Capítulo LXXIII

No queda prescrita en esta regla toda la práctica de la perfeción

 

 

480. –El camino de la Regla.

 No queda prescrita en esta regla toda la práctica de la perfección.
Hemos esbozado esta Regla para que observándola en los monasterios, demos pruebas al menos de alguna honestidad de costumbres
o de un principio de vida monástica. 73, 1.

Este último capítulo contiene un tesoro de doctrina práctica. El principio directivo de toda nuestra actividad moral es vivir conforme a lo que uno es, y así se progresará. Nuestra ley es caminar hacia lo perfecto. Para lograrlo se necesitan dos cosas. Un aguijón interior que nos impulsa, que es buen celo, el fervor de la caridad que nos empuja, según ha expuesto en el capítulo precedente, y además un camino por el que poder correr, que es tema de este capítulo. El capitulo 73 viene a ser el epílogo de la Regla. Corresponde al Prólogo con el que tiene analogías muy notables.
S. Benito empieza este capítulo presentando su obra y precisando su carácter y su finalidad. Reconociendo sus propias limitaciones, recomienda a continuación la lectura de la Biblia y de los Padres, en particular de los autores monásticos, como medio de adelantar hacia las cumbres de la perfección. Termina presentando la Regla como base necesaria para intentar posteriormente y sirviéndose de su ayuda la conquista de cotas más altas
Investigadores y comentaristas han hecho de este capítulo objeto de varias discusiones. Resaltan las peculiaridades de su léxico y estilo, bastante diferentes del resto de la Regla. Por esto algunos dudan de su autenticidad. Dicen que este capítulo y el final del prólogo podrían ser obra de alguno de los copistas con la intención de que de alguna manera se hiciese una referencia a la vida contemplativa. Pero estos argumentos no parecen decisivos, pues puede verse en ellos la influencia de Casiano. Pero si que puede ser aceptada la tesis de que el capítulo 73 en una redacción anterior de la RB, seguía después del 66, y al introducirse en el códice los capítulos 67‑72, se le puso al final.
Para muchos comentaristas, S. Benito peca aquí de un exceso de modestia al juzgar su propia obra. Otros ven en este final una invitación a la vida eremítica. Finalmente algunos otros quieren ver esta página en su sentido literal, es decir una exhortación a una vida religiosa cada vez más perfecta.
De estas frases se desprende un perfume de cristiana simplicidad, que reflejan la santidad de S. Benito. Este candor y mesura sólo pueden venir de Dios. Por lo general cada uno consideramos lo hecho por nosotros, como lo definitivo, lo perfecto.
Sólo unos pocos escapan de esta fascinación. S. Benito es de estos pocos, y considera la Regla como un "esbozo", una "iniciación" para una vida superior. Los siglos se han encargado en desmentir esta proclamación de humildad.
A este respecto se puede observar una diferencia radical del juicio que formula la RM y lo que RB expresa en estos párrafos. La RM se considera inspirada por Dios, proclama que fue dictada por el Señor. S. Benito por el contrario se expresa con una modestia conmovedora, en la que nos enseña lo que él juzga rudimentos de la vida monástica y que posteriormente la define como Regla mínima de pura iniciación.
Cierto que el mismo S. Benito da importancia a la Regla ordenando al abad velar por su observancia en todos sus puntos, la defiende con un código penitencial para castigar la inobservancia y en dos ocasiones la ha calificado de "santa Regla". No pretende al llamarla un esbozo, una iniciación desvirtuar su importancia.
Son varios los autores de los siglos VI y VII se encuentran frases parecidas marcadas por la modestia, aunque ninguno lo hace con tanta severidad como S. Benito.
Según S. Benito los resultados de la observancia de la Regla son una "honestidad de costumbres" e "inicio de conversión". Para los antiguos romanos, “honestas" entrañaba el concepto de providad, de honradez. Pero los padres de la vida monástica, y particularmente con Casiano, hay que trasladarlo al plano religioso en el que adquiere un particular sentido. El "honesta morum" sería el compendio de lo que la Regla intenta, una profunda religiosidad, fruto de una oración intensa, humildad y caridad. Pero para los que quieren escalar las cimas de la vida espiritual la propone como un "initio conversationis".
Toda regla humana siempre será limitada e insuficiente frente al horizonte de perfección abierto por las palabras de Jesús:"por tanto ser perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto". "Para el alma que ve al creador, es pequeña toda criatura."(S. Gregorio en los Diálogos)

 

481. –Perfección de vida.

