457. En la ordenación abad siempre ha de seguirse como norma que sea instituido aquel que toda la comunidad unánimemente elija, inspirada por el temor de Dios o bien una parte de la comunidad aunque pequeña, pero con un criterio más recto. 64,1.
La elección de un abad es un acontecimiento importante en la vida de un monasterio. En la actualidad las normas son claras y precisas, pero no se puede improvisar una buena elección. Para afrontar este momento importante en su historia, la comunidad necesita una madurez humana y una profundización espiritual.
Sobre el abad y sus colaboradores inmediatos pesa una grave responsabilidad de cara al futuro. La de promover en la comunidad un clima de fe profunda y de responsabilidad de modo que puedan crecer en ella verdaderos hombres de Dios, humanamente maduros, con experiencia de los caminos de Dios y de los hombres. Así cuando llegue la hora de una elección, la comunidad podrá elegir al abad entre ellos
S. Benito nada determina en el cap. 2 acerca de la instalación del abad. Esto lo aborda en este capítulo 64.
Hay que tener en cuenta que el título de este capítulo solamente corresponde a los 6 primeros párrafos. La segunda parte, casi tres veces más larga 7-22, contiene un segundo directorio abacial, comparable al primero aunque características bastantes diversas, como ya veremos.
No resulta fácil interpretar varios términos importantes de este capítulo. La RB no explica el sentido de las palabras: eligere, constituere y ordinare. Es decir las palabras claves de este capítulo. Tampoco determina ni aclara como se ha de realizar lo que ellas significan. Poco a poco se ha intentado hacer luz.
S. Benito no quiso imponer una regla fija y precisa en este asunto y dejó indeterminado el modo de la elección. Lo único que le importaba era que se nombrase una persona digna del cargo.
Hoy más bien todos opinan que cuando un legislador monástico no es bastante claro y explícito sobre un punto determinado o lo pasa enteramente por alto, es porque juzga que ese punto era bien conocido por sus contemporáneos, era la práctica establecida.
La manera de instalar a un nuevo abad, tema que tanto ha preocupado a los comentaristas de la RB, constituye uno de estos casos.
En el siglo VI. el modo de elección por vía de autoridad era diversos. Se puede señalar por lo menos seis. El nuevo abad podía ser designado por su predecesor como en la RM. Por los abades de la región, por el obispo competente, por el metropolitano o patriarca, por el "possessionis dóminus" y a veces por una minoría especialmente cualificada.
La elección por mayoría de votos de toda la comunidad es posterior. En el siglo VI. la elección de la comunidad puede significar tan sólo la aceptación por la comunidad de la designación hecha por una autoridad. Las decisiones sinodales de la época dejan libertad para adoptar cualquiera de estas formas. Si S. Benito, si hubiera querido imponer otro sistema, no se lo habría callado y lo habría dejado expuesto con precisión.
Teniendo esto presente, podemos examinar el texto de la Regla. Al determinar que el elegido sea por medio de la elección comunitaria unánime, sea por una parte de la misma con más sano criterio, excluye las otras formas de elección corrientes. S. Benito acepta el método más corriente en la tracción cenobítica. El cenobio entero y unánime solía elegir su nueva cabeza. Esta práctica aprobada por las leyes eclesiásticas y civiles era alegada en ocasiones para rechazar las intromisiones excesivas de algunos obispos.
La RB no ofrece pormenores sobre el mecanismo electoral. Si ninguno de los monjes alcanza el sufragio unánime de la comunidad, sistema preferido, se confía la elección a una parte más autorizada. Lo que resulta imposible es esclarecer con seguridad quienes eran los que formaba esta sección selecta de electores. Alguno opina que se trata de aquellos con los que el abad anterior había compartido algunos de sus poderes. En el lenguaje de la época era monjes "melioris opinionis"o "séniores consilii"
Lo esencial era que el electo ofrezca garantías, es decir que sea un monje de vida irreprochable y de doctrina segura, aunque ocupe el último lugar en el orden de la comunidad.
