Capítulo LVIII
Admisión de los hermanos

 

 

434.- La admisión de los hermanos.

Cuando alguien llega por primera vez  para abrazar la vida monástica, no ha de ser admitido fácilmente, porque dice el Apóstol: someter a prueba los espíritus para ver si vienen de Dios.
58,1-2.
Encontramos una temática relativamente homogénea en  los cap. 58 al 61 de la RB, destinados a la acogida de los aspirantes a la vida monástica.
En este capitulo 58 nos encontramos ante una página muy representativa del ideal benedictino. Tiene cinco partes importantes: la acogida del aspirante,  el anciano que los atiende,  criterios de discernimiento, el noviciado y  la promesa definitiva.
La comunidad monástica necesita constantemente nuevos miembros para mantener su dinamismo y preparar su futuro. Es ley de vida. Pero sus miembros no se han de reclutar con técnicas de proselitismo, sino por el don de Dios, el único que puede hacer surgir en el corazón del hombre el deseo irresistible de buscarlo de verdad.
S. Benito, de acuerdo con la tradición monástica recomienda no se admita ligeramente al que se presenta por primera vez con el deseo de hacerse monje. Y apoya esta práctica en una cita de la carta de S. Juan.
El peligro de que con los postulantes se infiltren en el monasterio  máximas y costumbres mundanas, indujo a los padres del cenobitismo a probar duramente y según la costumbre de la época, su espíritu, la seriedad y  consistencia de sus propósitos, negándoles repetidamente  la entrada.  Y una vez admitidos, obligarles como posibles portadores de gérmenes nocivos para la salud de la comunidad,  una especie de cuarentena, durante la cual debía aplicarse con seriedad a reflexionar  sobre su vocación, aprender el nuevo género de vida y desprenderse de los hábitos e ideas seculares.
Sólo al terminar este periodo de prueba que posteriormente se llamaría noviciado, se acedía plenamente a la vida comunitaria, considerados como verdaderos monjes.
S. Benito siguiendo esta tradición manifiesta importancia que da a  la admisión citando la carta de S. Juan no sea que por querer salvar un alma que no tiene vocación, se exponga su salud y la de otros muchos, privando a la comunidad de su paz y su regularidad, de su buen espíritu y siendo causa de posteriores disgustos.
No es que pida ya la santidad del que se presenta en el monasterio, pero hay que exigir una verdadera vocación.
La vocación se manifiesta por una inclinación sobrenatural o a lo menos por motivos razonables que inducen a creer que Dios llama a este género de vida en concreto. Y esto se logra probando los espíritus, ya que hay diversos espíritus, dice S. Bernardo. El espíritu de la carne que lleva a la molicie y al placer; el espíritu del mundo que conduce a la vanidad; el espíritu del demonio que inspira amargura y maldad. A estos  espíritus se une con frecuencia nuestro propio espíritu.  Finalmente está el espíritu de Dios que aconseja el dominio de si mismo y la docilidad del corazón. Este espíritu  es el que debe dominar  en la inclinación al claustro.
La vida espiritual no es una serie de ejercicios agregados  a la vida ordinaria, sino un completo reordenamiento de nuestros valores y prioridades, así como de nuestra vida.
La espiritualidad monástica no es cuestión de unirse  a una comunidad concreta, sino la profundidad de alma que cambia nuestra vida, nuestros esfuerzos y nos lleva a ver todo de manera distinta, más profunda.
Para que estos ea una realidad, quiere S. Benito que se prueben los espíritus. Y una vez superado un primer estadio  de discernimiento,  durante el cual el postulante se mantenía en la puerta del monasterio, si persistía en su petición, se le permitía entrar, pero antes de  unirse a los  novicios,  debía pasar unos días, o meses según diversas interpretaciones del texto benedictino, en la hospedería.
Casiano en las Instituciones, describe el modo de recepción de postulantes en los monasterios de Egipto. En primer lugar se les obligaba a pasar por lo menos diez días a la puerta del monasterio durante los cuales se  ponía a prueba su paciencia con toda suerte de injurias. Una vez admitidos se les despojaba de su dinero y de sus vestidos eran cambiados por ropas del monasterio. Pero no eran incorporados inmediatamente después de su vestición, sino se les confiaba  al anciano que estaba al frente de la hospedería y durante un año ayudaban a servir a los huéspedes, ejercitándose en la humildad y la paciencia. Si salían airosos de esta prueba, pasaban  a formar parte de una decanía considerándoles ya miembros de la comunidad. Es evidente como la RB adopta este esquema aunque introduciendo numerosas modificaciones.
Aun cuando los usos sociales  actuales requieren aplicar estas normas de otra manera, las enseñanzas de S. Benito conservan toda su validez. La dureza acumulada en aquellos cuatro o cinco días a la puerta del monasterio, se pueden trasformar actualmente en uno o dos años en los que con formas suaves, se mantiene al postulante en un trabajo serio de discernimiento, a fin de clarificar así la llamada de Dios y profundizando su fe. Mirando con una ayuda  sicológica seria y un buen guía espiritual, a ver si su temperamento es apto para esta forma concreta de seguimiento de Cristo que es la vida monástica.
Durante este largo periodo de discernimiento se va fomentando el contacto del aspirante con diversos miembros de la comunidad, para que  la decisión tomada por ambas partes, no lo sea por unas primeras impresiones, sino que vaya precedida de un mutuo conocimiento. Así se evita el peligro de la mitificación ingenua de la comunidad por parte del aspirante, y se le ayuda a madurar su propia opción.

 

 

435.- El maestro de novicios.

Se les asignará un anciano apto para ganar almas, que velará por ellos con la máxima atención. 58,6.