 Más el que tenga prisa por llegar a una perfección de vida, tiene su disposición las enseñanzas de los santos Padres, que si se ponen en práctica llevan al hombre hasta la perfección. Porque efectivamente ¿hay alguna página o palabra inspirada por Dios, en el Antiguo o Nuevo Testamento que no sea una norma rectísima para la vida del hombre? 73, 2‑3.

A las almas ansiosas de realizar plenamente el ideal monástico, S. Benito indica en pocas palabras cuales son las fuentes en las que podrán encontrar un complemento de información sobrenatural.
                 S. Benito se dirige en este capítulo a aquellos monjes que aspiran a progresar en los caminos de la vida contemplativa ofreciéndoles unos medios que la experiencia ha demostrado ser eficaces:"las enseñanzas de los santos Padres".
Posiblemente bajo esta denominación se refiere a todos nuestros Padres en la Fe. A todos los que escribieron sobre Dios y sobre temas sobrenaturales, comenzando por los autores inspirados.
A renglón seguido, S. Benito enumera tres categorías de obras. En primer lugar la sagrada Biblia, que es como el manual de los monjes. No leyéndola como racionalistas o como simples críticos, sino rodeándola con el mismo respeto que la eucaristía.
Pero como la Escritura no agota todo el pensamiento de Dios, añadimos el estudio de los Padres, que son órganos fieles de la tradición y en cuyas obras encontramos un perfecto comentario de la Biblia.
En el monasterio por tanto hay tres series de obras que son objeto de lectura pública bien el coro, bien en el comedor. Y a cada una de ellas les asigna S. Benito un papel determinado. La Escritura es norma rectísima para la vida del hombre. La vida de los Padres conduce a la cumbre de la perfección. Los Padres de la Iglesia nos impulsan a correr hasta llegar a nuestro creador.
La Escritura y los Padres son patrimonio de todo cristiano. Existen otros libros que son como el legado especial de los monjes y nos ponen en comunión con el espíritu de nuestros predecesores. S. Benito menciona las obras más leídas en su tiempo. Las Colaciones en la que Casiano resume en conferencias la doctrina de los monjes orientales. Los Instituta del mismo autor, la Vita Patrum, la Regla del que entonces era considerado como el más importante legislador monástico, S. Basilio.
Estos libros son un compendio de virtudes monásticas y un estímulo cuando nos encontramos cansados espiritualmente. Su lectura nos llena de confusión sigue diciendo S. Benito al compararnos y ver nuestra negligencia
Todo este párrafo de la Regla contiene una profunda lección e interés para nuestra vida monástica. Si nos alejamos de las fuentes doctrinales en las que bebieron nuestros Padres, la vida monástica languidece.
Es evidente la importancia que da S. Benito a estas lecturas, al unirlas al progreso moral y espiritual del monje. La leotio divina, la Biblia, los Padres, proporcionan la monje las normas superiores y el impulso necesario para escalar la cima de la perfección. Seguir las huellas de los monjes antiguos, inspirándose en sus enseñanzas, no es ser infiel a la R.B, sino todo lo contrario, obedecer sus directrices perfectamente claras y pasar de monjes perezosos y negligentes a ser monjes de santa vida.
No es preciso subrayar por ser evidente, la excepcional importancia que S. Benito concede a la lectura al unirla tan íntimamente al progreso moral del monje.
Todo este párrafo de la Regla contiene una profunda lección respecto al interés supremo de nuestra vida monástica, a la calidad de nuestras lecturas y trabajos. Si nos alejamos de las fuentes doctrinales que alimentaron a nuestros Padres, la vida monástica languidece. Cierto que la literatura cristiana se ha enriquecido después de S. Benito, pero la pequeña biblioteca que ha aconsejado no ha envejecido. La misma Iglesia apenas utiliza para las lecturas oficiales otros libros que lo que ha señalado S. Benito.