458. Proceder ante una mala elección
Pero aún siendo toda la comunidad unánime en elegir a una persona cómplice de sus desórdenes, Dios no lo permita, cuando estos desordenes lleguen de alguna manera al conocimiento del obispo...o a los abades, o a los cristianos del contorno, impidan que prevalezca la conspiración de los mal intencionados. 64,3-5.
S. Benito quiere dejar bien seguro que el elegido para ser padre del monasterio, sea realmente un monje apto por sus virtudes para esta misión. Para conseguir este fin implica a todos, para impedir que se instalase en el monasterio un abad indigno, cómplice de los vicios de los monjes, incluso en el caso de haber sido elegido por unanimidad.
Es muy notable la energía que muestra S. Benito en este pasaje, no teme la intervención de extraños, sino que más bien la solicita e incluso la exige. Y para ello recurre, no solamente al obispo y a los abades vecinos, sino incluso a los fieles que de alguna manera estaban vinculados al monasterio, para poner en sus manos el nombramiento de un "administrador digno para la casa de Dios".
Hoy nada tienen que ver el Obispo diocesano, ni los abades vecinos, y mucho menos los laicos en una elección abacial. Al abad elegido lo confirma el P. General. Y solamente en casos excepcionales se nombra uno o dos abades para realizar una Visita extraordinaria, si el caso lo requiere.
S. Benito por propia experiencia conocía la debilidad humana y sabía que podía haber componendas y complicidad para elegir a un sujeto vicioso y por eso emplea todos estos remedios normales en su tiempo, para salvar la casa de Dios.
A los que así velan por la santidad de la cada de Dios, les promete una gran recompensa por parte de Dios por este acto de puro celo, y amenaza aún con castigos si descuidan este negocio.
Hoy día la Iglesia tiene establecidas censuras contra el elegido y los electores culpables de cábalas. Hace prestar juramento antes de la elección de obrar rectamente. A pesar de todo esto, la ambición puede deslizarse y obrar con miras meramente humanas, con gran detrimento del verdadero espíritu cristiano y monástico que nos tiene que llevar en toda circunstancia, y en esta en concreto que tanta trascendencia tiene para el monasterio, y se manifiesta la verdad de no anteponer nada al amor de Cristo.
459.- El abad como servidor.
El abad que ha sido constituido como tal, ha de considerar siempre la carga que le han puesto y a quien ha de rendir cuentas de su administración, y que sepa que más le corresponde servir que presidir. 64,7-8.
S. Benito ofrece una descripción del tipo de abad que debe dirigir una comunidad benedictina. Dicho de otro modo, podemos ver en esta segunda parte del capítulo 64 una teología de la autoridad, de la paternidad o del liderazgo. El Talmud dice:”Feliz el tiempo en que los grandes escuchan a los pequeños, porque en una generación los pequeños escucharán a los grandes”.
En la tradición benedictina la autoridad no es un fin en sí misma, ni una excusa para oprimir a las personas para las que está hecha la Regla. La Regla es sencillamente una luz en el camino de la vida para guiarnos en la vida evangélica. Cualquier autoridad que haga de la Regla un fin en lugar de un camino, rinde culto a un ídolo.
Según la tradición benedictina el abad sólo rinde cuentas a Dios, por lo que le recuerda con frecuencia el juicio divino. Esta independencia hoy nos sorprende, ya que actualmente tenemos instancias sobre el abad del monasterio: el P. Inmediato y el P. General. Y tienen el derecho de visitar los monasterios en determinados periodos de tiempo, y deben comprobar si su situación material y espiritual es correcta.
S. Benito aprovecha la coyuntura de la instalación del nuevo abad para dirigirle una exhortación no tanto de sus obligaciones cuanto de lo que debe ser o debe intentar ser él mismo.
Para la RM el único criterio para la elección del abad es la perfección personal a la que ha llegado. Para poder enseñar la “ars sancta” no se le pide otra cosa que el haberla practicado mejor que todos los demás.
