Capítulo VII
La humildad

 

276.- De la humildad.

284.-La humildad en el monacato benedictino.

 

314.-Obrero debidamente purificado

276.- De la humildad.

 Para S. Benito la obediencia, el silencio y la humildad son inseparables. La humildad es la actitud básica para crecer a partir de la obediencia  y el silencio.
Si S. Benito coloca el capítulo de la obediencia y del silencio por delante del de la humildad no es por causalidad. Como tampoco lo es que dentro del capítulo de la humildad, los cuatro primeros grados se ocupen de la obediencia y  el último del silencio.
Por la obediencia se presta oídos a los mandamientos del Señor y a sus preceptos tal como nos  llegan a través de las órdenes del abad. En el silencio presto  oído a la doctrina del Señor que me muestra el camino que me lleva a la vida  y al igual que la obediencia, este camino no es solamente vertical, sino también horizontal. En este camino el silencio está abierto a la palabra de Dios, también  se presta oído a las palabras del abad y de los hermanos. También puede verse en el prójimo la presencia de Dios.
S. Benito comprende la vida espiritual como un camino e invita a cada monje  a tomar ese camino de  trasformación. Para Benito se trata de un camino de salvación. Un camino en el que el monje llega a alcanzar la salud y la integridad.
 Vida espiritual significa para Benito estar en camino. Y en ese camino hay que afrontar riesgos y esfuerzos. Y para avanzar pro ese camino se necesitan métodos.  Así, describe el camino con la imagen del arte espiritual. En el capítulo IV nos ha presentado las herramientas del arte espiritual, con las cuales avanzamos en nuestro camino.
 Con la expresión de “arte espiritual” Benito traduce el concepto griego  de áskesis .Ascética significa en su significado original, el trabajo artístico sobre un objeto, así como el ejercicio  corporal y la formación intelectual. En la filosofía estoica significa ejercitarse en la virtud.
En el arte espiritual el monje trabaja con las herramientas  que  S. Benito ofrece a fin de reproducir la imagen de Dios oscurecida en el hombre y con las herramientas que no hace mucho hemos comentado una por una. Con ellas hemos de trabajar incansablemente en el recinto del monasterio y la estabilidad en la comunidad.
Por lo tanto el monasterio es un taller en el que se trabaja espiritualmente y en el que se forman  la figura e imagen de Cristo en cada monje.
El camino que el monje ha de recorrer individualmente a este fin se describe en el cap. VII de la Regla, dedicado a la humildad.

 

277.- De la humildad

Hablar de la humildad en nuestro tiempo, es un tanto desalentador, ya que hoy día, la humildad  no es algo que resulte fascinante o  atractivo.
La espiritualidad que describe S. Benito en el cap. VII puede parecer una espiritualidad demasiado pesimista. Pero bien mirado este capítulo encontramos una visión diferente. Es la descripción del camino espiritual de la maduración.
En la introducción de este capítulo, ya indica la meta del camino de la humildad. S. Benito presenta al monje la imagen de la escala de Jacob, que llega hasta el cielo. Jacob, huyendo de su hermano Esaú, huyendo de su propia sombra,  Jacob sueña en el camino del destierro, con esta escalera.
                        En la parte superior de la escala está Dios que le promete: “mira que yo estoy contigo, te guardaré a donde quiera que vayas y te volveré a esta tierra. No te abandonaré hasta haber cumplido lo que te he dicho”
La escalera que llega al cielo ha sido vista siempre en la Iglesia antigua como la imagen de la contemplación. Desde tiempo  inmemorial, los autores espirituales han interpretado el camino espiritual como un ascenso hacia Dios. Ahora bien, la paradoja cristiana consiste en que ascendemos hacia Dios en la medida en que descendemos a nuestra propia realidad. Solo el que se encuentra a sí mismo, encontrará a Dios.
Sin un encuentro  honesto consigo mismo, solo encontraos  nuestras propias proyecciones, pero no al Dios verdadero.
Benito  interpreta el subir y bajar de los ángeles en  la escena de la escala de Jacob, del modo siguiente. Por la altivez se baja, por la humildad se sube.
La palabra humildad de latín humilitas, proviene de humus, que significa tierra. Sólo el que tiene el coraje de admitir su propia condición de tierra, de humanidad,  ascenderá a la contemplación hacia Dios.
En esta imagen  Benito recoge la doctrina del monacato primitivo, tal como lo había  descrito sobre todo  Evaglio Póntico. En el camino hacia Dios encuentro mis propios lados oscuros,  con los peligros que me amenazan, con mis pasiones, mis necesidades y emociones. El que se exalta a sí mismo, quisiera pasar por alto su realidad psíquica, realizando un baypass espiritual, quisiera utilizar a Dios para eludir  la propia realidad. Pero después se termina en un callejón sin salida.  No se llega a Dios, sino a las imágenes que uno se ha forjado de Dios y de sí mismo.

278.- La humildad.

Benito interpreta la escala hacia el cielo de una forma muy personal. La escala erigida representa nuestra vida en este mundo. Cuando el corazón se abaja, el Señor lo levanta  hasta el cielo.
Los largueros de este escala son nuestro cuerpo y nuestra alma, en los cueles  la llamada divina ha hecho encajar los diversos peldaños de la humildad y de la observancia para subir por ellos.
Es nuestra vida concreta, aquí en la tierra, nuestra vida cotidiana, donde se decide si  llegamos o no a Dios. Los largueros son el cuerpo y el alma, porque en la vida espiritual, el cuerpo es tan importante  como el alma. Con cuerpo y alma debemos ponernos en camino hacia Dios.
 La espiritualidad no acontece solo en el espíritu, sino también en el cuerpo. Si el cuerpo no resulta trasformado, tampoco el espíritu encontrará realmente a Dios.
El cuerpo y el alma interactúan recíprocamente. Dios ha insertado  en el cuerpo y en el alma los doce peldaños de la humildad y la disciplina. La humildad es más bien  la actitud interior. La disciplina  designa el ejercicio concreto.
La  palabra disciplina proviene del latín dis-cipere, con el significado de tomar entre las manos, desmembrar. Disciplina significa que tomo mi vida en mis propias manos.
La  vida espiritual es también un hacer, un luchar, siguiendo un método muy determinado. Los primitivos monjes decían: “Quien lucha sin método, lucha en vano”. En la vida espiritual significa que asumo la responsabilidad por  mi propia vida. No basta  con lamentarse por las heridas que hay en la propia historia. Puedo dar forma a mi vida, cogerla en mis manos, plasmarla de tal forma  que corresponda a la imagen auténtica que Dios tiene de mí.
Con sus ideas sobre la humildad, S. Benito se encuentra en la tradición de los Padres de la Iglesia y del monacato primitivo.
Para Basilio humildad consiste en la consigna”conócete a ti mismo.” Para Orígenes la humildad es la virtud sin más que incluye  la todas las otras virtudes. Un precioso don de Cristo a la humanidad, la verdadera fuente  de fuerza de los cristianos. La única  que nos hace capaces de alcanzar la verdadera contemplación.
Gregorio  de Nisa considera que el hombre sólo puede imitar a Dios en la humildad, por  ello la humildad es para el hombre el camino de la asemejación de Dios.
S. Juan Crisóstomo ve la humildad en unión con la dignidad del hombre y advierte contra un erróneo rebajarse a sí mismo.
S. Agustín  es el que ha desarrollado más extensamente la doctrina de la humildad. Es por una parte conocimiento de uno mismo y por otra imitación de la humildad de Cristo, de su vaciamiento en la muerte, que obra  para nosotros la redención.
La humildad de Cristo es en primer término una obra salvifica de Dios. Por ello no es la humildad  en primer término una virtud, sino la actitud religiosa que pone al hombre en relación  con Cristo. S. Agustín llega incluso a decir que el pecado unido a la humildad es mejor  que la virtud sin humildad, porque la humildad me abre a Dios, mientras que la virtud  del soberbio cierra ante Dios.

 

279.-Sentido de la humildad.

Al leer el cap. VII sobre la humildad hay que tener en cuenta la tradición de los Padres de la Iglesia. La interpretación de los Padres sobre la humildad nos preserva  de ver  la humildad como una degradación del hombre  que lo hace pequeño y despreciable. Al mismo tiempo, teniendo en cuenta sus enseñanzas  se impedirá  que la clasifiquemos como una virtud ética.  La humildad es esencialmente para la Iglesia antigua,  una actitud religiosa, en la que el cristiano imita a Cristo y se hace así semejante a Cristo.
A la vez  la humildad es considerada como el requisito  de la contemplación.
S. Benito  ve el ejercicio de la humildad como una “imitatio Christi”, una imitación de Cristo, como un crecer en progresiva unión y  semejanza con Cristo. Al mismo tiempo ve la humildad como ejercitación del amor perfecto, por el que se llega a la unión con Dios en la contemplación.
Este amor prefecto se caracteriza por el amor a Cristo, por el gozo en la práctica de las virtudes:”delectatio virtutum”, entendiéndose  aquí no en un sentido  moral, sino como una fuerza que tiene el hombre pero regalada por Dios. Y como consecuencia, la humildad lleva al hombre al gozo de su vida configurada por el espíritu de Dios.
La meta  del camino de la humildad no es por tanto la “humiliatio”, la humillación del hombre, sino la exaltación. Su trasformación por el espíritu de Dios que le impregna totalmente, y le permite gozar de esta nueva calidad en su vida.
En ningún  otro capitulo de la RB se cita tantas veces  la Escritura como en este sobre la humildad. Comienza su enseñanza espiritual, que ha de llevar al amor, a través de la humildad, con las palabras de Jesús; “La Sda. Escritura, hermanos, nos dice a gritos: todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado.”(7,1)
Por consiguiente la intención de Benito en este capitulo es cumplir la palabra de Jesús y crecer  en su semejanza.
 No hay que ver en este capítulo el discurso de la humillación de sí mismo en sentido moralizante, como si debiéramos achicarnos y pensar en pequeño sobre nosotros. Hay que entenderlo más bien es sentido psicológico. El que se identifica con grandes ideales, se verá inevitablemente confrontado con sus lados oscuros. Se verá  obligado a encarar su humanidad, su “humus” y con frecuencia caerá de bruces porque se ha encaramado muy arriba. Pero el que desciende  a su propia realidad a los abismos de su inconsciente, a la oscuridad de sus sombras, a la impotencia de su propia expiación, el que toma contacto con su humanidad y su condición terrena, asciende hacia Dios.
Ascender  a Dios es la meta de todo camino espiritual. La paradoja de una espiritualidad que parte de abajo, tal como lo describe RB en este capítulo, consiste en que  ascendemos hacia Dios precisamente a través del descenso a nuestra realidad humana.
El fariseo que deposita toda su confianza en sí mismo, en sus logros morales, desprecia a los hombres que no pueden alcanzar tan altos logros. Se coloca por encima de ellos, y como consecuencia será humillado por Dios, confrontado por Dios por sus lados sombríos.
El publicando que deposita toda su confianza en Dios, pues se reconoce a sí mismo en su  humildad, se entrega a la misericordia de Dios y por ello será erguido y exaltado por Dios.
De este modo en este capitulo quiere S. Benito introducirnos en la esencia del mensaje de Jesús, desenmascara la hinchazón de los fariseos  y promete a los publícanos y pecadores la misericordia y salvación de Dios.
Por la humildad el hombre asciende a la contemplación, a la visión de Dios. Desde Clemente de Alejandría, el ascenso ha gozado de gran aprecio. Para Clemente, el hombre se encuentra de camino hacia Dios, ya que asciende por este camino  al conocimiento de Dios.
Orígenes describe el ascenso del alma hacia Dios con la imagen  de la peregrinación del pueblo de Israel por el desierto.
S. Gregorio de Nisa interpreta nuestro ascenso como una escalera que lleva de un anhelo a otro cada vez más profundo.
En la RB el ascenso pasa por el descenso. Debe descender a su propia realidad, a las condiciones terrenas, para poder ascender hacia Dios. En la medida  que se desciende, se abre el cielo  y la cercanía de Dios se hace manifiesta  por la presencia de los ángeles.

 

280.-La escala de la humildad.

S. Benito, para describir el camino del monje hacia la caridad perfecta, emplea la imagen de la escala de Jacob, considerada ya antes de s. Benito   como modo de significar el ascenso del monje a Dios.
También  posterior a S. Benito, esta imagen ha gozado de gran aprecio en  la literatura espiritual. Así Juan Clímaco en la “Escala al Paraíso”, S. Buenaventura, Sta. Teresa de Jesús.
S. Agustín  designa al mismo Cristo como nuestra escala:”scala nostra”.Cristo ha descendido hasta nosotros  a fin deque a través suyo, nosotros podamos ascender hacia Dios.
Los santos Padres interpretan  alegóricamente los largueros, como los dos Testamentos de la Escritura, o también como el doble mandamiento del amor a Dios y amor al prójimo. La meta del ascenso es la unión con Dios, por consiguiente  los doce grados de la humildad no deben entenderse en primer lugar  como camino ascético, sino como camino místico, como camino de contemplación, como camino hacia la experiencia de Dios que quiere regalársenos. Dios ha colocado una escala entre El y el hombre. Esta escala nos une a Él, que hace que nuestra vida se eleve hacia el cielo.
Dios ha insertado en los largueros del cuerpo y del alma  los doce peldaños de la humildad, por los que llegamos a la contemplación, por los que recorremos nuestro camino de maduración interior y por los que podemos llegar a ser  uno con Dios.
Con sus doce peldaños, Benito sigue  a  Casiano. Pero para Casiano la humildad es uno de los siete peldaños que llevan al temor del Señor a través de la contrición, hasta llegar finalmente a la unidad  de corazón, al amor.
Casiano habla de diez indicios en los que se reconoce la humildad. Benito toma siete de estos diez signos, pero  los trasforma en grados o peldaños. En consecuencia, para Benito, el camino de la humildad es un proceso interior, que lleva a la plenitud.
Benito agrega a los diez indicios de Casiano dos  grados más. Toma como primer grado el temor del Señor, que en Casiano es la base de la humildad, y agrega como último grado  la transformación del cuerpo.
En todo el cuerpo se hace visible que el monje está relacionado con Dios.
En la teoría de los símbolos, el diez ha sido siempre imagen de la totalidad. Las diez dracmas simbolizan al hombre entero. El doce es también  imagen de totalidad, pero incluye ya siempre a la comunidad. Doce son las tribus  de Israel. Doce los apóstoles como fundamento de la Iglesia.
De este  modo, Benito completa la comprensión que tiene Casiano de la humildad. A Benito no le importa sólo que el individuo llegue a ser él mismo, sino su capacidad de relacionarse y poder así hacer posible una auténtica comunidad. La humildad es el requisito para una convivencia lograda. 
La meta del camino gradual de la humildad es para Benito, el perfecto amor de Dios, la “caritas perfecta” que incluye el amor a Dios en la contemplación, y el amor a los hermanos.
Tiene que quedar claro que los doce grados de humildad nos llevan a la madurez humana, a la comunidad con nuestros hermanos, y hacia Dios, con quien nos llegamos a ser uno en la contemplación.

 

281.-Sentido de la humildad.

Según los comentaristas, encontramos en este capítulo 7 lo que podemos llamar el meollo de la doctrina de la regla de S. Benito. El núcleo más doctrinal más representativo de la espiritualidad  de S. Benito.
Para A. L’Huiller le llama  “el capítulo de la teoría”, en el sentido antiguo del vocablo, que designa la contemplación.
En los comentaristas de la RB se advierte cierta perplejidad al abordar este tratado, que la RB llama de la humildad, pero que además  de la humildad se tocan temas tan dispares como el temor de Dios, la paciencia, el silencio, la obediencia, la  gravedad, la imitación de Cristo.
Cada comentarista pretende explicarlo a su modo, así Delatte dice que S. Benito entiende la  humildad como una virtud general, madre y maestra de todas las virtudes, como la  actitud que habitualmente adopta nuestra alma delante Dios, delante de de sí mismo y delante de los demás.
Ryeland  advierte como la RB no trata la humildad como una virtud en el sentido escolástico, sino como una actitud del alma, una disposición interior profunda y compleja, gracia a la cual el  hombre se somete a Dios y al orden de las cosas establecidas por El. Por ello, según este autor, la humildad podía definirse  en la RB como la  actitud habitual del hombre, que acordándose  de Dios, se somete a El y a todo el orden divino con esperanza.
 A de Louf  dice que no es simplemente una etapa de la vida espiritual, sino  que engloba toda la experiencia, tiene a convertirse en experiencia cristiana y monástica fundamental. Basta  leer con atención la RB para convencerse de que la humildad es un concepto extraordinariamete amplio.
Es importante insistir en ello, ya que la teología reciente, siguiendo a la escolástica, había reducido mucho el concepto de humildad,  queriéndolo hacer entrar en el concepto aristotélico de las virtudes.
Colombás resume estos criterios y definiciones diciendo que “la RB designa con el vocablo “humilitas” una realidad espiritual muy distinta de la que se entiende comúnmente entre moralistas y tratadistas ascético-místicos de occidente, porque a pesar de todos los estudios de la teología positiva,  no acabamos de desprendernos  de este concepto estrecho y nada conforme con la tradición bíblica y patriótica, que ve la humildad como  una virtud del apetito irascible, que refrena los deseos de la propia grandeza, haciéndonos conocer nuestra pequeñez ante Dios. Así Sto. Tomás en su propósito de mantenerse fiel al pensamiento helénico,  quiere hacer entrar el concepto de esta virtud específicamente cristiana  en el marco de la antigua clasificación de los hábitos morales, considerándola solamente como remedio a los apetitos del orgullo, como una subdivisión de la modestia, la cual a su vez es parte de la virtud de la templanza.
Mientras no  logremos desprendernos de estos esquemas, no podremos entender el itinerario espiritual que contiene el cap. VII de la RB. Por el contrario la escala de S. Benito abarca la trayectoria  completa de la vida humana.
Hay que resaltar el dinamismo interno de la exposición doctrinal de la RB, en función de su objetivo final: la caridad perfecta  que ahuyenta  el temor. Y también conviene tener presente que el nervio central  de todo el capitulo es la referencia a Jesucristo.
Podemos fijarnos como S. Benito ha escogido los textos cristológicos más característicos sobre  en anonadamiento y exaltación de Jesús. Sin esta referencia tendríamos una doctrina muy exigente, pero falta de vitalidad. Pero por el contrario, desde la actitud fundamental de la configuración con Cristo, todo lo que dice S. Benito tiene una gran fuerza. Encontramos aquí  una síntesis de toda la mística cristiana, y no reservada a unos pocos perfectos.
 

