Capítulo IVa
Cuáles son los instrumentos de las buenas obras

 

95. Continuación del amar a Dios

96.-S. Bernardo y el amor a Dios.

100.-El Señor desea que lo amemos.

 101. Belleza y bondad infinitas de Dios.

103. Amar al Señor Dios…con todo el alma.

106. Segundo instrumento, amor al prójimo.

109.-Relación entre el amor de Dios y del prójimo

112. Espiritualidad del tercer instrumento

 122.- Negarse a sí mismo para seguir a Cristo. (4,10)

124.-Negarse a sí mismo para seguir a Cristo.- (4,10)

129.- Amar el ayuno. (4,13)

137-Consolar al afligido. (4,19)

165.-No ser murmurador. (4,39)

167.- Poner la esperanza en Dios.- (4,41)

170.-Atribuirse a sí mismo el mal.

190.-presencia de Dios

194.- No ser amigo de hablar mucho. (4,53)

201-Oración frecuente.(continuación) 

206.-Los malos deseos.

207.-  Lucha contra los malos deseos.

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90. Ascética benedictina
- Cuales son los instrumentos de las buenas obras. (4)

Con este capítulo entramos en lo que se puede llamar código ascético de la RB. Una regla  monástica, no es un tratado de ascético-mística. No hay que  buscar por tanto en la RB grandes disquisiciones sobre vicios, virtudes,  oración, contemplación.
Para todo esto, S. Benito remite en el capítulo 73, a  la Escritura, a los Padres, a las obras propiamente monásticas.
Pero más o menos, con mayor o menor claridad  vivifica  todo el código benedictino, una sabia espiritual de gran riqueza. Y esto no solo en el prólogo que como ya vimos, es una catequesis, sino en capítulos  que a primera vista están ajenos a la orientación  espiritual, como cuando trata del mayordomo.
El cuerpo propiamente ascético, considerado por la tradición como la ascética benedictina lo forma un grupo de  cuatro capítulos, dedicados íntegramente a disponer una serie de directrices ascéticas   y doctrinales sobre  virtudes consideradas como básicas en la  vida del monje.
El cap. 4, sobre los instrumentos de las buenas obras, el 5 sobre la obediencia, el 6 sobre la taciturnidad  y el 7 sobre la humildad.
El cap. 4 simple catálogo de máximas  morales, que salvo excepciones no ocupan más de una línea, tiene apariencias de un bloque errante. Con todo, un examen detenido prueba que no sólo parte de su contenido doctrinal  se encuentra en el cap. 5, 6, y 7, sino que forma con ellos  una unidad  literaria. Los prepara y hasta cierto punto anticipa su doctrina.  Se ha podido decir que los cap. sobre la obediencia, la taciturnidad y la humildad, no hacen más que elaborar y desarrollar ciertos instrumentos de las buenas obras.
También tenemos que resaltar, que la doctrina de estos capítulos, tal como nos lo presenta S. benito, está muy relacionados entre sí. Así la obediencia es el primer grado de humildad, la taciturnidad, habito del silencio y parquedad en el hablar, bajo uno de sus aspectos esenciales, implica humillarse y hablar con el superior con toda humildad. Y una de las máximas fundamentales es que hablar y enseñar corresponde al maestro y corresponde al discípulo  callar y escuchar. Lo cual está relacionado con la obediencia, ya que la atención silenciosa a la palabra de Dios trasmitida por el abad, tiene por objeto ponerla en práctica sin demora.
En la escuela de la humildad, finalmente, descrita en el cap. 7  habla de la renuncia de la propia voluntad para abrazarse con la obediencia, constituye el tema revelante de los cuatro primeros grados y es como el meollo de la doctrina expuesta en el tratado. Mientras la taciturnidad aparece ya en  el grado 4º y constituye la materia propia del grado 9º, 10º y 11º.
La trilogía benedictina de obediencia, taciturnidad y humildad forman un bloque compacto.
 Pero seria un error considerar estas tres virtudes monásticas  como si tuvieran el mismo valor. La humildad destaca  netamente sobre las dos primeras.
En términos generales la humildad  en su sentido amplio y profundo, (es como la que entiende la RB con toda la antigüedad cristiana), es la virtud madre y la obediencia y taciturnidad  son sus hijas.

 

 

91.- Ascética benedictina. (Cap. 4, 5,6 y 7)

Estábamos comentando sobre la relación que tienen en el ascetismo monástico las virtudes  correspondientes a los capítulos 5, 6,7 de la RB, obediencia, taciturnidad y humildad. La humildad destaca sobre las dos anteriores como más central, en su sentido amplio y profundo, es considerada por toda la antigüedad cristiana como la virtud madre,   mientras las otras dos son como sus hijas.
También podemos decir que la obediencia y la taciturnidad son como dos partes integrantes de la humildad.
La humildad se manifiesta positivamente en el ámbito de la acción en la obediencia, y negativamente, en un esfuerzo progresivo en el dominio de la palabra.
No parece exagerado afirmar que los capítulos  sobre la obediencia y la taciturnidad, pertenecen realmente al tratado de la humildad del que se desgajaron  para dar más relieve a sus temas particulares.
La vida del monje según la RB 49,1 tiene que  corresponder en todo tiempo a una observancia cuaresmal, o sea una especie de catecumenado. Una preparación ininterrumpida  para la Pascua eterna. Ahora bien  desde la Didaché hasta las instrucciones bautismales de Pirminio y de S.  Bonifacio, la doctrina que se daba a los  catecúmenos, se presentaba en forma de sentencias. Tal vez sea este el sentido profundo del singular capítulo  4º de la RB.
Al inicio de la parte ascética del código monástico, se propone esta larga lista de sentencias morales, de las que salvo  cuatro o cinco, no son específicamente monásticas, sino simplemente cristianas, con la finalidad de que el monje las aprenda de memoria, las asimile y procure ponerlas en práctica como preparación de la pascua definitiva de la gloria.
Para muchos, a primera vista y sin una previa reflexión  este catálogo  de los instrumentos de las buenas obras, es indudablemente el texto más  inesperado de la regla.
Sorprende en primer lugar por su género insólito y a primera vista también sin conexión con los tratados circunvecinos.
Al examinarlo más de cerca nos podemos sentir decepcionados  por no  encontrar  ningún orden en esta sucesión  de pequeñas frases. Y tratándose de un programa de buenas obras  a cumplir por monjes en vista a    la vida eterna, hubiéramos esperado una elección distinta, pues junta lo importante con lo accesorio. “Amar a Dios y al prójimo” junto con “no gustar de reír mucho”.
Sorprende también por su falta de relación con la realidad monástica, pues como antes dije, fuera de cuatro o cinco, las demás sentencias no son específicamente monásticas.
A la luz de la RM.  podemos encontrar algunas razones de estas sorpresas que una primera mirada sobre este capítulo, nos han sorprendido.
En la RM los cap. 3 al 6  contienen la misma materia, aunque con título diferente y algunas variantes.
Si nos fijamos en el directorio del abad y su apéndice, el consejo de los hermanos y el ars santa se presenta como un programa para la conducta y enseñanza del abad. En virtud de esta enseñanza, por el ejemplo y la palabra, se convierte también  en un programa para a los monjes, o sea en norma para toda la comunidad. Por eso RB termina con un “nosotros”.Tanto el abad como los hermanos, comparecen juntos ante el juicio divino.
De este modo, antes de dirigirse casi exclusivamente a los hermanos, en los capítulos siguientes se dirige al abad. Del abad,  ha pasado al abad reunido con los hermanos.
Como ya he resaltado anteriormente, este capitulo es como el preludio de la trilogía de las virtudes monásticas, que serán la materia de los siguientes capítulos: obediencia, taciturnidad y humildad.

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92.- Instrumentos y humildad.

El catálogo de instrumentos, desempeña también el papel de preparación,  anticipando  varias series de temas que serán desarrollados  abundantemente en los grados de humildad.
Así podemos ver como los instrumentos de las buenas obras, están mucho más relacionados con los tratados circunvecinos de lo que parece a primera vista.
El más llamativo de este anuncio es el encontrar en ellos las ideas-madres que se desarrollaran en el primer grado de humildad: la meditación de los novísimos, la fe atenta a la mirada de Dios, la vigilancia de  conducta presente en la perspectiva del juicio final, el rechazo de los malos pensamientos, la represión  de las palabras ociosas.
A continuación se pasa de los deseos  de la carne y de la voluntad propia  a la obediencia al abad, prefigura en forma precisa la secuencia de los grados del 1 al 3 de la humildad.
Ya  antes de estos esbozos tan nítidos de los primeros grados, la RM ha insertado un bosquejo de 4º cuya ilustración escriturística ya conocemos en parte. Incluso el 5º puede adivinarse en la máxima de los malos pensamientos  que sobrevienen al corazón. Mientras que la moderación de la risa, junto con las palabras vanas, hacen pensar en el  los grados 10 y 11.
En resumen, cerca de la mitad de la escala de la humildad  se encuentra ya en las máximas del “ars santa”.
Uno de los objetivos de esta, es preparar en forma de piezas separadas, cierto  número de principios espirituales, con los que el lector  se familiarizará al llegar a las amplias exposiciones de la humildad.
La última característica que termina por unir los dos tratados es que tanto uno como otro acaban  con una larga descripción del Paraíso, por lo que algunos detalles se repiten textualmente.
Benito ha eliminado  esta similitud, reduciendo  la primera  descripción del Maestro a una simple evocación  apofática: ”Si los manejamos incesantemente día y noche  y los devolvemos  el día del juicio, recibiremos del Señor la recompensa que tiene prometida, que ni ojo alguno vio , ni oreja oyó, ni  pasó  por el pensamiento del hombre, las cosas que Dios tiene preparada  para aquellos que le aman. Y suprime completamente la segunda.
Sin embargo en la escala de la humildad tiende visiblemente  al cielo, y esta finalidad se funde con aquella que tenían los instrumentos. En otras palabras, el “ars santa” y  la escala son dos  metáforas  equivalente, que expresan una y otra  el esfuerzo hacia la vida eterna, concebida como una retribución  y una recompensa.  

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93.-Los instrumentos del arte espiritual. (4)