La RB por el contrario ilustra al abad sobre las cualidades humanas, sobre el carisma de la dirección de las almas, las dotes que como pastor cristiano tiene que poseer. Así tenemos en este capítulo un segundo directorio abacial comparable al primero del capítulo segundo.
En realidad se les ha comparado muchas veces y hasta se ha llegado a decir que en el cap. 2 expone el “quid”, la sustancia del oficio del abad, y en cap. 64 centra su atención el el “quomodo” o manera de desempeñarlo. Es una aseveración demasiado simplista, ya que en el cap. 2 no sólo trata del “quid” sino también del “quomodo”, pero tiene algo de verdad, ya que en el 64 se hace hincapié mucho más que en el 2 de las cualidades que el abad debe cultivar en sí mismo, en el espíritu que debe animarlo en su tarea de corregir y gobernar.
También se ha dicho que este segundo directorio es una especie de “retractatio” en el sentido antiguo, es decir una corrección o modificación de lo dicho anteriormente. Este aserto es más correcto. Hace resaltar las modificaciones introducidas por la RB en sus normas anteriores, en el sentido de una mayor discreción, de una creciente benignidad. De todos modos es evidente que ambos directorios presentan notables diferencias.
El esquema de este segundo directorio es bastante coherente. A la introducción (7) corresponde la conclusión (21-22). Ambas tienen un tema común. Rendición de cuentas, perspectiva escatológica. A la recomendación de cuatro cualidades positiva, (9) la advertencia sobre seis cualidades negativas (16), al relativamente largo comentario sobre la corrección de las faltas (12-15) otro sobre el modo de gobernar (17-19). Estos que podemos llamar bloques esenciales de la construcción del directorio, está unidos entre si por una argamasa de frases no menos consistentes y enjundiosas. Así la máxima (8) tomada del pensamiento de S. Agustín que dice:”El superior debe considerarse feliz no porque su cargo le permite mandar, sino porque le permite servir en el amor. Por este puesto de honor, ante los hombres está sobre vosotros, pero en la presencia de Dios está con temor a vuestros pies…y procurará ser más amado entre vosotros que respetado, siendo siempre consciente de que tendrá que rendir cuentas a Dios por vosotros”. Este pensamiento agustiniano sirve de transición entre la consideración global de la tarea del abad y los consejos que van a seguir.
La recomendación de la misericordia es como un apéndice de la lista de cualidades positivas. Y otra sentencia de sabor agustiniano (11), una variación sobre el tema de la misericordia y juicio, de la frase anterior. La recomendación de mantener la observancia de la regla, finalmente, es consecuencia de lo que antecede.
La construcción si no es perfecta, se acerca a la perfección.
460.-Proceder del abad.-
Haga prevalecer siempre la misericordia sobre la justicia, para que a él le traten de la misma manera. Aborrezca los vicios, pero ame a los hermanos, incluso cuando tenga que corregir algo, proceda con prudencia, No sea extremoso en nada, no sea que por querer limpiar demasiado la herrumbre, rompa la vasija.64,10-13.
La introducción y la conclusión no ofrece novedad, ya que los mismos temas se tocaron ya con más detalle en el primer directorio, donde leemos que el abad debe reflexionar sobre la carga que le ha sido confiada, acordándose sin cesar de la cuenta que tiene que dar a Dios.
Esta insistencia en las mismas palabras, meminise, scire, cogitare, es un llamamiento a la conciencia del superior que se concreta en una consigna de tipo general y de sabor agustiniano y con la que abre la puerta a todos los consejos posteriores: “debe más bien servir que señorear”.
De las cualidades positivas que han de adornar al abad, doctrina, interés, sobriedad, misericordia (9) sólo la última es objeto de comentario. Se le recomienda que prefiera la misericordia a la justicia, para obtener lo mismo para si (10). Es como una alusión a “bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzaran misericordia, y “os van a juzgar como juzguéis vosotros y la media que uséis la usarán con vosotros.
