228.- De la obediencia. 5

Capítulo V
La obediencia

 

230.- El primer grado de humildad es una obediencia

231.-De la obediencia en la RM..- (5)

236.-Obediencia y amor a Cristo.

238.-Otros motivos de para la obediencia.

241.-Prontitud en la obediencia.

242. Rasgos de la obediencia benedictina.

246.- Cualidades de la obediencia.

 

228.- De la obediencia. (5)

Hoy día, dada la proliferación  de estudios y diversos enfoques desde los que se considera la obediencia, resulta un tanto difícil hablar sobre la misma teniendo en cuenta todos sus matices.
Vamos en primer lugar exponer lo que la RB dice sobre la misma, para ver después  lo que la Iglesia enseña en el PC 17 y algunas reflexiones que a este propósito se han hecho posteriormente. Todo para mejor poder vivir la espiritualidad de la obediencia monástica dentro del contexto actual eclesial.
En cuanto a la etimología, vemos que las lenguas indogermánicas y las semíticas, el concepto de obediencia se deriva oír. Y significa  siempre la disposición de escuchar al otro, para hacer su voluntad. Escuchar y obedecer proceden de la misma raíz etimológica. En latín “ob-audire” y “obedire” son dos vocablos muy próximos  y en la literatura cristiana  ambos están relacionados con la raíz hebrea “shma”, cuyo sentido primario es escuchar y el secundario obedecer.
Atender a lo que se dice y ponerlo por obra es el sentido de obedecer y de obediencia en muchos pasajes tanto del AT como del NT.
En realidad la religión de los judíos se resumía en este concepto de obediencia: escuchar a Dios y cumplir sus deseos. Era la religión de obediencia a la revelación de Dios.
El culto a Dios consistía esencialmente en la obediencia, y la esencia del  pecado en la desobediencia a la voluntad de Díos manifestada en los mandamientos, en los demás términos de la alianza y en los profetas.
El NT señala con gran vigor el valor esencial de la obediencia. La vida de Jesús, tal como la presentan los sinópticos  y la interpreta  S. Juan y S. Pablo, no es más que una historia de obediencia  total prestada a la voluntad del Padre, que le señala el camino de la Pasión, de la cruz, de la muerte afrentosa. Jesús acepta todo plenamente por pura obediencia al Padre. Una entera conformidad con la voluntad de Dios, cuyo cumplimento recomienda insistentemente en su predicación. No basta acoger su mensaje, sino que es preciso  obrar cumpliendo la voluntad de Dios tal como Jesús la manifiesta. No basta decir Señor, Señor, sino que hay que cumplir el designio del Padre del Cielo.
El valor cristiano de la obediencia es puesto de relieve sobre todo por S. Pablo. Toda la obra salvífica de Jesús, la resume según Fil.  2, en su muerte como acto de obediencia al Padre. La obediencia de Jesús es el fundamento de la redención (Rom 5, 19)
Con su manera característica, Juan no  se muestra menos enérgico que Pablo, al resaltar la obediencia de Jesús. En su evangelio vemos que Jesús dice que no ha bajado del cielo para hacer su voluntad, sino la del Padre que le envió. (6,38) En la obediencia de Cristo  radica su grandeza al no hablar  por iniciativa propia, Dios habla en él (3,34)
La obediencia ocupa por tanto una posición clave en la historia de la salvación. Los Padres de la Iglesia no dejaron de señalarlo con gran insistencia.
Esta espiritualidad de la obediencia adquirió un eco grandioso sobre todo en los monjes. Los primeros Padres del Desierto, enseñados por la experiencia llegaron a dos conclusiones  de trascendencia incalculable.
Primera, que sin la abnegación propia, no se llega a un verdadero acatamientote la voluntad de Dios y segundo, que la abnegación consiste esencialmente e ineludiblemente en la renuncia a la propia voluntad, que es como un “muro de bronce”, que separa al hombre de Dios. El servicio del monje es la obediencia asegura Hiperiquio.
Obedecer a Dios, a la Escritura y a los Padres del monacato, obedecer a los hermanos y de modo particular, si se vive en soledad obedecer al propio anciano, o si en comunidad, a la regla y al superior.
De este modo se va elaborando poco a poco, el concepto  de obediencia religiosa.
Los legisladores y padres del primitivo cenobitismo (S. Pacomio y S. Basilio) no se muestran menos  exigentes respecto a la obediencia que los padres espirituales de los ermitaños con sus famosos y tremendos mandatos, orientados únicamente a promover el progreso espiritual de sus discípulos mediante  la más radical renuncia a la voluntad y al juicio propio.
Sea cual fuere el concepto de autoridad cenobítica, Basilio requiere en los hermanos una obediencia  universal y sin condiciones.
En un  idioma evangélico expresa este radicalismo cuando escribe: “Es preciso  someterse hasta la muerte por una pronta y exacta obediencia a la orden del Superior, incluso si exigiera cosas imposibles. Recuerda a este propósito  el ejemplo de Cristo que se hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz. Y en otro lugar dice: Aquel a quien se impone un trabajo superior a su capacidad, no debe resistir   en modo alguno, pues no hay para la obediencia más límite que la muerte.
Con este fondo bíblico y monástico, tenemos que  situar  el concepto de obediencia que expone la RB.  La importancia que le da se manifiesta en que dedica tres capítulos a este tema, 5, 68, y 71. Y por la frecuencia como la nombra en todos los lugares, de modo que la obediencia constituye el eje del itinerario  monástico.  Pero la lectura  del cap. V de la obediencia, produce cierta  decepción.
Dada la importancia del tema, parece que debería  contener una doctrina metódica y bien fundamentada en la razón y en la Escritura. Pero en el presente caso, como en otros notables, la RB rehuye las teorías y se limita a hacer una especie de consideración de las cualidades de la obediencia, una rápida referencia a los textos bíblicos en los que apoya  y unas breves notas sobre su naturaleza.
Así es la división de este capítulo: obediencia pronta y sus motivos (1-9) Descrición de la obediencia y justificación bíblica principal (10-13) Otras cualidades de la obediencia, con un  excursus sobre la carcoma que la destruye y que  supone la murmuración

 

 

 

229. Obediencia sin demora.
-El primer grado de humildad  es la obediencia sin demora. Exactamente la que corresponde  a quienes nada conciben más amable que Cristo. (5, 1,2)

El capítulo empieza sin preámbulos, da por supuesta la definición de obediencia, conocida de todo el mundo y en particular de los monjes, destinatarios de la Regla.
Afirma que el primer grado de humildad es una obediencia sin demora. Frase difícil de interpretar, no en sí misma,  sino con relación al cap. 7,10ss. donde aparece el temor de Dios y otros textos conexos como constitutivos  del primer grado de humildad.
 ¿Cómo resolver esta manifiesta antimonia? Según H. Vanderhoven hay que entender la primera frase de este capítulo de este modo.”La  obediencia sin demora constituye la cumbre más alta de la humildad. Gradus, no significa grado o peldaño, sino puesto, lugar, categoría. No tiene nada que ver con la escala de la humildad descrita en el cap. 7. Simplemente se concede aquí a la obediencia pronta, un lugar de honor”
A Louf  proponme una interpretación parecida. “La fórmula primer grado, significa también grado principal, o incluso grado único. S. Benito quiere decir  que la obediencia es  la expresión adecuada y normal de la humildad monástica. Sin ella no existe la auténtica humildad”.
           La misma explicación se encuentra en P. Delante.”La obediencia de la que se habla aquí, no es un grado especial, después cual habría un segundo grado y un tercero. S. Benito  declara su valor soberano y declara que es cumbre, el resumen y la expresión más perfecta de la humildad.  No se trata de una obediencia cualquiera, sino de la obediencia pronta y amorosa. La única verdadera, la sola digna de Dios y de nosotros mismos.”
A de Vogüe, interpreta como “primus como primero en el tiempo y fundamental desde el punto de vista de la  pedagogía  monástica. Esta noción de la obediencia en la formación cenobítica  es la toda la tradición”
Parece muy verosímil que la afirmación con  la que se abre este capítulo, depende directamente de Casiano. Este no habla de grados, sino de indicios de humildad. Pero afirma que el primero de tales indicios consiste en tener mortificadas  todas las voluntades propias. (Inst.  4,39)  y en un capitulo anterior ha expuesto que la enseñanza principal del novicio consiste en enseñarle a vencer sus voluntades. Sin esta base no puede esperarse la  consecución de victoria  alguna en el combate espiritual contra los vicios.
Tal doctrina  no es nada original. Es de las más constantes en la tradición monástica. La espiritualidad  cenobítica, al menos de cierto cenobitismo, considera la obediencia como  elemento primordial. Como la virtud  que realmente  fundamenta las comunidades.  

230.- El primer grado de humildad es una obediencia pronta.
(5,1)

Seguimos examinando el texto benedictino como primer paso para reflexionar sobre la obediencia. Ya hemos visto que en la tradición monástica se daba una prioridad a la obediencia en  la vida espiritual del monje, ya que supone la humildad fundamento de toda virtud.
Sin la base de la obediencia, no puede esperarse la victoria sobre los vicios. Esta doctrina es de las más constantes en toda la tracción monástica.
La espiritualidad cenobítica considera la obediencia  como elemento primordial, como base de la comunidad.
El primer deber de los monjes, escribe S. Jerónimo a los cenobitas de Egipto, es obedecer a sus superiores y hacer cuanto se les manda. Esta es la primera de todas las virtudes, anota Sulpicio Severo, obedecer el mandato ajeno.
La RB se une a este coro  tradicional, y proclama solemnemente que la obediencia sin demora, entusiasta, de los  que no conciben nada más amable que Cristo, constituye la  manifestación primera y más excelente de la humildad, esto es de la vida monástica auténtica, pues como veremos  más adelante, humildad y monacato son prácticamente sinónimos. El amor a Cristo destaca como el principal motivo de la obediencia. No es una idea nueva, pues ya se advirtió en el prólogo  que se empuñan las gloriosas armas de la obediencia para miliar bajo el estandarte de Cristo, verdadero Rey.
Pero pueden darse y la RB lo reconoce,  otras razones menos elevadas, aunque poderosas: el servicio santo que se profesado, el temor del infierno, y el deseo de cielo. A la que se suman más adelante, la fe, el temor  de Dios el anhelo de caminar hacia la vida eterna, que es otra forma de expresar el deseo del cielo.
Sea cual fuere el motivo,  la obediencia posee en la RB esta primera característica: la prontitud, la rapidez, la simultaneidad de la orden del superior y el cumplimiento por parte del monje lo  que se inculca con frases muy expresivas.
Este capitulo  de la Obediencia de RB es un simple compendio de la RM, no ha dado de lado ninguna de las tres partes consecutivas del largo tratado de la RM en su cap. 7 sobre la obediencia.
Encontramos una breve alusión  a la obediencia pronta, luego una evocación de la obediencia cenobítica a ejemplo de Cristo y finalmente una enumeración  de las cualidades, sobre todo interiores, que debe tener  la obediencia.
El hecho  de haber conservado la RB las dos  frases del evangelio que fundamente  más profundamente la doctrina de la RM: “el que a vosotros escucha a mi me escucha” (Luc 10,16) y “no vine a hacer mi voluntad si no la de aquel que me envió”, (Jh. 6,38) no es  el menor de los méritos de este compendio que hace la RB. Obedecer como a Cristo, obedecer como Cristo. Estos dos aspectos de la obediencia se deducen de estos dos textos evangélicos.
Aunque sea legitimo distinguir estos dos tipos de obediencia y ver sus interferencias, hemos de reconocer que ni la RM ni la RB hacen  esta distinción.
La doctrina de la RM sobre la obediencia no está encerrada en un capítulo. Este capitulo 7  de la RM, de “cómo ha de ser la obediencia de los discípulos, aunque muy largo, prácticamente no habla más que de las cualidades  de la obediencia de acuerdo con su título.  

  

 

231.-De la obediencia en la RM..- (5)

Vamos  a considerar la fuente que utilizó Benito para redactar este capítulo, que no es otra que la RM.
El cap. 5 de la RB es un simple  compendio del cap. 7 del Maestro, no ha dado de lado ninguna de las tres partes que tiene ese largo capítulo en el RM.
Encontramos en él en primer lugar, una descripción de la obediencia pronta. Luego una evocación al camino estrecho de la  obediencia cenobítica a ejemplo de Cristo. Y finalmente una  enumeración de las disposiciones sobre todo interiores que debe tener la obediencia.
El hecho  que la RB haya conservado las dos grandes frases del evangelio que fundamentan  más profundamente la doctrina de la RM:”El que a vosotros escucha, a mi me escucha” (Luc 10,16) y la de “no vine a hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió” (Jh. 6,38) no es el menor de los méritos de este compendio.
Obedecer como a Cristo, obedecer como  Cristo. Estos son los dos aspectos de la obediencia, el primero se derriba del primer texto evangélico, y el segundo del otro.
Aunque sea legítimo distinguir así distintos tipos de obediencia y estudiar sus interferencias, hemos de reconocer  que ni el Maestro ni Benito hacen esta distinción.
La doctrina de la RM sobre la obediencia no está encerrada en este capítulo. En este capitulo 7, de cómo debe de ser la obediencia de los discípulos, aunque muy largo no habla más que de las cualidades de la obediencia de acuerdo con su titulo.
Los fundamentos de la obediencia no son tratados en este capítulo 7, ya que han sido tratados en otros dos pasajes de la Regla, que S. Benito no ha recogido en su Regla: el comentario de la 3ª petición del Padrenuestro y  la exhortación final del capitulo primero.
El comentario de la frase “fiat voluntas tua” se distingue por su amplitud extraordinaria. Ninguna otra petición del Padrenuestro ha sido tan largamente  explicada por el Maestro.
 La fuente  de la RM  es “la oración dominical” de S. Cipriano, que estaba muy lejos de dar a estas palabras tanta importancia.  Es evidente que el Maestro se interesa muy particularmente por esta cuestión de la divina voluntad. Esto le  ofrece ocasión de establecer el punto de partida de su doctrina preferida sobre la obediencia.
En efecto, la obediencia monástica se dirige a Dios y su única finalidad es hacer su voluntad.  Por eso antes de toda presentación explícita de los superiores humanos a los que el monje obedece, el Maestro creyó necesario establecer sólidamente  la necesidad de hacer la voluntad de Dios y para ello renunciar a la  propia voluntad. Todo el comentario de la 3ª petición está dedicado a esto.
Después al final del capitulo primero, se podrá deducir de esa premisa, el deber de obedecer a los hombres, por medio de los cuales el Señor nos hace conocer su voluntad.
Las supresiones efectuadas al comienzo por la RB,  la han privado de una presentación razonada  de la obediencia y de sus fundamentos, pero  de ninguna manera se ve disminuido el prestigio e importancia de esta virtud en la RB.  Podemos  incluso decir que con su principio de obediencia mutua va  más allá de los límites previstos  por la RM.
La RB presenta la obediencia como camino que va a Dios y por tres veces hace de ella una cuestión de caridad, en los capítulos  68,71, y 7.
También se aparta de la doctrina del Maestro, pues al obedecerse mutuamente, no se trata de cumplir  la voluntad de Dios trasmitida jerárquicamente por los superiores, sino de cultivar la obediencia como un bien en si, sea quien sea el que manda. Así Benito exalta en grado máximo el valor ascético y salvífico de la obediencia.
Una vez que Benito supera el pensamiento de su predecesor, permanece en esa misma línea. A sus ojos la obediencia no es tanto una exigencia de la vida común  como el gran camino que se  ofrece a cada uno para que renuncie a si mismo y vaya a Dios.    