Las sentencias que S. Benito nos propone en el  capitulo 4, las llama “instrumentos”. Probablemente indica lo que en latín se llama un genitivo de identidad, o sea “bonorum operum”sería la explicación de “instrumenta”. Y así es como debe entenderse  porque se trata de un título en forma interrogativa ¿Cuales son los instrumentos de las buenas obras?
 Las buenas obras se asimilan a instrumentos, y solo al final del capítulo  se explica que se trata de instrumentos de arte espiritual...
Es uno de los capítulos  más largos de la RB. Consta de tres partes extremadamente  simétricas. Contiene primeramente un catálogo  de 74 instrumentos o máximas espirituales, que sin ningún preámbulo, empieza por el primer precepto del decálogo y termina, con el “no desesperar jamás de la misericordia divina”.
Sigue a manera de  epílogo o consecuencia, el anuncio de la paga, que recibirá el obrero que los utilice fielmente”de día y de noche”. Y finalmente en una sola frase se indica el taller en que deben utilizarse los instrumentos.
¿Cual es la procedencia de este catálogo, quien lo confeccionó? Parece poco probable  que hubiera sido un abad, dada la extrema escasez de referencias a la espiritualidad propiamente monástica. A de Vogüe, ha logrado descubrir, a lo menos dos fuentes probables., la Passio Julian et Vacilese y otra perdida.
Aunque mal informados de las Fuentes, tenemos buena información de casi todas las sentencias que lo integran.
La mayoría está sacadas de la Biblia, otra de los Padres  de la Iglesias otras de los autores monásticos, otras  finalmente de la Passio Julian, y algunas  de autores profanos. Más que citas literales son elaboración  original de pensamientos  ajenos.
Se ha querido descubrir un orden lógico que como dijimos, a primera vista no se ve. En realidad no existe, y las sentencias se juntan entre si, formando pequeños grupos más o menos articulados  unos con otros, sea en torno aun mismo tema ideológico, sea  por adoptar una misma forma literaria, o compartir la misma inspiración bíblica.
Con todo podemos decir que el elenco se divide en dos partes. La primera del 1-40 se distingue por una mayor abundancia de referencias  bíblicas. Todos los comienzos de  sección proceden de la Escritura y por la insistencia casi continua  de los deberes para con el prójimo.
La segunda parte, 41-74, recurren menos a  la Biblia y sus referencias son menos claras, pero su doctrina  es más sistemática y elaborada, y salvo el final, atañe a los deberes para con Dios y con uno mismo.
Encabeza la lista dos grandes mandamientos, el amor de Dios y del prójimo. Siguen  los demás preceptos del decálogo, con una variante notable. En lugar de decir “honrar padre y madre”, dice “honrar a todos los hombres”. El cambio es motivado sin duda porque el monje ha abandonado a sus padres para seguir a Cristo, y convierte este mandamiento en una máxima de hospitalidad, inspirada en 1 P. 2,17 y que  la RB utiliza al tratar de los huéspedes del monasterio . Y este primer grupo termina con la regla de oro: “no hacer a otro lo que uno no desea para sí mismo”.
Aunque todos los textos que utiliza se encuentren en el NT,  proceden del  AT. Son propiedad indivisa de ambos.
Con el v.10 nos encontramos pleno evangelio. Una sección que abarca  del 10 al 19.  Tras invitar a seguir a Cristo, se recomienda castigar el cuerpo, frase que los  antiguos entendían como referencia al ayuno. No darse a los placeres, se refiere sin duda a los placeres de la mesa. Amar  el ayuno, formulación explicita y  más explícita de las máximas anteriores.
Después pasa a la práctica de las obras de misericordia. Esta transición resultaba muy natural para los antiguos, ya que el ayuno iba siempre ligado a la limosna.
La sección siguiente 20-23 esta constituida  del mismo modo  que la anterior. Comienza con un llamamiento a la renuncia, para seguir a Cristo,  y siguen una serie de máximas concernientes a la convivencia de los hermanos, mortificando el apetito irascible, evitando la cólera, el resentimiento, la venganza.
Forman grupo aparte siete sentencias de formulación negativa 34-40, no ser soberbio, ni dado al vino,  todas ellas de fuentes bíblicas menos una, no ser dormilón, que no se sabe  su procedencia.
La segunda parte presenta características bastante diferentes. En realidad presentan un `programa de ascesis precedido de una exhortación  para poner en todo la confianza en Dios. Este programa tiene que comenzar necesariamente por el ejercicio del temor de Dios: juicio divino, infierno, muerte, son verdades eternas, que es preciso tenerlas siempre en la mente.
De este modo, la vida humana irá adquiriendo una seriedad fundamental, que evita no solo las palabras malas 51, sino también el hablar con exceso 52,  las bufonadas o risa estrepitosa, 53-54. Y el alma anhelara de verdad la vida eterna, 56.
Este plan de ascesis se completa con algunas máximas  referentes a las lecturas santas 55, oración frecuente 56, compunción 57, purifican el alma y le ayudan a corregirse de sus faltas 58.
Después de la cita de Gal. 5,16, relativa a los bajos instintos 59,  se hace hincapié en aborrecer la propia voluntad para obedecer al abad, que como hombre puede  tener fallos y que su vida no se ajuste  a su doctrina. En tal caso hay que acordarse de las palabras del Señor, “haced lo que os digan y no hagáis lo ellos hacen”.  La Passio Julian proporciona  un aforismo un tanto curioso:”No desear ser tenido por santo antes de serlo, sino serlo para que se le considere con toda justicia”, 62.
Hay unas cuantas máximas 63-68 sin relación lógica para situarlos en este contexto.
Luego se insiste en el amor fraterno, en cinco conceptos negativos y cuatro  positivos, 69-73. Encontramos máximas tan humanas como “venerar a los ancianos”, “amar a los jóvenes”, que después encontraremos  en el cap. 63.
Y termina con un acto de fe, “jamás desesperar de la misericordia de Dios”.
                                 
 

 

94. Amor de Dios.
Ante todo amar al Señor Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, y además al prójimo como a sí mismo. (4,1-2)

En ninguna parte aparece tan patente  el intento de centrar los instrumentos en el terreno común del cristianismo, como en estas primeras máximas.
Aquí encontramos una de las originalidades más notables de la Regla y uno de los polos de su enseñanza.
No es que el Maestro y Benito sean los primeros entre los monjes, que ponen en primer plano  los dos grandes mandamientos. El Ordo Agustinianii, y el la Regla de Basilio, comienzan ambos con el amor a Dios y al prójimo, porque  estos son los dos mandamientos que nos han sido dados como prioridad, observa simplemente el Ordo.
Basilio explica largamente que hay un orden expreso  en las voluntades del Señor y que no se puede anteponer nada a estos dos preceptos generales, inscritos por Dios tanto en  nuestros  corazones, como en la Ley.
El doble mandamiento, puesto a la cabeza de estas dos legislaciones, desempeñan  en ellas, un papel incluso  más importante que en nuestras reglas  en las que solamente abren un capitulo particular.
No es una exageración  destacar la importancia del tema especialmente en Basilio, en el que la separación del mundo y el cenobitismo aparecen alternativamente como exigencias del amor de Dios y del prójimo. Así la fraternidad  basiliana toma su forma de estos dos  mandamientos.
Por el contrario, la teología espiritual de Casiano, no utiliza para nada estos dos preceptos fundamentales. En su obra jamás se cita alguno de los tres pasajes de los evangelios en los que Cristo los promulga juntos.
Lo mismo sucede con los dos versículos del sermón de la cena, en los que Jesús promulga su mandamiento nuevo, y hace de su observancia  que todos conozcan que somos sus discípulos. Los cita de paso y en un contexto que limitan notablemente su alcance. Es para manifestar la necesidad de la humildad. El signo de los verdaderos discípulos de Cristo  no figura más que donde el texto tratado lo pide, en la conferencia sobre la amistad, (Colación 16). Las grandes síntesis espirituales, las conferencias 1,3 y 11, por citar las principales, se despliegan sin recurrir a este mandamiento del amor mutuo y del amor a Dios.
Podemos  decir, por extraño que parezca, que la doctrina de Casiano ignora  los dos grandes  mandamientos, sobre todo el de la fórmula conjunta como el Señor los formula en los sinópticos.  Y este desconocimiento no es pura casualidad. Casiano siguiendo a Evaglio, hace de la caridad el término  al que llegan todos los esfuerzos para  alcanzar la perfección, no podía prácticamente presentar al amor como  principio del camino espiritual. Esta espiritualidad evagliana, surgida por los textos célebres  de S. Pablo y S. Juan, la caridad aparece como la virtud perfecta  que elimina todo defecto y expulsa el temor servil, colocándola así en la cima de la ascensión espiritual. El amor se revela como un bien ciertamente prestigioso y soberanamente deseable, pero también lejano y de difícil acceso. Queda reservado a los hombres perfectos que han  salido victoriosos de la lucha contra todas las pasiones y aquellos  que superando el estado de esclavos y mercenarios, han llegado a la condición filial. Por eso no hay que proponérselos indistintamente a todos  al principio de su ascensión.
Tanto el Maestro como Benito no ignoran este plan de Casiano. Incluso el Capitulo 7 está calcado en este plan, pero  aun colocando la caridad en la cúspide de la escala, no encuentran dificultad en poner el amor a Dios y al prójimo al principio de la  enumeración de las buenas obras.
En realidad estas dos formas de magnificar el amor no se oponen, si evitamos privilegiar una de ellas  sacando consecuencias demasiado rigurosas.  Es lo que hicieron  el Maestro y Benito, menos preocupados por la coherencia de Casiano y de sus predecesores, yuxtaponen tranquilamente la presentación de la caridad según los evangelios, como la visión sublime de esta virtud, elaborada por los alejandrinos a partir de las Cartas.
 S. Benito introduce sin ninguna dificultad el “pro Dei amore” en el tercer grado de humildad.
Este principio de capitulo cuarto, llena una laguna de la espiritualidad de Casiano. Nuestra regla a diferencia de este último, recuerdan oportunamente  la importancia primordial de la ley divina.  Lo que quiere hacer entender es que no se puede poner un fundamento distinto del que ha puesto el mismo Dios. Este comienzo de capitulo, es una profesión de fe y una sumisión al evangelio.

 

95. Continuación del amar a Dios.
- Ante todo amar al Señor Dios. (4,1)

Después de haber considerado la visión general y las fuentes de este capítulo, reflexionamos  un poco sobre cada uno de los instrumentos.
Mucho se puede decir de este primer instrumento. Libros enteros se han escrito, tratados como el de S. Bernardo sobre el amor a Dios.
Veamos alguna reflexión que nos pueda ser útil. Así podemos destacar como el amor diviniza al hombre de alguna manera, uniéndole a Dios, dándole la vida  sobrenatural, participación de la vida del mismo Dios.”Quien se adhiere a Dios de hace un mismo espíritu con El”.
Más que cualquier  otra virtud, engrandece al hombre y glorifica dignamente a Dios. Dios no mira el don que le ofrecemos, sino nuestro corazón. Todo lo que  podemos ofrecerle, no es nada a sus ojos si no le damos nuestro corazón por el amor.”No quiero tu don, te quiero a ti” dice La Imitación de Cristo.
Por eso es llamado el gran mandamiento, es el mandamiento final hacia el cual son dirigidos  todos los demás mandamientos. Todo lo demás son o grados para llegar al amor o medios para alcanzarle.
¿Para que los votos, la regla, los doce grados de humildad? Para llegar al amor. Entonces se llaga a la  caridad; dice S. Benito. Es el único mandamiento que permanecerá eternamente. La fe y la esperanza pasarán, solo quedará la caridad.
Es también la virtud más útil. Para los que aman a Dios todo es para su bien, dice el Espíritu Santo. La piedad (un aspectote la caridad) dice Pablo, es útil para todo. Ella tiene  las promesas de la vida presente y de la futura, es el amor  el que llena el vació del corazón y endulza las amarguras de este mundo y los sacrificios de la vida monástica.
El amor, dice S. Bernardo, alivia a los fatigados, fortifica a los débiles, alegra a los tristes, hace suave el yugo del Señor. Con el amor el monasterio se convierte en un verdadero paraíso. El amor  es por tanto la palanca para llegar a las virtudes. Hace fácil el trabajo, sostiene y reanima el valor, nos hace discernir mejor la verdadera virtud, nos arrastra a ella. “Dilatado el corazón por la inenarrable dulzura del amor se corre por la senda de los mandamientos de Dios”
Finalmente el  amor  es el que multiplica los méritos en este mundo y aumenta neutra gloria en el otro. La más pequeña acción hecha por amor puede tener  tanto y más valor a los ojos de Dios que las acciones más brillantes.
En tercera lugar  vemos como el amor es la virtud más necesaria. Todas las virtudes son necesarias, y cada una  tiene su brillo particular, pero sin caridad, pierden toda su belleza  sobrenatural.
Por eso debemos emplear todos los recursos de la vida monástica en la adquisición de este amor. Adquirir, practicar, perfeccionar el amor de Dios, a fin de hacer todas las virtudes más verdaderas, sólidas y meritorias. Este es el trabajo  espacial para un monje. Si no persigue este fin solo será un cuerpo sin alma. La caridad es el alma de las virtudes. Aunque yo tuviera una fe  que hiciera trasportar las montañas, aunque diera todos los bienes a los pobres, aunque entregase mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, no soy más que un cadáver. Donde no está la caridad, está la muerte.
La vida de la gracia desaparece sin caridad. De ahí la insistencia de S. Benito al  ponernos este primer mandamiento como base de todos los demás. Podemos preguntarnos, ¿es verdaderamente el amor de Dios el alma de nuestra vida religiosa? ¿Tenemos como principal tarea el adquirirla, el progresar en ella? In primis, dice S. Benito, que Iñaki traduce “ante todo”. Así lo expresan también nuestras Constituciones cuando dice:”No se ahorre esfuerzo alguno  para que toda la vida comunitaria se acomode a la ley suprema del Evangelio”  3,4.

 

96.-S. Bernardo y el amor a Dios.
 Ante todo, amar al Señor Dios. (4,1)

Nos detenemos un día más en este primer instrumento recogiendo algunos pensamientos que puedan revelarnos un tanto cómo S. Bernardo hablaba y exhortaba  a sus monjes a meditar y crecer en el amor de Dios.
“Que vergüenza y que ingratitud  tan espantosa que contempláramos impasibles la muerte del Hijo de  Dios. Y sin embargo, fácilmente acontecerá esto, si nos falta la asistencia del Espíritu Santo.
Mas ahora que la caridad de Dios lo ha derramado en nuestros corazones, por medio del Espíritu Santo, debemos amar porque somos amados y amando merecemos que se acreciente más y más el amor en nuestros corazones.”
Y en otro lugar especifica:”Amad al Señor vuestro Dios  con todo el afecto  de un corazón lleno y entero. Amadle con toda la sabiduría y vigilancia de la razón, amadle con todas las fuerzas del espíritu, de manera que no temierais incluso morir por amor a El.
Que el Señor Jesús sea para vosotros objeto de infinita dulzura, a fin de destruir la dulzura criminal de los placeres de la carne.
 Que el sea para vuestro entendimiento luz que guíe y sirva de conductor a vuestra razón. Que vuestro amor sea también constante y generoso, sin que jamás ceda ante el temor, ni sucumba ante el trabajo.
Amemos pues con ternura, con circunspección y con ardor, sabiendo que el amor del corazón que llamamos afectivo, es en verdad dulce, pero engañoso si no va acompañado con el de la voluntad. Y este a su vez si no va acompañado de fortaleza y constancia, se muestra frágil y flaco en las ocasiones difíciles.”
“¿Queréis oír por qué y cómo habéis de amar a Dios?  Yo os lo diré. El motivo de amarle, es Dios mismo, y la medida de amor ha de ser amarle sin medida.
Tenemos dos motivo para amar a Dios por si mismo. Porque nada hay más justo y porque nada nos es más provechoso.
Bien merece que le amemos, sobre todo si ponderamos quien fue el que se adelantó a amar, y a quienes y cuando les ama.
Fue Dios quien nos amó y con un amor gratuito, siendo sus enemigos. ¿Cuándo? Nos lo dice el apostol Juan: De tal menara amo Dios al mundo que le dio a su Hijo Unigénito”.
“Buenos sois Señor para el alma que os busca, pues ¿qué seréis para aquella que logra la dicha de encontraros?