Luego con otra sentencia de influencia agustiniana y en la misma línea de recomendación de misericordia, para que aborreciendo los vicios no deje de amar a los hermanos (11). Esto lleva a S. Benito a tratar sobre el modo con el que debe aplicarse la corrección, uno de los temas capitales de todo el código monástico. “Nec quid nimis”, sin exceso, sentencia clásica, ya incorporada a la sabiduría popular, domina estos párrafos. Seguidamente recurre a la Escritura: “no se debe romper la caña cascada”. Traslada esta máxima del plano del simple sentido común a la imitación de Jesús, el Siervo elegido.
Después hay un texto en el que aparece más claro el carácter de “retractación” que distinguimos en este capítulo 64 respecto al segundo. En el primer directorio se invitaba al abad a extirpar de raíz las malas tendencias, los vicios, en cuanto aparezcan. Si los causantes son soberbios, duros, desobedientes declarados, no debe perderse tiempo en exhortaciones, sino apelar enseguida a los azotes y a otras penas corporales (2,26-29). Aquí por el contrario, aunque se recomienda arrancar los vicios, el tono es enteramente diversos. Ha de extinguirlos con prudencia y caridad, según viere adecuado a cada uno. (14)
En este contexto en el que se inculca tan intensamente la prudencia, la misericordia, el amor, la norma acaba por perder lo que pudiera tener de excesiva dureza. El contraste entre ambos directorios resalta aquí de modo muy intenso.
Esta primera parte se cierra con un nuevo aforismo:”Procure el abad ser más amado que temido” (15). Esta formula parece que procede de la Regla de S. Agustín, pero en realidad es una regla de sabiduría política, que no se encuentra sólo en S. Agustín, pues se encuentra en la vida de S. Honorato, y en otros textos cristianos y monásticos e incluso puede encontrarse en autores como Cicerón, Séneca, Homero, Jenofonte y otros. En esas pocas palabras tan sustanciosas de la RB convergen a la vez la sabiduría del desierto, la sabiduría cristiana y la sabiduría clásica.
El “Procure ser más amado que temido” es una variante del “Servir más que enseñorear”. En ambas sentencias aparecen dos grupos de elementos. Autoridad, honor, temor por una parte y servicio, misericordia amor por otra. Lograr el equilibrio entre ellas será el ideal. Pero en la realidad, y la RB es realista, resulta imposible mantener constantemente a la par ambos platillos de la balanza. Al de la autoridad y honor que la autoridad exige, debe aventajar en peso a no dudarlo, del platillo de la comprensión y el amor.
461.- Ser más amado que temido.
Con esto no queremos decir que deje crecer los vicios, sino que los extirpe con prudencia y amor, para que vea lo más conveniente para cada uno, como ya hemos dicho. Y procure ser más amado que temido. 64,14-15.
Seguimos comentando la manera de proceder del abad ante las faltas de los hermanos, según enseña la RB en este segundo directorio.
¿Cómo proceder al corregir, cuando la corrección es inevitable? Con prudencia y con mesura, sin excederse: “nec quid nimis.”
Ante todo hemos de tener en cuenta que las reprensiones sean raras. Cuando son demasiado frecuentes y se hacen periódicamente, uno acaba por acostumbrarse y pierden su eficacia.
En segundo lugar, que sean realmente justificadas. Hay temas dignos de consideración y otros que no lo son tanto. Puede haber cosas que por educación o por temperamento al abad no le gustan y que sin embargo no está obligado a extirpar.
Finalmente, que las correcciones sean oportunas, adaptadas al carácter y a la situación moral de cada uno. Hay caracteres dóciles y otros violentos. Incluso se dan espíritus habitualmente sumisos pero que pasan por agudas crisis, de modo que sería imprudente y hasta cruel, hacer más pesada su carga. No querer limpiar tanto la herrumbre del vaso, que se rompa, le recomienda S. Benito. Es cuestión de tacto y de delicadeza.