En la literatura monástica antigua no se haya nada paralelo a esta referencia que hace S. Benito respecto al anciano apto para ganar almas, ni el lugar llamado noviciado. En la RM tampoco se mencionan. Según los testimonios que tenemos, podemos pensar que ambas cosas son una creación de S. Benito, tanto en lo referente al maestro y al lugar para los novicios, así como la división del noviciado en tres periodos. Incluso la palabra “novitius” como termino técnico. También la RB habla en plural como formando un grupo, mientras que en la RM siempre se le contempla como un único recién llegado, siempre en singular.
S, Benito quiere que el maestro sea un anciano. Si no lo es por la edad, que lo sea a lo menos por la madurez del carácter y de las virtudes.
Siendo la vida monástica un arte espiritual y difícil, necesita  un director hábil para enseñar y guiar los primeros pasos  de los principiantes. Este preceptor debe haber practicado él mismo todos los caminos que enseña a sus discípulos. Sin duda se necesita la ciencia, pero la ciencia y el estudio no producirán ningún fruto si la experiencia no les da la nota práctica. De poco servirán sabias conferencias sobre las virtudes, si no ha sostenido el maestro estos mismos combates de la virtud.
La misma meditación  no podría bastar. Las impresiones y luces de la oración no reemplazan nunca los recursos de la experiencia, pero la experiencia sólo se adquiere con la práctica y el tiempo. Por todo esto, S. Benito quiere que el maestro sea un anciano, un veterano en la vida monástica que por estar en el monasterio largos años, está más al corriente de los usos y tradiciones de la comunidad.
Debe de ser apto para ganar almas, ya que el monasterio  se ha establecido, no para la regla, sino para la salud de las almas. Este es el gran deber de los superiores.  Y para ganar las almas es necesario en primer lugar el buen ejemplo. Hay que predicar más con la acción que con la palabra. Para ganar almas es preciso el sacrificio que soporta todas las miserias, que no se desalienta por las debilidades. Para ganar almas es necesaria la bondad, la dulzura y la amenidad deben acompañar siempre al maestro. Para ganar los corazones y no herirles se necesita un espíritu todo sobrenatural,  no obrando nunca bajo el impulso de alguna pasión. Un momento de cólera e impaciencia puede destruir lo que se había conseguido durante largo tiempo.
Quiere S. Benito que esté atento a las necesidades, para que cada uno tenga lo necesario y no esté expuesto a la murmuración. Pero sobre todo debe velar mucho más por las necesidades espirituales y, los progresos  en la virtud.
Comprendería mal su deber si se contentara con instruir a los novicios, preparar sus instrucciones, pues esto solamente es una parte de su deber. Para formar a los novicios es preciso conocerlos y para ello no basta oírles, es preciso  ante todo verlos obrar. Por eso en lo posible estará siempre con ellos con una vigilancia prudente y discreta. Afectar aires de vigilancia tendría como un efecto necesario, cerrar los corazones, ponerlos en guardia y hasta llevarlos al desaliento y hacer que sean más disimulados.
El noviciado como la comunidad entera es una familia, donde los corazones son libres, pero que el ojo atento de una madre ve todo en silencio y advierte los defectos para corregirlos delicadamente en el momento oportuno.

 

436.-Criterios de discernimiento.

Se observará cuidadosamente si de veras busca a Dios, si pone celo en la obra de Dios, en la obediencia, en las humillaciones. 58,7.

Es necesario estar atentos para discernir la autenticidad de las vocaciones, tanto en razón al bien futuro del candidato, que pasado el primer fervor puede que la vida del monasterio no le colme de esa  felicidad, signo de la presencia del Espíritu, como mirando a la comunidad.
S. Benito ofrece unos criterios de discernimiento muy significativos, ya que en ellos podemos encontrar lo que es la médula del ideal benedictino:”tenga cuidado en observar si de veras busca a Dios, si es solícito para la Obra de Dios la obediencia y las humillaciones.”
El criterio fundamental es ver si busca a Dios verdaderamente. Los otros tres criterios que siguen son concreciones que caracterizan la actitud esencial de la existencia del monje.
             Esta búsqueda de Dios no se refiere a una búsqueda  voluntarista o simplemente filosófica. Buscar a Dios para un cristiano significa siempre una respuesta a la iniciativa del Señor. Es algo que está en la esencia de la vida de todo cristiano. El modo es lo que diferencia las diversas vocaciones.
              El buscar a Dios es una respuesta a Dios que nos ama, que nos ha amado primero. Así lo recuerda S. Benito en el Prólogo. 14-16: “Y buscando un obrero entre la multitud del pueblo, al lanzar esta llamada, vuelve a decir: ¿Quién es el hombre que quiere  la vida y desea días felices? Si tu al oírlo responde: yo, Dios te dice…”
Buscar a Dios no es una pretensión ridícula del hombre ante el misterio de Dios,  sino una rendición sin condiciones  porque nos sabemos buscados y amados por Aquel que lo puede todo.  Por tanto buscar a Dios requiere una donación total y por consecuencia un cambio de orientación en la vida, una conversión. Desde este momento, todo ha de ser vivido en unción de Dios.
 Hay que estar dispuesto a romper con todo lo que nos pueda impedir esta búsqueda. Nos libramos de todo impedimento para asumir una  sola servidumbre: vivir para Dios, ser de Dios, que es en definitiva la expresión más auténtica de la libertad humana.
Buscar a Dios es por tanto el aspecto dinámico de la vida monástica que no puede consistir en la congelación de una actitud inicial, sino que hay que avanzar más y más hacia Dios. El monje no es un ser satisfecho, sino un  hombre de deseo, a quien toca vivir la proximidad de Dios en el desarrollo misterioso del tiempo alternando horas oscuras y horas luminosas.
Buscar a Dios es la condición fundamental para ser monje. Todo lo demás ya le será dado al hombre que busca a Dios de veras. Se puede aplicar al novicio lo que S. Benito dice al abad: “acuérdese de lo que está escrito: buscad  el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura”.
Pero ¿que quiere decir buscar a Dios? La expresión reviste muchos matices en la literatura bíblica, helenística y patrística. Puede decirse que buscar a Dios constituye una actitud religiosa esencial, la cual entre los monjes suele estar determinada por una perspectiva escatológica. Es un abrirse para salir al encuentro de Aquel que viene. Un compromiso total de la adhesión a Cristo, que se convierte espontáneamente en oración. Vemos que S. Benito no exige la perfección en el recién llegado, sino la dirección hacia el objetivo, alcanzado o no. Esto es lo que hace grande la vida.
Quiere saber cual es el objetivo del recién llegado: la oración, la preocupación por la voluntad de Dios, el compromiso a cualquier precio, o meras trivialidades. En el camino espiritual podemos fracasar en algunos momentos, pero no podemos cambiar de rumbo, y hay que buscar ayuda en aquellos que pueden orientar en el verdadero camino. Por esto junto  al principiante S. Benito pone al anciano espiritual.