 

97.-Amar a Dios.
 Primer instrumento: ante todo amar al Señor Dios.(4.1)

Podemos preguntarnos ¿qué es  amar a Dios? El amor se comprende mejor  que se define. Haciendo una comparación, amar a Dios es como  lo que un niño hace con su madre, se adhiere a su madre. La prodiga caricias y abrazos como su  único recurso, se interesa por el bien de su madre, se interesa por su felicidad, llora cuando la ve sufrir. Con razón su amor se desarrolla y se fortifica, y se traduce por una obediencia fiel a sus deseos.
Sto. Tomás define el amor como un salir de sí mismo para vivir en otro. “Ens extra se in alio vivens.” Amar es olvidarse de sus propios intereses, para no pensar  sino en aquel a quien se ama, y procurar su bien.
Este olvido de sí mismo y tendencia hacia el objeto amado, proviene de que en ese objeto hemos descubierto un bien que ha excitado en nosotros la simpatía y procurado la complacencia.
Amar a Dios es por tanto adherirnos a El como a nuestro soberano bien, es poner en él nuestra complacencia, desear su bien, defender sus intereses y renunciar a nuestra propias ventajas para hacer todo lo que él quiera.
La gloria de Dios hace nuestra propia gloria, su reino nuestro  reino, su voluntad  nuestra voluntad.
En realidad no podemos separar nuestros  intereses de los de Dios porque  son todos ellos inseparables de nuestra verdadera felicidad. Pero si le amamos estaremos dispuestos a renunciar a todo lo transitorio si no es para su gloria y no es conformes a su voluntad. Cuanto más le amemos, más haremos nuestros sus intereses.
Hay diferentes actos de amor de Dios. El amor es una inclinación y determinación del alma a unirse a Dios, a complacerle, a desear su bien y querer lo que él quiere.
De aquí las diferentes formas de amor: amor de concupiscencia, de complacencia, de benevolencia y de conformidad.
 El amor de concupiscencia, que no es otra cosa que la esperanza cristiana, nos adherimos a Dios como a la fuente de nuestras verdaderas satisfacciones, le amamos por los bienes que gustamos en El. Este grado es el menos prefecto es si. Es el que suelen tener los principiantes en la vía espiritual.  Pero aún purificándose, siempre  se encontrará en  almas, aún en las más santas, porque Dios siempre será nuestro soberano bien.
                   En la medida que conoce la bondad de Dios,  el amor de concupiscencia da lugar al amor de COMPLACENCIA, por el que consideramos  en Dios su propio bien, más que el nuestro, nos alegramos de la felicidad de Dios, nos complacemos en sus perfecciones  infinitas, con los ángeles, los santos.
El amor de BENEVOLENCIA, parece querer llegar más alto aún. Desearía  hacer más grande a Dios, si fuera posible. Deseamos que su gloria externa crezca, que su amor se infunda en todos los corazones.
El amor de CONFORMIDAD es aquel que nos coloca plenamente bajo el dominio de Dios. A esta voluntad buena, sabia  y omnipotente, no sabemos más que responder con una cosa: Dios mío, yo quiero todo lo que vos queréis, como vos lo queréis y porque vos lo queréis. No hay nada más perfecto.
  

 

 

 

98.-Beneficios  de Dios..
 Primer instrumento: ante todo amar al Señor Dios. (4,1)

 El amor de Dios reside ante todo en la voluntad. Siendo Dios el soberano bien de todas nuestras  facultades, todo  en nosotros debe unirse a Dios.
El amor debe poseer nuestra memoria, nuestra inteligencia, nuestra imaginación y nuestros mismos sentidos. Pero es la voluntad la que preside el acto del amor.
La inteligencia ilumina al amor y le abre camino, ya que no podemos amar aquello que desconocemos. La imaginación  facialita los actos. La sensibilidad sufre la influencia, pero es la determinación de la voluntad libre la que  hace del amor una virtud
Si las luces y los sentimientos están solos, no hay verdadero amor. Por el contrario el amor puede existir en las tinieblas del espíritu, y con la repugnancia de los sentidos. Incluso en estos casos el amor es más puro porque entonces no corre el peligro de adherirse más a las consolaciones de Dios que al Dios de las consolaciones.
Es más, en este estado de oscuridad, llega el alma muy alto si lucha para ir a Dios a pesar de la oscuridad y repugnancias naturales.
Nosotros siempre podemos ir  a Dios con el auxilio de su gracia, pues que tenemos siempre a nuestra disposición una voluntad apta para determinarse y siempre  podemos querer ira Dios.
Al amor que Dios nos tiene, debemos todo lo que tenemos y todo lo que somos. Nos ha amado desde toda la eternidad,  y con ese amor eterno nos ha buscado en la nada y nos traído a la existencia, nos a dado las facultades y nos ha rodeado de criaturas que nos sirven. Sin ese amor de Dios para con nosotros ¿qué seríamos? Nada. ¿Pensamos  en los seres posibles? A pesar de que entre ellos habría mejores que nosotros, nos ha preferido a nosotros para darnos la existencia.
Y a la gracia de la creación se une la de la conservación. A su amor debemos todos los bienes sobrenaturales que tenemos: Jesucristo, la encarnación, la redención, la gracia, los sacramentos. 
¿A quien sino a su amor, debemos la gracia de la vocación? El evangelio dice que Jesús miró con amor, a aquel joven rico  que llamó a su seguimiento.
¿Cómo podemos dejar olvidado este instrumento? Nos ha atado con tantos lazos de amor, cuantos beneficios nos ha concedido. Todo lo que tenemos, lo que somos, todo lo que vemos en torno nuestro es beneficio de Dios.

 

 

99.-Somos propiedad de Dios.
 El primer instrumento, ante todo amar al Señor Dios.(4,1)

Ayer comentaba, al filo de este instrumento cómo todo, lo material y lo espiritual, la vocación, son un don amoroso de Dios que está  reclamando nuestro amor.
Podemos dar un paso más. Querámoslo o no, somos propiedad de Dios. Todo lo que tenemos le pertenece, porque de El lo hemos recibido y por tanto todo lo tenemos que emplear en los intereses de su gloria, y somos suyos con más razón que un cuadro pertenece al pintor que lo ha pintado.
No solamente es de Dios el fruto de nuestro trabajo, sino que nosotros mismos somos su propiedad. ¡Cosa sabida! Podemos exclamar.  Pero ¿siempre actuamos con  lógica?
El hombre es ante todo un corazón capaz de amar  y con necesidad de amar, y una voluntad libre. No basta reconocer especulativamente su soberano dominio sobre nosotros. Es necesario que espontáneamente  estemos disponibles a su voluntad. Los demonios reconocen mejor que nosotros el soberano dominio de Dios,  pero  no quieren someterse ni pertenecerle.
Nosotros reconocemos su dominio cuando le adoramos, le alabamos y le bendecimos, cuando ponemos en El toda nuestra complacencia, cuando por su amor, le sometemos todas las potencias de nuestro cuerpo y de nuestra alma.
Esto es lo que reconocemos cuando decimos: “Dios mío, yo quiero ser todo tuyo”. O “Haced que yo sea todo tuyo”.
Dios al crearnos lógicamente ha pretendido un fin. Y no puede haberse propuesto otro fin que a sí mismo. Universa propter semetipsum operatus es Dominus.
Nos ha creado para procurar su gloria  y participar de su felicidad. En otras palabras, para ser amado por nosotros, ya que es nuestro amor el que puede glorificarle y a la vez hacernos dichosos.
Hemos sido hechos para amar a Dios, y  para esto nos ha concedido todas nuestras facultades. Hemos recibido la inteligencia para conocer a Dios y amarle. Nuestra voluntad para unirnos a El por el amor. Todas nuestras potencias para ejercitar nuestro amor hacia El.
Todo lo que ha puesto en torno nuestro es o consolación para sostener nuestro amor, u obstáculos que vencer para fortificar nuestro amor, o auxilio providencial para ayudarnos a amarle.
El Cielo,   que es la recompensa del amor, no es otra cosa que el ejercicio del amor puro.
El amor de Dios que es nuestro primer fin, es a la vez nuestro primer deber y el gran manantial de nuestra felicidad. Así como Dios es nuestro fin, así también es nuestro centro.
Nuestras facultades, hechas para amarle, no encontrarán su plena satisfacción  si no es entregándose a su amor.
¿Por qué ha de haber tantas gentes en la tierra amargadas, cuando todos están llamados a ser felices amando? ¿Por qué incluso en la vida religiosa se encuentran almas verdaderamente doloridas, amargadas, cuando pudieran gozar, incluso dentro de las pruebas, de las delicias del amor de Dios? Sobreabundo de gozo en mis tribulaciones, dice Pablo, lo han dicho tantos otros en medio de sus pruebas, como un S. Juan de la Cruz, encerrado en la cárcel y a la vez escribiendo el Cántico Espiritual.
¿Por qué con frecuencia tanta amargura? ¿No será porque este instrumento,  en la práctica quede un tanto olvidado?

 

 

100.-El Señor desea que lo amemos.
Ante  todo, amar al Señor Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas.(4,1)

El Señor desea que le amemos. No solamente permite que le  amemos, lo cual sería ya  un gran favor. No solamente no excluye a nadie de ese privilegio, ni al mayor de los pecadores, sino que invita a todos. Nos llama a todos al banquete delicioso de su amor. “Venid a mi todos los que éxtasis cansados y fatigados”. Y promete hacer su morada  en nosotros si consentimos en amarle: “Si alguno me ama, mi Padre le amará, vendremos a El y  haremos en  él nuestra morada”.

Y no es esto una invitación de pura fórmula. Tanto desea que le amemos que se ha hecho semejante a nosotros, para ganar nuestro amor. Se ha hecho víctima sobre la cruz, para obtener al menos nuestro amor compasivo. Se ha hecho presente en la Eucaristía para comunicarnos esta pasión del amor.

 Desea tanto nuestro amor que pide que se lo concedamos. Mi amor a los hombres es tan grande, decía a Sta. Margarita Maria de Alacoque, que no puede contener más las llamas  que consumen mi corazón. Y de la mayor parte de los hombres, no recibo nada más que ingratitudes. Tú a lo menos, añadía, hazme ese placer de consolar mi corazón con tu amor.
¡Qué más encantador que ver a nuestro Dios inclinándose a nosotros y diciendo: Hijo mío, dame tu corazón, ámame!
  Y no solo desea que le amemos, sino que nos manda amarle. Es el primer mandamiento salido de su boca. El gran mandamiento dirigido a todos los hombres  sin excepción. No dispensa ni quiere dispensar a nadie, y con insistencia  lo repite:”escucha Israel, el Señor tu Dios es uno. Amarás al Señor tu Dios con todo  el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Guardarás estas palabras en tu corazón, se las enseñaras a tus hijos, las meditarás sin cesar, sentado, en tu casa,  de camino,  al acostarte y al despertar”.
Nuestro Señor al venir a este mundo ha como intensificado este mandamiento. “He venido atraer fuego a la tierra”. Ha venido a pedirnos un amor más generoso, más íntimo, más ardiente.
San Bernardo dice en el sermón 58 de C.C.:”Aprended de Jesucristo como debéis amar: Apreded a amarle tiernamente,  prudentemente y amarle briosamente.
-Tiernamente, para que no suceda que seáis                               atraídos por los encantos de los deleites carnales.
   -Prudentemente, para que no seáis engañados y seducidos.
-Briosamente para que no seáis vencidos y apartados  del amor que debéis a Jesucristo.
Y sigue diciendo  A fin de que los placeres de la carne o la gloria del mundo no os arrastre, la sabiduría, que es Jesucristo, tenga para vosotros atractivos y dulzuras infinitamente superiores a ellos.
A fin de que no seáis abatidos por las adversidades, procurar que la verdad de Dios, que es Jesucristo, os fortifique, que la caridad inflame vuestro celo, que la ciencia lo ordene y la constancia lo afirme.
Esta semilla que dejó Bernardo, fructificó  en numerosas almas a través de los siglos. Algunos años después Sta. Lugarda, cuya fiesta celebraremos el día 16 de junio, la podemos considerar  como la precursora del amor al Corazón de Jesús. Todo cuanto cuatro siglos después reveló a Sta. Margarita. Lo había expresado ya Sta. Lugarda, fiel hija de S. Bernardo.

