213.- Amar la castidad. (4,62)
Para muchos, hablar de castidad es sinónimo de continencia sexual. Tanto es así que llegan a identificarla con el voto de castidad.
No es así como hay que enfocar el contenido de la castidad consagrada. Sería miope ver esta realidad tan rica desde ese único prisma. La continencia es una expresión más de aquella. La castidad es mucho más. Lleva consigo la continencia, la supone, pero no se identifica con ella. Sería como quedarnos en la superficie, sin ir a la raíz
Hablar de castidad es hablar de algo más importante y fundamental. De la fidelidad del amor de Dios para con nosotros y de nuestro amor a nuestros semejantes, que nacen de esta raíz. (Cf. PC 7)
La castidad es por tanto cuestión de amor. Una vocación a la vida consagrada no se puede entender si no es desde esta clave. Es un amor que seduce y un amor que responde.
En la pareja humana, el amor también funciona así. Es cosa de dos y no hacen falta muchas explicaciones. Amor con amor se paga dice el dicho popular.
Igual sucede en la vocación consagrada. La seducción y la respuesta no tienen otra explicación fuera de la lógica del amor.
Querer buscar más explicaciones podría matar el encuentro, tanto el humano como el divino.
Dios, el amante, seduce al amado que es capaz de entregarse a él con todo el corazón, con toda la mente y con todas las fuerzas. Siglos de historia lo corroboran. La vida consagrada no necesita otra explicación que su propia existencia. Una nube de testigos nos precede en esta aventura, podemos decir con Hebreos 12, 1. Es la herencia de los que han vivido contemplando el rostro de Cristo en momentos de intensa amistad y comunión con él, y han caído en las redes seductoras de su belleza.
El Derecho Canónico ven la vida religiosa como una contemplación en la que ha madurado el deseo de estar siempre ante el Señor y de seguirlo (c.25) Un amor que está ya transido de infinitud. Que está llamado a ser fiel, continuo y perenne. Es un amor radical que totaliza la existencia de la persona, al igual que totalizó la persona de Jesús.
Así la castidad en la vida consagrada no tiene otra explicación que esta misma raíz de amor.
El vender todo para comprar el terreno donde está el tesoro escondido o la piedra preciosa, solo es posible como respuesta a un amor más grande y más seductor. Sólo se puede entender desde la locura de quienes dan testimonio de la primacía y del señorío de Dios sobre su existencia.
Hablar del señorío de Dios sobre la vida humana, es quizás una osadía. Decir que Jesús y el Reino son los dueños de nuestra vida, quizás sea demasiado decir. Lo decimos quizás con la boca pequeña, pues sabemos que hay otros señores en nuestra vida que de cuando en cuando asoman y nos dividen. De aquí muchas reacciones inexplicables miradas desde este nivel superior. Es por tanto más un ideal de vida que una realidad plena.
La santidad, o lo que es lo mismo, vivir la caridad perfecta, es más reto permanente y una conquista diaria, que un lugar donde ya hemos llegado. De aquí la necesidad de la humildad para aceptar que no acabamos de tocar techo.
Vivimos caminando y creciendo en nuestra respuesta vocacional, y por lo tanto en el modo de vivir la castidad consagrada. Nuestra respuesta al Amor es diferente, dependiendo de los momentos y de las edades por las que transitamos.
Las experiencias vividas, y el largo proceso de crecimiento humano que arranca desde la más tierna infancia, también influyen el la manera de afrontar el reto de ir creciendo en la vivencia de la castidad. Ir integrando nuestra vida, nuestro cuerpo y nuestro espíritu, creciendo en la perfección del amor, no es algo que se de de una vez por todas. No es algo estático, sino vivo y dinámico que está en continuo crecimiento. Este crecimiento no es lineal como la línea que traza un reactor en el firmamento, sino más bien tiene altibajos, como la línea que traza un ave herida que trata una y otra vez de remontar el vuelo.
Por no ser algo rectilíneo y que acompaña toda la vida, no está de más el revisar de vez en cuando como estamos viviendo nuestra castidad consagrada. Si crecemos, si estamos estancados, o incluso si estamos caminando hacia atrás. Pero siempre a la luz del amor, que es el único lugar desde donde se puede entender y vivirla con autenticidad.
La pregunta fundamental que nos podemos hacer no es ver cuantas veces hemos caído en debilidad (y mucho menos en la debilidad de la carne) sino la pregunta fundamental es la que hizo Jesús a Pedro al borde del lago: “¿Me amas?”. La castidad es una cuestión de adhesión antes que de moral.
En la respuesta a esta pregunta, podremos observar si nuestro corazón ama de verdad y si vivimos esa tensión espiritual que nos hace estar centrados. Y quizás descubramos que otros “señores” como el poder, el prestigio, la comodidad, un amor propio exclusivo y excluyente, el propio ego,… se han adueñado de nuestro corazón y han desplazado a su verdadero Señor.
Tratar de vivir en esa tensión espiritual buscando la sintonía con ese gran amor, hace que vaya generándose esa unidad interior y esa concentración de nuestras energías en él. De aquí brota una capacidad de más amor y compromiso.
La opción de vivir la castidad consagrada, no se sostiene si no tiene detrás la motivación fundamental de la fe. Vivir en esa tensión espiritual requiere un constante ir a beber de la fuente, pues el amor es frágil y necesita alimentarse con el encuentro. Una planta sin agua se seca. También un corazón consagrado sin la fe y el amor.
Por eso la vivencia de la castidad consagrada es sobre todo una cuestión de espiritualidad. Pero hay que estar atentos, pues se puede caer en la equivocación de creer que es solo es cuestión de espiritualidad. Hemos de poner cuidado de no espiritualizar demasiado el amor, no sea que quede desencarnado e incapaz de establecer relaciones, vínculos y afectos. (S. Bernardo)
Hay que comprobar si nuestro amor es auténtico y real. En el amor de una persona consagrada hay dos referencias fundamentales. La divina y la humana.
Se puede vivir en continencia y ser célibe sin serlo por el reino. (Menéndez y Pelayo decía que no había tenido tiempo para pensar en casarse). Se puede ser célibe sin amar. Se puede decir que amamos a Dios y en realidad no amamos a nadie. Se puede incluso amar profesionalmente a personas externas que de alguna manera nos relacionamos y negar ese amor a los hermanos de la comunidad.
Sin amor de verdad no hay auténtica castidad consagrada. La castidad verdadera pasa por las personas concretas y reales. “El hermano que ves”. Esta es la castidad que se vive como respuesta a una vocación de amor y que exige un compromiso de amor total a Dios en los demás
Como somos humanos, podemos decir que no hay amor verdadero que no pase por la carne. No hay dualismo en nuestra visión del ser humano. No se puede amar a Dios a quien no vemos sin amar al hermano a quien vemos.