282.-La humildad. Etimología

El vocablo latino “humilitas” usado por la RB, es derivado de humilis, y  es la traducción del griego de tapeinos, que significa, bajo, pequeño, servil, despreciable. Igual que homo y humanos proceden  de humus, que significa perteneciente a  la tierra, formado del polvo de la tierra, cercano a la tierra.
En el latín clásico, en sentido figurado y hablando de personas, es sinónimo de ignobílitas, infirmitas, sirven para designar oscuridad de cuna, baja condición social, endeble en medios económicos, insignificancia de su carácter. Indica un estad bajo, servil, despreciable, falto de gloria.
En la literatura profana, griega y romana  las formaciones del grupo verbal  tapeinos o humilis, designaban por lo general un espíritu rastrero, sentimientos serviles, contrario a  la magnanimidad, a la nobleza, al sentimiento del propio valer.
Entre los filósofos paganos nunca fue ni virtud, ni ideal. Humilitas no se convierte en un vocablo de significación positiva  como expresión de un ideal moral y religioso,  de una virtud estimable y estimada más que en el léxico de los autores cristianos. Cierto que entre ellos sigue teniendo el significado de pequeñez y bajeza, desgracia, oprobio. Pero también  una disposición de espíritu diametralmente opuesta  a toda clase  de orgullo, de presunción, de vanidad, que impregna toda la vida del auténtico seguidor de Cristo.
La humildad en el AT.  Jesús en persona fue quien  promulgo el ideal de  la humildad en el sermón de la montaña. Pero  la doctrina que predicaba no era enteramente nueva, sino que se estaba  elaborando en Israel desde hacia muchos siglos. Jesús se dirigía a hombres que podían entenderlo, preparados por una la tradición.
Antes de convertirse  en un ideal moral, en virtud,  la humildad y la pobreza, que siempre suelen ir juntas, empezaron a ser una realidad social.
La Biblia hebrea  se sirve de varios términos para significar la humildad. Entre ellos  el más corriente es el anawuain. Los setenta lo traducen por tapeinos, que será el que empleará el NT. Solo por el contexto  se podrá saber de que clase de humildad se trata. Los libros  anteriores al exilio la presentan generalmente como un estado de miseria, de abatimiento. Los pobres, los débiles, los pequeños, los humildes gozan del favor de Dios. Su misma necesidad les abre el corazón a la esperanza en la ayuda divina. Dios ensalza a los pequeños y abete a los soberbios. El que  desea que Dios le ayude, se humilla  a sí mismo, ayuna, se rasga los vestidos, a fin de que Dios tenga compasión de su miseria.
Las leyes promulgadas por Yahvé  protegen a los pobres y humildes. Los profetas los defienden, los salmos los ensalzan. Son los únicos israelitas que permanecen fieles a Dios.
En los textos del exilio y posteriores va adquiriendo importancia el aspecto interno y espiritual de la humildad. Los profetas y maestros de la sabiduría predican la humildad. El Altísimo habita en el que es humilde de espíritu y tiene el corazón contrito (s. 57,15;66,2)
En Eclesiástico, adquiere la humildad categoría de  ideal moral, accesible a todos los israelitas. Sigue muy ligada a la pobreza. Los humildes son por excelencia los anawuin, los pobres de Yavhe que los traductores griegos no lo traducen por mendigo ni por pobre menesteroso, sino por prasus,  que evoca a una persona mansa y sosegada, aun en la prueba. Por eso a veces se traducen el anawuin por humildes.

 

283.- La humildad en el NT.

Destacan los “anavin” como un pueblo purificado, con virtudes apropiadas a su estado de vida: obediencia, resignación, prontitud  para el sufrimiento, temor de Dios, esperanza, piedad y humildad.
El evangelio de la infancia está poblado de  anavin.  La espiritualidad de esta gente sencilla, humilde y religiosa, alcanza su cima  más alta en María. Proclama con gran sinceridad las maravillas obradas por Dios,  porque se fijó en su humilde esclava.
En el NT, la Palabra de Dios se hace carne para  conducir  al hombre a la cima de la humildad, que consiste en servir a Dios en los hombres, en humillarse por amor, para  glorificar a Dios, salvando a los hombres.
Jesús  se presenta como el Mesías de los pobres, de los humildes, de los anavin. De los que no solo están despegados de las riquezas terrenas, sino también y sobre todo sienten en lo hondo de su espíritu la propia miseria moral, la necesidad de Dios, el deseo de Dios.
La idea de humildad en la doctrina de Jesús tiene dos vertientes: pobreza ante Dios, mansedumbre  hacia los hombres. Pero esta mansedumbre en relación con los hermanos, procede de  la pobreza profundamente sentida respecto a Dios.
Jesús mismo se cuenta entre los anavim, se ofrece como modelo diciendo ser manso y humilde de corazón y pide que aprendamos de él.
Cristo, según S. Agustín fue el maestro de la humildad con su palabra y su ejemplo. Así lo entendieron tanto sus discípulos como la Iglesia primitiva.
S. Pablo, exhortando a los filipenses a abrazarse con la humildad, les brinda  como un modelo heroico y sublime la kénosis voluntaria de Cristo,  que no se aferro a su categoría de Dios, al contrario se anonadó, se vació, en cierto modo de sí mismo, hasta el punto de tomar la condición de esclavo, haciéndose un hombre como otro cualquiera. S. Pablo hace hincapié  no en el hecho de la Encarnación, sino en el modo  en el que esta se  realizó.
Este texto paulino es de una trascendencia incalculable. Deseando promover la concordia entre los filipenses, Pablo los invita no a considerar tal o cual ejemplo de  la vida de Jesús, sino a reflexionar sobre  la disposición más  profunda y radical de su existencia desde la encarnación hasta el calvario, para que se la apropiasen: Tened la misma actitud de Cristo Jesús.
De aquí que la humildad no es solo una virtud típicamente cristiana, sino que la humildad es seguir, imitar a Cristo, aprender del Maestro que es manso y humilde de corazón. Es tener sus mismos sentimientos, adoptar la misma actitud que el mantuvo durante toda su vida mortal. Humildad e imitación de Cristo se convierten en sinónimos.
Ser humilde en el sentido propio y cristiano de la palabra consiste en seguir a Cristo humilde e identificarse con Cristo humilde. Hasta tal  punto de que seamos capaces de imitarle en su kénesis.
La humildad en  los Padres.- Con los textos de la época patriótica  se puede formar un hermoso y denso florilegio sobre la humildad, ya en sentido general, bien relacionado con el ejemplo de Cristo.
Para S. Atanasio, la humildad es una virtud interior cuyo modelo es Cristo. Para Basilio  es servicio del prójimo. Para Juan Crisóstomo, madre y guía. Para Jerónimo, guardián de todas las virtudes.
S. Agustín llama a Cristo Magíster humilitatis, Doctor humilitatis. Cristo no solo aportó a los hombres la fuerza de practicarla, sino que  le trajo el mismo concepto. Los filósofos la ignoraron.
 La humildad no es otra cosa que la  trayectoria del Verbo hecho carne, el camino que  vino a enseñarnos con su doctrina y ejemplos.
Humildad es reconocimiento de la propia realidad humana y propósito de realizar plenamente la voluntad de Dios. Tiene numerosos textos  con expresiones conmovedoras.
Seguir a Cristo, imitar a Cristo es ante todo imitar su humildad, conservar la misma actitud de Cristo desde la Encarnación hasta la cruz,  respecto a Dios y a los hombres.

 

284.-La humildad en el monacato benedictino.
 La divina Escritura, hermanos, nos dice a gritos: Todo el que se ensalza, será humillado, y el que  se humilla, será ensalzado. Con estas palabras nos muestra que toda exaltación de sí mismo, es una forma de soberbia. (7,1-2)

La verdadera humildad en la corriente monástica primitiva, se define como el espíritu que anima la vida “practica”  entera (contemplativa), toda la “disciplina” (observancias monásticas), todos los ejercicios que le conducen a la perfección de la caridad. Pero sobre todo, no hay que  olvidar que la tradición monástica, la humildad del  monje se identifica con   Cristo. En realidad este es el meollo,  la trascendencia incalculable de la ·humilitas”, tal como se entendía después de un largo proceso semántico.
Cuando S. Benito escribe la regla, la humildad signficaba la respuesta del hombre  a la actitud  íntima y profunda de Dios. Era la imitación de Cristo. De aquí que se hubiese convertido en virtud fundamental del monje.  Y de aquí también que se tradujera principalmente en obediencia. La humildad de Cristo se expresó en una obediencia extrema  a la voluntad de su Padre hasta abrazarse  con su muerte y una muerte de Cruz.
La RB pone como piedra  fundamental del  tratado de la humildad, la máxima del Señor: “Todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado” (Luc, 14,11)
Cada una de las palabras de Cristo, tienen  un valor inmenso para los cristianos,  Pero estas resuenan al principio de este capítulo con una intensidad particular.
La Escritura nos grita fuertemente. S. Benito nos hace presente esta sentencia y todo el capítulo será una parénesis, una exhortación del Maestro y del Padre. Aparece muy bien colocado al principio del prólogo, y habla con  particular convicción a sus hermanos monjes.
Esta sentencia salida de los labios del Señor, tiene consecuencias amplísimas, y su consecuencia suprema se encuentran en la misma pasión y resurrección de Cristo.
Aquí marca la idea fundamental de que se sube  al cielo por la humildad, por lo que es muy posible que esto le sugiera la idea de la escala. Resulta evidente que este texto  fue escogido para  introducir el camino de la humildad a menos que fuera escogido para justificar la figura alegórica  ya adoptada de antemano, tal vez inspirada en Casiano. De todos modos resulta evidente que este texto resulta muy  apropósito para introducir el capitulo de la humildad.
Sea de esto lo que sea, lo cierto es que los indicios de Casiano, él no habla de grados, se convertirán en grados o peldaños  para la ascensión del alma hasta las alturas del  amor perfecto.
Paradójicamente nos presenta una escalera en la que se sube en la medida en que se va bajando.
Es evidente que para Benito no se trata de la adquisición de unas virtudes como fruto  del esfuerzo puramente humano.  Los grados de la humildad los hemos de entender como una obra de Dios, como una pedagogía divina que poco a poco, como al pueblo de Israel en el desierto, nos despoja de nuestras seguridades y nos enseña a confiar en él para podernos llenar de los bienes de la Tierra Prometida.
El orgullo se eleva sobre el vació, ya que toda criatura es vació y nada. No teniendo base alguna para apoyarse, es de absoluta necesidad  que se caiga.
El orgulloso es  rechazado por Dios. Dios resiste a los soberbios. El orgulloso, mientras lo sea, será rechazado por Dios. No podrá elevarse a la santidad. Cuanto más llenos estemos de nosotros mismos, más lejos estaremos de las virtudes. Así como la humildad es el nivel de la perfección de un monje, así el orgullo es la señal de su alejamiento de Dios.

 

 

285.-Peligro del orgullo.
 El profeta nos indica que él la evitaba cuando dice: Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros, no pretendo grandezas que superan mi capacidad. Pero ¿qué pasa si no he sentido humildemente de mi mismo? Si se ha ensoberbecido mi alma,  tratarás a mi alma como al niño recién destetado que está penando en los brazos de su madre. (7,3-4)

El Profeta  indica que evita todo género de soberbia, la de los ojos, la exterior; la del corazón,  al interior. Porque de lo contrario se pierde la inocencia  del niño y se sufre la pena del recién destetado  en brazos de su madre.
La comparación es del salmo, pero ¡qué carga de ternura  no se adivina en esta cita!. El soberbio, el que cree no necesitar de la fuerza que le viene de Dios, se merece que Dios se comporte  con él como la madre que desteta  al hijo, privándole de la sustancia que hasta entonces  ha alimentado su vida.
El humilde en cambio  goza y se nutre del alimento espiritual que brota del mismo corazón  de Dios.
Nos  avisa S. Benito que debemos desconfiar  y estar atentos para no dejarnos llevar  del orgullo. El orgullo es nuestro mortal enemigo y el gran obstáculo que nos separa de Dios. Este vicio se desliza por todas partes, aún en nuestras mejores acciones. ¿No recordáis las durísimas palabra del actual Papa en el vía crucis del Viernes Santo  en Roma, antes de ser elegido papa?
Este vicio se desliza por todas partes, aún en nuestras mejores acciones, en nuestros ejercicios de piedad, puede encontrarse hasta en la aceptación y búsqueda  de las humillaciones. Se apodera no solamente  de los indiferentes y principiantes, sino que acecha a los mismos santos impulsándoles a apropiarse del bien que  Dios obra en ellos y por ellos.
                 Para entrar en nosotros encuentra una puerta en todos nuestros sentidos y facultades, en todos nuestros actos. No cesará de combatirnos durante toda nuestra vida, y sólo la muerte o una gracia espiritual muy grande equivalente a la muerte del yo, será capaz de hacerlo desaparecer. Por ello tenemos que estar en guardia contra él.
Sin vigilancia continua y activa, ayudada de una oración perseverante, no se tarda en ser víctimas del amor propio.
Faltas de caridad y comprensión con los hermanos, no sólo son  una falta de caridad, sino que están indicando un espíritu lleno de orgullo, ya que se permite juzgar como si tuviese suficientes elementos de juicio y autoridad para hacerlo. Murmuración y crítica no son sólo la falta de confianza en la providencia, sino que están indicando que tal persona se cree  más competente. Su orgullo no le permite ver el mal que está haciendo a la vida comunitaria. Si S. Benito es duro contra esta manifestación de orgullo que supone la murmuración, no lo es menos almas que han recibido especiales luces interiores, como una Sta.  Teresa de Jesús que manda desterrar a un lejano monasterio a la monja que tuviese este mal, y si esto no fuese  posible, que viva encerrada sin ningún contacto con las otras hermanas.
  

286.-Bienes del humilde.

 Pero ¿que pasa  si no he sentido humildemente de mí mismo? Si se ha ensoberbecido  mi alma, la tratarás como al niño  recién destetado que está penando en los brazos de su madre. (7,4)
Con esta imagen S. Benito siguiendo el salmo, ofrece una imagen  fiel de la conducta  de Dios respecto a  las almas. A las humildes está sobre el seno de Dios y  disfrutan de los consuelos de su ternura incluso en medio de dificultades y persecuciones. Encuentran en Dios cuanto necesitan, alimento, luces, fuerza, vida divina. Ante todo experimentan  el consuelo del perdón de sus pecados porque Dios no rechaza a un corazón contrito y humillado.
Crecen  las virtudes, ya que con la gracia  se fortifican cada día, reciben la gracia con la abundancia que la necesitan, porque Dios no puede rehusar nada a los humildes. Por el contrario dice, “dilata os tuum et implebum illum”.
El orgulloso por el contrario es rechazado del seno de Dios, no recibe el perdón de sus faltas porque no tiene compunción. Mientras no se humille, no puede esperar misericordia. No recibirá la virtud a la que pone obstáculo por su orgullo. Mientras no consienta en  humillarse no hará progreso alguno y quizás no se verá  mucho tiempo libre de la muerte del pecado. Dios resiste su oración mientras sea orgulloso. Permanecerá como un niño rechazado del seno de su madre.
El que se  deja llevar del orgullo, también es privado de los consuelos de Dios. El niño de pecho, junto con el alimento, recibe las caricias de su madre. Así el  humilde recibe las caricias divinas. Con tanta mayor abundancia cuanto mayor esta lejos del orgullo. Así el Señor lo ha prometido: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y hallareis el reposo de vuestra alma, podréis comprobar cuan suave es mi yugo y ligera mi carga”. Estos consuelos que promete Jesús, son desconocidos por el que se deja dominar por el orgullo. Los consuelos que recibe no vienen de Dios, sino que son dulzuras emponzoñadas que bien pronto le dejan lleno de amargura. Si pretende tener luces extraordinarias, sentimientos de amor de Dios, no es de creer, ya que la humildad es el sello absolutamente invariable de los favores divinos. Todo místico que no sea profundamente humilde es un iluso. Dios no quiere conceder a los orgullosos favores y gracias especiales. Es más, el orgulloso pierde el gusto por las cosas de Dios.
Para destetar al niño la madre pone una sustancia amarga en su seno. Así hace Dios con el alma orgullos. Lleva una vida muy amarga, pues los hombres la desprecian y Dios no le da sus consuelos, es más derrama hiel sobre sus ejercicios espirituales. Para el orgulloso, la oración, la salmodia, la lectio divina, la misma eucaristía, están rodeadas de tantas espinas que es un suplicio acudir a estos ejercicios. Y quiera Dios no llegue a abandonarlos. ¿Tenemos el gusto de las cosas de Dios?

 

287.-Humildad, camino de santidad.