 

 101. Belleza y bondad infinitas de Dios.
- Ante todo amar a Dios. (4,1)

    En días pasados  hemos  comentado algunos motivos para estimularnos en el amor a Dios, crecer en el amor. El primer motivo que comentamos era porque es nuestro Señor y Dueño. Ayer  hablamos del segundo motivo, el mandamiento del Señor. Ahora vamos a recordar  un tercer motivo, que podemos sintetizar en la frase, “El es la belleza, la bondad y felicidad infinitas, El es nuestro Dios”.
Dios es la belleza infinita. Donde quiera que se encuentra la belleza, atrae  nuestro corazón: una historia bella, una  poesía bella, una  pintura bella.  Y esta belleza de las criaturas, nos trasporta como fuera de nosotros.
¿Y qué son todas las bellezas de las criaturas  al lado de la belleza de Dios? Las criaturas no tienen más que una sombra de su belleza. Solo Dios tiene la belleza perfecta, infinita. El es la fuente   única de toda belleza creada, como un débil rayo de luz, deriva del sol.  Todos los géneros de belleza, encuentran en Dios su realización infinita. Esta es la causa de que en el Cielo estaremos en un arrobamiento perpetuo y sin límites.
La infinita belleza de Dios es lo que con frecuencia ha arrebatado fuera de si a los santos. Dios les hace entrever aquí abajo algo del maravilloso  cuadro que contemplaremos en el Cielo, cuya belleza  embriaga a los bienaventurados.
Y junto con la belleza, podemos fijarnos en la bondad de Dios. La bondad es la cualidad de un ser que le hace  experimentar  la necesidad de  de darse. Bonum est ens diffunsivum  sui, dice Sto. Tomas.
Donde vemos la bondad desinteresada, no podemos menos de amarla  y admirarla.  A veces nos equivocamos ante la abnegación, solo aparente de las criaturas, que no es con frecuencia más que puro egoísmo. Y si amamos a alguna, consciente o inconscientemente, es porque hemos creído ver en ella la bondad.
En Dios la bondad no es ni engañosa, ni limitada. Es la bondad misma, la bondad infinita. El se da a todos, se dan sin medida, seda por toda la eternidad.
La historia del hombre sobre la tierra no es más que la historia de Dios dándose a las criaturas. No necesitamos leer la historia del Pueblo de dios, ni volver a leer las maravillas de la redención, para comprender que Dios es infinitamente4 bueno. Nos basta leer nuestra propia historia. ¡Cuantas veces y de cuantas maneras, se nos da Dios todos  los días! ¿No nos entregaremos al que así se ha entregado por nosotros?
Dios era la felicidad  infinita. Tenemos una sed insaciable de felicidad  y la perseguimos por todas partes.
No está el mal en buscar la felicidad, ya que Dios nos ha creado para  ser felices, sino buscarla  donde no está. 

102.-Amar con todo el corazón.
Ante todo, amar al Señor Dios con todo el corazón. (4,1)

En los días pasados, nos hemos detenido en la primera parte  del enunciado de este instrumento,”Ante todo amar al Señor Dios” recordando algunos motivos que nos mueven a ello.
Hoy nos detenemos en la frase siguiente, en el cómo: con todo el corazón. ¿Qué se nos indica con esta frase?
Creo que sin entrar en profundidades exegéticas, podemos ver como el amor de Dios tiene que dominar todos nuestros afectos. O sea que no tenemos que amar a nadie  tanto como a Dios. Este precepto del Deuteronomio y que Jesús en el evangelio ha puesto como cimiento de su seguimiento, es de un rigor absoluto. En el momento en que prefiramos una criatura a Dios o la comparemos con Dios,  hemos fallado a su amor.
Ante  la contemplación de tantos y tantos, que en todos los tiempos y lugares  fallan en este punto, podemos aplicar las palabras de Jeremías: “Si se ha visto cosa semejante. Mi pueblo ha sustituido  un ídolo a mi gloria. ¡Cielos asombraos, puertas del Cielo gemid bajo una intensa desolación!”
Si queremos  reflejar correctamente en nuestra vida este ideal de vida cristiana, es preciso tener una determinación firme de no preferir nunca nuestro gusto a la gloria de Dios. Y esto en todas las circunstancias,  y a cualquier precio, incluso hasta el sacrificio de la vida. Cuantos mártires nos ofrece la Iglesia como ejemplo y estímulo, que con la ayuda de la gracia,  cumplieron en todos los tiempos el mandamiento del amor a Dios hasta la entrega de sus vidas.
Hemos de estar en guardia contra las sutilezas de nuestra imaginación, que nos lleva a creer que estamos dispuestos a dar la vida, cuando nadie nos la pide, pero no estamos dispuestos a dar el brazo a torcer, que es algo menos que dar la vida.
Sin esta disposición firme, nuestro amor a Dios no será más que una apariencia engañosa y un vano sentimentalismo.
Tenemos que amara todas las criaturas por Dios y en Dios. Son obra del amor de Dios, Dios las ama.
No obstante, no podemos conservar deliberadamente una afición desordenada  a una criatura, ya que una disposición habitual desordenada, constituye un obstáculo de la gracia de Dios y paraliza o retarda  el progreso  espiritual. “El que no renuncia a todo, dice Jesús, no puede ser mi discípulo.”
S. Juan de la Cruz le expresó gráficamente cuando escribió: ¿Qué importa que el pájaro sea detenido por  cable o por un hilo? Mientras permanezca atado, no podrá volar.   
Nuestro corazón no puede ir a la vez hacia dos puntos  opuestos: Dios y la nada. Un corazón dividido ya no tiene ni la misma fuerza  ni el mismo entusiasmo.
Rotas  las ligaduras voluntarias, ese corazón será libre y su necesidad de amar le hará volar hacia Dios.
El fiel  cumplimento, día a día de este mandamiento que S. Benito ofrece como el primer instrumento de las buenas obras, nos llevará a purificar hasta nuestros afectos secretos.  Toda nuestra vida monástica ha de ser un no dejarnos quedar prendidos en las redes  de las criaturas. Cuanto más hagamos el vació en nosotros mismos, más nos llenará Dios, y en Dios encontraremos todas las criaturas, con un amor tal, que solo con la gracia de Dios se puede llegar.
Solo con la luz y la fuerza del Señor podremos descubrirlas y extirparlas. No siempre es fácil percibirlas, ya que el amor propio, el egoísmo, nos puede engañar. Pero estemos seguros  que si somos fieles en la búsqueda, Dios no nos dejará  sin luz.
Una manera de descubrir las afecciones desordenadas, es siguiendo el consejo de S. Bernardo, preguntarnos con frecuencia, cuales son los motivos de nuestras alegrías, de nuestras tristezas, de nuestros temores y de nuestros deseos.
Estos sentimientos interiores, nos podrán mostrar alguna  afección, más o menos imperfecta. El amor puro vive en la  calma interior. Busquemos los afectos que producen en nosotros la agitación  y esforcémonos en romperlos  sin dilación, apresurando así la llegada de aquel día que podamos decir con toda verdad: Dios mío, yo os amo con todo mi corazón. Solo Vos poseéis todos mis afectos.

 

103. Amar al Señor Dios…con todo el alma. (4,1)

Estamos recordando los “como” del amor. Ayer veíamos que tenía que ser con todo el corazón. Hoy nos fijamos en el segundo “como”: con toda el alma.
De nuevo dejando de lado el examen exegético, nos quedamos con el sentido común de alma, o sea con la memoria, el entendimiento y la voluntad.
Nuestra memoria ha de estar inspirada por el amor. Así se irá desprendiendo poco a poco  de todo recuerdo  que pueda de alguna manera turbarla e impedir el crecimiento espiritual.
Así se irá dominando los pensamientos y recuerdos, tanto los peligrosos y malos  como los inútiles e inoportunos, que de suyo son más peligrosos porque pueden pasar más desapercibidos, al no ver en ellos malicia.
En la memoria se irán grabando en lugar de estos pensamientos  las imágenes  más propicias para crecer en el amor. Innumerables son los beneficios recibidos por el Señor  en Belén, en el Cenáculo, en el Calvario. Son imágenes que se pueden traer a la memoria para recordar los beneficios que en ellos hemos recibido. Todas esta imágenes hacen recordar  las  manifestaciones  del amor de Dios para con nosotros. En la medida que la memoria se llene de amor divino, no podrá olvidar aquello que ama.
Mientras llegue el momento en el que el amor tome plena posesión de la memoria, nosotros podemos  con pequeñas industrias  tener presente al Señor para no pasar largas horas  en el olvido de Dios.
La inteligencia es la que abre la puerta  al amor, pero hasta que no toma cierta fuerza ese amor,  la inteligencia permanece perezosa respecto a las cosas de la fe. Por eso tenemos que estimular  y reflexionar sobre estas verdades de fe, para que conociéndolas mejor, crezca  el amor.
En las criaturas encontramos  motivos  y medidos para amar a Dios. Considerando las infinitas perfecciones de Dios reflejadas en las criaturas llegamos a la conclusión  de que Dios es el soberano bien, la bondad y sabiduría infinita.
Con la inteligencia estudiamos los misterios de la fe y descubrimos el amor que todos ellos encierran, los beneficios que nos reportan  los sufrimientos del Divino Redentor, las cosas que agradan a Dios, los caminos para destruir los afectos desordenados y caminar a la unión con Dios.
Así, poco a poco el amor irá  impregnando todo nuestro ser  y se apoderará de la inteligencia  y se servirá de ella para abismarse en la contemplación divina.
Y en fin, la voluntad es la que hace propiamente el acto de amor que nos lleva a la unión con  Dios. Para que la voluntad  pueda hacer este acto de amor tiene que quitar todos los obstáculos, romper todo lo que ate de modo desordenado a las criaturas y a los propios deseos.
La voluntad que quiere llegar al amor, por esto mismo ya tiene un principio de amor, pero si quiere crecer en este camino, debe estar dispuesta a no retroceder ante ningún sacrificio. El camino puede ser duro, pero la recompensa es grande y bien merece todos los esfuerzos.
En la medida que los lazos creados  se rompen, la unión se hace  más íntima. Al ruido del combate sucederá el silencio de la paz.
Cierto que todo esto ha de ser obra de la gracia, pero esta gracia no faltará si ponemos  de nuestra parte una voluntad dócil a las divinas inspiraciones. Pero no se piense que se desaparecerán las dificultades  y el esfuerzo.
¿No es esta vida de amor un cielo ya en la tierra?   

 

104.. Amar con todas las fuerzas.
 Ante todo amar a Dios…con todas  las fuerzas. (4,1)

La tercera modalidad  que el Señor exige en la respuesta de amor, es amar con todas las fuerzas, o con todo lo tuyo, según otra traducción.
Amar a Dios con actos efectivos. Cierto que no son estos los que dan valor al amor, sino el motivo por el que lo obramos. El amor reside en el corazón, pero no obstante los actos son necesarios al amor. Son su prueba.
Siendo el amor afectivo y efectivo, los actos han de ser internos y externos. Los actos  internos de amor, no son vanas imaginaciones. Son la traducción fiel de nuestro amor a Dios. Pero no bastan. Tienen que llevar al acto externo correspondiente.
Deleitarse en la grandeza y belleza de Dios, desear su gloria  y la extensión de su Reino, (venga a nosotros tu Reino) Pedir el cumplimiento de la divina voluntad, (hágase tu voluntad), son actos excelentes, que nos llevan a procurar realmente la gloria de Dios, y a poner  los medios para extender su reino. De otro modo serían pura ilusión.
Pero tenemos un medio práctico de extender su Reino, procurar su gloria, de probarle la verdad de nuestro amor. Es cumplir en todo su santa voluntad.
Si queremos saber si tenemos un verdadero amor a Dios, veamos en qué medida hacemos su voluntad  y de que modo, de mala gana, porque no hay más remedio, o con verdadera entrega. Quien  guarda mis mandamientos, ese me ama. Y No todo el que dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que  hace la voluntad del Padre.
El amor no es nada si todo se queda en pensamientos y sentimientos. No es nada si quiere algo distinto de lo que es Dios.
Amar a Dios con todas nuestras potencias. Ninguna de ellas debe escapar al dominio del amor. Todas deben prestar su concurso a los actos del amor efectivo.
Los sentidos, tanto internos como externos, tienen que estar orientados a agradar en todo a Dios. La imaginación y la sensibilidad, estarán al servicio de la divina voluntad. Los ojos no verán más que lo que Dios permite, los oídos se cerraran a todo lo que desagrada a Dios, lengua y manos estarán conformes a su divina voluntad.
Dichoso aquel cuyas potencias estén todas colocadas bajo la obediencia del amor. No piensa, no quiere, no dice y no hace más que  lo que Dios quiere. Ama a Dios con todas sus potencias. Y esto lleva a una entrega total a Dios.
El que así se entrega a Dios, no se queda en los límites estrictos de la obediencia, haciendo solo lo que Dios quiere, sino que se entrega  totalmente a Dios con todas sus facultades,  a fin de que haga Dios de él todo lo que quiera.
Debemos aspirar a este don completo de nosotros mismos, si queremos amar a Dios con todas nuestras fuerzas. Quitemos todos los límites y dejemos obrar a Dios en nosotros. Sea que nos lleve a sufrimientos dolorosos, sea a la monotonía de la vida común. Sea en los consuelos o en la sequedad y oscuridad interior. Que lleguemos a decir siempre de corazón: Así sea Padre, porque a ti te agrada.
¿Hemos comprendido en su profundidad el mandamiento del amor? ¿Intentamos poner en práctica esto que nuestra inteligencia descubre como el camino del verdadero amor?

