Capítulo LV
La ropa y el calzado de los hermanos

 

 

429.- La ropa y calzado de los hermanos.

Ha de darse a los hermanos la ropa y el calzado que corresponda a las condiciones y clima del lugar donde viven.
55,1.

En este cap. 55 precisa S. Benito lo estrictamente necesario para el monje, pero solamente hasta cierto punto, ya que S. Benito posee una experiencia, prudencia y sensatez  demasiado  desarrollada para imponer un vestido uniforme, un hábito religioso en el sentido moderno de la palabra que fuese válido y obligatorio en todas partes.
Distingue la diversidad de estaciones del año, la diversidad de lugares, las diferencias personales. Con unas normas generales, expresa su pensamiento sobre lo que le parece suficiente en climas templados. No le importa  el color de las prendas. Lo que le importa es la pobreza o mejor aún,  la simplicidad. Que  el monje se contente con lo suficiente y se guarde moderación en todo.
En este capítulo es interesante distinguir las normas y sugerencias, entre lo que impone como principios válidos en todas apartes, y lo que simplemente aconseja.
En lo que se refiere al vestir, los principios son: primero que la indumentaria debe corresponder a las condiciones y clima del monasterio; en segundo lugar, lo que encuentren  en la región que sea más barato; tercero que tener más prendas de vestir de las necesarias, es superfluo y ha de evitarse; al abad y sólo a él corresponde de velar para que los monjes vistan correctamente.
Hay otras normas menos importantes que encontramos a lo largo del capítulo: devolver las prendas viejas al recibir las nuevas, para no acumular ropa y poderla dar a los pobres; contentarse con dos túnicas y dos cogullas; usar mejor calidad en los viajes.
A la vez que exige sobriedad en la indumentaria se preocupa de la higiene y decoro de los hermanos. Y estos no tienen que hacer problema ni del color ni de la calidad.
Menciona las prendas que cree  convenientes en un clima templado, pero ninguna de las prenda de vestir que menciona corresponden actualmente a las que están en uso en los monasterios, aunque algunos nombres sean iguales, su significado es distinto.
La túnica de lana era la pieza más importante e insustituible, todos los romanos la llevaban y desde el siglo III d.C. se había alargado hasta por debajo de las rodillas. Estaba provista de mangas y se vestía directamente sobre el cuerpo y no se llevaba nunca suelta, sino ceñida, ya que era indecoroso presentarse sin cinturón.
La cogulla era una capucha que cubría cabeza y parte de los hombros. La que hace referencia la RB era probablemente un manto semicircular cerrado, bastante largo, provisto de una capucha y que se quitaban para trabajar, sustituyéndola por el escapulario.
El escapulario es la prenda más discutida. Podría tratarse de  una cogulla más corta que cubría solamente las espaldas  para dejar  más libre para el trabajo.
En cuanto al calzado que Iñaki traduce por “escarpines y zapatos” tampoco están los eruditos de acuerdo en qué consistía.
Pero no tenemos que perdernos en disquisiciones arqueológicas de poca monta.  Lo cierto es que S. Benito deja mucha libertad por lo que se refiere a la calidad, al color y  al corte de los vestidos.
También parece seguro que ninguna de las prendas citadas pertenecía exclusivamente a la manera de vestir de los monjes. La vestimenta monástica no se distinguía  esencialmente de la de las clases más humildes de la sociedad.
Resulta curioso que S. Benito no hable jamás del hábito monástico, ni siquiera en el momento de la profesión, sobre todo teniendo en cuenta que  tanto Casiano como el Maestro tratan largamente de él. Exaltan su valor religioso y como signo distintivo del monje. Esto denota que por lo menos no le daba la importancia que le daban otros autores. S. Benito no menciona más signo de pertenencia al estado monástico que la tonsura.

 

 

 

430.-Responsabilidad del abad en la vida común.

Considere también el abad la complexión más débil de los necesitados, pero no la mala voluntad de los envidiosos. 55,21.

Como hemos visto, una buena parte del cap. 55 está dedicado al vestido del monje. Pero en vano buscaríamos en él  una “teología” del hábito monástico. Es un hecho sorprendente, pero en este tema S. Benito no sólo guarda silencio sobre la valoración mística del hábito,  tan propia sobre todo de la tradición oriental, sino que se muestra indiferente al leguaje y mentalidad de la misma RM.
Simplemente establece que el vestido y calzado  han de acomodarse a las condiciones y clima del lugar. Una norma de buen sentido domina toda la exposición, cuando dice que sean sencillos y suficientes. Y los monjes por su parte no tienen que hacer problema por el color o tosquedad de los mismos.
 A través de unas normas prácticas se manifiesta la preocupación profunda de S. Benito: que los monjes se mantenga sencillos y pobres, libres en su interior de toda preocupación esclavizadora.
En el párrafo 11 recuerda el lenguaje contundente del cap. 33, diciendo que lo que excede a lo señalado, es superfluo y se debe suprimir.
A continuación habla del aderezo de la cama con el mismo criterio de sencillez y suficiencia. Bastará una estera, una colcha y una almohada. Y sigue persiguiendo con contundencia el vicio de la propiedad. Para nuestra sensibilidad resulta chocante el mandato que da al abad de que revise “con frecuencia” las camas por si encuentra escondido en ella algo que el monje se hubiera apropiado convirtiendo la cama, último reducto de escondite, donde los “propietarios” almacenaban los pequeños tesoros que sustraigan al uso común, convirtiéndolas en biblioteca o despensa. Y castigar duramente al que encontrare esclavo de vicio tan odioso.
No olvidemos que todas estas normas, hay que situarlas en el contexto humano y social como ya indiqué al tratar del código penal.
Para nosotros estas normas son una confirmación de la importancia que S. Benito da a la pobreza y a la comunidad de bienes.  Y de todo esto responsabiliza de modo especial al abad, y para evitar motivos de fallos deberá proveer a los monjes de todo lo necesario. Y da una lista completa de los objetos de uso personal que el abad debe procurar a los monjes: cogulla, túnica, escarpines sandalias, ceñidor, cuchillo, estilete, aguja, pañuelo y tablilla (v.19)
Insiste finalmente en la distribución equitativa de las cosas, conforma a las necesidades de cada persona, como ya lo había indicado en el cap. 34 y basándose en Hechos 4,35:”se daba a cada uno según lo que necesitaba.” Y de aquí saca un nuevo consejo para el abad: “que considere las necesidades de los débiles, no la mala voluntad de los envidiosos”. La justicia como la caridad no consiste en dar a todos lo mismo, sino lo que cada uno realmente necesita.
Para nosotros  este texto trae enseñanzas válidas, si bien no puede servir de base ni a favor de los partidarios del hábito monástico como signo de consagración, no a favor de los contrarios que destacan en él el aspecto de “uniforme” que no significa nada para los hombres de hoy, con todo la vigencia que pone en la sencillez, acomodándose a las circunstancias de tiempo y lugar, indican un camino de liberación interior, para que los monjes del siglo XXI, con hábito o sin hábito, aspiremos a una pureza de corazón que nos capacite para ver a Dios sin traba alguna, y para vivir en comunión con los otros.
El tratado de la propiedad en la RB constituido por los cap. 33 y 34 reciben en este 55 un complemento indispensable, que podría titularse: “responsabilidad del abad en la vida común”