Así es la castidad que vivió Jesús, El es nuestra referencia. Amor infinito a Dios y amor infinito a los hermanos, y de modo particular a los más pequeños.
Sin referencia a Jesús, queda desfigurada y nuestra vida de castidad quedaría vacía de contenido, pues no mostraríamos con nuestra vida ser memoria viva de Jesús.
Dificultades en el camino.
Sabemos que vivir así en esa tensión hacia el verdadero amor, no es fácil. La razón de las dificultades está en la condición corporal humana, y en la necesaria condición del amor que para que sea auténtico, tiene que ser necesariamente encarnado.
Hemos dicho que es ante todo una cuestión de espiritualidad. Pero no tenemos que olvidar que en nuestro voto, entran otras fuerzas en juego: nuestra historia personal, psicología, sexualidad, carácter, todo esto influyen mucho en el modo como encarnamos el amor y en la estabilidad de nuestro corazón.
La fidelidad en el amor, que es la esencia del voto, es una tarea ardua. Como cuerpo y alma que somos, el contacto con las personas y las cosas, hacen que estas se apoderen en algunas ocasiones enteramente de nosotros.
Son muchos los “señores” agradables que nos visitan (personas o cosas) y cada uno puede poner nombre a los suyos. A nada que nos descuidemos, nos seducen y ocupan el lugar de nuestro verdadero “Señor”. Como sin quererlo, nos encontramos separados de él, hasta el punto de que podemos incluso olvidarlo.
No es raro que de pronto nos encontremos despistados, sin la tensión suficiente, incluso desfondados.
Cuando comienzan los desiertos, las ausencias se prolongan. El fervor de los orígenes se seca. Un buen acompañante, un retiro, un libro, la intensificación de la oración, la entrega verdadera a la vocación o quizás una sana dosis de ayuno táctico de personas o cosas, (la soledad) pueden ser medios para recuperar el aliento.
La entrega a las personas y el disfrute de la vida, son necesarios para vivir a fondo la castidad consagrada, pero es necesario vivir todo ello unidos profundamente a la fuente de la vida. Si la fe esta sana, viva y fuerte, las debilidades no pasan de ser anécdotas.
Caminar desde Cristo en castidad.
Es el Espíritu Santo el que actúa en nosotros y nos ayuda a equilibrar nuestro corazón, haciéndolo capaz de armonizar la soledad y la contemplación con la entrega a los demás.
Sin esa fuerza de Dios en nosotros, sería imposible vivir en auténtica castidad. Caminar desde Cristo en castidad es llevar un tesoro en vasijas de barro. Es la pequeña o gran batalla de crecer, ayudándonos con la gracia, en la integración de nuestra existencia, tendiendo a renunciar a otros absolutos por maravillosos que sean, para que sea Dios en el único absoluto.
Viviendo así el señorío de Dios sobre nuestra vida, la castidad, como los demás consejos evangélicos trasparentan la radicalidad del seguimiento. Aun con alguna dosis de opacidad, la castidad se convierte en algo profético. Además de anunciar al invisible en medio de una cultura de lo visible, denuncia los falsos absolutos en nombre del único Absoluto.
A su vez la auténtica castidad consagrada, nunca es estéril. Vivir esta alianza con Dios y con los hombres tiene la cualidad de la fecundidad, pues tiene el atractivo de lo genuino.
La seducción que Jesús ejerce tiene mucho que ver con su vida de castidad. Entrega plenamente la voluntad del Padre, su amor a los demás se hizo real y palpable a los ojos de los que esperaban el auténtico amor. Con un amor auténticamente humano, los hizo ver como Dios les amaba
Este amor tan casto, gratuito y genuino es el que robó los corazones de aquellos que se encontraban con el. (Este seductor) Este mismo amor es el que sigue robando los corazones de tantas personas que abrazan esta maravillosa forma de vivir en la Iglesia.
Caminar desde Cristo en castidad, significa en definitiva aceptar la fragilidad de un corazón humano que necesita de la gracia para crecer más y más en el amor verdadero y ponerse a navegar.
Viviendo en esa tensión vocacional, se reaviva perennemente la memoria viva de Jesús y volvemos a encontrar la razón de la nuestra.
214.- No aborrecer a nadie. (4, 64)
En estos últimos instrumentos, S. Benito insiste en la práctica de la caridad fraterna.
Son cinco preceptos o instrumentos negativos y cuatro positivos que presenta para ejercitarnos en los diversos aspectos del amor fraterno.
Hoy nos ocupamos del primero de los negativos: “No odiar a nadie”. Sus raíces profunda están en el Lev. 19,17; Deut. 23,8 y además de numerosos lugares del evangelio, en la Didaché 2,7.
Odiar a alguien es desearle su mal, alegrarse del mal que le sobreviene, no porque así a uno mismo le venga algún bien, sino únicamente porque el hermano encuentra en esa situación o circunstancia un mal.
Es el vicio que podemos llamar infernal o demoníaco. El demonio desea el mal de Dios, es decir el pecado, no porque consiga alguna ventaja, sino que con él se ofende a Dios. Se regocija de la pérdida de las almas, y hace todo cuanto puede para perderlas, sin que en esto medie otro deseo que el de satisfacer su oído Dios y a las almas. Procura la ofensa a Dios y la desgracia de los hombres.
El vicio del odio, hace que el que se deja llevar de él se parezca al demonio. Dios es caridad y por la caridad nos parecemos a Dios. El demonio es el odio y cualquier que tenga el odio en su corazón, se hace un demonio.
S. Basilio dice: “Así como el que tiene la caridad mora en Dios y Díos mora en el, así el que tiene el odio en el corazón, mora en el demonio y el demonio mora en él”.
De aquí los terribles efectos del odio. Dios quiera preservarnos siempre de este vicio. Vicio que puede existir en los monasterios. Puede encontrarse en la casa de Dios y con frecuencia se ha dicho que los odios más terribles son los de las personas consagradas a Dios. Aquí también se cumple aquello que “Corruptio optimi, pésima” Del mejor vino sale el peor vinagre.
Una antipatía que en un principio es mal combatida en sus principios, agriada luego por las contrariedades mal aceptadas, por las persecuciones verdaderas o imaginarias, puede convertirse en terrible odio.
Hay personas religiosas, exteriormente ejemplares, que no pueden oír pronunciar tal o cual nombre, sin manifestar animosidad, y sin que se alegren del mal del hermano, o sientan tristeza del bien que le sucede. Y lo más triste es que con frecuencia no se da importancia a estos sentimientos, y en este estado se reciben los sacramentos. Y así se pretende hacer progresos en la perfección.