437.- La búsqueda de Dios.

Se observará cuidadosamente si de veras busca a Dios. 58,7

Como ya indicábamos ayer, el buscar a Dios es propio de todo cristiano, y mucho más si cabe del monje contemplativo, el principiante debe tomar este camino  desde el primer día.
Sin este  motivo sobrenatural no encontrará  satisfacción en el monasterio. En el comienzo podrá  dar algunas señales de florecer, e incluso prometer frutos, pero pronto se marchitará todo. Pero si tiene una intención pura, crecerá su deseo de Dios y Dios se dejará encontrar. La gracia multiplicará sus llamamientos, gracias y luces para ir caminando poco a poco al amor perfecto, que no es otra cosa que un deseo cada vez más ardiente de solo Dios.
S. Bernardo dice que”no buscará nada como Dios, nada antes que Dios, nada fuera de Dios”.  Tendrá la plenitud del espíritu religioso, es decir la pasión de Dios.
Para llegar a esta pasión de Dios, tiene que buscarle con todo su corazón, con todas sus fuerzas,  durante toda su vida. S. Bernardo  dice: “Busquemos a Dios sinceramente, busquémosle sin cesar. Busquémoslo con perseverancia.” Si le buscamos así seguro que lo encontraremos.
Buscar a Dios sinceramente es buscarle con toda rectitud y lealtad.  “Lo encontrareis si lo buscáis con todo vuestro corazón” Deut. 4.
Y ¿cómo no buscarle con todo el corazón? Es nuestro creador, nuestro redentor, de modo que por mucho que hagamos por El,  no le pagaremos nunca la mínima parte de lo que le debemos. ¿Acaso no está también nuestra dicha ahora, en buscar a Dios?  Y esta felicidad no será completa nada más que cuando lo busquemos con todo nuestro corazón.
En segundo lugar es preciso buscarle continuamente, empleando todas las energías  en ello. Sólo una voluntad constante puede hacernos superar las bagatelas que nos rodean. Sólo una voluntad fuerte puede triunfar de todos los obstáculos, de las dificultades y combates que han librarse en el camino que conduce a Dios. Por eso quiere S. Benito que se le prevenga al principiante del “dura et aspera per quae itur ad Deum”.
Es por fin  necesario buscarle con perseverancia, es decir durante toda la vida, desde la entrada hasta la muerte. Nunca llegaremos en la tierra a la plena posesión de Dios. Cuanto más avancemos en la carrera, más camino que recorrer descubriremos, y siempre nos quedará mucho camino para llegar a la perfecta unión con Dios.
Hay unos obstáculos que impiden esta búsqueda de Dios. El primero que suele encontrar el principiante es el amor del mundo y el afecto desordenado a la familia. Aunque natural y legítima es un manantial de preocupaciones e inquietudes. Y si no retiene la marcha hacia Dios, la retarda considerablemente.
Otro obstáculo se encuentra en la concupiscencia en sus diversas manifestaciones. Es un enemigo  contra el cual siempre habrá que luchas porque los vicios pueden renacer de sus cenizas.
Finalmente hay un tercer obstáculo  que a primera vista no debiera encontrarse en el monasterio, viene de la misma comunidad y de los ejemplos menos edificantes  que se puedan ver en ella. Uno que quiere verdaderamente buscar a Dios, debe pasar  pasa como una flecha en medio de los ejemplos de tibieza. No desprecia ni condena a aquellos hermanos que son  menos fieles  en sus obligaciones, pero no toma pie de ellos para autorizarse dejarse llevar de la negligencia. No examina  su conducta pues su mirada está en Cristo, en sus ejemplos y se dice: no he venido al monasterio para imitar  a los otros, sino para buscar a Dios. Y esto aunque sea el único que permanezca fiel.

438.- Donde hay que buscar a Dios

Si pone todo su celo en la obra de Dios, en la obediencia y en las humillaciones. 58,7

El monje está por su vocación, consagrado de un modo particular al culto de Dios. Esta vocación se manifestará particularmente en la adoración, en la acción de gracias, en la oración en general.
Se puede decir que en el oficio divino, en la oración es el primer lugar donde se busca y encuentra a Dios. Son  como tres puertas por las que se entra en el santuario de la intimidad con Dios Por eso todo aquel que tenga un verdadero deseo de encontrar a Dios tiene necesariamente un celo por la oración del oficio divino.
Un monje que no aprovecha los momentos libres de sus ocupaciones para dedicarse a la oración, a la lectio divina,  que llega tarde a los oficios por negligencia, o que se  ausenta con frecuencia sin motivo verdadero, que no combate la somnolencia y distracciones en el coro, que se  queja de la duración de los oficios, manifiesta que  no busca a Dios, que no tiene el celo de la Obra de Dios que es la primera señal de los que le buscan de verdad.
La obediencia en la espiritualidad benedictina es también una señal importante del deseo de buscar a Dios. Sólo se admitirá en la comunidad al postulante “si promete cumplirlo todo, y observar cuanto se le mande, entonces será admitido en comunidad”, dice S. Benito en el siguiente párrafo.
En cuanto a la tercera señal  de que busca verdaderamente a Dios, es el celo en las humillaciones. Estas son la manifestación de la humildad a la que da tanta importancia S. Benito que dedica el capítulo más largo de la Regla a explicar el camino de la verdadera  humildad.
Dos cosas quedan claras en estas tres señales de la búsqueda  de Dios propia del monje. La referencia explícita y reiterada a Dios y el dinamismo espiritual: búsqueda, celo. Esto es lo que se quiere encontrar en el aspirante a la vida monástica, y no precisamente una mera observancia perfecta.
Las frases que siguen en este capítulo resaltan esta idea. No se disimulará al aspirante, las dificultades y asperezas de la vida monástica. Ante bien, se le dirá de antemano  lo que le aguarda en el monasterio. Y al mismo tiempo se le hará comprender que es a través  de estas penalidades, la obediencia, las humillaciones, etc. como llegará a alcanzar a Dios. “Per quae itur ad Deum”.
No cabe la menor duda que Dios lo es todo en la vida del monje. No tiene sentido si no esta referida constantemente y directamente a Dios. El deseo de Dios es fundamental en la renovación de nuestras comunidades. El P. General hacia esta pregunta en su conferencia del Deseo en el Cap. General de 2005.”¿Nuestras comunidades son expertas en el arte de desarrollar los deseos espirituales abiertos a la experiencia mística  de comunión con Dios y si todo está ordenado a este fin?”

