Capítulo VIII
El oficio Divino por la noche

 

316.- Ordenación del Oficio Divino (1)

Después de los capítulos relativos a la doctrina ascética sigue otro grupo relativo a la oración. Es una sección perfectamente homogénea desde el punto de vista del tema, como del vocabulario y el estilo.
Empieza bruscamente con el cap. 8  sin introducción ni preparación de ninguna clase, ni texto alguno de la Escritura que como de ordinario fundamente, ilustre o justifique lo que va a decir. Por otra parte  tanto su vocabulario como en el estilo difieren  con el conjunto de la RB.
Abundan, según los peritos, en estos capítulos sobre todo en los 8-18  vocablos  y modismos del latín vulgar. Esto nos está inclinado a pensar que nos encontramos con  texto anterior a la composición de la RB y que al redactarse esta, pasó tal cual a la misma como parte propia. Y esto se ve confirmada por el cap. 47 que es una adicción al grupo, para aclarar ciertos pormenores que habian quedado indeterminados. Así como también por los títulos de los capítulos que integran  la sección. En esta sección no se encuentra ni una sola vez la expresión  “opus Dei” que es como se designa el Oficio Divino en otros capítulos de la Regla.
En los textos más primitivos el término “opus Dei” designa toda la vida espiritual del monje, e incluso simplemente la vida monástica. Luego poco a poco fue limitándose el alcance de su significado hasta indicar solamente  la vida de oración organizada en torno a la lectura de la palabra de Dios, la salmodia y la plegaria silenciosa.
Este es el sentido que tiene en la RB. En ella no sólo se da a la Obra de Dios  una marcada  preferencia sobre todas las ocupaciones del monje: “nada se anteponga a la obra de Dios”, sino que dedica a reglamentarla una séptima parte de su contenido.
La actual división en capítulos resulta bastante ficticia e inadecuada y no responden al escrito original. Un estudio minucioso de este punto ha demostrado  que los capítulos  8-18 podrían reducirse a dos títulos: 1º los oficios divinos de la noche (8-14) y 2º los oficios divinos durante el día (16-18). El actual cap. 15 sobre el uso del aleluya  podía ser como un apéndice del primer grupo.
Por tanto es probable que los cap. 8-18 formaran un todo desprovisto de título o diferente de los actuales. Podría ser el cursus de los monjes anteriores a la redacción RB.
Parece claro que para comentar esta sección litúrgica de la Regla, hay que prescindir de los títulos de los capítulos. La importancia  resalta de su mismo volumen y  del cuidado minucioso como reglamenta cada una de las partes del Oficio, y del lugar  preeminente que ocupa en la Regla, inmediatamente después  de la sección doctrinal y por delante de la parte legislativa propiamente dicha.
El lector  moderno puede quedar perplejo ante este cursus benedictino al que se le escapan  aspectos importantes pero que para los primeros destinatarios del mismo resultaban evidentes. Así no encontramos  ninguna mención a la oración silenciosa que seguía a  los salmos, ni de las oraciones sálmica, salvo la referencia  casi segura del cap. 20,5:”la oración en comunidad abréviese en todo caso, y cuando el superior haga  la señal, levántense todos a un tiempo”.
La ausencia de una introducción doctrinal, puede resultar más problemática. S. Benito está de tal modo sumergido en la vivencia de la oración alimentada por la Biblia y por la tradición monástica, hacia la que oriente a los  monjes en el cap. 73, que ni siquiera se ha preocupado de dar una síntesis.
Pero no obstante a través de toda la Regla, encontramos indicaciones que para nosotros resultan reveladoras de una mentalidad determinada; 1º la importancia de la obra de Dios en la vida del monje, 2º Su configuración con Cristo. La oración no puede ser concebida al margen de la oración de Cristo, que como S. Agustín enseña y que S. Benito necesariamente tenía que conocer, los salmos son la oración de Cristo que ora en nosotros. El la Cabeza junto con sus miembros, el Cristo total. Y 3º Que aunque no explica en estos capítulos el misterio de la comunión de los hermanos, en el transcurso de la Regla encontramos indicios muy significativos de su importancia.

