pesar de todas nuestras miserias, o mejor dicho, precisamente por ellas, es por lo que el  Señor nos invita a acudir a él diciendo:”Venid a mí todos los que estáis cargados y oprimidos, que yo os aliviaré”.
El mal espíritu y nuestro orgullo, nuestra autosuficiencia nos invitan al desaliento, al abatimiento, a la tristeza. Nos sugiere unos deseos de una perfección, para la que en este momento, no tenemos gracia.
Dios en cambio nos abre su corazón y nos descubre las dulzuras de la compunción, de la belleza y recompensa de la virtud. Nuestra naturaleza nos impulsa a ser turbulentos, inquietos, impacientes. Dios nos conduce de ordinario lentamente, a la paz, nos muestra un camino ciertamente largo y estrecho, pero  el camina delante y nos invita diciendo “Seguidme”.  Correr, pero en mi seguimiento, de nada os servirá caminar más aprisa que yo. Yo solo puedo dirigiros. Cuantas inspiraciones que creíamos eran de la gracia, eran fruto de nuestra  naturaleza impaciente. Dios habla suave y dulce, aún incluso cuando nos muestra la cruz.

 

22. -Ciñéndonos pues nuestra cintura con la fe, la observancia  de las buenas obras, sigamos por sus caminos, llevando como guía el evangelio, para que merezcamos ver a aquel que nos llamó a su reino. (21)

San Benito nos ha mostrado como Dios nos llama al combate, nos despierta de nuestro sueño,  nos alista como obreros para su viña, se ofrece  a guiarnos y nos convida a la vida y la felicidad.
 Ahora da un paso más, presenta la vida monástica como un gran viaje.  En primer lugar  señala el término del viaje: Para que merezcamos ver a aquel que nos llamó a su reino. ¿En que medida tenemos presente este término en nuestro vivir cotidiano?
Nuestra vida  es ciertamente un viaje. No tenemos ciudad fija, vamos en busca de  la  permanente. Hay que aceptar todos los inconvenientes que llevan consigo un viaje, una peregrinación.  Incomodidades, fatiga, inclemencias del clima, malos encuentros, y sobre todo el estar privados de continuo de las dulzuras de un hogar, de una patria, ya que no estamos en ella, sino que vamos a ella.
Pero consolémonos, pues nuestro viaje tendrá término y aparecerá un día  en el horizonte la montaña santa y nuestra fatiga será recompensada con el gozo de haber llegado al fin.
No es lógico buscar y querer tener comodidades en una peregrinación. Sobre todo como en nuestro caso, que estamos rodeados de enemigos, que siempre nos acechan, invitando a buscar comodidades que nos alejen o distraigan de la meta que aspiramos alcanzar.
Miremos al reino que nos espera, “nos llamó a su reino”. Y encontraremos fuerzas para caminar con verdadera alegría.
En este párrafo también presenta el guía que nos acompañará en nuestro peregrinar. Nuestro guía es el evangelio. La regla es el modo peculiar que el Señor nos ha llamado a vivir el evangelio.  En el PC, en el nº 2, al hablar de la “adecuada renovación” de la vida religiosa (no es el momento de entretenernos en estas dos palabras que utiliza,  simplemente llamar la atención de que no habla de una cualquiera renovación, sino especifica diciendo adecuada),  dice así: “Como quiera que la norma última de la vida religiosa  es el seguimiento de Cristo tal como  proponer  en el evangelio, este ha de tenerse por todos los institutos como regla suprema.”
Es el guía seguro que puede conducirnos en las difiultades, en los difíciles senderos que atraviesan el desierto de este mundo. Es un guía poderoso, que si le seguimos  con fidelidad nada podemos temer. Es un guía firme, que ha resistido todos los ataques durante  veinte siglos y que podemos tener la confianza de que saldrá vencedor, y nosotros también con él, si le seguimos. Siguiendo con fidelidad el evangelio, nada podemos temer.
En cuanto al equipaje para este viaje de peregrinación, cuanto menos mejor. Tanto más rápida y fácil será el caminar. Es necesario comenzar por despojarnos de todo lo superfluo. Es consigna evangélica: El que no renuncia a todo lo que posee no puede ser mi discípulo.
El único equipaje del peregrino evangélico, según  S. Pablo, ha de ser: el ceñidor de la fe, que nos fortifica con sus potentes verdades, y que nos hace incansables. La túnica de la caridad en la práctica de las  buenas obras, que a la vez que cubre nuestro cuerpo, protege del polvo del camino. Y las sandalias de la esperanza, que nos permiten andar ligeros venciendo todos los obstáculos.
 Este es el equipaje de quien quiera llegar  a la unión con Cristo: la fe, la esperanza, la caridad, las virtudes morales.  Alcanzarlas, es la labor de cada día, a la que nos invita S. Benito a través de toda la regla.
Ciñendo  nuestra cintura con la fe y la observancia de las buenas obras, sigamos el camino, llevando como guía el evangelio, para que merezcamos ver a aquel que nos llamó a su reino,  a la plenitud de la vida, al encuentro con Cristo promete ya en el prólogo.

 

 

23-.- Si deseamos habitar en el  tabernáculo de este  reino hemos de saber que nunca podremos llegar allá  a no ser que vallamos corriendo con las buenas obras. (22)

El fin de nuestro viaje, decíamos ayer, es la ciudad Santa, el encuentro con Dios, el Cielo. Allí veremos a Dios que nos llamó, allí habitaremos  y reinaremos con él.
El párrafo leído hoy es complemento del ayer comentábamos: que merezcamos ver a aquel que nos llamó a su reino.
Nos anima S. Benito con el pensamiento de la visión de Dios.  Aún mirándolo en la tierra, ¿Qué hermoso, que admirable y bello es? Hermoso en el pesebre, hermoso  en la cruz, hermoso en la eucaristía donde hace las delicias de las almas que le descubren a través de una fe viva en su presencia.
Después de la contemplación y éxtasis S. Pablo no podía repetir lo que había visto y oído, ni decir lo que había gozado. En este mundo, no vemos a Dios más que a través del velo de la fe, aún en los estados más altos de contemplación mística. ¿Qué será verlo cara a cara?
“Para que merezcamos ver a aquel que nos llamó a su reino”, dice S. Benito. Largos y penosos viajes se hacen para contemplar las bellezas  de la naturaleza, o para asistir a  una representación deportiva o musical. ¿Qué son todas estas cosas comparadas con la belleza, la dulzura, con las melodías que encierra la contemplación de Dios a través de la fe? Pensemos con frecuencia en esta grandeza.
S. Benito pregunta si  queremos habitar en el tabernáculo de este reino. Que feliz sería nuestra vida si pudiéramos estar siempre con Cristo al pie de su sagrario, pasar nuestra existencia junto a él, ya aquí en la tierra.  Cuantos han sido los que pasaban horas junto al sagrario y se tenían que hacer violencia para abandonarlo. Creían de verdad que ahí estaba Cristo. ¿No esta la realidad que trasparentan los escritos del Bto. Rafael?
Algún día será esta nuestra realidad. Habitaremos no ya en el tabernáculo del Dios oculto,  sino en el palacio del Dios de la gloria. Viviremos con él eternamente. El camino del desierto pasará y estaremos en la casa paterna  para no dejarla más. Entonces nadie ni nada nos podrá separar de Dios, amarle y ser amados, estar con él. Bienaventurados señor los que habitan en tu casa. Por los  siglos de los siglos te alabarán.
S. Benito quiere ponernos  delante estas verdades de fe, como quien pone miel en la boca, cuando dice en esta frase del prólogo: Si deseamos habitar  en el tabernáculo de este reino. Pero ¿tenemos con frecuencia este pensamiento ante nuestros ojos? Con el salmista podremos decir: La casa de Dios es el lugar de mi descanso por toda la  eternidad, la he escogido y en ella quiero habitar.
Ante las dificultades que lleva consigo la vida monástica, como toda vida humana, el ánimo se fortalece con la asimilación de esta verdad de fe que S. Benito pone ante nuestra consideración en el prólogo. Cuando lo alcancemos ya no habrá lagrimas, ni dolor, según el Apocalipsis. Es el gozo para siempre, sin los enemigos que continuamente aquí nos frenan la trasformación en Cristo. Se acaba el trabajo, el esfuerzo, para dar lugar  a la paz eterna. Lo momentáneo de nuestra tribulación, lo que pueda tener de duro el seguimiento de Cristo en la vida monástica no tiene comparación con la gloria que el Señor nos prepara.

 

 

24.- Nunca podremos llegar allá a menos que vallamos corriendo con las buenas obras. (22)

 

Este pensamiento que aquí expresa de S. Benito  es el mismo de Jesús cuando dice: “Corred mientras  tengáis luz”
Correr es como decir, caminar con fortaleza. Con frecuencia se consigue con un esfuerzo, lo que no se logra con múltiples golpes débiles. El camino del cielo es muy escarpado según advierte Jesús, aunque el resultado final sea obra de la gracia. El reino de los cielos sufre violencia y tan solo los  violentos podrán arrebatarlo.
Si dejamos de  esforzarnos, al momento volvemos atrás por el peso de nuestra naturaleza. Quien no avanza, retrocede, suele atribuirse a S. Bernardo este dicho. Cuanto más pendiente es una cuesta, más se adelanta caminando con energía y generosidad.
La fuerza es por tanto necesaria para alcanzar el fin que pretendemos, y por no hacerlo, muchos se quedan a mitad de camino. Hay que conservar vivo y eficaz el espíritu de sacrificio y generosidad. No regatear nada en la entrega total que supone la respuesta a la llamada de Jesús. El nos dará la gracia para sostenernos en esta carrera.
Correr significa  también caminad rápidamente. Cada paso nos acerca a la meta, cuanto más  rápidos sean, antes nos acercamos a la meta. Por otra parte, el tiempo es corto y no alcanzaremos el término si no corremos. Quizás hemos perdido mucho tiempo, y lo poco que nos queda, pues por muchos años que sean, pasan cada vez con mayor rapidez, tenemos que aprovecharlos bien.
Por eso caminar lentamente, malgastar el tiempo es exponernos a una tardanza cierta  e irreparable. Son los talentos recibidos de los que el Señor nos pedirá cuenta.
Caminemos deprisa. O sea multipliquemos las buenas obras. Mientras tengamos tiempo, obremos el bien, dice S. Pablo. No se trata de hacer obras extraordinarias. Si hacemos lo que tenemos que hacer habitualmente ¡Cuánto caminaríamos en un solo día!
Querer marchar más aprisa que la Regla, es exponernos  a sucumbir al peso de la fatiga y quedar inútiles posteriormente para todo. Es lo que decía Sta. Teresa de aquellas monjas, que llevadas de un fervor intempestivo, se sobrepasaban  en las austeridades de la Regla, caían enfermas por ello, y en adelante no podían cumplir por ello la regla. Así ni antes ni después la cumplían.
El discernimiento de espíritus ha de iluminarnos para no confundir el fervor con los excesos, que bajo capa de virtud, pueden llevarnos a la fatiga física y espiritual.
Correr es hacerlo con grandes pasos. Quien corriese con pasitos menudos, sería lo mismo que si caminase lentamente, porque no adelantaría gran cosa. Para progresar hay que hacer obras verdaderamente buenas. Y para que una acción sea buena, no basta que esté conforme con la Ley de Dios y la regla. Debe ser  hecha con rectitud de intención.
Las acciones lentas son pasos que se dan hacia atrás, apenas perceptibles para el progreso en la virtud. Alarguemos el paso llevando siempre la recta intención de agradar a Dios. El ardiente deseo de glorificarle, el fervor y santo celo  de la caridad,  Entonces si que corremos y sin  trabajo, porque el amor dilata nuestros corazones. Corrí por el camino de tus mandamientos, cuando dilataste mi corazón.
Ejemplo admirable en este correr en un vivir diario completamente normal  es la vida de Sta. Teresa del Niño Jesús. El camino de la infancia no se señala por las obras extraordinarias, sino por el modo extraordinario de hacer las obras ordinarias.  

