Capítulo VI
La taciturnidad

 

265.-Silencio y disciplina interior.

266.-Silencio y dominio de los vicios.

268.-Silencio y desprendimiento.

270.-Silencio y libertad.

271.-Silencio y presencia de Dios.

 

259.- La taciturnidad. (6)

Dejando otros muchos análisis sobre la obediencia, pasamos al capítulo 6 titulado de la taciturnidad.
Taciturnidad no es lo mismo que silencio, aunque en nuestro  modo de hablar, cuando no queremos precisar, podemos traducirlo por silencio, ya que la palabra taciturnidad en castellano tiene una nota  peyorativa. Llamar a una persona taciturna, no es hacerle precisamente un elogio.
A lo largo de la RB, repleta de doctrina sapiencial y monástica sobre el uso y abstención de la palabra, encontramos cuatro veces el término  “taciturnitas”  y otras cuatro el vocablo “silentium”.
“Silentium”  tiene un matiz disciplinario, funcional. Se habla del silencio nocturno, silencio durante las comidas. Significa silencio en sentido estricto, abstención  de toda palabra. “Taciturnitas” `por el contrario denota  sobriedad, sensatez, moderación en el uso de la palabra, e incluso algunos lo traducen por “amor al silencio”.
A la “taciturnitas” y no al “silentium”, dedica  S. Benito  este capítulo en la sección ascética de la Regla.
Ante el bullicio de nuestro mundo, son muchas las personas que desean librarse del ruidoso ajetreo y encontrar  en lugar de silencio y paz.
El ruido  amenaza incluso a la salud no solo psíquica, sino también física. Entre otros muchos el filosofo danés Kierkegaart ha descubierto en el silencio un remedio para sus males interiores. Muchos también han experimentado  el efecto sanador del silencio en las técnicas de meditación orientales, y ponen el silencio por encima de todas las demás formas de expresión religiosa, incluso por encima de la oración y del servicio divino.
Otros por el contrario, el silencio les resulta  arduo y penoso. Algún huésped me ha dicho que haber podido descansar bien debido al gran silencio que rodea la hospedería.
En el casi unanine elogio del silencio que se le hace actualmente, suele olvidarse un aspecto  muy importante de la tradición monástica. El silencio como tarea, como exigencia de trabajo interior, de cambio. Por ello necesitamos echar una mirada a los antiguos monjes de los siglos III y IV, que pueden aportar claridad a la actual visión del silencio que con frecuencia corresponde más a un deseo que a su vivencia.
Por principio, debemos resaltar que el silencio es ante todo una tarea espiritual que requiere  implicación de todo el ser humano. Para los monjes, el silencio no es propiamente una técnica de distensión o profundización, ni tampoco un método para desconectarse del entorno.
El silencio busca más bien  el ejercicio de actitudes esenciales que nos formula una exigencia moral: eliminar nuestras actitudes viciadas,  combatir  nuestro egoísmo, y así poder abrirnos a Dios.
   

 

 

260. Silencio en la Escritura.
-Cumplamos nosotros lo que dice el Profeta: “Yo me dije, vigilaré mi proceder  para no pecar con la lengua (6,1)

Comienza este capítulo con una frase de la Escritura. Examinamos en primer lugar lo que dice la Escritura respecto a la palabra y el silencio, ya que de aquí nace principalmente la orientación que el monacato primitivo y la RB  dan a este tema.
Eclesiástico 3,7 dice que “hay tiempo de callar y tiempo de hablar”. Puede entenderse  esta máxima en diferentes niveles de profanidad, pero siempre por encima de una sabiduría que para algunos les parece meramente humana. Dios  funda en el hombre los tiempos del silencio y de la palabra. Son abundantes los textos de la alternativa de ambos.
La lengua es un don de Dios y mediante ellas nos comunicamos los hombres entre  si y por ella expresamos a Dios los sentimientos de nuestro corazón.
Con todo, a veces es preciso retenerla, mientras que en otras ocasiones sería cobardía e infidelidad reprimirla. Puede ser y lo es con frecuencia, instrumento de pecado. “¿Quién no pecó nunca con la lengua?” Ecle. 19,16. Pero también  una palabra a propósito, una palabra oportuna  se estima como un tesoro que engendra alegría. Así a la mesura  en el hablar se añade la bondad y la sensatez.
 En Proverbios 18,4, la palabra es como un agua profunda, un torrente desbordante, un  manantial de vida.  Y movida  por la acción del Espíritu Santo es capaz de edificar,  exhortar, consolar a los hermanos. 1 Cor. 14,13. Participa de la eficacia constructiva  de la palabra de Dios, que la  expresa y actualiza.
Los libros sapienciales no cesan de inculcar el buen uso  de la lengua por la que se diferencian los necios y pecadores, de los sabios que miden y ponderan sus palabras.
Los antores del NT reproducirán las enseñanzas del Antiguo. Cuando Santiago aconseja  que  cada cual sea pronto para escuchar y tardo en hablar, no hace más que expresar  la tradición sapiencial del AT.
Los monjes cristianos, desde sus comienzos  practicaron y enseñaron la moderación y parquedad en el uso de la palabra. Toda la documentación de esta época lo atestigua abundantísimamente.
Según estos textos, el silencio era para ellos como la panacea universal, el remedio de  toda clase de enfermedades. Todos dieron reglas sobre el buen uso de la palabra, pero ninguno impuso el silencio absoluto, ya que callar siempre no es humano. Evaglio escribe:”Habla lo necesario, en un tono conveniente y apropiado a las exigencias del oído. Guárdate de decir cosa alguna  que no hayas examinado  por ti mismo. Guárdate de esconder la sabiduría  a quien no la posee”.
Algunos maestros eran muy severos en este punto como S, Arsenio: “Si hablas con tus compañeros, examina tu palabra, y si no es palabra de Dios, no hables”.
S. Basilio el gran maestro  del cenobitismo oriental tambien es riguroso. “En general toda palabra es inútil cuando  no sirve al fin que uno se ha propuesto en el servicio  de Dios. Y aún esta clase de palabras es tan peligrosa, que aún siendo bueno lo que de dice, si  no se dirige a la educación de la fe, la bondad, tal palabra no puede justificar al que la ha pronunciado, sino que contristará al Espíritu Santo, pues estas conversaciones no habrán contribuido a la edificación de la fe.
Algunos dichos revelan una profunda penetración sicológica, como la de Poimen. “Los hay que aparentemente callan, y su corazón está condenando a los demás. Los tales, de hecho hablan sin cesar. Al contrario algunos hablan de la mañana a la noche, y guardan silencio, pues no dicen nada que no tenga una utilidad espiritual.”
El silencio se le daba mucha importancia en la vida del monje, pero mucho más  se apreciaba el recto uso de la palabra.
Lo importante es que el monje al hablar esté animado por el Espíritu Santo.

 

 

261.-Silencio benedictino.
 Cumplamos nosotros lo que dijo el Profeta: Yo me dije, vigilaré mi proceder para no pecar con la lengua. Pondré una mordaza  a mi boca, enmudecí, me abstuve de hablar incluso de cosas buenas. (6,1)