 

 

317.- Ordenación del Oficio Divino (2)

Origen del  cursus benedictino. Se ha escrito mucho sobre la influencia del oficio de la RB sobre el romano.  Pero estos trabajos carecen de valor, ya que  muchos  estudios han demostrado todo lo contrario, o sea que el oficio benedictino sigue paso a paso el cursus romano.
¿Cómo se explica este influjo? Los que admiten la historicidad del libro II de los Diálogos afirman que el joven Benito estudiante en Roma se dejaría impresionar por la litúrgica clásica  de los Papas León y Gelasio, en la que tomaban parte activa y relevante las comunidades monásticas encargadas de cantar el oficio divino en ciertas basílicas.
Sea de esto lo que se quiera, lo que  hoy día resulta incuestionable es que el oficio divino descrito en los cap. 8-18 de la RB,  está muy relacionado  con el oficio divino de la Iglesia Romana tal como lo dan a conocer los Ordini Romani. Pero teniendo en cuenta que esta dependencia no se justifica más que en los oficios eclesiásticos de Laúdes y Vísperas, y tal vez las vigilias, celebradas por clérigos y laicos. Pero  para el resto del Oficio Divino la RB no se inspira en la Iglesia Romana, sino en el cursus  de los monasterios romanos. El cursus benedictino no es un culto catedralicio, sino típicamente monástico.
Para A. de Vogüe  las instituciones litúrgicas de la RB  deben explicarse no solo a partir del Oficio Romano, sino también a partir del oficio que describe el Maestro. Ya trataremos de ver este punto más adelante.
Hay que advertir  que la RB no se limita a calcar a su modo la litúrgica clásica. El cursus benedictino, como toda la Regla, tiene algo de  ecléctico en el buen sentido de la palabra. Toma libremente elementos de procedencia diversa, pero posee el arte  de combinarlos dentro de un marco  estructural coherente. Así en  la ordenación del oficio de la RB hay contactos innegables con las liturgias de Bizancio, de Milán y de España, y muy  particularmente con el del ámbito de Lerin-Arles y el descrito por las Instituciones de Casiano.
Con todos estos elementos la RB construye un oficio rico,  bello, variado, equilibrado, lleno de dignidad y sobriedad, tranquilo, devoto. Una verdadera oración comunitaria, aunque como en toda obra humana, con sus  limitaciones, lagunas y desaciertos, que implícitamente reconoce S. Benito cuando da plena libertad a quien se sienta inspirado  para distribuir los salmos  de otro modo, mientras se mantenga  el principio de la recitación semanal del salterio entero con los cánticos de costumbre.

 

 

318.- Ordenación del Oficio Divino (3)

Ya hemos señalado la forma abrupta con la que RB  aborda el Oficio Divino. Solo al final del  cap. 16  ofrece  una justificación escriturística a este plan de oración. Esta es la  primera especulación que ofrece la RB sobre el Oficio. Puede ser el `punto de partida de esta reflexión.
Justifica  el ciclo de las Horas con dos textos sálmicos: “Siete veces al día te alabo” y “A media noche me levanto para alabarte”. A sus ojos el septenario diurno fundamentado así en la Palabra divina, es algo sagrado y basta darle una interpretación correcta que excluya de él las vigilias nocturnas para establecer el cursus del Oficio, sobre la base más firme: la Escritura.
Si nos conformamos con esta explicación, creeríamos que procede de la  Palabra inspirada. Por eso no deja de tener interés  que veamos el pasaje correspondiente del Maestro.
En él encontramos ciertamente la frase del salmista, pero no como principio, sino como conclusión. En lugar de comenzar el capítulo con la frase bíblica que sostenga todo lo que posteriormente dice, la utiliza para terminar el capítulo, como una simple justificación a posteriori.
Para el  Maestro, el ordenamiento del Oficio, tiene en primer lugar un fundamento diferente. La costumbre de la antigüedad, seguir las reglas establecidas por las instituciones de los Padres. La principal justificación del ordenamiento del Oficio, siguiendo el texto del Maestro, no debe buscarse en la Escritura, sino en la tradición.
Al hablar así el Maestro acepta un hecho que se impone en todo historiador. Es en efecto una costumbre paleo-cristiana fijada  por los Padres del monacato, la que dio origen a la ordenación del Oficio.
Ni la cantidad de Horas ni su determinación resultan  de la Escritura. Cierto que ella ha proporcionado un conjunto de sugerencias decisivas, para el establecimiento del ciclo de las Horas.
Los autores de los tratados de oración no han cesado de vincular cada Hora que se celebra con  personajes de uno u otro testamento. Daniel, el Salmista, los Apóstoles, y sobre todo Cristo.  Por cuando cada hora puede reindicar uno o varios textos de la Escritura. No son más que indicaciones dispersas, con frecuencia sin relación explícita con el deber de la oración.
Para relacionarlas con la oración del cristiano, fueron necesarias las investigaciones de muchas generaciones cristianas interesadas en  formular un sistema de horas de oración.
Con esto ¿queremos decir que sea una simple invención de los hombres a la que la Escritura solo proporcionó  una especie de pretexto o ilustración? Esto sería desconocer la fuente escriturística profunda  de donde han surgido todas esas búsquedas.
Si los escritores del siglo tercero, de Roma, Cartago, Alejandría, se preocupan en poner tiempos de oración, es porque su única preocupación es responder lo mejor posible a la invitación de Cristo de “orar sin cesar”. Esta invitación a la oración continua, trasmitida especialmente por Pablo y Lucas, es el gran resorte que mueve a todo el cristianismo pre-niceno y al monacato.
Los Padres nunca perdieron de vista que esto constituía el único precepto del Señor en la materia. Los sistemas  son proposiciones de origen humano, desprovistas a sus propios ojos de un verdadero carácter obligatorio.
Esto es cierto sobre todo en Tercia Sexta y Nona, según el criterio de Tertuliano, que considera obligatorias las  oraciones de la mañana y de la tarde, de acuerdo con el judaísmo, según Filón. Estas dos Horas obligatorias para todos los fieles, según Tertuliano, sería las dos únicas Horas celebradas en común por los cenobitas  egipcios, de acuerdo  con Casiano, y que las fuentes pacomianas parecen confirmar.
 Tercia, sexta y nona, aunque no prescriptas, son `presentadas   por Tertuliano, como un mínimo. Pero para él, este mínimo es un deber que cumplir. Cipriano presenta la celebración de estas  horas como una práctica veterotestamentaria, prefigurada por Daniel, que representa los misterios del N. T. pero no afirman su obligación.
Lo que en definitiva obliga es el orar sin cesar. Al tratar de realizarlo la tradición cristiana  descubrió la utilidad de momentos definidos en los que en cada día nos aplicamos a la oración, para evitar que pase el tiempo en la disipación del espíritu con la preocupación de las cosas terrenas. No es que este modo de proceder sea la oración continua, pero si un medio para poderla alcanzar.