 

--232.- De la Obediencia en la RM..- (5)

Seguimos considerando la fuente del capítulo 5 de la RB, que no es otro que la RM.
La primera realidad que encuentra el  Maestro al reflexionar sobre las palabras “Hágase tu voluntad”, es nuestro libre albedrío. En efecto, el hacer la voluntad de Dios no nos es algo connatural al hombre ser complejo y dividido.
“Fiat voluntas tua” es el grito del Espíritu en nosotros, pero al Espíritu se opone la carne y esta domina nuestra alma, imponiéndola sus codicias nocivas, sugeridas por el diablo.
Por tanto la voluntad divina solo puede ser comprendida a costa de una erradicación  voluntaria de nuestra  voluntad propia. El Maestro encuentra la necesidad de esta erradicación  en la frase de S. Pablo que sin duda ha tomado de la regla de S. Basilio: no hacemos lo que queremos. Hágase tu voluntad se traduce por tanto negativamente, no haré lo que quiero.
Así desde el  principio, la voluntad de Dios  aparece como opuesta al querer humano espontáneo. Es el alma esclavizada por la carne. Por eso tenemos que sustituir el cumplimiento de la voluntad divina, al de esta voluntad propia a fin de no ser condenados el día del juicio.
Este es el primer  fundamento de la obediencia monástica en la mente del Maestro. Es una cuestión de salvación.
Esta doctrina está  marcada por el duelo entre la carne y el espíritu que describe S. Pablo al final de la carta a los Gálatas.
Entre la carne y el espíritu, el Maestro pone el alma, según la exégesis corriente a partir de Orígenes.
Del alma brotan esas voluntades  que Pablo invita a no hacer. Voluntades males, carnales, que el Maestro concibe como equivalentes a los deseos de la carne de los que acaba de  hablar el Apóstol.  De este modo, la frase de Gálatas 16,17 está en el origen de este binomio, cuya importancia a los ojos de l Maestro y de Benito  conocemos: “los deseos de la carne” y “la voluntad propia”.
El Apóstol había reprobado estos dos tipos  de tendencias, casi con los mismos términos.  El Maestro y Benito las unirán con una misma reprobación. Son los enemigos  comunes de la voluntad de Dios y el objetivo de la obediencia monástica es combatirlos y extirparlos.
La vonluntad propia por tanto es una tendencia  al mal que  proviene de la carne. Pero ¿de qué carne se trata?
Al leer la perícopa paulina constatamos que todas las obras de la carne están lejos de ser  simples pasiones sensuales. En efecto, a continuación de la lujuria, de la impureza y la inmoralidad, Pablo menciona la idolatría, la magia, la enemistad, la rivalidad, los celos, etc.  Así llegamos a la conclusión que la carne representa un con junto de tendencias pecaminosas  a las que todo el hombre, alma y cuerpo, está sujeto. Distinguimos  por tanto carne y cuerpo, reconociendo al término paulino  la significación más amplia que tiene en la Biblia.
El Maestro ha hecho esta misma constatación  pero saca una conclusión diferente.
Si el Apóstol llama obras de la carne a las faltas más variadas, es porque la carne, es decir el cuerpo, es el origen de toda  mala voluntad. De aquí el axioma enunciado al final de la regla: toda voluntad propia es carnal y proviene del cuerpo.
Esto no supone un repudio maniqueo del cuerpo, formado por  Dios, redimido por Cristo y destinado a la resurrección, es fundamentalmente bueno y la responsabilidad de las faltas  de las que es instrumento incumbe al alma que es su dueña.
Con estas premisas, ha señalado frente a la voluntad divina, esa voluntad  humana contraria a Dios, y siguiendo a Basilio y a Casiano, llama voluntad propia.

 

233.-De la obediencia.- (5)

Ya hemos expuesto cómo el Maestro en el comentario de la 3ª petición del padrenuestro, en el Prólogo, pone los fundamentos de la obediencia y de toda su exposición resulta un único mensaje: para hacer la voluntad de Dios, que es la aspiración del Espíritu en nosotros,  y para alcanzar la salvación, debemos no hacer lo que queremos, o sea  renunciar  a la voluntad propia, que brota de las profundidades de nuestra carne.
Una vez asentado este primer  fundamento, el Maestro aduce otro nuevo  en la conclusión del capitulo primero, sobre los géneros de monjes. Aunque alejado del texto anterior, no deja de ser como su continuación,  cuando afirma “hacer la voluntad de Dios, no la nuestra, porque una cosa es lo que el Señor nos ordena en el espíritu, y otra  lo que la carne nos  incita a realizar en nuestra alma.
A esto sigue una solemne presentación de los “doctores” instituidos por el Señor en su Iglesia, que comprenden  tanto las escuelas seculares como las monásticas. A estos  doctores o pastores, (que son los obispos y abades)  son los sucesores de los profetas y apóstoles, les concierne las promesas y mandatos que Cristo dirigió a Pedro y a los Doce: “apacienta mis ovejas”, “enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado”, “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.
También aplica a estos las palabras del Señor: “El que os escucha a vosotros, a mí me escucha”.
A la frase citada en el prólogo: “el Señor nos ordena en el espíritu”, es remplazada en este capítulo por esta otra: “el Señor nos ordena  por medio de un doctor”. Así el Maestro ha establecido el segundo fundamento de la obediencia. Para obedecer a Dilos, hay que obedecer al hombre que lo representa, el doctor, el abad.  Y tanto aquí como  ya lo hizo en la tercera petición, presenta la obediencia como la condición para salvarse en el  día del juicio. Haciendo lo que dicen  los doctores, eliminamos toda voluntad propia, que sería objeto de condenación. Así también se llena la vida con la voluntad divina, lo cual nos hará dignos de ser  glorificados.
La misión de los doctores, es a la vez  comunicar la voluntad de Dios y  de impedir el cumplimiento de la voluntad propia. La voluntad divina encuentra en nosotros la oposición de la carne, movida por el  diablo que domina en la carne. Por eso el primer beneficio que se espera  de la dirección de los superiores, es el de aprender a olvidar el camino de la voluntad propia.
El Maestro no piensa  que esta intervención de los doctores, suprima la  libertad del espíritu. Todo lo contrario. Para él, la autoridad no elimina el espíritu, sino que lo libera. En efecto, el verdadero enemigo del espíritu, es la carne, y la voluntad  propia que emana de ella. El doctor viene a socorrer al espíritu al poner fin a la tiranía que domina el deseo carnal. El doctor  presenta e impone la voluntad de Dios, a la que el espíritu aspira. A los ojos del  Maestro no existe ninguna oposición entre estos dos servidores del querer divino.
Estos dos fundamentos de la obediencia aparecen en dos textos separados, pero en la mente del Maestro, según aparece en el cap. “de la ars sancta”, están unidos. El pasar de la voluntad divina a la de los superiores humanos, lo encontramos también  en los tres primeros grados de humildad. En el segundo  se renuncia a los deseos de la propia voluntad, para hacer la de Dios, y en el tercero  propone someterse al abad en toda obediencia.
Al exhortar a los monjes que dejen todo lo propio, para seguir la voz del que manda, parece que el Maestro tuvo a la vista la inmediata obediencia de los discípulos a la llamada de Jesús. En  primer lugar se abandona o se renuncia. Luego se sigue a Jesús. El primer movimiento simboliza el no cumplimientote la voluntad propia, el segundo el cumplimento de la voluntad de Dios.
El Maestro descubre así en los sinópticos el doble movimiento de renuncia y adhesión formulado  en Juan 6,38. Las relaciones de Jesús con sus discípulos es una semejanza de las relaciones de Cristo con su Padre según  se  manifiesta en este pasaje.
La obediencia que prestamos a Cristo, es a imagen  de la obediencia que tiene Cristo al Padre y su prolongación.

 

234 .- De la obediencia.- (5)

Podemos decir que hemos llegado en el capitulo de la obediencia del Maestro, al término de las reflexiones  del mismo sobre la obediencia. Pero creo que es interesante puntualizar algunos detalles más.
Muchas pasajes  posteriores, sobre todo los cuatro grados de humildad y el gran sermón al postulante del capítulo 90 volverán sobre esta doctrina, pero sin agregar nuevas perspectivas. Solo la explicación escriturística  se desarrollará notablemente sobre todo el en capítulo 10. El más importante de estos nuevos testimonios es el de Fil. 2,8. “Cristo se hizo  obediente hasta la muerte”.
Por otra parte la tercera petición del Pater, que en el capítulo de la obediencia  no se cita, vuelve a aparecer  en los capítulos 10 y 90,  para  asegurarnos como por añadidura, que  esta explicación es el punto de partida de su teoría de la obediencia.
Cuando consideramos  el conjunto de textos en los que se desarrolla esta teoría, llama la atención la importancia que le da el autor. Aunque el capitulo de la obediencia es el único que trata de esta virtud ex profeso, las dos preparaciones  metódicas de este tratado (Prólogo  y final del capitulo 1),  y las dos  reproducciones desarrolladas (cap. 10 y 90)  no dejan ninguna duda  sobre el gran interés que el Maestro pone  en establecer e inculcar su doctrina sobre la obediencia.
Este celo  no debe sorprendernos. La obediencia está necesariamente en el corazón de una institución monástica que se define como “scola dominici servitii”. Tanto si tomamos esta definición en el sentido escolar, como si  lo tomamos en sentido militar. Nos encontramos  en presencia de una relación de obediencia jerárquica de los discípulos con su maestro o de los soldados con su jefe, que es constitutiva  de estas sociedades.
La importancia de la obediencia a los ojos del Maestro, se debe también a las relaciones de esta virtud con el tema fundamental de la audición. En efecto, según una etimología de la que el autor es bien consciente “obaudire” está relacionado con “audire”. Ahora bien, escuchar  es la palabra clave de toda la doctrina espiritual del Maestro.
En línea directa con la tradición bíblica, el Maestro presenta a Dios como quien habla al hombre y a quien el hombre debe escuchar si quiere ser salvo. No es por tanto casualidad que comiencen estas dos reglas  con una invitación a escuchar. Escuchar en el sentido pleno de la palabra, o sea no solo oír y comprender, sino también  consentir y obedecer.
La importancia de la obediencia  a los superiores, objeto propio del capitulo de la obediencia, y de los pasajes conexos, se debe a que es un modo privilegiado e irremplazable de esa escucha de la palabra que salva.
La obediencia es la primera de las tres  grandes virtudes  a las que el Maestro consagra largos tratados, y en cierto aspecto, la más importante.
La taciturnidad que viene después, debe gran parte de su realce  al punto de vista jerárquico desde el que se la considera. Si hay que callarse  es precisamente, para escuchar  al maestro. La taciturnidad representa así como la actitud que conviene al discípulo. Se asemeja mucho a la obediencia  que  ha dejado su rastro en ella.
En cuanto a la humildad aunque es importante en sí, no atañe tanto como la obediencia al pacto cenobítico tal como lo concibe el Maestro. 

 

.-235 -Obediencia pronta.
El primer grado de la humildad es una obediencia pronta.  (5,1)

              Como ya indiqué hace unos días, esta frase no esta  indicando un grado de humildad que se manifiesta en la obediencia, y al que siguen  otros grados. Lo que S. Benito quiere expresar con esta frase, es que la obediencia es la mejor expresión de la humildad monástica, porque sin ella no existe la humildad.
              No son consideraciones teóricas sobre la miseria humana la que
nos hace humildes. Cierto que ayudan y sostienen. Pero las virtudes se adquieren por los actos. Por la humillación, dice S. Bernardo, se llega a la humildad. La primera humillación, la más urgente y necesaria es la  sumisión a la voluntad de Dios, o sea la obediencia a Dios y a las mediaciones humanas por las que se nos manifiesta esta voluntad.
                  Esta humillación también es la más pura y eficaz, pues no ha sido elegida por propia voluntad.
              Pero para que la humillación de la obediencia sea eficaz, no tiene que darse sin demora alguna. Desde el momento que hay murmuración, examen, vacilación, ya no es un acto propio de la humildad, ni manifiesta la muerte de yo.
               Así como la humildad se manifiesta en la obediencia, así la obediencia es en sí misma, un fruto y una necesidad de la humildad. En el momento en que la humildad ha penetrado en algún grado en nuestro corazón, nos empuja a una obediencia más estricta y perfecta.
                Cuando la humildad crece, llegamos a sometemos a todos y abrazamos todas las dificultades que se presentan contra la obediencia.
                El primer fruto de la obediencia es colocarnos en nuestro lugar,
 Sometiéndonos a la autoridad de Dios y a sus mediaciones. Pero para que esta obediencia sea fruto de la humildad, tiene que ser pronta. La obediencia que duda, vacila, no nace de una verdadera humildad.
 La humildad y la obediencia son dos virtudes inseparables, como el cuerpo y el alma. S. Benito tampoco las ha separado en la regla. Por la humildad practicamos la obediencia y por la obediencia traducimos nuestra humildad.
 La humildad es el alma de la obediencia. Si queremos saber en que grado tenemos humildad, no tenemos más que examinamos sobre nuestra obediencia y ver si tiene todas las cualidades exigidas en este capitulo 5. Si es pronta,  ágil, gozosa. Si obedecemos a la fuerza para evitar  un castigo, o murmurando, no tenemos humildad. Si obedecemos gimiendo, tenemos poca humildad. Si la obediencia nos encuentra prontos  y gozosos, es señal de que crecemos en humildad.
                  Si tenemos un celo devorador por la obediencia, tenemos la verdadera humildad. El que obedece pronto y siempre es verdaderamente humilde o esta  en camino de serlo pronto.

