424.- La Oración privada. |
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423.- El oratorio del monasterio.
El oratorio será siempre lo que su mismo nombre significa y en él no se hará ni guardará ninguna otra cosa. 52,1.
Tras el brevísimo capítulo comentado ayer sobre los hermanos que no salen muy lejos, S. Benito vuelve en este capítulo 52 a un tema muy relacionado con la obra de Dios: el oratorio del monasterio.
Entre todas las estancias que forman la casa de Dios, el monasterio, sobresale el oratorio como ámbito sagrado por antonomasia donde la presencia divina se hace sentir en el espíritu del creyente de un modo especial.
S. Benito quiere resaltar en esta página su importancia e invita a los monjes a portarse consecuentemente.
Era bastante normal el que los monjes antiguos trabajaban manualmente en sus synaxis de oración mientras escuchaban la salmodia del solista o la lectura de los libros sagrados. Así sucedía en los monasterios coptos del terrible abad Shenute y probablemente también en las koinonias de S. Pacomio. Las monjas para las que legisló S. Cesáreo de Arles, debían ocuparse en alguna labor durante las largas vigilias y así evitar el sueño. Y tanto S. Aurelinao como la anónima regla Tarnatensis imponen esta misma obligación a los monjes, excepto los domingos en los que no estaba permitido trabajar.
En este contexto histórico se entiende que S. Benito comience este capítulo 52 con una frase concisa y enérgica: “Sea el oratorio lo que indica su nombre” es decir un lugar de oración y “no se haga en él cosa alguna ajena a la oración”. Una vez más la RB se muestra cuidadosa de lógica, orden y autenticidad, de modo que las cosas correspondan a su nombre y que cada cosa sirva para lo que ha sido hecha.
S. Agustín ya había ordenado en su Regla que en el oratorio nadie hiciese otra cosa, sino orar, como lo indica su nombre. Bien sea oración en comunidad, bien se trate de la oración individual cuando el monje siente la necesitada de comunicarse con el Señor.
Es claro que la RB siente la necesidad de ambientes y lugares adecuados que por su significación favorezcan sicológica y espiritualmente a los hermanos para introducirse en las actitudes fundamentales de la oración. No se trata de sacralizar de un modo restrictivo los lugares determinados, ya que en el cap. 19 dijo que “la fe nos dice que Dios está presente en todas partes”. Pero quiere que se encuentre un ambiente que ayude a los monjes a constituirse en asamblea de oración y alabanza ante el misterio de Dios.
El oratorio es por tanto el lugar habitual de la celebración de la obra de Dios según se desprende del párrafo 2 en el que dice que una vez terminada la obra de Dios saldrán todos en sumo silencio y gardarán la reverencia debida a Dios.
Vemos como los maestros de yoga prescriben un conjunto de posturas y lugares básicos para disponer el alma a lo trascendente. Los maestros de meditación también prescriben tiempos, lugares y mandras para centrar el alma. Por lo que se ve que en todas las tradiciones religiosas no se trata de separar lo sagrado de lo secular, sino de ser conscientes de que lo sagrado está en lo secular. Dicho de otro modo disponernos de tal modo que se pueda abrir nuestra alma a lo sagrado en lo secular.
Por esto S. Benito quiere que en el oratorio estemos con quietud y consciencia, con la debida compostura, sumidos en la atención a Dios, reposando en sus brazos.
Este modo que quiere Benito encontrar en el que está en el oratorio contrasta con el modo y posturas de algunos que actualmente con una taza de café en la mano y escuchado los salmos con las piernas cruzadas y los brazos extendidos en el respaldo del banco. Evitan la iglesia porque Dios está en todas partes, lo cual es verdad hasta cierto punto.
Pero la espiritualidad benedictina dice que para conocer a Dios en el tiempo y en el espacio, debemos tratar de encontrarle en un tiempo y un espacio que nos permiten entrar en comunicación con mayor facilidad.
424.- La Oración privada.
Una vez terminada la obra de Dios, saldrán todos con gran silencio, guardando a Dios la debida reverencia, para que si algún hermano desea orar privadamente no se lo impida la importunidad de otro y si en otro momento quiere orar secretamente, entre él solo y ore, no en voz alta, pero con lágrima y efusión del corazón. 52, 2-4
A partir del párrafo 3 de este capítulo S. Benito aborda el tema de la oración privada de cada monje.