Comienza este capítulo con esta frase sálmica. Con ella no quiere prohibir la palabra, la vigila para impedir que se desvíe del camino recto. Hablar y callar son cosas  en sí mismas indiferentes. Es decir, ni buenas ni malas. Es la intención, el objeto, la manera de hablar lo que hace bueno o malo nuestro lenguaje. El silencio que nos prescriben las Constituciones, es el guardián vigilante que señala el modo de  vivir esta virtud de callar o hablar según las circunstancias.
Vemos por esta frase del salmo, que S. Benito no ha querido  levantar una muralla para impedir toda conversación. Establece simplemente una puerta  cuidadosamente guardada.  “Puse un candado a mi boca” La puerta es para abrirse o cerrarse según las circunstancias.
El mutismo no es una virtud. Tan meritorio es hablar cuando se debe, como el callarse cuando se debe callar. La virtud del silencio o la taciturnidad es precisamente esto.
La virtud del silencio no es solo no hablar sin necesidad, sino incluso cuando hay permiso, no excederse. Es evitar todo exceso en el lenguaje, toda palabra superflua o dislocada.
En suma, la regla o medida del silencio es la voluntad de Dios   manifestada a la luz de las Constituciones, para nosotros monjes. El monje que verdaderamente busca el agrado de Dios, sabe como por instinto cuando debe callarse y cuando  debe hablar.
Bajo pretexto de un permiso particular, no prolonga las conversaciones inútiles.  Bajo pretexto de silencio, no lastima la caridad. Pero también bajo pretexto de caridad no sacrifica  su amada virtud del silencio, porque el silencio no puede ser la destrucción de otras virtudes. Por el contrario, se une a ellas para sostenerlas y protegerlas.  El monje que habla en todas partes, como bien le parece  y que se le deja así obrar por dejarlo a su sola conciencia, nunca será un religioso silencioso, y por lo tanto nunca profundizara en su vida de oración.
Por eso S. Benito,  para  ayudarnos a adquirir la virtud de la taciturnidad,  del silencio, y  asegurarnos sus frutos, nos  impone limites estrechos en esta parte doctrinal de la Regla. “Me abstuve de hablar, incluso de cosas buenas”
Vemos por otros pasajes de la Regla, como vivían los monjes en realidad el silencio a través del día, ya que en la práctica se experimentaba la fragilidad humana, y el mutismo total que podría  deducirse de la lectura superficial de este capítulo no corresponde a la realidad.  Los monjes en el monasterio de S. Benito hablaban y se comunicaban entre sí en determinados momentos y lugares. Y esta es la razón por la que establece el silencio después de completas, salvo la atención a los huéspedes. Silencio absoluto en el comedor, en el oratorio, y  durante el ejercicio cuaresmal, una de las cosas que ofrece para practicar con el gozo del Espíritu Santo, es  el privarse de hablar y bromear.
 

 

 

262.-Silencio  y disipación.
 Enseña aquí el profeta, que si hay ocasiones  en las que hay que renunciar  a las conversaciones buenas, por exigirlo así la misma taciturnidad, cuanto más debemos abstenernos de las malas conversaciones por el castigo  que merece el pecado (6,2)

Los monjes utilizan el silencio como un medio  en su lucha por la pureza del corazón, sinceridad interior y rectitud.
Ante todo el silencio sirve para  evitar los numerosos pecados que cometemos a diario con la lengua, así lo dirá poco depuse S. Benito, citando el  libro de los Proverbios “el que mucho habla, mucho yerra” (6,4) Pero esta parece ser una fundamentación negativa. No hay ni rastro de elogio del silencio. Solo debe guardarse el silencio, porque  de lo contrario se incurre constantemente en pecado.
Con el silencio evito los pecados de la lengua. Los monjes han hecho experiencias  muy  negativas por el hecho de hablar. Tan pronto como se abre la boca, se corre  el peligro de pecar, según dice una de las sentencias de los padres.
En cierta ocasión el patriarca Siseos dijo lleno de confianza:”Hace ya treinta años que no hago oración por causa de un pecado. Por eso imploro: Señor Jesucristo, protégeme de mi lengua. Y a pesar de ello sigo cayendo y pecando cada día por su culpa”
Según las experiencias de los monjes, son cuatro principalmente los peligros  que conlleva el hablar. El primero  es la curiosidad. Un patriarca acostumbraba decir que el monje nunca debe querer saber cómo es  y como se comporta este  o el de más allá. Tales indagaciones lo único que hace es apartarle de la oración y  hacerle incurrir en la difamación y en habladurías. Por tanto es guardar silencio.
La curiosidad  genera dispersión. La persona dispersa se ocupa de todas las cosas imaginables. Por culpa de esta  dispersión está vacía y no puede  arraigar en ella el pensamiento dirigido a Dios. Y por supuesto tampoco puede madurar.
En un apotema se describe  este preligo de manera sumamente plástica. “Unos hermanos procedentes de Sketis, decidieron visitar  al patriarca Antonio. Para ello subieron en un barco, en el cual  encontraron  con un anciano que también se dirigía allí, pero que los hermanos no conocían. Mientras estaban  en el barco se entretenían comentando las sentencias de los monjes, sus actividades manuales y el contenido de las Escrituras. Pero el anciano  permanecía en silencio. Pero en cuento desembarcaron, se dieron cuenta que  el anciano también iba a ver al patriarca Antonio. Cuando estuvieron  ante él, Antonio les dijo. En este anciano habéis encontrado  a un buen  acompañante. Y luego dijo al anciano: tienes buena gente a tu lado. El anciano repuso: Ciertamente son buenas personas, pero su casa no tiene puerta y cualquiera  puede entrar en el establo y llevarse el burro. El anciano  lo dijo, porque los hermanos decían todo cuanto les pasaba por la mente”
                   Cuando  alguno no es capaz de callar  una cosa reservada, es señal de poca discreción. Y por ello tampoco puede penetrar más profundamente en su interior. En esa necesidad de hablar continuamente, se pone de manifiesto un miedo a la soledad, incluso a Dios mismo. Al hablar quiere decirlo todo, hacerlo todo visible, inmediato y así impedir que se produzca un verdadero diálogo.

 

 

263.-Peligros de la lengua.
 Enseña aquí el Profeta, que si hay ocasiones en las cuales debemos  renunciar a las conversaciones buenas, por exigirlo así la misma taciturnidad, cuanto más debemos abstenernos de las malas conversaciones por el castigo que merece el pecado. (6,2)

Estamos comentando este párrafo de la RB a la luz de la enseñanza de los Padres del monacato, ya que es la fuente donde  S. Benito bebió su doctrina y orientó su vida. Recordemos que nuestros Padres de Cister se fijaron tanto en la doctrina como en la vida de S. Benito para orientar su nuevo modo de vida.
En este párrafo se habla de “malas conversaciones”. La tradición monástica señala cuatro peligros que acechan al monje si no observa debidamente la taciturnidad. Ayer comentaba  el peligro de la curiosidad  que lleva a la dispersión interior, que vacía de contenido la vida espiritual del monje.
El segundo peligro  es el juzgar a otros. Si nos fijamos atentamente, constataríamos que nuestras conversaciones, o en gran parte de ellas son para hablar de los otros.  Las demás personas son en verdad un tema interesante. Proporcionan materia incesante para la conversación. Incluso cuando alguno quiere hablar en términos positivos sobre otro, se  puede ver como los juzga y clasifica  comparándose con uno mismo.
A menudo, cuando uno está  hablado  de otro, está hablando de sí mismo sin darse cuenta. Habla de las cosas que le gustaría tener  y de las cosas que le causan inquietud  o le provocan. Cuando hablo de otros, sin darme cuenta, puedo estar hablando de mí mismo y de mis problemas. En consecuencia este proceder no me lleva a un mayor conocimiento de mí mismo, sino por el contrario a no observarme debidamente.
Cuando uno habla de otros, se aparta de la realidad propia y a un buen observador, no le es difícil advertir como  se traiciona a sí mismo constantemente al hablar. Por eso hablando de otros, se puede descubrir cómo nos va, qué pensamos,  en qué nos ocupamos, qué problemas no conseguimos superar interiormente.
Cuando una sirvienta le dice a Pedro, “tú también eres uno de ellos, pues hasta tu forma de hablar te delata”,  la mujer no se refería solamente al dialecto que hablaba el apóstol, sino  sobre todo a lo que decía. Todo lo que decimos  delata nuestro interior, sin quizás nosotros darnos cuenta.
Un tercer  peligro  según la antigua espiritualidad monástica, se refiere al ansia de notoriedad. El que habla mucho se erige en centro de cuanto dice. Habla una y otra vez de sí mismo, se pone en el punto justo, junto a la luz justa, para que se le vea favorablemente. Por eso el monje griego, S. Juan Clímaco decía: “la locuacidad  es el trono  de la vanidosa avidez de notariada , en el que se sienta  para administrar justicia  sobre si mismo y darse a conocer  al mundo a bombo y platillo.
El que habla quiere llamar la atención, y espera que se le escuche, que se le tome en serio  e incluso que se le admire. Sin darse cuenta, uno manipula las palabras de manera que generen reconocimiento. Así lo que se dice sirve de ordinario para satisfacer el afán de notoriedad.
El cuarto peligro  es que  hablando sin control, se descuida la actitud de vigilancia interior. Al hablar desmesuradamente se abandona la actitud de alerta sobre uno mismo. Una sentencia de los Padres lo explica así. El Padre Diadoco  dijo: “de la misma manera que se si mantienen abiertas las puertas de un horno caliente, el calor se sale rápidamente, el que habla mucho, aunque sea bueno lo que dice, deja que su memoria se escape por la puerta de la boca.”  Diadoco entiende por “memoria” el estar en sí mismo, estar preso en Dios, el recuerdo de Dios. La “memoria Dei” de que hablan las Constituciones.
Al hablar una y otra vez de mí mismo, dejo el centro y  salto por encima de los  límites interiores que mantienen en orden  mis sentimientos y pensamientos.