 

105. La oración nos acrecienta  el amor.
- Ante todo amar al Señor Dios con todo el corazón, con toda el  alma, con todas las fuerzas. (4,1)

Hemos comentado palabra por palabra, este primer instrumento, considerando tanto las exigencias como las gracias que encierra su práctica, en nuestra vida ordinaria.
Podemos preguntarnos ante este panorama, cual es el medio para crecer en esta vida de amor. La respuesta es sencilla. La oración.
La oración nos excita al amor. Para amar a Dios es necesario conocerle y en  la oración, que es una conversación con El es donde descubrimos e incluso gozamos de sus gracias y consuelos.
Para amar a Dios es necesario querer, y la oración es lo que reanima nuestra voluntad, recordando  los motivos que tenemos para amar.
Para amar a Dios es preciso separarnos y salir de los apegos a nosotros mismos, y es en la oración donde se despliegan a los ojos de Dios los repliegues de nuestra conciencia. Nos descubre nuestras faltas, nuestras ingratitudes, nuestro orgullo y así va poco a poco separándonos de nuestro amor propio.
Para amar a Dios eficazmente, es necesario conocer su divina voluntad, disipar las ilusiones de nuestra alma, descubrir los lazos que nos atan y romperlos. Todo esto es el trabajo de la oración, de la meditación.
En la oración profundizamos en el conocimiento de Dios y de nosotros mismos. Esto nos lleva a reanimar nuestra voluntad, y tener un deseo más puro y eficaz de amar a Dios, y ese es ya un principio de amor.
También la oración nos hace practicar el amor. Para adquirirlo, es necesario practicarle. La oración nos lleva necesariamente a la práctica del amor. Una oración bien hecha no es otra cosa que el ejercicio del amor, bien en la consolación, bien en la sequedad.
Los actos variados de la oración como la adoración, la acción de gracias, la alabanza, la admiración, la contrición, la reparación, la complacencia, la benevolencia, de conformidad, todos son  diversos actos de amor.
No podemos hacer una oración sin practicar el amor. Y cuanto más intensa sea, supone un amor más grande.
La oración, después de haber excitado  el amor, se lleva al ejercicio práctico,  conduce al monje a una trasformación de las tendencias del alma.
Arrastrados por la contemplación de la grandeza de Dios y de las propias miserias, la memoria se deleita en el recuerdo de las gracias divinas. La inteligencia quiere profundizar cada día más en este infinito océano de belleza y de bondad. Sobre todo la voluntad arrastra tras de si a todas las potencias, lanzándolas hacia Dios por el acto de amor. La fortalece ante en los sacrificios que pide el desprendimiento, con resoluciones generosas, por la entrega completa de uno mismo.
La oración por tanto no es otra cosa que el aprendizaje y el ejercicio del amor.  Y por tanto todo el que quiera amar a Dios, tiene que ir por el camino de la oración.
En fin, podemos decir que la oración nos obtiene el amor. El amor es un don  del Espíritu Santo, que es necesario  implorar.  Sin oración no hay amor, y con la oración es imposible no llegar al amor.
La oración será más intensa y fervorosa, cuando más apreciemos el objeto deseado.
El amor es lo único necesario por lo que tenemos que implorarle en el oficio divino, en la eucaristía, en la comunión, en las visitas al Santísimo, en las oraciones privadas. Es una petición que tiene que estar continuamente en nuestros labios. Con el amor, lo tendremos todo. “Dame tu amor y gracia, que esto me basta”.

 

 

106. Segundo instrumento, amor al prójimo.
- Y además al prójimo como a sí mismo. (4,2)

S. Benito presenta como segundo instrumento el amor al prójimo. En realidad esto está comprendido en el amor a Dios. Si amamos verdaderamente a Dios, tenemos que amar lo que él ama. Y lo que ama ante todo, es a los hombres, sus hijos.
Si  amamos a Dios, tenemos que guardar sus mandamientos, y su gran mandamiento es el amor al prójimo. “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros”. Y con que insistencia vuelve  a este concepto.  Pide a sus discípulos esta caridad fraterna, cuando dice:”Que sean uno como Tu y yo, Padre, somos uno”. Por esto es por lo que S. Juan llama a este precepto, el precepto del Señor.
                   Es el mismo Jesús el que pone la caridad al prójimo en la misma altura  que el amor a Dios. “Amareis al Señor vuestro Dios con todo el corazón. Este es el primer mandamiento,  y sin que le  preguntase, añadió. Y el segundo es semejante al primero: amarás al prójimo como  a ti mismos.
En realidad estos dos mandamientos no son más que uno, el amor a Dios en sí y el amor a Dios en sus criaturas. En uno  y en otro es Dios quien es amado.
El amor al prójimo es señal del amor a Dios. Es el mismo Señor  quien lo dice: “En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os améis los unos a los otros”.
Por la caridad fraterna demostramos externamente nuestro amor a Dios. Si no amáis  a vuestro hermano, al que veis, dice el apóstol  S. Juan, ¿Cómo podréis decir que amáis a Dios a quien no veis?
Tenemos que estar atentos a esta frase. Dice “al hermano que veis”. No a un hermano imaginario que es  bueno, bondadoso, servicial, caritativo… sino al que tienes al lado, que quizás no te resulte tan edificante,  que te pisa en el cayo que más te duelo, ese es el hermano al que ves.
Desde el momento en que el amor a Dios existe en nosotros, se expresa por el amor al prójimo  y donde hay amor al prójimo, hay amor a Dios. Don de hay caridad, allí está Dios.
Si queremos conocer nuestro grado de amor a Dios, examinemos donde nos encontramos respecto al amor al prójimo. El amor  a Dios tiene deberes y necesidades que no se pueden satisfacer si no es por medio del ejercicio de la caridad hacia el prójimo.
Todo lo que hagáis al más pequeño de los míos, a mi me lo hacéis.
Finalmente el amor nos lleva a un deseo de renuncia total de nosotros mismos. Pero ¿como poder realizarlo si nos faltan las ocasiones?  La caridad  hacia el prójimo es la que ofrece  ocasiones, pues soportando los defectos de los demás, haciéndonos todo para todos es como llegaremos a la renuncia  evangélica perfecta.

 

 

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107.-Dios ama a todas sus criaturas.

07.-Dios ama a todas sus crias.107.-Dios ama a todas sus criaturas.10707.-Dios ama a todas sus cr107turas.
 Y además (amar) al prójimo como a sí mismo. (4,2)

Todos los hombres son imagen de Dios. Por tanto todos  los tenemos que considerar como nuestros prójimos. Es la criatura de Dios la que tenemos que ama en nuestros prójimos. Todos los hombres han sido creados por un acto de amor infinito de Dios. Todos llevan en sí la imagen y semejanza de su Padre. Todos tienen inteligencia capaz de conocer a Dios y una voluntad capaz de amarle. ¿Qué hijo no conserva con amor el retrato de su padre por deteriorada que esté la pintura? Y la amará mucho más si la pintura la he hecho su mismo padre.
Por defectuosa que sea una criatura humana, por poco favorable que sea la parte de la naturaleza: ya sea salvaje,  o civilizada, pagana, judía o musulmana, o católica, lleva en si la imagen  de Dios. Y es Dios mismo quien ha grabado esa imagen.
Lejos de desdeñarle a causa de sus defectos, se ha de procurar en ayudarle a limpiarse de las manchas que le cubren.
Dios ama a todos los hombres, pues por amor nos ha creado y es un acto de amor continuo  por el que nos conserva. Todos están bajo su providencia paternal. A los que le ofenden, corresponde con beneficios, les invita, les excita y los llama y hasta a veces, les fuerza a volver a El.
Quedaríamos maravillados si pudiéramos descubrir los secretos admirables  del amor de Dios a sus indignas criaturas. Por eso Jesús nos invita a imitar a nuestro Padre celestial que hace salir  el sol sobre buenos y  malos, y hace  llover sobre justos y pecadores. En verdad os digo, amad a vuestros enemigos, haced el bien  a los que os hacen mal, rogad por los que os persiguen,  tened una caridad perfecta y universal, como vuestro Padre que está en los Cielos.
Dios quiere salvar a todos hombres. Es una verdad de fe que no podemos dudar. Dios quiere que todos los hombres se salven, dice S. Pablo. Llama a todos los hombres a amarle eternamente en el Cielo, y  nos ha creado a este fin. ¿Cuales son los resortes secretos que usa la Providencia para conducir a cada hombre hacia la salvación? No lo sabemos, lo que si sabemos es que ha entregado a su Hijo amado para la salvación de todos, Que nuestro Señor ha muerto y ha resucitado para la salvación de todos.
Por diversos  que sean los caminos por lo que hace llegar a sus criaturas los méritos de la redención, es de fe que quiere  la salvación de todos, que por todos ha dado su sangre y su vida.
Si queremos saber quién es el prójimo a quien tenemos que amar,  miremos al Buen Samaritano, a Jesús clavado en una cruz y extendiendo sus brazos para abrazar  a todo el mundo.

 

108. Himno a la caridad de, S. Pablo
- Enseguida (amar) al prójimo como a sí mismo. (4,2)

Un día más vamos  a examinar la última parte del enunciado de este instrumento, y hacemos alguna puntualización sobre él.
Como bien sabéis, no encontramos mejor texto para reflexionar sobre la caridad fraterna que el Himno de la Caridad de Pablo en la carta  a los Corintios, que juntamente con Rom 8,31 ss. es lo más sublime no solo de Pablo, sino quizás de todo el NT.  No vamos a leerlo, pero sí hacemos una síntesis o conclusión.
La primera característica es que el amor al prójimo tiene que ser sobrenatural, para que sea verdadero. Sin esto, el amor al prójimo es absolutamente imposible. Sin esto, solo cabe un amor natural, de filantropía  pero de ninguna manera un amor de caridad.
La caridad para con el prójimo ha de ser  sobrenatural  en su origen, en su objeto,  en sus motivos  en su ejercicio y en su fin.
Debemos amar al prójimo  según Dios. No se trata de hacer con el prójimo lo que nos plazca, o lo que a él le agrade, sino lo que agrade a Dios, porque no es por nosotros, para agraciarnos con los hermanos lo que buscamos en el amor al prójimo,  sino  que es el amor de Dios el que tiene que regular nuestra conducta respecto del prójimo.
No ama a su hermano el que le da el veneno que le pide. El que favorece sus inclinaciones naturales en contra de su vocación a la santidad. El que le procura unos medios con los que ofende a Dios.
Solo amaremos a nuestros hermanos de modo verdadero y eficaz, cuando le ayudamos a hacer el bien, a ir a Dios que es su fin como el nuestro. En otras palabras, para ejercitar la caridad fraterna es necesario ante todo  mirar a Dios, a ver si lo que hacemos es de su agrado.
Si en algún momento nos encontramos obrando en contra de la voluntad de Dios, manifestada bien por la obediencia, bien por las Constituciones, nos encontraríamos obrando fuera de la verdadera caridad.
Debemos amar al prójimo como a nosotros mismos. Es la norma dada por el mismo Dios.  Pero ¿Cómo debemos amarnos a nosotros mismos?
El verdadero  amor a nosotros mismos no es  el que busca falsos deleites o bienes: placeres, honores,  riquezas. El verdadero amor a uno mismo es el que  busca los verdaderos intereses espirituales. Los intereses materiales son bienes en cuento son queridos por Dios.
En virtud de este principio, tenemos que conservar la vida, cuidar razonablemente la salud, porque son bienes aunque materiales, pero que pertenecen a Dios y nos son necesarios para servirle bien.
Podemos buscar los bienes de este mundo en cuento son útiles a nuestro fin, y como consecuencia hay que rechazar cuento sea un obstáculo para la salvación.
Por tanto este es el modo como tenemos que amar a nuestros prójimos. Creo que los principios son fáciles de captar. Pero quizá  no lo es tanto la práctica.
Ayudarle a conseguir su fin: conocer, amar y servir a Dios. Procurarle en lo posible los medios para recuperar o progresar en la vida del alma. Este es el gran objetivo de la caridad.