No hay progreso posible, no hay vida espiritual alguna, `para el que alimenta en su corazón voluntariamente una antipatía mas o menos odiosa contra el prójimo.
Y este odio al prójimo existe si nos alegramos del mal o nos entristecemos del bien que le sucede.
Solo hay un odio permitido. Nuestro P. S. Benito lo permite, más, manda: “Odiar la propia voluntad”. No es en realidad a la propia voluntad lo que debemos odiar, sino a los perversos deseos que puedan aflorar, es decir el pecado en cualquiera de sus manifestaciones.
Por gran pecador que sea nuestro hermano, tenemos que amarle, desear su bien, orar por él, ayudarle a convertirse. Lo que tenemos que aborrecer en donde quiera que se encuentre es el acto o estado de pecado.
215.- No tener celos ni obrar por envidia. (4,65)
El texto de la Regla que traduce Iñaki, divide en dos instrumentos, pero en la versión tradicional son un solo instrumento. Esta es la causa de que en lugar de los 72 instrumentos de que siempre se ha hablado, encontremos en este texto 74.
Alegrarse del mal de prójimo o entristecerse del bien que le sobreviene, es el odio, objeto del anterior instrumento.
El entristecerse del bien del prójimo porque de ese bien se deriva un mal para nosotros, o para otros, en algunas circunstancias puede ser objeto de la caridad. Entristecerse del bien del prójimo porque nosotros nos vemos privados de ese bien, se llama emulación, y puede ser una virtud cuando son bienes espirituales los que queremos imitar. Aspirar a carismas mayores, dice S. Pablo. Entristecernos del bien del otro, porque el prójimo usa mal, se llama indignación, y puede ser buena en ciertos casos.
Los celos que reprueba aquí S. Benito consisten en entristecerse del bien del prójimo porque este bien le da cierta superioridad sobre nosotros. O alegrarnos del mal que le sucede, en cuento este mal nos da alguna superioridad sobre él.
Los celos son fruto del egoísmo y del orgullo, que son vicios que excluye el apóstol del Reino de los Cielos.
Salva la parvedad de materia, o de consentimiento imperfecto, los celos es un pecado grave contra la caridad. La caridad exige que nos alegremos del bien de nuestros hermanos y que les amemos como a nosotros mismos.
Este pecado se hace muy grave, si intencionadamente nos entristecemos de los bienes sobrenaturales concedidos por Dios al prójimo. Es un verdadero pecado contra el Espíritu Santo.
Los males que produce dependen de diversos matices. Así una celotipia mal combatida puede tomar proporciones alarmantes y fácilmente convertirse en oído. Se manifiesta por la maledicencia, la calumnia, la cizaña, y siembra el estrago en la comunidad.
Pero la primera víctima de los celos, es sin duda el celoso mismo. Su pasión es como un cáncer que se extiende a todas sus facultades. Su espíritu está atormentado, su corazón corroído, su misma salud afectada, Su vida discurre en una melancolía profunda.
Los pequeños celos no combatidos, no conducen a esas desastrosas consecuencias, pero envenenan todas las satisfacciones de la vida religiosa. Como su corazón no está lleno de caridad, no puede alcanzar ningún consuelo del Cielo, y tampoco puede esperar de las criaturas, ya que las que el persiguen, se le escapan. Y el bien del prójimo se convierte en mal suyo. No puede encontrar consuelo en sí mismo, porque su enfermedad es la tristeza. De aquí que se tenga una vida religiosa perdida, o al menos paralizada por la envidia, según que esta pasión adquiera mayor o menor imperio.
Los remedios pueden ser tratar de distraerse cuando se sienta violentamente esta tentación y descubrirla al Padre espiritual. Hacer el bien a aquellas personas que excitan nuestra envidia. Sobre todo orar y pedir con insistencia el don de la caridad. A la suplica añadir la reflexión atenta de la fealdad de la envidia y sus funestas consecuencias.
Si queremos extirparla de raíz hay que entregarse a la práctica del desprendimiento interior y de la humildad. Si somos envidiosos es por que buscamos algo distinto de Dios. Somos envidiosos porque estamos llenos de nosotros mismos. Busquemos puramente a Dios, trabajemos por humillarnos verdaderamente, y no tendremos que temer el aguijón de los celos.
216.-Ser enemigo de disputas. (4,66)
En la traducción de Iñaki dice no ser pendenciero. Los términos son distintitos, pero es el mismo contenido.
La disputa viene de la discordia, los lenguajes son opuestos porque los corazones están divididos. Si persiste la división de los corazones, persiste la discusión. Así se ve a los hermanos abrazar, no ya opiniones políticas o científicas, lo que a veces sucede, pero quizás si partidos monásticos no menos escandalosos. Unos pueden estar de la parte del abad, los otros por el Prior. Unos quieren una reforma administrativa, los otros no la quieren, unos interpretan los Usos y Ceremonias de una manera, otros de otra. Una sana confrontación de ideas es bueno y hasta necesario en algunos casos, pero cuando se encona la división puede ser la ruina de una comunidad.
Una comunidad que está unida en una sola voluntad, que ha discutido diversos puntos de vista y se ha llegado a una concordia es como un río que se forma de arroyos. Ese río, como en el salmo, regocija la ciudad de Dios, Dios está en medio de ella y nada tiene que temer. Pero si hay división formando diversos partidos, ya no estarán unidos en el nombre del Señor Jesús, y no tendrá el Señor sus complacencias en medio de esa comunidad. No gustarán las dulzuras de la vida cenobítica
Que cosa más lastimosa que una persona que después de haber renunciado a los intereses del mundo, forma en la soledad intereses y partidos más mezquinos que los del mundo. Debemos de tener el propósito de no tener más partido que Jesucristo.
La disputa es una discordia momentánea que estalla en una discusión desordenada. Por latinos tenemos que tener particular cuidado porque fácilmente explotamos, aunque muchas veces sea nada más que en las formas externas La discusión seria y tranquila sobre cuestiones de estudio, administración, observancia, es buena y a veces necesaria. La disputa ardiente y envenenada es un naufragio momentáneo de las virtudes fundamentales de la vida religiosa. Y puede ser un principio de división, pues con frecuencia deja los corazones con una profunda llaga difícil de curar.
Puede tener consecuencias más funestas, porque en el calor de la disputa se puede salir de todo límite y no se sabe guardar la debida medida.
Así como es vergonzoso que un monje se porte de este modo, así también es fácil caer en esto, si no tenemos cuidado en precaver las ocasiones, o por lo menos de detener el mal en su principio.
La misma vida de austeridad puede ser también causa de que en algunos momentos los nervios están un poco más tensos y sea más difícil de contener. Los motivos sobrenaturales, no son en esos momentos lo suficiente vivos, para que nos ayuden a dominarnos.