439.-Preparación a la profesión.

Si prometiere perseverar, al cabo de dos meses se le debe leer la Regla íntegramente y decirle, esta es la ley bajo la cual pretendes servir. Si eres capaz de observarla, entra, sino márchate libremente.
 58,9-10

Este capítulo sobre la manera de recibir a los hermanos sorprende hoy por su aspecto duro y defensivo. La severidad de la acogida nos parece casi inverosímil dada nuestra mentalidad actual. Y esta línea de severidad se mantiene en el resto del texto. Cierto que tiene algunos matices más suaves, como el de ganar almas del anciano que le acompañará al recién llegado, de una verdadera búsqueda de Dios en él. Pero estos aspectos positivos van acompañados de reiteradas prevenciones.
Así la promesa definitiva es precedida de solemnes advertencias. Y a primera vista un compromiso rodeado de estas expresiones reviste un aspecto sombrío y dramático que culmina con una amenaza de condenación.
Nada menos atrayente que esta presentación negativa y las frases represivas a lo largo de todo él. ¿Es así como se entra al servicio de Dios? nos podemos preguntar.
La aspereza de la acogida se explica mejor en esa época de vitalidad religiosa que parece que fueron los primeros siglos del cenobitismo. Las comunidades crecían rápidamente y el reclutamiento no parece causar preocupación alguna. En una situación así el padre de un monasterio no piensa tanto en conseguir postulantes cuanto en asegurar su calidad.
Por lo demás las dificultades que se ponen por delante a los  candidatos, no excluyen señales de solicitud afectuosa hacia ellos. El Papa Gregorio, aunque alaba a Benito por su forma severa de discernir las vocaciones, recomienda a un abad que ofrezca a un postulante la más amable y alentadora de las acogidas. Y el  mismo Benito al final del Prólogo, añade al texto del Maestro un párrafo de aliento para los principiantes.
Por otra parte, la aspereza de la probación corre pareja con su  relativa rapidez. Cuanto más dura es la prueba, más corta puede ser y a la inversa, un tratamiento poco enérgico puede prolongarse. Por esto actualmente nuestros métodos más suaves exigen mayor tiempo.
S. Benito impone  en tres diferentes tiempos la lectura de la Regla para que el novicio tenga una idea de todas las obligaciones que contraerá  por su profesión. Con tres intervalos diferentes le repite al novicio:”He aquí la ley bajo la cual debes combatir. Si puedes observarla entra, sino libre eres, márchate”.
En lugar de mostrarle las  dulzuras y ventajas terrestres de la vida religiosa, le recuerda una a una todas las obligaciones y todas las asperezas de este modo de vivir: “Predicentur dura et aspera.”
En la práctica con frecuencia se hace lo contrario, presentando  el porvenir con los mejores colores, quizás con promesas irrealizables y aún concediendo dispensas que deterioran la regularidad. Y el resultado es que de un novicio que no conocía bien su deber, se hace un profeso que lo olvida más aún e introduciendo en la comunidad un elemento de destrucción y ruina.
La vida cristiana y por tanto la vida monástica, es un seguir a Cristo con la cruz de cada día. Así lo enseñaba el dulce S. Elredo. “Me dirijo a vosotros hijos y  hermanos míos que sois no sólo adoradores  de la cruz de Cristo, sino que también hacéis profesión de ser los amantes de la misma cruz. Yo os lo digo, y que cada uno piense lo que quiera, que juzgue lo que le plazca, que se gloríe de lo que quiera, más en la cruz de Cristo no hay nada de tierno, nada blando, nada delicado nada que sea dulce a la carne o a la sangre.
La cruz de Cristo debe ser como el espejo  del cristiano, que se mire en la cruz para ver si sus costumbres son conformes a la cruz de Cristo. Que piense que participará de la gloria  de Cristo en la medida en la que participe de su cruz. El que aborrece la amargura de la cruz de Cristo debe temer que el Crucificado aparte de él sus miradas.
Hermanos míos, ved que alegría debe ser la vuestra, vosotros que estáis crucificados con Cristo (de aquí brota la verdadera alegría del monje)  En verdad os digo hermano míos, no os engaño, nuestra Orden es la cruz de Cristo. Observar estad dos cosas, hermanos míos, No os alejéis de la cruz,  y sujetaros a ella. No hagáis  nada contra la cruz. Esto significa hablando claramente perseverar en la vocación y perseverar no haciendo  nada conscientemente contra la Orden. De este modo seguiréis a Cristo allí donde El os precedió llevando su cruz”
Esta verdad es la que quiere S. Benito que se tenga presente desde los mismos comienzos de la vida monástica, si queremos que el que llega sea un verdadero monje. Es la línea opuesta a todo proselitismo.
Por tanto no se ha de ocultar al novicio a fin de ganarlo las penalidades que encontrará en el monasterio. Por el contrario, se le animará a asumirlas como camino hacia Dios.
Estas penalidades se pueden reducir a tres capítulos: noches de la fe, la aceptación de sí mismo y  la aceptación de los demás.
A la vida monástica no le basta el impulso inicial de la fe. Lleva  a unas renuncias, una serie de rupturas que no pueden ser asumidas si no es a través de una profundización progresiva de la fe. Es necesaria una purificación de la fe y no puede conseguirse si no es a través del desierto. El monje tiene que vivir la experiencia del éxodo, ha de pasar  por un vació afectivo que es muy doloroso. Solamente la dirección de un guía espiritual y el calor de la comunidad pueden evitar que llegue a tener consecuencias negativas para su equilibrio humano.
La aceptación de sí mismo es un largo camino que ve desde la adolescencia  hasta llegar a ser adulto en el espíritu. Hace falta mucho arrojo para no vivir aplanado, sea por resentimientos del propio pasado, sea por la angustia del futuro. A través de la cruz de Cristo o mejor de Cristo en la cruz, se encuentra el camino de abandono en las manos del Padre y se llega a asumir la propia vida tal cual es en el momento presente. No para quedarse fijo ahí, sino como único punto realista de partida. Desde ahí se puede lanzar a la aventura de la vida, porque ha llegado a ser libre, pues solamente cuando se conoce y acepta a sí mismo se siente capaz de una realización madura con los otros. Se hace capaz de comprender y de amar.
En cuanto  la aceptación de los otros es también  un camino largo y no exento de sufrimientos. Las primeras decepciones son dolorosas, pero no son las más  duras, ya que son la liberación de las mitificaciones ingenuas del ideal comunitario: “Yo pensaba que todos eran santos,” decía un joven novicio. Así mismo con madurez, con cariño y respeto, una comunidad con sus cualidades y defectos, con sus incoherencias y debilidades no se puede hacer sin sufrimiento. Sólo un amor crucificado y un espíritu de reconciliación pueden superar los elementos disgregadores que se dan en toda comunidad humana  para poder compartir en ella la fe y el amor de Jesucristo crucificado.