Para mover al abad a la misericordia, S. Benito le ofrece una doble motivación: que se considere así mismo y que considere al Señor.
Teniendo presente la propia fragilidad y poniéndose en el lugar de la persona corregida, el abad se sentirá inclinado a la indulgencia y compasión. Y esto lo hará con más intensidad si unido al Señor y de acuerdo con Él, recuerda los términos con los que Isaías y S. Mateo emplean para resaltar el carácter del Mesías: la caña cascada no quebrará.
Y mientras la Regla procura evitar que el abad se incline a la severidad, sería lamentable que algunos hermanos se creyeran en la obligación de amonestar a la autoridad, para que corrija todo lo que a este hermano en particular juzga que no debe ser tolerado. Se dice; ¿pero es que el abad no lo ve? ¡Si salta a la vista! ¿Será cómplice el abad?
No es de buen gusto implorar el fuego del cielo sobre lo que no está en conformidad con nuestra apreciación personal. “¡No sabéis de que espíritu sois!”
Es fácil advertir que estas manifestaciones de indignación proceden casi siempre de la inexperiencia. Los más impacientes por reclamar severidad con los hermanos son los que más se sorprenden cuando la corrección les afecta a ellos mismos. Dejemos que el abad intervenga a su hora y cuando lo crea oportuno.
Con esto no queremos decir, dice S. Benito, que no se corrija. Aquí tenemos no una mitigación de la misericordia, sino una cautela contra una falsa interpretación de la virtud. El ideal de la misericordia no es un total dejar hacer. La dejadez no ayuda a fomentar el espíritu de familia, y es importante que la preocupación de portarse bondadosamente con cada uno no lleve al abad a olvidar la bondad debida a la comunidad. Todo monasterio camina rápidamente a la ruina si el Superior se siente demasiado inclinado a olvidar, a excusar, a perdonarlo todo.
S. Benito no quiere que los malos hábitos se afiancen a base de una tal condescendencia y S. Gregorio presente en el relato de su vida, varias ocasiones en la que su bondad se revistió de un santo rigor.
Se trata ciertamente de desarraigar los vicios, pero hay que hacerlo en el momento oportuno, con habilidad y caridad.
-462.-Disposiciones del abad benedictino.
No sea agitado, ni inquieto, ni sea inmoderado ni terco, no sea envidioso ni suspicaz, porque nunca estará en paz. Sea previsor, circunspecto en las órdenes que debe dar, tanto cuanto se relaciona en las cosas divinas como en los asuntos seculares. Tome las decisiones con discernimiento y moderación. 64, 16,17.
Después de haber hablado del magisterio y de la corrección que es su complemento obligado, S. Benito insiste sobre aquella disposición fundamental que se denomina “discreción” y en los medios que dispone para orientar todos los actos hacia ese fin deseado, la contemplación de las cosas divinas.
Entre los escollos que el abad tiene que sortear es el de la ansiedad y el exceso de celo del mismo superior. Nada más pernicioso para la tranquilidad de los espíritus que las tensiones que puede provocar un abad turbulento, inquieto, exagerado…Ni él mismo tendrá sosiego.
Lo contrario de estas notas negativas será la mansedumbre, la confianza, la moderación, la condescendencia.
Se ha señalado que la expresión “non sit turbulentus” con la que la RB comienza la descripción de rasgos indeseables en la fisonomía del abad, evocan la semblanza del Siervo de Yahvé (Is 42,4) aplicada a Cristo por Mateo (12,21). Resulta muy creíble que S. Benito pensara en estas citas bíblicas, ya que poco antes hacía referencia a otra característica del Siervo: “la caña cascada no la quebrará”. Así el ejemplo de Cristo se convierte en modelo de su vicario.
Por lo que se refiere a su gobierno, se recomienda la precisión, la moderación, la discreción en las órdenes que tenga que dar.