 

236.-Obediencia y amor a Cristo.
 Exactamente  la que corresponde a los que no conciben nada más amable que Cristo. (5,2)

El amor a Cristo es el  primero y principal motivo de obedecer. La idea no es nueva, pues ya advirtió en el Prólogo, que se empuñaban las gloriosas armas de la obediencia, para militar bajo el estandarte de Cristo, verdadero Rey.
Hay que tener muy presente la importancia primordial de Cristo en toda vida cristiana, y por lo tanto, en cierta medida, con mayor  razón en la vida monástica. Como ayer comentábamos siguiendo al P. Severino Alonso, que desde S. Pablo hasta nuestros días, pasando por Sta. Teresa, la conversión verdaderamente bíblica, ha sido fruto de un encuentro personal con Cristo.
El Señor ha venido a traer fuego a la tierra, y su único deseo  es ver abrasados todo los corazones. ¿Hasta que punto está abrasado el nuestro?
Después de anonadarse haciéndose hombre. Después de haber ofrecido por nosotros todas las fatigas, todos los pasos, todos los alientos de su vida  durante treinta años.  Después de haberse abrazado por nosotros todos los sufrimientos  y humillaciones de su pasión, y por fin quedarse por un misterio de amor, en el sagrario hasta el fin del mundo, no nos pide en cambio mas que nuestro amor.
¿Qué cristiano no deberá amar con todo su corazón a su Salvador crucificado? Y el monje ¿que otra cosa tiene que hacer, que amarle con todas sus fuerzas?
Amar y seguir a Jesús. Seguir bajo sus banderas, no tener nada más querido que Jesús, no preferir nada al amor  de Cristo. Participar aquí abajo de los sufrimientos de Jesús. Esperar participar  algún día con él en el cielo. He ahí lo que S. Benito se esfuerza en inculcarnos en su Regla.
El  monje no se santifica, como dice la leyenda, cavando su fosa, sino mirando a Jesús, esforzándose por  abrirse a la gracia que le configura con él. Apasionándose más y más por Jesús.
Es verdadero hijo de S. Benito aquel que no tiene en su corazón más que a Jesús.
El amor no es otra cosa que una necesidad de darse. El amor cristiano no se alimenta de palabras y sentimientos. Quiere actos. Jesús ha muerto y resucitado dice S. Pablo, para que los que viven, no vivan para sí mismos, sino por él que ha muerto y resucitado por ellos.
Uno de los medios mejores para vivir esta vida unida a Cristo es la obediencia. Por ella no solo entregamos nuestros bienes y comodidades, sino todas  las facultades de nuestro cuerpo y nuestra alma. Nuestra voluntad propia, nuestra libertad, En una palabra, todo nuestro ser. La obediencia es el don de sí mismos
Desde que el amor se apodera de un corazón, enciende enseguida el celo sagrado por la obediencia. El nos impulsa a todas las virtudes, porque todas le dan ocasión de dar alguna cosa al Señor. Y preferentemente es por medio de la obediencia la que  ofrece la ocasión de dar todo lo que tiene y todo lo que es.
La obediencia es hija de la humildad, pero sin amor no puede haber ni humildad ni obediencia. La fe hace que las virtudes sean sobrenaturales, la esperanza las sostiene, pero es la caridad la que las hace vivientes y agradables a Dios. Es en el amor donde la obediencia tiene que tomar la savia para alimentarse. Cuanto más abundante es la savia, más abundante es la vegetación y más  numerosos y magníficos los frutos. Y        recíprocamente, cuanto mejores son los frutos, más suponen una sabia poderosa que los produce.
La obediencia  que S. Benito describe, es un fruto admirable sobre todos. Esa gozosa prontitud, ese celo  con el que discípulo ejecuta las órdenes del Maestro, no pueden provenir más que de un amor ardiente.
Por esto S. Benito dice que esta obediencia pronta es peculiar de los que  ninguna cosa aman tanto como a Jesucristo. Y cuanto más pronta y gozosa, más supone el corazón poseído del amor a nuestro Señor
Del mismo modo que la obediencia es la medida de nuestra humildad, lo es también de nuestro amor.

 

237-.Obediencia y vida consagrada.
- Estos,  por razón del santo servicio que han profesado… (5,3)

La obediencia cristiana es una sumisión  incondicional al querer divino, pero la del monje es en cierta manera más rigurosa, ya que por medio de ella nos entregamos a Dios de una manera especial. Esto es lo que nos recuerda S. Benito en este párrafo. “El santo servicio que hemos profesado”.
Este estado en que estamos arranca de un acto integro de nuestra libertad. (ET 27)
Los votos dan estabilidad a este santo servicio y fijan de una manera concreta de vivir el seguimiento de Jesús. No tienen principalmente un valor moral, sino teológico. Y la razón es porque tienen un valor cristológico.
Solo desde Cristo, desde su vida  y su doctrina este santo servicio, caracterizado por los votos, tiene valor permanente.
Los votos son ante todo expresión de amor. Amor total, amor consagrado. La expresión objetivamente máxima del amor total. Son  una donación plena de la persona, de lo que la pertenece, de lo que la persona es y de lo que la persona tiene. Dedicación absoluta e inmediata al amor y al servicio de Dios.
Son la expresión  del “santo servicio que han profesado” que dice S. Benito. Por tanto no pueden  reducirse los votos, la obediencia en este caso, a medios para conseguir el amor o la caridad perfecta.
Una visión excesivamente jurídica y moralizante de la profesión monástica,  ha presentado los votos como medios, como removedores de obstáculos en orden  a alcanzar la perfección en el amor de caridad.
Hay que reaccionar enérgicamente contra esta visión tan moralizante y tan poco teológica de los consejos evangélicos, y de toda la vida religiosa, que en ellos se funda.
Cierto que los consejos evangélicos, además de ser en su misma esencia amor, y precisamente por ser amor, son también medios, los mejores medios para conseguir la caridad perfecta, el amor total.
Pero  lo propio, lo más original de los votos, no es su condición de medios, sino expresión de amor, de entrega, de consagración de toda la persona a Dios. La renuncia que ello implica es secundaria.
Diríamos que lo formal es la entrega persona, el amor,  y lo material, la renuncia que inevitablemente llevan consigo.
Por este “santo servicio que hemos profesado” en frases de S. Benito, reconocido y aceptado por la Iglesia, ofrecemos y consagramos a Dios no sólo lo que tenemos, sino lo que somos. Es decir nuestra persona en su totalidad y no resulta arbitrario el reducir los tres consejos evangélicos, que expresan la disponibilidad absoluta que exige el reino y la totalidad de una entrega personal.”El santo servicio que han profesado”
Por la entrega total del monje al santo servicio, Dios toma posesión del monje  por un título nuevo y especial. De este modo lo convierte en propiedad y pertenencia suya, es decir lo consagra. Todo el ser del monje queda sacralizado, ungido y poseído por la santidad de Dios.
El hecho  que vivamos bajo los consejos evangélicos no procede de una iniciativa nuestra, sino a una llamada de Dios. Pero nosotros respondemos a ella con entera libertad. Y a partir de este momento los consejos evangélicos, por tanto la obediencia, se convierten en ley de vida para el monje (ET 7), de tal manera que el mismo estado religioso adquiere carta de naturaleza. Se define  y constituye en la Iglesia en cuento estado de vida por la profesión de los consejos evangélicos.
Pablo VI. se expresaba así en el ET 3: “Respondiendo libremente la llamada del Espiritu Santo, habéis decidido seguir a Cristo, consagrándoos  totalmente a él. Los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia se han convertido ya en las leyes de vuestra vida. La autoridad de la Iglesia, como recuerda el Concilio, se ha preocupado de interpretarlos, de  regular su práctica e incluso fijar normas estables  de vivirlos”.
La doctrina del Concilio sobre la vida religiosa, pone bien en claro la grandeza  de esta donación, a imagen de la hecha por Cristo a su Iglesia. Y lo mismo que ella, es absolutísima e irrevocable.
 La frase de S. Benito llamado a la vida monástica “santo servicio que se ha profesado” está en la línea del Concilio y  muestra la pronta  obediencia  como su manifestación externa.

 

 

238.-Otros motivos de para la obediencia.
 O por temor del infierno, o por deseo de la vía eterna en la gloria, son  incapaces de diferir la realización inmediata de una orden. (5,3)

Hemos visto en días anteriores como S. Benito señala como el amor a Cristo, como el primero y principal motivo de la pronta obediencia. A continuación  indicaba como motivo de la obediencia,  el servicio santo que libremente hemos abrazado. Pero la RB enumera otras razones menos elevadas pero también válidas: el temor del infierno y el deseo del Cielo.
Son dos instrumentos que ya consideramos en el capítulo 4. Aquí la RB los utiliza como medios para llevar al monje a una obediencia  pronta.
Los Ángeles malos, creados para la felicidad eterna, por una desobediencia hacen que el infierno sea la mansión de todos los desobedientes. El pecado conoce al infierno por ser una desobediencia y toda desobediencia grave a la voluntad divina  conduce al infierno.
Por ello nuestro Padre presenta el temor al infierno como un remedio  poderoso para la pronta obediencia e incluso las pequeñas insubordinaciones  pueden ser evitadas con este recuerdo, pues como la pendiente es suave y el terreno resbaladizo,  se puede ir más lejos de lo que se pensaba, y se  puede terminar en los más graves excesos. La historia está llena de estos casos, religiosos cuya muerte nada tiene de envidiable. Cierto que no sabemos como se conjugará la infinita misericordia, con la también infinita justicia. Pero pueden servir para escarmentar en cabeza ajena.
Quizá este motivo de santo temor de Dios, hoy día no tenga tanta fuerza como en tiempos pasados.
El deseo o la esperanza de la gloria  pueden también ayudar a abrazarse con una pronta obediencia, aún en momentos difíciles. La gracia está siempre unida a la voluntad de Dios. Cuando abrazamos completamente su voluntad, tenemos con nosotros la fuerza de Dios y siempre se saldrá victorioso, según la promesa del Espíritu Santo: “el varón obediente cantará victorias”.
                   Las gracias de Dios se multiplican  con los actos de obediencia y cuando se presenta la tentación  presentando como imposible alguna determinada situación, podremos contestar con S. Pablo: “todo lo puedo en Aquel que me conforta”.
                  La base de la  santidad es la humildad, pero como ya hemos comentado, la obediencia es la expresión de la humildad.  La santidad es la unión con Dios por la caridad, y  la obediencia es también la expresión de la caridad.
S. Benito nos anima a mirar a la gloria. No es una gloria como la del mundo, vano humo. Es una gloria sustancial, viviente, pues no es otra cosa que la vida de Dios que  nos será comunicada y que irradiaremos, eterna, que no se menguará ni se acabará. Todo un misterio.
Jesús el rey de la gloria, se hizo obediente hasta ala muerte y muerte de cruz. Por eso recibió un nombre sobre todo nombre. El obediente participara de esa gloria. Cuanto más  participe en su cáliz de obediencia, más participará de su gloria.
La finalidad suprema del hombre consiste en glorificar a Dios y disfrutar de él para siempre. Glorificar a Dios significa amarle por ser él  quien es y disfrutar de Dios como El es en sí mismo. Esta idea del disfrute de Dios en la glorificación de Dios procede de S. Agustín. Los pecadores utilizan a Dios para disfrutar del mundo, pero los creyentes utilizan el mundo para disfrutar de Dios. Por consiguiente glorificar  a Dios significa gozarse de la existencia de Dios y de la propia existencia y expresar este gozo en acciones de gracias y en alabanza.

 

239.-Obediencia y sumisión.
Estos son incapaces de diferir la realización inmediata de una orden, tan pronto como  esta emana del  superior, igual que si lo mandase el mismo Dios. De ellos dice el Señor, nada más que me escucharon me obedeció. Y dirigiéndose a los maestros espirituales: “Quien a vosotros  escucha, me escucha a mi. (5,4-6)

El monje movido por los motivos antes enumerados por S. Benito, obedece prontamente, y puntualiza S. Benito, “como si lo mandase el mismo Dios”.
Para mejor comprender estos textos de S. Benito, es oportuno distinguir entre sumisión y obediencia.
Esta distinción nos sirve para precisar algunos conceptos  que juzgo esenciales para comprender correctamente la obediencia cristiana y sobre todo la religiosa.
La obediencia propiamente dicha, tiene siempre como objeto inmediato a Dios. Solo se puede  y debe obedecer a Dios, ya que solo El es digno de nuestra obediencia, porque “solo El es digno de un don tan radical de la persona humana”. (RC 2)
Toda obediencia es por lo tanto obediencia a Dios. En cambio la sumisión puede tener una relación inmediata a la ley, a la autoridad,  es decir a las mediaciones humanas. A través de esas mediaciones, que nunca tiene sentido último en sí misma, obedecemos a Dios. La obediencia mira siempre a Dios y propiamente solo a Dios. Mientras que la sumisión se justifica desde la sociedad, desde las exigencias de una organización, o desde el bien común.
Cristo vive en sumisión y obediencia. En obediencia total y permanente al Padre. Pero vive también en sumisión en primer lugar y principalmente hacia sus padres. Es significativo que S. Lucas condense los treinta años  de la vida oculta de Jesús con la frase: “les estaba sometido”. Es más, la sumisión a estas mediaciones humanas, es obediencia al Padre. Someterse a Maria y a José, era para Jesús la manera concreta de obedecer a su Padre.
De la misma  manera, toda sumisión cristiana a la autoridad legítima, a las exigencias  de la ley, etc.  es obediencia a Dios.  Los superiores no son término de de nuestra obediencia.  A través de su mediación humana, obedecemos directamente a Dios.
La obediencia, en cuento virtud sobrenatural, hace relación propia y solamente a Dios. Dios es siempre su objeto inmediato y el objeto de la misma. Pero Dios nos habla, nos manifiesta su voluntad de muchas maneras, sirviéndose de diversos medios o instrumentos. Por ejemplo la propia conciencia, que no es término de nuestra obediencia, ni propiamente voz de Dios, sin testigo de esa voz, y en tanto puede mandar en cuanto obedece ella misma. La palabra revelada, los acontecimientos, la historia de los hombres, los signos de los tiempos, la voz de los hermanos, y sobre todo la jerarquía de la Iglesia.
Todos estos modos de  expresión de la voluntad de Dios son  cauces e instrumentos, pero  no la voluntad de Dios ni siquiera la voz de Dios propiamente. Son signos materiales expresivos de la voluntad y de la voz de Dios.
Ahora bien, a quien obedecemos es  a la voluntad divina, a Díos mismo, por eso la prontitud  que quiere S. Benito en el monje. Porque la virtud sobrenatural solo puede tener por objeto inmediato a Dios, que nos expresa su voluntad. Todos esos  medios son como los objetos materiales y como los instrumentos  que nos indican  o nos traducen  la voluntad de Díos para con nosotros, pero no son la voluntad de Dios en sí misma.
No podemos decir que obedecemos a los acontecimientos, a la palabra  que nos expresa una voluntad de Dios, sino a los signos  que nos permiten vislumbrar esa divina voluntad.
Por esta misma razón no obedecemos propiamente a los superiores que son  meros signos e interpretes de la voluntad de Dios para con nosotros  en determinadas  circunstancias concretas de nuestra vida.
Obedecemos a la voluntad de Dios que se nos manifiesta a través de esos signos. El superior no es el objeto formal de nuestra obediencia, sino un intérprete y un trasmisor de Otro, que es en realidad a quien obedecemos.
La fe que es el elemento constitutivo de la obediencia cristiana, nos pone en inmediatez formal con Dios. Nuestra voluntad se une directamente con la voluntad divina. Incluso puede darse el cumplimento exacto  materialmente  perfecto, de lo mandado por el superior  y no haber obediencia, porque uno puede cumplirlo con otros fines que no son  ni los del superior ni los de Dios.
Entonces se cumple, pero no se obedece. De aquí  que obedecer solo por afecto al superior puede ser solo un acto de afecto natural. Obedecer porque lo mandado nos agrada, es una pura satisfacción personal, Obedecer por rutina, porque lo hacen todos, es un acto a lo menos imperfecto, obedecer para cumplir el voto, para evitar el infierno,  para merecer el  cielo, para hacer penitencia, para  atestiguar ante Dios el reconocimiento de los beneficios recibidos, es un acto bueno y más o menos meritorio según sea el motivo impulsor. La obediencia santifica cada uno de estos motivos sobrenaturales.
El verdadero obediente, por la fe solo considera a Dios en lo mandado. Por la esperanza pone toda su confianza en la gracia de Dios que acompaña a todo mandato, y por la caridad  se adhiere a sola la voluntad de Dios. Así vive en una unión continua de Dios.   