 

 

 

25.-Preguntemos al Señor como el profeta diciéndole, Señor ¿quien puede hospedarse en tu tienda y descansar en tu monte santo? Escuchemos hermanos lo que el Señor nos responde a esta pregunta, y  como nos muestra la morada diciéndonos, (23 y 24)

Preguntamos al Señor, dice S. Benito. ¿Cuándo debemos consultarle? No solamente  en momentos cruciales de nuestra vida, sino en toda obra buena. Dios es la suprema regla del bien. El bien es lo que está conforme con su voluntad. Por tanto mejor serán nuestras acciones, cuanto más conformes  estén con ella.
En el  Padrenuestro decimos: hágase tu voluntad. Por lo que respecta a nosotros, tenemos que conocer esa voluntad para poderla hacer. Tenemos que conocer lo que Dios quiere de nosotros  antes de cualquier obra, pues de lo contrario obraremos por capricho y llevados de nuestros gustos, haremos obras inútiles e incluso malas.
Antes de nada necesitamos luz para saber si lo que vamos a hacer es bueno,  porque pensamos es voluntad de Dios.  Y ¿quien puede iluminarnos si no es el Señor?
El conoce perfectamente lo que es bueno, Él solo puede decirlo, bien directamente por sugerencias de nuestra conciencia, bien sea externamente por medio de sus representantes. Por ello será muy provechoso, que antes de cada acción le preguntemos ¿Señor esta acción que voy a emprender, es conforme a vuestros deseos?
¿Señor, quien habitará en tu tabernáculo? O sea, esta acción me acerca a tu intimidad, a tu tabernáculo.  Esto es en definitiva lo que hemos venido buscando al ingresaren el monasterio, la intimidad con Dios.
Durante todo el día, aún en las cosas más pequeñas, el fin al que deben tender nuestras acciones, aún las más ordinarias, es  llegar a conocer esa voluntad de Dios, para realizarla fielmente.
Siempre podemos consultar al Señor. Expresa su voluntad en el evangelio,  en la Escritura, la regla y constituciones.
Pero para llevar a cabo esa voluntad de Dios que hemos descubierto en nuestra conciencia  y por cualquier otro medio, necesitamos  luz para distinguir los deseos de Dios,  de los deseos de nuestra naturaleza, de nuestro egoísmo. No seamos como el sarabaíta, de los que dirá S. Benito que lo que les agrada, dicen ser santo y lo que les desagrada no ser voluntad de Dios.
Dios nunca rehusará respondernos, unas veces por los gritos de nuestra conciencia, otras o por los consejos de nuestro padre espiritual. Moisés para escuchar a Dios tenia que estar en el tabernáculo y presentarse delante del arca de la alianza.
Nosotros  para saber lo que Dios quiere de nosotros acudamos a nuestra conciencia, y también  a aquel que nos pueda dar un buen consejo. Escuchemos al señor que por medios humanos nos responde y nos muestra el camino  de su tabernáculo, como  dice en  el prólogo.
Es importante tener en cuenta las condiciones que ha de tener nuestra consulta, para que sea eficaz.
Hay que preguntar con rectitud y sinceridad, buscando verdaderamente  la voluntad del señor y con la determinación de hacer lo que veamos ser su voluntad.
Digámosle: Busco señor vuestro reino, y los medios para llega a él, no quiero otra cosa. Y seguidamente hagamos silencio en nuestro interior, cesen los ruidos extraños, la agitación de nuestra alma. De lo contrario no podremos distingir la voz fe Dios, de la voz de las criaturas.  Hay que oír atentamente sus palabras, la manifestación de su voluntad. Y cuando nos sintamos impacientes, procuremos serenarnos, uniendo nuestra voluntad a la del Señor. No tenemos  que obrar al acaso, porque podríamos confundir su voz con las de nuestro egoísmo, amor propio…
En concreto procuremos obrar siempre después de haber reflexionado, aún en las cosas ordinarias, purificando  nuestra intención.

 

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26.-Aquel que anda sin pecado y practica la justicia, el que habla con sinceridad  en su corazón y no engaña con su lengua, el que no hace  mal a su prójimo y no presta oídos a infamias contra sus semejantes (25-27)

San Benito toma las palabras del salmo 14 sin añadir comentario particular, para tratar de enseñar  las condiciones para entrar en el tabernáculo. No olvidemos que estar en el tabernáculo es un modo de expresar la intimidad con Dios o la  gracia de la contemplación.
En primer lugar enumera la pureza de conciencia como condición de ingreso en el tabernáculo. Todo pecado sea más o menos grave,  es un impedimento para el encuentro con Dios. “Aquel que anda sin pecado” dice con el salmista, pero no basta la limpieza, por eso añade ”y practica la justicia”
La pureza de conciencia ha de entenderse  en todos sus aspectos: pensamientos, palabras y en las obras. “habla con sinceridad y no engaña con su lengua, no hace mal a su prójimo”.
La pureza de conciencia consiste en conformarnos con la voluntad de Dios, regla suprema del bien. Tanto el seglar como el religioso, tienen que conformarse en todo con la voluntad divina y  las inspiraciones de su conciencia.
Justo por excelencia solo es Dios. Para las criaturas podemos tener una justicia relativa. Está en relación con las gracias recibidas. Los talentos de que habla el evangelio. A quien más se le ha dado, más se le exigirá.
El cristiano obra en verdad cuando conforma sus pensamientos, palabras y obras conforme a evangelio. El religioso  para obrar con verdad, ha de vivir ese mismo evangelio con los matices  o peculiaridades propias de su carisma.  Es lo que  solemos llamar deberes de estado. San Francisco de Sales, en la Vida Devota, especifica  como aquello que puede ser camino de santidad para un monje, por ejemplo, no lo será para un obispo.
Cada día recibimos numerosas gracias y el Señor las derrama sobre nosotros para que produzcan fruto, y nuestro fruto permanezca. No sea flor de un día, que el viento, o el sol, las dificultades  hacen desaparecer.
La senda de la santidad es infinita. Cuanto más avancemos, más percibiremos los defectos que enturbien el corazón. Como en una habitación que entra un rayo de sol, se ve flotar en el ambiente cantidad de polvo que antes no se veia, pero que estaba.
Hay que evitar estar pendientes de este progreso como contabilizándolo y midiéndolo.  Basta  permanecer fieles en el seguimiento de Jesús y tener la firme determinación de permanecer  en su seguimiento. Mientras mantengamos esta disposición, estaremos caminando en verdad, en santidad.

 

 

27.- Aquel  que cuando el diablo le sugiere alguna cosa , inmediatamente le rechaza a él y a su sugerencia, lejos de su corazón, lo reduce a la nada, y agarrando sus pensamientos  los estrella contra Cristo (28)

La segunda condición que S. Benito manifiesta como medio para entrar en el tabernáculo, es vencer  las sugerencias del mal.
Ante todo  S. Benito nos enseña que no tenemos que temer las tentaciones. Ciertamente que  no pueden faltar, pues llevamos en nuestro corazón eses siete raíces de pecado que  incluso  las personas más espirituales, según  S. Juan de la cruz, se revisten de apariencias de bien.
Satanás es el enemigo declarado de Dios, y por consiguiente también enemigo encarnizado de l hombre, criatura de Dios.
El hombre  que puede amar y glorificar a Dios y ha sido tan amado  por Dios, que ha llegado a entregar su Hijo muy amado para rescatarlo. Coomo dice S. Pedro, siempre estará a nuestro alrededor  como león rugiente buscando perdernos.
Pero todas estas asechanzas son un medio providencial  para poder entrar en el tabernáculo.
Jesús que quiso ser tentado, solo a los vencedores destina la corona, ya que nadie es coronado si no ha luchado legítimamente.
Ay que estar  preparados para las insinuaciones del mal.  Siendo  en enemigo malo, y unido a nuestra concupiscencia, posee mil  resortes para  engañarnos. Siempre ataca por el lado flaco. Halaga las pasiones. Presenta con seductores atractivos y bajo capa de bien aquello que nos aparta de Dios.
Pero  todas las fuerzas del mal, no podrán arrancarnos el consentimiento,  en contra de nuestra voluntad, porque  Dios y su gracia están con nosotros.
Las tentaciones no solo no nos pueden hacer daño, sino que también pueden ser muy  provechosas. Gracias ellas podemos alcanzar sólidas virtudes. Ya que las virtudes no se alcanzan sino es probadas con combates, quizás penosos y largos.
También la tentación nos proporciona una dichosa experiencia, pues como dice la Escritura “¿Qué sabe el que no ha sido tentado?” La tentación nos enseña cuán necesaria es la oración y sobre todo nos ayuda a escalar los doce grados de humildad  que nos propondrá posteriormente S. Benito. La tentación nos recuerda nuestra débil condición.
San Benito invita a rechazarlas desde el principio. Si la victoria no es completa produce pérdidas más o menos sensible.  Nos puede dejar como heridos. Una tentación medio vencida, deja en nosotros un germen que pronto volverá y con más violencia. Si no se vence totalmente, tenemos el peligro de hacer las paces con alguna de nuestras faltas de más o menos gravedad, pero que nos lleva a acostumbrarnos a ese modo de proceder y será fuente de numerosas infidelidades.
Para triunfar de verdad, tenemos que rechazar toda inclinación al mal, arrojándolo de nuestro corazón. S. Benito usa palabras categóricas a este propósito:”inmediatamente le rechaza las sugerencias del maligno lejos de su corazón, de tal manera que quedan reducidas a la nada.
Una chispa es fácil apagarla, pero si dejamos que arda la casa no seremos capaces de apagar el fuego. La experiencia confirma por desgracia esto. De un modo gráfico expresa S. Benito como proceder diciendo:”estrella sus pensamientos contra Cristo”.
 Cristo es la roca, contra el estrellemos cuanto nos quiera separar de su amor. La presencia de Jesús disipa las tentaciones como el fuego el copo de nieve. Si hemos permanecido en la oración, tendremos seguridad de no haber cedido ante el mal.