Velemos atentamente, si queremos conservar la caridad, y preservarla de estos choques que siempre son más o menos perjudiciales.
En la vida secular, se considera una grosería dar un metís a otro. Cuanto más debemos ser ejemplares en esto los religiosos que vivimos de la fe y la caridad.
S. Basilio priva de la bendición a quien mantiene se opinión obstinadamente. S. Columbano castiga con cincuenta azotes al que da un mentís a su hermano. Todo lo que permite al que oye una cosa inexacta, es que pregunte a su hermano, si sus recuerdos son fieles. Y este ha de responder: “Sin duda yo me equivoco, vos habéis recordado mejor que yo”. Este, dice el santo, es el lenguaje de los hijos de Dios. Y añade, el que se excusa no es un hijo espiritual de Dios sino un hijo carnal de Adán. Si persiste en su orgullo, le será prohibida la entrada en la iglesia y hará penitencia en su celda.
Si este lenguaje de los santos nos parece duro es porque no tenemos como ellos el espíritu del Evangelio. La humildad, la caridad, la dulzura de la vida monástica se alimenta de estas ligeras atenciones.
Si bajo el pretexto de proceder de un modo más rotundo con el hermano olvidamos estas delicadezas de respeto mutuo y de la humilde caridad, no tardaremos en advertir un empobrecimiento general del espíritu religioso.
(Apotema de los Padres de dos monjes que aunque lo intentaron, no supieron discutir. Y el cuento de Nemesio y Sebastiana que publicó El Mensajero en 1946.)
217.- Huir de la vanagloria. (4,67)
La traducción de la Regla de Iñaki, dice: evitar toda altivez. Más literal es la dada arriba, porque el traducción más normal de “fugere” es huir, que es algo más fuerte que evitar. Pero en realidad es el mismo concepto.
La vanagloria es la manifestación externa del orgullo interior. Este mal tiene su asiento en nuestro interior, en nuestro corazón y su primera manifestación es a través de los pensamientos.
El orgulloso tiene buena opinión de sí mismo, y en su interior se cree superior a los demás. Esta persuasión de su superioridad se convierte en el motor de sus sentimientos, de sus juicios y de sus deseos.
Su pensamiento dominante es un vano contento habitual de su persona, que aumenta cuando ve que sus méritos son reconocidos y que degenera en tristeza, cuando sus cualidades son desconocidas.
Sus juicios sobre la marcha y organización del monasterio, como en la administración económica, son negativos y todo sale mal porque no se le consulta a él. Finalmente sus deseos hinchados como su orgullo, no tienen otro límite que la estimación sin límites que tiene de sí.
No advierte que él es el único en participar de esa alta opinión sobre su persona. Pero si se le manifestasen los pensamientos de Dios, quedaría espantado del horror que su orgullo inspira al Señor. Así lo dice la Escritura: Dios resiste al orgulloso. Y en otro lugar: Se ríe de los planes de perfección que hacen los pretenciosos.
Esta vanagloria que está en los pensamientos, se traduce en el lenguaje. De la abundancia del corazón habla la lengua. Su orgullo se manifiesta en jactancia, pretensión, exageración. Así como no piensa más que en sí mismo, no sabe hablar más que de sí mismo. No tiene paciencia para escuchar la conversación cuando el centro no es él, e intenta interrumpir para narrar sus proezas. Si se trata de un problema, él es el que tiene la solución y nadie tiene derecho para rechazar o poner en duda su solución. Si se habla del bien del hermano, se esfuerza por resaltar sus defectos para aparecer él como el único digno de elogio.
Hemos de estar en guardia para ver si nuestras conversaciones constituyen una carga insoportable para los hermanos.
La vanagloria se traduce también en la conducta. Persuadido que es un personaje, quiere guardar en todo su rango. Y en todo lo que hace parece jugar al personaje. No puede tener preferencias para nadie. Lo que rehúsa a otros, lo exige como algo debido para sí y hasta lo ve como algo debido a su mérito.
No suele tener consideraciones con nadie, pero exige las tengan con él. No hay que olvidar que la única dignidad religiosa es la humildad. Y sin humildad, el religioso más sabio e inteligente, no es nada. De todos los servicios que podemos prestar al monasterio, el único valedero, es dar ejemplo de humildad.
218.- Reverenciar a los ancianos. (4,68)
Hoy día en nuestra cultura el anciano, el padre bondadoso, está recluido en las residencias. No siempre ha sido así. Es una pena que se pierda la sabiduría de la vida y la experiencia vivida.
Incluso en lugares, como en África, que conserva en los pueblos esta veneración a los ancianos, ya no lo tienen en Malabo comentaba la H. Venancia. Es un valor que se van devaluando, perdiendo, en la cultura moderna.
S. Benito quiere que los ancianos sean venerados. ¿Por qué? La naturaleza misma nos invita. S. Ambrosio resumiendo las enseñanzas de la Escritura, dice que la ancianidad merece nuestra veneración por sus costumbres más dulces (no todos, S. Alfonso Mª de Ligorio, el H. Abrahán) por sus consejos más prudentes, por su constancia más firme en presencia de la muerte y por el imperio que han adquirido sobre sus pasiones.
La experiencia de los ancianos no puede ser reemplazada por la inteligencia, ni por el estudio, que necesitan una y otro madurarse con la práctica. Además el anciano se nos ha adelantado en la carrera, soportando el peso del día y del calor, y es el canal de la tradición. Por ello S. Benito quiere que veneremos a los ancianos, testigos del pasado.
En los monasterios se vive la Regla, pero interpretada por la tradición. Y esta fidelidad es lo que constituye la solidez de una casa, así como su ruina proviene de la libertad en la interpretación de las observancias.
Ante este instrumento, si somos jóvenes, podemos preguntarnos si tenemos ese respeto que quiere S. Benito, hacia los ancianos. Y si somos ancianos, si nos esforzamos en merecer esa veneración.
¿Cómo se les debe venerar? El Espíritu Santo dice: “no despreciéis las tradiciones de los antiguos porque las recibieron de sus padres” (Eccle.8, 11), “Ante los ancianos no hables mucho” (Ecle.32.13) “Jóvenes, someteos a los ancianos” (1 Pe 5,5) “No reprendas al anciano, sino ruégale como a un padre” (1 Tim 5,1)
Instruido en la escuela del Espíritu Santo, S. Benito muestra en varios capítulos de su regla los signos de veneración hacia el anciano.
Sería triste ver en un monsasterio de hijos de S. Benito que los jóvenes se mofasen de los ancianos, despreciando sus consejos y discutiendo sin moderación, sus interpretaciones de la regla. Como humanos tienen que tener defectos, pero como hermanos e hijos respetuosos hemos de tratar de cubrirlos con el manto de la caridad.