 

440.- Camino cristiano.

Se les prevendrá de  todas las dificultades  y asperezas por las cuales se llega a Dios. 58,6.

Como comentábamos el día pasado, existen dificultades reales en la vida monástica como en toda vida cristiana ya que el camino que lleva a Dios está sembrado de asperezas y dolores, debido a nuestra naturaleza herida por el pecado y toda herida duele y quizás con mayor intensidad cuando se efectúa una cura.
No tardará el recién llegado en darse cuenta de ello, pero quiere S. Benito que se le advierta para que cuando se presenten las dificultades no se sienta demasiado sorprendido, y se preparé así para armarse de valentía. Cierto que este anuncio debe hacerse discretamente para que no tenga un efecto contrario atemorizándolo.
La misericordia del Señor deja muchas cosas en el secreto  y va gradualmente descubriendo este secreto y como dijo el Señor, a cada día le basta su pena.
En el rito de la profesión se le recordará esta predicción y es el momento de una formal aceptación que supone un acto de confianza en Dios poniéndose en sus manos, y confiando que con las dificultades  vendrá también la gracia para triunfar, ya que el Señor nunca nos darápenas superiores a nuestras fuerzas.
La vida monástica, como vida cristiana que es y quizás aún con mayor intensidad por su carácter peculiar, no está organizada para satisfacer las tendencias  de la naturaleza. Cada uno tendrá su punto flaco que le es más doloroso y el sufrimiento siempre llega por aquello en lo que somos más sensibles. Ciertas vejaciones que en el mundo no daríamos la menor importancia, se convierten en el monasterio en algo poco menos que insoportable lo que hace que muchas veces se dé una enorme desproporción entre la causa del sufrimiento y el dolor que se experimenta.
Tal hermano, el abad, se pueden convertirse en una carga insoportable, pues se piensa que no me comprende, que no me habla, con otros tiene más detalles y atenciones…Con la mentalidad tan rara que hay aquí o demasiada atrevida o anticuada. Esto puede comentarse y se va enconando la pequeña herida y llega el desánimo. Y a veces parece que la perseverancia se basa en motivos naturales y mezquinos.
Hay que tener en cuenta que en el monasterio la ausencia de  distracciones y diversiones nos entrega enteramente a nuestros sufrimientos. Y todos los movimientos pueden convertirse en dolorosos señal de que la herida aún está sin cerrar.
Hasta el día en que Dios se convierta en nuestro gozo, esto será la gran prueba. El peligro es crearse una vida aburguesada. Emigrar a la región de los que vivieron sin gloria ni infamia, de los que el cielo no ha querido y el infierno  no admite en sus profundidades, lo que a apenas se salvan de la más vulgar forma.
Quienes se olvidan de si mismos atraviesan con gran alegría esas etapas dolorosas de la vida espiritual por duras que sean, pero resulta  terriblemente dura  y lo son en efecto por partida doble, para quienes  han amado en exceso su bienestar espiritual. Por lo que se precisa es permanecer sereno sobre la cruz, adorar, dejar que el médico corte a su gusto por la parte enferma, hacer el esfuerzo de permanecer fielmente junto a este Dios cuyo contacto no hiere sino para sanar.
Así mismo hay que tener cuidado para no aumentar el dolor con nuestra imaginación y por un encerrarnos sobre nosotros mismos.
“Ningún sufrimiento debe ser amando pro sí mismo” dice S. Agustín. El dolor no tiene que ser otra cosa que un medio. Y a menudo nos sobreviene cierto sufrimiento debido a determinadas  infidelidades que podríamos fácilmente eliminar. Por lo demás lo mejor es aceptarlos en cuanto aparezcan.
   

441.-La profesión monástica.