 

 

28. Vencer el orgullo.
 Los que así proceden son los temerosos de Dios y por eso no se inflan  de soberbia  por la rectitud de su comportamiento, antes bien, porque saben que  no pueden realizar nada  por sí mismos, sino por el Señor  (30)
Tenemos al presente una tercera condición para entrar en el tabernáculo. Referir a Dios toda la gloria de nuestras acciones. Para ello tenemos que vencer el orgullo
Es difícil de vencer por razón de llevarlo siempre con nosotros, sin poderlo separar de nuestro yo. El hombre caído es naturalmente egoísta, no piensa  más que en sí mismo, todo lo refiere a sí mismo, atribuyéndose el mérito de sus acciones. Siempre nos persigue, pero cuando consigue ocultarse en el bien o con alguna virtud, es peligrosísimo  y difícil de combatir por  no descubrirlo.
Si nos lleva a buscar las alabanzas y aplausos de los hombre, es fácil reconocerle y por tanto rechazarle. Pero no es tan fácil  cuando nos inclina  a las buenas acciones, es más sutil, y hay que vigilar atentamente, sino queremos naufragar en el puerto.
El gozo que acompaña a las buenas obras, puede venir de Dios, o  también  puede proceder de la vanagloria. Por ello es un enemigo difícil de descubrir y combatir.
Es además un enemigo traidor, que desea apoderarse de nuestros méritos. Nuestras buenas obras pueden ser el alimento de una vana complacencia: “sus buenas obras” dice S. Benito.
Es como un gusano escondido que corroe todos nuestros méritos, hasta no dejar más que la corteza exterior, la apariencia que se engrandece ante los propios ojos, y por ello también se dice “la hinchazón del orgullo”.
       Todo lo que no hagamos por Dios carece de mérito, ni para nosotros, ni para bien de la Iglesia.  Seria una desgracia que al fin de nuestra vida nos encontrásemos con mucha paja y poco grano, a pesar de haber luchado con los enemigos exteriores y esforzados en la buena observancia. Jesús  dirá: “en verdad os digo, ya habéis recibido vuestro premio”
El orgullo no solamente es enemigo nuestro, sino también de Dios. Cuando nos dejamos llevar del orgullo, nos apropiamos de los bienes de Dios, le usurpamos el puesto.  Bien sabemos que sin Dios no podemos nada, sin embargo, llevados  de un amor desordenado a nosotros mismos, aparentamos ignorarlo y obramos como propietarios atribuyéndonos las buenas obras como si las hiciésemos nosotros solos.
  Dios abomina este vicio. Vemos por la Escritura como lo castiga con severidad.  David movido por un sentimiento de complacencia hizo un empadronamiento de su pueblo y una epidemia llenó de angustia durante tres días a todo Israel. Exequias  mostró lleno de orgullo los tesoros de su palacio a los embajadores de los  caldeos, y poco después fueron trasladados a Babilonia.

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29. La gloria para Dios.
-Los que así proceden son los temerosos de Dios y por eso no se inflan de soberbia por la rectitud de su  comportamiento, antes bien, porque saben que no pueden realizar nada  por sí mismo, sino por el Señor. Proclaman  su grandeza, diciendo lo mismo  que el profeta: No a nosotros, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria. Igual que el  apóstol Pablo que tampoco se atribuyó éxito alguno de su predicación cuando decía, por la gracia de Dios soy lo que soy. Y también afirma  en otra ocasión, el que presuma, que presuma  del Señor. ( 29-32)

Para referir a Dios la gloria de nuestras acciones, S. Benito indica tres medios.
En primer lugar buscar únicamente la gloria de Dios al emprender cualquier obra:”los temerosos de Dios no se inflan de soberbia por la rectitud de su comportamiento.”
           Tenemos que  decir con el profeta: “No a nosotros Señor, sino a ti gloria”. Yo no tengo derecho alguno a la gloria porque esta es toda de Dios.  Todo en nosotros reclama el derecho de Dios a recibir gloria de su criatura.
Con cualquier reflexión que sobre esto podamos hacer, procuremos que todas nuestras acciones  estén marcadas con el deseo de glorificar a Dios.
En segundo lugar, durante la acción, apoyarnos únicamente en la gracia de Dios. “Antes bien, porque saben que no pueden realizar nada por si mismos, sino por el Señor”, dice S. Benito.
La gloria de Dios es el fin esencial al que tenemos que aspirar. Su gracia el medio esencial para llegar a este fin. Sin la gracia vanos serán nuestros esfuerzos y proyectos.
Cuando su gracia está presente en nosotros, solo nos resta dejarnos guiar, de modo que podamos decir con Pablo: “Por la gracia de Dios soy lo que soy”. Obra todo en nosotros, nos acompaña, nos guía, nos impele y las obras las ejecuta en nosotros. Nuestras fuerzas crecen con la abundancia de la gracia y  es tanto más fuerte y abundante, cuanto  menos la estorbe nuestra propia acción.
Si dejamos la gracia para obrar con  libertad en nuestro interior  ¡Cuantas cosas haría Dios en nosotros si lo dejásemos obrar!
 En tercer lugar, después de cada acción atribuir a Dios  la gloria, Así lo enseña S. Benito cuando sigue diciendo:”Proclaman su grandeza diciendo”.
La humildad no consiste en ver solamente los desordenes de nuestras obras, sino en atribuir a Dios y solo a Dios, lo que haya de bueno en ellas.”Quien se gloríe. Se gloríe en el Señor “
Todo bien procede  de Dios, y lo malo es fruto de nuestro orgullo, de nuestra propia voluntad, de nuestra cobardía.
Debemos darle gracias por lo bueno y pedirle perdón por lo malo. Si bien no siempre somos capaces de ver todo lo que el Señor obra en nosotros, siempre podemos darle gracias  porque a pesar de nuestra resistencia, sigue derramando sus gracias en nosotros,
Incluso debemos darle gracias con ocasión de nuestras faltas, porque nos ha librado de otras muchas y peores. Solamente  su gracia es la que nos ha librado de caer mucho más hondo.
S. Agustín  daba gracias todos los días por los pecados que le había librado de caer en ese día. Así mismo, Sta. Teresa del Niño Jesús se  expresaba, cuando  decía  que mayor debe ser la gratitud por los peligros que nos ha librado de caer, que por el perdón después de la caída.
Quien se acostumbra a este modo de agradecimiento, no tardará en buscar a Dios con mayor rectitud y en fiarse de El  únicamente. Sentirá cada vez más el auxilio de la gracia. 

 

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30.-Fidelidad a la divina voluntas.
 Por eso dice el Señor en su evangelio: Todo aquel  que escucha estas palabras mías y las pone por obra, se parece a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca, cayo la lluvia vino la riada, soplaron los vientos y arremetieron contra  la casa, pero no se hundido porque estaba cimentada sobre la roca. (33-34)

Por todo lo que venimos comentando del prólogo durante este mes, según el  espíritu de S. Benito, el camino del monje consiste en obrar con perfecta justicia, o en otras palabras, responder a la llamada a la santidad que le hace el Señor. Por esto nos ha propuesto resistir a las tentaciones, orientar todas nuestras obras para gloria de Dios, apoyándonos solamente en su gracia.
Todo esto lo podemos resumir en un solo pensamiento: cumplir la voluntad de divina con toda generosidad. Jesús dice:”No todo el que dice Señor, Señor entrará en el reino de los cielos”, y añade: “el que cumpla mis palabras y las ponga en práctica, será  semejante al hombre sabio que edificó su casa  sobre roca”
Este es el verdadero cimiento de toda vida monástica. Su falta es la causa de tantas caídas  de algunos que parecían fieles seguidores de Cristo.
Amar las virtudes y odiar el pecado es virtud de todo principiante. Si no tiene esta base de su vida espiritual, edifican sobre arena.
  Son también virtudes propias de los monjes maduros, ya que todo progreso espiritual presupone una unión más íntima con la voluntad de Dios.
Es una disposición en fin, necesaria en los ancianos, con su unión total con la divina voluntad. Esto implica un total aborrecimiento del pecado.
El trabajo del monje es cimentar toda su vida en la voluntad de Dios  como piedra fundamental, uniendo su acción a la de Dios.  Tendrá que ejercitarse en la fe y en la caridad. La fe que busca  y estudia la voluntad de Dios  y la caridad que la abraza y la cumple.
Este es el trabajo primordial de nuestra vida monástica. Sin fe y amor no  una auténtica vida monástica. La vocación  será tanto más sólida y tanto progresaremos  cuanto más busque la fe la voluntad de Dios  y cuando la caridad la cumpla con más ardor. Por desgracia hay monjes que ni oyen ni ejecutan la voluntad de Dios. Falsos monjes. Otros no menos culpables, la oyen pero no la cumplen. Hay otros muchos que lo ejecutan a medias, por lo que su vida monástica es endeble.
Para levantar un edifico bien hecho y con solidez, hay que aspirar  a un solo fin y esforzarse en realizar, conocer, amar y cumplir la voluntad de Dios.
Asentada la vocación sobre la voluntad de Dios,  es inquebrantable. Resiste a las tempestades y a los torrentes desbordados. Es fuerte, porque condensa todas sus facultades  y energías  en su único objeto, y el lugar de dividir sus fuerzas, arrastrándose en mil pequeñeces inútiles, no mira más a la única obligación de su vida: conocer y cumplir amorosamente la voluntad de Dios.   
Las contrariedades de la vida común, los sufrimientos de una larga enfermedad,  las dificultades inherentes a los cargos, todas las borrascas que podamos imaginar, no podrán derribarla, puesto que todo lo ve venido de la mano de Dios. Pero sobre todo la gracia de Dios que siempre le acompaña, le hace invencible.