El respeto no es una formalidad exterior. Para que sea verdadero, la veneración que quiere S. Benito, tiene que brotar del corazón, y tiene su raíz en la humildad y en la sencillez. En el mundo tiende a desaparecer este respeto, es el espíritu del siglo, que puede entra en los monasterios. El espíritu del mundo ha sembrado por todas partes el orgullo, la vana suficiencia y el amor a la novedad. En vano se puede reemplazar por una insulsa cortesía esa sincera veneración que la regla exige de nosotros.
La escuela del respeto es nuestro Señor. De El hemos de aprender a ser dulces y humildades de corazón.
Hemos de persuadirnos que a pesar de nuestras luces tenemos mucho que aprender de las luces y experiencia de los ancianos.
219. - Amar a los jóvenes. (4,69)
¿Quines son jóvenes? Juan Pablo II se definía en Madrid como un joven de 83 años. Es más fácil discernir quien es joven de quien es el anciano del que habla S. Benito.
Si S. Benito señala muestras exteriores de los jóvenes a los ancianos, quiere al mismo tiempo que los ancianos no les consideren como inferiores en calidad o virtudes. Quiere que se les tenga un amoroso respeto.
El anciano no es una estatua ante la que tenga que inclinarse el más joven. Es el hermano mayor del cual el joven tiene derecho a esperar muestras de afecto.
El respeto que el joven muestra al anciano exige por parte de este la benevolencia y la misma naturaleza del joven está pidiendo afecto. No podría vivir entre monjes que fuesen para él estatuas de mármol. Tanto más de adhiere a su vocación y a su comunidad cuanto más amado se sienta. Además los jóvenes son la esperanza de la casa. Si amamos a la Orden y al monasterio debemos rodearles de afecto y cuidados especiales, como plantas que están destinadas a perpetuar el espíritu de nuestra comunidad.
Este afecto se ha de traducir en benevolencia, buen ejemplo y estímulo. Son los tres grandes deberes para manifestar el amor a los jóvenes.
Benevolencia, es decir afabilidad cordial, que se muestra reconocida por los servicios prestados, dispuesta a prestar a su vez los servicios que sean necesarios. Comprensivos en sus penas y dificultades.
Buen ejemplo es el mejor medio de formar y ayudar a los jóvenes a penetrar en el espíritu monástico. Mostrarnos sinceramente llenos de celo por la oración, por la obediencia, la fidelidad áún en las cosas pequeñas. El buen ejemplo ayudará poderosamente a los jóvenes a perseverar más que las exhortaciones. Como el mal ejemplo sería una piedra de tropiezo.
La exhortación para ayudarle a superar aquellas cosas que son un estorbo en su perseverancia. Ayudarles por tanto a corregir sus defectos, no con ásperas expresiones, sino por consejos paternales.
Es verdadera caridad y no un afecto meramente natural el que hay que tener con los jóvenes. La caridad tiene por primer objeto a Dios, por lo que se excluye las falsas muestras de afecto por las que se busca uno a sí mismo, en lugar de a Dios.
La caridad excluye también toda relacción que no está conforme con el espíritu del evangelio, manifestado por la Regla o Constituciones. Es imposible procurar el bien, si nos salimos de esa voluntad de Dios manifiesta.
Amenos como Jesús quiere,”tened en vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús” y nuestro afecto será bendecido por Dios. Cuanto más puro, será más benéfico y cordial. No defender sus defectos para hacerse más populares. No se puede faltar a las propias obligaciones con pretexto de serles útiles y agradables, porque por ahí no correrá la gracia, que es la que en realidad obra la trasformación y da la ayuda que necesita.
220.- Orar por los enemigos, por amor a Cristo. (4,70)
Si deseamos agradar a Dios, oremos por los enemigos. Esto es agradable a Dios, porque es obedecer a su mandato. Jesús dijo.”Ortar por vuestros enemigos, y por los que os persiguen”
Le agrada por la caridad que supone esta oración. Le agrada por el sacrificio que acompaña a esta oración, ya que es un sacrificio costoso al amor propio. Solamente se hace por amor a él.
Así Dios nos reconoce como hijos suyos, como lo ha prometido diciendo: “Orar por vuestros perseguidores, a fin de ser hijos de vuestro Padre celestial”
Deseamos obtener para nosotros una gracia particular, orando por nuestros enemigos nos disponemos a recibirla.
Jesús desde Belén hasta el Calvario es un ejemplo de ello. Se entrega a sus enemigos para nuestra salvación y en medio del mayor dolor y humillación, su oración fue:”Padre perdónales, porque no saben lo que hacen”.
La Eucaristía es Jesús haciéndose víctima perpetua para poder ofrecer su oración por todos, incluidos los enemigos.
Desde el primer mártir, S. Esteban, todos los verdaderos discípulos de Jesús a su ejemplo, han orado por los que les persiguen.
Ciertamente es un sacrificio muy costoso ahogar los deseos naturales de venganza, no devolviendo mal por mal. Y aún más penoso es amarles devolviendo bien por mal. (Ejemplo admirable de coherencia cristiana el de la Vda. del general Atarés perdonando a los asesinos de su marido)
Podemos preguntarnos ¿en la vida religiosa se dan enemigos? No recuerdo el texto literal de Sta. Teresa del Niño Jesús, cuando decía que enemigos propiamente dichos no suele haber, pero si enemiguillos si. Y la persecución de los buenos es más dolorosa que la de los malos. Es heroico soportar en silencio y con santa paciencia una larga y maligna persecución. Tenemos los ejemplos de S. Pío de Petracina, o de Sta. Rafaela del Sdo. Corazón, perseguida y arrinconada a sus 42 años, y precisamente por su hermana y otra de las primeras cofundadoras.
Orando por los enemigos es también el camino para alcanzar las gracias necesarias para cumplir nuestros deberes.
Orar por los enemigos supone soportarles perdonarles, amarles, devolverles bien por mal. Para ello no intentemos luchar cuerpo a cuerpo con nuestros sentimientos. Quedaremos derrotados. Dirijamos nuestra mirada al Calvario y viendo a Jesús que ruega por nosotros, para hacer nuestra su oración.
Además tampoco se nos pide un amor afectivo. Esto es otro tema que ahora no nos vamos a detener.
221.- Espíritu de reconciliación.
Hacer las paces antes de acabar el día con quien se haya tenido alguna discordia. (4,71)
Con estas pocas palabras, exige algo muy valioso y costoso a la naturaleza. La reconciliación mutua de todas las discordias. Reconciliación mutua, pronta y completa.