 

109.-Relación entre el amor de Dios y del prójimo
 Después (amar) al prójimo como a sí mismo. (4,2)

Estamos considerando este segundo instrumento, que tenemos que unirlo al primero, ya que estos dos instrumentos  no se pueden separar en la vida ordinaria. Separar los amores, es dar muerte al amor.
Separar  el amor a Dios, el amor al prójimo y el amor a uno mismo, es no amar a nadie.
Tiene el amor la naturaleza del fuego, quema cuanto toca, pero a la vez, su movimiento es hacia arriba.
Quiero amarme. Nada tan natural y tan necesario. Quiero amarme a mí solo, para que todo el caudal de mi amor se emplee en mi provecho. Nada tan desatinado. Pues no puedo en realidad amarme si no es tal como soy, amarme de otra manera, sería amar una ficción.
Y yo soy  hombre vinculado a los otros hombres y ligado a Dios. Vivo en el tejido de las relaciones humanas, y en una especial relación con Aquel que me crea sin cesar y  su mano me sostiene.
No puedo estar presente a mi mismo si no es en la presencia de Dios y de los demás hombres.  Soy un ser demasiado relativo para que un amor  exclusivamente propio no acabara  pronto aniquilándome.
No puedo amarme sin amar a Dios, lo mismo que  un nonato, no puede querer el bien sin querer el bien  de la madre en cuyo seno vive.
No puedo amarme sin amar a mi prójimo, igual que un  siamés  no `pede subsistir si da muerte  a su hermano.
Ni soy capaz de amarme sin amar a Dios,  ni amar a Dios sin amarme a mí mismo en El. Ni puedo tampoco amar a Dios sin amar al prójimo. Aquel amor me conduce a este amor, y no por extensión, sino por un proceso de profundización.
El camino inverso es igualmente válido. Para encontrarme plenamente a mí mismo en el amor, debo antes  hallar ese TU del prójimo que me revela el YO que soy.  Y ese TU inmediato y  minúsculo y perecedero, me remite por fuerza al gran TU sustentador de Dios.
Por grande que sea el amor a Dios, deja sitio en el corazón para todos los demás amores. ¿Deja sitio, o más bien hace sitio? Deliciosamente el místico de Osuna dice que el amor de Dios es más ensanchador  que ocupador, en la tercera parte del Abecedario Espiritual.
En la medida en que mi amor a los hombres se fortifica, van los ojos haciéndose cada vez más capaces de atravesar la carne opaca y zonas opacas del alma, hasta llegar a aquella cámara donde está el Señor.
¿Son tres amores, o más bien uno? Si amo a Dios y no amo a los hombres, miento. Si amo a los hombres y no amo a Dios, los corrompo. Si me amo y no amo a los hombres, me destruyo. Si me amo y no amo a Dios, me odio. Si amo a Dios y a los hombres, sin amarme a mi mismo, me incapacito para todo amor.
Los tres amores son indispensables para que mi alma refleje la vida de la Trinidad.
Mientras vivimos en la tierra, va nuestro amor detrás de nuestro conocimiento y está sujeto a las mismas servidumbres: Penetración incompleta y expresión defectuosa. Constate riesgo de introducir confusiones  e inventar confusiones. Dolorosa tensión entre lo uno y lo múltiple.
 Son tres amores distintos y un solo amor verdadero. Si dos seres humanos se aman, aman a Dios y  son amados por El. Si son conscientes de la maravilla, viven en una gozosa  certidumbre. En el amante ama a Dios, en el amado se ama a Dios. El que vive en el  amor vive en Dios y Dios en El. (1 Jn. 4,16)
Elevándonos hasta su corazón, Dios ha querido unificar los objetivos de nuestro amor. Amamos siempre a Dios, directa o indirectamente, en sí mismo o en su don, y ha querido unificar nuestros amores, a Dios, al prójimo  y a nosotros mismos, identificándolos con aquel amor que El se ama y nos ama.
Os daré un corazón de carne y pondré dentro de vosotros mi espíritu. Y al final de todo no habrá más que un solo Cristo amándose a sí mismo. (S. Agustín)

 

110.-El amor, base de la vida espiritual del monje.
 Después (amar) al prójimo como a sí mismo. (4,2)

S. Benito, en los dos primeros instrumentos, ofrece con  el doble precepto del amor la base de toda la vida espiritual del monje.
Teniendo por guía el evangelio, como ha dicho en el prólogo, vemos que el precepto del amor es algo  más que un precepto, ya que las obligaciones  que impone son bien distintas de cuantas nos vienen impuestas  por el resto de la Ley.
Incluso podemos preguntarnos si el amor puede llegar a ser  objeto de un mandato. Se dice que no pertenece al campo de la moral, sino de la submoral, porque el amor afecta a la sensibilidad, de suyo indómita. Quizás uno de los distintivos  más curiosos del amor cristiano sea este: que el amor constituye un deber pero ¿no es el amor la operación libre por excelencia?
Es preciso confesar que si Dios tiene el derecho de ser amado,  nosotros tenemos el deber de amarle. El Dios cristiano no se contenta con ser obedecido. Quiere ser amado.
En este sentido se puede hablar del amor como mandamiento, como repuesta  a un querer divino y en cuento obediencia que lejos de cercenar nuestro albedrío, trasciendo  sus características propias, para rodearse y alimentarse de libertad.
Es mucho más que un mandamiento. Nos ha otorgado el Señor la facultad de amarle, la facultad de oír su amoroso llamamiento  y de responder por  nuestra parte con el más encendido afecto.
Esta misma imposición y obligatoriedad, que el Señor ha querido grabar en nuestras almas es un argumento más de su amor.
Lo ha dispuesto así para que la visión y convencimiento de nuestra miseria, no nos retraiga  lo más mínimo de una función tan grande como es el amor al Señor y a sus imágenes, sus hijos.
Este mandamiento supone que nuestro amor a Dios  debe significar  mucho más que una mera complacencia en el bien. Exige donación, entrega, pues se refiere a un bien que es una persona. Exige algo más que puro sentimiento, ya que este, si es auténtico, impele a las obras.
Requiere algo más que una pasiva contemplación del objeto amado, puesto  que el objeto que amamos es Alguien capaz  de hacer oír su voz y de imponer su voluntad.
Exige igualmente algo más que la perseverancia en el amor. Reclama un progreso, un desarrollo, una aspiración: amar cada día más.
Si la esencia de la vida  es desear más vida, la del amor es no contentarse  con el amor presente.
Podemos pues hablar del mandamiento del amor, un mandamiento,  ciertamente del todo particular, pues más que hacer al hombre sujeto de determinadas obligaciones, hace al hombre entero objeto de ese mandamiento. Por eso no amaría cristianamente a Dios  quien preguntase por los límites del mandamiento, deseoso de saber donde termina su obligación.
He aquí la disposición de ánimo del escriba. ¿Quién  es mi prójimo? Hasta donde, que persona debo amar. Está demostrando con esto que amara solamente si su deber es amar, y solo en la medida que ese deber se lo exija. Su moral es casuística.
La conducta del samaritano no se inspira en  código alguno. Su ley es su corazón. Su caridad no brota más que de si misma, de su propia abundancia,  igual que la de Dios.
Jesucristo nos inculca una moral que está más allá de  toda moral. No nos resuelve esto o aquel caso concreto. Nos da  una luz de universal validez. Nos entrega la lleve que sirve para abrir todos los arcanos. Nos manda amar, pero quiere que amemos espontáneamente, lo cual no es un contrasentido ya que a  la vez que da la ley, nos da la gracia.
El amor es un mandamiento, una expresión de la voluntad divina, pero no es un mandamiento como los  otros. La libertad que ellos recortan en cuanto ordenan o prohíben algo, el mandamiento del amor la presupone, la respeta y hasta la exige. Exige  la libertad para que el amor pueda ser genuino.
Su situación respecto a los demás mandamientos es privilegiada y difícilmente formulable.  Se trata de un mandamiento que es base y consumación de toda la ley.  La caridad no pasa jamás.

 

 

 111.- Y después, no matar. (4,3)

Quizás nos extrañe que S. Benito en una  regla para monjes, incluya este mandamiento entre los instrumentos de las buenas obras.
Este crimen bien sea bajo la forma de suicidio o asesinato, es uno de los  pecados más contrarios a la caridad y a la justicia, puesto que arrebata el bien temporal más precioso que es la vida.
¿Por qué lo  pone S. Benito en una regla para monjes? Podemos pensar, en primer lugar  para inspirarnos mayor horror  hacia este crimen.
 En segundo lugar para poner en la base de nuestra vida cristiana y monástica el cumplimiento de los mandamientos de Dios.
 Y en tercer lugar, poner en guardia a los monjes ante su debilidad, capaz de todos los crímenes, como lo prueba la experiencia, sobre todo en algunos tiempos más oscuros de la historia. Casos recientes lo confirman.
A causa de las pequeñas infidelidades, las pasiones crecen y se fortifican y pueden llegar al furor, al odio, capaces de todos los excesos. ¡Cuantos crímenes hace cometer  el orgullo, los celos, la venganza, la avaricia, la impureza! Y todas estas pasiones se encuentran en nosotros como en germen.
 Si dejamos que se desarrollen, terminan por dominarnos. Y lo que hoy puede ser una ligera antipatía, puede llegar mañana a ser un odio implacable. No hay crimen cometido por un hombre que no pueda ser cometido por otro, que yo no pueda cometer. Y tanto más que la infidelidad a las gracias de la vida religiosa, aumentan más esa capacidad hacia el mal.  Así lo afirma el adagio popular: Corruptio optimi pesima.
Un monje infiel a su vocación a la santidad, puede convertirse en un verdadero demonio, como la experiencia lo demuestra.
El abreviar los días de manera voluntaria  es  también un crimen, si no se propone otra cosa superior. La vida es un bien relativo, y se puede sacrificar por un bien  superior.
Se podrá uno abrazar con austeridades o trabajos que abrevien la vida, pero no se  puede sin ofensa a Dios, perseguir directamente este objetivo. Cierto que la experiencia manifiesta que  una  sana austeridad, prolongan la vida. Me ha dado siempre que pensar, cuando  leo las “Vidas de los varones ilustres de la Trapa”, la gran mortalidad que había en esta época entre los monjes.
La vida tanto nuestra como la de los hermanos, pertenece a Dios. Nos esta prohibido romper el hilo de nuestros días  o abreviar la duración, si no es para obtener un bien superior. Así sería culpable, dejar a un hermano carecer de las cosas ordinarias y necesarias para su salud. Y así mismo, aquel que sin la debida obediencia y prudencia ha abusado de su salud.
Cierto que no se está obligado a buscar cuidados exquisitos y extraordinarios. Pero siempre hay que tener muy presente que nuestra vida pertenece a Dios y nosotros no podemos derrochar este bien de Dios.
También se puede dar el homicidio de deseo.  Es tan culpable como el de hecho, pues aunque sea ineficaz, no por ello es inocente. Es ir contra la ley de Dios desear la muerte de nuestro prójimo para vernos libres de él, o la nuestra por disgusto. Quejarse al Señor de que la vida que nos ha dado es una carga insoportable.
Tenemos por el contrario darle gracias por la vida, porque nos la conserva, y así poder crecer en el amor.
Si deseamos la muerte, que sea como S. Pablo, con plena resignación a la voluntad de Dios. “Cupio disolví et esse cum Christo”.

 

112. Espiritualidad del tercer instrumento
- Y después, no matar. (4,3)

Nos detenemos un día más en este instrumento considerando la espiritualidad que hay debajo de la letra material del precepto.
Así podemos considerar que relativamente, el escándalo es más culpable que el homicidio y más fácil de caer en él.
Si arrebatar la vida del cuerpo  es un crimen terrible, también es terrible y en ciertas ocasiones aún  más el escándalo que arrebata la vida del alma  o la perjudica.
La vida  del cuerpo es un bien temporal que algún día la muerte arrebatará. La vida del  alma es un bien sobrenatural y eterno, superior a todos los bienes de este mundo.
De aquí las terribles amenazas del evangelio:”Desdichado el mundo a causa  de los escándalos” y “desdichado aquel por el que viene el escándalo” y el mansísimo Jesús  da la siguiente sentencia:”merece que se le ate al cuello una piedra de molino  y se le precipite al fondo  del mar”
Jesús, que es la dulzura misma, que recibió con amor a la pecadora, a la adultera, parece  que no tiene un anatema más fuerte que lanzar contra el autor de los escándalos.
Y es que el que escandaliza, realiza la obra del demonio, destruye la obra de Cristo, le arrebata las almas que tan penosamente ha rescatado con su preciosa sangre.
Por otra parte, el escándalo es fácil de cometer. No consiste en corromper maliciosamente  al hermano para llevarle al mal. Este escándalo es el que podemos llamar diabólico. Pero hay otros escándalos, así una conducta desarreglada   es para el prójimo una incitación hacia el mal. La sola omisión de un deber, puede escandalizar mucho y causar un gran mal. Viviendo en comunidad, nuestras irregularidades pueden revestir la malicia del escándalo  aunque no lo propongamos explícitamente. Lo mismo que todos nuestros actos de fidelidad, revisten el mérito del buen ejemplo. Desgraciadamente, el mal ejemplo tiene una influencia  mayor que los buenos ejemplos.
¡Cuanto mal pueden hacer en comunidad las quejas,  las murmuraciones, las faltas de caridad! Que triste influencia pueden tener las frecuentes faltas a la regla, sobre todo si son  cometidas por monjes ancianos.
Nunca  podremos evitar todos los malos ejemplos, dada nuestra fragilidad humana. Hemos de tener el cuidado necearlo para evitar el escándalo de los débiles y fariseos  que ven  pecado donde no lo hay.
Debemos velar sobre nosotros mismos para no destruir con nuestra influencia y descuido el trabajo que el Señor está realizando en el interior de nuestros hermanos.
Tiene más influencia los malos ejemplos que los buenos, debido a la fragilidad  humana inclinada siempre a lo fácil.
El escándalo es difícil de reparar. Hay que repararlo y es una obligación grave hacerlo, como se está uno obligado a reparar los daños materiales que  pueda hacer.
Pero cuan difícil  es esta reparación. Como  reparar por una chispa arrojada en el pajar, cuando todo está ardiendo.
En alguna ocasión quizás se podría oír a algún religioso que gimiendo dice: ¡Que desgracia tuve cuando conocí a  tal persona! El me  ha desviado o entorpecido en el buen camino.
Las amonestaciones, el buen ejemplo, difícilmente pueden reparar eficazmente la influencia  que los malos ejemplos han tenido para destruir y pervertir.
Como es tan difícil de reparar el escándalo, hay que vigilar para que con la gracia de Dios, ni con las palabras, ni con las obras  demos ocasión de tropiezo al hermano.
Con los buenos ejemplos y lo que es más valioso, con nuestras oraciones, hay que tratar de ayudar a los hermanos, rogando a diario por aquellos que con nuestro mal ejemplo, hemos podido dañar.