Aquí aparece el termino “discreción”, madre de las virtudes, tan apreciada por los monjes antiguos. Este concepto domina todo este directorio, y lo trataremos más en particular en la próxima conferencia.
Esta virtud hará que el abad disponga todo, tanto lo espiritual como lo material, de tal suerte que los monjes fuertes deseen hacer más y los débiles no se descorazonen.
Esta expresión recuerda otra en el Prólogo, y no es pura coincidencia. En los dos casos S. Benito considera la misma situación humana. El monje pusilánime, ante una observancia demasiado rigurosa, se siente tentado de abandonar el monasterio. En el Prólogo se dirige S. Benito a este monje desanimado, exhortándole a la perseverancia prometiéndole que no se va a establecer en la Regla nada demasiado duro y penoso. En este segundo directorio pide al abad que tenga compasión de su flaqueza, aliviando más bien que aumentando, el peso de la Regla, que por lo demás tiene que mantener.
463.-Discreción del abad.
Recogiendo estos testimonios y otros que nos recomiendan la discreción, madre de las virtudes, ponga moderación en todo. De modo que los fuertes deseen hacer más y los débiles no se desalienten. 64,19.
Desde que el Papa Gregorio el Grande alabara la “discretio” de la Regla, fue proverbial la “discreción benedictina”. La Regla menciona esta palabra tres veces. Con este palabra y su sentido entra S. Benito en la tradición monástica de mayor solera.
Discretio significa capacidad para diferenciar y decidir. La moral antigua aludía al discernimiento entre el bien y el mal, lo bueno y lo mejor, lo verdadero y lo falso.
S. Atanasio alaba en su amigo, el padre de monjes Antonio, el don de "discernimiento de espíritus". Mientras que el monje no precisa el don de milagros, sí debe aspirar siempre al don de discernimiento. Será incapaz de sostener la lucha contra los pensamientos inquietos de su propio corazón, el combate contra Satanás y los demonios, que a menudo y astutamente se transforman en ángel de luz, si no es capaz de distinguir entre pensamientos tentadores y santos, entre espíritus malos y buenos. "El discernimiento de espíritus" reclamaba un aprendizaje monástico.
Las "Sentencias griegas de los Padres", que se remontan al siglo IV, exigen al monje la discretio como algo natural:
«Vigilancia, concentración en sí mismo y discretio son tres virtudes orientativas del alma» (Poimén). La sentencia siguiente que se nos ha trasmitido se atribuye al gran Antonio: «Muchos han agotado su cuerpo en ejercicios ascéticos y, sin embargo, están alejados de Dios por carecer de discretio». Antonio no condena la ascesis en sí, sino solamente el llevarla a cabo "sin discernimiento", sin plan, sin sentido, de modo inadecuado para las circunstancias concretas.
El Abad Poimén, un maestro notable respecto a la discretio, dice: «Algunos llevan siempre un hacha, pero no saben cómo talar el árbol. Otro, en cambio, que conoce el oficio, tala el árbol con pocos golpes. El hacha significa la discretio». ¿Qué es la discretio según la concepción de los padres de los monjes? Es «el fino discernimiento mediante el cual el monje aprecia diferencias de situación en casos distintos y obra en consecuencia»
Dos ejemplos pueden iluminar lo dicho: Los monjes comen juntos. Se les lleva carne, es decir, un alimento que los monjes en otra circunstancia rechazarían. Todos la comen, excepto Poimén. Se extrañan, porque conocen su discretio. Después de la comida le preguntan: «¿Tú eres Poimén y has actuado así?» Él contesta: «¡Perdonadme, Padres! Vosotros habéis comido y nadie se ha escandalizado por ello. En cambio, si yo hubiese comido, se hubieran escandalizado muchos hermanos que están conmigo y hubieran dicho después: "Poimén ha comido carne y nosotros no la comemos"». Y todos se maravillaron de su discretio
Tres monjes pidieron al Abad Aquiles que les hiciera una red. Querían tenerla en sus celdas como recuerdo. Rechazó la petición de los dos primeros e hizo caso al tercero, que precisamente era un asceta con mala fama. Accedió a la petición del tercero porque los dos primeros no se entristecieron cuando les dijo que no tenía tiempo; en cambio el tercero podía pensar que su petición era desoida a causa de sus pecados.