 

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31. Responder a la llamada.
- Al terminar sus palabras, el Señor espera que le respondamos cada día a sus santas exhortaciones... (35)

En Mat 7,28 leemos que “cuando Jesús acababa estos discursos la gente quedaba asombrada de su doctrina. Este es el estado de ánimo del monje que ha escuchado cuanto el Señor le dice en los párrafos anteriores del prólogo.
S. Benito nos asegura que Dios nos espera, “Al  terminar sus palabras, el Señor espera cada día que le respondamos”. El Señor nos ha llamado y nos sigue llamando cada día. La vocación que hemos recibido no es algo estático de un momento, sino que es una llamada dinámica, de cada día.”Toma su cruz cada día”.
Esta llamada es obra de su liberalidad para con nosotros, nos ha mostrado el camino yendo  el por delante. En general no ignoramos lo que Dios nos pide.
Pero respeta nuestra libertad esperando nuestro libre consentimiento. No quiere ni puede santificarnos contra nuestra  propia voluntad. Calla y espera nuestra respuesta, nuestra cooperación. No con vanas palabras, sino con hechos verdaderos.  S. Benito precisa “con nuestras obras”.
Si nos hemos fijado en lo que llevamos leyendo y comentando del prólogo, no  nos ha presentado vanas palabras, vacías de contenido, sino por el contrario todo ha sido un marcarnos el camino para mejor seguir a Jesús que nos ha llamado a un seguimiento peculiar, con la gracia particular de la vocación monástica.
Creo que puede ser un pensamiento estimulante e incluso sanador el preguntarnos con frecuencia. ¿Cómo correspondo a las llamadas del Señor? Sea de los demás lo que fuere,  podemos escuchar que a cada uno de nosotros nos dice como a Pedro: “Tu  sígueme”.
Nos espera  todos los días, ha dicho S. Benito. Su llamada es continua. Nos muestra cual es su voluntad y siempre está a la espera de que correspondamos a su amor. No le tengamos llamando a la puerta de nuestro corazón, diciéndole: mañana, para volver a decírselo también mañana, como dice ese conmovedor verso de Lope de Vega.
Las palabras de Elías a los israelitas “¿hasta cuando cojeareis de los dos pies? Si Yavhe es Dios, seguidle.” se pueden aplicar no solo a muchas vidas de cristianos, sino también de religiosos.
Le hemos elegido por nuestro bautismo, le hemos reelegido por nuestra profesión. Nos hemos entregado  oficialmente, totalmente a él. ¿Queremos dar a Dios lo que nos pide o permanecemos irresolutus?
Es provechoso examinar si hay alguna causa que nos frene en la entrega a la divina voluntad, de la que ayer hablábamos.
¿Por qué  esperara  Dios día tras día? En su paciencia y amor infinitos espera para que todos los días podamos arrojarnos en sus brazos diciendo:”Aquí estoy Señor, para hacer tu voluntad”. Es lo que espera  de nosotros. ¿Podemos defraudarle?  Resueltos a seguirlo, no solo hasta el Tabor, sino hasta el mismo Calvario. Y como los ejemplos valen más que mil palabras, ahí tenemos el ejemplo admirable del Bto.Rafael, que a sus 26 años hace una donación tan heroica, no solo de su alma, sino de todo su ser, hasta la muerte.

 

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32. La paciencia de Dios.
- Pues para eso nos concede como tregua los días de nuestra vida, para enmendarnos de nuestros males, según  dice el Apóstol ¿No te das cuenta que la paciencia Dios te está  empujando a la penitencia? Efectivamente, el Señor te dice con su inagotable benignidad: No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. (36-38)

Se nos concede como tregua  los días de nuestra vida ha dicho S. Benito. Esta frase del prólogo resalta la paciencia admirable de Dios.  Y sobre todo nos tiene que llevar a descubrir  su dulzura, que sirva como de antídoto contra cualquier  clase de infidelidad.
Almas que posteriormente fueron muy santas, pasaron por periodos  de tibieza  y negligencia, Una A Sta.  Teresa de Jesús, veinte años luchando contra la gracia .Ella misma dice que cuanto más le ofendía, más gracias derramaba sobre mí. Y esto le causaba una gran desazón. Hasta que llegó la hora de su conversión  y esa monja disipada, que llegó incluso a dejar la oración por algún tiempo, se trasformó en la mística más importante que  ofrece la Iglesia a  muestra consideración.
Dios realiza un nuevo acto creador, un nuevo fiat, que pronuncia continuamente a  fin de que el religioso tibio o negligente  pueda seguir recibiendo gracias  que le llevan a la conversión.  Incluso abusando de estas gracias. ¡Cuánto deseáis Señor salvarnos, convertirnos! Más que nosotros mismos.
S. Benito toma de Rom 2, 4, las palabras propias para ensalzar esta paciencia. ¿“No te  das cuenta  que la paciencia de Dios te está empujando a la penitencia”? Dios no quiere la ruina del negligente, sino  desea ardientemente  su conversión. “No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.”
A la vez que descubre al alma negligente los peligros que encierra su  caminar,  la proporciona los medios y gracias  necesarios para salir de este estado. Y cuando lo consigue,  como en la parábola del la oveja perdida,  quiere que todo el Cielo se alegre con él.
Jamás comprenderemos los profundos misterios de la paciencia de Dios porque es insondable  el amor que nos tiene.
              Bajando al terreno práctico, podemos preguntarnos si estamos dispuestos a dar a Dios aquello que nos está pidiendo o permanecemos inmóviles  e irresolutos.
Podemos examinar a ver si hay alguna causa que nos frene o retenga en la entrega total  a la divina voluntad.
 Corresponder con nuestras obras, ha dicho en párrafos anteriores. Espera todos los días que nos arrojemos en sus brazos diciendo:”Aquí estoy, señor para hacer tu voluntad”  ¿Podremos defraudar  esta  esperanza y paciencia de Dios?  Sería de lamentar el hacernos sordos a sus llamamientos, y no  estar dispuesto a seguirle.

 

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33. El divino servicio.
- Hemos preguntado al Señor, hermanos, quien es el que podrá hospedarse en su tienda y le hemos escuchado cuales son las condiciones para poder morar en ella: Cumplir los compromisos de todo morador de su casa. Por tanto hemos de disponer nuestros  corazones y nuestros cuerpos, para militar en el servicio de la santa obediencia a sus preceptos. Y como esto no es posible a nuestra  naturaleza sola, hemos de pedirle al Señor que se digne concedernos la asistencia de su gracia, si huyendo de las penas del infierno deseamos  llegar a la vida eterna, mientras aún estamos a tiempo y tenemos este cuerpo como domicilio y podemos  cumplir todas estas cosas a la luz de la vida, ahora es cuando hemos de apresurarnos para poner en práctica lo que en la eternidad redundará en nuestro bien. (39-44)

Antes de terminar el prólogo, S. Benito resume en estos párrafos mencionados, los motivos que tenemos para servir a Dios. Y a fin de estimularnos por última vez en el prólogo, concluye diciendo:”por tanto  debemos disponer nuestros corazones y nuestros cuerpos para militar en el servicio de la santa obediencia a sus preceptos”
A nosotros nos toca  responder a este nuevo llamamiento que el Señor nos hace a través de S. Benito.
Estamos llamados a entrar en la tienda, en la intimidad trinitaria. Todos los días nos invita a entrar, y ha dicho las condiciones  que se requieren: “cumplir los compromisos de todo morador de su casa”
También podemos alcanzarlo, ya que el Señor nos llama y promete su gracia.”Que se digne concedernos la asistencia de su gracia”
Lo único que hace falta es el  querer. Ahora bien querer entrar en el tabernáculo supone una entrega total a Dios. Por tanto sigue diciendo:”debemos disponer nuestros corazones y nuestros cuerpos para  militar en el servicio de la santa obediencia a sus preceptos”
Con esto nos está indicando que tenemos que servir a Dios por completo, no con una entrega a medias, con condiciones. En primer lugar con todo el corazón sin el cual ninguna ofrenda puede agradar a Dios. Con todas las facultades de nuestro cuerpo, y todas  potencias de nuestra alma. Todo es suyo y le pertenece.
Obremos en verdad, es decir confrontando nuestra vida con las luces de nuestra conciencia. Entregados al divino servicio de un modo absoluto, sin reservas, sin hacer distinción entre cosas grandes o pequeñas, ya que todas son del agrado de Dios. Siempre y en todo momento estemos en disposición de cumplir la divina voluntad en todo cuanto se nos manifieste.
Así debemos entregarnos desde  el mismo comienzo de la vida religiosa, y seguir progresando en este camino a lo largo de todos nuestros días.
Sin embargo, nada conseguiremos ni avanzaremos si confiamos en nosotros mismos. Debemos vivir en completa dependencia de la gracia para que nuestra ofrenda y sacrificio sea completo y  agradable a Dios. Pero S. Benito reconoce que: “como esto no es posible a nuestras fuerzas naturales, hemos de pedir al Señor que se digne concedernos la asistencia de su gracia”.
Otra característica de la entrega ha de ser la prontitud: ”mientras  todavía estamos a tiempo y tenemos este cuerpo como domicilio” ya que el aceite de nuestra lámpara puede faltarnos, pues no sabemos el tiempo que nos queda, prudentemente S. Benito nos exhorta  a apresurarnos:”Ahora es cuando debemos apresurarnos poner en práctica lo que en la eternidad redundará en nuestro bien”
No quiere que dejemos para mañana lo que podemos hacer hoy. Hace eco de lo que Jesús dice en Jn. 12, 35:”Caminad mientras tenéis luz, para que no os sorprendan las tinieblas. El que camina en tinieblas no sabe donde va”.
En la medida que estemos resueltos de un modo serio y decidido a seguir al Señor, a entregarnos totalmente y sin condiciones al él, disfrutaremos de paz,  estimularemos a los hermanos con quien vivimos, alegraremos el  corazón de Dios y llenaremos de gozo a todos los santos del cielo, sobre todo a todos aquellos que nos precedieron en la misma vocación. Dios derrama sobre nosotros todos los tesoros de su amor infinito.