 

 

264.-Bienes del silencio.
 Por lo tanto dada la importancia que tiene la taciturnidad. (6,3)

Nos fijamos sólo en la primera parte de este párrafo, que nos puede servir para reflexionar sobre algunos de los bienes positivos de la taciturnidad, que S. Benito no ha señalado, pero que se recogen en la tradición monástica.
En los dos primeros párrafos la RB ha exhortado a cuidar la taciturnidad para evitar el pecado. Pero si  se estudia atentamente los escritos monásticos se descubre en ellos funciones del silencio más positivas. Hoy consideramos cómo el silencio es un camino que el monje recorre para encontrarse consigo mismo. Entre los muchos bienes que la C.24  dice del silencio, uno de  ellos es que “estimula la atención del corazón”.
No gusta estar solos y cuando estamos solos buscamos alguna ocupación. Ernesto Cardenal novicio que fue de Thomas Merton, describe así  esta experiencia.
“El ser humano le resulta difícil estar solo. Por el deseo de acrecentar su yo, le es casi imposible. Pero si alguna vez está consigo mismo a punto del encuentro con Díos, huye encendiendo la radio, el TV.” Algunos no pueden soportar estar inactivos  y permanecer sencillamente sentados en silencio les pone nerviosos. Necesitan alguna ocupación: ordenar la habitación, sentarse frente al ordenador…
Guardar silencio no significa meramente no decir nada, sino prescindir de las oportunidades de huir, y tratar de verse tal cual uno es. Es renuncia no solo a hablar, sino a toda aquella ocupación  que me pueda apartarme de mí mismo.
 En el silencio me obligo a estar conmigo. El que lo intenta descubre que en un primer momento no es agradable. Enseguida hacen acto de presencia todos los pensamientos y sentimientos,  emociones y  estados de ánimo, miedo y  aversiones que vienen a nuestra imaginación. Afloran deseos y necesidades reprimidas, las palabras que no dijimos o que dijimos y no debiéramos haber dicho.
 En los primeros minutos de silencio se manifiesta nuestro desorden interior. Resulta penoso todo esto. Pero en el silencio descubrimos como estamos, es como un análisis de nuestro estado interior.
Para muchas personas esta experiencia es tan desagradable, tan gravosa y terrorífica,  que no pueden soportarla durante mucho tiempo. Tienen que hablar de ella y comentar sus problemas con otros. Cierto que el exponer nuestros problemas puede aportar claridad  a nuestro desorden interior. Los monjes antiguos conocían el ejercicio de hablar de los pensamientos más mínimos, con un padre anciano y experimentado. Pero no contar sus problemas a unos y otros, sino de uno solo. Si alguno no lo hacia se tomaba como un gesto  de orgullo y no se le consideraba como monje, ya que el mostrar su estado interior a un anciano era algo esencial a  la vida monacal.  
Hoy se aprecia el benéfico valor de manifestar lo que uno piensa para liberarse de las tensiones internas. Pero la incapacidad de hablar de las heridas profundas, es un problema muy común. Aquellos que guardan todo,  terminan amargados y con úlcera de estómago. A personas así les conviene hablar de sus heridas con persona que sepa curarlas.
Los monjes conocen  como remedio curativo el silencio. Esto puede parecer a algunos, extraño, porque relacionan silencio con la opresión y la represión. Se pueden malograr procesos y situaciones interiores, hablando demasiado de ellas.
Otras personas  hablan demasiado de sus problemas, pero uno puede percatarse de que sólo  hablan de un aspecto de su vida interior, y que con su palabrería impiden que pueda verse  el fondo de su interior.
Para los monjes la taciturnidad desempeña una función terapéutica  alejándoles de la agitación y el enojo, y a la vez conocerse mejor a sí mismos.
S. Benito emplea el silencio para aquellos hermanos  que son castigados y excluidos  de la comunidad. El castigado es confinarle en silencio, nadie puede dirigirle la palabra.  Así el silencio es a la vez para él castigo y remedio. Le da la posibilidad  de penetrar en sí mismo, llorar su situación y arrepentirse de la falta. Gracias al silencio puede realizarse en él la curación.

 

 

265.-Silencio y disciplina interior.
 Por lo tanto dada la importancia que tiene la taciturnidad. (6,3)

Hemos comentado como el silencio tiene la misión positiva de ayudar al monje a encontrarse a sí mismo, y su efecto terapéutico al distanciarse de la agitación y el enojo, a la vez que ayuda a conocerse mejor uno a sí mismo.
Pero tiene otras funciones terapéuticas. Puede poner orden en el caos interior de nuestras emociones y agresiones. No es que suprima las emociones y los impulsos agresivos pero pone orden en ellos.
Cada vez que uno habla, reaviva las emociones, mientras que en el silencio, estas  se calman. Si a una excitación interior se le  permite liberarse, se hace más fuerte. A menudo, cuando dejamos que aflore al exterior la animosidad que sentimos por otra persona, dicho sentimiento se acrecienta. Entonces tomamos una actitud definida frente a esa persona. A partir de ese momento, comenzamos a defender  nuestras palabras nacidas de la excitación. El silencio puede ser un medio para empezar a tratar esa excitación.
No significa el silencio que no tengamos emociones. Lo que ocurre  es que hace que las emociones se reposen. No es tan fácil. Pero el silencio exterior puede contribuir a que se calmen las emociones.  Cierto que lo importante es llegar al silencio interior,  pero como nos decía D. Ignacio Guillet en una carta de visita, el silencio exterior  es la señal de que hay silencio interior, como el humo es señal de donde hay fuego.
El silencio  requiere una disciplina que debe generar  una actitud interior, que no nace por  si sola. La disciplina exterior puede ser una ayuda para que cambie el  corazón. No se trata simplemente de tragarse el enfado, pues esto solo proporciona la úlcera de estómago. Lo que hay que hacer es tratar el enfado, y el silencio puede ser una ayuda.
Pero también puede ser el silencio un veneno. Cuando uno  considera que no necesita a los demás, que puede solucionarlo todo él solo, el silencio no cura, sino que aísla. Por orgullo uno no quiere comunicar sus problemas a otra persona, pues  está empeñado  en solucionarlos a fuerza de silencio. En la mayoría de los casos, lo que así se consigue son soluciones aparentes.
Recordemos una vez más, que taciturnidad es callar cuando  se debe callar y hablar cuando se debe hacerlo.
Los monjes confiaron a la “discretio” la tarea de distinguir  cuando hay  que guardar silencio, y cuando sería mejor hablar. Cabe la posibilidad de que sea absolutamente necesario hacer comprender a la otra persona, que el malestar ha sido  provocado por su comportamiento. En tal caso  el silencio sería una excusa piadosa para eludir la conversación con ella.
Pero si en lugar de mostrarle inmediatamente mi enfado, guardo silencio, puedo valorar  si realmente  merece la pena hablar con ella,  y en caso afirmativo, en qué tono  debo hacerlo. Así mi reacción será más mesurada y comedida después del silencio. Una  vez desaparecido el calor inicial de la agresividad, puedo mantener una conversación con la otra persona de modo más clarificadora, más objetiva y menos emocional. Así la conversación podrá ser más fructífera para las dos partes.
Los monjes antiguos también recomiendan el silencio si alguno ve que otro ha cometido una falta, ya que naturalmente somos propensos a condenarla. Condenar  a otra persona nos hace ser ciegos a nuestras faltas. Es conveniente callar. Después, a través del silencio, podremos distinguir nuestras propias faltas, al ver las de la otra persona.
Aunque uno crea que conoce exactamente la falta de otro y puede tocarla  con la mano, no debe juzgarlo. Y si lo hace es  muy fácil equivocarse y proyectar en otra persona una falta propia.
Para los monjes antiguos, el silencio consistía esencialmente en renunciar a juzgar, no solo con palabras exteriores, sino también el dialogo interior. Sin que seamos  conscientes de ello, juzgamos constantemente a las personas con las que tratamos. Nuestra razón  enjuiciadora habla continuamente en nosotros. Si guardamos este silencio interior respecto a los demás, accederemos a la paz interior.