Y si después de haberlo deliberado consigo mismo, promete cumplirlo todo y observar cuanto se le manda, sea entonces admitido en el seno de la comunidad. Pero sepa que conforme lo establece la regla a partir de ese día ya no le es lícito salir del monasterio. 58,14-15.

Benito no permite a nadie abrazar la vida monástica sin saber lo que  implica de manera plena este modo de vida. Por otra parte la Regla deja meridianamente claro que se trata de un  proceso que llena toda la vida. No ser trata de una experiencia de un año, no es un grado adquirido en un determinado momento y después ignorado. No es  un parche espiritual rápido, sino que se trata de un modo de vida que abrazado, es para toda la vida. Algo tan importante no puede ser abrazado a la ligera, ni descartado con facilidad. Es el trabajo de toda una vida que necesita  de toda ella para que pueda llegarse a la plenitud y llegar a la transformación que se aspira.
El compromiso definitivo y la plena incorporación a la comunidad son el coronamiento del itinerario que el novicio ha recorrido desde su ingreso en el monasterio. El carácter definitivo del compromiso lo subraya S. Benito rotundamente:”sabiendo que la ley de la regla establece que desde ese día no le será lícito salir  del monasterio ni librarse del yugo de la regla que después de tan  prolongada deliberación pudo rechazar o aceptar”
Esta rotundidad jurídica no tiene que hacernos olvidar  el aspecto místico y sacramental que emerge de la definición que S. Benito hace de la profesión. En último término es ese el único fundamento para poder comprender y asumir un compromiso total  y definitivo.
Queda patente leyendo este capítulo, que aunque se exprese con un documento jurídico, tiene una dimensión espiritual que es su núcleo esencial. El monje une la ofrenda de su vida al Padre a la ofrenda de Cristo que se renueva en la eucaristía. El hecho de depositar el documento en el altar lo subraya con más fuerza. El canto del “Suscipe me” nos hace ver cómo soprepasando a un mero contrato, nos pone en la mística de la alianza.   
  El contrato es un intercambio comercial, la alianza es un encuentro de personas. En el contrato se compromete a dar lo convenido a cambio de unas realidades actuales o futuras  bien determinadas. Si algo falla por una de las dos partes, el contrato queda anulado.
La alianza por el contrario consiste en ponerse en las manos del otro sin  exigir  ninguna condición. Es una expresión de confianza y amor. En el fondo es decir al otro:”pase lo que pase yo confiaré siempre en ti porque se que me amas de verdad”. Una confianza así solo se puede poner en Dios. Pero por eso mismo, esta fe en Dios puede fundamentar  nuestra alianza con nuestros hermanos y el compromiso que nos atrevemos a establecer con ellos.
La visión que nos da la Escritura  de las relaciones de Dios con su pueblo está centrada en la alianza.  Esta visión es la que ha de ilumina  la promesa del monje. La promesa que hace el monje es  la alianza con Dios, es decir, confiar totalmente en él y empezar a vivir  juntamente con El que es Dios viviente. La aventura de una vida totalmente abierta al amor.
Por eso  la profesión del monje es universalmente considerada por la tradición como irrevocable. Solo el compromiso a perpetuidad hace al monje.
Esta fijación voluntaria  en un estado no es incompatible con los dones del Espíritu. El carisma monástico es el de la fidelidad.  Lo que el Espíritu ha pedido siempre a los monjes es consagrarse para siempre. Los dones de Dios  son irrevocables. Este axioma enunciado por Pablo a propósito de la alianza con Israel, vale también a propósito de la alianza que el Señor establece con aquellos que se entregan  totalmente a El en la Iglesia.
La profesión monástica se ha relacionado con el bautismo. Lo que es válido para la regeneración bautismal, lo es también para  la profesión del monje. No es una casualidad que los dos compromisos tengan el mismo carácter definitivo. El segundo asume, afirma y especifica el  primero.
Esta relación de la profesión monástica con el bautismo, puesta en evidencia por el Maestro, da al  monacato cristiano su fisonomía propia con respecto a  sus homólogos paganos. El filósofo puede retirarse el mundo por un tiempo, el bonzo  puede salir de la pagoda tal como entró, pero el monje cristiano hace un pacto con el Dios vivo por toda la eternidad.
La profesión monástica como el bautismo tiene la misma estructura. Tanto el monje como el neófito están ligados por una fe  que los une a Cristo y de la que no pueden renegar.

442.-Votos monásticos-

 El que va a ser admitido, prometa delante de todos en el oratorio, perseverancia, conversión de costumbres y obediencia.
58,16.