 

 

319.- Ordenación del Oficio Divino. (4)

El sistema de orar a través de diversos momentos concretos del día, ¿es conforme con la voluntad del Señor? No hemos recibido ninguna regla precisa  de Cristo, ni siquiera el orar tres veces por día, que El practicaría.
El espíritu evangélico va más allá de cualquier observancia  determinada. El cristiano tiene que rezar sin cesar. Es evidente que tanto el “sin cesar” de Pablo, como el “siempre” en Lucas, son susceptibles de dos interpretaciones: una estricta y otra amplia. En este segundo caso se entiende sin interrupción prolongada o desordenada. Este es el sentido que apuntan los autores sagrados, aunque se presta a interpretaciones diversas, que no excluyen el primer sentido como ideal  al que se tiende. El único homenaje es la totalidad de nuestro tiempo. Y precisamente por ser total, no puede ser objeto de un precepto universal obligatorio. Es más bien un llamamiento dirigido a cada cristiano,  único responsable de la respuesta  al orar siempre.
Para los primeros monjes, celebrar la oración a ciertas horas, les parecía algo indigno de un cristiano deseoso de la perfección. Ya Clemente expresaba cierto menosprecio de las horas de oración: el gnóstico ora en todos lados y siempre.
Terminadas las persecuciones, el monje trato de dar  valor de martirio a toda su vida, convirtiendo la existencia terrena  totalmente consagrada a Dios.
La invitación de Cristo a orar sin cesar, no sería para los monjes una más entre otras enseñanzas de Cristo. Será la  razón de ser de aquellas vidas que desprendidas de toda  preocupación temporal, dedican la totalidad del día y la mitad de la noche, como una oración ininterrumpida, que acompañaba al trabajo de las manos. Esta continuidad  hacia inútil  la celebración de las Horas tradicionales. Se conservaron las del comienzo y el final de la jornada, pero el día entero trascurría en la oración sin ningún oficio. Esta fue la práctica de los monjes de Egipto.
Como esto era de un rigor inimitable, el conjunto del monacato fuera de Egipto, se contentó con recuperar la recitación de las Horas del ascetismo pre-niceno.
Los horarios de oración propuestos a los cristianos aislados  se convirtieron en reglas que obligan a todos los miembros de una comunidad.  Los monjes se reúnen para celebrar la liturgia de las Horas, pasando no solo de la oración en secreto a la synaxis pública, sino también de la libertad a la obligación y del contenido indeterminado de la oración individual, al Ordo preciso que exige toda celebración en común.
El oficio monástico difiere profundamente de la antigua oración cristiana a la que sucede. La diversidad de las gracias, se sometió  a una costumbre invariable e uniforme.
El ejercicio comunitario solo adquiere su legitimación en una clara conciencia de su relación con el “orar sin cesar”. Aquellos que se someten a él deben tener presente que no es un fin, sino un medio. Que no es un ideal ni una ley bajada del Cielo, sino  una humilde y sabia invención de los hombres  para responder mejor al llamamiento de Cristo y precaverse juntos de la propia debilidad.
Iría en dirección opuesta a su finalidad  si se hiciera olvidar la voz de Cristo, y adormeciera al alma cristiana.