 

 

266.-Silencio y dominio de los vicios.
 Por lo tanto, dada la importancia que tiene la taciturnidad. (6,3)

El monacato antiguo veía el silencio en su parte positiva, como el medio de triunfar de los vicios.
Si nos observamos cuando estamos desocupados, sin estar  absorbidos por la lectura, el trabajo o cualquier otra actividad, ¿qué pensamientos emergen  en nuestra mente? Estos pensamientos que surgen sin control, nos indican el estado interior.
Los monjes aprovecharon  estos pensamientos para ver en qué medida tienen raíces algunos de los nueve vicios: gula, obscenidad, avaricia, tristeza, vanidad, desánimo (o acedia), ambición, envidia y orgullo. Vicios que parecen descritos desde Evaglio Póntico en los tratados monásticos.
Así podemos comprobar cuantas veces pensamos en la comunidad, o deseamos tener alguna cosa que nos aparece apetecibles. Hoy se considera moderno, sentirse frustrado y entregarse a los sentimientos  de frustración, de modo que cualquier  persona los puede ver reflejados en el rostro de quien los tiene.
Los monjes de la antigüedad dirían que esa persona  está dominada por la tristeza. En silencio podemos elaborar brillantes peroratas para demostrar a los demás que tenemos razón. Y en silencio disfrutamos de nuestro encono, y lo aumentamos con nuestras argumentaciones.
 Otros sienten lástima de sí mismos, pues en momentos de calma exterior se dice que  todo carece de finalidad, que nada tiene sentido, es el vicio de la acedia.
Otros  pensamientos giran en torno a uno mismo, a su grandeza. Externamente guardamos silencio, pero interiormente hablan los impulsos insatisfechos, las necesidades no atendidas, las emociones o estados de ánimo que no han  alcanzado el debido equilibrio, Hablan la vanidad y la ambición.
No obstante, lo que cuenta para los monjes en definitiva  es el silencio interior. Sólo  puede guardar silencio interior el que ha superado los nueve vicios. En consecuencia, el ejercicio del silencio incluye la lucha contra los vicios, contra el caos de las emociones incontroladas.
El silencio no es una renuncia pasiva a la palabra, sino  una actitud activa contra las emociones e impulsos agresivos  que percibimos en nosotros mismos.
Un apotema  de los padres, indica como con el silencio se puede superar el apetito de la avaricia. “Agatón cuanta de él  y del abad  Amón, que cuando vendían mercancías, decían el precio y aceptaban silenciosamente lo que les daban. De la misma  manera, cuando querían comprar algo, entregaban de la misma manera, sin protesta, lo que se les pedía y tomaban la mercancía sin pronunciar palabra “.
Los monjes no estaban libres de la afición de regatear cuando compraban, tan propia de los orientales. Pero precisamente porque conocian  esta estimulación interior se someten a la prohibición de hablar.
El silencio no suprime la avaricia, sino que la reprime impidiendo que aflore.  Luchaban en silencio contra la avaricia o cualquier otro vicio, para sí dominarlo.
El silencio es un recurso que ayuda a dominar las emociones. Del abad Moisés, un antiguo ladrón, al que los demás solían zaherir por el color oscuro de su piel, se cuenta: “En una ocasión de celebraba una asamblea en Sketis, y los Padres quisieron someterlo  a una prueba y le trataron como a un don nadie, y  decían ¿Por qué se pone en medio de nosotros este etiope? El lo oyó en silencio. Terminada la asamblea le dijeron Padre ¿no te has alterado? El contesto, sí me he alterado, pero supe contenerme y no hablar.” O sea estaba apunto de alterarse, pero como guardaba silencio, combatió  su agitación.
El silencio solo es fructífero cuando conduce al silencio interior. De lo contrario puede ser solamente una fachada. Así el silencio del orgulloso  que se considera  mejor que los demás.
En el silencio, tal como lo entienden los antiguos monjes, siempre hay una lucha interior, un enfrentamiento sincero con las propias actitudes viciadas. Es una lucha contra los vicios, pero también una victoria sobre ellos. Sólo el que ha superado sus actitudes viciadas internas, puede guardar silencio interiormente.
El silencio interior es el que buscaban los monjes y hoy día también es nuestra meta, pero el camino es largo, y no hay  quien alcance plenamente la meta en esta vida. El silencio es un problema moral, al que solo se puede alcanzar con una victoria  sobre  las actitudes viciadas, no a base de técnicas de meditación o de ejercicios de distensión.
Para Casiano que trasfirió la sabiduría de los monjes de Egipto a occidente, el estado de silencio puro es idéntico a la pureza de corazón. Y la premisa para ello es la humildad. No se pretenda alcanzar nada, ni estados de interiorización, ni la paz absoluta, si no se entrega plenamente a Dios.  La humildad  es una reacción ante la experiencia de Dios y  la debilidad e impotencia ante ese mismo Dios. En definitiva es una gracia que el ser humano no puede alcanzar con sus fuerzas, lo mismo que la paz en la que enmudecen la emociones e impulsos agresivos, solo puede ser donada por Dios. Esa paz es una meta a la que tendemos, pero que únicamente podemos experimentar como gracia de Dios.

 

267.-Palabra justa.
  Cuando sea necesario preguntar algo al superior, debe hacerse con toda humildad y respetuosa sumisión (6,7)

Para S. Benito el silencio no está separado de la palabra. El capítulo dedicado al silencio, también podría haberlo titulado  sobre la palabra justa.
Este criterio se manifiesta a través de toda la regla. Así en el capítulo 7 no hablará solamente del silencio como señal de humildad, en los grados 9 y 10, sino  que también explica con debe ser la palabra que mana de la humildad en el grado 10. En el 11 muestra al monje guardando silencio hasta ser preguntado, cosa que ya ha dicho en este capítulo diciendo que hablar compete al maestro y oír al discípulo, y también en el 4, que en el mucho hablar no faltará el pecado.
Guardar silencio y hablar no se oponen, sino que se complementan  mutuamente. Se trata de no destruir la actitud de silencio. Nuestra palabra, nuestro modo de hablar es una prueba que manifiesta en qué medida es auténtico nuestro silencio.
Cuando aprendamos a guardar silencio interiormente,  no renunciaremos al silencio externo por un deseo de hablar. Algunos monjes parecen  tener necesidad de recuperar lo que han dejado de decir, lo cual es síntoma de que su silencio no brota del  silencio interior. Al hablar se debe mantener el silencio interior. Para S. Benito se trata no de hablar guardando silencio, sino de guardar silencio cuando se habla.
S. Benito da normas concretas   cuando dice cómo debe de ser la palabra que mana del silencio. Debe hablarse con humildad, dice en este capítulo y también en los 61 y 65. Con seriedad y dignidad 7,42. Con  respeto, razonablemente 31, 61,65. Con amor 61. Con sumisión en este 6. Con mansedumbre 66. Con modestia 22. Con temor de Dios 66.
En el capitulo 3 cuando habla de los hermanos llamados a consejo, se trata de un uso de la palabra que tiene que ser como fruto de prestar oído al Espíritu. No deben pretender imponer su opinión, poniéndose como el centro, sino decir lo que el Espíritu nos confía.
Si la palabra brota del la escucha del Espíritu no será prepotente y obstinada. Y solo hablará cuando el Espíritu le mueva a ello.
En este párrafo señala la humildad como característica de su modo de hablar. No es que tengamos que reprimir los deseos, sino expresarlos  tranquilamente, pero siempre con una actitud de desprendimiento, dispuesto a desprenderse del deseo.
Al administrador le indica que no debe rechazar al hermano que le viene con peticiones poco razonables, sino de modo razonable y humilde exponerle  la causa de su negativa. Hablar aquí con humildad es indicar que acepto a la otra persona, que siento respeto por ella. Para S. Benito la humildad y respeto están íntimamente relacionados  entre sí y suele referirse a ambos conceptos cuando trata del modo de dirigirse a otra persona.
El respeto al hablar, hace que permita a la otra persona ser como es. No deseo cambiarla, convencerla a la fuerza, rendirla con mis argumentos., sino que la dejo en paz, la respeto y tengo en cuenta  su intimidad.
En un par de ocasiones, dice que el monje debe hablar razonablemente, tanto el reproche 61, como la petición 65, y el rechazo 31.O sea no dejarse llevar por las emociones, sino basándose en una visión clara de las cosas, no enturbiada por intereses, ni estado de ánimo propios,  sino viendo las cosas como son. Y a esto se llega por el silencio que puede aclarar mucho los sentimientos que hay en nuestro interior.
También puede sorprender que S. Benito indique no solo la amabilidad en la respuesta del portero a los que llegan al monasterio,  sino también  dice “con temor de Dios”.68.
Hablar con temor de Dios significa tener sensibilidad  para percibir la presencia  de Dios en el otro. Para S. Benito nuestra relación con el otro no es puramente un proceso interpersonal.
Las  normas de S. Benito sobre el uso correcto de la palabra demuestran que guardar silencio y hablar están estrechamente  relacionados entre si. El que ha aprendido a guardar silencio correctamente, también sabe  hablar correctamente. Cuando habla, no pierde la compostura  y la atención a Dios, que el silencio debe instruirlo. Cuando habla conserva esa atención y la expresa para que también los demás puedan  participar de ella.
A S. Benito no le interesa tanto el silencio externo cuanto  la actitud interior del silencio. El silencio  como señal de la presencia de Dios. Cuando uno habla en la presencia de Dios, la palabra no rompe su silencio, sino que crece a  partir de él. No destruye el silencio  sino que lo comparte con los demás.