Por tanto, hermanos, si es que deseamos ascender velozmente a la cumbre de la más alta humildad, si queremos llegar a la exaltación celestial a la  que se sube a través de la humildad en la vida presente. (7,5)

De la consideración de las palabras de Jesús citadas en  párrafos anteriores se impone una conclusión. Pregunta S. Benito si realmente queremos llegara la cumbre. Es una pregunta para constatar la sinceridad de los deseos del monje.
El monje, al entrar en el monasterio ha dejado muchas cosas buenas y santas en la vida secular, para entrar por el camino de la vida monástica. ¿Se quedará a medio camino sin legar a las cumbres de la caridad por la renuncia que exige?
Viene a decir que si no queremos quedar defraudados nosotros mismos, y defraudar a la Iglesia, no hay otro medio que emprender con resolución el camino de la humildad.
Es preciso recordar lo dije en días anteriores, que tanto Benito como los Padres antiguos, por humildad no están hablando de la virtud  de la humildad tal como la entiende la escolástica y que explicará posteriormente por Sto. Tomás. Por humildad se entiende el conjunto de actitudes internas,  que permite  que arraiguen el  corazón las virtudes. Para  S. Agustín es el conocimiento propio y  deseo de vaciarse a imitación de Cristo, seguirle en esta actitud.
La regla más cierta de toda perfección, dice S. Juan Crisóstomo, es esta: ser humilde. El que es humilde ha llegado de hecho  a la cumbre de la perfección.  Y esto es debido a que por esta actitud interna el hombre se somete a Dios. 
La humildad entendida de este modo, es según Casiano, la fuente y fundamento sólido de todas las virtudes. Es la raíz o la base de la caridad. Es  la que favorece el desarrollo de la caridad, destruyendo el obstáculo   que impiden su crecimiento: nuestro amor propio.
“No toméis otro camino, dice S. Agustín, para llegar a la verdad. El camino es en primer lugar la humildad, es segundo lugar, la humildad y siempre la humildad. Y cuantas veces  me preguntéis, siempre os responderé que es la humildad. El conocimiento propio y deseo de a imitación de Cristo de vaciarse de si mismo, para solo tener la voluntad de Dios”.
S. Bernardo dice que es la humildad el fundamento sólido sobre el cual la virtud es inquebrantable. El edificio espiritual no se arruina, mientras  no se quebrante la humildad. Es la que repara nuestras faltas, sólo ella sabe curar nuestras faltas, sólo ella cura las llagas que recibe la caridad.
En la Vita Antonii escrita por S. Atanasio cuenta como un día vio Antonio el mundo lleno de lazos, y esclamó, ¿Quién podrá escapar de tantos peligros? Y oyó una voz que respondía, solo la humildad.
“Es el remedio que cura todas nuestras enfermedades, desgaja todo lo que es superfluo, anima todo lo desecado, corrige todo lo que es depravado”, dice tamben S. Agustín.
En fin, es a través de la humildad el modo de guardar todos los méritos. Por eso también dice S. Agustín: “si la  humildad no precede, acompaña y sigue  a todo el bien que hacemos, todas las resoluciones que tomamos y todos los deberes que cumplimos, todo se ha perdido”.
De aquí   que S. Benito al comienzo de este importante capítulo nos diga  si realmente queremos subir a la cima de la caridad tenemos que tomar este camino de la humildad. Si queremos llegar “velozmente” “rápidamente”.
S. Buenaventura  también dice que la escala más corta para elevarse a la verdadera devoción, es la  escala de la humildad, el estudio más abreviado de la perfección, el camino más directo para llegar a la salvación. Es la base detonas las virtudes.
“Nos conduce rápidamente porque se nutre de todo y hace armas de todo. Lo que parece un obstáculo a las otras virtudes, para ella es un medio. Las humillaciones, las contracciones la fortifican, la vista de su tibieza la inflama, su pobreza la enriquece, la tristeza se convierte en alegría, la muerte  se convierte en vida”. (Hugo de San Caro.)

 

288.-La escala.
 Hemos de levantar con los escalones de nuestras obras aquella misma escala que se le apareció en sueños a Jacob  sobre la cual contempló a los ángeles que bajaban y subían (7,6)

Para subir necesitamos una escala. En Gen 28, 12-13 aparece  una escala que  ponía en comunicación el cielo con la tierra. Es la que hace referencia este 6 párrafo.
Casiano habla de indicios de humildad, se puede decir  que existe de verdad  por tales o cuales aspectos externos que la manifiestan. Pero él mismo sugiere la figura alegórica de una escala de  la humildad, cuando tratando del camino de la subida a la perfección habla de grados y de orden. O cuando  anuncia el paso de la humildad  a la caridad perfecta se  sirve de la expresión “grado más excelente”.
En otros pasajes de las instituciones da  a los indicios de la soberbia carnal, inversa de los indicios de la humildad, el nombre de grados descendentes.  Por esto, puede ser que el mismo Casiano fuese el que sugirió a Benito el símbolo de la escala.
 Pero  de todos modos esta alegoría es antiquísima, muy anterior incluso  al cristianismo y se usaba tanto para describir  la graduación de las criaturas, como la ascensión del alma hacia Dios y el progreso de la vida espiritual.
La escala de Jacob ha sido interpretada según los diversos sentidos que los antiguos discernían en la Escritura: sentido literal, alegórico, simbólico, tropológico y analógico.
Constituye un tema espiritual corriente en la literatura patrística y monástica.
Filón y Orígenes entendían de modo literal esta escala era por donde las almas de los hombres subían y bajaban al cuerpo. Admitían que las almas existían antes de unirse al cuerpo y que por la penitencia volvían purificadas al cielo.
Para Teodoreto y otros  la escala era en primer lugar símbolo de la providencia y gobierno divino. Los ángeles que subían y bajaban era los ministros de la providencia de Dios y cada uno tenía su misión. Dios gobernaba a los hombres a través de  ellos. Los lados de esta escala son la fortaleza y la suavidad con las que gobierna Dios el mundo.
Para Diodoro  Tartensis, los Ángeles que descendían   significaban la feliz estancia de Jacob en Mesopotamia y los que ascendían su feliz regreso  a Palestina. Así Dios quiso con esta visión consolar y animar a Jacob, que huía como peregrino.
La  explicación moral es que Dios tiene especial predilección por Jacob como si él fuese único en el  mundo. No se negaba por ello   la providencia sobre las oras criaturas.
En cuanto al  significado alegórico, Eustaquio  dice que la escala es la Cruz de Cristo, lo mismo que S. Agustín  que afirma  que la escala es Cristo pendiente de la cruz, donde tomó a la Iglesia por esposa. Cierto que la cruz es el camino por el que Cristo y todos los cristianos  llegan al cielo. Y alabando la fortaleza de Perpetua y Felícitas,  dice que subieron a Dios por la escala de oro  que S. Perpetua  vio cuando estaba cautiva en la cárcel y por la que se subía de la tierra al cielo. En sus escalones había muchas espadas afiladísimas para que nadie subiese por ella sin graves lesiones. Abaja había un horrible dragón queriendo impedir que subiese. Y vio a uno de sus compañeros de martirio, que con gran ánimo ascendía por esta escala y exhortaba a los demás a seguirle con valentía, si miedo al dragón  que se lo quería impedir.
Teodoro y Ruperto afirman que el Espíritu Santo, está representando por esta escalera la encarnación del Verbo, que descendió a través de muchas generaciones, y al fin de ellas estaba José y la virgen María. Los lados de esta escala son la misericordia y la verdad, o sea la fidelidad de Dios a sus promesas mesiánicas. Ambas propiciaron que el Verbo descendiese hasta nosotros y tomase nuestra carne. Por eso Jesús dijo, nadie asciende al Cielo, sino aquel que descendió del Cielo. El es nuestra escala por la que subimos a Dios: nadie llega al Padre si no es por Cristo.
En sentido tropológico, S. Bernardo dice que la escala es la disciplina religiosa o la regla de la Orden,  sus lados son  la mente humilde y la vida austera. Los grados son la austeridad de la disciplina que conduce al cielo.
Analógicamente esta escala representa a los diversos grados de ángeles que hay en el cielo.
Es un texto por lo tanto muy comentado y de diversos modos a través de toda la patrística. Y que S. Benito hace suyo con la finalidad de simbolizar el camino del monje hacia la cumbre de la caridad.

 

289.-La escala, nuestra vida.
 Indudablemente, a nuestro entender no significa  ese bajar y subir, sino que por la  altivez de baja y por la humildad se sube. La escala erigida, representa nuestra vida en este mundo, pues cuando el corazón se abaja, el Señor lo levanta hasta el cielo. (7,7-8)

San Benito quiere recordar a sus hijos la verdad fundamental de que venimos de Dios y vamos hacia Dios. La vida  presente no es la patria, sino un camino hacia ella. No es el fin del hombre, sino el camino que conduce al fin.
Es inútil    que busquemos el reposo en este mundo. Dios nos ha hecho para él y nuestro corazón está in quieto hasta que descanse en él. En Dios encontramos la saciedad de todas nuestras aspiraciones.
Esto lo decimos y lo hemos pensado muchas veces, pero será prudente que veamos si estamos convencido en la práctica diaria de ello.  Veamos cuales son los motivos de nuestras alegrías, de nuestras tristezas para constatarlo. Veremos  si somos en esta vida como unos viajeros que lo que le importa es llegar al término del viaje, sin paradas  innecesarias, llevando sólo el equipaje estrictamente necesario.
En fin, por la presentación de esta escala, S. Benito quiere que constatemos si realmente buscamos a Dios. No tenemos que hacer otra cosa más importante en este mundo.
  Tenemos ciertamente muchos preceptos que observar, múltiples deberes  que cumplir, numerosas virtudes que adquirir. Siguiendo este camino llegaremos  a alcanzar todas estas metas.
La caridad, la esperanza, la fe, la pobreza serán diversas maneras de florecer la humildad. La obediencia, la caridad fraterna son expresión del progreso por esta senda. Lo mismo se puede decir de todas las demás observancias: la mortificación, el Oficio Divino, el silencio, el recogimiento, la oración, el trabajo. Si tenemos verdadero  espíritu monástico nos sentiremos animados por  S. Benito a progresar por este camino.
Dios se encarga de hacernos posible este extraño ascender bajando, no podemos  acercarnos a Dios, si no nos reconocemos impotentes. Sólo Dios puede elevarnos.
Nos eleva ayudándonos a desprendernos más y más de las criaturas y de nosotros mismo. Nos eleva comunicándose con nosotros y haciéndonos participar  de su vida divina.
S. Benito presenta este  camino como un verdadero cimiento, roca firma, sobre la que edificar  toda la vida monástica.
Sta. Teresa del Niño Jesús gráficamente dejó expresada esta verdad en aquel símil de la niña que quiere y no puede subir la escalera  para unirse a su padre, y que después de infructuosos esfuerzos, es elevada por los brazos de su padre.

 

290.- Los dos largueros de esta escala son nuestro cuerpo y nuestra alma (7,9)

Los dos lados o brazos ya vimos como  han sido interpretados de modo variado por los Padre. S. Benito ve en ellos el cuerpo y el alma del monje.
El primero de estos brazos es el alma. Ante todo la humildad está en el corazón. Dios mira  el corazón. Lo demás no es nada a sus ojos. Toda  humillación exterior si no va acompañada de los sentimientos del corazón, no son más que hipocresía.
Es por lo tanto trabajo perdido el querer alcanzar la virtud de la humildad por ejercicios exteriores, sin llegar al cambio del corazón. Es de absoluta necesidad que preceda el trabajo interior  al que acompañará y seguirá el trabajo exterior.
Es necesario que los actos exteriores estén inspirados por los sentimientos interiores, que los animen  y dirijan, haciéndolos meritorios ante Dios. Por esto S. Benito comienza por formar a su discípulo en la humildad del corazón recordándole su nada, sus pecados, los juicios de Dios. A medida que los sentimientos de humildad se desarrollan por la influencia de estos pensamientos de fe, los actos exteriores aparecen como naturalmente  en los grados posteriores.
El segundo brazo de la escala es el cuerpo. Un alma viviente pone en movimiento el cuerpo donde reside. Traduce por los sentidos corporales los sentimientos, deseos, necesidades,  sufrimientos, alegrías, temores. Así  hace la humildad. Si es sincera no puede menos de manifestarse, si es viva no puede quedar ociosa. No se manifiesta sólo por las lágrimas y compunción del corazón, trasciende al exterior, se apodera  de la voluntad a la que subyuga, a la inteligencia a la que somete al juicio de otro, de la lengua a la que reprime. En una palabra todos nuestros movimientos se someten a su dirección.
Una humildad que no llega a expresarse por actos  exteriores, es una  humildad falsa o a lo menos adormecida.
Ambas manifestaciones tienen que marchar a la par. Y mutuamente se fortalecen, marchando a la par la humildad del cuerpo y del alma. Sin el alma, los actos exteriores no tienen valor alguno,  y hasta es fácil que no puedan sostenerse mucho tiempo.
Las humillaciones son duras y abaten pronto al alma que internamente no se humilla. De aquí la explicación de las quejas que a veces so oyen en los monasterios. Si el monje pone en su interior sentimientos de humildad cesarán  las quejas para dar lugar a la alegría. Jesús ha prometido que su yugo es suave y carga ligera. Y sin la práctica externa de la humildad, pronto los sentimientos internos de desvanecen y se caerá en una especie de parálisis. Los sentimientos internos y los externos son inseparables.

 

291.-Los peldaños.

 En los cuales (largueros) la vocación divina  ha hecho encajar  los diversos peldaños de la humildad  y de la observancia  para subir por ellos. (7,9b)

San Benito tan prudente en todas sus disposiciones, se da cuenta que  el monje no puede subir de un golpe a la cima de la virtud por el hecho de haber ingresado en el monasterio. Las virtudes se adquieren gradualmente. Es preciso subir paso a paso y por grados.
Es necesario además que estos grados sean apropiados  a  la vida y circunstancias que le rodean. Los actos de virtud de un monje no son los de un cristiano en el siglo, ni tampoco los de un religioso de vida apostólica. Y también los grados tienen que responder a las necesidades del momento.
Donde el enemigo nos ataca más, donde tenemos mayores dificultades es donde hemos de  dirigir la vigilancia.
Es preciso también que los grados que hemos de subir sean proporcionados a las fuerzas de cada uno. Se puede sucumbir agobiado si nos proponemos un trabajo superior a nuestra capacidad. Se pueden tener grandes deseos de llegar a no negar nada de cuanto el Señor pida, y hemos de poner en ello toda nuestra buena voluntad, pero hay que tener en cuenta la propia debilidad para no querer alcanzar todo a la vez. Atender a lo que se puede hacer cada día sin agobiarse por el mañana, es el mejor modo de llegar a la meta.
S. Benito en este capítulo nos propone doce escalones para llegar a ese encuentro con Dios, de tal manera  que no nos dejemos a desanimar por la debilidad de nuestra naturaleza.
Estos doce grados bien enfocados y asimilados, son la ruta que nos permitirá llegar a la cumbre.
Antes de describir estos grados, en este párrafo, asegura que caminado por esta senda, se sigue la voluntad divina. Es una llamada del Espíritu Santo para la trasformación del alma.
Cada alma tiene unas exigencias concretas de la gracia, es la vocación divina de cada uno. Los doce escalones son para todos los monjes, pero no todos los suben con la misma rapidez, ni todos tendrán que practicarlos en el mismo grado. No todos tendrán las mismas ocasión de practicar la virtud, ni encontrarán los mismos combates.
 Es Dios con su providencia la que dirige a cada alma, y le pone más o menos intensa la prueba. Así lo vemos en las vidas de los santos. Mientras unos son venerados ya en vida como santos, otros son calumniados y condenados.
Subiendo la escala que nos propone S. Benito, no olvidemos que la ascensión será más o menos rápida  cuanto más fieles seamos en seguir las mociones de la gracia. Dios nos llevará a la cumbre más alta, si no le rehusamos nada de lo que nos pide. ¡Que maravillas haría el Espíritu Santo en nosotros, si le dejásemos actuar libremente!
El llamamiento de Dios no es sólo una luz que nos indica lo que debemos hacer, sino también una fuerza que nos ayuda a cumplir el deber. Si para todas las cosas necesitamos el auxilio de la gracia, con mayo razón   es absolutamente necesario este auxilio para  este camino de santidad que siguiendo el evangelio, nos marca S. Benito. No podríamos  con nuestras solas fuerzas adquirir una virtud que ataca las mismas raíces del amor propio.
Nuestra trasformación en Cristo es un don de Dios pero a la vez es también parte nuestra, en el sentido de dejarnos modelar por El.
Sobre todo necesitamos pedir esta gracia con perseverancia pues es una labor de toda la vida. Con sinceridad, sin negarnos a ningún sacrificio que sea necesario para alcanzarla.

292.-Primer grado de humildad.

 Así el primer grado de humildad es que el monje mantenga siempre ante sus ojos el temor de Dios y evite por todos los medios echarlo en olvido.  (7,10)
 Debe quedar claro que los doce grados  de la humildad nos llevan a la madurez humana,  a la comunidad con nuestros hermanos y hacia Dios con quien se nos da la gracia de llegar a ser uno en la contemplación.
Existen  diferentes posibilidades de entender y articular el esquema de los doce grados. Es posible preguntarse si en esos doce grados se da un dinamismo interno, o también cómo están relacionados entre si.
Se pueden articular los doce grados en tres ámbitos: En los grados de 1 al 4 se trata de la trasformación de la voluntad. En los grados 5 al 8 de la trasformación de los pensamientos y en los grados 9 al 12  de la trasformación del cuerpo.
Pero también se podría articular en cuatro ámbitos: del 1al 3 como relación con Dios, consigo mismo y con los hombres.  Del 4 al 6 el camino hacia Dios a través de los sentimientos y pensamientos. Del 7 al 9 el camino hacia Dios a través de la asunción del camino de la realidad y del 10 al 12 la experiencia de Dios y de uno mismo que se inserta en el cuerpo.
Independientemente de la articulación que se siga, los doce grados  describen de un modo o de otro el desarrollo interior. Su  sucesión no es casual y seguimos el esquema de los doce grados en cuatro ámbitos.
El primero de los tres describe  las relaciones necesarias para el camino interior. En los tres primeros grados examina nuestra relación con Dios, con nuestros prójimos y con nosotros mismos.
Nuestra vida sólo será sana si tiene una relación  correcta con  Dios, con el prójimo y con uno mismo. Algunos  psicólogos consideran que la enfermedad de nuestro tiempo es la carencia de relaciones. Muchos ya no tienen relación alguna ni con Dios, ni con los otros. Son incapaces de relacionarse. Pero el que vive sin relacionarse pierde su centro y su vida se torna vacía y sin sentido.
La carencia de relaciones manifiesta su carácter destructivo en todos  los modos  del comportamiento. El que no puede establecer ninguna  relación con los otros seres, tampoco tiene relación consigo mismo. Vive a la vera de sí mismo, no toma contacto con su propio corazón. Por esto está constantemente buscando amor y cobijo  fuera de sí mismo. Pero como carece de relaciones, tampoco los encuentra.
Su falta de relaciones se muestra en le trato con la creación, no tiene relación alguna con la naturaleza, ni con sus propias herramientas. Cuando Benito describe que debemos tratar con cuidado nuestras herramientas, que hemos de verlas con vasos sagrados del altar, está expresando en ello la relación del ser humano con Dios, con los hombres y con la naturaleza. Si el hombre está enfermo en la capacidad de relacionarse, su vida pierde el objetivo, el centro y el sostén.

 

293.- Bajo la mirada de Dios.