Discretio es la capacidad de discernir entre las numerosas posibilidades de actuar para realizar la mejor en unas circunstancias dadas. Discretio puede ser una decisión hacia la severidad o hacia la indulgencia, según las circunstancias concretas. Discretio es la superación del obrar mecánico, del obrar sin sentido, sin plan, inconsciente, sin medida; del obrar vacilante y sin pensar. Discretio es, en resumen, la capacidad de discernir, es decir, la capacidad de ver lo moralmente valioso, la posición sabia, es decir, el rechazo de la severidad excesiva y de la demasiada tolerancia.
Casiano dedica a la discretio la segunda conferencia. Ya en la primera "conferencia" la alaba como «la gracia que tiene la preeminencia entre todas las virtudes» Es uno de los carismas más sublimes. Casiano atribuye la alabanza de la discretio al propio padre de los monjes Antonio. El Abad de Marsella entiende como discretio la capacidad de distinguir en cada virtud entre lo demasiado y lo muy poco para obrar en consecuencia. El monje puede con la discretio discernir y decidir lo que es adecuado a la ascesis monástica, a la propia eficiencia, a la exigencia del momento. Con la discretio el monje puede corresponder a la situación o exigencia que se le presenta, y encontrar la respuesta adecuada. En su actuar no se desviará ni a derecha ni a izquierda de aquel "camino real" de la virtud perfecta. Su virtud no será influida ni por el demasiado, es decir, por la exageración, ni por el muy poco, o sea, por la dejadez. Sin la discretio no hay virtud verdadera, auténtica. Ella es «la madre, vigía y guía de todas las virtudes», «la fuente y raíz de todas las virtudes» . En el Evangelio se la llama ojo y luz del cuerpo (cf Mt 6,22), porque discierne todos los pensamientos y acciones del hombre y prevé y distingue lo que se debe hacer.
S. Benito menciona la palabra discretio sólo tres veces, como ya hemos dicho. En el cap. 70 reprende al monje que se deja arrastrar por la ira, «sin capacidad de discernimiento», contra los hermanos mayores y los niños. Con ello reprueba el comportamiento "sin discernimiento", desmesurado, despreocupado, irreflexivo, sin control, sin amor, contra los hermanos. En el cap. 64 sobre el Abad, hallamos la palabra dos veces, y quizá no por casualidad. La discretio es la virtud del Abad, del Padre, del maestro, del educador, del pastor, del médico, del juez del cenobio. La discretio, "la madre de virtudes", posibilita al Abad guiar y dirigir a la comunidad y a cada monje individualmente, conforme a sus peculiaridades, aptitudes y fuerzas. La discretio es la virtud reina. Excluye de igual forma la tiranía, la falta de amor, la inconsecuencia, la falta de respeto. No conoce ni el titubeo ni los ímpetus. La discretio que exige la Regla al Abad concentra todas las virtudes como un foco; une en sí la cordura, la justicia, la disciplina y la decisión. A todas ellas les da la medida correcta, y las protege contra los dañinos y perniciosos "demasiado" o "muy poco". El Abad que posee el carisma de la discretio reconocerá y cumplirá subjetiva y objetivamente la voluntad de Dios con una instintiva seguridad. Entonces el monje se sentirá seguro y arropado bajo su guía y dirección.
No sólo el capítulo sobre el Abad, sino toda la Sta. Regla es un comentario maravilloso sobre la discretio monástica. Pero no hay que entenderlo en el sentido de que la Regla se pronuncia siempre a favor de la tolerancia y de la clemencia. Sería una falsedad. La Regla se decide por la severidad, por la inexorable e intransigente severidad, cuando lo requiere el bien y salvación de las almas y de la comunidad. ¡Pensemos en su exigencia constante en renunciar a la propia voluntad! La discretio de la Sta. Regla consiste en que ella discierne y decide en todas las cuestiones de la vida monástica de tal forma que "los fuertes" y "los débiles" no son dirigidos mecánicamente, sino de acuerdo a su forma de ser.