 

34. La escuela del divino servicio.
- Vamos a instituir una escuela del servicio divino.- (45)

Al comienzo  de los comentarios al prólogo que venimos haciendo, ya hemos comentado que  la RB ha tomado prestado de la RM, solo la cuarta sección del prólogo de la RM. Es este tres veces más largo que el de la RB.      
Decíamos en aquella ocasión que el prólogo de la RM tiene cuatro partes. Prólogo, parábola o thema de la fuente, comentario  al Pater y comentario a dos salmos.
S. Benito solo ha conservado esta última parte, después de haber resumido en pocas palabras alguna idea de lo precedente. ¿Por qué eligió este cuarto fragmento? Sin duda es porque  el comentario a los salmos encierra la frase capital a la que tendía todo el discurso del Maestro. “Vamos a establecer una escuela del servicio del Señor”.
No es que a Benito le interese particularmente esta definición del monasterio como “escuela del servicio divino”. El mismo término”escuela” parece resultarle bastante indiferente. Pero vio que estas palabras eran la culminación de todo el prólogo del Maestro, sentencia esencial que había que conservar por encima de todo. Esta frase  final estaba estrechamente unida a todo el comentario de los salmos.
La presentación del monasterio como  “escuela del divino servicio” reclama nuestra atención. ¿Que  significa esta formula?  Para comprenderla debemos superar los limites demasiado estrecho  del texto reproducido por Benito, y remontarnos a las `partes anteriores de la introducción de la RM.
Es en el thema o parábola donde hunde sus raíces esta definición. La fundación de la escuela que aquí tratamos, corresponde al llamamiento lanzado por Cristo  en la parábola de la fuente: “venid a mi escuela”. Este antecedente es importante para entender nuestro texto.
En la parábola de la fuente, representa al género humano como una caravana en estado lamentable. La carga aplastante del pecado agobia a los hombres sedientos que caminan por este mundo por una ruta de exilio, sin más finalidad que la muerte. Pero divisan una fuente de agua viva y una voz les invita:”Venid a mi todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré”.
Después de haber dejado la carga y bebido abundantemente, la voz prosigue:”Tomad sobre vosotros  mi yugo, y venid a mi escuela, porque soy manso y humilde de corazón, y hallareis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es sueva y mi carga ligera”.
Entonces estos hombres deciden dejar la carga de sus pecados y el camino de este mundo para no seguir más que a la voz del Señor y vivir bajo la ley de Cristo.
El sentido de esta alegoría es transparente. Se trata de una conversión total del pecado a Dios, que se realiza en dos tiempos. En el primero el hombre se acerca a Cristo y recibe el bautismo. Luego decide inscribirse en la escuela del Señor sin volver atrás. Regeneración bautismal y entrada en el servicio del Señor.
Estos dos aspectos responden a la doble llamada de Cristo que el Maestro descubre en el logion  de Matero 11, 28-29. “Venid a mi…y yo os aliviaré”. En las primeras palabras descubre una invitación al bautismo. El hombre será rehecho, recreado por la gracia divina. “Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mi, y encontrareis  descanso para vuestra almas.” Esta segunda frase es una invitación a dejar el mundo y entrar en el monasterio.
Este análisis del texto evangélico tiene implicaciones importantes. En primer lugar, la vida monástica aparece como una prolongación inmediata del bautismo. La llamada de Cristo, en el texto de Mateo, es inseparable de la primera. Se dirigen las dos a todos los seres humanos agobiados por el peso de sus faltas. Con esto declara la urgencia y universalidad de la vocación monástica. Para el Maestro no existe ningún bautizado que no esté llamado a ella.
 Esto  explica la severidad que muestra en algunas partes de su regla para los que no responden  a esta llamada, permaneciendo en el mundo, o que abandonan la vida monástica ya comenzada.
También hay que prestar atención a los términos “falta” y “pecado”. Designa el enemigo común para el que el baptisterio y el monasterio forman un frente único. Recibir el bautismo significa renunciar al pecado, por lo menos intencionalmente. La vida monástica no será más que la actuación de este propósito- Consiste en no volver, depuse de la regeneración bautismal a la carga del pecado.
 La renuncia  realizada un día en el bautismo, se verifica  en el renunciamiento efectivo y continuo de la conversión monástica. La ley de Cristo proporciona un alivio indecible al hombre aplastado por el conocimiento de sus faltas. Este paso de la culpabilidad a la inocencia tendrá su culminación en el descanso perfecto de la eternidad.

 

35.-Vamos a instituir una escuela del divino servicio (45)

La interpretación que da el Maestro al logion evangélico, se aparta del sentido  qua acostumbramos darle. Según la exégesis  corriente hoy día y  ya representada en la patrística, Cristo alude aquí  a la carga de la ley y observancias farisaicas, que la hacen más pesada aún.
 Para el Maestro por el contrario la carga insoportable es la de los pecados  cometidos. Algunos Padre también lo han interpretado así.
 Estas observaciones sobre la parábola o tema del Maestro nos preparan para comprender  la definición del monasterio como escuela del servicio divino.
La conclusión que se deduce del comentario de los salmos, es el establecimiento de una escuela donde se enseñará, por medio de Cristo en persona, como hay que servirle.
La palabra “escuela” sinónimo de “monasterio” que aparece en el párrafo siguiente convierte al monasterio  en el lugar por excelencia donde  enseña Cristo.
El empleo del término “escuela”, para la RM está cargado de sentido. Por medio de él, el monasterio  se relaciona con una palabra del Evangelio. En ninguna parte del NT. ni del AT encontramos la palabra,  ni la idea de un monasterio. El recurso a "escuela"  equivale a fundar este nuevo tipo de sociedad  sobre la palabra de Dios. Aparece como una respuesta al “aprended de mi” de Cristo. Así de forma indirecta, el Maestro logra encontrar una referencia escriturística  para la sociedad monástica.
El segundo efecto de llamar al monasterio escuela, es establecer un lazo íntimo entre la vida monástica y el bautismo.
Lo ha mostrado en el análisis  del thema. “Inscribirse en la escuela del Señor, solo es posible después de haber sido  rehecho por Cristo. Y recíprocamente, la recreación  bautismal  tiene un efecto adecuado y duradero solo para aquel que abandona el mundo y entra decidido en la escuela de Cristo.  Son dos etapas necesarias para la renuncia del pecado.
Tiene otro aspecto positivo, la vida monástica aparece como el desarrollo natural de la renovación bautismal. Para el Maestro aparece el monasterio con un papel mediador  entre la fuente bautismal y la realización del Reino, que permite pasar  de una al otro.
Luego de haber sido rehecho por el sacramento, hay que entrar en la escuela de Cristo para llegar al descanso final que  él prometió.
Encontramos una tercera implicación de la palabra “escuela”.  Pues no solo relaciona el monacato con el evangelio y el bautismo.  También establece una relación entre el monacato y la ecclesia. La Iglesia en la madre  que nos engendra a la vida de la gracia con el santo bautismo.
Después de haber escuchado el primer llamamiento del Señor “venid a mi”, recibiendo el bautismo, el monasterio es “la escuela donde se sirve al Señor”, de acuerdo con su segunda llamada “venid a mi escuela”. La “escuela” supone por tanto la “ecclesia” cuya misión es llevar a la plenitud.
Esto que deducimos cuando examinamos los textos del Maestro, se ilumina más, si comparamos  estos pasajes con aquellos que S. Agustín  describe a la misma  iglesia como a la escuela de Cristo. Esto tanto se tome como termino de comparación la escuela superior del filósofo, como la escuela elemental  del gramático. San Agustín  presenta gustosamente a la iglesia bajo esta imagen.
A la luz de estos precedentes, el definir al monasterio como escuela, no lo convierte en una institución radicalmente diferente de la iglesia, más bien  lo hace aparecer como el punto donde se manifiesta más claramente uno de los  aspectos constitutivos de la iglesia. La iglesia es por sí misma la escuela donde el Señor imparte su doctrina. El monasterio es el lugar por excelencia de esta enseñanza de Cristo.
A este respecto, la  escuela monástica aparece nuevamente en  la línea de la Iglesia prolongando  y llevando sus atributos  a la perfección.
Estos son los puntos principales que se deducen del examen de la RM y que RB hace suyos en esta parte del prólogo.
 Otros autores,  como Manning, protestan contra la corriente que aún siguen algunos buenos monjes  de presentar la obra de S. Benito como la “escuela del servicio divino” y cree que es impropio el considerar como una característica del monacato benedictino, este modo de llamar al monasterio como “escuela del servicio divino”
Gregorio Penco señala como después de los capítulos comunes a ambas reglas, todo el vocabulario refrende a la “escuela” (maestro, magisterio, discípulo, disciplina) desaparecen totalmente de las partes propias de la RB, lo que es señal de que para su autor constituía algo extraño, o en todo caso poco “congeniale”
 Pero advierte  que esta restricción obrada por la RB en sus partes propias, pasó totalmente inadvertida a la tradición posterior, pues  la imagen del monasterio como sede de  una escuela espiritual, sigue siendo frecuentísima a lo largo de la Edad Media. Reconoce  que se encuentra tan enraizado en la tradición que no puede ser  eliminado ni puesto en discusión.
Por último, para B.Columbas, parece evidente  que “escuela”  no designa al monasterio como se dice comúnmente,  sino solo indirectamente y por vía de consecuencia. En efecto, no se trata de fundar  un cenobio, que ya existe (el autor de la RB es  el abad de una comunidad), sino de dar una regla de vida  a este cenobio y a otros que quisieran aceptarla. La “escuela” es la regla monástica que sigue  a continuación y de la que el mismo prólogo forma parte, la parte preliminar o introductoria.