 

482. – Amen.

Tu, pues, cualquiera que seas, que te apresuras por llegar a la patria celestial, cumple, con la ayuda de Cristo esta mínima regla de iniciación que hemos bosquejado y así llegar finalmente con la protección de Dios a las cumbres más altas de doctrina y virtudes que acabamos de recordar. Amen. 73,8‑9.

El cisterciense tiene que realizar el deseo de santidad través del cumplimiento de la Regla. Por ello S. Benito dice "cumple esta mínima regla". La Regla practicada con más o menos pureza y amor, es el camino que nos llevará a las cumbres.
Pero para practicarla no basta la voluntad de cumplirla, es necesaria la gracia. La ayuda de Cristo. Por esto S. Benito nos remite al mismo Cristo.
En la Regla no ha hablado de los sacramentos, canales de la gracia, apenas ha mencionado la misa y la comunión. No ha pronunciado el nombre de la Virgen. Se ha contentado con recordarnos la necesidad de la oración y mostrarnos a nuestro Señor como objeto de nuestro soberano amor, la piedra contra la cual podemos romper todas las tentaciones del enemigo.
S. Benito habla a hijos de la Santa Iglesia, que conocen las fuentes del Salvador y no dejan de acudir a ellas. Corramos pues con santo empeño a estas fuentes de agua viva, que son la eucaristía, los sacramentos, acudamos a la protección de María, Madre de Gracia y de Misericordia, de la que tanta necesidad tenemos. Vayamos con insistencia y confianza y encontraremos el auxilio en el tiempo oportuno. "Corramos al trono de la gracia" nos exhorta la carta a los Hebreos. La gracia corre abundante de las llagas de Jesús, y nos es distribuida por medio de nuestra Madre.
Acudiendo a Cristo como nos exhorta en este final de la Regla, lo podremos todo: "Todo lo puedo en aquel que me conforta". Con su auxilio podemos llegar a la práctica de todas las virtudes
Podemos pensar que en el fondo de su corazón, S. Benito era consciente de los valores intrínsecos de su Regla, aunque la llame "regla mínima de iniciación". Esto lo deja entrever estas frases conclusivas, cuando después de tantas salvedades, afirma con una seguridad impresionante: "Cumple esta mínima Regla... y llegarás a las cumbres más elevadas". Cierto cumplirla con la ayuda de Cristo, pero sobre todo estate seguro que llegarás con su ayuda a las cumbres más elevadas.
En la Iglesia hay gigantes de santidad que han llegado a cimas de sabiduría y virtud. Es posible que también nos conceda el Señor la gracia para escalar estas cumbres. Para ello comencemos por observar lo que nos enseña las humildes páginas de nuestra Regla. Al final de la Regla volvemos encontrar la dulce y ardiente invitación por la que comenzó la Regla. Caminamos apoyados en Jesucristo, en virtualidades divinas depositadas en notros por el bautismo. El que nos ha amado y llamado nos amará hasta el final y no defraudará nuestra esperanza. Esta es la seguridad con la que termina la Regla: "llegarás". Así termina el epílogo situando al monje en una perspectiva francamente escatológica.
Para S. Benito el monje es un peregrino que regresa anhelante a su verdadero hogar, la patria celestial. Esta imagen es característica del dinamismo de la Regla de S. Benito, se relaciona espontáneamente con el concepto de retorno a Dios que destaca con tanto relieve en las primeras frases del prólogo.
La despedida es firme y solemne. Dos verbos resaltan en este texto. Uno está en imperativo: "perfice" cumple. El otro en futuro. "pervenies", llegarás. Y para ratificar esta afirmación: "Amen". Así termina S. Benito su Regla.