 

 

268.-Silencio y desprendimiento.
 Y en otro  lugar: “Muerte y vida están en poder de la lengua”. (65)

El silencio puede contemplarse desde diferentes puntos de vista: como un no hablar pasivo, como actitud interior de recogimiento, como una lucha contra las actitudes viciadas, como  una actividad positiva, o sea como un acto de desprendimiento. “Muerte y vida están en poder de la lengua”. El desprendimiento a que nos conduce el silencio es el camino de la verdadera vida.
El silencio como  actitud activa no consiste en  que dejemos de hablar y de pensar, sino que nos desprendamos una y otra vez de nuestros pensamientos  y palabras.
Que alguien  sea capaz de guardar silencio, no es algo que   se manifiesta en la cantidad de sus palabras, sino en la capacidad para prescindir de ellas. Así puede darse que alguien que exteriormente guarda silencio, es incapaz de acceder a ese desprendimiento en el que consiste el verdadero silencio. Puede callar para salvarse de cualquier ataque o eludir la lucha de la vida, a fin de poderse aferrar a sí mismo y a la imagen ideal que de sí mismo tiene.
 Quien habla, se expone constantemente a los ataques de los demás. Da a conocer sus puntos débiles y sus palabras pueden ser criticadas y ridiculizadas, o que tenga que avergonzarse de ellas.
Cuando compruebo que mis palabras han sido realmente absurdas y soy capaz de dar gracias a Dios  porque me he puesto en ridículo con ellas, entonces estoy realmente liberado. Y esa liberación  es lo que realmente se busca en el silencio.
La tradición monástica no conoce este concepto  de desprendimiento por medio del silencio, sino que  describe con otras imágenes el contenido de ese concepto moderno. La imagen de la muerte y de la peregrinación, que veremos en otra ocasión.
Mientras guardo silencio afloran en el interior todos los pensamientos  y sentimientos imaginables. Se puede uno enfrentar a ellos hasta que se calmen.
Pero otro método es no darles demasiado importancia y si  se quiere uno desprender a toda costa, volverán a aparecer una y otra vez en la imaginación persiguiéndole.
Liberarse significa por tanto percibir y examinar los pensamientos y sentimientos y después distanciarse de ellos. El pensamiento puede permanecer en la mente, se le contempla  y se le deja en libertad con lo cual lo dejo de lado. Si vuelve a aparecer instantes después  no hay  que enfadarse por no haber conseguido desprenderse de él, sino que hay que volver a dejarle delado. Así los pensamientos van y vienen, pero no poseen al monje.  Si confía que Dios le acepta con todos los pensamientos  que torturan y  oprimen, entonces se liberaré de esa presión. Se muestran los pensamientos a Dios y se les entrega. Pueden seguir  yendo y viniendo, pero uno será libre, pues permanece en silencio y tranquilo.
Pero ¿que es lo que se debe acallar? Ante todo las tensiones internas. Los pensamientos y sentimientos pueden  generar tensiones en nuestro interior, nos poseen. Mientras los pensamientos sostengan esa tensión, seremos  incapaces de manejarlos de manera fructífera. Así lo primero es eliminar la tensión interior que tienen sus manifestaciones incluso corporales. Para liberarse  hay que llegar a una actitud interior de silencio. El que pretenda alcanzarlo a través de una distensión corporal, como técnica, para liberarse de las tensiones desagradables, sin modificar su actitud interior, no les servirá de nada. Así sólo trata los síntomas externos.
Otro método  es ir a las causas de la tensión. ¿Dónde están las apetencias y deseos inmoderados? Si pretendo deshacerme de  la preocupación angustiosa, no se consigue con un acto de la voluntad. Una ayuda para liberarme de las tensiones es la convicción de que Dios me protege, que puedo dejarme caer en sus brazos pues no  nos esperan unos brazos castigadores, sino amorosos. Dejarse caer en los brazos de Dios tiene algo que ver con el amor. Dejo que Dios me quiera y confío en él. Renuncio a todo éxito espiritual y me entrego a Dios tal como soy, con todos mis pensamientos  que me abruman.
Entonces Dios asume la dirección del alma, busca lo mejor para mi y  me muestra su amor.
En definitiva, en el silencio tiene lugar un cambio interior, ya que no soy yo quien debe planificar mi vida, sino que Cristo debe reinar en mí. Y entonces  permanezco en silencio, entregando  a Cristo la llave de mi  vida.
 Quien se dispone a guardar silencio comprende lo difícil  que es acallar los pensamientos. Una y otra vez afloran pensamientos enojosos, o la mente piensa mil y una cosas. En el silencio se opera el paulatino desprendimiento interior.

 

.

269.-Silencio muerte y liberación
Muerte y vida están en poder de la lengua. (6,5)