 

 

240.-Obediencia de juicio.
 Los que tiene esta disposición, prescinden al punto de sus interese particulares…renuncian a su propia voluntad. (5,7)

Aquí podemos ver cómo S. Benito presenta lo que se suele llamar la obediencia de juicio.
Todo acto de obediencia debe ser antes que nada  un acto humano. De lo contrario no tendría ni mérito ni castigo. Tienen que intervenir en este acto  necesariamente la inteligencia y la voluntad del que obedece. Y tendrá que intervenir también como motivación última la fe y el amor a Cristo si se trata de obediencia cristiana. Por tanto nunca puede reducirse al cumplimiento material de lo mandado.
La verdadera obediencia ¿supone siempre el rendimiento del propio juicio? “Renuncia a su propia voluntad” dice S. Benito. A esta pregunta hay que responder correctamente para evitar inútiles angustias de conciencia y situar la obediencia dentro del ámbito que le corresponde.
Tenemos que distinguir entre juicio especulativo y juicio práctico. El juicio especulativo no es preciso siempre someterlo. Podemos seguir pensando que aquello que se nos ha mandado, no es lo mejor, o no es en abstracto la verdad.
La obediencia no se plantea en el orden especulativo, sino en el práctico. No en el orden de las ideas (Salvo cuando la Iglesia, única maestra infalible, nos propone la verdad). La obediencia está en el orden de los hechos y de las acciones.
La obediencia no obliga a pensar como el superior o a ver las cosas  como las ve sino a hacer como él manda.
Siempre habrá que someter el juicio práctico cuando haya un verdadero mandato. Ya hemos dicho que no basta con el cumplimiento material de lo mandado. Para que haya obediencia cristiana, religiosa,  hay que someter el juicio práctico,  pensando y creyendo  en fe viva, que visto todo, y dadas las circunstancias concretas, esto es en concreto lo que Dios quiere.
La obediencia no exige que veamos las cosas como no son. Pide que el monje, llegado el caso, se sitúe en el plano de la fe y sepa hacer el sacrificio de su propio juicio, aunque sea acertado y recto. Pensando sencillamente que  la obediencia no se le plantea  en el orden  especulativo, sino en el práctico.
Manifestar  a los superiores las dificultades que se encuentran para realizar lo que han ordenado, o exponerles la propia opinión  incluso contraria a lo que ellos han dispuesto,  no es falta de espíritu religioso, ni falta de verdadera  obediencia, mientras se haga con el respeto y con la disposición interna de hacer lo que manden.
Por el hecho  de que una orden  dada aparezca objetivamente menos buena y de aquí concluir que es ilegítima y contraria a la conciencia, significa desconocer de manera poco real la oscuridad y la ambigüedad de no pocas realidades humanas.
“Además, rehusar la obediencia lleva consigo a veces, un daño grave para el bien común. Un religioso no puede admitir fácilmente que haya contradicción  entre el juicio de su conciencia y el de su superior. Esta situación excepcional  comporta  alguna vez un auténtico sufrimiento interior, según el ejemplo del  Cristo mismo, que aprendió mediante el sufrimiento lo que significa la obediencia.” (ET 28)

 

241.-Prontitud en la obediencia.
 Y desocupando sus manos, dejan sin acabar lo que estaban haciendo por caminar  con las obras tras la voz del que manda, con pasos tan ágiles  como su obediencia. Y como en un momento, con la rapidez que imprime el temor de Dios, hacen coincidir ambas cosas a la vez, el mandato del maestro y la  total ejecución por parte del discípulo. Es que les consume en anhelo  de caminar hacia la vida eterna. (5,9-10)

San Benito expresa en términos claros la manera de obedecer   a la voluntad divina por parte del monje que aspira  gozoso  a unir su voluntad a la de Cristo y anhela la vida eterna.
Mejor que un comentario a este texto, es  desgranarle con atención.
Desocupándose  de todo. Las manos que están ocupadas, al mandato de la obediencia, al sonido de la campana, lo dejan todo. No terminan la cosa comenzada. Según las crónicas monásticas, no terminan la letra comenzada, y después la encuentran terminada en oro. (Copistas) Convertidas en perlas las migas recogidas en la mano sin tiempo para iterarlas por haber dado la señal de las gracias de la comida, o acudían al coro a medio afeitar. (El ser leyendas no dejan de expresar la  mentalidad de los que las escribieron)

Al mismo tiempo se levanta el pie para marchar a la voz de la obediencia,”vicino obediente  pede” que  Iñaki traduce con pasos tan ágiles  para seguir muy de cerca al que manda. La prontitud es lo que quiere resaltar de tal modo que el mandato por una parte y su ejecución por otra, se realizan en un solo instante. “Como en un momento” precisa S. Benito. Así estas dos acciones están  siempre juntas.

La ejecución inmediata de la voluntad divina, por costosa que sea  no basta. Es preciso que la orden sea ejecutada con perfección,  o sea tal como lo quiere el Señor, según el mandato recibido.
El que indique S. Benito que hay que hacerla con prontitud, no quita que hay que hacerla bien. Perfectamente, dice S. Benito. S. Ignacio decía a un hermano:” ¿Para quién barréis hermano mío? Para Dios, mi Rdo. Padre. A lo que contestó. Si así trabajáis para Dios, mereceis una buena  penitencia,  porque no es así como se sirve a tan gran Señor.
El que tiene  la verdadera  obediencia, es decir el que ve a Dios en las órdenes que recibe y en las obligaciones propias de su cargo, pone tanto cuidado  en  las cosas más insignificantes  como en los actos más importantes, ya que tanto lo pequeño como lo grande lo considera voluntad de Dios. Nuestro Señor salvaba al mundo tanto en la cruz, como haciendo las cosas más pequeñas en Nazaret. Su vida fue hacer la voluntad del Padre, y así redimir a la humanidad del pecado.
El cumplir las órdenes con cuidado, no quiere decir que se obre con lentitud y somnolencia. S. Benito  quiere una santa agilidad en la ejecución de la divina voluntad. El mismo motivo que nos lleva a hacer bien las cosas mandadas, nos lleva a hacerlas con amoroso ardor, ya que es a Dios  a quien  servimos y él será un día nuestra recompensa. La fe, la esperanza y el amor son tres aguijones que nos estimulan  continuamente y nos hace correr  por el camino de la obediencia.
En el Prólogo ya había dejado constancia que “al progresar en la vida monástica y en la fe, ensanchado el corazón por la dulzura de un amor inefable, vuela el alma por el camino de los mandamientos de Dios”
Ver a Dios en la obediencia, es el secreto de la ejecución inmediata, de la ejecución perfecta, de la ejecución ardiente y amorosa, que quiere S. Benito sean las características de  la obediencia de sus hijos.

 

242. Rasgos de la obediencia benedictina.
 Y por eso eligen con toda su decisión el camino estrecho al que se refiere el Señor: “estrecha es la senda  que conduce a la vida.” Por esta razón no viven a su antojo, ni obedecen a sus deseos y apetencias, sino que dejándose llevar por el juicio y voluntad de otro, pasan su vida en los cenobios y desean que los gobierne un abad, (5,11-12)

S. Benito considera  a la obediencia simbolizada en la senda estrecha que conduce a la vida. (11) de la que habló Jesús en el sermón de la montaña(Mat 7,14) Luego esboza una definición con los siguientes elementos, primero de modo negativo, y después los rasgos positivos.
La obediencia negativamente, es renunciar al libre arbitrio  de la voluntad propia:”no vivir a su antojo”, “no cumplir los propios deseos y apetencias”. Esto  corresponde a la máxima que ya hemos comentado en los Insrumentos del arte espiritual:”Aborrecer la propia voluntad” (4,60) y seguramente también tiene en cuenta la máxima anterior:”No poner por obra los deseos de la carne”
Obediencia positivamente es: 1º dejarse llevar por el juicio y voluntad de otro, 2º pasar la vida en los cenobios. 3º Desear ser gobernado por un abad, 4º imitar de este modo al Señor que dijo de sí mismo:”no he venido a hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió”.
El primer elemento no necesita comentario y corresponde al instrumento “obedecer a todos los preceptos del abad” que ya hemos comentado  en 4,60. Después señala como un segundo elemento positivo para definir la obediencia, el vivir en un cenobio.
Cenobio es  la latinización de una palabra griega que significa la vida en comunidad, no el edificio material. Así aparece en los apotemas, en Paladio, Casiano, o sea en los textos que nos informan del modo de vivir los monjes del Bajo Egipto. Los pacomianos preferían hablar de “santa koinonia” aludiendo a la comunidad primigenia de Jerusalén, descrita en los  Hechos. S. Basilio desconoce totalmente  el termino cenobio y usa  invariablemente la palabra “fraternidad” para designar al conjunto de hermanos que viven en comunidad.
El vivir en un cenobio implica también sujeción a una regla. Tenemos por tanto los tres rasgos que se caracterizan los cenobitas y que encontramos en el primer capítulo de la Regla. “militan bajo una regla y un abad.”
En el tercer elemento, desear ser gobernados por un abad, se descubre el carácter libre y voluntario de la obediencia, por eso en otro lugar dirá que la obediencia es un bien (71,1) por lo tanto algo deseable. Pero sobre todo lo que la hace tan deseable, es el cuarto elemento que hemos hablado anteriormente: el seguimiento o imitación de Cristo. Mañana D.m. lo consideraremos.

 

 

243.-El obediente, imitador de Cristo.
 Ellos son los que indudablemente imitan al Señor que dijo de sí mismo: “No he venido para hacer mi voluntad, sino la de Aquel que me envió” (5,13)
Ayer señalaba que este 13 párrafo es el cuarto elemento  que S. Benito enumera como rasgo propio del monje obediente.
Toda la vida de Cristo tiene un sentido ejemplar y un sentido redentor. Pero de una manera muy particular se puede descubrir este doble sentido en su obediencia. Toda la vida  de Cristo lleva el sello de la obediencia. Más aún, toda su vida no es más que obediencia. Cumplimiento pleno y gozoso del querer del Padre.
La misma venida de Cristo al mundo según la carta  de los Hebreos, es un acto de obediencia:”he aquí que vengo para hacer tu voluntad”. Desde este momento toda su vida está regida por su obediencia al Padre. Es obediencia al Padre y nada más.
Con frecuencia recuerda con sus palabras, cual es el sentido de su vida, el móvil último de sus acciones y como vive en dependencia total, libre y amorosa respecto al Padre.
“Mi alimento es hacer la voluntad del Padre que me ha envidado y hacer su obra” (Jn 4,34). “El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre”. (Jn 5,19). “Yo no puedo hacer nada por mi cuenta”. (Jn 5,30). “He bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado” (Jn. 6,38). “Yo hago siempre lo que le agrada a El”. (Jn 8,29)
La obediencia de Cristo se manifiesta particularmente en el momento cumbre de su pasión y muerte. S. Pablo resalta el sentido y valor teológico de esta obediencia. Por ella entre en estado de “señorío” y se convierte  en la autoridad que todos tienen que obedecer en el cielo y en la tierra. (Fil. 8,9). Su muerte es un misterio de obediencia y ser bautizados en su muerte (Rom 6,3) es ser bautizados  en su obediencia,  es decir, ser sumergidos en ese proceso de obediencia que fue toda su vida y que  podemos llamar “proceso de consagración”. Este estado inicial, debemos hacerlo cada día más personalmente nuestro por actos de obediencia.
“Aunque era Hijo, por sus  padecimientos aprendió la obediencia y se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen. (He.5, 8-9) Y nosotros por la obediencia nos dejamos salvar por Dios y nos convertimos  en causa de salvación para los  demás, permitiendo Dios salvarles a través nuestro. Por la obediencia “nos unimos a la voluntad salvífica de Dios” (PC 14) Entramos más decididamente y con mayor seguridad en su designio de salvación (ET 25)
Romper  la obediencia es dejar de ser instrumento de salvación, por eso, sin obediencia no es posible la misión del religioso, ya sea contemplativo o como apostólico, porque es servicio de salvación sobrenatural.
La obediencia de Cristo es  ejemplar y esencial mente redentora. Nos salva por su obediencia al Padre y se convierte en modelo supremo de toda verdadera obediencia cristiana.
Durante su vida mortal obedeció no solo al Padre, sino a los hombres, es decir a mediaciones humanas. Vivió sometido a sus padres, pagó el tributo del templo, obedeció a las autoridades de Israel e incluso al tribunal que lo condenó.
La obediencia de Cristo brota de su virginidad. Es decir  de su consagración de amor total al Padre. La obediencia  nace del amor y el amor se expresa  y comprueba en la obediencia, en el cumplimiento fiel de su voluntad. “El mundo ha de saber que amor al Padre y que obro según el Padre me lo ha ordenado” (Jn 14,31) “Si me amáis, guardareis mis mandamientos” (Jn 15,21)
El misterio de obediencia cristiana y por lo tanto también la monástica, solo se entiende desde Cristo que obedece al Padre directamente y también  a través de las mediaciones humanas.
En el Padre todo es “paternidad” es decir todo es amor, sus mismos mandatos son amor, su autoridad es amor. Y de ese amor “fontal” proviene el designio de salvación que el Padre formó en Cristo. Todo el plan de salvación del  Padre se cumple en Cristo, más  aún Cristo mismo es el plan de salvación, la salvación integral del hombre, la salvación misma en forma sacramental. Y lo es obedeciendo al Padre. Nos salva por su obediencia hasta la muerte de cruz. (Fil. 2,7) Por su obediencia somos justificados (Rom 5,19) y su obediencia es cumplimiento de la voluntad salvadora y de los planes salvíficos del Padre.
Por esto tenemos que volver continuamente a Cristo para entender la obediencia y la autoridad en la Iglesia. Jesús vive la obediencia como aceptación filial de la voluntad del Padre y como realización  de la salvación. Jesucristo mismo es el plan salvífico del Padre, la encarnación perfecta de su designio de salvación de los hombres.
Cristo tiene conciencia clara de su misión y sabe perfecta hete  que su presencia  en el mundo es cumplir la voluntad del Padre. Para esto ha venido. Y sabe que la voluntad del Padre es amor.
Hemos hecho referencia al sentido ejemplar de la vida de Cristo y en concreto de su obediencia. El hecho de que haya vivido en total obediencia al Padre, incluso a través  de mediaciones humanas, es para nosotros no solo principio de salvación, sino también invitación y urgencia. Toda la vida de Cristo es revelación y no solo su palabra, y es expresión de la voluntad del Padre sobre nosotros.
El mensaje evangélico es el anuncio del Reino y de los planes  salvadores  de Dios para con  nosotros. Y si algo se nos pide, es una disponibilidad total, una actitud de alma abierta.

 

 

244.-Cualidades de la obediencia cenobítica.
 Pero  incluso este tipo de obediencia solo será grata a Dios.
 (5, 14)
En  esta última parte del capítulo 5º  insiste  S. Benito en las cualidades que tiene que tener la obediencia cenobítica para que sea agradable a Dios, párrafo que hoy nos detenemos. Y añade  con un matiz muy  humano “dulce para los hombres.”
Es el mismo Dios por medio de las Escrituras declara cómo le agrada la obediencia. A Saúl que creía que debía ofrecer un sacrificio en ausencia de Samuel, respondió el espíritu Santo por boca de Samuel:”Mejor es la obediencia  que las víctimas”. Lejos de agradar a Dios, el sacrificio del rey desobediente atrajo sobre él el castigo.
Dios manifiesta  su predilección por la obediencia mediante las promesas que hace  y por las gracias que la acompaña. Así dice: “el varón obediente cantará victorias”. Siempre triunfará, porque siempre  tendrá la gracia de Dios con él.
Finalmente  son muchos los milagros que se relatan en la vida de los santos, fruto del agrado del Señor por la obediencia. Y son muchas las leyendas que se conservan en las crónicas de los monasterios,  señales de la convicción que ha tenido siempre los monjes, de cuanto agrada al Señor la obediencia.
S. Gregorio dice como por los sacrificios, se inmolaba la carne de otros, pero por la obediencia se inmola la propia voluntad, que es la que quiere Dios. Quiere el corazón. “No quiero tu don sino a ti”, dice el Kempis.
En otras virtudes no damos más que una parte de nosotros mismos, por la obediencia se da el hombre entero, por eso las demás virtudes son gratas a Dios cuando terminan o están marcadas por la obediencia. La humildad no es nada, no puede darse sin obediencia, la mortificación que no entrega la voluntad propia, no merece el nombre de mortificación. La misma fe, esperanza y caridad, no tienen consistencia si no se traducen en actos de obediencia.
Nada es más grato a Dios que el cumplimiento de su santa voluntad, o mejor dicho, nada puede agradarle fuera de su voluntad.
Cumpliendo la voluntad de Dios, le damos lo que es más santo, más glorioso, más grande para Él. Y esa voluntad se nos manifiesta ordinariamente por la obediencia. Un pequeño acto de obediencia, de fidelidad a la voluntad de Dios manifestada por la regla, aunque desconocido por los hombres, es más agradable a Dios y más meritorio y glorioso que todo lo que podamos hacer por voluntad propia.
En nuestra soledad podemos trabajar eficazmente e incluso más eficazmente por la gloria de Dios y la salvación de las almas, si hacemos la voluntad de Dios en nuestro vivir ordinario, como lo hacían Jesús y María en Nazaret. Podemos ofrecer  por las almas lo que hay de más grande: el cumplimiento de la voluntad divina.