464.‑Observancia de la Regla.
Y por encima de todo, guarde esta Regla en todos sus puntos, para que después de haber llevado bien su administración, pueda escuchar al Señor lo mismo que al siervo fiel, por haber suministrado a sus horas el trigo para sus compañeros de servicio.‑ "Os aseguro que le confiará la administración de todos sus bienes. " 64,20‑22
Una última y grave recomendación le es dirigida al abad al final de éste directorio, para que observe la Regla en todos sus puntos.
A lo largo de este capítulo apenas se ha hablado de otra cosa que de misericordia, de discreción, de adaptación a las necesidades de cada uno. A fin de evitar malos entendidos, S. Benito le recuerda que no le está permitido modificar la Regla, mitigarla o agravarla, sustituirla por sus propias ideas de un día para otro.
De hecho, la voluntad del abad ha sido más de una vez en tiempos de S. Benito, y actualmente también en el monacato copto, la única norma del monasterio. Pero los cenobitas de S. Benito necesitan una Regla escrita, estable y precisa dentro de su actitud.
Esta Regla se le confía al abad, y S. Benito le exige observarla en todos sus puntos, espíritu y letra. Que la haga observar y por supuesto que la observe él también personalmente.
Así como en el primer directorio terminaba recordando el juicio de Dios y corrección de las propias faltas, en este segundo es sustituido este final por una nota de gozosa esperanza. Para levantar el ánimo del abad, le recuerda S. Benito el premio que está preparado al criado fiel, cuando vuelva el Señor:"Os aseguro que le con fiará la administración de todos sus bienes.
Ni el abad puede pasar sin la Regla que es para el a la vez luz y freno, ni la Regla es suficiente sin el abad, dado su carácter abstracto y genérico. Entre ambos debe existir una estrecha unión. Esto nos explica la situación difícil que se crea entre un monje y su abad en el momento en que el monje comienza a transgredir la regla. Así por idénticos motivos se aleja a la vez de Dios, de la Regla y de su abad. Y permaneciendo fiel a alguno de estos elementos, se consigue ser fiel a los otros y se es feliz.
Las últimas palabras de este capítulo, que son como un estímulo para el abad, le recuerdan por última vez que él es el siervo de los siervos, sus compañeros de servicio.
Se ha escrito de este segundo directorio del abad, que presenta una singular homogeneidad de pensamiento. Todo él está inspirando por una única visión: la del pastor ideal, la del servidor humilde manso y paciente que es Cristo. Espíritu de servicio, amor a los hermanos, prudencia que teme cualquier exceso de dureza en la corrección o en los mandatos. Mansedumbre, paz. ¿Quién no intuye que todas estas virtudes son aspectos de una y única actitud fundamental? El Siervo de Isaías, el Cristo de S. Mateo, el Pastor de S. Pablo, en Anciano misericordioso y discreto de Casiano. Todas estas figuras ideales del jefe cristiano, se funden en una imagen del abad que resulta profundamente simple.
Tal es el admirable retrato del abad que traza S. Benito en este capítulo 64. Difiere en bastantes puntos no sólo del que nos ofrece la RM sino también del que refleja el capítulo 2 de la R.B. ¿Se corrigió a sí mismo S Benito en una edad avanzada a la luz de su experiencia? ¿Pertenece el capitulo 2 a una mano diferente del que escribió el capítulo 64? Todas las hipótesis están permitidas. De todos modos en estos últimos capítulos de la Regla que son propios de S. Benito, y en los que su originalidad se va afirmando más y más, presenta al abad como hombre servicial y misericordioso, más que como Maestro duro, severo, tenso y desasosegado por el peso de una responsabilidad.