Quien se dispone  a guardar silencio, comprueba lo difícil que es acallar los pensamientos. Una y otra vez afloran pensamientos enojosos, la mente piensa mil pequeñas cosas. Afloran recuerdos del pasado… Algunos no consiguen liberarse  de sus sentimientos de culpa.
Guardar silencio es contemplarlo todo y soltarlo, distanciarse de ello. Hay que hacer un largo camino  y mucho ejercicio para reducir el miedo, el enfado, el desasosiego, y que  dé paso a la paz interior fruto del silencio.
Quien intenta guardar silencio comprueba lo mucho que el silencio exige. Y tiene que liberarse él mismo y comprueba que hay muchas cosas que se oponen  a esta liberación. Por naturaleza pretendenos aferrarnos a nosotros mismos y a ser  posible, preferimos utilizar a Dios como instrumento de  nuestra perfección antes de  que confiarnos a El en nuestra imperfección. Damos tanta  importancia a nuestras preocupaciones y problemas, que no permitimos que Dios entre en contacto  íntimo con nosotros, ni reconocemos que El es lo único importante.
A la hora de silenciar el pasado es importante desprenderse de la amargura. Hay personas que llevan siempre abiertas las heridas del pasado  y no dejan  que estas se curen. Están amargadas por no haber recibido lo que deseaban o por sentirse decepcionadas. Necesitan el recuerdo de estas heridas para poder aferrarse  a su amargura. Hay que desprenderse de la amargura que nos cierra el camino hacia Dios. Liberarse equivale  a abrirse a Dios. Para que Dios pueda hacer algo conmigo, tengo que liberarme, dejar de aferrarme a mí mismo, para que Dios pueda entrar y actuar en mí. Esta es la labor del silencio como desprendimiento.
La tradición monástica expresaba estos conceptos modernos de desprendimiento con dos imágenes: la muerte y la peregrinación.
En el silencio el monje subraya la muerte del hombre viejo, se convierte en un muerto para el mundo,  para vivir para Dios.
“Un hermano acudió al abad  Macario. Le dijo ¿Padre como puedo alcanzar la salvación? En anciano respondió: Vete al cementerio y mófate de los muertos. Así lo hizo el hermano. Luego volvió al anciano que le preguntó: ¿No te han dicho nada? Contestó, no. Entonces el anciano dijo vuelve mañana y alábalos. El hermano fue los alabó. Y volvió al anciano que le preguntó ¿No te han contestado? Contestó, no. Entonces el anciano  le explico: tú sabes que has proferido muchos insultos contra los muertos  y no te han contestado, les has dedicado muchos elogios, y no han dicho nada. Así tienes  que ser tú también si quieres alcanzar la salvación. No prestes atención ni a las injurias ni a las alabanzas.”
A primera vista este consejo resulta un tanto macabro, pues parece dejar ver que nos debemos mostrar absolutamente insensibles. Pero no es eso  lo que pretendía enseñar. Trasmite un procedimiento terapéutico. Coloca al joven monje ante sus sentimientos  positivos y negativos, para mostrarle que los sentimientos no son todo. Hay que acceder a otro nivel. No debo dejarme definir por las personas sino por Dios. Y me defino a partir de Dios, cuando muero para el mundo. Cuando abandono mi identidad mundana y encuentro mi verdadera identidad en Dios. La  libertad respecto de  a la alabanza y al reproche es descrito con la imagen de la muerte.
En todas las religiones existe un ejercicio que  consiste en meditar la propia muerte. S. Benito  nos exhorta a tener diariamente la muerte ante nuestros ojos. (4,55) Tenemos que morir internamente para dar cabida a la verdadera vida. Y no es para mermar nuestra vitalidad. Por el contrario es una ayuda para que pueda desarrollarse la verdadera vida.
Otra imagen  con la que los monjes gustan de describir la esencia del silencio es la “peregrinación”. Un apotema  identifica la peregrinación con el silencio. “Peregrinación es guardar silencio”. Y otro dice”Si no cosigues ser amo de tu lengua, donde llegues no serás un forastero. Domina pues tu lengua y serás un forastero”.
¿En qué consiste ser forastero?   Una sentencia de los Padres, lo aclara: “calla y di en cada lugar a donde llegues: esto no me incumbe”.El abad  Tithoe dice:”La peregrinación significa  que el monje tiene autoridad sobre su boca.”
 Por el silencio el monje renuncia a hacer comentarios de todo  cuento se le ofrece. Con la palabra intervengo en el acontecer  del mundo,  lo comento, lo critico, me hago activo pues lo dirijo, ordeno y mando.
En el silencio el monje se distancia del mundo, renuncia a cambiarlo, a mejorarlo, pues le consta que la imagen física de este mundo es  perecedera. Como se sabe dirigido por Dios, no se arroga el derecho de juzgarlo. Y por eso deja que el mundo sea mundo y sigue su camino hacia Dios a través del mundo, como  a través de un país extranjero en el que no le está permitido instalarse. El peregrino no puede construir un hogar, tiene que seguir caminando. Así el silencio es  como una renuncia al descanso en el hogar.
 

 

270.-Silencio y libertad.
 Muerte y vida están en poder de la lengua. (6,5)

 

El silencio como distanciamiento, como muerte y partida de este mundo, nos  hace interiormente libres. Ya no estamos atados  a ninguna cosa fuera de Dios. Esto tiene un gran valor para nuestro trabajo diario y para nuestro trato  con los demás.
Si trabajamos con esa libertad respecto a las personas y las cosas, no estaremos  sometidos a una constante tensión. Podríamos  trabajar más objetivamente, pues no mezclaríamos nuestros deseos  y nuestras necesidades con las cosas, y así trabajaríamos más, ya que no invertiríamos  innecesariamente nuestra energía  en cosas tan innecesarias como el reconocimiento  y el elogio.
Durante la estancia en el monasterio del Espíritu Santo, del sacerdote y psicólogo holandés Henri Nouwen, donde convivió durante siete meses con la comunidad, trabajó  con los monjes en diversos  talleres. El mismo cuenta en su diario que el trabajo le dejaba agotado y se enfadaba por ello. Pero al escribir su diario, descubre  la causa del agotamiento: “Creo que mi agotamiento no es tanto una consecuencia del tipo de trabajo que realizo, cuanto de las perniciosas tensiones que relaciono con el trabajo. Debería  pasar el día con absoluta tranquilidad, y someterme tranquilamente a los trabajos que cada día me indican”.
Si Henri pudiera renunciar a su deseo de realizar sólo tareas agradables, si se entregara sencillamente al trabajo, esto no le exigiría un  sobreesfuerzo. Pero también se cansa realizando trabajos que le gustan, porque está demasiado preocupado en realizarlos perfectamente, y quedar bien con las personas.
Cuando Henri habla con D. John Eudes, abad del monasterio y siquiatra, sobre el cansancio que siente cada vez que tiene que trabajar, por ejemplo en un cursillo o unos ejercicios, él mismo reconoce:”pongo demasiada energía en cada movimiento. Es como si cada vez tuviera que demostrar de nuevo que   merezco que otros se fíen de mi”. El abad le dice que pone en juego toda su identidad y empieza cada vez de nuevo en el punto cero. Así la oración, la meditación son muy importantes, pues en ellas encontrará su más profunda identidad. Eso le evitará tener que poner todo su ser cada vez que trabaje con otros.
 También le dijo, que está demostrado que las personas que meditan regularmente, necesitan menos descanso nocturno, están más unificadas  consigo mismas.
Quien ha aprendido a desprenderse de sí mismo y de sus exigencias, en medio de su actividad, puede realizar su trabajo de manera sosegada y serena, sin tensiones internas. Ha emigrado  del mundo y está exclusivamente al servicio de Dios. No realiza el trabajo por sí mismo, sino para la gloria de Dios. Tiene  libertad para trabajar con sentido práctico y realista, sin involucrar continuamente  sus emociones.
Quien se libera de si mismo cuando trabaja, habla y piensa, experimenta una libertad interior en la que puede abrirse a Dios y dejar que Dios le tome a su servicio.
El silencio como liberación, como muerte y emigración, no se refiere únicamente a la palabra, sino también a la actividad física, haciendo  toda la vida más auténtica, y más libre  y humana, porque nos descarga de todo lo que perturba nuestro verdadero ser. Quita las dificultades que impiden que aparezca en nosotros la imagen que Dios ha grabado en nuestro ser.
El objetivo del silencio es que nos abramos más a Dios, de modo que el Espíritu de Dios pueda entrar en nuestras vidas, en nuestras mentes y actividades. “La vida y la muerte están en la lengua”.

 

 

271.-Silencio y presencia de Dios.
 Por lo tanto, dada la importancia que tiene  la taciturnidad, raras veces recibirán los discípulos perfectos  licencia para hablar, incluso cuando se trate de conversaciones honestas, santas y edificantes, para que  guarden un silencio lleno de gravedad. (6,3)