 

 

245.-Obediencia grata a los hombres.
 Pero  incluso este tipo de obediencia solo será grata a Dios y  dulce para los hombres, cuando se ejecute lo mandado sin miedo, sin tardanza, sin murmuración, sin protesta. (5,14)

Este párrafo lo dividimos en tres partes. Ya comentamos la primera, la obediencia grata Dios. Hoy nos detenemos en la segunda parte, y grata a los hombres. Es un matiz de humanidad que S. Benito señala como propio de la obediencia. En la tercera parte señala las cualidades que ha de tener para que sea grata a Dios y dulce a los hombres.
Esta dulzura para los hombres que augura Benito, se ha de entender tanto para el que manda, como y sobre todo para el mismo  obediente.
La obediencia embalsama el pasado de paz. Pues ella nos une a Dios y nos hace miembros  de la familia divina. Jesús ya lo dijo: ¿Quién es mi hermano, quien es mi madre? El que hace la voluntad de mi Padre, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre.
En efecto, el acto de obediencia no es otra cosa que la paz hecha con Dios. La desunión de voluntades es lo que separa el alma de Dios. Desde que las voluntades divina y humana se unen formando como una sola voluntad, existe la paz. La obediencia sobrenatural y amorosa asegura al monje la gracia de Dios. Poder decir con sinceridad: “Dios mío, yo quiero obedeceros en todo para complaceros”, es un acto de amor perfecto.
Es también dulce para el presente. En  la obediencia estamos felices, pues no tenemos que buscar el camino que conduce a Dios, no hay que inquietarse para buscar los mejores medios para adquirir las virtudes. Basta seguir la voluntad de Dios que se le ha manifestado.
La voluntad descansa con la obediencia y por la obediencia, todas las otras facultades se encuentran en un reposo completo. Para comprobarlo no tenemos más que consultar la propia experiencia,  para darnos cuenta de la  paz que se goza cuando uno  se abraza plenamente a la voluntad divina.
Es también seguridad para el porvenir. Siendo el Señor un guía sabio y seguro, siendo quien más nos ama, estamos seguros que el camino elegido por él será siempre el mejor, el más derecho, el más ventajoso para nosotros. Abrazados a la obediencia, hacemos lo que más nos ayuda a santificarnos ya que Dios no puede contradecirse a sí mismo.

 

 

246.- Cualidades de la obediencia.
Pero incluso este tipo de obediencia solo será grato a Dios y dulce a los hombres, cuando se ejecute lo mandado sin miedo, sin tardanza, sin murmuración y sin protesta (5,14)

Vemos en la tercera parte de este párrafo las condiciones  de la obediencia para que sea grata a Dios y dulce a los hombres.
La primera condición  que indica es evitar la vacilación. Se vacila cuando uno  duda si tendrá las fuerzas necesarias  para ejecutar lo mandado, cuando se busca un pretexto para no realizarlo o hacerla menos dura.
Vacilar así es falta de fe, de confianza y de amor. Se vacila porque no tenemos la suficiente fe para ver la divina voluntad en la orden recibida, o porque contamos demasiado con nosotros mismos  o  poco con Dios. Así la obediencia  nos parece imposible.
Después de hacer las observaciones pertinentes y prudentes, debemos tener  plena confianza en el auxilio del Señor. En el fondo la vacilación proviene de la falta de amor a nuestro Señor. Dudamos en ofrecerle el sacrificio que se nos pide.
En segundo lugar  dice evitar la tardanza. Esto es obedecer, sin lentitud. A no ser que haya una  imposibilidad absoluta o prudente, hay que dejar  lo que se tiene entre manos cuando constatamos que el Señor nos expresa de alguna manera su voluntad.
La lentitud adormece la voluntad, fomenta la rutina, produce  fastidio, disminuye el mérito, escandaliza a los hermanos e introduce el desorden en la comunidad. Pero sobre todo es una falta de amor al Señor por la falta de abnegación mostrada en su servicio.
Para evitar la lentitud, no hay que caer en la precipitación que lejos de ser una virtud, es más bien un fruto de la naturaleza y fomenta la disipación.
En tercer lugar evitar la tibieza.  En algunos momentos pueden darse obediencias muy duras. Todas las repugnancias se despiertan a la vez en mandatos penosos e inesperados. (Ejemplo de SS. Isaac y compañeros jesuitas, mártires en Canadá) Todo parece perdido pero es el momento más grandioso para la gracia. Abrazados al crucifijo, aceptamos toda la cruz, y es el momento de un gran paso en el camino de la santidad.
No es la satisfacción propia, sino la voluntad de Dios lo que se busca en todo y siempre.
Sin murmuración sigue diciendo S. Benito. La murmuración consentida no es una  observación hecha  prudentemente, sino un descontento de la naturaleza ante una orden recibida, una queja  que la flojedad o el orgullo nos hace formular, bien exterior, bien interiormente.
Si la murmuración es exterior, es una  injuria hecha al mismo Dios, pues la obediencia prestada a los superiores, dice s. Benito es prestada al mismo Dios. Según S. Juan Crisóstomo, la murmuración es un pecado que se acerca a la blasfemia.  La murmuración exterior es también un escándalo para  la comunidad, cuya paz, unión y caridad, pueden destruir.
Si la murmuración  es interior, no es menos una ofensa a los ojos de Dios que ve el corazón. Y según sea más o menos consentida, mas o menos acre  contra la autoridad, arruina en ese mismo grado el espíritu sobrenatural de la obediencia. (Sta. Teresa de Jesús es durísima contra esta falta)
 Y por último, dice S. Benito que hay que evitar la resistencia. El decir abiertamente “no quiero” es una falta que no se da  frecuentemente. Esto sería una desobediencia formal que  lleva consigo desprecio de la autoridad, y es siempre  falta grave, cualquiera que sea la materia. Porque el pecado no consiste tanto en la trasgresión de la orden recibida como el orgullo lanzado hasta la rebelión.
Hay que tener  cuidado para no caer en una rebelión simulada. Responder  con señales de desprecio,  formular en el interior la intención de no obedecer, simular que no se ha oído o comprendido la orden, para así retardar la ejecución, no es otra cosa que una resistencia más o menos disimulada.
Por el espíritu de familia que tiene que vivir la comunidad, tenemos el peligro de  olvidar la debida cortesía que no tienen que ver nada  con el verdadero espíritu de familia.    

 

 

247.-Obediencia gozosa.
 Y los discípulos  deben ofrecerla de buen grado, porque Dios ama al que da con alegría. (5,16)

S. Benito después de indicar las notas que hay que evitar en la obediencia  para que sea grata a Dios y señala con un tinte de humanidad, dulce a los hombres, indica las disposiciones positivas, agrado y contento, y el motivo que argumenta, es porque Dios ama al que da con alegría.
“Cum bono animo”, de buen grado, pensamiento importante que intenta penetrar  hasta el corazón del monje
El superior no ve el interior y se le puede engañar. La mirada de Dios por el contrario entra hasta lo más hondo del ser humano y ve las disposiciones de la voluntad.
La obediencia exterior no basta en el plano espiritual, si el acto no va acompañado de la buena voluntad profunda y sincera del que obedece. La obediencia aquí se interioriza y alcanza los senos más íntimos de la persona.
De todos los defectos que desvirtúan e incluso aniquilan el valor de la obediencia  y por consiguiente deben evitarse a toda costa, el peor  como ya dijimos últimamente, es la murmuración, pues llega incluso a destruir la mejores comunidades si algún hermano da pábulo a este mal  y es lo más contrario a la disposición que quiere S. Benito que tenga su discípulo: “bono animo”.
Se pueden tener grandes revueltas interiores. Pero la voluntad es la señora  y niega todas las salidas al malhumor y la murmuración. El alma permanece tranquila en  la parte superior.
Cierto que es un grado el menos perfecto, `pero a veces es muy meritorio, y el Señor puede permitir  que pasemos largo tiempo en estas repugnancias para purificarnos y así también acrecentar la virtud. No hay que desfallecer, no exhorta S. Benito y un día nos sentiremos dichosos de haber podido sufrir un poco.
Una religiosa que había obedecido cordialmente durante toda su vida a pesar de horribles repugnancias, exclamaba a en la hora de la muerte: “Dios mío voy a comenzar a gustar las dulzuras de hacer vuestra voluntad, pues bien poco las he gustado  durante mi vida.”
El amor es el tinte más brillante de la obediencia monástica del hijo de S. Benito. El monje obedece por amor. La obediencia le emancipa de la tiranía de  la propia voluntad y le pone en el camino seguro de paz y mérito, de virtud.  Obedecer por amor a Dios, no por las cualidades que pueda  encontrar en el superior.  Y juntamente, obedecer con alegría:”bono animo”. Se trata de una alegría sobrenatural que tiene su principio  no en las satisfacciones de la naturaleza, sino en el cumplimiento de la voluntad de Dios
La razón que nos propone S. Benito para obedecer con alegría es porque Dios ama al que se entrega con alegría, como dice la Escritura. Cuanto más gozoso es el sacrificio, más agrada a Dios  porque la alegría es el fruto del amor.
Aun  en las repugnancias que puedan encontrarse en el fondo del corazón, nunca deja de enjugar nuestras lágrimas con sus consuelos.
Después de la paciencia en la prueba, se apodera del alma un vigor sobrenatural y  encuentra delicias incluso en la renuncia. Así lo afirmará en el 4º grado de humildad. Cuando más crecen las dificultades, más aumenta la  alegría. Heridos en una mejilla, presentan a otra. Llamados  a un sacrificio, se corre a un segundo.
El Señor es el que enseña el camino que conduce a esta alegría divina, y da fuerzas para caminar generosamente por esta senda.

 

248.- Castigo del que murmura.
Él discípulo que obedece de mala gana y murmura, no ya conla boca, sino con solo con el corazón, aunque cumpla materialmente lopreceptuado, ya no será  agradable a Dios, pues ve su corazón que murmura y no conseguirá  premio alguno de esa obediencia es más cae en elcastigo correspondiente a los murmuradores, si no se corrige y hace satisfacción (5,17-19}

  En oposición a la obediencia de buena gana "bono animo" que decía el párrafo anterior, ahora hace una descripción de una obediencia de mala gana.
                        Una tal obediencia no es virtud, porque obedecer después de largas dilaciones, haciendo tiempo hasta que no puede diferirse más, obedecer con reservas, restricciones, a disgusto y como a remolque manifestando que se arrastra el yugo y que se le lleva de mala gana. Obedecer después de largas representaciones y de mil y una dificultades. Obedecer hasta cierto punto y solo en ciertas cosas. Todo esto quiere decir que no se obedece, y el monje que así se porta, no tiene virtud alguna de obediencia. Obedecer a la manera de un esclavo, que habiendo perdido la libertad, se somete a sus señores por temor al castigo.
                        Obedecer con estas notas, es negarse a dar su voluntad y querer no obstante aparecer como que se entrega. Esto es un acto de hipocresía. Ante los superiores y los hermanos pasar  como obediente. Pero ante Dios que ve el fondo de los corazones esta sumisión exterior no pasa de ser una hipocresía, pues toda la fuerza de la virtud esta  en la voluntad, no el acto  externo. En esta obediencia de mala gana no hay entrega de la voluntad y  por lo tanto no hay virtud.
 También advierte S. Benito que una obediencia as¡ no alcanzar ninguna gracia. Todo acto virtuoso tiene su recompensa en este mundo con el aumento de gracia, y en el otro por la gloria. La menor acción ejecutada por Dios en estado de gracia, hasta dar un vaso de agua, aumenta la gracia  santificante y atrae nuevas gracias actuales.
                   Como la obediencia forzada no es virtud, no puede agradar a Dios y  por tanto lejos de aumentar la gracia, la aleja, nos debilita.  En la Escritura vemos como algunos episodios los presenta como  castigos del Señor. Así María es castigada con la lepra, y muchos israelitas fueron mordidos por las serpientes venenosas y murieron por murmurar contra el alimento del desierto.
                   Por haber murmurado contra Dios, todo el pueblo hebreo, excepto Caleb y Josue‚ fueron condenados a morir en el desierto sin entrar en la Tierra Prometida.
                    Cuantos monjes pueden estar vegetando en su vida en un desierto  sin llegar nuca a la tierra prometida de la unión con Dios porque no se han entregado cordialmente a Dios por la obediencia. .