- y absteniéndose en todo momento de pecados y vicios, esto es, en los pensamientos, en la lengua, en las manos, en los pies y en la voluntad propia y también en los deseos de la carne, tenga el hombre por cierto  que  Dios le está mirando  a todas horas (7,12-13)

En el primer grado se trata de la relación con Dios. Esta relación es el requisito indispensable para nuestra vida. No podemos alcanzarla integridad si todos nuestros pensamientos y sentimientos no están relacionados con Dios.
Benito en este primer paso hacia la cumbre, nos advierte que el olvido de Dios  puede marcar notablemente  nuestra vida. Este primer paso consiste en que temamos a Dios, que le tomemos en serio, que adquiramos un sentido para percibir su misterio y su grandeza.
Hemos de estar relacionados con Dios en todo. Dios nos mira no como un policía, sino como un padre amoroso que no nos pierde de vista. Vivimos bajo su mirada que se dirige con amor hacia nosotros,  pero que también nos pone al descubierto y nos obliga a la verdad interior.
 Dios conoce nuestros pensamientos y sentimientos, escruta nuestro corazón que simboliza la sede de nuestros pensamientos, como también los riñones, como sede de los sentimientos.
Relacionar los pensamientos y sentimientos con Dios  significa tener un trato atento con uno mismo, y con las mociones del propio corazón.
¿Qué quiere decirme Dios con  mis sentimientos? ¿Qué mociones se dan en mi interior? Benito considera que Dios  está presente en nuestros pensamientos. Por consiguiente, podemos encontrar a Dios prestando atención a los propios pensamientos y sentimientos. Todo lo que entra en movimiento en nuestro corazón tiene también algo que ver con Dios y  con nuestra relación con El. Si Dios conoce de lejos  nuestros pensamientos  y examina nuestro corazón y nuestros riñones, al prestar atención a nuestros pensamientos y sentimientos, el conocimiento sincero de nosotros mismos, nos puede conducir a Dios.
Dios se hace presente también en nuestra voluntad. La obstinada voluntad propia que se cierra ante Dios nos conduce por caminos erróneos, nos hace ciegos para la propia  realidad. Dios ve lo más hondo de nuestro corazón, reconoce en él nuestros anhelos, nuestros deseos y necedades, nuestros apetitos y nuestra voluntad.
Benito cita el salmo 38, v.10: todos mis anhelos están ante tus ojos. Conviene que tomemos conciencia de nuestros anhelos y los dirijamos  hacia Dios y se los expongamos abiertamente, que los consideremos hasta sus últimas consecuencias ya que por ellos llego a Dios. No se trata de reprimir las pasiones, sino en ponerlas en relación con  Dios. En El todo tiene permiso de existencia, todo adquiere su correcta medida

 

294.-Presencia de Dios.
 Luego si los ojos del Señor observan a buenos y malos, si el Señor mira incesantemente a todos los hombres, para ver si hay alguno sensato que busque Dios y si los Ángeles que se nos han asignado anuncian  siempre nuestras obras al Señor, hemos de vigilar hermanos en todo momento, como dice el profeta en el salmo. (7,26-28.)

Dios conoce nuestros pensamientos y sentimientos, nuestra voluntad y nuestros anhelos, y conoce si lo buscamos sinceramente. En este primer grado de humildad  quiere que orientemos todo lo que hay en nosotros  hacia Dios y que busquemos a Dios a través de nuestros pensamientos y sentimientos, a través de nuestra voluntad y nuestros anhelos. Quiere que  no nos encerremos en nuestros pensamientos y sentimientos, sino que los consideremos en sus últimas consecuencias y los pongamos en relación con Dios.
El estar en relación con Dios es condición para que lleguemos a ser interiormente libres  que no nos domine cualquier pensamiento, o sentimiento, sino por el espíritu de Dios nos impregne totalmente y nos libre de todo apego y podamos ser nosotros mismos.
Lo decisivo es que vivamos en la presencia de Dios. Así nuestra vida será íntegra. Y esta presencia de Dios se concretiza o visualiza para Benito en los ángeles. Dios está tan cerca de nosotros que nos rodea de ángeles que nos protegen.
Nuestra respuesta a la presencia de los ángeles será una actitud atenta del corazón, el prestar atención a nuestros pensamientos y sentimientos, a nuestros anhelos y nuestras necesidades  y el prestar atención a la cercanía de Dios que nos ama y nos regala la integridad.
Por todo esto vemos que aunque con término propios de su época, S. Benito  presenta algo que es siempre actual y que en las diversas generaciones está presentado de maneras variadas.
Nuestra  época ha perdido un valor que precisa ser descubierto, si el mundo occidental esta falto de algo necesario para su equilibrio, si los individuos han perdido algo que necesita de nuevo ser proclamado de nuevo, bien puede ser el espíritu que la regla de S. Benito ofrece sobre la humildad.
La civilización del  final del Imperio Romano, cuando Benito escribió la Regla era una civilización en declive. No muy distinta a la nuestra. Los indefensos era oprimidos por los poderosos,  los ricos vivían costa de los pobres, había un gran deterioro de los valores morales, las legiones romanas ya no estaban formadas por romanos, sino por bárbaros enrolados en los ejércitos romanos.
S. Benito  nos orienta tanto entonces como hoy  en nuestra vida espiritual, enseñando nuestro lugar en el universo, nuestra conexión y dependencia de Dios, ya que no hay  vida espiritual alguna, ni ahora ni entonces, que pueda alcanzar,  con independencia de Dios el papel de su desarrollo.
La conciencia de Dios es el tema central de la trayectoria espiritual marcada por Benito. Su postura es a la vez sorprendente y simple. No basta con estar sin pecado, tener la mente impregnada de Dios es más importante. Aunque es importante evitar  las malas acciones, las exigencias de la carne, el orgullo del alma, es más vital para alimentar el fuego espiritual  tener presente a Dios al que buscamos, y que El  nos tiene presentes. La santidad, dicho de otro modo,  no es atletismo  moral, sino una relación consciente con Dios.   
La teología vivificante y libertadora nos indica que no se trata de ser lo suficientemente buenos para que  llegar a Dios que está fuera de nosotros, sino llegar al Dios interior, cuyo amor nos impulsa hacia el bien.
Benito, cuya vida está impregnada de los salmos, se basa fuertemente en ellos  en este capítulo para probar la  presencia de Dios  en el alma del monje.
Dios, dice Benito con suma claridad, está dentro de nosotros para que  así caigamos  en la cuenta de ello. No  fuera de nosotros para que tropecemos  con El. La vida espiritual no es un juego del escondite, sino que consiste en abrir los ojos a la luz que ilumina la oscuridad de nuestro interior. Creo que en esta línea está lo expuesto por A. Loup en la lectura de Completas de ayer.
Un apotema dice: ¿Como buscar la unión con Dios?, pregunta el discípulo. Cuanto más afanosa sea la búsqueda, más distancia establecerás  entre Dios y tu, dijo el maestro. ¿Y que puedo hacer para que desaparezca esta distancia? Comprender que no existe, dijo el abad. ¿Significa eso que Dios y yo somos uno?, preguntó el discípulo. Ni uno ni dos. ¿Cómo eso es posible, dijo de nuevo el discípulo? El sol y la luz, el océano y la ola, el cantante y la canción, no son ni uno, ni dos.

295-, El Señor sondea el corazón.

 Esto es lo que el profeta quiere inculcarnos cuando presenta a Dios  dentro de nuestros mismos pensamientos al decirnos:”Tu oh Dios sondeas el corazón y las entrañas. (7,14)
El lector  moderno puede tropezar fácilmente en este capítulo con  ciertas  expresiones  y por otra parte, es este capítulo como el núcleo doctrinal de la espiritualidad de S. Benito. Hemos de tener en cuenta esto, para no pasar por alto unas enseñanzas que conservan toda su validez.
Ya hemos dicho que la misma palabra humildad,  hoy  evoca unas actitudes  con una connotación un tanto ambigua, e  incluso en algunos aspectos negativos.
Para S. Benito la humildad tiene un contenido muy diferente, profundamente evangélico. Pero hay que tener en cuenta las reasonancias negativas para que  no nos estorben para llegar a una comprensión viva y creadora de este tema fundamental.
Todo el dinamismo interno de S. Benito está en función de su objetivo final: la caridad perfecta que  ahuyenta el temor. Y el nervio central de todo este capítulo es la referencia a Jesucristo. El monje por el hecho de ser cristiano tiene que fundamentar su humildad en la humildad de Jesucristo. Ya hemos comentado como S. Benito ha escogido los textos cristológicos más característicos  sobre el anonadamiento y exaltación de Jesús. Sin esta referencia tendríamos una doctrina muy exigente, pero falta de  vitalidad.
Tendiendo en cuenta esta finalidad de la configuración con Cristo, la doctrina de S. Benito una gran fuerza. De hecho encontramos aquí una síntesis de la  mística cristiana no reservada a unos pocos, sino para todo creyente.
La única condición para subir a la cima es un gesto de pobreza, un reconocimiento sencillo  de que necesitamos ser salvados. Cuando un monje llega a la experiencia de su nada ante Dios, comienza a ser libre. La fuerza del Espíritu Santo ya no encuentra obstáculos y le hace subir a la cumbre de la caridad perfecta  que aleja el temor.
Este capitulo es como una pedagogía paciente, un camino sencillo, para  hacer lugar al Señor, y a la vez despojarnos de todo para  llegar a ser pobre, despojados de nosotros mismos y así poder seguir a Jesucristo. Esto es lo que encontramos en el evangelio, en S. Pablo, en los santos de todos los tiempos. La expresión puede variar según las épocas, pero las actitudes esenciales del camino del cristiano se fundamentan siempre en las bienaventuranzas. Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de los Cielos.
En este primer grado encontramos una respuesta para  uno de los problemas de fondo que se plantean a los hombres del siglo XXI, con la necesidad fundamental de dar sentido a la vida. Descubrir en nosotros el anhelo insistente de unidad interior, de coherencia  entres las diversas facetas que componen la vida del hombre actual cada vez más compleja. Las necesidades de una acción eficaz, la urgencia de la especialización, no ayuda a la posibilidad de encontrar la unidad interior que toda persona anhela como condición indispensable para su propio desarrollo, para una vida fecunda y alegre.
Sólo aceptando la proximidad de Dios, la presencia del Padre que Jesús nos ha revelado, encontramos la clave que puede dar coherencia a nuestra personalidad, sin que quede marginada ninguna de  sus  dimensiones. El secreto está en la aceptación de Dios en la propia vida.
S. Benito expresa esto con palabra tradicionales del monacato: temor  de Dios, la aceptación de la mirada de Dios que penetra toda la vida. Hoy los maestros  de la vida espiritual lo expresarían con otras imágenes: sentido de Dios, coherencia con la fe. Siempre el mismo contenido fundamental: el misterio de Dios en nosotros.
A partir de esta aceptación comienza el monje su ascensión, al tomar conciencia  de la proximidad de Dios y al estar atento a la mirada del Señor. En todos los aspectos  de la vida, el sentido de Díos, el temor a ofenderlo, se sobrepone al egoísmo y libera al monje de la esclavitud de las pasiones. Así llega a ser libre para amar a Dios y a los hermanos.
S. Benito da con este primer grado, la base sólida para poder superar uno de los escollos más graves que con frecuencia encontramos en la vida de las personas. La falta de aceptación de uno mismo.
La señal más segura de madurez persona y de haber superado la adolescencia es la aceptación serena y lúcida  de uno mismo de sus límites y cualidades. Mientras una persona no ha llega a este gesto interior, tiene un gran peligro de desmoronarse a la hora del fracaso y es frecuente que se crispen con los esfuerzos que hacen para superar  sus limitaciones, a fin de llegar a esa imagen ideal que se ha hecho de sí mismos, imagen perfeccionista paro no cristianamente madura.
Cuando se siente uno fracasado tiene la tendencia  a echar  la culpa a los acontecimientos, a las personas que los rodean, a la Orden. Y se pierde el tiempo y la energía, en lugar de llegar  al gesto humilde de conversión, de aceptación de sí mismos ante Dios y los hermanos.
Muchas dificultades de las relaciones interpersonales en las comunidades provienen de esta falta de  aceptación de sí mismo. Una persona que no se acepta a sí misma, encuentra más difícil aceptar a los otros tal cual son. No son felices, tienen como  una insatisfacción radical porque está centrada en sí mismas, buscando afanosamente la aprobación de los demás. Y cuando no lo consiguen se cierran en si mismas despreciendo a los otros como incapaces  de comprender.
Así como es doloroso ver estos monjes encerrados en su autosuficiencia, es por el contrario consolador ver la trasformación que se opera en el monje que comienza a abrirse  a Dios y a los hermanos.
En el monje autosuficiente se ve a menudo una apariencia de felicidad y satisfacción. Pero si en un día se tiene ocasión de penetrar más a dentro en su interior, queda uno pasmado al comprobar que tiene un mar sin fondo de tristeza, de amargura, de soledad, falta de ternura, falta de alegría.
En cambio el que se abre a la luz de Dios va consiguiendo la libertad interior, va adquiriendo una paz más honda que puede comunicar a los otros, incluso en medio de contrrariedades y contratiempos.
La aceptación de uno mismo delante de Dios  no le deja al monje fijado en la pasividad, sino todo lo contrario, es el punto de partida para una ascensión en la que ya no le preocupa su perfeccionamiento. Tiene la convincion de que el Espíritu le irá dando aquello que en cada momento necesita para servir al reino de Dios y ser útil para los demás.
El monje que vive la espiritualidad de este primer grado, estará disponible para cualquier necesidad, amar a la vez que se siente amado. Adquiere un realismo que le hace estar estable en la comunidad, pues a la vez que se acepta a si mismo, acepta a los demás tal cual son. Este es su ponto de partida para junto con los otros, mejorar sin dejar entrar el desánimo ni despreciar a los demás, pues sabe que no es la perfección lo que le llevará a Dios, sino la perseverancia.
El texto benedictino de este primer grado, tan extenso en  la exposición de S. Benito y bastante complejo, se entremezclan los temas y repiten. Se puede reducir a lo siguiente: el temor de Dios, el recuerdo de los mandamientos llevan a la observancia de los mandamientos: infierno si no se cumplen o el premio del cielo si se cumplen. La renuncia a vicios y malos deseos, la mirada constante de Dios, astenerse de hacer la propia voluntad, todo se recapitula en los párrafos 26 al 30. Dios nos observa continuamente y por lo tanto hay que evitar el mal, no sea  que callándose ahora, nos condene en el juicio futuro.
El temor del Señor, que ve hasta los pensamientos ocultos domina todo el conjunto. Casiano pone el temor de Dios como el principio de la conversión. De aquí se pasa fácilmente a convertirlo en el principio y fundamento del itinerario espiritual de S. Benito.
También S Benito recibe la influencia de Basilio que considera el temor de Dios como el clima de toda vida espiritual del monje y lo asocia a la mirada de Dios cuyo recuerdo persistente impide al monje caer en los pecados  de la cólera, la pereza, la vanidad, etc. Este recuerdo en términos técnicos de la teología espiritual antigua, se llama la “memoria Dei” no como origen de cierta contemplación mística, sino llenarse de la tremenda santidad de Dios y del juicio que sufriremos, para alcanzar la purificación, la “pureza de corazón” indispensable según la tradición monástica y bíblica  para entrar en el acatamiento de Dios. Todo este primer grado está evocando la memoria Dei para renunciar a la propia voluntad y abrazar la de Dios.
En la terminología moderna,  ya hemos dicho, es una presencia de Dios que  permite una vida sana y libre.

 

296.- El segundo grado de humildad
 es que el monje, al no amar su propia voluntad, no se complace en sus deseos, sino que  cumple con sus obras aquellas palabras del Señor.”No he venido a hacer mi voluntad si no la del que me ha enviado. (7,31-32))

No estamos solos ante el Dios tres veces santo y temible que se nos ha presentado en el primer grado. En el momento de dar el paso definitivo, de renunciar  la propia voluntad, abrazándonos con la obediencia hasta las últimas consecuencias, Cristo está  junto a nosotros, mejor, nos adherimos a Cristo o todavía más exactamente, estamos incorporados a Cristo.
En los  cuatro primeros grados de humildad existe una graduación perfecta. Ante todo se empapa el monje del temor de Dios y de la necesidad de renunciar al ejercicio de la propia voluntad conforme a sus deseos (grado 1º) Luego renuncia  de hecho a satisfacer sus deseos para realizar los planes de Dios, (grado 2º), decide a continuación ponerse bajo las órdenes de un superior, lo que todavía es más difícil, (grado 3º) finalmente acepta toda clase de obediencia por dura y penosa que sea (grado 4º). Ahora bien, es el mismo Cristo el que lo arrastra a su seguimiento en este descenso que representa todo lo contrario del orgullo de Adán al intentar igualarse a Dios, (imagen de sentimiento del hombre de siempre, pero muy particularmente del hombre moderno).
Se ha observado que la “imitación de Cristo” tiene en la RB una importancia tan  primordial, que se le reserva  exclusivamente el verbo imitar, usando casi siempre  para designar la imitación del Señor en su obediencia, que fue la disposición esencial  de Cristo respecto a su Padre y que constituye el fundamento de la vida monástica.
La imitación de la obediencia de Cristo halla su expresión más perfecta en estos grados de humildad.
El segundo grado es la obediencia, imitando a Cristo que dijo: “No he venido a hacer mi voluntad sino la del que me ha enviado”. Jh 6,38.
Habiendo visto en el primer grado nuestra relación con Dios, con el misterio de Dios en nosotros, en este segundo grado se enfoca principalmente a la relación con nosotros mismos.
No debemos amar la propia voluntad, sino la voluntad de Dios. Es decir no debemos quedarnos en el primer plano de nuestros deseos y necesidades, sino escuchar con suficiente profundidad el interior hasta  llegar al punto en que nos encontremos en consonancia con la voluntad  de Dios. Este es  también el punto en el que tomamos contacto con nuestro núcleo genuino, con nuestro ser más íntimo.
Descubrimos en nosotros diferentes voces. Hay una voz superficial, que S Benito llama voluntad propia: quiero ir a tal lugar, quiero hacer tal cosa. Pero si en la oración escuchamos con suficiente atención nuestro interior, descubriremos otra voz que coincide con nuestro ser más propio,  es la voluntad de Dilos.
La voluntad de Dios no es algo ajeno  que se nos echa encima.    Nuestra vida solo puede realizarse si vivimos a partir de la voluntad de Dios, a partir de nuestra verdad interior. La relación con nuestra esencia inalterada es el requisito para que podamos experimentar a Dios. Cuanto más escuchemos el interior  de nosotros, tanto más  podremos reconocer que no vivimos a partir de nosotros mismos, sino a partir de Dios. Que Dios nos ha llamado a plasmar en nosotros  su imagen.
Por esta razón Benito nos lleva en este segundo grado a que digamos con Jesús: No he venido a hacer mi voluntad sino la del que me ha  enviado. La humildad debe conducirnos a la actitud de Jesús y a través de ella, al Padre. Humildad es seguimiento concreto de Jesús, así cumplimos la palabra de Jesús en nuestro actuar.