Debe ser mutua, lo cual quiere decir que tanto el que injuria como el injuriado están obligados a la reconciliación. Jesús no ha hecho distinción entre ambos cuando dijo: “si cuando va a poner tu ofrenda en el altar, recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja la ofrenda y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y luego vuelve a presentar tu ofrenda”.
Tampoco distingue S. Benito entre el ofensor y el ofendido. Ambos deben recurrir al remedio de la reconciliación. La paz es un bien común. Si nuestro hermano la ha perdido, debemos sufrir con él y procurar curarle.
Muy humano y natural es decir: Mi hermano es el que tiene que venir a mí, yo nada tengo contra él. Es él que me ha ofendido. Cierto que la prioridad de pedir perdón están en el ofensor. Pero si bajo este lenguaje se quiere negar el acto de caridad que supone en el ofendido, tratar de recobrar la paz, indica que en nuestro interior estamos ofendidos. Si tenemos caridad, debemos sufrir por el estado de obstinación del hermano, y si en realidad no tenemos nada contra él y le amaos, vallamos hacia él y habremos ganada a ese hermano extraviado. Así lo afirma Mateo: “Has ganado a tu hermano”.
Terribles son los estragos causados por las discordias entre los hermanos. Y el tiempo envenena las llagas. La paz interior, la fuerza, la confianza y en fin todas las virtudes se debilitan, la oración se hace costosa y no puede ser agradable a Dios. La ofrenda no es aceptada. Por eso S Benito manda recitar en voz alta, dos veces al día el Padrenuestro, para recordarnos la obligación de reconciliarnos de los pequeños roces que suelen darse en una vida de comunidad.
S. Pablo dice que no dejemos que se ponga el sol sobre nuestra discordia. No esperar hasta la mañana siguiente para reconciliarse, para no presentarnos en la oración y Eucaristía en tan triste estado, del corazón lacerado. La plena reconciliación nos procura la paz plena y verdadera. Esa paz que establece a los hermanos en una unión perfecta, sin dejar ninguna nube, ningún resentimiento, ningún recuerdo penoso. En una palabra la paz de Dios, la paz que es morada de Dios.
Si la reconciliación no es meramente superficial, tiene que restablecerse la unidad perfecta, si no de sentimiento, al menos de voluntad. “Que sean uno Padre mío, como tú y yo somos uno”. Cuando todos quieren lo que Dios quiere, no hay más que un solo corazón y se establecerán en la paz de Dios que está por encima de todos los sentidos.
222.-Confianza
No desesperar nunca de la misericordia del Señor. (4,72)
Visto el conjunto de los instrumentos, puede sentirse el monje un tanto abatido ante tan gran número de instrumentos que hay que manejar para poder dominar a la naturaleza caída que se opone a la realización del gran mandamiento del amor.
S. Benito pone este instrumento en su lista para cerrar todo camino al desánimo. La tentación de la desconfianza es más fácil que le asalte al monje ferviente que al pecador endurecido. El monje ha meditado largamente en las grandes muestras de amor que el Señor ha dado y contemplando a la vez su pobre respuesta por su parte, puede ser tentado por la desconfianza.
La puerta del retorno a Dios no está cerrada para nadie. Mientras estamos en este mundo, la gracia nos llama a la conversión.
Todo el que quiera volver a Dios, puede estar seguro de recibir la gracia de la verdadera penitencia, ya que ese querer es una gracia también. El Señor llama a todos a la penitencia, por tanto no negará esta gracia. “No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”. Y el “convertíos de todo corazón”, no es una mera invitación sino una orden formal.
No querer convertirse es permanecer opuestos a la voluntad divina, ya que si nos invita a la penitencia y nos ordena volver a él, es que quiere conceder la gracia del arrepentimiento. Al hombre le corresponde pedir esa gracia y cooperar o corresponder a ella.
¿Qué se necesita para corresponder a la gracia? Por la voluntad se ha separado de Dios, y por la voluntad se ha de volver a él. Hay que rechazar toda tentación de imposibilidad de un retorno, por muchas que puedan ser las infidelidades.
Puede suceder que en ocasiones no se tengan sentimientos de dolor y arrepentimiento, pero el sentimiento no es necesario. Basta reprobar sinceramente por un acto de la voluntad, todo lo que esté en desacuerdo con la voluntad de Dios, con la firme determinación de reparar el mal en cuanto sea posible.
Las infidelidades, pecados y faltas, por muchas que sean, siempre serán finitas, y la misericordia de Dios es infinita, e igualmente son infinitos los méritos de nuestro Señor.
No esperar en la bondad de Dios, es la peor injuria que se la puede hacer. Es como dudar de su misericordia. Y por el contrario el mejor homenaje el más bello homenaje a su amor, fidelidad, promesas, es poderle decir: Dios mío, yo no merezco tu perdón, pero a pesar de todo, espero en tus promesas y en tu bondad.
¿Quien puede dudar del perdón mirando a la cruz y oyendo a Jesús exclamar “perdónales porque no saben lo que hacen? La confianza en su bondad es la que lleva a decir como el hijo pródigo:”Me levantaré e iré a mi Padre”
223.-Estos son los instrumentos del arte espiritual. (4,73)
S. Benito, después de haber trazado el plan de la vida cenobítica en el cap. 1 y el gobierno de la comunidad por el abad y el consejo de los hermanos, (2 y 3) muestra como en un resumen de toda la regla, las normas para todos los miembros de la comunidad.
En 72 artículos ha resumido la sustancia de los 72 capítulos de la regla. Así este cap. 4 es como una suma de todas nuestras obligaciones religiosa, y en su asimilación y práctica podemos constatar en qué medida tenemos el espíritu de S. Benito.
Mal orientado estará el monje que en este capítulo 4 no viese otra cosa que preceptos sin ningún orden y anticuados, más propios para el común de los fieles que para unos monjes contemplativos. Efectivamente son antiguos, algunos son de S. Clemente y S. Pedro. Pero todos están basados directa o indirectamente en la Sagrada Escritura.
Son estos instrumentos, no todos ciertamente igualmente importantes, los que nos ofrece para trasformarnos en imagen de Cristo, en otros Cristos. Practicándolos durante nuestra vida, llegaremos al ideal de nuestra trasformación. Pero es necesario ejercitarnos en ellos, ya que las herramientas, por sí solas no consiguen ninguna obra de arte.
Son instrumentos de un arte. El artista no solo quiere hacer un trabajo, sino que procura progresar cada día más en su arte.
Por tanto el objetivo final de todos ellos es progresar en nuestra trasformación en Cristo, y ayudados de la gracia podremos alcanzar esa trasformación.