 

249.-Fundamento bíblico de la obediencia. (5)

Terminado el examen del texto de S. Benito sobre la obediencia, es interesante resaltar el fundamento bíblico en su conjunto, tal como aparece en este capitulo
La doctrina sobre la obediencia la fundamenta en tres textos bíblicos. El  primero en el salmo 17,45,  “Nada más escucharme, me obedeció”.
En este primer texto Cristo se alegra de la pronta  obediencia del monje. “Nada más escucharme.” En realidad a quien escucha el monje es  al superior.  Pero en la mente de S. Benito y según el cap. 2,2, el abad es el “vicario de Cristo” y quien escucha y obedece al abad, escucha y obedece a Cristo.
 Como se ve es una aplicación acomodaticia  del versículo del salmo, aunque probablemente para S. Benito y sus contemporáneos acostumbrados  a oír a Cristo expresándose en el salterio, tuviera un valor  de mucho mas peso, que para nosotros  que estamos como saturados de exégesis  literal.
Los otros dos texto, podemos decir que son clave: el de Lucas y de Juan.
Lucas en 10,16 dice:”Quien a vosotros escucha, a mi me escucha”, frase que la RB cita en los párrafos 6 y 15. En el primero lo aplica a los “doctores”, en el segundo a los superiores. El abad según la RB habla de dos maneras en nombre de Cristo. En calidad de “maestro” y en calidad de “superior”.
Nos podemos preguntar con qué derecho se aplica al abad un texto que Jesús dirige, no a unos hipotéticos doctores o superiores  religiosos, sino que lo dirige a sus discípulos enviados a  predicar en su nombre.
Es de notar que Casiano nunca se sirve de este texto para fundamentar la  obediencia monástica. Pero para él resulta evidente la legitimidad de los ancianos como representes  de Cristo, sea debido a su teoría de los orígenes apostólicos de cenobitismo, sea como parece más probable, a causa del carisma que los ancianos poseían.
Para S. Benito como para el Maestro, les basta que el abad sea  un auténtico doctor, es decir uno de los pastores que rigen  una comunidad cristina, sea esta iglesia o monasterio, para que la promesa de Cristo se realice en su persona.
El texto de Juan  6,38, dice:”No  he venido a hacer mi voluntad, sino la de Aquel que me envió”. Este texto tiene un carácter enteramente diverso. El Señor en este texto no manda, sino que obedece. Y esta frase se aduce como ejemplo de obediencia. Los tratadistas de espiritualidad monástica la citan a porfía: Basilio, Casiano, Fausto de Riez…Es de advertir que tienen una variante en el texto evangélico diciendo “non venit” en lugar de “descendit de coelo”. Esto demuestra el carácter tradicional de esta cita.
Por estos textos vemos como la RB hace resaltar la figura de Cristo como aquel a quien se obedece aduciendo el texto de Lucas en 10 y 16, y a la vez como aquel a quien se imita obedeciendo en el texto de Juan. O sea Cristo representado a la vez por el abad que ordena y  por el monje que cumple lo ordenado.
Ambos aspectos de la obediencia, mandar y obedecer, tiene su  fundamento último en Cristo, pues el abad no podría exigir una obediencia absoluta sin estar autorizado por Cristo. Y por otra parte, la obediencia que se le presta no es menos cristológica, ya que está inspirada en el amor a Cristo (2) y en imitación de Cristo. (13)
“Cristo parece por tanto en el maestro como en el monje, puesto que es el mismo, el Logos que legisla  y el Siervo humillado.” (H U von   Balthasar)

 

250.-Reflexión sobre la obediencia. (5)

Una vez comentado el texto de la RB  En su interpretación tradicional, vamos a reflexionar desde algunos otros puntos de vista que  no estuvieron presentes en la mente de S. Benito cuando lo escribió, pero que ha desarrollado posteriormente la teología de la vida religiosa, sobre todo en estos últimos cuarenta  años. Así podremos ver el texto benedictino iluminado con estos nuevos enfoques.
En primer lugar veamos el fundamento antropológico de la obediencia. ¿Se pueden buscar fundamentos antropológicos de la obediencia religiosa?
Sólo desde la fe puede verse la obediencia religiosa, pero la reflexión filosófica ayuda a aquilatar la idea de obediencia.
Uno de los rasgos distintivos de nuestra cultura es el culto a la libertad personal. La libertad se entiende sobre todo como independencia, como ausencia de coacción externa, física o social, como capacidad de autodeterminación.
La libertad personal es un derecho  fundamental irrenunciable, que se traduce  en la exigencia de  autonomía moral. Desde Kant  a finales del siglo XVIII, sobre todo en la Ilustración, hasta nuestros días hicieron de la autonomía uno de los rasgos distintivos de la experiencia moral. Idea que se ha adoptado casi de modo universal y se ha entendido como la capacidad  moral del sujeto para  autodeterminarse, es decir adoptar por si mismo sus propias normas de comportamiento, su propio universo de valores.
En este clima se ha extendido  con facilidad la idea de que el carácter autónomo  de la ética, se opone al carácter heterónomo de la  religión.
Mientras desde  la ética se  elige por si mismo sus principios  prácticos, su universo de valores, su proyecto de felicidad, en el ámbito religioso se daría una situación inversa. El hombre se somete a un poder superior y exterior a él mismo, lo que supone  una renuncia más o menos explícita a su propia libertad, a su capacidad de autodeterminarse, de su autonomía. Y una expresión clara de esta heteronomía, seria  el voto religioso de obediencia por el que el individuo renuncia a su propia voluntad para hacer aquello que le dicen otros, en nombre de Dios.
Con esta mentalidad tan extendida en nuestra cultura, es difícil encontrar los  fundamentos antropológicos de la obediencia religiosa
Por ello algunos consideran la obediecia religiosa como una actitud fideista, irracional y heterónoma, irreconciliable  con la autonomía moral que caracteriza la cultura secular  de nuestro tiempo.
La actitud fideista de algunos como Tertuliano, la dejamos de lado siguiendo la corriente clara del cristianismo desde sus orígenes y que encontramos en toda su historia (S. Agustín, S Anselmo, Sto. Tomas, S. Nicolás de Cusa, la escuela de Salamanca), hasta nuestros días.
Según esta posición la razón y la fe no son actitudes contrarias entre sí, de modo que el  adoptar una de ellas suponga renunciar a la otra.
La fe tiene fundamentos racionales, por más que los contenidos revelados superan las posibilidades de  demostración racional. La razón por su parte, sería el modo humano de estar en el mundo, que es un modo esencialmente abierto y por lo tanto  abierto también a la revelación religiosa.
Nuestro tiempo y cultura rinde culto a la libertad. Y es que la libertad es  algo irrenunciable. Es un atributo irrenunciable del ser humano, fundamento de su dignidad. Renunciar a la libertad sería negarse a si mismo, renuncia a su propia relación humana. En algunos ambientes, principalmente eclesiales se ha puesto mala cara a la libertad humana, no se acepta o de mala gana el riesgo de la libertad.
Pero hay que matizar la esencia de la libertad humana. Y sin reticencia, pues es irrenunciable, señalar sus límites reales y los cauces de su desarrollo para bien del hombre. Solo así se puede demostrar que la obediencia no es una actitud que niegue la libertad y la autonomía humana, por el contrario la supone necesariamente, porque de hecho, solo un ser libre está sometido a deberes y solo él es capaz de obedecer.
Pero al hablar de la libertad del hombre, es preciso hacer algunas matizaciones o distinciones.
Libertad ontológica. Consiste en que el hombre no está condenado  a una sola forma de ser como ocurre en el reino animal, sino  abierto a muchas otras formas de ser.
La libertad ontológica, o apertura estructural a muchos posibles  modos de ser abre el camino a la libertad sicológica. Es la libertad en sentido estricto.  Es la característica esencial de la voluntad por la que el hombre  es capaz de hacer reales situaciones anteriormente no existentes y que previamente se  han presentado como posibles.
Y la libertad moral, en la que el hombre no la tiene originalmente, pero que puede adquirir.   Consiste en que el hombre pueda actuar libremente, no solo  sobre su entorno, sino también sobre sí mismo, modificando hasta cierto punto sus inclinaciones, sus deseos e incluso sus motivaciones, renunciado a ellas en aras de metas más elevadas.
Por medio de la educación el ejercicio y el ascetismo, puede el hombre dominar sus inclinaciones espontáneas y modelar así su propia alma. En esta línea se sitúa el esfuerzo  o la virtud. De este modo puede liberarse  hasta cierto punto de algunos mecanismos naturales y elevar su mirada más allá de sí mismo.
La libertad humana  es real, pero  finita. Por ser real, presenta determinadas cualidades  positivas  o negativas,   que le invita a querer o no querer, ofreciéndole motivos para querer. Este es el momento decisivo en la comprensión de la libertad humana.
El hombre para poder querer, es decir para realizar un acto efectivo de voluntad, necesita  apoyarse en motivos para querer. Estos motivos le ofrecen los valores que esos posibles objetos, presentan.  Es la voluntad la que determina desde sí misma la volición. Por ello, no puede determinarse, si no dispone de  motivos, que no fuerzan la decisión, pero que  ofrecen la base en que apoyarse  para querer.
Los motivos pueden ser subjetivos (un deseo, una inclinación, una necesidad) u objetivos (la bondad intrínseca de lo querido, la justicia, el amor) pero su referente necesario siempre es el valor objetivo (hedónico, vital, estético o religioso) que la situación querida presenta en sí misma.
El mundo moderno ha hecho un esfuerzo de liberación consistente en la progresiva racionalización de la naturaleza y de la sociedad. Pero  ha puesto tanto el acento en valores de liberación de coacciones  externas naturales y sociales, que  ha subrayado principalmente el aspecto negativo de la libertad como indeterminación y ha tendido a olvidar su aspecto positivo, como capacidad de autodeterminación, y su aspecto moral como auto superación  motivada por valores superiores.
Por esto ha tendido a considerar todo lo referente al objetivo de su libertad, el orden  jerárquico de los valores, las exigencias morales incluidos los mandamientos divinos, no  como posibilidades de autorrealización en la línea de la virtud,  sino como puras coacciones de la  libertad negativa.
Las afirmaciones positivas del mundo moderno se han hecho  muchas veces a costa de negaciones de la libertad moral y de algunos olvidos. Uno de estos es que el esfuerzo por la libertad no empezó en el mundo moderno, sino que este es deudor de un esfuerzo secular, sin el cual la modernidad no habría sido posible. Ya en Grecia, el poderoso desarrollo de la razón frente a la realidad mítica es un paso decisivo en esta dirección, y sobre todo el cristianismo con su concepción personalista del hombre  y de Dios, su comprensión del mundo bueno en su integridad, creado por Dios de la nada y que le vacía de dioses, para hacer de él el lugar del hombre, imagen de su creador.
 La sustantivación de la libertad humana en el horizonte bíblico se refleja en la concepción del mal como pecado, como algo esencialmente ligado a la responsabilidad humana y no al destino ciego. El cristianismo inaugura  una visión abierta del mundo y del tiempo que ya no será un retorno de los ciclos naturales y del destino inexorable.
El hombre abierto a la obediencia. El ser humano es estructuralmente racional y libre y por eso es autónomo. Es racional, capaz de ver y comprender por si mismo. Como libre, capaz de tomar decisiones y autodeterminarse. Una y otra cosa aunque sean  limitadas y falibles, no le quita nada de su realidad.  
Comprender la motivación de una acción libre  es comprender su  “porqué” su racionalidad interna. Los valores implicados en determinadas cosas, situaciones, etc. son los  que nos motivan a quererlas. O sea que nos ofrecen razones para quererlas o rechazarlas. Si  no hubiera valores y cosas  valiosas, nuestra  voluntad permanecería inerte ante el mundo, en estado de total abulia, incapaz de desear ni querer nada. Y gracias a que los hay, nuestra vida  práctica está dotada de sentido.
Como se ve, la autonomía  moral, rectamente entendida no se compagina con el subjetivismo. Como la razón no crea la verdad, sino que la descubre, la libertad no crea el valor, sino que lo descubre y se apoya en él  para tomar decisiones.
En la misma racionalidad humana, teórica y práctica, descubrimos  ya una actitud obediencial. La exigencia de plegarse a la verdad y al valor.
Existe por tanto una obediencia  que podemos llamar  natural, que consiste en la apertura de espíritu  a la verdad y al valor. La misma palabra obediencia en su etimología, indica  esta apertura racional ligada a la escucha.
¿Es suficiente esta base antropológica para explicar la obediencia religiosa? Aunque la razón y la fe no se contradicen, tampoco se reducen la una a la otra. En la obediencia religiosa, con la que el consagrado trata de cumplir la voluntad de Dios obedeciendo a los hombres, existe un “plus” que trasciende la sumisión a la bondad y al valor. No se puede explicar la obediencia  religiosa, sin la  experiencia de encuentro personal con la fuente de la verdad y el valor, con el Dios que se ha encarnado en Jesucristo.
La mediación humana de la obediencia religiosa se funda en la experiencia del Dios hecho hombre, en la fe, en la que la humanidad de Cristo es la visibilidad humana  de Dios.
Vale aquí la idea de la autonomía mediada, pero con la salvedad de que la mediación no procede de solo del gran prestigio y autoridad moral de la persona que ejerce la autoridad,  sino de la fe en la encarnación del Verbo  que prolonga su  presencia en la Iglesia por el Espíritu Santo. Algo que solo en fe se puede aceptar.
La obediencia religiosa  asumida por una persona autónoma y verdaderamente libre, puede ayudar a sanar el moderno subjetivismo en la comprensión de la libertad y manifestar  proféticamente  que la verdadera libertad se realiza en la apertura, la escucha y la acogida  de las exigencias de la verdad y del bien. No es posible el capricho que se somete al dictado de sus inclinaciones, sino el que poseyéndose a sí mismo, es capaz de hacerse disponible para empresas y valores más grandes que la propia vida.

 

 

251.Algunos matices de la obediencia. (5)


No intento convertir el comentario capitular de la regla, en una exposición o estudio  de la obediencia. Pero sí señalar   algunos matices que ciertamente necesitarían más puntualización Solo pretendo hacer algunas reflexiones con la finalidad de ayudar a vivir este  modo concreto de seguir a Cristo, obediente al Padre. Me guío por un trabajo que hice hace más de treinta años sobre este tema.
La obediencia tal como tradicionalmente se entendía, en el Catecismo de los Votos, y así la estudié en mis tiempos de formación, no se puede afirmar que fuese  algo igual a santidad.
Según el Catecismo y la teología  de la vida religiosa de aquella época, este voto se ejercitaba cuando uno obedecía en virtud de santa obediencia.  Y ¿cuantas veces un religioso obedecía en virtud del voto de obediencia? Ya que si a un religioso le mandaban así, había que sospechar que no andaba nada bien su obediencia. Si la obediencia fuese tal como se describía, se podía pasar toda la vida sin haber ejercitado este voto ni una sola vez, a pesar de ser el más fundamental de todos.
Ya hemos comentado los tres versículos en  los que la RB fundamenta la obediencia. Actualmente se expone más ampliamente.
No se pretende buscar unos textos evangélicos que expresamente  se refieran a la vida religiosa, y en este caso concretamente a la obediencia.  
La obediencia, como toda la vida religiosa, partiendo del evangelio, se ha ido desarrollando a través del tiempo, hasta llegar a las formas actuales. Para ello prescindiendo de las formas que se ha revestido en el correr de los tiempos, buscamos cual es su  contenido esencial.
Los teólogos no han llegado a una unanimidad en esta materia, pero parece ser que la opinión más seguida  y con mayor fundamento es que el contenido de la obediencia  se identifica con la totalidad del proyecto de la vida religiosa libremente aceptado. O sea toda la vida religiosa libremente aceptada. Y el contenido que tiene este seguimiento de Cristo es el contenido de la obediencia. Es la obediencia de Cristo al Padre.
De aquí que las Ordenes antigua, como la nuestra, solo se exprese en la profesión el voto de obediencia. Cierto que actualmente se sostiene que la pobreza y  castidad, están comprendidas en el voto de conversión de costumbres. Pero Ordenes como los dominicos que no hacen el voto de conversión de costumbres, con el de obediencia expresan la totalidad de la vida religiosa.
Para realizar el sacrifico a Dios, del que habla el PC 14, se necesita  una mediación humano-eclesial. Esta mediación es la Iglesia, y dentro de la Iglesia la Regla interpretada por las Constituciones, que están aprobadas por la Iglesia. Y después los superiores, desde el Capítulo General, hasta el superior local.
La obediencia por tanto se identifica con la totalidad del proyecto de la vida religiosa. Es el fundamento de la vida religiosa y como tal, tiene que contener en sí los elementos esenciales y fundamentales de la vida religiosa que se desprenden del evangelio: la renuncia voluntaria de los bienes, la virginidad consagrada,  la vida común y demás elementos evangélicos de la vida religiosa.
Para entender el misterio de la obediencia cristiana, dentro del cual está la obediencia religiosa, que es una modalidad de la obediencia cristiana, tenemos  que remontarnos a Cristo
El misterio de obediencia de Cristo es esencial en el proceso de su consagración y de su anonadamiento. Así lo afirma S. Pablo en Fil. 2,8.  Porque obedeció hasta la muerte, por eso fue exaltado.
Hay que partir también de Pentecostés. El Espíritu se comunica a la Iglesia entera  y desde ella a cada cristiano, convirtiéndose en una nueva ley del Reino.
También es fundamental comprender el concepto de misión, para así  comprender la obediencia tanto en la Iglesia como en la vida religiosa. Como entroncarnos en la obediencia al Padre.
El Padre envía al Hijo, que a su vez, según el evangelio,  envía el Espíritu Santo. El Espíritu envía y pone en marcha a la Iglesia y el mismo Espíritu suscita en la Iglesia y para la Iglesia  el carisma  de la vida religiosa, y de las diversas formas de vivir  los consejos evangélicos, según PC 1. Los institutos envían a sus miembros  a cooperar en la redención, en la salvación. De este modo se entronca nuestra obediencia, la misión que recibimos actualmente, con la voluntad salvífica  del Padre. Todo esto lo encontramos en varios lugares  del PC 14 y en la ET 23 y 25.
Autoridad  y obediencia constituyen dos aspectos de un mismo misterio. No podemos separarlos, y solo se entienden  desde el misterio de la Pascua. Cristo es el obediente, y por haber obedecido  hasta la muerte de  cruz, es constituido como Kirios, como Señor. Es decir, como el que tiene autoridad. (Fil. 2,8-11)
Toda la vida de Cristo tiene sentido ejemplar y redentor, pero muy particularmente  lo descubrimos en su obediencia. Desde su venida, recordemos Hebreos 10,5: “heme aquí”, pasando pro su infancia:”estaba sometido”. Y su vida apostólica en la que dice que “su alimento era hacer la voluntad del Padre”: Juan 4,34 y “siempre hacia lo que le agradaba al Padre,” Juan  8,39. Y resplandece de modo particular en la cumbre de su vida: su pasión y muerte, obedeciendo  al Padre, no solo directamente, sino a las mediaciones humanas.
Y con esto nos acercamos al punto central de la obediencia de Cristo, lo que podemos llamar la clave de su obediencia. Y que tiene que ser también la clave de la nuestra.
 

