453.- Del orden de la Comunidad. C.63
Hacia el final de la Regla, S. Benito ve la necesidad de completar su obra, añadiendo una serie de capítulos matizando su pensamiento y sobre todo dando a la vida de comunidad una orientación más entrañable, más cuidadosa de respetar las diversas personalidades de los hermanos, anudando entre ellos lazos de caridad más intensos que en el resto de su Regla.
Cierto que en la Regla no faltan lo que modernamente llamamos “relaciones horizontales” para distinguirlas de la verticales que unen a cada uno de los monjes con el abad. Pero en el llamado apéndice sobre todo en el grupo formado por los capítulos 69-72 adquieren las relaciones horizontales una importancia de primer plano erriqueciendo así el concepto de la vida espiritual que preside los primeros capítulos de la Regla.
A este grupo de capítulos también pertenece el 63, El orden de la Comunidad, que en su segunda parte presenta muchas analogías con el 72, del Buen Celo.
En estos texto se insiste de continuo en la caridad considerada bajo su doble aspecto de amor a Dios y amor a los hermanos, se descubren puntos de contacto con la doctrina de S. Basilio y s. Agustín, indiscutibles doctores de la caridad fraterna entre los cenobitas. Los paralelos parecen innegables. A estas influencias hay que sumar la de Casiano. Aunque a lo largo de las Instituciones suele considerar el monasterio como una escuela en que cuenta principalmente las relaciones entre el maestro y el discípulo, el monje y el abad, en la Colación 16 sobre la amistad espiritual, expone con indudable acierto las relaciones que unen entre sí a los hermanos concediendo a la caridad fraterna una importancia de primer orden, justificando las virtudes típicamente cenobíticas, no sólo por el provecho espiritual que proporcionan al monje que las cultiva, sino por el bien y amor que fomenta entre los hermanos. La escuela se vislumbra como una hermandad y los discípulos se miran unos a otros y descubren que son hermanos. En suma, pasar de las Instituciones a la Colación 16 presenta un trayecto análogo del que va de los primeros capítulos de la RB a estos finales.
Tales analogías no significan que Basilio Agustín y Casiano hayan marcado decisivamente el texto de Benito y mucho menos que sean causa de su cambio de actitud. La evolución de un hombre depende más de su experiencia personal, de la luz de la gracia, que de sus lecturas. La vida misma basta para explicarla y en este caso es preferible hablar de parentesco que de fuentes. Lo que se trasparenta en estos últimos capítulos de la regla más que influencia de otros autores, es su madurez espiritual. La experiencia y reflexión han hecho comprender a Benito la inportancia de dar un relieve más intenso a las relaciones personales en la vida comunitaria.
454.-Orden por antigüedad.
Dentro del Monasterio conserve cada cual su propio puesto conforme a la fecha de su entrada en la vida monástica, o según lo determine el merito de su vida por disposición del abad. 63,1.
Este capítulo tiene tres partes: en la primera tratadle orden de la comunidad, en la segunda de las relaciones entre los hermanos, y en la tercera es como un apéndice sobre los niños y adolescentes.
El orden de antigüedad es el fundamento sobre el que edifica S. Benito sus normas para la vida común. Con este modo de proceder, se aparta del Maestro, pero se une a la mejor tradición cenobítica. Ya los terapeutas judíos se ordenaban, según afirma Filón, no según su edad natural, sino según la fecha de su admisión en comunidad.
Parecería que los monjes cristianos han seguido sus pasos. La congregación pacomiana según ciertas expresiones de Basilio y Agustín está atestiguada por una expresión de Jerónimo que afirma que este orden de los pacomianos está determinado por el tiempo de su entrada en el monasterio sin tener en cuanta la edad.
Otros legisladores como Benito reprodujeron la norma pacomiana atestiguada por Jerónimo, añadiendo además que no sólo no se tiene en cuenta la edad, sino tampoco la condición social.
Esto es de gran interés porque hace pensar en el texto de la carta a los Gálatas en el que Pablo declara inexistente, a partir del bautismo las distinciones anteriores:”Ya no hay ni judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo”. Precisamente tanto el Maestro como Benito se fundan en esta sentencia para prohibir al abad que prefiera a los hermanos de origen libre a los esclavos. Ante Dios no hay acepción de personas.
Estas son las raíces o fundamento bíblico de este capítulo. Y para rechazar el criterio de edad, recurre al ejemplo de Samuel y Daniel.
El rechazo de distinciones fundadas en la naturaleza o en el estatuto social es un rasgo que el monacato toma basado en los escritos del NT. La profesión monástica tiene los mismos efectos que el bautismo, anulando radicalmente todas las calificaciones o descalificaciones anteriores. Como los cristianos cuando salen de la fuente bautismal, los monjes son hombres nuevos, todos uno en Cristo sin restos de un pasado que ya no cuenta. En el monasterio la igualdad de todos ante Dios se traduce en formas tangibles y engendra un orden social nuevo.