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36.-La Escuela del divino servicio.
 Vamos a instituir una escuela del divino servicio. (45)

Ya hemos examinado el pensamiento del Maestro, lo que sugiere con  la frase  “escuela del divino servicio”, así como el valor que S. Benito le da al  reproducirla en el prólogo de su Regla.
Dejando de lado la génesis de esta frase, partimos ahora del hecho que nos encontramos con ella en el prólogo de nuestra Regla y  qué significa para nosotros en concreto el estar en una “escuela”.
Podemos señalar tres deberes que a primera vista aparecen. En primer lugar  tenemos que amar esta escuela. Tenemos abundantes motivos para ello.
El servicio divino es una ciencia que se adquiere poco a poco. Aunque nuestra entrega haya sido total y completa, en la medida que progresamos, se nos descubren  nuevos horizontes y nos lleva a un despojo  de nosotros mismos más intenso.
Este caminar hacia nuestro ideal, si no está sostenido por el amor, puede perdernos con ilusiones y sugerencias de nuestra naturaleza, de nuestro amor propio, que quiere evitar el sacrificio, o de los enemigos de nuestra alma.
En esta escuela encontramos maestros experimentados, toda una pléyade de santos monjes que con sus escritos y vida han dejado marcado el camino. Hermanos que nos acompañan en nuestro caminar y son un estímulo.
En el monasterio aparecen mejor nuestras imperfecciones y se pueden corregir nuestros defectos. Se nos descubre las emboscadas del demonio, se nos da armas para combatirlo.
Cuantas gracias tenemos que dar a Dios  por la gracia de la llamada a la vida monástica. Y también cuanto tenemos que amar nuestra vocación que nos abre sin apenas darnos cuenta, a tantos tesoros de gracia.
En segundo lugar, exige una entrega total. La palabra “escuela” entraña la exclusión de cualquier actividad distinta de los estudios.
Un estudiante que se dedica totalmente a los estudios y a ellos se aplica, hará muchos y rápidos progresos.
 Nosotros   los monjes tenemos que estudiar el divino servicio, esto es, el camino de nuestra trasformación en Cristo. Ya que para esto hemos venido al monasterio. Tenemos que vigilar no quede un tanto eclipsado por ocupaciones secundarias y perdamos el celo y afán  por lo principal.
 Y si nos ocupamos en otras cosas sin referencia a este fin, perderemos el tiempo. Hasta puede sucedernos que después de muchos años en la “escuela” nos encontremos tan imperfectos como cuando entramos.
 La docilidad en una tercera característica que tiene que acompañarnos en la “escuela”.
La regla, actualizada por nuestras Constituciones, es la guía  que dirige nuestro caminar, desprendiéndonos de nosotros mismos y nos conduce a Dios.
 Si por falta de docilidad nos apartamos de la voluntad de Dios manifestada a través de la Regla y Constituciones,  no llegaremos al fin para el que Dios nos ha llamado a esta vocación en concretó, y nos quedaremos con nuestro amor propio, con nuestros defectos  y la permanencia  en la “escuela”, en el monasterio, no nos será de provecho e incluso de mayor responsabilidad, pues a quien más se la ha dado, más se le exigirá.

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37. Suavidad de la Regla.
 Y al organizarla, no  esperamos disponer  nada que  pueda ser duro, nada oneroso. (46)

S. Benito introduce una  serie de frases que hoy empezamos a comentar, que no aparecen en la RM. Se preocupa del aspecto doloroso de la “escuela del servicio divino” tal como la está presentando la RM.
 La austera conclusión de la RM,  que  una vez presentada la escuela, señala como condición necesaria la “perseverancia hasta la muerte participando de la pasión de Cristo por la paciencia”. Esta perspectiva de sufrimiento sin fin aquí en la tierra, ha inquietado a Benito. No le parece muy conforme al evangelio y a la realidad de la vida monástica.
Mediante su añadidura introduce en esta conclusión una serie de  ideas reconfortables. La principal  es prometer la dilatación del corazón por el amor y una  carrera llena de dulzura por el camino de los mandamientos de Dios, una vez salvado el paso inicial de un camino estrecho. Lo analizaremos más detalladamente otro día.
La vida terrena del monje no es una agonía continua. Previamente al reino celestial, la vida monástica tiene una felicidad, que S. Benito califica incluso de “inefable”. La propia experiencia en los años pasados en el monasterio, nos  lo confirma.
Optimismo, preocupación por animar a los débiles, interés  por el progreso espiritual ya aquí en la tierra, sentido agustiniano del amor en este progreso. Muchos  rasgos pueden verse en estos párrafos propios de la RB 46-49.
Pero ante todo conviene ver su impacto en la nocion de “escuela del servicio del Señor”. En efecto, el único propósito de estas líneas propias de RB es aclarar  la oscura  atmósfera con la que el Maestro había envuelto la escuela.
Por ello S. Benito declara en primer lugar no  establecer nada duro, nada oneroso. En estas palabras podemos reconocer el eco del logion evangélico en el que Jesús promete que su yugo será suave  y su carga ligera.
Ya Agustín utilizaba estos términos “aspera et gravia” para  designar las tribulaciones de la vida cristiana, opuestas aparentemente a la promesa de Cristo.
Benito en estos párrafos que introduce en el prólogo como propios, recuerda el texto de Mat. 11 que  dio pie a la trama de la parábola de la fuente en la RM. Pero lo utiliza de modo distinto que el Maestro. Mientras que el Maestro ve en la pesadez el efecto del pecado, y en la ligereza el estado de la conciencia purificada, Benito piensa en el peso extraordinario de las observancias, que él quisiera aligerar lo más posible, es decir que sean fáciles en sí mismas, objetivamente.
La interpretación del texto evangélico está en la RB en la línea de la exégesis moderna, presente ya  como dije, en más de un comentario patrístico. La carga  de la que Jesús alivia, no es la del peso del pecado, sino de la ley, en nuestro caso,  de las observancias.
De esto se sigue que la regla monástica debe hacerse suave y ligera a ejemplo del jugo y de la carga de Cristo, es decir, como lo es el mismo evangelio.
Benito introduce así un primer correctivo fundado en el logion de Mateo,  antes de presentar la perspectiva de participación en la pasión de Cristo, también totalmente  escriturística, y que es la única que la RM ha presentado a los alistados a la escuela.
Sin embargo este primer retoque exige otro. Es claro que la  regla monástica tiene sus asperezas y su peso. Para dar cuenta de este aspecto innegable, Benito no recurre a explicaciones racionales: razón de equidad, la enmienda de  los vicios, la consecución de la caridad. Ofrece una imagen escriturística, la del camino estrecho en Mat. 7, que comentaremos otro día.
Es suave desde el momento que reanima nuestro espíritu de fe, ya que nada es dificil para el que tiene fe. Este espíritu nos ayuda a descubrir la voluntad divina incluso en los puntos más sencillos. La reanima  la voluntad para abrazarse con amor a la observancia. Al monje tibio y negligente no le agobia propiamente la observancia sino su falta de entrega y generosidad. De modo que aunque se le den todos los alivios posibles, siempre se queja.
En esta frase podemos también comprobar la discreción tan ponderada de S. Benito, que en definitiva es el espíritu evangélico.
La obediencia servil es muy dura y muy duro el  sacrificio a la fuerza. El hombre tiene necesidad de amar y ser amado y S. Benito presenta el monasterio, como una madre que busca el bien de sus hijos y se hace cargo de sus flaquezas. S. Benito quiere que el Monasterio sea como una familia en la que reina el amor.  Que el Abad disponga todo de modo que los hermanos estén en paz.

38.-Puede encontrarse alguna austeridad.
Pero si, no obstante, cuando lo exija la recta razón, se encuentra algo un poco más severo con el fin de corregir los vicios o mantener la  caridad, (47)

Esta nueva referencia del párrafo 47 modera las esperanzas de facilidad que el logion de la carga ligera, había hecho nacer, según comentaba el último día. Según la imagen  del yugo de Cristo, la regla no debe tener nada duro, nada oneroso.  
Pero como el camino de la salvación puede ser un tanto estrecho. Un simple cambio de cita bíblica, permite introducir la austera realidad que parecía excluida.     
         No podemos dejar de preguntarnos sobre la validez de este planteamiento. ¿Se trata de jugar con las imágenes y palabras? ¿Acaso un texto evangélico puede contradecir a otro?
Antes de ver como Benito resuelve la antinomia, notemos que esta ya se encontraba en la RM.  Recordemos que el Maestro presenta su regla como el código de un camino angosto, pero luego invita a tomar el yugo de Cristo y su carga ligera (parábola de la fuente).
Las dos imágenes evangélicas en la RM se sucedían a cierta distancia y sin ningún interés por coordinarlas. Pero se armonizaban de un modo bastante natural por el hecho de que el Maestro colocaba la pesadez y la ligereza, no en las exigencias  objetivas de la ley más o menos severas, si no en la condición del hombre ya esclavizado por el pecado, o ya liberado.
El  camino ciertamente era angosto por sus mismas exigencias, pero la carga era  liviana por la eliminación del peso de la culpabilidad.
Benito reúne los dos textos evangélicos en un mismo pasaje. Para conciliarlos no utiliza  la interpretación de Mat 11, que el Maestro  había  dado.
Para Benito la ligereza de carga se aplica sin ninguna clase de duda a las exigencias de la ley. La ley de Cristo según Mat 11, es suave, y por lo tanto la regla monástica también  tiene que serlo. Esta afirmación  se opone a la estrechez del camino presentada por Mat. 7, que significa la dificultad de la ley.
Benito busca la conciliación en una exégesis audaz de este último texto utilizando para ello un versículo del salmo 118. “Corrí por el camino de tus mandamientos cuando dilataste mi corazón”. Según Benito, el camino de la salvación solo es angosto en su comienzo. Luego por efecto del amor, el corazón se dilata y se corre  por el camino de los mandamientos de Dios con una dulzura inefable.
La  gracia y el amor divinos intervienen con más intensidad en la medida que se avanza en la vida monástica, atenuando la impresión inicial de severidad. La observancia no obstante sigue siendo lo que es, objetivamente hablando. Pero en el interior, el corazón ya está cambiado.
En  otras palabras, Benito relativiza el concepto de camino angosto atrayendo la atención sobre la subjetividad del hombre que sigue ese camino. La oposición entre camino angosto y yugo suave no queda por esto suprimida, pero esta manera  de interiorizar el problema, le hace perder toda su dificultad.
La estrechez y la amplitud, la dificultad y la facilidad no se miden tanto por  el tenor objetivo de la ascesis impuesta, cuanto por las disposiciones íntimas del monje. Estas mejoran con el tiempo y en virtud misma de la ascesis. De modo que experimentamos aun algo más que la suavidad y ligereza anunciadas por Jesús. Una dulzura especial que no se puede expresar, porque procede de la dilección.   
Pero la luz de la razón nos dice que nada en este mundo se consigue sin trabajo. El monje no logra caminar en su transformación en Cristo, que ciertamente es obra de la gracia, pero no sin la cooperación que supone esfuerzo.
 Es motivo de confusión ver   como las personas del mundo se afanan  y esfuerzan por un poco de oro o de fama, más que los  religiosos por alcanzar un encuentro más intenso  con Cristo.
No podemos enmendar nuestros vicios sin hacernos violencia. No lo lograremos sin un despojo total de todo aquello que nos  impida la libertad interior. Recordemos el ejemplo de S. Juan de la Cruz, del pajarito atado, con un hilo o con una cadena. No puede volar.  Y este despojo no se hace sin dolor.
Por ello Benito, aunque no quiere establecer nada duro, sin embargo la necesidad  de corregir los vicios, y para conservar la caridad, lo exige, ya que  nuestra naturaleza  nos lleva a situaciones de tibieza, en las que experimentamos cómo baja nuestra oración y se enfría el amor a los demás. Para preservarnos de estos males, Benito nos proporciona unos instrumentos que en algunos momentos pueden ser dolorosos.
Si queremos alcanzar  la meta de nuestra profesión, corresponder al  amor divino, comprenderemos la necesidad del sacrificio.