Todo artista persigue un ideal, y por lo tanto, todo arte es un trabajo del espíritu. Pero el arte espiritual es por excelencia el arte del espíritu, que nos lleva a perseguir la perfección que no es otra que la unión con Cristo. Una carrera infinita se abre ante nosotros. Siempre podemos caminar más por esa senda. Siempre podremos crecer en paciencia, humildad, en caridad, etc.
¿Cómo lograr que estos instrumentos se conviertan en experiencia personal, viva y vivificante, capaz de trasformar al monje desde sus mismas raíces? ¿Cómo asimilar vivencialmente los contenidos ya formulados, sin quedarse en una mera asimilación conceptual inoperante? ¿Cómo pasar, en una palabra, de los textos a la vivencia?
Urge una experiencia del Dios vivo, un encuentro vital con la persona de Jesucristo. Todos y cada uno de los instrumentos nos tienen que llevar a ese encuentro personal con Cristo. Todos y cada uno de ellos, los hemos de ver a través del evangelio, para no quedarnos en la materialidad de la letra. Desde S. Pablo hasta hoy, es fácil comprobar que solo el encuentro personal con Jesucristo es capaz de trasformar a una persona por dentro y abrirla en donación personal a los demás.
224.-Objeto del arte espiritual
Estos son los instrumentos del arte espiritual. (4.73)
En la conferencia anterior, después de hacer algunas consideraciones generales sobre el arte espiritual, nos detuvimos a considerar como la vida monástica es un arte espiritual en su fin. Hoy me fijaré en su objeto.
El trabajo del arte espiritual consiste en arreglar el desorden que existe en razón de la inclinación al mal de nuestra naturaleza, fomentado por nuestros desordenes personales y reemplazarle por una vida sobrenatural.
No se trata de dar unas pinceladas en la superficie, para adquirir una forma y color monástico. Es necesario llegar a lo más profundo del ser para lograr una verdadera transformación. Llegar hasta la raíz del mal en nosotros y arrancarlo en todas sus manifestaciones.
El amor a la pobreza a los sufrimientos, a las humillaciones combaten el amor a nosotros mismos que invade todos nuestros pensamientos, palabras y acciones, y lo reemplaza por el amor a Dios y a la búsqueda de Dios en todo. Tal es el trabajo, el objeto de nuestro arte espiritual y para llevarlo a cabo, S. Benito nos ha presentado tan variado instrumental.
No se trata de un trabajo superficial y fácil. Podemos decir que es el arte de las artes, el más complicado, duro, difícil y también el más expuesto a ilusiones, porque su objeto, espiritual ante todo, es el alma, y lo que hay de más íntimo en el alma, el amor.
La vida religiosa es también un arte espiritual en sus medios. El arte espiritual no puede ser ejercitado más que por un obrero espiritual y con instrumentos espirituales. No es el cuerpo con sus sentidos, sino todo nuestro ser, alma y cuerpo, que con su inteligencia y voluntad, asistidas de la gracia, puede hacer el trabajo de la trasformación.
Sin duda el alma se sirve del cuerpo, y le aplica por medio de las obras exteriores el remedio para dominar los impulsos que le llevan naturalmente a buscar lo que le agrada, y a huir de todo dolor.
El espíritu es el que tiene que dirigir todo. Sin él, los actos exteriores carecen de valor, sin vida. El espíritu, animado por la caridad es el que da valor a las obras exteriores Y el progreso en este camino es un acercarse al ideal de la configuración con Cristo.
Podemos examinar con una mirada de conjunto de todo el capítulo cuarto, qué progresos hemos hecho en el arte espiritual. Si vemos que es muy pobre este progreso, casi seguro que proviene de una de estas tres causas. Haber perdido de vista con más o menos intensidad el horizonte infinito de nuestra vocación. O que el trabajo espiritual ha sido más superficial que radical, no hemos atacado de frente al verdadero enemigo, el amor propio. O en fin, nos hemos contentado con cumplir externamente nuestras obras sin vivificarlas suficientemente con la búsqueda de Dios y el desprendimiento de nosotros mismos.
225.-Intensidad del trabajo ascético.
Si los manejamos incesantemente día y noche y los devolvemos el día del juicio, recibiremos del Señor la recompensa que tiene prometida. (4,76-77)
Los instrumentos del arte espiritual, no son precisamente para quedar consignados por escrito en este capítulo de la Regla, sino para ser manejados
Es de notar con qué vigor se indica la continuidad del trabajo ascético, “incesantemente día y noche”.
Es una labor que no admite descanso no vacaciones. Solo la muerte temporal pondrá fin a esta labor. Entonces será el momento de retornarlos y recibir la paga por el trabajo realizado. Y ¿cual es la paga? En realidad no la cocemos, ni podemos conocerla.
El Maestro por el contrario, siempre dispuesto a hacer alarde de sus dotes de escritor imaginativo, brillante y barroco, intercala aquí una soberbia descripción de las delicias del Paraíso, apoyándose en la descripción del apócrifo”Visión de Pablo”. Tierra resplandeciente, ríos, riberas cubiertas de árboles, frutos de toda clase en los árboles, órganos y voces que cantan, ciudad rutilante donde suena sin cesar el aleluya.
Con la sobriedad de la mejor ley, S. Benito se limita a citar el texto paulino, y precisamente un texto apofático. “Lo que el ojo nunca vio, ni la oreja oyó, es lo que Dios ha preparado para los que le aman.” Y esto es lo mejor que puede decirse de la inimaginable recompensa.
Por tanto para el discípulo de S. Benito no hay vacaciones en la vida espiritual. Un obrero tiene que llenar su jornada de trabajo entera, y la jornada del monje es todo el tiempo de la vida. El alma está siempre activa. Produce siempre actos buenos, o malos o indiferentes.
Los actos malos o indiferentes, son actos de la vida natural que avanza sobre la sobrenatural. Y así la caridad pierde las fuerzas adquiridas y la inclinación al mal cobra nueva fuerza.
Si no queremos fatigarnos inútilmente o perder el tiempo de nuestra jornada, es preciso que trabajemos sin cesar día y noche.
También dice S. Benito que este trabajo será examinado en el juicio. Con esto nos quiere decir indirectamente, que en este trabajo hay que evitar toda mancha que pueda ser objeto de castigo en este juicio.
En el juicio del Señor, se considerarán las obras en su justo valor, no considerando tanto el número y brillo exterior cuanto la intención pura de la caridad y demás virtudes. Así obras que a los ojos de los hombres han parecido buenas, no sean tenidas en cuenta por el Señor. Y muchos actos que quedaron oscuros a los ojos de los hombres, serán glorificados.
La recompensa está asegurada, pues es promesa del Señor. Ni un vaso de agua dado por amor, quedará sin recompensa
Somos obreros del Señor, él nos ha llamado a su servicio, y él retribuirá el trabajo al finalizar el día, según su promesa. Estará en relación con la pureza de corazón y la generosidad de nuestros actos.