 

297.-Configuración con Cristo.

 Y también dice la escritura,” la voluntad lleva consigo castigo, y la sumisión (la obligación, la necesidad) reporta una corona”. (7,33)
Con estas palabras termina Benito la descripción del segundo grado de humildad.
En realidad este pasaje no se encuentra en la escritura, sino en las actas de los mártires de Sta. Irene. Benito lo utiliza con la autoridad, atribuyéndola a la Escritura.
Esta frase se podría considerarse como una  confirmación de la psicología freudiana. Según ella la mera satisfacción de las necesidades hace inmaduro al ser humano y lo coloca  en numerosas  dificultades. Maduro solo  lo hace la sumisión, la adaptación  a la realidad (necesitas)  que se  alcanza solamente mediante la renuncia al instinto.
El camino  que lleva de las propias necesidades  a la realidad que  rodea al hombre, es decisivo para el desarrollo  humano. El mismo me pone en contacto con mi más honda realidad propia.
A partir de este segundo grado, Benito pone explícitamente  delante del monje a Cristo humilde y obediente hasta la muerte.
Hay que considerar las referencias bíblicas fundamentales, pues contienen  los motivos decisivos del seguimiento de Cristo y de la propia configuración del monje con su Señor y Amigo.
El texto  juanico ya comentado ayer: “No he venido a hacer mi voluntad, sino la del Padre que me envió”, hay que completarlo con  la cita del himno cristológico de la carta a los filipenses: ”Se hizo obediente hasta la muerte”. Esto lo explayará en el 4º grado.
Nos encontramos  en el núcleo esencial del cristianismo: la configuración con el anonadamiento  y exaltación de  Jesús.
Ni esfuerzo ascético, ni observancia monástica, ni las virtudes morales tendrían  un valor específicamente cristiano si les falta la configuración con  Jesús. Sólo esta configuración da a toda la vida del monje un contenido salvífico, místico, de comunión, por amor en el sufrimiento y en la glorificación de Jesús en su misterio pascual. Es el único camino hacia la plenitud del amor y hacia la alegría perfecta.
Aquí radica precisamente la debilidad y la fortaleza del programa de S. Benito. Debilidad avocada al fracaso. Mientras los hombres tienden a la seguridad, Benito les empuja hacia la locura de la cruz, más allá de la razón y de las medidas puramente humanas. Si el monje no encuentra un gesto interior que le despoje  de sí mismo para abrirse a Jesucristo, puede malgastar año tras año toda su vida encallado en la mediocridad, en una vida más o menos observante, pero falta de empuje, ilusión, alegría. Sin la configuración con Cristo la vida del monje es pura ilusión, puro desatino. Esta es la debilidad, o mejor dicho el riesgo.
Pero aquí nos encontramos también con la fuerza. El que se  abre totalmente a Cristo, el que acepta la pobreza radical de no pertenecerse a sí mismo, por más débil que sea, por más pecador que sea, por más fracasado que esté, será llevado por el Espíritu Santo hasta la cima de la caridad. Esta es su fuerza cristiana y nadie queda excluido de ella.

 

298.-El tercer grado de humildad
 es que el monje se someta al superior con toda obediencia por amor a Dios, imitando al Señor de quien dice el Apóstol, “Se hizo obediente hasta  la muerte”. (7,34)

En los dos grados anteriores  ha puesto S. Benito un sólido cimiento, para seguir edificando sobre ellos los sucesivos grados.  Al profundizar  el misterio de Dios en nosotros en el primer grado y saber que la voluntad de Dios es lo mejor para nosotros, segundo grado. Si Dios está con nosotros ya tenemos cuanto necesitamos. Si la voluntad de Dios es lo mejor para nosotros, no puede suceder nada que en última instancia no redunde en nuestro bien.
Pero la espiritualidad benedictina no permite fantasías. Benito afirma que el tercer peldaño en la escala de  la humildad es la capacidad de someternos a la sabiduría ajena, para conocer esa voluntad de Dios. No tenemos monopolizada por nosotros la última palabra, la respuesta final, la visión más clara respecto de nada en concreto.
Tenemos, si,  una palabra entre muchas para contribuir al mosaico de la vida, una visión entre múltiples perspectivas. La obediencia al superior realizada por amor a Dios, marca nuestra relación con los hombres. No podemos llegar a Dios pasando por alto al ser humano.
 Necesitamos la relación con el otro, necesitamos la apertura a aquello que el otro nos quiera decir. Debemos escuchar con atención qué es lo que Dios nos dice a través del otro, en particular a través del superior. Si sólo nos escuchamos a nosotros mismos, podemos auto engañarnos. Corremos peligro de hacer pasar nuestros pensamientos  superficiales  como voluntad de Dios. Como seres humanos estamos referidos unos a otros. Dios nos habla a través de nuestros semejantes, y más en concreto, a través del superior, la palabra de Dios se cruza en nuestro camino y nos prohíbe identificar nuestros  propios pensamientos con los de Dios.
 La obediencia presupone libertad y a la vez genera libertad que necesitamos para poder encontrar realmente a Dios.
Benito muestra cómo la obediencia tiene que ver con la plenitud de Dios. Por este motivo nos presenta a Cristo obediente hasta la muerte. Jesús siguió en forma tan clara  la voz interior que hablaba en su interior, que no permitió que los hombres, ni con halagos ni con rechazo, le impidieran hacerlo.
La obediencia implica esa claridad interior, la apertura a la voz de Dios que nos llama a realizar nuestra verdadera imagen y nuestro destino más profundo.  Por eso también aquí habla Benito de la imitación de Cristo, del seguimiento  de Cristo que se expresa en esta obediencia.
Todos necesitamos un mentor que nos guíe de la oscuridad a la luz, de lo extraño a lo familiar, de lo difícil a lo experimentado. Pero puede darse el caso  que llegue un momento  difícil que nos encontremos solos privados  de consejo. Nosotros mismos tenemos que ser nuestro último recurso. Así llegamos al punto de la adultez espiritual.
Siempre que alguno no logra crecer espiritualmente, el mundo entero es un lugar más triste. El crecimiento depende de lo que se aprende de los demás. Aprender de los demás depende de la humildad, de estar dispuesto a aceptar a los demás. No hay que confundir bondad espiritual con inmadurez.
El tercer grado de humildad puede salvarnos de nuestro terco yo, urgiéndonos  a aceptar una dirección.

 

 

299.- El cuarto grado de humildad
 consiste en que el monje se abrace calladamente con la paciencia en su interior, en el ejercicio de la obediencia, en las dificultades y en las mayores contrariedades, e incluso ante cualquier clase de injurias que se le infieran. (7,35)

En el cuarto grado  de humildad es la plena realización de lo  anunciado en el Prólogo: “participar de la pasión de Cristo por la paciencia.” Se trata cada vez menos de esfuerzos virtuosos y cada vez más de una senda por la que sigue al Señor, en la que el monje se deja llevar y maltratar como El.
Los verdaderamente humildes cumplen con su paciencia el precepto del Señor en las contradicciones e injurias: ”Cuando les golpean en una mejilla, presentan la otra, al que les quita la túnica le dejan también la capa, a quien les fuerza a caminar una milla, le acompañan otras dos, y como el Apóstol Pablo soportando a los falsos hermanos y bendiciendo a los que les maldicen”(42,43) No se puede ir más allá en el camino de la cruz, en esta kénosis, este aniquilamiento a imitación de Cristo. Esta humildad  ya no solo es virtud, es bienaventuranza y camino de salvación.
Podemos agradecer a los psicólogos contemporáneos que nos advierten que este camino es “naturalmente” peligroso, incluso malsano. Así lo es ciertamente, a menos que una fe viva del misterio de Cristo no lo cambie en esperanza exultante. Y esta fe está penetrada de amor. Ahí tenemos por ejemplo a Sta. Rafaela del Sdo. Corazón que como tantos santos pero de una manera eminente, llegó por este camino a la santidad, a su identificación con Cristo.
En realidad  en este grado se ha llegado a lo más hondo de la humildad, a la muerte de Cruz. Los grados siguientes serán el desarrollo de esta redención por la cruz, de esta pobreza espiritual en todos los comportamientos.
Este grado como los dos siguientes forma parte del proceso de maduración al que entramos por el contacto con nuestros sentimientos y para que descubramos el modo de dominar los sentimientos. Es un requisito esencial para la contemplación el liberarnos de las emociones negativas.
El camino hacia Dios no esquiva los sentimientos, sino que pasa a través de ellos. En este cuarto grado se tratan las emociones negativas que aparecen en nosotros en momentos desagradables, cuando se nos trata de forma injusta y cuando se nos hiere y ofende.
Benito cuenta  con los sentimientos negativos que se  suscitan con motivo de circunstancias adversas y por personas concretas que nos hieren. Y nos señala un camino  para dominar estos sentimientos. Callar y conservar la paciencia para que de este modo, surja un espacio en el que podamos  dominar las emociones y sentimientos.
La elaboración de los sentimientos acontece  a través de la confrontación con palabras de la Biblia. Es notable que junto a una cita tomada de la carta a los Romanos, Benito nos recuerda palabras del evangelio de Mateo, sobretodo del Sermón de la Montaña, y versículos de los salmos, en los que para él, habla el mismo Cristo.
De este modo los sentimientos se trasforman en cuanto se introducen en los sentimientos y actitudes de Jesús. ¿Qué haría Jesús en este caso? ¿Cómo se ve este sentimiento a la luz del evangelio?
No se trata de violentar nuestros sentimientos ni de reprimirles a pura fuerza. Pero si por ejemplo unimos nuestro desengaño a la palabra de Jesús, este se irá trasformando progresivamente. En medio de la frustración  tomaremos contacto con nuestra fuerza y estabilidad, convencidos de que estaremos firmes.
Más todavía, Benito considera que en las adversidades de la vida, podemos preguntarnos si acaso en ellas no encontramos a Dios mismo. Para ello nos propone que meditemos el versículo del salmo que dice: “Cobre aliento tu corazón y esperan con paciencia en el Señor”. (26,14) (7,37)
El enojo por la injusticia  y por las circunstancias adversas nos ciega a las oportunidades que se esconden en las dificultades de la vida.
Si por la meditación de este versículo descubrimos que encontramos a Dios en medio de la dificultad, podremos enfocar de modo diferente los problemas y se despertarán sentimientos más positivos en nosotros.
La confrontación con las circunstancias adversas, puestas a la luz de Dios, trasforman  los sentimientos y colman de fortaleza interior.
Podemos recordar la lucha de Jacob con Dios. En esta lucha Jacob recibe la bendición y se convierte en padre de muchos pueblos. Encontramos a Dios en medio de aquello que  nos sucede. Sean hermanos  que cometen injusticias con nosotros, sean nuestras sobras que nos atacan. Aquí en medio del trajín de cada día se decide si por medio de las frustraciones cotidianas uno se volverá amargo y duro, o por el contrario se dejará abrir para Dios y trasformar por el Espíritu de Dios.

 

300.-Soportar todo por el Señor.

 Y cuando quiere mostrarnos cómo el que desea ser fiel debe soportarlo todo por el Señor, aún en las adversidades, dice de las personas que saben sufrir:”Por ti estamos a la muerte todo el día, nos tienen como ovejas de matanza”. Más con la seguridad que les da la esperanza de la recompensa divina, añaden estas palabras, “pero todo esto lo soportamos de sobra  gracias al que nos amó” (7,38-39)

Benito señala diversos caminos para tratar con los sentimientos. Por una parte acentúa el sentimiento negativo, a fin de trasformarlo,  mientras que por la otra, opone al sentimiento negativo un sentimiento positivo.
Benito ante la experiencia del dolor dice que el dolor puede oprimir y llevar a la depresión, pero no lo banaliza, sino en cierto modo lo agudiza pues  aconseja meditar sobre el versículo del salmo:”por ti estamos a la muerte todo el día, nos tienen como ovejas de matanza” (43,23)
Nuestro sufrimiento es una realidad, pero será aún peor pues finalmente seremos entregados a la muerte. Pero en la medida que comparo mis sufrimientos con la pasión de Jesús, que fue conducido como un cordero al matadero, puedo reconciliarme con el dolor y experimentar la comunión con Jesucristo.
Al reconciliarme con mi sufrimiento y al estar de acuerdo con él, experimento en mí la paz. Pero abandonarse al dolor, sería una reacción puramente pasiva. Es preciso que se de en nosotros también el otro polo, el de la lucha. Por ello  hemos de decir con el Apóstol Pablo: “Pero todo lo superamos de sobra gracias al que nos amó”. (Rom 8,37).
Solo si permitimos que se den en nosotros ambos polos: el acuerdo y la protesta, el entregarse, y la lucha, la pasividad y la actividad. Podremos tratar apropiadamente con las adversidades de la vida y con los sentimientos de angustia y depresión que la vida suscita.
Otra manera de tratar con nuestros sentimientos negativos es la interpretación de las experiencias que hacemos. Benito interpreta las dificultades de nuestra vida como prueba y purificación por parte de Dios. Debemos contemplar todo lo que nos produce dolor y parece sobrepasa, a la luz del salmo que dice “Oh Dios nos pusiste a prueba, nos refinaste en el fuego como refinan la plata. Nos empujaste a la trampa, nos echaste a cuestas la tribulación”. (65,10)
Si descubro mi sentimiento como prueba y purificación encontraré un sentido al sufrimiento. Y como tiene sentido puedo soportarlo. El sufrimiento solo se hace insoportable por el sinsentido. Tan pronto como le descubro un sentido, puedo tratar con el sufrimiento.
Se pone aquí de manifiesto la espiritualidad desde abajo, precisamente en los problemas  que arrostro conmigo en la vida, me encuentro con Dios que actúa en mí y me trasforma.
Benito aplica el modelo de la interpretación también a las experiencias negativas con superiores, que pueden resultar muy opresivas. Si sufrimos  bajo la autoridad  de un superior, debemos reconciliarnos con ello, orando con el salmo:”nos has puesto  hombres que cabalgan encima de nuestras espaldas” (65,12)

 

301-Cómo trasformar los sentimientos.
 Además cumplen con su paciencia el precepto del Señor en las contrariedades e injurias, porque cuando les golpean una mejilla, presentan también la otra; a quien les quita la túnica dejan también la capa; si lo requieren para  andar una milla, andan otras dos; como el Apóstol Pablo, soportan las persecuciones de los falsos hermanos, y bendicen a los que les  maldicen. (7,42-43)

              S. Benito señala en estos párrafos otro modo de tratar los sentimientos, invitándonos a reaccionar correctamente ante las experiencias negativas, actuando como Jesús. El actuar puede trasformar nuestros sentimientos. No es hipocresía, pues no se trata de engañar al otro, sino de hacer lo que está en nuestra mano para trasformar los sentimientos.
Los sentimientos no podemos cambiarlos directamente. Si estoy triste no puedo decir: me pongo alegre. Pero puedo poner  actos que lleven en si alegría, por ejemplo una música alegre, y así los sentimientos se van trasformando.
Así Benito aconseja que a los que padecen una ofensa, o un trato injusto, se comporten como Jesús lo exige a sus discípulos en el Sermón de la Montaña. “Cuando les golpean una mejilla, presentan también la otra, etc. (Mat 5, 39-41) Comportándonos de este modo, nosotros seremos los que primeros que percibiremos el bien que esto supone y suscitará en nuestro interior sentimientos más positivos. Así damos cumplimiento al Sermón de la Montaña y nos adentramos en el espíritu de Jesús, único camino para asimilarnos a El. “Tener los mismos sentimientos que Cristo Jesús.”
Ciertamente que comportándonos así seremos objeto de burlas y nos tratarán de ingenuos por los que carecen de criterios evangélicos. Solo podemos vivir el espíritu del Sermón de la montaña partiendo de la certeza de que somos hijos de Dios.
En cuanto tenemos nuestro derecho en Dios y desde Dios, no necesitamos luchar por él. En consecuencia, la humildad no es un rebajarse o un humillarse a sí mismo, sino una expresión de la libertad de los hijos de Dios, una expresión de su dignidad como hijo de Dios.
Esto culmina en la bendición a los que nos persiguen, el hablar bien de los que hablan mal de nosotros. En estos días finales de julio y primeros de agosto, celebra la Iglesia la fiesta de  numerosos los hijos suyos que en la persecución del 36, han padecido muerte violenta amando y perdonando generosamente y de corazón a sus verdugos.
Aquí se pone de manifiesto que la humildad, en este cuarto grado, es  ejercitarse en el amor, tal como lo enseñó Jesús en el Sermón de la Montaña, y culmina en el amor a los enemigos y en el orar por ellos.
Estos ideales que marca Jesús a sus discípulos, no son literatura piadosa. Mirando la vida de tantos santos religiosos, podemos constatar que la práctica de esta doctrina los llevo a la plenitud del amor. Y esto es señal inequívoca de madurez espiritual y por lo tanto humana.
Este proceder, para el hombre moderno, incluso cristiano,  es algo duro y difícil. El objetivo de nuestro tiempo es curar todas las enfermedades, allanar todos los obstáculos, acabar con todo estrés, y tener panaceas inmediatas. No es capaz el hombre de nuestra civilización de esperar nada, soportar algo, toleramos menos y reaccionamos airadamente ante las irritaciones. El hombre moderno es una persona sin paciencia, no tolera los procesos, las demoras. Persiste, persevera, aguanta dice Benito.
Es bueno para modelar  el alma ejercitarse en la paciencia, Dios no viene por caminos fáciles. Dios lo podemos encontrar en los momentos más bajos de nuestra vida. Por eso se necesita esta actitud de paciencia y perseverancia para encontrar a Dios, quizás  donde no se cree encontrarle. 