Pero más que en los escritos apostólicos, lo que se refleja en el monasterio es la situación de la primitiva comunidad de Jerusalén descrita en los Hechos. Por el hecho de haber puesto todo en común ya no se distinguen por el hecho de su riqueza. Pero lo que para la Iglesia fue un momento fugaz, para el monacato se convirtió en un orden permanente que hace ver a todos la invisible igualdad de los hijos de Dios.
El orden como salvaguarda de la paz necesaria en la vida monástica, constituye una preocupación constante en la RB. Repetidamente alude en capítulos anteriores al orden de la comunidad, y ahora se determina este orden conforme a dos criterios: la antigüedad en el monasterio y la decisión del abad.
Lo normal es que se guarde el orden de antigüedad, pero el abad está autorizado por la Regla para promover o degradar a los hermanos sólo por razones superiores y causas concretas. La edad o dignidad social de la persona no las considera causa suficiente para dar preferencias. También los niños oblatos conservarán el puesto conforme a la fecha de su consagración a Dios, pero estarán bajo la tutela de monjes adultos hasta edad conveniente.
El propósito de estas disposiciones no era la anulación de la persona, sino liberar a los monjes de sus castas o demandas del pasado. Su finalidad por tanto era lograr la igualdad, la humildad, y una nueva definición del yo en unos hombres que venían de un mundo plagado de jerarquías sociales, diferencias sistemáticas y exaltaciones sin fundamento. Así la fecha de entrada marcaba todos los demás acontecimientos de la vida.
Este orden de precedencia, sigue diciendo S. Benito es el que se tiene para recibir la paz, la comunión, para entonar los salmos y colocarse en el coro.
Aprovecha S. Benito esta ocasión para recordar al abad que no puede perturbar el rebaño que le está encomendado con disposiciones injustas, como si tuviera un poder arbitrario.
455.- Relaciones comunitarias
- Respeten pues los jóvenes a los mayores y los mayores amen a los jóvenes. 63, 10-
Las relaciones mutuas según el lugar que ocupa cada monje están reguladas por una máxima que reproduce dos instrumentos de las buenas obras. “Veneren los jóvenes a los ancianos y amen los ancianos a los jóvenes”, Estas relaciones son las que indica S. Pablo en sus cartas entre marido y mujer, es decir entre Cristo y la Iglesia. A la sumisión y respeto de la segunda, responde el amor del primero.
También se puede ver este capítulo la relación entre padres e hijos descrita también por S. Pablo. La sumisión de los hijos se funda en el precepto de honrar padre y madre, mientras que los hijos son invitados a dar pruebas de benevolencia con respecto a los padres.
El respeto exigido casi por completo a los inferiores con respecto a los mayores, no atenúa el carácter recíproco de las señales de honor mutuo reclamadas por el Apóstol ya que amor y respeto no se pueden separar.
El respeto, tema principal de esta segunda parte del capítulo 63 de hecho es casi exclusivamente tributado por los inferiores a los ancianos. “Cada vez que se encuentran el más joven pida la bendición al anciano, cuando se acerca un anciano, el joven se levanta para cederle el sitio, y no se sentará hasta que el anciano se lo indique”. Benito podría tener presente aquí el texto del Levítico que dice:”Ponte en pié ante las canas y honra el rostro del anciano”. Cipriano basándose en este texto prescribía que hay que levantarse cuando llega el obispo o el sacerdote.
Hemos visto las señales de amor que tienen que dar los jóvenes a los ancianos, pero no indica ninguna de las que tienen que dar los mayores a los jóvenes excepto el nombre de hermanos. Acaso la razón es que el verdadero amor no necesita reglas. Si el honor que se tributan los monjes entre sí no procede del amor, no tiene valor alguno desde el punto de vista cristiano, y evidentemente que S. Benito, ni S. Pablo en quien se inspira S. Benito, no pueden recomendar una deferencia meramente formal, vacía, ya que no son expresiones de caridad las que tienen entre si las gentes del mundo.
Amor y honor van tan juntos aquí, que se confunden y forman una sola cosa. Lo que intenta inculcar la regla es una caridad fraterna llena de delicadeza, de deferencia mutua.
Si tomamos al pie de la letra la distinción entre seniores y júniores, tenemos que tener en cuenta que exceptuando el primero y el último de los hermanos, todos tienen sus seniores y júniores. Y a todos se les ofrecía continuas oportunidades de ejercitarse tanto en el honor como en el amor recíproco.
Esta aplicación bilateral de la consigna paulina contrasta con la utilización que hacen de ella Casiano, Agustín y la segunda Regla de los Padres.