Si hay que salir con sumo silencio terminado el Oficio, es para que los que lo desean, puedan quedarse orando particularmente, sin que nadie los estorbe, ya que el oratorio es el lugar más indicado para orar en todo tiempo.
Esta es la idea que S. Benito quiere inculcar al monje con estas prescripciones, a la vez que le orienta a orar con frecuencia, según se deduce de los párrafos siguientes. Si en un momento concreto uno quiere orar, la puerta está abierta:”entre y ore”. Esto está de acuerdo con S. Agustín que había escrito que si algunos además de las horas señaladas tienen tiempo y quisieran orar, no les estorbe alguna otra cosa, lo que quieren hacer allí.
S. Agustín y S. Benito coinciden perfectamente, salvo en que Benito no alude para nada al tiempo disponible, tal vez porque lo da por supuesto, o para resaltar que la oración está por encima de cualquiera otra ocupación monástica.
El mejor método u orientación para la oración lo tenemos en esta frase:”Entre y ore”. La experiencia nos hace constatar que hay personas generosas que tienen la sensación de que no saben orar. Y no me refiero a la noche de fe que el Señor puede llamar a algunas almas para participar del misterio de Getsemani. Se trata de personas que experimentan la lejanía de Dios y sensación de inutilidad, de vacio y se sienten inclinados a abandonar la oración porque “es evidente que la oración mental no es para mí”.
A estos tales hay que animarles para que aunque no experimenten ningún sentimiento de la presencia de Dios, es la hora de asumir la oración de impotencia absoluta. Hemos de ponernos en las manos de Dios sin condiciones. Dios ha llevado su obra en los monjes que han sido fieles a la oración a pesar de todo y en medio de todas las oscuridades, han conservado a lo menos el deseo de orar. Es el espíritu mismo de Jesús el que ora en ellos con gemidos inenarrables (Rom. 8,26)
S. Benito señala también unas condiciones sobre la manera de orar que no se encuentran en S. Agustín. En primer lugar dice que “en secreto”. Esta frase crea un problema al intérprete. Este adverbio ¿corresponde a peculiariter y que significa igualmente “en privado”, como en secreto? O hay que traducirlo por silenciosamente.
En los comentarios a S. Mateo, de la frase “tu en cambio cuando quieras rezar, metete en tu cuarto, echa la llave y reza a tu Padre que ve lo escondido, tanto S. Cipriano como Casiano entienden que con el vocablo “secrete” están indicando la oración hecha en lo íntimo del corazón. Pero por todo lo que sigue, no queda duda de la mente de S. Benito respecto a la oración privada con su carácter intimo, silencioso, secreto.
“Sin que levante la voz” Es uno de los matices de la manera de expresarse propia del monje que ha llegado al undécimo grado de humildad. Al hablar a Dios también lo hará sin levantar la voz. En primer lugar porque si se ora en voz alta molestaría a los hermanos deseosos de orar y sobre todo porque el Padre mira lo escondido y conoce lo más recóndito del corazón humano. Lo que interesa son las cualidades intrínsecas de la oración: su sinceridad, su intensidad. La RB no hace aquí hincapié en la pureza, como lo hizo en el cap. 20, “De reverentia orationis”. Pero si que nos encontramos aquí con las lágrimas y el corazón como indicios de la autenticidad de la plegaria del monje.
Las lágrimas brotan de un corazón contrito y sincero, aplicado a orar, que de veras se derrama en la oración.
Con la efusión del corazón, es decir con intensidad, usando una expresión predilecta de Casiano.
En todo este pasaje, se descubre como fondo un párrafo de Casiano. “Suplicamos en nuestro aposento, cuado ponemos a cubierto nuestro corazón de la realidad circundante, apartándolo del tumulto de pensamientos y cuidados que lo solicitan. Y “en soledad”. Manifestamos a nuestro Señor en secreto y familiarmente nuestras peticiones. Suplicamos con la puerta cerrada cuando suplicamos con nuestros labios apretados y con todo el silencio al que escudriña no las voces, si no los corazones. Oramos en lo escondido cuando manifestamos sólo a Dios nuestras preces con el corazón y la aplicación de la mente. Hay que orar así mimo con sumo silencio para no distraer a los hermanos con nuestros susurros o clamores.”(Col. 9,35)
Termina S. Benito este capítulo diciendo: ergo, por tanto, el que no quiera orar de este modo, no se le permite permanecer en el oratorio, como ya queda dicho.