La tradición benedictina acabó por ver en esta triple promesa los llamados  muy impropiamente, los tres votos monásticos: estabilidad, conversión de costumbres y obediencia, paralelos a los de pobreza, castidad y obediencia que se hacen en  otras familias religiosas.
Pero la moderna exégesis ha combatido con indudable acierto esta interpretación. S. Benito no pretende aquí definir tres votos fundamentalmente distintos, sino tan solo indicar en una especie de rúbrica el objeto de la promesa.
Del atento examen de la fórmula contenida  en el párrafo 17 de este capitulo se deduce  con toda seguridad cuan ficticio y arbitrario es dividir en votos distintos los diversos aspectos de una única promesa.
Se advierte en la RB y sobre todo a lo largo del cap. 58 una clara predilección por las triadas,  o compuestos de tres elementos. Y entre ellas la impropiamente llamada fórmula de profesión benedictina. De los tres elementos que contiene, el único que no ha sido objeto de polémica es la obediencia. Su sentido no admite discusión. Y a la luz del pasaje anterior se deduce su alcance preciso. Se trata  de obedecer tanto a la regla como a las órdenes de los superiores.
La estabilidad en cambio y mucho más la expresión “conversatio morum suorum”  han atraído la atención de los eruditos que ha propuesto  diversas interpretaciones.
¿Cuál es el sentido concreto de la stabilitas en este texto concreto de la RB? Sin la menor duda se puede afirmar que es perseverancia. El novicio renueva de una manera más solemne la promesa que hico después de los dos primeros meses de su probación. Por esto se ve que stabilitas y perseverancia son meros sinónimos.
Las cosas se complican cuando se quiere precisar el objeto de la perseverancia  que promete el novicio.
Si se tiene presente el contexto y se prescinde de ideas preconcebidas, resulta bastante claro que se trata de perseverar en el monasterio viviendo en él como monje, bajo la obediencia de la regla que en él se observa y que se ha aceptado al profesar.
No hay que olvidar que la estabilidad es solamente un aspecto de una promesa  más amplia que incluye la “conversatio morum suorum” y la obediencia a las que la stabilitas se refiere muy directamente.
La stabilitas de la RB representa el compromiso  monástico total, el cual  implica la perseverancia en este compromiso hasta la muerte, la pertenencia a una comunidad determinada, la permanencia habitual en el recinto del monasterio en el que vive  dicha comunidad y la aceptación y observancia de la regla.  A su vez incluye  la conversatio monástica,  y por lo tanto el celibato, la puesta en común de bienes y la obediencia a la regla y al superior.
S. Benito se refiere a todo esto en un contexto cristológico al final del Prólogo. “Si no nos separamos jamás del magisterio divino y perseveramos en su doctrina  y en el monasterio hasta la muerte, participaremos  con nuestra paciencia en los sufrimientos de Cristo, para que podamos compartir con El su reino”.
Esta formula con reminiscencias del NT recuerda el 4º  grado de humildad en el que se exhorta a la paciencia callada, citando al Señor que dice: ”el que perseverare hasta el fin se salvará”. Y se hace hincapié en la paciencia penosa abrazada por Cristo para seguir su ejemplo, como si se tratara de una suerte de martirio.
Según escribe H.U.Balthasar la stabilitas de la RB “es la encarnación, la cristalización de una actitud  puramente espiritual. La vida religiosa  es un compromiso  por toda la vida”, por el que “se entra en un estado cristiforme. El monje permanece en el monasterio porque permanece en Cristo”
 A lo largo de muchos siglos, el sentido del segundo voto benedictino no ofreció dificultad alguna. Todos leían en la RB “conversio morum suorum”,  y lo entendían con mucha razón como de la conversión monástica. El novicio pretendía cambiar de vida, desprenderse de sus costumbres mundanas, para adquirir las propias de un verdadero monje.
El problema surgió cuando la moderna crítica textual pudo demostrar con toda certeza, que la lectura era “conversatio morum suorum”. Todos se aplicaron a desentrañar el sentido de esta expresión. Hay varias interpretaciones.
Según Lottin la promesa concierne directamente a la vida común y tendría  como objeto la exclusión de la vida eremítica.
Según Christina Mohrmam, conversatio en nuestro caso deriva de “conversare”, no de conversari, y por lo tanto la expresión de S. Benito equivale a la de “conversio morum suorum”.
Según B. Steidle denota la misma vida monástica designada con el término “conversatio” en gran número de textos antiguos. O mejor aún: conducta virtuosa. Son dos términos sinónimos que se refuerzan recíprocamente.
Tales han sido las principales soluciones propuestas entre otras de menor importancia. Pero la interpretación de Steidle  va ganando terreno. Según esta por lo tanto, lo que se prometía era guardar la conversatio que se quiso abrazar al venir al monasterio. En realidad entre conversión de costumbres y vida virtuosa no hay gran diferencia cuando ambas se aplican a la existencia del monje.
La promesa de conversión de costumbres se refiere a un cambio en profundidad que debe realizarse en el decurso de la vida entera vivida en el claustro. El novicio no solamente tiene que abandonar las costumbres mundanas sino a volverse totalmente hacia el Señor y avanzar por el camino trazado por el evangelio y la regla.
En suma  la solemne promesa que hace el novicio al cabo del año de prueba tendría con toda probabilidad por objeto la perseverancia en la vida monástica, vivida  en el seno de la comunidad que le recibe y en el recinto del monasterio, y caracterizada por un constante progreso en la adquisición de las virtudes, y por la fidelidad a los preceptos de la regla y de los superiores. O si se quiere más brevemente y respetando mejor los tres elementos de la promesa podría decirse  que el novicio se comprometía a perseverar y progresar moralmente y obedecer  dentro del marcho del monasterio y de la comunidad a la que en adelante pertenecería.
Este modo de ver la profesión  monástica  hace que se distinga el compromiso monástico de una simple búsqueda de la sabiduría y lo asemeja al combate cristiano, incluido el martirio. Así como este último consiste en permanecer fiel a Cristo  hasta la muerte, el monacato se manifiesta en sostener hasta la  muerte el propósito de renuncias por Cristo.
Ambas tienen el mismo signo de Cristo en la cruz. La muerte soportada por Jesús soporta tanto en el monje  como al mártir  a mantenerse sin desfallecer  hasta el fin.
Este don de la persona al Dios personal, rasgo específico del monacato cristiano hace de la profesión una consagración inviolable. El que se entrega a Dios no puede  echarse a tras porque Dios no abandona. La apostasía del monje es análoga a la del bautizado. Y esto cualquiera que sea la misericordia de la Iglesia a una u otra, no puede dejar de aparecer como una falta grave.
Siendo tan serio el compromiso del monje y siguiendo al Maestro no conciba tanto el noviciado como una formación, sino de una probación. No se trata tanto de instruir al novicio cuando de medir su resolución y su fe. Al unirse con votos perpetuos, el monje no sólo toma precauciones  contra su propia  mutabilidad como Ulises  atado al mástil. Esta negación de su  ser, frágil y cambiante, se refuerza con una invocación. El canto del “Suscipe me” hace de esta decisión un don a Dios y una oración. Así la perseverancia será un acto de esperanza.

 

443.- El rito de la profesión.