 

113.- No cometer adulterio.- (4,4)

S. Benito  recuerda en los instrumentos, el sexto mandamiento en los términos que fue dado en el Sinaí. Lo recuerda como uno de los fundamentos esenciales de todo el edificio espiritual.
Se  puede considerar este instrumento desde dos puntos de vista. En el sentido material  del sexto  mandamiento, y en  lo que podemos llamar el sentido espiritual que utiliza frecuentemente la Escritura, llamando adulterio al culto a los falsos dioses.
Los vicios de la carne, enraizados en la condición humana en forma de simiente o raíz, pueden desarrollarse  si no se tiene verdadera vigilancia  sobre el corazón.
Los efectos que se siguen de su desarrollo, son bien lamentables. Embrutecen la mente que ya no capta las cosas espirituales, ahogan las nobles aspiraciones del corazón, enervan las facultades, oscurecen la inteligencia, debilitan  la voluntad, el carácter.
Arrebatan los bienes espirituales, no solo la caridad, sino que llegan a oscurecer la fe. En una palabra, asolan y arruinan toda la criatura humana.
Aquellos que se dejan arrastrar de este vicio en cualquiera de sus manifestaciones, dice S. Pablo, que no heredarán el reino de Dios.
Si este vicio es tan funesto para todo cristiano, lo es de modo particular para el monje,  que teniendo como tarea particular de su vida el encuentro con Dios, le impiden esta visión. Por eso Jesús llamó bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Las dificultades en esta lucha provienen de la debilidad de nuestra naturaleza humana, atraída irresistiblemente al placer, y que  seduce a la voluntad. También la dificultad proviene de la delicadeza de esta virtud, que no permite, pensamiento, palabra o deseo voluntario  contrario a ella.
Para vencer, es necesario guardar todos los frentes a la vez, porque el enemigo intenta entrar por cualquiera de ellos. S. Benito en la Regla nos ofrece los medios para triunfar  en esta lucha. Estas armas están enumeradas en  la regla. Desde no anteponer nada a Cristo, o la oración  o sea en la lucha  basada en el amor, hasta aquellas otras armas más bien  defensivas, como ocuparse en sanas lecturas, huir de la ociosidad que es enemiga del alma, observar el silencio, amar el ayuno, no amar las delicias, no darse al vino ni a la gula. Instrumentos  que aparecen a lo largo de este capítulo.
Pero la mejor manera de luchar en esta materia, es huir de toda ocasión, de todo aquello que puede ser ocasión de tentación. Es lo que enseñan S. Benito cuando dice que los malos pensamientos, en cuanto aparezcan, estrellarlos contra Cristo. El que no huye del peligro, perecerá. Quien ama el peligro, perece en él. Cierto que lo que pueda ser peligroso para uno, puede ser que no lo sea para otro. Depende mucho del temperamento de cada cual y de las experiencias vividas. S. Jerónimo, temperamento ardiente, consumido  por los ayunos, en medio de duras penitencias en su cueva solitaria de Belén, confiesa que en algunos momentos se sentía como  rodeado de hermosas jóvenes en medio de las fiestas de Roma.
S. Benito  en medio de soledad de la gruta de Subiaco, sitió tan fuertemente la tentación y los recuerdos de su estancia en Roma, que solo revolcándose en las zarzas, según cuenta S. Gregorio, consiguió el triunfo.

 

114.-Adulterio espiritual.
 No cometer adulterio. (4,4)

El día anterior indicaba comentando este instrumento, que se puede considerar desde un punto de vista  espiritual. Todos los comentadores de la regla lo hacen así. La Escritura  llama adulterio o fornicación  a todo aquello que separa y rompe la unión con Dios, sobre todo a la idolatría.
Por el bautismo hemos sido consagrados a Jesucristo. Hemos recibido  una participación en la vida divina. Todo cristiano  es un miembro de Cristo. Cristo es el centro  de la vida y de la experiencia cristiana, como lo dice S. Pablo en Col. 1, 15-29. El se encarna para revelarnos el designio del Padre, comunicarnos la nueva vida, la vida divina. Estamos llamados a la unión con El.
Esta vida divina que se nos comunica por la gracia santificante y las virtudes infusas de la fe, la esperanza y la caridad, no permanece estéril debido a la gracia divina que actúa en nosotros y por nuestra apertura a esa gracia. Los frutos son las buenas obras.
Todo cristiano está llamado a consumar esta unión con Cristo y de modo  peculiar, lo está el monje  por su vocación y votos. Es de un modo peculiar pertenencia de Dios.
La Escritura habla de varias clases de adulterio o fornicaciones espirituales. Jeremías llama adultera a Jerusalén, que se entrega al culto de los ídolos. Jesús llama generación adultera a la nación judía incrédula.  S. Pablo trata de adúlteros a los herejes que tratan de torcer el sentido de las Escrituras, para su provecho.
Con tanta mayor razón podemos llamar adultero al que pisotea las promesas de su bautismo o profesión por cualquier pecado grave. Es un adulterio consumado por el cual queda uno alejado de Dios prefiriendo  una criatura, o  su propio gusto.
 En el pecado leve podemos ver como una sonrisa, una señal de afecto dada a la criatura a expensas de los derechos de Dios. Una imperfección voluntaria es una tendencia hacia el adulterio, ya que supone un enfriamiento del amor que se debe a Dios.
Los efectos de esta conducta son bien tristes. Por la separación total, todos los lazos que unen al alma con Dios quedan rotos. Jesús dice simbólicamente que el es la vid y nosotros los sarmientos. Ya no circula la sabía por los sarmientos cuando están desgajados. No queda  nada de la vida divina, que es la caridad. Y como ya no puede dar fruto así, solo sirve para ser cortado y arrojado al fuego, según dice Jesús. El lazo del amor está roto.
Es cierto  que Dios en su inmensa misericordia no ha quitado todos los dones. Quedan la fe y la esperanza, si el pecado no es directamente contra estar virtudes.
Estas dos virtudes, separadas de la caridad, no tiene la misma fuerza  para elevarse hacia Dios.

 

 

115.- No hurtar. (4,5)

Este vicio según refieren algunas apotemas de los Padres, se daba en algunas ocasiones entre los monjes. Se refiere de un monje que tenía tan arraigado este vicio de robar alimentos, que termina confesando que era algo tan arraigado que no teniendo ninguna necesidad que lo apremiase,  terminaba dando al burro lo que robaba.
Es un vicio vergonzoso que la ley natural condena fuertemente y deshonra para siempre  a su victima a los ojos de  los demás.
Según dice S. Pablo, los ladrones no poseerán el Reino de Díos y es perseguido por las leyes humanas aún en los pueblos menos civilizados.
¿Se podrá encontrar este vicio en un monasterio, en algún monje que ha hecho  el sacrificio  de todos sus bienes por el voto de pobreza? A primera vista nos inclinaríamos a negarlo, si no tuviésemos en cuenta la miseria humana.
El monje que se deja llevar de  él, viola a la vez el voto de pobreza y la virtud de la justicia. Los estragos en su vida espiritual serán grandes, pues la pobreza es uno de los  fundamentos básicos de la vida consagrada y una de las fuentes más fecundas  de santidad y de paz.
Cierto que estas violaciones, de ordinario suelen darse en cosas pequeñas. Muchas veces  falta la plena advertencia  y en algunas otras hay circunstancias atenuantes. Pero también es cierto que entrando en este camino por cosas pequeñas, está expuesto a caer en cosas más graves.
También la experiencia dice que cuando un monje ha sido seducido  en esta materia en cosa de alguna importancia, es una prueba de que  ya se han apoderado  de su corazón otros vicios.
El monje puede caer en pequeños hurtos con cierta facilidad, ya que en virtud de su voto de pobreza, nada puede tener ni retener como propio. No puede disponer de nada.
Por consiguiente no puede hacer un acto de propiedad sin cometer un verdadero robo, quedando obligado a la reparación, si ha lesionado los derechos del prójimo o de la comunidad.
Vale la pena estar vigilantes en este punto, así no tener para uso particular cosas que son de uso común. Si  por falta del cuidado debido, dejamos que se deterioren o malgasten  las cosas  que nos están confiadas: libros, vestidos, útiles de trabajo. Todo aquello que tenemos bajo nuestra responsabilidad
La experiencia nos dice que se puede llegar a excesos en este punto, ya que la concupiscencia de los ojos, mal combatida, puede  conducirnos a un profundo abismo, y lo que más grave, quedarse tan tranquilo. Se comienza  con pocas cosas, como Judas y se llega a olvidar  las barreras de la pobreza. El mundo multiplica sus atractivos y solo se necesita dinero para poder gozarlos. Se presenta una ocasión, y el demonio que da vueltas como dice S. Pedro, buscando nuestra perdición, no tardará en presentar la ocasión. Es la triste historia de tantos religiosos  que en todas las épocas de la Iglesia, han abandonado la vida religiosa después de haber dilapidado los bienes de la comunidad.
La mayor parte de los apóstatas están marcados por este vicio y su pérdida comenzó el día que comenzaron violar el voto de pobreza y la virtud de la justicia.

 

 

 

116.- No codiciar. (4,6)

La concupiscencia dice S. Pablo que es esa ley que habita en nosotros y que lucha sin cesar contra la ley del Espíritu.
Nacida del pecado original, sólo se alimenta del orgullo y de los placeres prohibidos, y sólo lleva al pecado. Por ello también S. Pablo la llama “el pecado que habita en nosotros”.
En efecto, la concupiscencia, origen de todos los pecados de acción, se hace ella misma pecado desde que  la acepta la voluntad.
El simple  deseo de la concupiscencia consentido, reviste toda la malicia  del acto cumplido. De aquí brota para nosotros un doble motivo para resistir a la concupiscencia. Ella  es pecado y origen de todo pecado.
Cediendo a los deseos de la concupiscencia, lejos de  apaciguarse  la hacemos más exigente y poderosa. Es por tanto cuestión de vida o muerte esta lucha.
Si vivimos  según la concupiscencia carnal, moriremos, dice S. Pablo. Si queremos vivir  es necesario someter la carne al Espíritu, dice  también s. Pablo.
Por las promesas del bautismo hemos renunciado a la triple concupiscencia, por los votos monásticos la hemos quitado sus armas, pero no ha muerto. Encontrará otras armas.
Mientras vivamos no dejará de querer turbar nuestra paz atacándonos. Así lo afirma también Santiago: ¿”De  donde proceden las guerras  y las discordias, las contiendas entre vosotros? ¿No es  de vuestras pasiones que luchan en vuestros miembros?
Todas luchas que sentimos en nuestro interior, vienen de la concupiscencia. Son ataques que no solamente  recibimos todos los días, sino  en todos los instantes.
Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, oímos su voz que pide o echa de menos, que se queja o murmura, que llora o se regocija. Hasta en las acciones más santas se presenta la concupiscencia  con seductores atractivos  y con discursos engañosos.
Es necesario una vigilancia y una resistencia continua, para no ceder a sus sugestiones. Esto le hacia exclamar a Pablo, ¡Oh infeliz de mí! ¿Quién me liberará de este cuerpo de muerte?
Para resistir necesitamos  la gracia del Espíritu Santo, como dice S. Pablo.: Si  mortificáis en vuestro espíritu las obras de la carne, viviréis.
Nosotros no somos capaces con nuestras propias fuerzas  de hacer frente a este  enemigo, pero con la gracia puede  resistir. El problema es que con frecuencia no se escucha la voz de la gracia y nuestro espíritu hace alianza con la concupiscencia.
El remedio nos lo ofrece el Señor por medio de una concupiscencia divina, que restablece poco  a poco al hombre en su estado primitivo, destruyendo la concupiscencia carnal y su obra de pecado.
S. Pablo llama a esta concupiscencia espiritual la Ley del espíritu de vida, que afirma, nos ha liberado de la ley del pecado y de la muerte.
Es en efecto una ley escrita en nuestros corazones, por el Espíritu Santo. Una ley de gracia y de caridad, y esta Ley es un principio de vida  porque al mismo  tiempo que nos descubre el bien que debemos hacer, el Espíritu santo nos comunica la gracia y nos inclina  a hacer el bien. He ahí nuestra salvación.
El que reciba esta ley del espíritu de vida, sentirá nacer poco a poco la divina concupiscencia del bien.  Y así como siguiendo la concupiscencia carnal, redoblamos sus fuerzas, del mismo modo, siguiendo la ley de la gracia, fortificamos en nosotros el espíritu de vida. Y si no podemos   en este mundo a hacer morir la concupiscencia carnal, al menos será cada vez más dominada y se sofocarán  más pronto sus inclinaciones.
Fortifiquemos en nosotros esta ley del Espíritu  por la oración que nos obtiene esta gracia y por la fidelidad  que aumenta esta misma gracia  y da el imperio sobre la carne.