 

302, El quinto grado de humildad es que el monje, con una humilde confesión, manifieste a su abad sus malos pensamientos que le vienen  al corazón y las malas obras realizadas ocultamente. (7,44)
   En el cuarto grado hemos tocado el  fundo  mismo de la humildad. Los tres grados siguientes conducen al monje  más lejos en el camino de la humildad: declaración de su indigencia espiritual, (confesión de sus faltas al abad, grado 5) Confesión de la radical pobreza de su naturaleza humana, (grado 6º) confesión sincera y humilde de que es bueno el verse humillado y abatido (7º grado)
      Después de haber tratado de la humildad-temor de Dios (grado 1º) y de la humildad-obediencia, (grados 2º al 4º) se fija ahora la RB en la humildad-humillación.
Humillación es y no pequeña declarar sinceramente al abad los pecados ocultos e incluso los mismos pensamientos, conforme al “indicio” 2º de Casiano.
En realidad, la manifestación de los pensamientos forma parte  del núcleo más primitivo de la espiritualidad  monástica. Los “logismoi” pensamientos, impulsos, pasiones fueron desde los inicios de la vida monástica la gran preocupación tanto de los anacoretas como de los cenobitas. Saber distinguirlos y como combatirlos  consistía la gran sabiduría del desierto. Los psicólogos del yermo, y en primer lugar Evaglio Póntico  se aplicaron tenazmente a su estudio y realizaron progresos notabilísimos  en su enumeración, definición  y clasificación. Casiano trasmitió esta doctrina al occidente monástico.
Sólo los Padres que poseían el carisma del discernimiento de espíritu, podían rectamente juzgar de los pensamientos que asaltaban a los monjes noveles, o aquellos que no teniendo este carisma, eran incapaces de  distinguirlos y se buscaba el remedio conveniente, que era confesarlos, como se deduce sobre todo de los tres textos bíblicos  con que se  apoya el “indicio” de Casiano.
La exteriorización de los pensamientos, sobe todo   la exteriorización de nuestros sentimientos negativos, trae consigo efectos terapéuticos. Mientras ocultamos a los demás nuestras emociones negativas, tales emociones ocupan nuestro espacio interior, incluso en el inconsciente, y desde allí operan de forma destructiva sobre nuestro cuerpo y nuestra alma. Si comunico a otro mis sentimientos, logro tomar distancia de ellos y puedo manejarme mejor de ellos.
La exteriorización tiene un efecto liberador  y genera confianza. “Manifiesta al Señor tu pasos y confía en El” (Sal 37, RB 7,45) Entonces comprendo que los sentimientos tienen permiso para existir, que no soy diferente de los demás humanos, que es totalmente normal sentir de este modo.  A través de la exteriorización puedo experimentar que soy asumido y amado con todo lo que hay en mí. Es a esto a lo que hace referencia Benito cuando cita el salmo 118, y 106. Confesad al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Este versículo citado por RB pertenece a un salmo Pascual. Algo de resurrección hay cuando nos atrevemos a hablar con nuestros hermanos de nuestros pensamientos y experimentando en ello la bondad y la misericordia de Dios: ternura, compasión, amor. Y experimentamos el perdón. (Salmo 32; RB 7,48)
 San Benito habla de esto en otros dos momentos: estrellar inmediatamente  contra Cristo los malos pensamientos que vienen al corazón y manifestarlos al anciano espiritual (4,50) Pero si se trata de un pecado oculto del alma, lo manifestará solamente al abad o a los ancianos espirituales que sepan curar las propias heridas y las ajenas no descubrirlas ni publicarlas. (46,5-6)
El monje, entonces como hoy, está rodeado de buenos o malos espíritus, pero es importante saber cual de ellos es el que le impulsaba a actuar. No se trata solo de distinguir entre el bien y el mal, sino entre el bien y el mal presentado bajo apariencias de bien. Es lo que se llamaba “diacrasis” o discernimiento de espíritu que aparece ya practicado en qumrân, en Fil.  1,9-10 se la desea S. Pablo a sus fieles.  En el siglo II Hermas tiene un tratado para distinguir el espíritu según sus efectos en el alma. Orígenes desarrolla esta doctrina.
         La “diacrasis” se convirtió en la verdadera sabiduría del desierto, y a su lado palidecía cualquier conocimiento humano. Para alcanzar este don, según la Vita Antonii 22 hace falta mucha oración y mucha ascesis. Tiene muchos grados.
Los grandes Padres del Desierto, junto con este carisma tenían la fama de “dioráticos” esto es la mística facultad de ver cosas que eran invisibles par los demás. Y algunos tenía el don de la “perspicacia”, esto es, leer en los corazones.
Los monjes que no tenían el don de la “diacrasis” tenían que recurrir a la dirección espiritual, que era algo más que una simple confesión de los pecados. Se manifestaba no solo las caídas, sino también  los “logismoi”, pensamientos, inclinaciones, sugestiones, etc. S. Antonio, S. Basilio era muy exigentes en este aspecto.
Esta declaración hay que hacerla cuanto antes para que no eche raíces el mal, basados en el Deut. 32,7:” Pregunta a tu padre  y te lo dirá, lo consideraban dicho para ellos.
 S. Antonio afirma que conoció muchos monjes que después de muchos años de trabajo, cayeron por no cumplir  este mandamiento. Y era tanta la importancia que daban a la dirección espiritual, que no permitían que ninguno se adentrara en el desierto si no tenía un grado eminente de madurez espiritual. En las Lauras de Palestina no permitían salir del cenobio para vivir en celdas separadas antes de poseer la discreción de espíritu, ya que tenía necesidad del anciano.
El interés de este tema, no es meramente histórico, sino que es de plena actualidad. Sin la aceptación del misterio de la mediación humana no es posible una renovación seria del monacato, dice Anselmo Grün.
La apertura del corazón se fundamenta en la fe y en la humildad. Fe en la voz del Espíritu que se hace más asequible y más clara a través de la palabra del hermano que ya tiene experiencia de Dios, experiencia forjada en la fidelidad  y en amor de la propia vocación. Humildad que  permite al monje superar las inhibiciones del amor  propio, librándolo del aislamiento  que lo confina la autosuficiencia  y el pecado.
Casiano afirma que tan pronto como se ha descubierto un mal pensamiento pierde su fuerza y antes de que sea pronunciado el juicio de la prudencia, la repugnante serpiente será sacada por la confesión de sus tenebrosos escondrijos. Pero sus nocivas insinuaciones dominarán en nosotros mientras las ocultemos en el corazón. Col, 2,10.
Lo que retenemos o reprimimos obra en forma destructiva en nuestro interior, C.G. Jung considera  que dejamos en las sombras, opera desde el inconsciente de forma negativa sobre nosotros. Tan pronto como lo sacamos a la luz, pierde sus  efectos destructivos.
El monje que abre  su corazón al anciano espiritual, no ha de buscar una respuesta  mágica para sus  problemas, sino una orientación compartida, nacida  de una experiencia realmente vivida, que le anima a seguir adelante por un camino que será diferente para cada persona y que habrá que respetar profundamente. No se trata solo de orientación y corrección, sino que es preciso buscar una persona que por la oración y la simpatía, pueda compartir las penas y esperanzas  del que se le  confía.
Por esto, la apertura del corazón ha de ser totalmente libre. Sólo de este modo se podrá ir forjando un vínculo de amistad fuerte  y estable, que a lo largo de los años adquirirá características diferentes.
Pero como nadie puede presumir de una madurez total ni de un don de discernimiento aplicable a sí mismo, todo monje necesita tener a su alcance un buen guía espiritual, sea el abad o uno de los ancianos de la comunidad que sea experimentado y fiel.
Así podremos comprender la importancia de la presencia  de hombre de Dios en cada comunidad. Es necesario vigilar  para que no proliferen los guías ciegos. Personas que  proyectan  sobre los otros su propia inmadurez, y con frecuencia los retienen  con un afán  posesivo que resulta muy perjudicial.
El guía espiritual auténtico ha de saber acoge, escuchar, respetar  profundamente a la persona que se le acerca, y ver en ella un escogido por Dios, por muy equivocado que ande.
La acogida no es debilidad ni condescendencia con los errores, sino la estima inconmovible que devuelve al pecador y vacilante ese clima de confianza que le faltaba. El verdadero guía no es blando, sino que sabe infundir valentía, sabe seguir caminos de generosidad y de audacia de acuerdo  con las pisibilidades de cada persona.
 

 

303.- El sexto grado de humildad es que el monje se sienta contento con todo lo que es más vil y abyecto y que se considere a si mismo como un obrero malo e indigno para todo lo que se le manda diciendo interiormente con el profeta: “fui reducido a la nada  sin saber por qué he venido a ser como un jumento en tu presencia, pero yo siempre estaré contigo”. (7,49)

 La RB se limita aquí a reproducir el séptimo indicio  de Casiano, con alguna variante de poca importancia.
Para ilustrar su doctrina no aduce más que un solo texto de la Escritura  y por cierto no muy  apropiado, en la que el monje se compara a una bestia de carga. Esta  penuria de testimonios bíblicos  contrasta con  la abundancia  con que se cita la Escritura  en el grado anterior como en el siguiente.
Es de notar la expresión “dicet sibi” diciéndose a sí mimo. Es una nueva llamada a la interioridad de la verdadera humildad en contraposición a las frases de humildad  que se dicen pero no se sienten.
S. Benito se refiere en este grado a los sentimientos de rebeldía e insatisfacción con la medianía y banalidad de nuestra vida.
En algunos momentos de prueba, descubre el monje que su vida cotidiana es banal, que esperaba mucho más de una vida monástica y es el momento en el que se hace la pregunta si debe mantener las ilusiones  sobre su vida, o ha de reconciliarse con el hecho de que la vida es como es.
Para esto  el consejo de S. Benito es estar contentos con todo lo más vil y abyecto. Estar de acuerdo con lo que  encontramos, reconciliarnos con la banalidad de la propia vida. En ocasiones el monje experimenta  su vida como opresiva y carente de perfil. Si se reconcilia  con ello, la vida cotidiana se trasforma. No queda meramente resignado y mucho menos amargado. Experimenta en medio de la banalidad la presencia sanadora de Dios.
Es la fidelidad de un  animal de carga lo que nos da ejemplo de no abandonarnos a nosotros mismos en la dureza de nuestra vida, sino de mantenernos firmemente adheridos a Dios. Estar en su presencia en medio de toda fatiga es suficiente. Trasforma la vida, otorga sentimientos  de paz y de conformidad con todo lo que se da.
“Yo siempre estaré contigo” son las palabras del salmo que la liturgia cita en el introito de Pascua. El decir si a la banalidad de la vida, a la cruz que supone el renunciar a una vida perfecta, conduce a la experiencia de la resurrección. Experimentar la resurrección en medio de  la vida ordinaria es para Benito el camino de la humildad. Humildad es la osadía de descender a la tumba  de la cotidianidad,  para resucitar  de la mano de Jesús y caminar erguido por la vida.  

 

 304.- El séptimo grado de  humildad

es el que no contento de reconocerse de palabra como el último y más despreciable de todos, lo crea así en el fondo de su corazón, humillándose y diciendo con el profeta:”Yo soy  un gusano, no un  hombre, la vergüenza de la gente, el desprecio del  pueblo”. Me he ensalzado y por eso  me veo humillado y abatido, y también:  Bien me está que me hallas humillado para aprender  tus justísimo preceptos. (7, 51,54)

La llamada a la interiorización de la humildad que hacía en el sexto grado reaparece  de una manera más enérgica en el séptimo grado. La convicción de la propia indignidad y vileza, adquiere aquí su máxima expresión. El monje no contento con reconocerse de palabra el último y más despreciable de todos, se lo cree en el fondo del corazón.
Es el octavo indicio de Casiano, pero más elaborado e ilustrado con tres textos del salterio. Uno de ellos resalta por su patetismo conmovedor “Yo soy un gusano, no un hombre”.
Estas palabras carecerían de sentido, si  el monje no se sintiese unido a Cristo paciente, a la luz que penetra en lo más hondo de las tinieblas.
El tema de este grado es el encuentro con las propias sombras que nos dicen los psicólogos modernos. Cuando nos encontramos con las propias sombras, con todo aquello que he reprimido, con mis tendencias criminales, con el mal que impera en mi inconsciente, puedo creer  desde lo más hondo de mi corazón que soy el último  y menor de todos.
Y esto ya no es humillación artificial, sino el reconocimiento de mi propia verdad. Por  eso Benito habla de creer en lo íntimo  del corazón.
He percibido de lo que soy capaz, he percibido dolorosamente quien soy. A raíz de este desencarnado conocimiento, entro en mí mismo y puedo decir con el salmista:”Yo soy un gusano, no un hombre, la vergüenza de la gente, es desprecio del pueblo”. Son palabra pronunciadas por Jesús en la cruz. Pendiente de la cruz, Jesús experimenta lo que es el hombre. Experimenta lo que hacen los hombres de él, le desprecian y se burlan de él. Tiene la sensación de ser la última basura. Nosotros hemos de vivir estas experiencias en nuestro camino interior.
En comunidad podemos experimentar que no se nos toma en serio. La sociedad  nos desprecia cuando no correspondemos a sus parámetros.
Según considera S. Benito el camino de la humildad, la señal de madurez es no solo resignarse, sino decir “si”  y dejarse despojar de  todo lo que uno considera sagrado, de las propias ilusiones y del respeto que los otros le tributan a uno.
Mi seguimiento de Cristo puede manifestarse en mi disponibilidad a que me quiten todo, como a Jesús en la Cruz se le despojó de todo, incluso de su buen nombre.
Solo podré decir con verdad el versículo del salmo 21  citado por S. Benito, si estoy en esa actitud interior de despojo, si he contemplado en silencio todo lo que emerge desde mi interior. No es un rebajamiento artificial de sí mismo.
Lo mismo expresa en el otro versículo sálmico citado por S. Benito: “Bien me está Señor que me halláis humillado para que aprenda tus  justísimo preceptos.”
Aprender los preceptos de Dios, significa en el lenguaje del AT. asimilarse al espíritu de Dios, ser uno con Dios, reconocer la voluntad de Dios. Precisamente cuando la vida nos hiere, nos abre para Díos.
En  este versículo nos encontramos en la espiritualidad del abajamiento., en la experiencia de nuestra impotencia, de nuestras  heridas. Entonces mi humanidad se trasforma en experiencia de Dios. Veo que me hace bien cuando Dios me hace ver mi propia verdad, cuando me encuentro con mi propia debilidad .El encuentro con nosotros mismos es un requisito para el encuentro con Dios. De otro modo, mi hablar de Dios sería algo meramente exterior. Conocería a Dios de oídas. Ahora puedo conocer quien es ese Dios. Puedo saber que me acepta como soy, que me levanta de mi debilidad.
Para Agustín, humildad es el conocimiento propio,  pero que al mismo tiempo nos permite vislumbrar el misterio de Dios.
“Dios se ha hecho hombre. Y tú reconoce que eres hombre. Toda tu humildad consiste en que te conozcas a ti mismo”

 305.-El séptimo grado de humildad es que no contento con reconocerse de palabra como el último y más despreciable de todos, lo crea así en el fondo de su corazón  humillándose y diciendo con el profeta:”Yosoy un gusano no un hombre, la vergüenza de la gente el desprecio del pueblo (7, 51-52)

Para la comprensión  de este séptimo grado, como del anterior, es indispensable recordar la meta, la cima hacia la que se tiende. Sería un error acentuar de modo masoquista  la humillación en detrimento del aspecto fundamental que es  la alegría de las cosas humildes y el gozo de ser independiente  de las valoraciones de los hombres (6º grado) y la conciencia serena y confiada de sentirse pecador (7º grado)
No nos paremos en las palabras y vallamos a la realidad espiritual que intentan expresar. Fundamentalmente se refieren a ese liberarse gradualmente que lleva al hombre a la madurez. Y de este modo es como el monje llega a la valoración auténtica de sí mismo y de lo que Dios es para él.
No es que el monje se haga insensible, sino que a partir de la experiencia cada vez más intensa de Dios como razón máxima de su existencia, las otras realidades por más interesantes y  perturbadoras que puedan parecer, jamás llegan a acaparar toda su atención ni hacerle olvidar que Dios es la fuente inagotable de su paz  y de su gusto de vivir.
La experiencia enseña la importancia decisiva del aceptarse a sí mismo para el crecimiento humano y  cristiano. En la vida de cada uno llega un momento determinado en el que se alcanza una cierta evidencia de lo que uno mismo es. Y una percepción más nítida de los límites de cara a Dios y a los demás.
Según el propio modo de ser y las circunstancias, unas personas llegan a ello tras un proceso gradual, mientras que otras de repente. Pero es evidente que de una u otra manera  se trata siempre del enfoque decisivo de la vida de esa persona. O bien asume la propia realidad y a partir de ella se intenta humildemente ponerse al servicio de Dios y de los otros, o bien empieza un largo itinerario repleto de ilusiones, quimeras, fracaso y amarguras. En el primer caso hay una conversión, es el momento de superar las actitudes infantiles de la vida centrada en uno mismo. Se liquida la tendencia de atribuir a los otros  los propios fracasos. No se vive ya pendiente de las valoraciones de los otros  en  un vaivén  constante de euforia y depresiones, propias de la adolescencia. Se aprende incluso a asumir los propios pecados sin menospreciarse, volviendo a empezar de nuevo tantas veces como fuere necesario. No se trata de obstinación sino de un gesto de confianza humilde, pero fuerte. Esta persona ya no se siente atada al mundo, sino que ve la propia vida  sumergida en Dios que es un misterio de amor.
Berrearnos dejó escrito que la humildad no consiste en menospreciarse  a sí mismo, ni siquiera en soportarse, sino en amarse  a sí mismo como un miembro doliente del cuerpo de Cristo.
Si no se da esta conversión, el monje queda incrustado en unas actitudes inmaduras, que hacen muy difícil el camino de la vida y esteriliza todas las oportunidades en un constante estar centrado en uno mismo. Existe un gran vació afectivo y con mucha frecuencia una cierta inestabilidad, no solo en la dedicación al trabajo, sino incluso en la dedicación a un ideal de vida. Se buscan continuamente las soluciones en las circunstancias que le rodean a uno, olvidándose que el fallo principal proviene de sí mismo por no haber asumido la propia realidad como punto de partida.  Así no llega nunca a encontrar la situación ideal para poder satisfacer las propias aspiraciones. Busca la causa de este fracaso en los demás que no le comprenden, que no le prestan ayuda. Y si en algún momento cae en la cuenta de sus propias limitaciones, esta toma de conciencia no es fuente de paz, sino de desánimo y pesimismo.
Mientras una persona está metida en este callejón sin salida, resulta muy difícil ayudarla ni por los compañeros, ni por los maestros, ni por nadie. Está domino por la convicción de que los otros no le comprenden  y cualquier  advertencia con la que se intenta hacerle ver algo real, ve en ello una confirmación más de esta supuesta injusticia con que se le trata a su parecer.
En el fondo lo que hay es una rebelión, como un rechazo amargo de la propia realidad, y la vida interior  de  un monje así, se ve empobrecida. 