Cierto que nuestro trabajo no tiene que ser servil, mirando a la recompensa solamente. Lo realizamos por Dios y su amor, pero la recompensa no hay que olvidar que es Dios mismos”Yo soy tu recompensa”. La medida de la gracia determinará la de la gloria.
Ante una tan grande recompensa, es para sentirse avergonzado trabajar con indolencia cuando vemos a las gentes del mundo desplegar toda su actividad para ganar unos bienes materiales.
226.-Recompensa del trabajo ascético.
Recibiremos del Señor la recompensa que tiene prometida: Ni el ojo alguno vio ni el oído oyó ni pasó por la mente del hombre, lo que Dios tiene preparado para aquellos que le aman. (4,76-77)
Siguiendo la tradición de los antiguos monjes, S. Benito se complace en recordarnos con frecuencia el pensamiento del cielo. Así fijando la mirada en la recompensa alienta ante las dificultades recordando el cielo. No dejemos de meditar en esta verdad de fe, que es uno de los más dulces consuelos y estimulante.
Si, hay un cielo, una recompensa eterna. Esta recompensa será superior a todos los placeres de los sentidos según la conocida frase de S. Pablo citada por s. Benito. Será superior a todos los placeres que hayamos podido gustar en este mundo. En una palabra, superior a todo lo que podemos imaginar. S. Pablo vuelto de la visión del cielo, no puede decir con palabras humanas lo que ha visto. El cielo es la plena satisfacción de todas las aspiraciones del alma y recibirá una nueva y más amplia capacidad según sus méritos. No podemos dudarlo, pues así lo ha prometido el Señor.
Esta certeza se basa en la promesa de Dios y es su bondad. Infinitamente bueno, nos dará una recompensa superabundante. Infinitamente justo, debe dárnosla según nuestras obras. Toda obra buena tendrá su recompensa. Venid benditos de mi Padre al Reino que os estaba preparado porque tuve hambre, tuve sed, estuve enfermo… y me auxiliaste. Todo lo que hicisteis al más pequeño de los míos, a mi me lo hicisteis y será recompensado.
Una simple inclinación, cualquier ceremonia u observancia por pequeña que sea hecha con amor, tendrá su salario. Cuanto más premio tendrá un acto de humildad, de renuncia, un sufrimiento aceptado, una humillación, un rato de silencio…son otros tantos actos sobrenaturales a los ojos de Dios, que tendrán una recompensa eterna. La sabiduría de Dios que conoce el valor de nuestras obras y sólo recompensará las buenas obras, es decir las sobrenaturales hechas en gracia. No hay recompensa para las obras que no han sido queridas por él. Señor, dirán algunos, ¿no hemos profetizado en tu nombre? ¿No hemos arrojado en tu nombre los demonios? En verdad, responderá el Señor, no os conozco, obreros de iniquidad. En el cielo solo tiene entrada el que ha hecho la voluntad del Padre. No hay recompensa para las limosnas hechas por ostentación, No hay recompensa para ayunos y oraciones hipócritas, ya han recibido su salido. No hay recompensa para las acciones hechas por voluntad propia o por rutina, o murmurando, o a remolque. Solo las buenas obras serán remuneradas por el soberano Dueño.
227.-El taller de los instrumentos.
El taller donde hemos de trabajar incansablemente en todo esto, es el recinto del Monasterio y la estabilidad en la comunidad (4. 78)
Hay una precisión que la RB no menciona hasta el final del capítulo. Sabemos cuales son los instrumentos, sabemos cual es el arte que hay que ejercitarse. Ahora se dice donde hay que trabajar. La definición del taller tiene dos elementos: “Claustra monasterii” y estabilidad en la comunidad.
Claustra monasterio, no tiene que traducirse por el claustro del monasterio, ya que claustro acompañado de monasterio, tiene el sentido preciso, arquitectónico, de patio rodeado por galerías sostenidas por columnas o pilastras. La versión auténtica es “recinto” o “clausura del monasterio” es decir todo el espacio comprendido dentro de los límites de la propiedad monástica.
Por tanto por “claustra monasterii” significa el ámbito material y local donde se ejerce el arte espiritual.
La “stabilitas in congregatione” significa el clima humano, religioso, que es la pertenencia a una comunidad determinada, y la permanencia y perseverancia en esta familia monástica concreta.
No hay instrumento alguno de las buenas obras, tal como las hemos explicado, intentado penetrar en la mente de S. Benito, que no podamos practicar en este taller, que es el monasterio.
Las ocasiones de humildad, paciencia, obediencia son continuas. El silencio, los oficios litúrgicos, los tiempos libres, nos permiten la vida de oración y nos llaman sin cesar a la adoración, a la alabanza, a la piedad, al recogimiento. La vida común y la atención de los huéspedes nos permiten ejercer los deberes exteriores de la caridad para con el prójimo.
Finalmente por medio de la oración y el sacrificio, podemos continuamente hacer presente la gracia a todo el Cuerpo de Cristo. Gracias de conversión, de santificación. En una palabra todas las buenas obras que nos presenta la Regla, el monasterio nos ofrece inmejorables condiciones para cumplirlas, sin tener necesidad de buscar fuera los medios para ejercitar la virtud. El monasterio es el taller más favorable.
El monasterio nos preserva de muchos peligros. Nos preservan de la ociosidad, nos ejercita sin cesar en la renuncia por medio de la vida común, nos arma contra las tentaciones de vanagloria. No libra de muchas ocasiones peligrosas. Incluso nos libra de preocupaciones materiales que podrían turbar nuestro espíritu. Y finalmente nos suministran el buen ejemplo de los hermanos que nos rodean, a la vez que nos estimulan
¿Donde podríamos encontrar taller más favorable para hacer actos puros, generosos y constantes?
Arte, instrumentos, taller, remuneración del Señor. Todo queda perfectamente claro. Solo los obreros no se nombran explícitamente. Pero nadie duda que los obreros sean los monjes. En el prólogo nos decía que el Señor buscaba a su obrero en medio del gentío y en el cap. 7 al comienzo se considera el monje como obrero malo e indigno, y será obrero bueno purificado ya de vicios y pecados cuando halla coronado todos los grados de humildad.
Esta es por tanto la visión de la vida monástica que tiene la RB y que se desprende claramente de este cap. 4. El monje es el obrero de Dios que en el taller del monasterio y en compañía de los otros obreros que forman la familia monástica, trabaja día y noche en un oficio enteramente espiritual y manejando unos instrumentos también espirituales, que son las virtudes, y esperando que la gracia y misericordia de su Señor para que el día que le pida cuentas, pueda recibir la recompensa de sus afanes.