 

      320.-Ordenación del Oficio Divino. (5)

En los primeros monjes, ya hemos visto que su oración continua estaba unida al trabajo, por eso, no faltan razones para creer que la oración que interrumpe el trabajo no gozó de estima entre los cenobitas del siglo VI.
Por esta razón, el Oficio debió aparecer bajo un nuevo título, como “la” oración del monje. Solo él incluye oraciones propiamente dichas además de la recitación escriturística.
Este fenómeno se relaciona con la evolución del sentido del Opus Dei, que como ya dije el otro día, esta expresión en un principio,  designaba toda la ascesis monástica. Pero tanto el Maestro, como Benito y su contemporáneo Cesáreo, reservan esta expresión únicamente al Oficio.
De este modo la liturgia de la Horas  se convierte en un acto sagrado en oposición  a las ocupaciones profanas que llenan el resto de la jornada.
Sin duda la relación inmediata de las ocupaciones con el servicio de Dios, se desdibujó en parte, porque el trabajo dejó de  aparecer como una oración continua.
Esto se acentuó con la prohibición de trabajar durante la salmodia y las lecciones. La tradición egipcia y a su ejemplo la de la Galia, querían  que los monjes tuviesen ocupadas sus manos durante  el oficio nocturno mientras escuchaban las recitaciones bíblicas. Era una manera de tratar de que todos permaneciesen despiertos  durante las largas vigilias. Nada podía mostrar mejor que el Oficio estaba en continuidad  con la jornada de trabajo.
Ahora bien, el Maestro no hace ninguna mención de actividad manual alguna durante el Oficio, y Benito apoyándose en un pasaje de Agustín, excluye  formalmente  este modo de proceder en el cap. 52.
Parece que una tradición africana y romana, a la que se vinculan  nuestras reglas, intentan dar al oficio un aspecto menos familiar y más hierático que en Egipto o en Galia. Esto se debe en parte a la influencia clerical.
Un monje  pacomiano que meditaba en su celda durante su trabajo, debía  encontrar muy natural el hecho de trabajar en el oratorio, mientras  escuchaba la Escritura. Pero un obispo como Agustín veía en ello una profanación del lugar santo, análoga a esas juergas  en honor de los mártires que trataba de prohibir en su Iglesia.
Para los seglares y sus Pastores, la distinción entre lo sagrado y profano era de rigor. Para los monjes cuya existencia entera tiene como único e inmediata finalidad el servicio de Dios, esta separación no se impone de forma tan clara.
Todos los  tiempos, actividades y lugares, son susceptibles de ser considerados para el monje como compatibles con la oración. La RM dice que”todos los lugares del monasterio deben tener el aspecto de una iglesia, a fin de que en todos los lugares  donde se encuentren los hermanos los encuentren decorosos, agradables y placenteros para orar”.
Aunque el Maestro se expresa así, para él el Oficio revistió un valor sagrado, relegando las demás actividades a  lo profano. Y RB acentúa esta tendencia. La sección litúrgica (cap. 8-18) no se presenta ya  en el transcurso de la descripción de la jornada, sino que encabeza  la parte legislativa de la Regla.
El conflicto entre Oficio y trabajo queda resuelto en la RB con el principio tomado del monacato leriniano “Nihil  operi Dei praeponatur”.  No se puede decir  más claramente de que oración y trabajo han dejado de conjugarse. Desde este principio estas dos obras existen una al lado de la otra. Hay que abandonar una de ellas para dirigirse a la otra.
          Este deslizamiento proviene de una nueva  preocupación: defender el Oficio contra un cierto activismo. Casiano no señala esta tentación en los cenobitas de Egipto. Es caracteriza del monacato en el que trabajo y oración no están tan  bien integrados.
El proceso de separación entre el Oficio y la vida está más marcado en la RB, pero incluso si tenemos en cuenta todos los indicios en este sentido, el Oficio aparece en las dos Reglas  más próximo a sus orígenes y a su sentido primero. Nacido de la oración privada y destinado a sostenerla, no se puede establecer una distinción rigurosa entre oficio público y  oración privada. Y menos aun una oposición entre ambos.
La Obra de Díos a la luz de la tradición no aparece en primer lugar como un  acto de comunidad, un culto social, sino como el cumplimiento de una obligación personal. Por otra parte su aspecto comunitario no le confiere una superioridad sobre la oración solitaria.
 En una perspectiva monástica, aparece más bien como una ocasión para la conversación a solas con Dios. El acento no hay que ponerle en el elemento exterior y estético, sino en la aplicación del espíritu a los salmos,  en la pureza de la oración silenciosa.
El monje no es un miembro de la Iglesia dedicado  especialmente a la alabanza pública. Es simplemente un discípulo de Cristo que trata de traducir con actos, bien solo, bien junto con otros el “orar sin cesar”. 