 

39.-No abandonar el camino.
 No abandones  enseguida, sobrecogido de temor el camino de la salvación  que necesariamente a de iniciarse con un comienzo estrecho, mas el  al progresar en la vida monástica y en la fe, ensanchado el corazón por la dulzura  de un amor inefable, vuela el alma por el camino de los mandamientos de Dios. (48,49)

Con estos dos últimos párrafos  se cierra el inciso introducido por Benito, que suaviza la visión austera de la escuela que presenta la RM.
Benito vuelve  al uso de “tu” cariñoso y alentador:”No abandones enseguida sobre cogido de temor, el camino de la salvación, que forzosamente en los comienzos ha de iniciarse con estrechez.”
Puede sorprender la última frase. Es incuestionable  que el prologo alude en este párrafo a Mat 7, 14 “que angosta es la puerta y estrecho el camino que lleva a la salvación”. Jesús no dijo que el camino se ensanchara, pero lo que se ensancha en la medida que se adelanta es  el corazón.  Y ya no se anda, se corre por la vereda de los divinos preceptos  como asegura Benito  apoyándose en el salmo 118.
Esta idea es muy corriente en los autores espirituales anteriores a Benito. El amor en la medida que crece facilita más el camino hacia Dios. Pero  entre los textos paralelos que podríamos citar del mismo Benito, ninguno tan expresivo como  el que ofrece el final del cap. 7.  “Coronada la  escala de la purificación espiritual, cesa la  observancia temerosa y angustiada de los preceptos divinos,  para guardarlos  en adelante sin esfuerzo, como instintivamente, y por costumbre. No por miedo al infierno, sino por amor a Cristo y una santa connaturaleza y  por la satisfacción que las virtudes producen por sí mismas.” El corazón  se ensancha y se corre por el camino de los mandatos.
Con un inenarrable amor, añade S. Benito al versículo del salmo, poniendo en esta frase un acento místico y aludiendo tal vez a cierta experiencia personal de Dios.
 ¿Hay  que relacionar directamente esta dulzura de un amor inenarrable con el  verbo correr, o con el corazón ensanchado? Ambas interpretaciones son aceptables, pero con todo parece que S. Benito atribuye la dilatación (dulzura) del corazón a la intensidad del amor. Ese amor que según S. Pablo, inunda nuestros corazones por el Espíritu Santo que Dios nos ha dado. (Rom. 5,5)
Esto concuerda con la mencionada frase del cap. 7 en el que se atribuye al Espíritu  la radical trasformación que experimenta el monje llegado a la cima de la escala de Jacob. Esto es,  a la caridad perfecta.
S. Benito tiene presente al redactar este párrafo a los monjes débiles para animarlos. 
“No abandones sobrecogido de temor”. Estas palabras son como un eco de lo que dispondrá en el cap. 64, recomendando al abad que obre de tal modo en todo, que “los débiles no se desanimen” La “huida” de los débiles debe ser evitada  por medio de la discreción del superior  y los  ánimos recibidos de los hermanos.  (H. Antonio)
A estas consideraciones objetivas, junta Benito otras subjetivas. Al principiante asustado le muestra que el camino  de la salvación tiene que ser  necesariamente estrecho al comienzo.
Esto nos puede sorprender, ya que en el evangelio no habla de un comienzo estrecho, sino de todo un camino estrecho. Pero astutamente, Benito limita el camino estrecho a sus comienzos.
Esta interpretación optimista se explica  por la frase que dice a continuación. Si el camino parece que se amplia en la medida en que se avanza, no es que deje de ser estrecho, sino porque el corazón del que camina, se dilata. Se trata  una dilatación interior, tal como lo sugiere el salmo 118.  
Para Hilario, al que sigue Ambrosio, esta dilatación se produce por la fe y por la inhabitación de Dios. Ambos tienen en la mente la inhabitación divina anunciada por 2Cor. 6,16.
¿Cuál es  la “dilactatio” (ensanchamiento) de que habla S. Benito? No es el pensamiento de  Hilario o Ambrosio, que acabamos de señalar, sino más bien el de Agustín. Comentando S. Agustín este versículo  del salmo opone la estrechez del temor  a la dilatación del amor.
Esta “dilactatio” del corazón  es dilatación de la justicia, o dicho de otro modo de la caridad. Esta interpretación está más próxima al pensamiento expuesto por Benito.
S. Agustín no hace mención al camino estrecho. Aunque no dice nada del comienzo, su explicación del corazón dilatado es  intelectualista. Quien realiza esta dilactatio es la ciencia, la luz de la verdad, el conocimiento de la virtud, la fe ortodoxa.
Podemos observar que el pensamiento expuesto por Benito, están ya en otros autores anteriores.  Con Hilario, Ambrosio y Casiodoro, opone la dilatación de corazón  a la estrechez  del camino y con estos mismos autores menciona la fe, pero en un sentido diferente.
En cuanto al papel de  amor,  S. Benito se apoya en S. Agustín para afirmar su eficacia en esta dilatación del corazón.
Hay que precisar que S. Agustín atribuye formalmente al Espíritu Santo la efusión de la caridad en los corazones. Es Dios quien dilata los corazones por medio de la gracia. Sin embargo, Benito no dice nada de la presencia de Dios en esta operación. Quizás la sobriedad de este párrafo es la responsable de esta laguna. Pero en cierta manera es compensada por el acento místico del “con inenarrable” que hace pensar  en la presencia de Dios.
Este itinerario de un comienzo penoso  que da lugar a un feliz caminar posterior es doctrina común  de los Padres  antiguos que se expresan en los mismos términos. Pseudo-Macario. Gregorio de Nisa, Diodeco de  Fotide, Cesáreo de Arles, por no citar nada más que a los más importantes. Difieren cuando  explican las causas por las que el camino se hace fácil. Macario por el socorro de la gracia y la energía del espíritu, Gregorio añade el amor, ágape, Diodoco menciona la gracia y el hábito de la virtud,  lo mismo que  Cesáreo. Jerónimo y Agustín  también prometen la facilidad en el esfuerzo,  gracias al amor de Cristo.
Como vemos,  este pensamiento expresado en el prólogo de la RB es corriente entre los maestros espirituales anteriores.
Dejando  de lado lo  que podemos llamar consideración técnica de estos párrafos, vamos a lo práctico, a la implicación personal. Podemos considerar como S. Benito,  advierte que no tenemos que asustarnos ni huir las asperezas de la Regla, sino abrazarlas con gusto y espíritu de fe.
No tenemos que asustarnos y huir, “sobrecogidos de temor” traduce P. Iñaki esta frase de Benito. El miedo engendra la flaqueza y el desaliento. Aumenta en la imaginación las dificultades, pone ante nuestra consideración una interminable serie de sacrificios que creemos superiores a nuestras fuerzas.
Como es natural, nos persuade que jamás llegaremos al fin, pero nosotros debemos mirar todo esto con unos ojos de fe. Considerando que la vida es corta y por lo tanto la prueba breve, si lo comparamos con lo que el Señor nos promete: ciento por uno en esta vida y después la eterna...
No sólo  no debemos huir aterrorizados, tampoco debemos evitar las asperezas de la vida monástica. Nos privaríamos  de la mejor parte de nuestra vocación y de la que solo disfrutaremos con una entrega total al Señor.
Tratar de evitar todo aquello que cuesta, es no querer corregir  nuestros vicios  y malas inclinaciones de una manera eficaz y será también causa de que el fervor se apague.
Las  asperezas y rigores se pueden evitar de diversas maneras. Rechazarlos voluntaria y advertidamente  llevaría consigo una mala voluntad. Un proceder así se encuentra ya fuera del camino de salvación
Pero cuantos fútiles pretextos  para legitimar aquello que nos gusta  y que está fuera o incluso contra el espíritu monástico cisterciense. No solo no se debe evitar, sino abrazarse con ardor, esto es con prontitud, todo aquello  que es  la voluntad de Dios sobre nosotros.
Si nos entregamos sin reserva a todo aquello que pide nuestra vocación: soledad, silencio, obediencia, trabajo, caridad, oración, etc. el Señor nos hará gustar sus gracias, pues no se deja ganar en generosidad y nos concederá la gracia de ser verdaderamente monjes, hijos de S. Benito verdaderos discípulos del Crucificado.

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40. Conclusión del Prólogo.
 De esta manera si no nos desviamos jamás del magisterio divino y perseveramos en su doctrina y en el monasterio hasta la muerte, participaremos con nuestra paciencia en los sufrimientos de Cristo, para que podamos compartir con El su reino. Amen. (50).