Hemos visto el bien positivo que ofrece el silencio en el orden a la liberación interior de toda clase de tensiones.
Ahora vemos a considerar las ventajas de la taciturnidad en relación directa con el encuentro con el Señor.
Ya hemos dicho varias veces que en el cap. 6 de la RB no habla propiamente del silencio, que puede significar solo el hecho de no hablar, sino de la taciturnitas, que remite a la actitud de guardar silencio y por otra la atmósfera de recogimiento que debe reinar en el monasterio.
Ese espacio de recogimiento que reina en el monasterio es el ambiente  en el que el monje se abre a Dios, escucha la palabra de Dios en la liturgia y en la Escritura, y en el que vive en presencia de Dios.
En este aspecto, S. Benito describe más bien una atmósfera, que una técnica para practicar el  silencio. Es una atmósfera de apertura  a Dios. S. Benito pone silencio y escucha una detrás de otra. El silencio ayuda al oído  a recibir la palabra de Dios. Aumenta la sensibilidad para captar la presencia de Dios.
En este cap. 6 S. Benito fundamenta el silencio en su valor, cuando dice “dada la importancia de la taciturnidad” (propter taciturnitatis gravitatem). Según los entendidos esta expresión contiene lo que se llama un genitivo de identidad, pues “taciturnitas” y “gravitas” significan lo mismo, y se especifican mutuamente. Pero en S. Benito, gravitas significa estar imbuido de la proximidad, e incluso de la presencia de Dios.
 Lo que se  pretende con el silencio es no perturbar esa sensación de estar imbuido de la presencia de Dios. Debemos guardar silencio para mantenernos abiertos a la presencia de Dios. Para S. Benito, guardar silencio es una actitud positiva. Los monjes tienen que abrirse a la presencia de Dios, vivir durante todo el día delante de El.
La presencia de Dios es el espacio en el que vive, en el que se siente como en casa,  cómodo. La presencia santificadora de Dios  lo envuelve  e incluso desea penetrarlo físicamente.
Guardar silencio es abrirse a esa realidad superior de Dios que nos envuelve. Por tanto es algo más  que no hablar. No hablar es algo que   se puedo hacer  apretando los dientes. Pero a la gracia de la presencia de Dios solo puedo abrirme si lo hago con todo el cuerpo, para que  la presencia de Dios fluya libremente.
 Si vivimos con esa apertura, incluso física, nos sentiremos  envuelto por la presencia de Dios. Una presencia que no oprime, sino que libera  y sana, y que por lo tanto  sienta a gusto incluso físicamente.
Según S. Benito, el monje debe manifestar  su sensibilidad para captar  la presencia de Dios incluso en su porte, de la manera como acude al Oficio Divino RB 22,6  y 43,2. Y debe conservarla también cuando habla. En el silencio nocturno percibe uno con mayor intensidad que está envuelto en la presencia de Dios, no debe verse perturbado con la palabra RB 42,11. El que lee o dirige el canto en el Oficio, debe hacerlo  con esa sensibilidad a la presencia de Dios a fin de que sea edificante para los hermanos,  y Dios se haga presente  en ellos en la palabra y en el canto .RB 47,4.
 El silencio así sirve para prestar atención a la palabra de Dios y  a la oración. S. Benito así lo dice en el cap. 4 donde después de enumerar  el instrumento del silencio aconseja:  ”escuchar de buen agrado las lecturas santas”,  “entregarse con frecuencia a la oración”.
 En el cap. 52 exhorta a salir del templo en el más profundo silencio, y mantener el temor  de Dios para quien desee aún rezar  en silencio, lo pueda hacer  sin ningún impedimento.
El silencio facilita  la generación de una atmósfera en la que se puede orar y se protege lo que ha surgido de la oración. El que hable  inmediatamente después de la oración, no puede retener su fruto. Pierde el recogimiento y derrama lo que a acumulado en la oración. Por el contrario el silencio permite   que la oración siga actuando y se asiente en el corazón.
La actitud de recogimiento por una parte, permite oír a Dios, y por otra  es una reacción a la experiencia ya vivida de oír. El monje pretende eliminar todo aquello que le impide seguir oyendo a Dios en perfectas condiciones.
El  monje no guarda silencio en aras de un principio abstracto, para alcanzar  artificialmente un estado de ánimo o para enorgullecerse  de esta gesta ascética. Guarda silencio sencillamente porque ha experimentado a Dios y no quiere destruir esa experiencia hablando.
No me puedo dar el lujo de guardar silencio para recrearme en mí mismo, o cuando sólo busco mi propia paz.  Sólo  puedo guardar la palabra aunque sean muchos los que la esperan, cuando al guardar silencio estoy realmente ocupado, cuando mi silencio no consiste simplemente en no hacer nada, sino  que estoy prestando oído activamente penetrando en el desierto, en el ámbito de Dios. Cuando trato de oír lo que Dios quiere decirme en el silencio.

 

272.-Motivos.
 Cumplamos  en nosotros lo dicho por el Profeta: Yo me dije, vigilaré mi proceder  para no pecar con la lengua. Podré una mordaza en mi boca. ( 6,1)

Es de notar la omisión que en la RB hace de las consideraciones que la RM intercala en este capítulo, marcadas por una antropología fuertemente dualista.
S. Benito hombre práctico y nada imaginativo, va derechamente  al grano. Su primera palabra en este capítulo es “cumplamos”. No se trata de teorías, sino de cumplir lo que dice el Profeta. ¿Y qué dice? Que vigila su propia conducta, que enmudece, que se humilla, que prescinde de hablar incluso de cosas buenas. ¿Con qué fin?  De no pecar  con la lengua. Añade otros dos textos de corte sapiencial para fundamentar esta doctrina.
El primero es de Proverbios 10,19: En el mucho hablar no falta pecado.  Y el segundo también de Proverbios 18,21: muerte y vida están en manos de la lengua.
La RB  se inserta así en la tradición más general del monacato primitivo.
Pero a continuación señala otro motivo que no se apoya en la Escritura, sino en el concepto del abad como doctor. Hablar y enseñar incumbe al maestro. Al discípulo le corresponde callar y escuchar. Es curioso que esto de escuchar, es palabra con la que comienza la Regla, y aparezca a aquí en un capítulo que trata de la taciturnidad. Callarse pues para escuchar la voz del maestro, es decir la del abad, y a través de la del abad, la del maestro  por antonomasia, Cristo.
El maestro habla para enseñar. El discípulo calla para escuchar, para poder oír la voz del maestro que le señala el camino  de la vida eterna. El monje escucha para poner por obra lo que se le manda y de este modo volver a Dios por el camino de la obediencia, decía en el Prólogo. (1,2)
Finalmente señala una tercera  razón. Por el gran valor intrínseco que tiene la taciturnidad en la vida  del  espíritu.
Ya hemos  comentado en un día anterior la interpretación de esta frase:”propter taciturnitatis gravitatem”. En realidad guardar silencio a causa del silencio significa guardar silencio a causa de la seriedad de la vida monástica. Una gravedad que encuentra su expresión en el dominio de la lengua. Es decir que el hablar constantemente y sin reserva no estaría de acuerdo  con la severidad de la vida monástica que tiene por objetivo buscar a Dios

 

273.-Práctica del silencio.
 Raras veces recibirán los discípulos perfectos licencia para hablar, incluso cuando se trate de conversaciones honestas, sanas y de edificación. (6, 3)

De las premisas doctrinales que ayer comentaba, se deducen cuatro conclusiones prácticas.  1ª Evitar las malas conversaciones, cosa evidente. 2º Permitir  raras veces toda clase de conversaciones, incluso  las que versan sobre temas buenos y edificantes.  3º Hablar al abad con humildad y sumisión, cuando sea necesario y 4º excluir toda chocarrería y palabra ociosa o que  provoque la risa.
La primera conclusión no requiere ningún comentario, pues es algo evidente.  La segunda ofrece una dificultad de interpretación. ¿Cómo entender lo de “incluso los discípulos perfectos” se les dará raramente licencia para hablar? O ¿únicamente a ellos se les exige silencio, dejando a los imperfectos  una mayor  libertad en tal materia? Esta última interpretación está más de acuerdo con la gramática y seguramente también con el espíritu de la RB.
Respecto a la 3ª conclusión, puede observarse la íntima relación que establece entre humildad y taciturnidad. El monje calla por humildad y habla con humildad. Tanto el hablar como el callar están relacionados con la humildad.
La 4ª conclusión resalta por lo absoluto  y radical de sus expresiones, que difícilmente podrían tener mayor energía “eterna clausura in ómnibus locis damnamus” Es una condenación absoluta e inapelable, no sólo a los chistes groseros, lo cual es normal, sino  toda palabra  jocosa o innecesaria.
Este  último texto contribuye a comunicar a este capitulo un aspecto de rigor un tanto repulsivo que lo caracteriza.
Por fortuna, otros pasajes de la RB que se refieren  a la taciturnidad mitigan y humanizan el rostro ceñudo  que presenta en el capitulo 6º.
 Por lo que dice textualmente, el silencio reina en el monasterio de modo que los hermanos no se comunican si no es con permiso. Pero sabemos por otros lugares, que si el silencio se observaba  a la perfección durante las comidas y en el dormitorio, en otros momentos era mucho menos riguroso. Los monjes hablaban y reían. Y entre las mortificaciones que sugiere la Regla para la cuaresma es el  ser  menos locuaces y chistosos.
De esto se deduce que no hay que tomar estas expresiones de un modo demasiado absoluto, teniendo en cuenta que en este capitulo 6 se encuentra la sección doctrinal, la doctrina espiritual de la Regla. Por ello predomina la teoría sobre la práctica.
La RB conoce que los monjes son seres humanos que necesitan comunicarse, pero lo importante es el hacerlo como monjes, es decir  en los tiempos y lugares determinados.
De todos modos, el silencio tal como se describe en este capítulo ofrece un aspecto austero y ascético. La dimensión mística  la irá descubriendo poco a poco al avanzar por el camino de la unión con Dios. Ya hemos  comentados en días anteriores algunos aspectos  de esta dimensión.
En la medida que el monje se familiariza con la Escritura  y la tradición monástica  tal como lo recomienda S. Benito en el epílogo de la Regla,  le conducirá a la cima de la perfección. Casiano dirá que es imposible alcanzar la oración pura si el espíritu está ocupado  por el recuerdo  de la conversaciones recientes,  que la oración de fuego consiste en un gemido inenarrable que trasciende  toda palabra, y que el alma en las cumbres  de la contemplación penetra en un recogimiento tan absoluto que enmudece y no puede expresarse. (Todo esto, en la Colación 9)
Pero será Casiano y no Benito quien lo enseñe. La RB se mantiene siempre dentro de los límites de la vida práctica que no va más allá de la doctrina de la extirpación de los vicios y el cultivo de las virtudes.  Por ello su tratado de la taciturnidad es  plenamente ascético.
En realidad el cap. 6 no es más que un comentario de cuatro instrumentos 51-54.