 

 

321.- Del Oficio divino por la noche.
En invierno, es decir desde las calendas de noviembre hasta Pascua, se levantarán a la octava hora de la noche conforme al cómputo correspondiente, para que reposen  algo más de media noche y puedan levantarse ya descansados. El tiempo que resta  después de acabadas las vigilias, lo emplearán los hermanos que lo necesiten en el estudio de los salmos o la lectura. (8,1-3)

Pasar en vela buena parte de la noche es una práctica muy generalizada en la iglesia primitiva, la mística de la espera del Esposo, hallaba en las velas nocturnas su expresión más viva. La vigilia dominical encabezada por la gran Vigilia Pascual data de los tiempos apostólicos. Otras vigilias nocturnas comenzaron a celebrarse, no solo en las grandes solemnidades, sino también en las fiestas de los mártires.
Si el pueblo cristiano pasaba parte de la noche en oración, los monjes velaban todas las noches, bien entregados a la salmodia, a la lectura de la Biblia o dedicados a la oración secreta o meditación.
Como es evidente, el oficio nocturno no podía abarcar  la noche entera. El cuerpo y el espíritu necesitaban descanso. Cierto que las primeras generaciones monásticas según los textos que nos han llegado, dominaron el sueño hasta lo inverosímil.
Al mitigarse y humanizarse aquel primitivo fervor, se dedicó solo una parte de la noche a la oración. La RB no interrumpe el sueño de los monjes cansados del trabajo del día anterior. Quiere que en invierno  descansen por lo menos unas siete horas y media seguidas. Así se levantarán plenamente descansados. “Jam digesti”. (No se trata de la digestión, que cuando se acostaron  habían hecho sobre todo en tiempo de ayuno) Así la oración saldrá beneficiada, como todos los trabajos y lecturas de la jornada. Un hombre somnoliento no hace nada bien.
 En las noches de invierno se disponía de un tiempo mas o menos largo (hay que tener en cuenta la característica del horario romano: doce horas desde que sale el sol hasta que se  pone y otras doce desde que se pone hasta el amanecer. Por tanto las horas eran de  duración  desigual) Los hermanos que tuvieran necesidad de aprender de memoria los salmos y lecturas, lo dedicaban a esto. ¿Los demás? No lo dice, pero desde luego, no autoriza el volverse a acostar.
Los monjes del siglo XX se han preguntado  si tenía sentido mantener esta costumbre en medio de una civilización que distribuye el tiempo libre, el del trabajo y el de del descanso, de modo  tan diferente.
Algunos monasterios  han optado por dedicar las primeras horas de la noche a la oración, en lugar de las que preceden al alba. Esto facilita la participación de los fieles.
Otros monasterios han mantenido la costumbre de interrumpir el descanso nocturno para la celebración de las Vigilias. Costumbre admirable, pero que exige una salud robusta, y que por otra parte no  corresponde al ordenamiento de la RB. (Es una costumbre introducida en el siglo XIV, que han adoptado algunas Órdenes anteriores como los cartujos)
Todos los monasterios de una manera o de otra  son fieles a la intuición fundamental de las Vigilias como la  hora de la gratuidad, por encima de la medida estricta, por encima de la comodidad.
Sería una pérdida grave el que se abandonasen las Vigilias en un intento de aproximación al hombre moderno. Cierto que a los aspirantes a la vida monástica de nuestros días puede no resultarles fácil adaptarse a nuestros horarios, pero  pronto suelen darse cuenta del valor que tienen estas horas nocturnas propicias para el silencio y la profundización de la fe, por la oración. Son horas en las que siguiendo el ejemplo de Jesús se entrega mejor a la oración y a la alabanza gratuita.
Por otra parte ¿No puede ser esta la ocasión de entrar en comunión  con tantos que tienen que ganarse el pan en los turnos laborales de noche? ¿O de los que tratan de saciar su sed de infinito en las orgías nocturnas?

 

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