Hemos llegado a la conclusión del prólogo,          esta conclusión la toma la RB  literalmente de la RM. Forma una doble oración final con varios incisos. En  uno de ellos aparece por primera vez un término específicamente monástico:”monasterium”. Se usa no en su acepción primitiva:”morada de un solitario”, sino en el sentido secundario que absorbió pronto el primigenio, a lo menos en el mundo latino: “morada de una comunidad de  monjes cenobitas”.
En el monasterio hay que perseverar hasta la muerte. Por ello se ilumina todo el prólogo, como dirigido a monjes que viven en comunidad.  Los únicos que tiene en consideración la regla entera como dirá en el cap. 1
Cómo tienen que vivir los monjes en el monasterio, será el tema de todos y cada uno de los capítulos que siguen  a continuación. Aquí solo se advierte la necesidad de no desviarse jamás de magisterio divino y mantenerse firmes en su  doctrina, para terminar enseguida declarando la causa final de la vida monástica, lo que la da sentido, tanto  a la vida monástica, como a toda vida cristiana: participar ahora en los sufrimientos de Cristo, para compartir con El más tarde  en su reino glorioso.
La vocación monástica,  según la presenta el prólogo de la RB está enteramente centrada en la realeza de Cristo. Monje es el hombre que ingresa en el monasterio para militar bajo las órdenes de Cristo, verdadero Rey, empuñando las armas de la obediencia (v 3) Toma esta decisión porque Cristo le ha llamado a su servicio. (V 21) y él mismo aspira  habitar en el pabellón real (v 22) si persevera en el servicio de Cristo, participando en su pasión hasta la muerte, tendrá parte así mismo en su reino glorioso.  (v 50)
En este párrafo S. Benito recomienda la perseverancia de tres modos. En primer lugar perseverar escuchando las lecciones que recibimos en la escuela del divino servicio. Mientras vivimos en este mundo necesitamos enseñanza. La ciencia de la perfección es infinita. Jamás agotaremos sus tesoros. El monje que quiere hacer serios progresos  en el seguimiento de Cristo, intenta profundizar siempre en  su vocación o carisma.
En segundo lugar recomienda perseverar en la práctica de estas enseñanzas divinas. Las enseñanzas que se dan son prácticas. Si las oímos y no las practicamos, nos hacemos más culpables e imperfectos.  Jesús dice que el que oye su doctrina y no la práctica es como el que edifica sobre arena.  Cuantos más años pasan, mejor debemos vivir nuestro carisma.
La tercera recomendación  es la perseverancia en el monasterio. La escuela del divino servicio es el Monasterio. Es donde Dios quiere que le sirvamos. La vida de comunidad es un auxiliar necesario para nuestra formación, tanto en su aspecto positivo de estímulo como en el negativo de elemento purificador. Es un cincel que nos labra durante toda nuestra existencia.
No es poca cosa, dice la Imitación, vivir en una comunidad,  vivir en ella sin quejarse y perseverar en ella hasta la muerte.
Si nos abrazamos con fidelidad y amor a todo lo que lleva consigo la perseverancia en la vocación llegaremos a la trasformación en Cristo, que nos permitirá irradiarlo. Una antorcha para que ilumine, solamente hace falta que arda, si arde, ilumina, dice S. Bernardo. Y usando palabras de Jesús, para que un sarmiento produzca fruto es necesario esté unido a la vid.

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41. Compartir el Reino.
-Para podamos compartir con él también su reino. (50)

Porque Jesús fue obediente  hasta la muerte, por esto Dios Padre lo exaltó, siendo su Pasión la causa de su glorificación. De igual modo nosotros seremos premiados  si sabemos sufrir con él.
¿Que  entendemos  cuando meditamos y  reflexionamos sobre las bienaventuranzas? Bienaventurados los pobres, los que lloran, los que tienen hambre y sed, los que sufren persecución, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Si, reinaremos con Cristo, si sufrimos con El. Si compartimos su pasión, compartiremos su gloria. Así  exhorta S. Pablo. Ante las tribulaciones, la certeza de la gloria.
Cristo será nuestra recompensa y se nos comunicará en la medida que nos entregamos a él en este mundo. Por eso la Sma. Virgen ocupa en el Reino el primer lugar, porque participó más que nadie  de la cruz de su Hijo.
Quien le ha seguido más de cerca por el camino del Calvario, estará más cerca de él en  la gloria.
Aprovechemos el dolor, que es la herencia de los hombres en esta tierra de pecado, y del que nadie puede evadirse, para que participando de la pasión de Cristo, merecer su gloria.
S. Benito quiere que el monje ya desde el mismo inicio de la lectura de su regla, tenga la mirada  puesta en el reino de Cristo, en el Cielo. Si nos ha exhortado a no desviarnos del magisterio, perseverando en la recta doctrina y en el monasterio, participando de la pasión de Cristo, es para que pueda  compartir con él su reino, el Cielo.
¿En qué consiste?  Jesucristo lo define así. “esta es la vida eterna, que te conozcan a ti único Dios  verdadero y a Jesucristo tu enviado”.  La vida eterna a la que estamos llamados,  consiste en  unirnos a Dios.
Veremos a Dios y con una felicidad tan grande que ni el ojo vio ni el oído oyó, ni el corazón del hombre puede imaginar. La felicidad es tan grande que el mundo entero es nada en su comparación.
S. Agustín  dice como en el Reino eterno se vive una perenne fiesta, no es transitoria. Y tal es esta fiesta que no tiene principio ni término como las humanas.
Cualquiera que tenga un  poco de fe, experimenta el deseo del Reino. Aquí  más que vivir, vegetamos. El Reino es la verdadera vida. Aquí el comercio con el mundo y sus vanidades, llenan el corazón de fastidio. El Reino es la vida desprendida de los sentidos en unión con Dios.
El monje debe ser un hombre que debe tener sus ojos fijos en el Cielo. Busca a Dios y allí encuentra  la unión más íntima con El. El amor de  de Dios es el que inflama nuestro deseo. Cuanto más se le ama, mayor es el deseo de amarle, verle, poseerle.

 

42.- Visión panorámica del prólogo.

Hemos comentado detenidamente los diversos párrafos del prólogo y hemos pretendido recoger las orientaciones espirituales que podemos decir, son como  elementos del carisma benedictino. A la luz de la RM hemos podido profundizar mejor en el sentido de la doctrina y pensamiento de S. Benito.
Podemos preguntarnos,  después de estas reflexiones, que es lo que vemos a la distancia de quince siglos. Dejando de lado por un momento toda la orientación espiritual que hemos recibido con su reflexión, veamos tres aspectos  en los que pueden verse decepcionada nuestras expectativas.
En la espiritualidad contemporánea, estamos ávidos  de comunión fraterna y caridad, y sorprende  no encontrar estos valores expuesto al comienzo de la Regla. S. Agustín, S. Basilio y los Cuatro Padres desarrollan estos aspectos,  el Maestro y S. Benito nos dejan un tanto perplejos. Aunque  con frecuencia predomina el plural, vemos que el  llamamiento se dirige más bien al individuo que al grupo. El grupo es más algo necesario que un bien en si mismo.
En segundo lugar puede llamarnos la atención las resonancias bíblicas, que son demasiado generales, como para dar fundamento a la vida monástica benedictina. ¿Qué cristiano no puede y debe entrar en la escuela de Cristo en vistas a la vida eterna, tanto en el mundo como en el claustro? Tanto más que la entrada en la escuela supone la salida del mundo estrechándose así el campo de la caridad. Por tanto un corte  con la sociedad humana, cuando no con la misma Iglesia, lo cual puede plantear un problema.
Finalmente no vemos claramente qué beneficio podemos obtener de una institución concebida ante todo como de enseñanza. ¿Qué sabiduría están provistos estos maestros para enseñarnos durante toda nuestra vida? El evangelio es  simple y claro, apto par ser vivido  donde sea, siempre e intensamente en la condición concreta de vida de cada uno.
Estas pueden ser tres objeciones que saltan a la mentalidad moderna y que no exigen una respuesta propiamente hablando.  En lugar de una respuesta que quizá  no llegaría a convencer, procuremos aceptar estos hechos y ver su lado positivo. Escuchemos la voz del monacato antiguo que llega hasta nosotros  sin querer  imponer nuestros temas actuales a la fuerza. Veamos el sentido original en toda su pureza. Así también podremos percibir el mensaje que nos trae el prólogo.
En primer lugar,  el cristianismo es algo serio, que tiene un contenido moral  y ascético que no se abarca en un primer instante. Tiene exigencias espirituales que llegan lejos. Para recibir en plenitud esta enseñanza, y ponerla en práctica se necesita una vida entera consagrada a ello. El mensaje divino encuentra al hombre lejos de Dios y el ideal que propone solo puede ser alcanzado al precio de una conversión profunda, Se requiere toda la atención del fiel en cada instante de su vida, para lograr  a cumplir el servicio de Dios. Para llegar a este fin, se necesitan maestros capacitados  que ayuden al hombre a ver claro y reformarse y un marco de vida apropiado que haga posible la  atención a Dios y a su voluntad.
En este marco de vida apropiado, Benito no hace más que repetir a Basilio. La escuela, el monasterio no es más que la realización de la segunda cuestión de la regla basiliana. Un lugar donde el cristiano pueda trabajar sin obstáculos ni desviaciones en la gran obra del cumplimiento de la voluntad divina. Este programa requiere la separación del mundo, es un segundo postulado fundamental de esta espiritualidad. “Nadie que se dedica a la milicia de Dios se enreda en los negocios de la vida” (2 Tim, 2,4) Esto lo traduce la RM y RB en los instrumentos de las buenas obras “hacerse extraño a la conducta del mundo”.  Y tiene plena aplicación en este momento, pues el objetivo de la “escuela” de que hablan, es  el servicio de Dios, la milicia de Cristo. La terminología griega de este término lo sugiere. “Escuela”  originariamente era la desocupación, el  ocio. Era la esuela del filósofo,  o el cuerpo de tropa. Verifican cada uno a su manera este sentido primitivo. Allí los individuos se encuentran libres de las preocupaciones de la vida corriente, ocupados únicamente en un objeto superior, desinteresado: ya sea el servicio del príncipe, o la búsqueda de la sabiduría. Para todos los legisladores antiguos, el servicio de Cristo y la atención a su palabra legitiman  e incluso exigen una liberación análoga, cuyo fundamento encuentran en el evangelio.
Esto nos conduce a otra conclusión importante. S. Benito concibe a su monasterio separado del mundo, como una simple  consecuencia de las enseñanzas de Cristo y de los Apóstoles. Para él, el fenómeno monástico no es en manera alguna un hecho religioso universal originalmente independiente del cristianismo, y que éste había asumido lo mejor que pudo. Según Benito, la conversión monástica responde pura y simplemete al evangelio.
En la teología  monástica de Benito, Cristo aparece como un superior y un jefe. Es al mismo tiempo el maestro que enseña y el señor que manda. En término de relaciones familiares, se le representa como un padre. Es una concepción principalmente vertical de cenobitismo, que se opone claramente a nuestro fraternalismo horizontal.
Finalmente nos llama la atención la orientación de esta sociedad hacia el más allá. Su preocupación más importante es preparar a cada uno de sus miembros al juicio final, dejando casi de lado su propio valor como comunidad terrena. Todo el texto del prólogo tiene una perspectiva escatológica. Se fija más en la eternidad y parece se  descuidan un tanto las realidades del tiempo, incluso las de orden  sobrenatural. Actualmente nos preocupamos más de estas realidades, pero quizás también nuestra expectativa del mundo futuro es menos ardiente y menos segura.