306.-El octavo grado de humildad es que el monje en nada se salga de la regla común del monasterio, ni se aparte del ejemplo de los mayores. (7,55)

Hasta este grado la humildad se ha mantenido sobre todo en el interior del monje, las manifestaciones externas han sido esporádicas. La regla ha procurado ante todo que la verdadera humildad arraigara en el corazón del monje. A partir del 8º grado hasta el 12º, sin dejar de  proceder de lo intimo del ser, adquirirá un aspecto externo común.
Así en el  8º grado correspondiente al “indicio” sexto de Casiano, que reproduce tal cual, cambiando una palabra añadiendo un término muy significativo. Cuando  Casiano habla de una “communis regula” no se refiere a ningún código concreto de leyes monásticas, sino a  la doctrina tradicional establecida en los cenobios de Egipto. Al añadir RB el genitivo “monasterii” alude a la regla escrita vigente en el monasterio, o sea se nombra a sí misma.
A su lado siguen figurando los ejemplos de los mayores como norma de conducta. Pero lo que cuenta para la RB es la observancia puntual de la regla. Los ejemplos de los mayores son una simple ilustración de la misma, que el monje humilde tiene presentes para imitar.
En su enunciado escueto, sin ningún comentario ni cita alguna de la Escritura que lo ilustre, da a este grado un carácter de sentencia firme, absoluta e inapelable, que se impone  por su autoridad y que a primera vista excluye de antemano toda innovación o acomodación.
Pero sería un error interpretar este grado como una canonización del inmovilismo.
S. Benito quiere que la comunidad se mantenga abierta al soplo del Espíritu, que “muchas veces revela al más joven lo que es mejor” (3,3)
Pero hay dos  aspectos decisivos en el camino de la humildad, que S. Benito recuerda con fuerza: 1º hay que dejar de lado como obstáculo pernicioso, el afán obsesivo de originalidad y de afirmación personal.  Es necesario un aprendizaje en la escuela de los mayores, en la fidelidad a la regla común del monasterio. 2º Hay que sumir con fe el misterio de las mediaciones humanas como una consecuencia del gesto de Dios a través de la encarnación.
La regla del monasterio y el ejemplo de los mayores son para el monje una síntesis de la experiencia de los santos puesta a su alcance.
Nos está invitando a que hagamos propio un determinado modo de vida. Hemos de renunciar el hacernos interesantes a nosotros mismos, abandonando una y otra vez la costumbre del monasterio, haciendo valer nuestras propias ideas.
Esto pudiera parece a primera vista  un cercenamiento de la creatividad humana. Pero la limitación al proyecto comunitario me puede confrontar con mi propia realidad y trasformarla cada vez más.
No es la trasformación de la Regla lo que expresa mi mismidad más íntima, sino precisamente al intentar colocarme en dependencia de la Regla entro en contacto con mi identidad original, con mi esencia  más íntima.
Renuncio a juzgar la Regla con mis propios parámetros, pues de lo contrario nunca llegaré a la experiencia a la que S. Benito me quiere llevar a través de su Regla. La vería siempre desde fuera y no llegaría a interiorizarla. El octavo grado me invita  a asumir la dependencia de la Regla sin reservas, a fin de que ella me  trasforme más y más.
Se trata de un camino para llegar a ser libre de las falsas imágenes del ego, para encontrar detrás del ego el verdadero yo-mismo.
El octavo grado quiere protegernos de intentar hacernos un seudo-nombre, renunciando a una autoafirmación obsesiva. Así es como  llego a ser totalmente libre. No se trata de negar mi mismidad más intima. Nunca debo hacer tal cosa. Se trata más bien  de intentar  descubrir mi auténtico yo mismo, renunciando a colocar mi ego siempre en el centro y a darme tono frente a otros.
En la renuncia  a las propias peculiaridades, se nos abre un espacio de encuentro con nuestro Dios, que nos llama por nuestro nombre y nos invita a entrar en su intimidad.
Es un ejercicio decisivo en un camino de maduración para renunciar a hacer todas las cosas de un modo diferente de cómo las hacen los demás. Renunciar  a diferenciarme de los demás sólo por mi actuar exterior.
Si hacia fuera todo es igual, descubriré mi núcleo más íntimo en el que soy totalmente único e irrepetible, en el que Dios me llama por mi nombre.

 

 

307.- El noveno grado de humildad es que el monje domine su lengua y manteniéndose en la taciturnidad espera a que se le pregunte algo para hablar, ya que la Escritura  nos enseña “en el mucho hablar no faltará pecado”  y  “que el deslenguado no prosperará en la tierra”. (7,56-58)
Este grado y los dos siguientes nos trasportan de nuevo al  capítulo 6º, sobre la taciturnidad, y a un grupo de instrumentos del cap. 4º que ya hemos comentado, y que tienen como tema otros tantos aspectos de la taciturnidad.
El noveno grado invita a refrenar la lengua. Este grado y el undécimo se inspiran en el noveno “indicio” de Casiano, que desarrollan e ilustra con textos de la  Escritura. Sobre todo en este noveno grado cita Prov. 10,19 ya utilizado en el cap. 6º y añade la cita del salmo 139: “El deslenguado no prosperará en la tierra”.
El silencio es fundamentalmente atención, disponibilidad, una fecundación previa a toda palabra auténtica, tanto  de cara a Dios como a los hombres.
De cara a Dios, en el cap. 20, S. Benito nos recomienda la plegaria  silenciosa, recordando el Sermón de la Montaña: “Hemos de saber que seremos escuchados, no porque hablemos mucho”.
De cara  a los hermanos, encontramos varios instrumentos que se pueden sintetizar en el 28: “Decir  la  verdad con el corazón y con los labios”.
Esto pide una ascesis  y mesura que nos haga capaces de una auténtica comunicación con los otros,  puesto que la abundancia de palabras encubre con frecuencia la incapacidad de una auténtica comunicación.
Lo que las comunidades monásticas necesitamos es que en este aspecto cada uno llegue a ser hombre convencido  del valor del silencio, amante del silencio. Sin esta  actitud profunda, resultan inútiles las prescripciones disciplinares. En cambio, la experiencia vivida a partir de este aprecio personal del silencio, nos hace capaces de entrar en ese lugar escondido  de la propia vida, donde encontramos a Dios presente y donde vivimos la conciencia  profunda de la comunión con los demás.
Merton en un artículo publicado hace ya mucho pero que he leído esta semana, titulado”apuntes sobre el porvenir del monacato” dice: “También la soledad es una medida y grado que puede variar de un individuo a otro…pero algunos tenemos que estar solos para encontrarnos. Esto puede llamarse  aislamiento, si se quiere, pero tenemos  que dedicarnos a trabajar y pensar, lo que demanda cierto silencio  y apartamiento, necesitamos tiempo para meditar y crear. También la comunidad misma tiene que respetar cierta quietud y evitar  ser un conjunto hablador incontrolado. El monacato implica cierta distancia desde la cual se puede después acercarse evitando la mera inmersión en una cercanía confusa, donde no hay personas, sino solo una masa de seres que hablan y se mueven”.
Desgraciadamente hay muchos que no entrar en ese lugar escondido, en ese centro de sí mismos, que les da miedo afrontar esa soledad del propio corazón. Les produce espanto. Un monje así está vació, está triste, pues no ha entrado  nunca en el fondo de sí mismo, no ha sido lo suficientemente valiente para afrontar la agonía de dejarlo todo, hasta la propia imaginación y los propios deseos superficiales, para adentrarse  en este centro, donde Dios nos invita, según aquello del Apocalipsis:”Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno escucha mi voz y abre, entraré en su casa y comeré  con él y él conmigo.
Los monjes tendríamos que ser capaces de señalar  un hito  al hombre de hoy, cada vez más esclavo de la dispersión, del ruido, de mil solicitaciones que le hacen vivir superficialmente sin entrar nunca en el fondo de sí mismo. Y sin esto, la vida tiene una especie de vulgaridad, de monotonía  de la cual ninguna otra cosa nos puede liberar.
Nuestra vida cuando se vive en plenitud, aunque parece monótona, tiene una plenitud y un gozo que solo lo experimentan aquellos que se entregan a ella sin reserva.
Así como el monje puede intentar hacerse interesante a través de una costumbre personal, (grado 8º) así también puede colocarse en primer plano a través de su locuacidad. Y precisamente hablando puede huir de sí mismo, pues como no puede soportarse, tiene que hablar. Pero el que habla, difícilmente puede evitar el pecado, ya que tiene el peligro de colocarse en el centro, de presentarse mejor de lo que es y hacerse el interesante.
Mientras la lengua funciona, no se necesita enfrentarse con su más íntima soledad. Y esto le impide conocer su propio camino. Va de un lado a otro sin dirección alguna.
El silencio es para el monje un camino decisivo para encontrarse a sí mismo y a Dios. En el silencio nos encontramos con nuestra indigencia y vulnerabilidad y descubrimos nuestro más profundo anhelo de desasirnos de nosotros mismos para ser uno con Dios.
   Todo esto está muy bien reflejado y actualizado en la C. 24. “El silencio se considera como uno de los valores más peculiares de la Orden, asegura al monje la soledad en la comunidad, favorece el recuerdo de Dios  y la comunión fraterna; abre la mente a las inspiraciones del Espíritu Santo; estimula la atención del corazón y la oración solitaria  con Dios. Por tanto, en todo tiempo, pero sobre todo en las horas nocturnas, esmérense los hermanos en ser fieles al silencio, custodio de las palabras e incluso de los pensamientos”.

 

 

308.- El décimo grado de humildad es que el monje no se ría fácilmente ni enseguida, porque está escrito:”El necio se ríe estrepitosamente”. (7,59)

Estros tres último grados de humildad describen la realización corporal del encuentro  con migo mismo y de la experiencia de Dios.
Mi cuerpo muestra en que medida soy permeable para Dios o sólo me represento a mí mismo.
En mi actitud corporal puede reconocerse si estoy aferrado a mí mismo, a mi yo o si he avanzado hasta  llegar al yo mismo. Si he llegado a ser transparente para Dios.
Se trata de la  pregunta de lo que un hombre irradia a Dios o su propia estrechez.
El décimo grado consiste en no reír con facilidad por todas las cosas. Con toda  seguridad Benito no prohíbe la risa, pero existe un reír estruendoso que delata al necio, como dice Ben Sira:”El necio se ríe estrepitosamente”
Por el modo de reír, se puede deducir que en esa persona algo no está  en orden en su interior. Así  como la voz delata el estado interior,  así también la risa.
En unos la risa delata un desgarramiento interior, una enfermedad del alma. En otros se trata de un reír de compromiso, o con lo que se pretende disimular algo. También hay un reír burlón  con el que se hace al otro objeto de irrisión y se le hiere. También tiene su matiz las diversas culturas. La risa en EE.UU. dice Joan Chittistter, benedictina,  comentando este grado a los seglares, es mal vista en los grandes colegios privados para señoritas, así como en las clases sociales  superiores.
Ahora bien, a Benito no le interesa prohibir la risa, desde fuera, sino la percepción de lo que cada uno expresa en su reír. Si uno se ha encontrado consigo mismo, tendrá buen humor, reirá  de buena gana, pero no tendrá una risa desagradable. Tal vez tenga una risa contagiosa y alegre, que arrastra a otros a reír llenándolos de alegría.
La risa puede ser expresión de libertad interior, de estar por encima de la situación. Probablemente Benito no condena aquí la risa de los redimidos y liberados, sino la risa del necio, según lo sugiere la palabra de la Escritura que aduce.
 Aquel que se ha encontrado con su realidad interior, no cabe la risa de la estupidez, que se coloca por encima de todas las cosas y sin embargo a menudo es una expresión de desesperación.
Cierto que la prohibición de reir estaba muy extendida en el monacato antiguo. Se  fundamentaba en el hecho de que los evangelios nunca dice que Jesús hubiera reído. Así lo argumentaba el P. Isidro, Prior de La Oliva. Pero ciertamente esto carece de verdadero fundamento y es una argumentación posterior a la observación del hecho que hay un reír que produce en uno un desgarramiento interior y que se encuentra  en contraposición con la experiencia de Dios y con la experiencia de la paz interior.
Hay un tipo de risa que reprime e incluso excluye la experiencia de Dios. Y también existe una forma de ascética, de rostro adusto y sombrío que contradice  la experiencia de Dios como Padre. Así lo predicaba Jesús al fustigar  el semblante sobrio de los fariseos cuando ayunan: Jesús invita a lavarse el rostro y ungirse el cabello.
Clemente de Alejandría ha desarrollado en su libro de Paidagogós la ética del reír. La risa es  signo típico del hombre. Para Orígenes es expresión de alegría y jovialidad, para Gregorio de Nisa es señal de alegría interior. Solo rechaza las bufonerías, los chistes indecentes, porque a través de ellos el hombre interior queda paralizado, a la vez que se despiertan las pasiones.
En el monacato la meta del camino espiritual es la “hilaritas” La hilaridad, la alegría serena, la interior es el criterio para distinguir a un hombre espiritual. La falta de humor es siempre una falta de espiritualidad. Con el décimo grado de humildad Benito quiere llamarnos la atención de que la experiencia de nosotros mismos y de Dios tiene que expresarse  también exteriormente con el cuerpo. Existe una hilaridad y alegría que con la risa libera también a otros  de su estar centrados en sí mismos. Pero  existe así mismo la risotada que se ríe de otra persona o con la que nos colocamos nosotros mismos en el centro y que nos estorba en la relación con nosotros mismos y con Dios.

 

309.- El undécimo grado de humildad consiste en que el monje, cuando hable lo haga  con dulzura y sin reír, con humildad y gravedad, diciendo pocas y juiciosas  palabras, sin levantar la voz, pues está escrito: “Se reconoce al sabio por sus pocas palabras”. (7,60)

Cuando hablamos, siempre nos traslucimos a nosotros mismos. En nuestra voz se puede reconocer como estamos en nuestro interior. No podemos desfigurarnos. A través de ella se puede reconocer si estamos en coincidencia interior con nosotros mismos.
Hay una voz  estrepitosa que permite inferir un descontrol interior. Esta  voz estrepitosa es la que tiene presente Benito cuando  dice que hablar a gritos es inadecuando para el monje. El que grita demuestra que tiene poca sensibilidad para con  los hermanos y para con Dios. El que ha encontrado a Díos y a sí mismo, lo trasluce también en su voz.
Esta voz será según S. Benito “leniter et humiliter con gravitate” (7.60) serena,  alegre, modesta y con una percepción de la presencia de Dios (gravitas). Una voz estridente demuestra que el que habla está interiormente descontrolado.
Benito quiere que el monje hable de tal manera que su voz exprese paz interior y encuentro con Díos.
No solo la voz nos delata, sino también las palabra que decimos. Benito  está pensando en palabras breves, reflexionadas. No es que S. Benito pretenda establecer una norma externa para hablar, a la que deben atenerse los monjes. Se trata de tener la suficiente sensibilidad para percibir lo que expresamos con nuestras palabras. A ver si solo hablamos sobre nosotros, nuestra preocupaciones interiores, deseos, necesidades, o  si en nuestras palabras se hace oír algo de la misma palabra de Dios.
Se cuenta de algunos hombres de Dios, como San José Maria Rubio, que cuando hablaba, no decía ninguna cosa nueva ni siquiera de modo elegante, pero que los que le escuchaban se sentían interiormente renovados. Sus palabras emanaban algo curativo, liberador, purificador.
Evidentemente este es el modo como hablaba Jesús y por su palabra, sus discípulos se sentían puros, limpios:”Vosotros ya estáis limpios gracias a la palabra  que os he anunciado “(Juan 15,3)
S. Benito quiere que el monje hable de tal manera, que su interlocutor se sienta aceptado, que perciba algo de Dios, (la palabra “gravitas” designa siempre la cercanía de Dios). Que sienta la suavidad y tranquilidad (leniter)  de la proximidad divina. Se encuentra con la experiencia de Dios y de la paz interior.
En la medida que progresamos en la humildad, en el sentido benedictino ya explicado al comienzo de este capítulo,  estas manifestaciones exteriores las tendremos como naturalmente, como sale la luz de la antorcha que arde.

