Capítulo IX
Cuántos Salmos se han de decir por la noche

 

 

 

322,-Salmos del oficio nocturno.

En el mencionado tiempo de invierno se comenzara diciendo  el verso:”Señor ábreme los labios” por tres veces, al cual se añade el salmo 3  con gloria, seguidamente el 94 con antífona o al menos cantado, el himno ambrosiano y a continuación seis salmos con antífonas. (9,1-4)

Empieza el oficio nocturno con el versículo”Señor ábreme los labios…” del salmo 50,17 Es la invocación a Cristo al comienzo de la jornada. Cristo abre los labios del monje para que pueda alabar a Dios y el coro se lo suplica por tres veces. En la última reforma del Oficio quedó reducida a una sola invocación. S. Benito muestra una clara predilección por estas formulas ternarias, tal vez para honrar a las tres divinas personas. O tal vez para hacer penetrar más intensamente en el corazón los conceptos que se expresan con los labios, o acaso más sencillamente, para manifestar la intensidad de la súplica.
Sigue la recitación del salmo 3 escogido seguramente a causa del versículo que la Vulgata traduce: “Puedo acostarme y dormir, y despertar y el Señor me sostiene”  (se dejó de recitar, nunca se cantaba, al introducir los nuevos esquemas en lengua vernácula) y se termina con el Gloria Patri, que es como un aglutinante de todos los sentimientos que se expresan en los salmos, con lo cual los cristianiza y eleva a un nivel teologal superior.
A continuación el salmo 94 con su antífona. Muy apropiado para este momento y muy propio por su contenido. Se interrumpe con  algunos versículos por parte del coro        que se junta al canto del solista (o solistas). Esto da al oficio un carácter festivo  acentuado por el Ambrosiano, himno compuesto por S. Ambrosio o a tribuido a él, como padre de la himnología latina.
La salmodia  tal como la dispone S. Benito, se compone de doce salmos, número sagrado e intangible adoptado por  Casiano y que procede de la tradición copta.
Los seis primeros se cantan según la norma de la salmodia antifónica  que se termina con un verso y la bendición del abad. Era una oración conclusiva que acentuaba la división de la salmodia en dos partes.
Entonces los hermanos se sentaban en los escaños, lo que indica que hasta entonces estaban de pie. El libro de las lecturas estaba sobre un atril  al que se acercaba el monje de turno, pero no todos, sino aquellos que pudieran edificar a los oyentes, porque la finalidad de toda lectura es la edificación del que escucha.
No dice la RB la longitud de tales lecturas, tal ver según algunos de cuatro o cinco folios, como lo previsto para la lectura de antes de las Completas, pero sería realmente mucho. Acaso se seguiría la pauta del oficio romano  que se alargaban o acortaban según la condición de las noches.
Especifica que obras había que leer: los libros del AT y NT, los comentarios sobre ellos que han escrito los Padres más célebres reconocidos como ortodoxos. Como se ve lecturas muy selectas.
Tanto Casiano  como el Oficio Romano, colocan las lecturas al final de los doce salmos. Así vemos como la RB da aquí una nueva prueba de discreción  al designar su lugar en el medio de la salmodia, que al cantarse de pie, y las lecturas que se oían sentados, constituían un verdadero descanso físico y espiritual en medio de un Oficio largo y pesado.
Cada una de las tres lecturas iba acompañada de un responsorio, es decir de una salmodia responsorial. Los responsorios eran simples pero bastante largos como se deduce de la suposición de que se abreviasen si los monjes se levantaban por descuido demasiado tarde.
A continuación se cantaba el segundo grupo de seis salmos, sin antífonas y solo con el aleluya  triunfal, ya que la vida del monje  es una vida pascual de unión con Cristo resucitado.
Al final de esta salmodia dispone la RB una lectura breve tomada de S. Pablo que pudiera recitarse de memoria.
Termina con las letanías, que son distintas de la oración de los fieles, que es propia de Laúdes y Vísperas. Es la invocación de Kyrie eleison sin ninguna intercesión particular. Así lo aconseja  el P. Colombás, no por propia autoridad  ya que es historiador, no liturgista, pero cita a un importante liturgista en apoyo a esta afirmación.

 

 

323.- De los oficios divinos  por la noche. (9)

Ayer considerábamos la estructura externa que S. Benito presenta a los Oficio Divinos de la noche. Intentamos ahora acercarnos a lo que podríamos llamar su espiritualidad.
En la mente de S. Benito, el Oficio divino es junto con la obediencia y la humildad,  uno de los caminos por los que el monje llena su principal deber de buscar a Dios. Y es tal la importancia que le da, que no quiere que nada se anteponga al Oficio Divino.
Dentro del Oficio, el de la noche  es  bajo algunos puntos de vista el más monástico, es su oración principal sin disminuir la importancia litúrgica de Laúdes y Vísperas.
Durante la noche  el cuerpo ha recobrado sus fuerzas, y el alma ha de recobrar su vigor para enfrentarse a una nueva jornada, por medio de una oración más profunda.
La  noche es un momento muy propicio para la oración. Reina el silencio exterior e interior, se dejan de lado las preocupaciones. El alma tranquila y piadosa se encuentra sola ante Dios.
Vemos que los santos Padres del Desierto prolongaban su oración durante la noche de modo que S. Antonio se quejaba de que la salida del sol la interrumpía esta oración silenciosa. En los primeros siglos de la Iglesia, los cristianos piadosos pasaban una parte de la noche en oración, con la celebración de las Vigilias.
S. Benito nos llama a imitar a estos Padres y a la práctica de la vida contemplativa. Por ello enseña cómo tienen que orar sus hijos durante la noche. Y para que esta oración sea más  intensa, quiere que esté precedida de un reposo suficiente,  que se levanten  ya descansados.
    La Iglesia es como el campo de batalla del Pueblo de Dios. Durante la noche sus hijos  duermen, pero el enemigo vela, dando vueltas como león rugiente, buscando a  quien devorar, como advierte S. Pedro. Por la noche se multiplican los crímenes de todas clases. Es necesario que en estos mismos momentos hijos fieles oren, alaben, pidan las bendiciones del Señor sobre el mundo en tinieblas.
El Oficio Nocturno también recuerda la agonía de Nuestro Señor en el Huerto y el comienzo de su pasión dolorosa. La noche nos recuerda las pasadas por Cristo en oración durante su vida, pero sobre todo su última noche en el Huerto de los Olivos.  Como a los Apóstoles nos dice Jesús, venid y orar conmigo, vigiad y orar para armaros contra las tentaciones y dificultades que os esperan en la jornada.
Esto nos indica el sello especial que debemos poner en nuestra oración nocturna. Orar con Jesús agonizante, entrar en sus sentimientos. Con Jesús debemos amar, adorar  y abrazar la voluntad del Padre aceptando el cáliz de amargura. Con Jesús debemos llorar los pecados de los hombres. No nos sorprendamos si en alguna ocasión nuestra oración es  penosa, triste, abatida. ¿Acaso Jesús  orando no estaba triste hasta angustias de muerte? No sucumbamos  como los apóstoles al sueño del fastidio y la tristeza. No tengamos que oír las palabras de Jesús marcadas por el dolor. “¿ No habéis podido orar una hora conmigo?”