483. ‑ El Espíritu Santo en la Regla de S. Benito.

La historia es la mejor prueba de cómo a pesar de su antigüedad, sigue la RB siendo plenamente actual. Y ¿por qué? Con las debidas salvedades se la pueden aplicar las palabras del Señor: "mis palabras son espíritu y vida". Cierto que muchos pasajes y capítulos enteros, como hemos visto en la explicación que hemos hecho, han perdido actualidad al no responder ya su letra a las exigencias y estilo de nuestro mundo de hoy.
Pero como varias veces he dicho, sigue vigente su espíritu que hay que buscarle debajo o mejor por encima de la letra. Esto explica su perennidad, que no se erosiona con el paso del tiempo
La regla es uno de esos excepcionales documentos humanos en los que un monje o cualquier cristiano puede expresarse con libertad, claridad, firmeza, no encadenando el Espíritu, sino más bien cooperando a su expansión, orientándolo a una consumada plenitud.
                   En este conjunto de cualidades radica la vitalidad de la R.B. Es ella la que ha permitido que generaciones de monjes, en su búsqueda de Dios, han dejado de lado determinada prescripción que pudiera entorpecer su camino hacia el Señor, para así mejor vivir su espíritu.
No ha faltado alguno que ha insinuado haber sido redactada bajo una cierta inspiración divina. No se trata de una inspiración como la de la Escritura, que convierta a la R.B en palabra de Dios. ¿Pero no ha recibido la Iglesia una promesa especial por parte del Espíritu Santo de su presencia y guía? Esta influjo del Espíritu Santo ha influido en los santos a través de los siglo, promoviendo grandes movimientos de renovación eclesial. Y S. Benito es uno de ellos. Después de XV siglos, su Regla sigue considerándose como una particular expresión del Espíritu Santo. No queremos decir que cada prescripción o consejo tenga una utilidad práctica. Pero se puede pensar que Dios ha dado a su Iglesia por medio de la RB un documento valioso, de gran valor religioso, capaz de llevar a generaciones de monjes e incluso a simples cristianos a familiarizarse con la Palabra de Dios y a santificarse.
Es pues el sello del Espíritu Santo el distintivo de este libro sin que queramos por ello atribuirle una autoridad divina.
Su validez se mide por su conformidad con la palabra de Dios, es decir con la Sagrada Escritura que es su fuente y su piedra de toque. "Siguiendo el evangelio" dice en el prólogo.
El Espíritu Santo habla de diversas maneras a su Iglesia en orden a la edificación del cuerpo de Cristo (Ef. 4,16) Pero es a la Iglesia a la que compete declarar cuando una manifestación es del Espíritu Santo o del espíritu humano. Para poder emitir este juicio, ha recibido del Señor el don de discernimiento de espíritu que ejerce a tenor del criterio bíblico: "Por sus frutos los conoceréis". La RB ha sido frecuentemente alabada por los Papas. Pío XII dice que "Benito fue guiado no por un consejo humano, sino divino, por haberle señalado la Providencia una obra especialmente importante." Implícitamente reconoce la Iglesia que el Espíritu Santo que la gobierna no es ajeno a la elaboración de esta Regla. El magisterio de la Iglesia no puede recomendar una obra en la que no se descubre el sello del Espíritu Santo. A través de esta Regla ha hecho un don maravilloso, santificando a miles de hombres y mujeres a través de los siglos.
Es necesario saber interpretar el lenguaje del Espíritu a través de sus obras. Si la regla es una de sus manifestaciones, y si nadie por otra parte puede afirmar que cada detalle sea una manifestación del Espíritu, nuestra labor es en la medida de lo posible, encontrar las huellas del Espíritu en la Regla.
El buscar las inspiraciones del Espíritu nos ayudará al mismo tiempo a identificar la personalidad espiritual de S. Benito, verdadero "neumatoforo" portador del Espíritu.

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