El precepto de honrar padre y madre, que Agustín entendía ser base para las demostraciones debidas a los superiores, puede también justificar las señales de honra tributadas al abad y a los “noni”. Esta palabra de origen egipcio, se ha familiarizado en latín. Nona, monja. La comunidad de S. Benito, como iglesia ideal de Cristo está imbuida de santo respeto. Incluso la limitación espacial en que conviven los monjes ya que la regla tolera solamente espacios comunitarios, no celdas particulares, exige un respeto mutuo exquisito, que se proyecta incluso en la manera de llamarse.
La frase de S. Pablo a los romanos:”Estimando en más cada uno a los otros” debe retener nuestra atención tanto más cuanto Benito recuerda también la frase que le precede:”Amandoos cordialmente los unos a los otros”.
Tal ver el binomio honra-amor que domina en esta segunda parte del capítulo 63, procede de esta cita de S. Pablo y que aparecerá también citada en el capítulo 72.
Al prescribir estas señales de afecto mutuo, Benito se fija principalmente en la Iglesia primitiva. La comunidad monástica quiere semejarse a las comunidades apostólicas tal como se desprende de las referencias que a este propósito aparecen en el NT.
456.-Normas de respeto mutuo.
En el trato mutuo a nadie se le permita llamar a otro simplemente por su nombre, de modo que los mayores llamarán hermanos a los jóvenes y estos llamarán a los mayores con el título de nonos, (reverendo padre) Al abad considerándolo como el que hace las veces de Cristo se la dará el nombre de señor y abad, más no por propia atribución, sino por honor a Cristo. 63, 11-13.
El título de hermanos con el que deben tratarlos, está impregnado de cierto afecto familiar, pero expresa también un respeto religioso que no aparece cuando a uno llama a otro simplemente por su nombre. Por tanto se puede decir que S. Benito quiere manifestaciones de respeto, como sugiere la frase de S. Pablo que Benito cita: “Procurad anticiparos unos a otros en las señales de honor”. (17)
La prescripción particular de llamarse “hermanos”, es una costumbre monástica, y es un resurgir una práctica paleocristiana, bien atestiguada en los escritos del NT que señala que el título de hermanos precedía al nombre de cada uno, cuando un cristiano se dirigía a otro cristiano, y esto es lo que establece Benito entre los monjes.
Esta regla, que parece no haber sido observada por las primeras generaciones monásticas aparece por primera vez en Benito y en su contemporáneo Fulgencio. A finales del siglo VI, Gregorio parece también tener cuidado de conformarse a ella no solamente cuando se refiere a monjes, sino también cuando en sus Diálogos se refiere a clérigos o laicos piadosos. Por esto podemos ver como en el siglo VI. se ha desarrollado en ciertos medios eclesiásticos con un esfuerzo para hacer de este viejo vocablo cristiano un título de cortesía que normalmente precedía al nombre propio.
Este sentido de respeto que es la nota dominante en este capítulo no deja Benito de aprovecharla para recordar el temor de Dios inculcado fuertemente también en otras partes de la Regla. La actitud reverencial hacia el Señor marca igualmente las relaciones con el prójimo. En ambos casos el respeto fundamental que inspira la persona no se opone al amor, sino que lo incluye.
Actualmente estas demostraciones de respeto que prescribe principalmente en el capítulo 63 así como en otros lugares, está afectada por la conmoción actual de las costumbres. En muchos monasterios el uso de “padre” o “hermano” ha desaparecido, lo mismo que el “Benedicite” antes de hablar o el gesto de ponerse en pie ante los ancianos. Todo esto se ha desvanecido y tiende a desaparecer.
Esto no se debe sólo al rechazo de las deferencias y señales de respeto, ni por una juventud que rechaza la sumisión a los mayores. Procede sobre todo de una tendencia a la secularización. Los signos religiosos ya no dicen nada y hasta se teme que separen del mundo profano al que los use. Se quiere ser como todo el mundo.
El rechazo de los signos religiosos tradicionales, no va solamente contra la letra de la Regla. Va contra el movimiento que llevó al monacato a apropiarse las costumbres de la Iglesia primitiva. Sin temor a las burlas de los paganos que trataban de ridiculizar a los cristianos por llamarse mutuamente hermanos. Con este título expresaban su convicción de ser hijos de Dios y hermanos de Cristo y por lo tanto verdaderamente hermanos unos de otros. La fe de ellos como posteriormente la de los monjes se sostenía con estos signos.
Podemos ver en esto una advertencia de mayor alcance que es que la fe que no se expresa ¿es acaso una fe viva? La desaparición de los signos de fe amenaza con debilitar la misma fe.
La aplicación de las normas que S. Benito señala en este capítulo debe ser no solamente inteligente, sino también espiritual. Los nombres de “padre” y “hermano” son invitaciones a la caridad. Y cuando esta es lastimada, deberían ser oídos como reproches, pues los títulos son para reflexionar sobre ellos, como dice S. Benito hablando del abad. Esta es la pedagogía del monacato que va de lo exterior a lo interior, de la praxis a la reflexión, de las observancias al espíritu.