 

310.- El duodécimo grado de humildad es que el monje además de ser humilde en su interior, lo manifieste siempre en su  porte exterior a cuantos le vean. Es decir  que en la obra de Dios, en el monasterio, en el huerto, cuando sale de viaje, en todo lugar, sentado, de pié o al andar, esté siempre con la cabeza baja y los ojos fijos en el suelo. (7.62-63)

Una vez que la humildad se ha apoderado del corazón, irrumpe en el exterior, en la actitud corporal contrita del publicano del evangelio.
Ya hemos visto la relación de este grado con el primero. Es de advertir  que el juicio de Dios que en el primer grado aparece  en horizonte lejano, en el duodécimo ya está presente. El monje humilde piensa que se encuentra ya  en el tremendo juicio de Dios. El recuerdo de sus pecados ha operado  una especie de antelación del acontecimiento escatológico.
Es por tanto es  un tema común a ambos extremos de la escala. Pero se ha operado lo que se suele llamar “una secuencia paradójica”.  Mientras en el primer se pide al monje guardarse  constantemente de pecados y vicios, (v.12) cuando llega a último grado se considera  en todo instante reo de sus propios pecados (v.64)
Uno se guarda constantemente del pecado, para sentirse al final más pecador que nunca. Pero la paradoja se explica por la experiencia de los santos y la dialéctica propia  de una escala de humildad en la que ya no se sube, si no es bajando. La lucha contra el pecado  hace al hombre sensible al pecado, desarrollando su conciencia de ser pecador, así este grado se manifiesta como continuación del primero y una profundización de las disposiciones requeridas ya en el punto de partida.
Con la  postura del cuerpo se expresa la experiencia de uno mismo. Hay una actitud que expresa la serenidad, permeabilidad, confianza en la cercanía  de Dios. Para Dürckheim es la actitud erguida la que revela esta permeabilidad. Pero Benito piensa lo contrario, en una actitud inclinada. Esto ha suscitado  muchas protestas.
Tal actitud recuerda la  humildad encorvada que se hace pequeña exteriormente. Y cierto que hay una actitud erguida que tiene carácter de arrogancia, que mira a los demás desde arriba.
De una manera implícita Benito está señalando al mismo Jesús. El “inclinato capite”  de Benito 7,63 recuerda  la cabeza inclinada de Jesús en la cruz. Después de haber dicho la última palabra, “todo está cumplido”, ya que dice la Escritura,”inclinando la cabeza, entregó el espíritu”.
Por tanto la humildad tiene que llevar al monje a la actitud de Jesús  que en la cruz consuma la obra de su amor y nos entrega su espíritu. En latín dice el texto evangélico: “tradidit  spiritum”. Jesús nos entregó su espíritu de amor. Así el monje debe vivir a partir del mismo espíritu de entrega. Su entrega se hace plena con la cabeza inclinada  en cuento se hace semejante  a Jesús. Según esto la cabeza inclinada es expresión de amor. Ella abre para los hombres en torno a uno, un espacio de amor y es decir un “si”  a  lo que existe, también a la realidad  última de la muerte.
 En la muerte se consuma la entrega de Jesús. En la cabeza inclinada el monje se ejercita en el amor con el que Jesús nos amó a nosotros los hombres, hasta la consumación.

311.-Undécimo grado, fundamento bíblico.

 Y diga siempre en su corazón aquello del publicano del Evangelio: Señor no soy digno de  levantar  mis ojos al cielo. Y también con el Profeta: He sido profundamente encorvado y humillado. (7,65-66)

El ejemplo bíblico que Benito trae a colación para fundamentar la inclinación de la cabeza, es la parábola del publicano que relata S. Lucas. Mientras que el fariseo se colocaba frente a Dios y oraba con muchas palabras, el publicano se mantiene al margen, de tal manera que ni siquiera se atreve a levantar los ojos. Se golpea el pecho y reza: “Oh Dios  ten compasión de mí que soy un pecador”.
El fariseo reza sólo para sí mismo, pero no está en contacto consigo mismo, gira sobre sí mismo y utiliza a Dios para presentarse  bien ante los demás. El publicano está consigo mismo. Al golpearse el pecho expresa que está en contacto con su corazón. Por estar en contacto consigo mismo, se le hace patente el misterio de Dios. En su actitud expresa el respeto por el Dios totalmente otro. No utiliza a Dios para sí, sino que se expone ante Dios tal como es.
El publicano regresa justificado a casa, se ha visto correctamente a sí mismo y a Dios y ha sido  justificado ante Dios.
Benito sabe que el monje puede utilizar su oración para colocarse por encima de los otros hombres. Por eso le advierte en este grado a cerca del  peligro que se esconde en su oración. La humildad es el camino hacia un orar  cada vez más puro y perfecto, hacia la oración  del corazón puro.
Esta evocación al publicano del evangelio, puede sonar a los oídos modernos excesivamente literaria. Pero la experiencia vivida por los santos demuestra que S. Benito no se ha excedido. En los hombres llenos de Dios, la percepción del propio pecado es tan intensa como la conciencia gozosa del perdón reiterado e infinitamente amoroso de Dios.
Precisamente por eso no podemos tomar nunca, ni en el cuerpo ni en el espíritu aires de autosuficiencia, sino la actitud sencilla de los humildes que todo lo esperan de Dios.
Y podemos preguntarnos ¿Qué hacer hoy con un precepto que prescribe cabeza inclinada y mirada en tierra, en una cultura caracterizada  por las  espaldas rectas y las miradas directas de la autoestima?
 Benito nos dice que la verdadera humildad es simplemente la medida de un yo que se acepta  sin  aprobación ni culpas exageradas. La humildad es la capacidad de conocernos a nosotros mismos como Dios nos conoce y saber que lo poco que somos es precisamente lo que nos  permite tener pretensiones ante Dios.
La humildad es por tanto el fundamento de nuestra relación con Dios y con los demás, de la aceptación de nuestra persona, de nuestro modo de utilizar los bienes que nos rodean e incluso de nuestro modo de caminar a través del mundo, sin arrogancia, sin dominación, sin desdén, sin desprecio, sin altivez, sin egoísmos ni egocentrismos. Cuanto más nos conozcamos a nosotros mismos, tanto más amables seremos con los demás.

 

312.- Cuando el monje ha remontado todos estos grados de
humildad, llegará pronto a ese grado de amor a Dios que por perfecto
echa fuera todo temor, gracias al cual cuanto cumplía antes no sin recelo ahora comenzar  a realizarlo sin esfuerzo, como instintivamente, como por costumbre, no va por temor al infierno sino por amor a Cristo. (7, 67- 68)

Igual que la escala de Jacob, esta escala de la humildad de la RB no termina en este mundo, conduce a la exaltación celeste. Así lo anunciaba S. Benito al comienzo de este capítulo.
 El Maestro, no carente de lógica en esta ocasión, se detiene aquí con una profusa descripción del Cielo, que toma de la "Passio Sebastián" uno de sus apócrifos predilectos.
 La RB por el contrario mantiene la escala de la humildad dentro de los límites del progreso espiritual de esta vida.
 El epílogo de este capítulo ofrece una peculiaridad digna de mayor atención. Mientras en el cuerpo de este capítulo se amplían notablemente los indicios de Casiano, en estos últimos versículos se reproduce el pasaje correspondiente a las Instituciones, sin cambios sustanciales. Ahora bien, este texto de las Instituciones de Casiano es rigurosamente paralelo a otros más desarrollados en los que Casiano describe la "pureza de corazón", la "apatheia " de Evaglio, o caridad, meta y coronamiento de la "praktike" o "scientia actualis", y que marca el principio de la "theorike" o "scienctia spiritualis", es decir el comienzo de la contemplación.
 Esto resulta muy significativo. La RB en efecto adopta sin duda la teoría de Casiano sobre el objetivo hacia el que tiende el ascetismo del monje, que no es otro que llegar un día al Reino de Dios. A través del temor de Dios, la renuncia al mundo, y a la propia voluntad, por la obediencia y el progreso en la humildad considerada sustancialmente como imitación y seguimiento de Cristo, que se ha descrito en la primera parte de este capitulo séptimo, y que resume todo el proceso de extirpación de los vicios y adquisición de las virtudes, que consiste la scientia actualis.
 La regla procura conducir al monje a la pureza de corazón, que se expresa en las frases de "operario purificado ya de sus vicios y pecados" y en la que dice" "la perfección de las virtudes sin ningún esfuerzo, como instintivamente y por costumbre" y "ese grado de amor de Dios que por ser perfecto echa fuera el temor". Todo esto muestra donde pone Benito el objetivo de la vida monástica.
 Por tanto para Benito la meta de la humildad tal como la ha descrito en este capítulo es espiritual, no moral. No se trata de una virtud, sino de la capacidad para la contemplación, de la oración pura en la que se otorga llegar a ser uno con Dios.
Esto es lo que expresaba el P. General en su conferencia de "Testigos de Dios en lo hondo de nuestra noche" cuando decía: "En resumidas cuentas es evidente que para todo buscador de Dios, lo más importante es el encuentro con El. Es precisamente este encuentro el que paga con creces todas las penas y trabajos de la búsqueda. En otros términos, la vida monástica carece de sentido sin la unión mística o contemplativa con el Dios que llama, purifica, desposa y trasforma".
 Estas frases del P. General son como un eco de las de Pio XIl en uno de sus mensajes radiofónicos a los monasterios contemplativos, que decía que "una vida contemplativa, sin verdadera contemplación es vana e inútil.
 Creo que sería desviamos del tema detenemos en este momento en precisar qué entendemos por vida contemplativa. ¿Vivir en un monasterio? ¿Pertenencia a una Orden considerada por el Código de Derecho como contemplativa? Por descontado que no. La respuesta creo encontrarla en este cap. 7. que estamos comentando cuando libre ya el monje por la ascesis llega a  “dejarse guiar por el Espíritu Santo". Cuanto más sea la actuación del Espíritu, tanto en la oración como en las ocupaciones diarias, el trabajo, el descanso, más intensa ser  su vida contemplativa.

 

 

313.-Presencia del Espíritu,
 Gracias al cual, cuanto cumplía antes no sin recelo, ahora comenzara a realizarlo sin esfuerzo, como instintivamente y por costumbre no ya por temor al infierno, sino por amor a Cristo, por cierta santa connaturaliza y por la satisfacción que las virtudes producen por si mismas. (7, 68,69)


Una vez que por medio de estos doce grados de humildad se ha abierto el monje a Dios, desaparece en la vida todo esfuerzo y se entra en contacto con nuestra verdadera naturaleza.
El camino espiritual corresponde entonces a nuestro ser más íntimo y recorremos este camino como instintivamente. A través del encuentro con la propia realidad, la humildad nos ha puesto en contacto con nuestra naturaleza creada por Dios que es buena en sí misma.
Si estamos en contacto con nuestra verdadera esencia recorremos el camino hacia Dios en forma espontánea. No hacen falta mandamientos ni presión alguna desde fuera. Por eso asegura Benito que el monje transformado por la humildad, recorrerá el camino espiritual, no ya por temor al infierno, sino por amor a Cristo, por cierta santa connaturaleza y por la satisfacción que producen las virtudes por sí mismas.
Por la humildad hemos descendido al infierno (lo profundo) de nuestra alma y se ha perdido todo temor al infierno eterno, pues hemos encontrado a Cristo incluso en los abismos de nuestra alma. El ha impregnado el infierno interior con su amor.
Benito habla aquí del "amor Christi", es el amor empapado en eros, un amor apasionado que se nutre de la fuerza del apetito.
La palabra latina "amor" designa el amor entre enamorados. Ese es el amor que impulsa al monje a recorrer el camino espiritual.
Otro de los motivos que impulsan al monje, es el gozo de las virtudes, el deleite que crece en él comunicado por el Espíritu Santo. Por tanto el camino espiritual no es un camino duro, áspero cuando se le considera a donde nos conduce: a la anchura, a la alegría y al amor. El nos lleva a través del descenso a la propia verdad hacia una nueva alegría y vitalidad.
Aquel que encuentra sólo la aspereza en su vida monástica, tiene que considerar en qué medida el Espíritu Santo está con su unción actuando en él, o mejor por qué no actúa con sus dones.
S. Bernardo reconoce como es necesario que la unción espiritual de la gracia ayude nuestra flaqueza, suavizando con su virtud las cruces de tantas y tan diversas observancias y mortificaciones que tenemos que practicar, ya que no es posible seguir a Cristo sin cruz. “A la verdad ¿quién podrá sostener la aspereza de la cruz sin unción? ?Así que es muchos tienen horror y huyen de la penitencia viendo la cruz pero sin fijarse en que está ungida (en la dedicación de la iglesia, se ha ungido con óleo el lugar que ocupan las cruces de los muros) Vosotros que lo habéis experimentado, vosotros sabéis que verdaderamente está ungida nuestra cruz, y que con la gracia del Espíritu Santo que nos ayuda, es suave y deleitable nuestra penitencia por así decirlo, es dulcísimo nuestra amargura"
Los doce grados conducen a la plenitud del hombre, a la madurez humana, a la apertura hacia Dios. Es el camino espiritual del monje sin más.
Este capítulo es como el resumen de las enseñanzas espirituales de S. Benito. El séptimo  grado hace referencia a la plenitud, lo mismo que el duodécimo.
Tenemos que contemplar este capítulo a la luz de de la doctrina espiritual de Casiano, y de su maestro Evaglio Póntico. Solo entonces se nos hace patente la riqueza de experiencia espiritual que esconde este capítulo. Es un camino hacia la vida, hacia la unión con Dios, hacia la libertad en y por Dios, hacia amor que el mismo Espíritu Santo suscita en nosotros.

 

 

314.-Obrero debidamente purificado
 He aquí todo lo que el Señor se dignará manifestar por el Espíritu Santo a su obrero cuando ya esté limpio de vicios y pecados.
(7,70)
Para que el amor pueda anidar en el corazón es necesario purificarle de todo pecado. Amor y pecado son dos situaciones irreconciliables. Donde reside permanentemente el pecado, no puede habitar el amor y recíprocamente, el corazón lleno de amor no puede arraigar el pecado.
En cuanto se deja lugar al amor en el corazón, hace desaparecer  todo lo que es pecado o apariencia de pecado. Y una vez vencido el pecado, ataca a las tendencias al pecado y a las malas inclinaciones debidas a los pecados pasados. No ceja esta lucha hasta exterminar a todos los enemigos.
En los comienzos, este amor dista mucho de ser puro y esta situación se puede prolongar si no está el monje decidido a la entrega total a su vocación de búsqueda de Dios, y por ello puede ser el progreso muy lento.
Pero el Espíritu Santo que quizás por largo tiempo se le ha tenido como atado, hay un momento que empieza su labor de un modo más manifiesto llevando a cabo la purificación incluso del mismo amor en lo que aún le queda de imperfecto. Descubre numerosas manchas en los repliegues del corazón, que han escapado a la luz ordinaria y persigue estas impurezas con un verdadero celo y rigor.
Para romper todo los lazos impuros que quedan en el interior del monje, puede pasar por una época de verdadero martirio de angustias, tentaciones, disgustos, fastidios, opresión, tinieblas, impotencia para todo trabajo espiritual. Y no cesará esta prueba hasta llegar al grado de purificación debida. El obrero debidamente purificado, dice S. Benito.
Esta pureza de conciencia es el primer don que concede el Espíritu Santo a la entrega total al amor.
Por la ascesis el monje se ha purificado de todo aquello que había descubierto como pecado o imperfección, pero la obra del Espíritu sigue progresando y tiene lugar lo que S. Juan de la Cruz llama "noche del espíritu" y que la define como "una influencia de Dios en el alma que la purifica de sus ignorancias e imperfecciones habituales, que en algunos casos hasta se consideraban como virtudes, o por lo menos como cosas buenas.
Esta noche es una irrupción de Dios en el alma. Pero nos podemos preguntar ¿cómo una visita tan íntima del Señor pueda producir oscuridad y sufrimiento? La verdadera causa de la oscuridad y el sufrimiento radica en uno mismo. Por dos cosas la acción del espíritu Santo no es solo tiniebla para uno, sino también pena y tormento. La primera por la alteza de Dios que como deslumbra y produce tiniebla, y por la bajeza e impureza del que recibe la visita del Señor. El operario ya purificado dice S. Benito, se le manifestará todo el misterio de gracia que describe en este capítulo séptimo.

 

315,- Y el Señor se complacerá en manifestar todo esto por el Espíritu Santo, en su obrero, purificado ya de sus vicios y pecados. (7,70)
Volvemos a comentar esta última frase del cap. 7, con lo que damos por terminado el comentario a este capítulo, al que hemos dedicado más de 40 sesiones capitulares, pretendiendo profundizar en la espiritualidad de su contenido, quizás un tanto empañado por expresiones propias de otra época pero que conservan todo el valor de su contenido.
Bajo la influencia del Espíritu Santo y con la apertura y aceptación a esta gracia por parte del monje, crece y se fortalece el amor. Se purifica cada día más y permite al Espíritu que derrame sobre él sus dones. Así lo afirma S. Benito:"E1 Señor se complacerá en manifestar todo esto por el Espíritu Santo",
Se podría afirmar que los siete primeros grados de humildad de la RB tienen relación con los siete dones del Espíritu Santo. El don de temor de Dios que nos hace fieles a la los mandamientos, (1° grado). El don de piedad inspira el disgusto de la propia voluntad a la vez que acrecienta el deseo de hacer la voluntad de Dios como hijos que somos. (2° grado). El don de ciencia enseña a crucificar la voluntad propia para aceptar la voluntad del superior para así estar al abrigo de las astucias y engaños de la voluntad propia (3º grado) El don de fortaleza hace amables y firmes en medio de contrariedades y humillaciones ( 4º grado) El don de Consejo invita a abrir el corazón al padre espiritual con todos lo torcido y malo que pudiera haber, para recibir luces y consejos.(5º grado) El don de inteligencia enseña que somos pobres criaturas y que nuestro legítimo lugar es último de todos,(6º grado) El don de Sabiduría permite el llegar a amar la propia pobreza, debilidad y pequeñez, encontrar gusto y hacer propia la frase del salmo que presenta Benito en esta ocasión: Bien está Señor que me halláis humillado. (7º grado)
Por medio de la humildad y el amor van creciendo estos dones en el monje, y con la humildad y el amor llegan a manifestarse hasta en el exterior, como lo describe S Benito en los posteriores grados. Cuando se conversa con una persona llena del amor divino, se ve y se toca la presencia del Espíritu Santo en ella.
Pero sobre todo es a través del Espíritu como se derraman las gracias de oración. Cuando un monje está todo poseído del Espíritu Santo no puede ni quiere aspirar a otra cosa que a la plena unión con Dios. Y Dios que no se deja ganar en generosidad derrama en él los dones de su ternura. Junto con los dones, le comunica auxilios muy particulares que le ayudarán poderosamente a su transformación en Cristo.
Si el monje responde el Señor derramará sobre él gracias de oración aún más elevadas. La gracia de la contemplación, que con una luz particular, le lleva a regiones desconocidas, gracias de un ferviente amor que le consumen, ya la lleva a ardientes suspiros, ya le inunda de una alegría sobrenatural que le lleva a una especie de embriagues divina. Y le atrae a sí con tal fuerza que queda todo él lleno de su presencia.
Cierto que no se trata de desear visiones o revelaciones extraordinarias, pero sí que debemos desear las gracias de oración, siempre que proceda este deseo de una intención recta y se fundamente en una verdadera humildad. Pero no olvidemos que para llegar a tan altas metas, nos es imprescindible pasar por la purificación interior. "Purificado ya de sus vicios y pecados" concluye este largo e importante capitulo.
 Que el Señor nos conceda a todos estas gracias que S. Benito promete a "su obrero", como llama en esta ocasión al monje.

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