De esta promesa redactada en un documento  en nombre de los santos cuyas reliquias se encuentran allí y del abad que está presente. Este documento lo escribirá de su mano…una vez depositado en el altar, el mismo novicio cantará el verso”Recibeme Señor según tu palabra, y viviré no permitas que vea frustrada mi esperanza” 58,19-23.

El compromiso tripartito del que ya hemos comentado, se inserta en el rito de la profesión monástica, sobriamente descrito.
El novicio hace su promesa en el oratorio delante de todos, hermanos y sobre todo ante Dios y sus santos. Así pretende S. Benito conferir un mayor sentido religioso este acto, de modo que si alguna vez cambiare de comportamiento, sepa que ha de ser condenado por Aquel de quien se mofa, sigue diciendo S. Benito.
Además debe redactarse un documento jurídico, la petitio, escrito si es posible,  por el que va a profesar. Y el propio interesado debía depositarlo sobre el altar.
Aunque la Regla no lo expresa claramente, el rito de la profesión se celebraba con toda probabilidad en el ofertorio de la liturgia eucarística. Esto no es solo porque la tradición benedictina es unánime en este punto, sino porque la misma regla nos brinda un indicio importante al tratar de la oblación de los niños, ordenando unir la petitio a la oblatio. Este término aparece solamente en este capítulo  y en lengua litúrgica significa el pan y el vino ofrecidos por los fieles. El término palla altaris o mantel del altar en el que se envolvía la mano del niño que se ofrecía a Dios por sus padres confirma esta interpretación.
Así la promissio y la petitio y demás pormenores de la profesión cobran un relieve singular.
En este contexto eucarístico, la profesión monástica adquiere una plena dimensión teológica. Expresa simbólicamente  el don de sí mismo que el monje hace a Cristo.
El gesto de poner personalmente su petición sobre el altar acompañado inmediatamente del canto del versículo 116 del salmo 118, “Recíbeme Señor…” resulta  eminentemente significativos. “Recíbeme Señor según tu palabra”, canta el novicio  llegando al momento supremo de su consagración a Dios, respondiendo así a la llamada que el Señor le dirigió, cuando ingresó en el monasterio, como recuerda el prólogo.
No parece exagerada la afirmación de H. U. von Balthasar cuando dice que  cuando el monje se entrega a Dios en profesión, pasa de la  antropología, aún espiritual, a la cristología.
El monje une así su oración personal a la ofrenda eucarística de Cristo a su Padre. Se ofrece y se  adhiere íntimamente en todo su ser  y toda su vida a Cristo en el momento que este se ofrece al Padre en la eucaristía.  Cristo presenta  la ofrenda del monje a su Padre en unión con su propio sacrificio. Tal es  el significado profundo de la profesión monástica,  para un hombre tan espiritual como s. Benito.
Se cierra la ceremonia con algo muy importante. El neoprofeso debe postrarse ante cada uno de los monjes pidiendo que rueguen por él. Y ya desde ese día ha de ser considerado como miembro de la comunidad.
Cuanto más arduo es el camino por el que se ha comprometido a caminar, tanto más necesita de la gracia divina y de  la ayuda de la oración de sus hermanos para seguir adelante sin desfallecer.
S. Benito viene a decir que para el nuevo monje, la oración fraterna, es el primer auxilio que recibe de la comunidad. Ella le obtendrá la gracia de Dios y le permitirá coronar un día la obra que ha empezado.

444.- Despojo radical.

Si posee bienes, antes ha debido distribuirlo entre los pobres…porque sabe muy bien que a partir de ese momento no ha de tener potestad alguna ni siquiera sobre su propio cuerpo. Inmediatamente después se le despojará en el oratorio de las propias prendas que vestía  y le pondrán las del monasterio. 58,24-26

Termina el capítulo con unas disposiciones sobre la renuncia de los bienes propios a favor de los pobres o como donación al monasterio. Con ello S. Benito insiste en el carácter radical de la opción monástica por eso recalca “sin reservarse nada de todos ellos, como quien sabe que desde ese día no tendrá potestad sobre su propio cuerpo”.
Desde este momento irá por la vida como persona que toda su confianza está depositada en Dios. El objeto de este radical despojo es liberar al monje de las preocupaciones mundanas. Quien tiene ganado se preocupa, dice un proverbio africano. No se puede servir a Dios y al dinero, dice el evangelio. S. Benito pone al monje en una situación que pueda con mayor facilidad llenar su misión y aspiraciones.
Esta exigencia va seguida de un acto más bien simbólico, que tiene lugar en el oratorio, al final del rito de la promesa. El novicio es despojado de los vestidos propios y es vestido con los vestidos del monasterio. Como ya comentamos en el cap. 55, no se hace alusión  a ningún hábito monástico especial. La significación del rito de la sustitución de unos vestidos personales, por otros que son de la comunidad es la total desapropiación. Al neoprofeso no le queda nada, si siquiera las ropas que tenía cuando llegó al monasterio. Su donación es absoluta.
Añade con realismo dramático que se guarden en la ropería, por que si algún día por instigación del diablo consintiese salir del monasterio, Dios no lo permita, despojado entonces de las ropas del monasterio, lo expulsen.
Después alude incidentalmente a otro pormenor. El abad toda del altar la petitio, lo que puede interpretarse como el símbolo de la aceptación del sacrificio por parte de Dios. Lo cierto es que ya al nuevo profeso no se le podrá despedir legítimamente. Su oblación ha penetrado en la esfera de lo divino, por tanto es perpetua, irrevocable, ya que el monje se entregó a Cristo y Cristo  lo incorporó a su propia oblación.
Pero S. Benito sabe muy bien  que el hombre e voluble, inestable, vulnerable a la tentación. Cabe la posibilidad de que el monje sea infiel a su palabra, y por ello se guardan en la ropería sus vestidos, para que le sean devueltos. Pero el instrumento jurídico que acredita su profesión, la petitio, no le será devuelto nunca. Todo monje profeso, por muy infiel que sea a su compromiso, sigue perteneciendo a Cristo y con Cristo a Dios.  

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