 

274.-Grados del silencio. Del 1º al 6º.-

Hoy vamos a comentar algo sobre el silencio, no sobre la taciturnidad, guiados por la espiritualidad carmelitana, en los doce grados que dejó consignados Sor  Amada de Jesús, carmelita  de París y muerta en olor de santidad.
La vida interior podría consistir en esta sola palabra: ¡silencio! Es el silencio en el que se forman los santos.
Dios que es eterno, no dice más que una sola palabra  que es el Verbo. Así sería de desear que todas nuestras palabras  expresasen a Jesús directa o indirectamente

1º Grado  Hablar poco con las criaturas y mucho con Dios.
 Este es el primero e indispensable paso en este camino de soledad. En esta escuela es donde se enseña  todo aquello que dispone para la unión divina. Es en esta escuela donde se estudia y profundiza en el evangelio y el espíritu de la regla que se ha abrazado. Respetando lugares  momentos y personas.
Silencio al mundo, silencio a las noticias innecesarias. La voz del ángel turbó a María.

2º Silencio en el trabajo, en los movimientos.
Silencio al andar, silencio de los ojos, de los oídos, de la voz. Silencio de todo el exterior, para preparar al alma al encuentro con Dios. Por estos primeros esfuerzas hace lo que está de su parte para poder oír la voz del Señor. El Señor llama a la soledad, (característica tanto de la carmelita como nuestro) y el monje se aparta de todo aquello que puede distraerlo, se aleja del ruido para ir hacia El. Aquí goza las primicias del amor divino. Es el silencio del recogimiento o el recogimiento del silencio.

3º Silencio de la imaginación.
Esta potencia es la primera que llama a la puerta con emociones extrañas, impresiones vagas, tristezas. Pero es aquí donde puede el monje dar pruebas de su amor, y puesto que esta potencia no puede ser aniquilada, la orienta hacia el deseo del cielo,  los encantos del Verbo Encarnado, las escenas del Calvario. Entonces también ante esta contemplación queda en silencio.

4º Silencio de la  memoria  
Silencio del pasado…olvido, para saturar la memoria del recuerdo de las misericordias del Señor. Es el agradecimiento del silencio, el silencio de la acción de gracias.

5º Silencio de las criaturas.
Con frecuencia nos sorprendemos hablando interiormente  con las criaturas, contestando en nombre suyo. Al darse cuenta, uno debe retirarse  dulcemente en las más íntimas profundidades  de su interior donde mora la Trinidad. Y poco a poco desaparecerá  todo aquello que  la distrae de este gran  huésped.

6º Silencio del corazón.
Si la lengua enmudece y los sentidos están en calma, si la memoria, la imaginación, las criaturas callan y producen la soledad, caminará hacia el silencio del corazón. Silencio de los afectos, de antipatías, silencio en los deseos de lo que puedan tener de demasiado ardientes, del celo en lo que tenga de indiscreto, del fervor en lo que tenga de exagerado. Silencio del amor en lo que tenga de exaltado, no de esa exaltación santa de la que Dios es autor, sino de la que está  mezclada con la naturaleza. Silencio que no tiene nada de  cohibido, de forzado silencio que no impide la ternura  ni el vigor de este amor. Como la lámpara que se consume sin ruido ante el sagrario.
En los grados anteriores el silencio era todavía  la queja de la tierra, aquí comienza a aprender las primeras notas el cántico del cielo.

 

 

275.-Grados del silencio. Del 7º al 12º

7º grado.-Silencio de la naturaleza, del amor propio.-
Silencio a la vista de la propia miseria, Silencio del alma que  acepta su pequeñez. Silencio ante las alabanzas y estima. Silencio también ante los desprecios  de las murmuraciones. Es el silencio que nace de la mansedumbre y de la humildad. La flor se abre en silencio y en silencio su perfume alaba al creador. El alma interior hace lo mismo. Se mantiene en silencio ante las penas y contradicciones.  Silencio ante lo que puede ser duro a la naturaleza, como el ayuno, el frió, el calor, el cansancio. Silencio ante la salud o la enfermedad, en la privación de todas las cosas, es el silencio de la muerte a todo lo creado y humano. Es el silencio del YO humano que se entrega al querer divino. Los estremecimientos de la naturaleza no pueden turbar este silencio porque está por  encima de la naturaleza.

8º.- Silencio del espíritu.
 Hacer callar los pensamientos inútiles, los pensamientos agradables, naturales;  estos son los únicos que dañan al silencio  del espíritu y no el pensamiento en sí que no puede dejar de existir. Nuestro espíritu quiere verdad y le damos mentira. Dios es la verdad por esencia. ¿No nos bastará con él? Una contemplación continua no es posible a nuestra débil condición es un puro don de  su bondad.
Silencio en posraciocinios  sutiles  que debilitan la voluntad y  secan el amor. Silencio en la intención: pureza, simplicidad. Silencio en la oración callando las operaciones propias  que no hacen más que estorbar la obra de Dios. Silencio del orgullo que se busca a sí mismo en todo y siempre, que quiere cosas hermosas, buenas, sublimes .Es el silencio de la santa sencillez, del despojo total.

9º.-Silencio del propio juicio.
Silencio relativo a las personas, silencio en cuanto a las cosas. No juzgar. Ceder con facilidad, si no se opone  la prudencia o la caridad. Silencio de los perfectos, es el silencio del Verbo Encarnado.

10ª.- Silencio de la voluntad.
El silencio exterior de la propia voluntad. El Señor tiene algo más  profundo y más difícil que enseñarnos. Es el silencio en las tiniebla que acepta la oscuridad. Silencio en las angustias del corazón, en los sufrimientos. Silencio de aquel que se ha visto favorecido por Dios y que se siente rechazado, no preguntando el porqué ni el hasta cuando. Es el silencio del abandono. Es el silencio de la agonía de Jesús, que se expresa en un fiat.

11.- Silencio consigo mismo.
No hablarse interiormente, no escucharse, no quejarse, no consolarse. En una palabra, callarse consigo mismo, olvidarse de sí mismo. Quedarse solo, totalmente solo con Dios, huir de sí mismo. He aquí el silencio más difícil, y no obstante esencial  para llegar a la unión con Dios tan perfectamente cuanto puede una pobre criatura, que con la gracia  llega hasta aquí, pero que se para aquí. Es el silencio de la nada

12º. Silencio con Dios.
Al principio se decía, habla poco con las criaturas y mucho con Dios. Ahora ya no es cuestión de hablar con Dios, sino de adherirse  a Dios  Es ofrecerse a El, adorarle, amarle, escucharle, entenderle, descansar en El. Es el silencio de la eternidad, es la unión del alma con Dios.

 

Volver al Indice