252.- De la obediencia (5)
Ayer consideraba como toda la vida de Cristo tuvo un sentido ejemplar y redentor, pero de modo especial en lo que se refiere a la obediencia. Con esto nos acercamos al punto central de la obediencia de Cristo, es lo que podemos llamar la clave de su obediencia y tiene que ser también la nuestra.
La obediencia de Cristo brota de su virginidad, es decir  de su CONSAGRACION DE AMOR AL PADRE. O sea del amor que Cristo tiene al Padre. Y cualquier obediencia  que no nazca  de ahí, no es cristiana. Así lo dice clarísimamente Jesús en el momento que sale hacia el Huerto, después de la Cena: “Para que el mundo sepa que amo al Padre y obro según el Padre me ha ordenado, levantémonos y vamos de aquí”
Va a la muerte para que el mundo sepa que ama al Padre  y que obra según el Padre le ha ordenado.
Tenemos que volvernos constantemente hacia Cristo, para comprender la obediencia y la autoridad  en la Iglesia, que no se configura como en la  sociedad civil. “No dominéis vosotros como dominan las gentes, sino el que sea mayor, sea el servidor de todos”. La autoridad y su correspondiente obediencia son distintas, radicalmente distinta, hasta  por las palabras  o términos empleados en la sociedad civil. En la Iglesia para designa la autoridad  se emplea el término diakonía = servicio. Mientras que en la autoridad civil es hierarkia = potestad.
No entramos a distinguir ahora entre obediencia y sumisión que según algunos es lo mismo, pero la opinión  más común afirma ser distinto.
Dios  nos manifiesta su voluntad de muchas maneras: palabra revelada, inspiraciones internas, los acontecimientos, la autoridad… sobre todo por la autoridad de la Iglesia. Por todos estos medios el Señor nos habla. Estos modos son expresión de la voluntad de Dios, cauces  e instrumentos de la voluntad de Díos, pero no son la voluntad de Dios. Son signos materiales expresivos de la voluntad de Dios, pero no son la voluntad de Dios en sí misma. Obedecemos a la voluntad de Dios que se nos manifiesta a través de estos signos.
Así puede suceder que la voluntad de Dios puede ser distinta de la voluntad e intenciones del superior que manda. Y no solo distintas, sino incluso contraria. Así lo vemos en la vida de Cristo, tanto en su nacimiento como en su muerte. Ni Cesar Augusto, ni el sanedrín, ni Pilatos  al ordenar lo que mandaron: el uno el empadronamiento, los otros la crucifixión, se proponían lo que Dios quería. Y Cristo se sometió a estas órdenes  y a través de ellas obedeció al Padre, que  manifestaba a su voluntad a través de  las torcidas  intenciones de la autoridad.
Esto es importante porque a veces sucede que  algún religioso puede objetar ante una orden: eso Dios no lo quiere, lo que quiere hacer el superior es fastidiarme.  Y podemos decir que se fastidia solo el que quiere. Dios puede valerse  de las torcidas intenciones de una persona que me quiere fastidiar, para purificarme a través de esa orden. Es lo que popularmente decimos que Dios escribe derecho en renglones torcidos.
También podemos sacar la consecuencia que se puede dar el cumplimiento exacto del mandato del Superior, y no obstante no obedecer. Cuando al cumplir lo mandado, se hace por otros fines distintos de los que  tiene Dios y el superior. Así si ante una orden se obedece para congraciarse con el superior, y poder sacarle algún permiso que de otra manera no conseguiría, o ganarme su estima. Estoy haciendo lo mandado, pero no obedeciendo. No busco ni lo que Dios ni el Superior quiere de mí. Se cumple lo mandado pero no se obedece.
Como ya hemos dicho obedecer tiene su origen etimológico de un  verbo griego que significa escuchar. Escuchar a Dios que por los medios ya indicados, habla.  La criatura escuchar la palabra de Dios, acepta y actúa  libremente en esa dirección y entonces se da la obediencia.
De esto se deduce que la obediencia evangélica es escuchar, aceptar  la palabra de Dios que por alguna mediación nos habla.
Esto de suyo no tiene ninguna dificultad. Es algo constructivo en el hombre el poder  recibir y comunicar. La dificultad está en las disposiciones de las personas que dialogan. Así lo expresamos cuando decimos: con tal persona  me entiendo o no me entiendo. En tal ambiente es fácil o difícil obedecer. Luego la dificultad, lo estamos expresando con nuestras poropias palabras, no está  en la obediencia, que es estimulante incluso psicológicamente, sino en la  relación de amor que existe o falta entre esas personas. Si no hay comunión  no hay amor, no se oye, no se entiende y por tanto no se obedece. No se obedece `porque no hay comunión de corazones. Porque no hay amor. Si me comunican una orden en chino, como no lo entiendo, no la cumpliré. Cuando no hay amor, no hay unión de corazones, no hay percepción de la orden y no se obra.
Como vemos, todas nuestras obligaciones están en la línea del amor. El amor a Cristo, cuando es verdadero,  nos hace vivir en comunión con los hermanos. Puede darse que tengan mentalidades y criterios diferentes, pero si el amor de Cristo es más fuerte que todo eso  que divide, une y hace posible la comunión por encima de las diferencias de criterios.
Con la comunión es posible la obediencia y cuando falta el amor lo que más se puede dar es un respetar el orden, que no conduce a ninguna virtud. Que no construye nada en el plano de la vida religiosa. De aquí la importancia  de cultivar el mutuo amor y confianza para entendernos. Si no tengo amor, no podré saber cual es la voluntad de Dios sobre mi o sobre la comunidad. Cada uno se escuchará así mismo y hablar  de por sí  y no escucharemos a Dios que nos habla. Si no hay amor, ha que pedirlo al Señor, para así poder escuchar la voz del Señor que nos habla.  

 

 

253.- De la obediencia (5)

Habiendo intentado sentar bien el fundamento bíblico o cristológico de la obediencia cristiana, veamos  dos modos o facetas de vivir la obediencia.
Si leemos atentamente el PC 14, podemos distinguir dos facetas de la obediencia. Lo primero que hay que advertir sobre  el contenido de este número es que hay que leerlo entero. Por leerlo solo una mitad, ha sido origen de muchas discusiones.
Hay una parte que hace referencia a cómo los religiosos tienen que vivir la obediencia y otra que señala el modo como deben ejercer la autoridad  los  superiores y con frecuencia los religiosos se fijan en la parte de los superiores y los superiores resaltan lo correspondiente a los  súbditos. Pero la Iglesia ha redactado todo entero y eso es lo que hay que leer con atención.
Hay dos motivaciones o tipos de obediencia. La obediencia holocausto y la obediencia servicio.
Comienza diciendo:”La propia entrega de su propia voluntad como SACRIFICIO  a Dios”. Hace referencia a la obediencia que he llamado de holocausto. Y más adelante dice: “Los superiores ejerzan la autoridad con espíritu de SERVICIO”. Obediencia servicio y lo especifica algo más cuando dice:”todos los  miembros tiendan a una colaboración obediente, activa y responsable”. Por tanto hay que compaginar estos dos  caracteres de la obediencia.
La obediencia holocausto mira a la santificación personal. Pero si se acentúa excesivamente este aspecto, podemos convertirla en una caricatura de la verdadera obediencia. Tendría por efecto extinguir el juicio y la reflexión,  y sin estos ya no se obra como persona. Todo acto, para que sea bueno o malo,  es preciso que se haga desde la persona. De no ser así, el religioso sería como un robot  que le marcan  un programa y lo ejecuta puntualmente sin discernir si obra bien o mal. Sin prestar ninguna ayuda por su reflexión.
Una obediencia así deformada, tiene la culpa de las sátiras que algunas veces se hace de la obediencia religiosa. Se cuenta de aquel abad Stenute, que tenía los  monjes tan obedientes, que al llegar al comedor, les decía que ya habían comido y se marchaban ya satisfechos, sin necesidad de comer.
Alguna literatura ha puesto esta obediencia como un ideal. Así las anécdotas que nos cuenta el P. Rodríguez sobre la obediencia ciega. ¿Qué decir de ella? Casi todas estas anécdotas están tomadas de Casiano, que a su vez las ha tomado, no de la realidad, sino de una literatura  de su tiempo, que fue sucesora de la literatura martirial. No son hechos verdaderos, sino leyendas  muy del agrado de aquella época y que sucedieron a las leyendas martiriales, que son distintas de la actas de los mártires y que son fáciles de discernir.
 Cuando terminó la era de los mártires comenzó una literatura cuyo primer ejemplar quizás fue la “Vita Antonii”, de S. Atanasio. Los demonios persiguen a los monjes bajo los más variados aspectos. En toda esta clase de literatura  aparecen los ejemplos de obediencia ciega. Pero un acto humano tan ciegamente hecho no puede ser virtuoso, pues le falta el conocimiento y la voluntad. Y  faltando estas, la persona no es responsable de esa acción y por tanto no es meritoria.
En cuanto  a la obediencia servicio, mira más bien al provecho de la comunidad, aislada de la de holocausto, es tanbien una  desviación por quedar vacía de contenido sobrenatural.
Se comenzó hablando de esta obediencia  con motivo de la invasión de Francia por los alemanes en 1942. Se decía que obedecer es hacer un servicio. Como obedecer a los alemanes, fuerza de ocupación, no era un servicio a la patria, por consiguiente no había que obedecer.
Terminada  la guerra, esta teoría saltó al campo eclesiástico. Y la primera manifestación fue con ocasión del uso de latín. Estaba mandado  que los sacramentos se administrasen en latín. Como esto no hacia ninguna servicio a los fiel, se dedujo  que no obligaba la utilización del latín. Lo mismo sucedió con los sacerdotes  obreros. Aunque prohibido, siguieron adelante. Por los años 1940 – 50, aparecieron en las revistas muchos artículos exponiendo esta obediencia que mira más a la utilidad  del grupo que a la santificación personal.
Tomada de un modo absoluto, vacía de todo sentido sobrenatural a la obediencia cristina.  No es que  tengamos que olvidar este aspecto. Pablo se preocupaba de él, cuando decía que no quería estar dando golpes al aire. Una obediencia responsable, que se fija en el provecho que pueda reportar, es distinta  de este último tipo de obediencia servicio.
El ideal está en la unión de estos dos tipos y que podemos llamar  obediencia comunión. La comunión tiene un aspecto de sacrificio, de inmolación de los propios criterios por amor a Cristo y de servicio, obediencia responsable, dialogando  para poder mejor servir o ejecutar la voluntad de Dios. Así  actuó María, que pregunta al ángel como puede suceder aquello que le está proponiendo, no para poner dificultades, sin para mejor  cumplir la voluntad de Dios.
Sin un gran amor a Cristo que nos haga olvidar el amor propio, no podremos seguir a Cristo obediente. Si falta, la vida del monje es una farsa, y por lo tanto un vació intolerable por dentro que impide gozar de esa felicidad que Jesús promete al que le sigue.

 

 

254.- De la obediencia. (5)

Hemos considerado la obediencia tal como la presenta la RB, en este documento del siglo VI que podemos considerar como la Carta Magna del monaquismo, y que llegó a imponerse en occidente. También hemos examinado de un modo muy superficial como la describe el Concilio Vat. II en PC 14. Pasamos ahora a comentar la obediencia según la tradición monástica, en la que hunde sus raíces  la RB. Para ello me dejo guiar por el estudio de A.Louf.
Basta desarrollar ciertas directrices fundamentales, en las que de uno u otro modo se concretiza la obediencia.
Hay que tomar cierta distancia de la noción de obediencia religiosa tal como se solía entender  hasta poco antes del  Concilio, y que hace unos días  ya hemos hablado. Y hundirnos en la tradición monástica  donde tiene sus raíces la RB.
La tendencia  a identificar obediencia espiritual y sociológica  aparece muy pronto en la histeria de la vida monástica. Por lo menos desde que comienza a constituirse la vida cenobítica. Pero la RB no identifica ambas, ya que extiende la obediencia a otras personas además de al abad.
En siglos posteriores se acentuó más la identificación entre  obediencia espiritual y obediencia sociológica, quedando así como en penumbra  otros aspectos más vitales de  la obediencia espiritual.
Todo grupo tiene junto con su específico fin  común una disciplina interna, en la que el sentido común  por una exigencia natural invita a obedecer.
Toda autoridad sociológica pose ya una consistencia y una dinámica  específica propia, con las que no deben interferirse otras normas, como sería el caso de una motivación espiritual artificiosamente  introducida desde el exterior.
Es interesante tener esto en cuenta para distinguir una obediencia puramente sociológica y el carisma propiamente dicho de la obediencia espiritual.
Es útil  reconstruir el verdadero rostro del carisma de la obediencia, después que ya la hemos distinguido de la obediencia sociológica que  es la que de hecho afecta a la mayor parte de los casos.
¿Cómo definir el carisma de la obediencia? Nos puede ayudar  una breve comparación con otros carismas, como el celibato y la pobreza,  como ya lo hicimos el otro día.
El carisma tiene que aparecer como un bien espiritual, que pertenece al orden nuevo del Reino. Representa por tanto una situación pascual, una prolongación en la Iglesia de un rasgo peculiar de la fisonomía de Cristo. Este bien afecta desde ahora a todos los cristianos. Pero solo  algunos cristianos están llamados desde ahora a abrazarlo en plenitud. Estos cristianos, los religiosos, al encarnar este bien del Reino con cierta urgencia,  se convierten en símbolo de la cercanía de ese reino y  de su presencia escondida en el corazón de la Iglesia y del mundo.
En  este sentido, el celibato aparece claramente como un carisma, al contrario de la obediencia puramente sociológica, que es una necesidad de nuestro  tiempo y no pertenece al Reino futuro.
La obediencia sociológica no es un hecho libre, y no puede ser  objeto de una opción preferencial.  Ante ella Cristo  no se hallaba en  una situación particular respecto a los demás hombres. El también debía obediencia a las autoridades de su tiempo.
La obediencia sociológica en sí misma no es señal de una realidad espiritual  que puede compartir en diverso niveles todo el pueblo cristiano.
La obediencia espiritual que aparece en el  en el NT  y en los documentos antiguos, presenta un aspecto completamente diversos, con rasgos múltiples y complementarios, de los cuales la tradición monástica ha sabido sacar provecho, uniéndoles  siempre de modo explicito al ejemplo dejado  por Jesús cuando vivía entre los hombres.
Al querer precisar estos rasgos, nos detendremos  particular en el examen de tres situaciones espirituales, que corresponden a tres  tipos o dones de obediencia.
La obediencia-abajamiento, la obediencia –docilidad, y la obediencia-profética. Las tres sirven  para explicar la obediencia cenobítica  tal como  la presenta S. Benito y tal como los monjes debemos intentar vivirla hoy.

 

255.-La Obediencia. (5)

Obediencia –abajamiento. Quien pronuncia la palabra humildad, toca el aspecto más netamente original del mensaje evangélico. Los textos  más antiguos ponen este abajamiento-humildad en relación con una cierta obediencia.
Losa primeros cristianos no llegaron a esto racionalizando  sobre la  noción genérica de la humildad. El ejemplo concreto de Jesús  les permitió hacer este acercamiento, que no se le había ocurrido a ningún filósofo pagano. El más antiguo testimonio es el himno cristológico de la carta a los filipenses, donde  Pablo, para recomendar la humildad  recurre al ejemplo de Cristo que “se rebajó haciéndose  obediente hasta la muerte y muerte de cruz”. En el capitulo 5 de la carta a los  Romanos contrapone la obediencia de Cristo con la desobediencia de Adán. Como cabeza de la nueva humanidad, Jesús  pone un gesto de obediencia que abre el camino que Adán cerro por su desobediencia.
Todo cristiano está invitado a abrazar esta obediencia de abajamiento, y lograr así por ella su plenitud. Pero no todos del mismo modo, pues existen situaciones particulares que tiene valor de signo, y un carisma que va unido a ellas.
Pablo conoce al menos una situación sociológica particular en la que algunos cristianos se ven llamados a testimoniar la gracia de la obediencia: la esclavitud. Sus consejos, extraños a la mentalidad moderna, pero que para él son normales. Cristo en su abajamiento ¿no fue acaso un esclavo?
Una situación de esclavitud aceptada libremente por amor a Cristo, se asemeja  en cierto modo al estado de sumisión por la que el monje opta en la obediencia religiosa. En ambos casos, el esclavo y el monje que abraza este estado de sumisión, se conserva libremente en un estado de inferioridad  para confesar  mejor a Cristo y la realidad pascual.
¿Por qué abandonar este estado de inferioridad si el Señor nos pone en condición de confesar mejor esa gracia  que fue la suya, y de encarnar ese abajamiento que él mismo abrazó para nuestra salvación?
En los documentos anteriores al monacato, se menciona poco la obediencia, pero la humildad tiene su lugar junto con la virginidad, el ayuno y las vigilias.
En la medida que la vida monástica toma forma unos siglos después, la obediencia aparece  unida al abajamiento de Cristo y en ella  se expresa el deseo de perseverar  en la humildad  del Señor y entrar en comunión con su pasión. Esta vinculación de la obediencia con la humildad de Cristo se hará clásica en la tradición y se traduce en el deseo de  llevar una vida escondida de abajamiento que se expresa en la búsqueda de una situación de sumisión a otros.   Es una gracia típicamente bautismal, pero que el monje cultiva de un modo peculiar. La sumisión a un superior es un tipo de abajamiento posible, pero existen otros.
 En la RB la obediencia da un amplio especio a la humildad. Cuando describe la famosa escala de la humildad, reserva los cuatro primeros grados a una cuádruple  progresión en el camino de la obediencia: obedecer a Dios, en lo que se refiere  al bien y al mal, complacerse en la renuncia de la propia voluntad para hacer la de Dios a ejemplo de Jesús. Solamente en el tercer grado aparece un superior y con él una obediencia de tipo sociológico. El tercer grado consiste en someterse por amor de Dios en plena obediencia  a un superior, y en el cuarto grado  se describe el momento más crítico de esta obediencia, que constituye su culmen, cuando en situaciones duras y contrarias, incluso en injurias de todas clases, no se desanima ni retrocede.
El esfuerzo del cenobita y el esfuerzo de su ascesis se encuentran casi siempre en la obediencia. Es la nota benedictina por excelencia. Y a partir del cuarto grado, aparecen los rasgos de humildad y ocultamiento que precisa ulteriormente  el voto de obediencia, según S. Benito. Y en el cap. 71 marca  otra nueva cima: obedecerse mutuamente los hermanos “convencidos  de que por este camino de la obediencia llegarán a la purificación interior. Y el 72 “se obedecerán a porfía unos a otros”.
Esta gracia de la obediencia presenta todos los rasgos de un carisma. Es una situación pascual, pues renueva entre nosotros la actitud más característica  de Cristo en el  momento de su retorno al Padre, su obediencia hasta la muerte. Todo cristiano está llamado a reproducir esta actitud, pero algunos hemos recibido  el don de expresarlo con una urgencia particular, escogiendo un estado  de sumisión a otros. La vida cenobítica es rica  en ocasiones de vivir esta gracia de la mañana hasta la noche. Es como dice en el c. 72, el amor humilde respecto a su abad, el celo bueno   por el cual el monje se olvida constantemente de sí mismo y se adelanta a los demás hermanos rindiéndoles su honor.
  Es una gracia de vida escondida típicamente monástica. Esta es la razón probablemente por la que se  pone alguna reserva para que los monjes accedan al sacerdocio. Toda situación de elevación va en sentido contrario a esta aspiración fundamental del monje.

 

256.- La Obediencia de discernimiento.- (5)

Obediencia de docilidad o de discernimiento es otro matiz de la obediencia monástica.
Ya hemos visto que por el abajamiento de Cristo, la obediencia se convierte en un camino pascual,  ya que  supone una muerte y una resurrección. S. Juan Clímaco dice que la obediencia sepulta la voluntad y hace vivir la humildad.
Con esto se precisa el objeto de esta crucifixión y mortificación, que tiene lugar a través del proceso de la obediencia.
Hay que hacer algunas precisiones de vocabulario. ¿Qué entendían los antiguos  por esa voluntad que atacan con tanto celo?
Según el Abad Admonas “el camino angosto y estrecho, es hacer   violencia  a los propios pensamientos, y amputar  la voluntad propia por amor d Dios”.
Casiano no es menos severo:” el objeto principal de la instrucción y educación del padre… será ante todo enseñar al joven a vencer la voluntad propia. Y el mismo S. Benito, a pesar de su discreción se muestra casi violento cuando  dice “odiar la voluntad propia”.
No se trata  de la voluntad como facultar espiritual, fuente de libertad y del don de sí mismo. No se puede amputar el dinamismo profundo de la persona.
Por el contrario la renuncia a la voluntad propia quiere restablecer la libertad, pero en armonía  con el ser auténtico del hombre.
En los escritos de los antiguos, las voluntades son más bien  las veleidades y deseos en estado bravío, indeterminado, no polarizados por un amor y que pueden estar marcados  por el dinamismo  del pecado que queda en nosotros incluso después de la gracia  bautismal.
A veces pueden acaparar nuestra libertad profunda que  desorientada, se convierte en lo que en términos  ascéticos llamamos  “voluntad propia”.
El abad Poemen en un apotegma, decía que la voluntad propia es un muro de bronce entre Dios y el hombre. Para encontrar a Dios solo hay una sola técnica: abatir el muro de la propia voluntad
El joven monje debe aprender  a renuncia a  todos los deseos que le mantienen lejos de su  profundidad  y del deseo de Dios. En cuanto se libera de  estos deseos que le alejan de su profundidad y de Dios, se ve despojado de toda voluntad, en un vació interior  que ya no se aferra a nada. En este momento el deseo de Dios depositado en su corazón saldrá naturalmente a la superficie como de un modo espontáneo.
Jesucristo fue el primero en vivir esta lucha entre los dos deseos y el abandono del deseo humano ante el deseo de Dios. Murió por ello. Y fue el primer hombre que el deseo y la voluntad de Dios lograron realizarse plenamente. No sólo cumplió fielmente la voluntad de Dios, sino que se identificó plenamente con ella.
Unir su  voluntad con la del Padre, no le fue fácil a Jesús. Durante la agonía del Huerto y en la cruz, Jesús  llegará a  lograrla por la fuerza después de una dura lucha. Según  Lucas, entró en agonía, y tuvo que orar para ser capaz de  abrir su corazón  a la voluntad del Padre. “No se haga mi voluntad sino la tuya.” Llega un momento que siente abandonado del Padre, pero al morir Jesús da la respuesta perfecta  a la declaración de amor pronunciada sobre Él por el Padre en el bautismo. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. El amor se manifiesta  en la comunión restablecida por la obediencia.
A ejemplo  de Jesús, el monje amputa la voluntad propia para que la voluntad  de Dios se revele plenamente en él. Y la renuncia a sus deseos desemboca en el nacimiento de la libertad de un nuevo ser en Jesucristo.  La obediencia se convierte así en una verdadera terapia  espiritual produciendo poco a poco el control interior. Libera al hombre y lo  encamina hacia su nuevo ser.
Este camino de libertad no puede disociarse de la apertura del corazón y del discernimiento que en ella tiene  su origen. Es siempre bajo la mirada de otro, donde el discípulo aprende a discernir los propios deseos y a suprimir los malos. Poco a poco se libera de las fuerzas oscuras que le dominan. La acogida del padre espiritual  le tranquiliza de toda inquietud y reconciliado con los propios  deseos, sabe discernir los que corresponde a su yo más profundo  y por qué deseos debe empeñar su vida. Pero  al mismo tiempo se hace capaz de renunciar a los otros deseos superfluos  sin ningún trauma. En el sentido más  profundo del término  ahora es libre por la obediencia.
¿Qué diferencia existe entre esta obediencia de discernimiento y la obediencia sociológica? El padre espiritual juega en esto un papel importante. No es necesariamente el superior el que tiene esta misión de discernimiento,  pues el vínculo que une al monje con su padre espiritual es mucho más personal que el que mantiene con el superior. El primero supone una confianza recíproca, y su influencia es única, capaz de ejecutar su influencia durante largos años de su vida monástica. El abad actualmente no suele ser el padre espiritual de los monjes, pero la obediencia solicitada por el superior estará influenciada por la gracia terapéutica  de la obediencia de discernimiento.
Sin olvidar el bien común  otorgará el bien personal de cada hermano  un interés preponderante, pues es sobre todo a través de la obediencia donde el monje se realiza  en  su vocación. RB 71,2

 

 

257.- Obediencia profética. (5)

Vamos a abordar un aspecto de la obediencia, que creo no es muy conocido y que se requiere gran espíritu de fe para comprenderlo, sobre todo a los inficionados del espíritu racionalista de nuestra época.
El misterio de la obediencia está íntimamente unido al del profetismo. Cuando Dios irrumpe en la historia para dar a conocer su palabra, el hombre  está absolutamente cierto  de acoger la voluntad de Díos a través de la boca del profeta. Algunas características del profetismo, se  encuentran en la obediencia monástica que venimos describiendo.
La obediencia monástica es un lugar profético. En ella se revela la voluntad de Dios  sin imposibilidad de duda al que obedece con fe. Benito  subraya con fuerza este punto, pero no hace otra cosa que recoger y continuar una larga tradición. El monje debe obedecer “como si la orden viniese del mismo Dios”. RB  5,4.
El apelativo profético podía sustituirse por el de apostólico, ya que la obediencia espiritual se inserta en cuanto se refiere a los discípulos en la descendencia de los apóstoles y de sus sucesores. En este sentido Benito, siguiendo la RM. aplica a los que ejercen la autoridad en un monasterio, la palabra que  Jesús dirigió a los  apóstoles: “Quien a vosotros escucha, a mi me escucha”
En el ámbito de la obediencia, la palabra de  Dios se hace  presente con absoluta certeza. Pero es necesario precisar un poco más.  Esta infalibilidad de la obediencia, no viene principalmente del superior, sino de la fe y humildad del que busca sinceramente la voluntad de Dios. Si queremos hablar de gracia de estado, no pertenece en primer lugar al que manda, sino al que obedece, porque al que busca con fe,  nunca deja de manifestársele la voluntad de Dios.
“Si alguno orienta realmente  su corazón hacia la voluntad divina, Dios  iluminará incluso la mente de un niño para darla a conocer. Pero el que no desea con sinceridad la voluntad de Dios, incluso aunque acuda a un profeta de Dios,  infundirá en el corazón del profeta  una respuesta  conforme a la maldad de su corazón” Doroteo de Gaza.
La obediencia  provoca una especie de milagro profético.   Para que florezca tal maravilla basta que se encuentren reunidas estas condiciones espirituales: humildad, apertura de corazón frente al anciano, esfuerzo sincero para amputar los deseos personales, búsqueda en la fe de la voluntad del Señor. Y Dios no podrá resistir, intervendrá fielmente, su voluntad se manifestará de modo admirable. El que se abandona de este modo a la obediencia, tendrá la certeza de cumplir lo que Dios quiere.

 

 

258.- Obediencia cenobítica.

Hasta ahora hemos tratado de resaltar lo que distingue la obediencia plenamente espiritual o carismática, de la obediencia sociológica.  Es esencial hacer esta distinción
Pero cuando se vive comunitariamente el misterio de la obediencia, se manifiesta una nueva  dimensión muy importante; el grupo de hermanos, no es solo un fenómeno sociológico  sino también el Cuerpo de Cristo.
Benito define la comunidad monástica con la palabra “congregación”.  Es la que emplea la Biblia latina para denominar a la asamblea del Pueblo de Dios en el desierto.
Y al frente de la comunidad se encuentra necesariamente  la cabeza, símbolo de Cristo en persona. El grupo de hermanos tiene consistencia real, de tal manera  que no se puede separar de  él sin una vocación especial (RB 1) Ser separado del grupo por la excomunión es la penitencia más grave. Existe la estabilidad en la congregación, de la que Benito hace  el rasgo distintivo de sus monjes.
Este grupo  está fuertemente estructurado con su estilo de vida, separación del mundo, sus horarios,  sus objetivos comunes, liturgia.
Aquí aparece necesariamente la obediencia sociológica, pero es de un tipo especial. El abad, aunque elegido por sus hermanos, no recibe el cargo de sus manos. Es ante todo  en medio de los hermanos, el ejecutor de las órdenes de  Dios. Benito lo llama vicario de Cristo,  pastor, padre de familia, procurador de la casa de Dios, siervo del Señor. Su misión  le recuerda que es  ardua, pues tiene guiar almas y adaptarse a las disposiciones de cada uno.
En el seno de la  iglesia monástica, la gracia de estado que rige la obediencia no se encuentra solamente y principalmente en el discípulo como se decía de la obediencia profética.
La obediencia cenobítica en la que quedan los componentes sociológicos plenamente respetados, está  no obstante marcada por el carisma. Sin anular las presiones sociológicas que afloran en ella, expresa un aspecto fundamental de la comunidad: la cohesión interna. La comunidad está al servicio de esta cohesión. Todos los aspectos de la obediencia espiritual están contenidos y  recapitulados  en el bien común de esa comunidad de monjes, reunidos por amor de Cristo y del patrimonio que allí se trasmite.
Si la obediencia sociológica existe necesariamente en el seno del grupo monástico, su única finalidad es desarrollar plenamente el carisma de la obediencia. De hecho Benito resalta que el abad es responsable, no solo de las órdenes impartidas, sino también de la obediencia de sus discípulos. La autoridad monástica está al servicio del carisma de cada monje.

 

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