 

117.- No dar falsos testimonios. (4,7)

Tanto la calumnia como la detracción son una falta contra la justicia y la caridad con más o menos gravedad según las circunstancias.
Hasta hace pocos años se leía todos los años en un domingo de cuaresma, una advertencia o declaración del Capitulo general contra la detracción. Esto manifiesta que se considera una falta por una parte que  es fácil de caer, y por otra la gravedad de esta falta al aplicarle este remedio casi extraordinario. Hoy nos ocupamos de la calumnia, dejando para otro momento la detracción.
Por calumnia entendemos imputar voluntariamente  a nuestro  prójimo, un defecto que no tiene, una falta que no ha cometido.
Es más o menos grave teniendo en cuenta la falta imputada, la dignidad de la persona calumniada, según la mayor o menor falsedad de nuestra aserción, según la advertencia que tengamos de nuestras palabras, según las circunstancias en que hagamos la calumnia, y finalmente  según  los motivos más o menos fundados que nos hacen hablar.
En todo caso es un pecado que lesiona  vivamente la justicia y la caridad. Nuestro hermano tiene derecho estricto a la reputación y la calumnia le arrebata esa reputación. La animosidad es con frecuencia  la única  instigadora y por ello puede ser más culpable la animosidad, la malquerencia, que el perjuicio que causa al prójimo.
Se puede calumniar de varias maneras. El más culpable es el falso testimonio,  que apoya con juramento su perniciosa mentira. Es raro se de con este matiz en el monasterio, como de propio intento decir algo totalmente falso a los superiores. Es una gran bajeza.
Pero de una manera más suave, puede deslizarse en nuestra vida, excusándonos de una falta  que hemos cometido y haciéndola recaer sobre otros. Vigilándoles maliciosamente en determinada ocasión. Podemos calumniar con nuestras palabras, negando virtudes  o exagerando sus defectos, interpretando mal sus acciones.
El juicio temerario (aquel que se hace sin verdadero fundamento) participa de la malicia de la calumnia, porque imputa al prójimo falta que quizás no ha cometido.
Toda calumnia ha de ser reparada, como todo bien robado debe ser restituido. Es una obligación estricta  devolver al prójimo la fama lesionada. No siempre es fácil ni eficaz. (En una ocasión un monje se acuso al Padre de haber calumniado a otro. Le puso por penitencia ir por la ciudad desplumando un pollo y volver después a verle. A la vuelta, cumplida la misión le mandó volver por los mismos sitios donde había pasado con el pollo recogiendo las plumas. Imposible  Padre, dijo el discípulo. Pues así pasa con la calumnia que has levantado al prójimo, le dijo el Maestro) Por otra parte también la malicia de nuestra naturaleza que creemos más fácilmente el mal que el bien.
 El mejor remedio y además radical, es evitarla. Pera ello cultivar la humildad, que nos llevará a no juzgar  al hermano, no juzguéis y no seréis juzgados. No dar crédito al mal, sino ante la evidencia y aún así, si no podemos disculpar la acción, la caridad disculpará la intención.

 

 

118.- No dar falsos testimonios. (4,7)

Ayer comentábamos  la calumnia. Hoy  me fijo en otro aspecto que podemos considerar como  incluido también en este instrumento: la detracción.
En el estatuto del capitulo general sobre los detractores de 1913 que actualizaba el de 1217 y que posteriormente fue de nuevo actualizado en 1962, define la detracción en estos términos: “Se entiende por detracción la maledicencia o calumnia, es decir todo lenguaje (señas, palabras, insinuaciones)  proferidas a frías, dirigidas a un miembro de la Orden ausente o presente, lenguaje que tiende de suyo a disminuir la estima debida a esta persona.”
Así  como la calumnia es sobre una acusación falsa, la detracción puede ser  sobre faltas verdaderas pero ocultas y de las que no hay motivo que justifique su revelación.
El P. Royo Maria, basado en Sto. Tomas, la define así: Se entiende por detracción o difamación la denigración injusta de la fama del prójimo ausente.
El sentido etimológico de la palabra denigración, es ennegrecer, deslumbrar, oscurecer, la fama de una persona. Si esto se hiciese con el prójimo presente, lleva más bien el nombre de contumelia.
Consiste por tanto  en manifestar sin justa causa  un vicio o defecto oculto del prójimo.  Si lo que se recrimina son defectos públicos recibe el nombre de murmuración, falta también contra la caridad, y muy condenada tanto por la Regla como por la doctrina de los santos. S. Bernardo, Sta. Teresa.
Se diferencia de la calumnia porque esta imputa al prójimo una falta que no ha cometido.  Por eso a la detracción añade la mentira perniciosa.
En cuanto al modo, puede ser directamente o indirectamente. El primero es el que manifiesta abiertamente  el pecado ajeno, y se puede realizar de cuatro maneras: -culpándolo  falsamente de una falta, -exagerando la falta, -revelando la oculta,  y –atribuyendo mala intención a una acción buena.
Indirectamente cuando se niegan o disminuyen las buenas cualidades del prójimo. Negando el bien de otro, callándolo maliciosamente,  disminuyéndolo, alabándolo remisamente cuando merece mucho más Las formula verbales son variadísimas. Todas manifiestan hipocresía, malicia, envidia: “si pero…” “es mejor no acabarlo de contar”, “si pudiera hablar os quedaríais estupefactos…” A veces hasta basta un silencio, un gesto, una sonrisa para que la fama del hermano caiga por el suelo.
La detracción, bien sea directa o indirectamente, es pecado grave contra la justicia y la caridad., aunque admite parvedad de materia.
Según consta en la Escritura y por razones teológicas, es falta grave. Es menos grave que el homicidio y el adulterio, pero más grave que el robo. Porque la fama  vale menos que la vida  o la infidelidad conyugal, pero mucho más que  los bienes  exteriores. Pero como advierte Sto. Tomas, puede alterarse  esta jerarquía por las circunstancias agravantes o atenuantes  que concurran.
Es falta  contra la justicia, porque lesiona el derecho estricto del prójimo a su propia  fama. Contra la caridad, porque el Señor nos manda amar al prójimo y nos  prohíbe hacerle daño.
Siguiendo a Sto. Tomás, vemos que admite parvedad de materia, si la crítica  es sin mala intención de defectos del prójimo, o se le imputa falsamente sin odio ni envidia un ligero desliz.  Pero no obstante se quebranta la justicia, es una ofensa a Dios y hay obligación leve de reparar  el daño causado. Cosa difícil de hacer cuando lo dicho del hermano, es algo verdadero aunque oculto. ¿Cómo reparar en este caso? No se puede decir  que no es verdad lo dicho.
Se lesiona la justicia conmutativa, al quebrantar el derecho estricto del prójimo a su propia fama. .Y no es disculpa el decir que se trata de un delito verdadero, porque solo Dios  es juez legítimo  para juzgar al delincuente, no la persona privada o particular. Además el hombre por ley natural no solo tiene derecho a la fama verdadera, fundada en su virtud, sino también a la falsa, mientras su pecado permanezca oculto y desconocido.
Por tanto se comente una injusticia divulgando el pecado oculto, o una falta de caridad  si se comentan defectos ya conocidos: murmuración.
También se quebranta la justicia legal. El bien común exige que no se revelen los pecados ajenos, sin motivo suficiente. De lo contrario se seguirían innumeralbles disgustos, riñas, envidias, venganzas, que perturbarían la paz comunitaria. La admonición de la Orden de 1962 sobre la detracción dice a este respecto: “La detracción siempre ha sido considerada en la tradición de la Orden como una falta de malicia especial y castigada con penitencias graves, porque atenta contra el bien de la comunidad.”
Y en fin, se lesiona la caridad fraterna que nos manda amar al prójimo y nos prohíbe  hacerle daño.  Nótese que nunca criticamos a las personas que amamos. Procuramos excusar sus defectos, salvando al menos la buena intención. Se ha escrito con toda verdad: Si oyes murmurar de otro, puedes decir, no le ama.

 

 

119.- No dar falsos testimonios. (4,7)

¿Cómo comentarían nuestros Padres este instrumento? Quizás pudiéramos  imaginar que en la edad de Oro de la Orden, estarían muy lejos de caer en  este fallo de vida cristiana, que supone la detracción, la calumnia, la murmuración,  y que tanto condena S. Benito. ¿La fidelidad a la Regla que impulsaba al primitivo Cister les tendría lejos de esta falta de justicia y caridad?
Que hermosos tratados de espiritualidad nos han dejado los Padres de esta segunda generación cisterciense, propios para alimentar en los monjes una fuerte vida espiritual. Podíamos creer que estarían lejos de caer en algo tan bajo.
Pero precisamente en sus escritos nos hacen pensar que eran hombres como nosotros, y juntamente con elevaciones místicas tan hermosas como las que encontramos en los Sermones sobre el Cantar de los Cantares, deja ver su pensamiento  sobre este punto.
Y es que los monjes del siglo XII como los de  hoy eran hombres, con sus miserias, y que necesitamos  que S. Benito nos presente este instrumento. “Hombres dejé, hombres encontré” frase que dijo un obispo que entró en la cartuja y llegó a ser prior de lamisca.
S. Bernardo en las “Sentencias”, enseña a sus monjes, que ante todo hay que evitar las críticas y murmuraciones entre los hermanos, ante toda otra cosa y por encima de toda observancia. Y sigue diciendo. Tal vez algunos crean que  la murmuración no pasa de ser un pecadillo de poca monta. Pero no lo juzgaba así aquel que nos manda evitarla ente todo y sobre todo.(¿S. Benito?) A mi parecer, tampoco lo juzgaba como liviana aquel que decía a los murmuradores: “Esa vuestra murmuración no va dirigida contra nosotros, sino contra el Señor, porque ¿Quién somos nosotros?”
Y aquel otro (Pablo) que se expresaba de esta suerte: “ni tampoco murmuréis como algunos israelitas en el desierto murmuraron y fueron muertos por el exterminador”.
Y un poco más adelante dice cómo no concuerdan la murmuración y la paz, la detracción y la acción de gracias, el celo amargo y las voces de alabanza. ¿Cómo puede tener valor la alabanza en el coro junto con la denigración al hermano?
En el sermón 24 del Cantar de los Cantares, confirma lo antes dicho, de que en toda agrupación humana, se da miserias. Dice:”Siermpre y en todas partes, en el coro de  las almas dedicadas a la perfección, nunca faltan  unas que  observan maliciosamente las acciones de la Esposa, (o sea de sus hermanos) no para imitarlas, sino para tener ocasión de que murmurar.  Son atormentados por lo bueno advertido en sus hermanos y se alimenta y recrean con sus imperfecciones.
Cuando les veáis  andar aparte formando corrillos y conciábulos y se deslizan palabras insolentes y murmuraciones detestables. Se junta y confabulan unos con otros, tanto es el ansia de murmurar que forman una especie de sociedad  para hablar mal de su prójimo y se unen para causar la desunión. Contraen mutuamente amistades que ocasionan enemistades en la comunidad y animados de una misma malicia, constituyen entre si  una espantosa  sociedad semejante a la formada en otro tiempo por Herodes y Pilatos, que dice el evangelio, que aquel día, o sea el de la Pasión, se hicieron amigos”.
Poco más adelante expresa su deseo de  nunca  verse  en este conciábulo. “Plegue a Dios que yo nunca jamás me encuentre en la asamblea de semejantes personas, pues Dios las aborrece, según la expresión del Apóstol: Los detractores son aborrecibles a Dios.
Nadie tiene que extrañarse de esto, pues nadie ignora como este vicio  combate y ofende más vivamente que otros la caridad, que es el mismo Dios, según vosotros mismos podéis advertirlo”.
Toda persona que murmura  hace ver a las claras que no tiene caridad. Por otra parte, ¿qué otro designio tiene sino lograr que los otros aborrezcan o desprecien a aquel de quien se murmura?
El corazón lleno de amargura no puede menos de derramar amargura en sus palabras, como dice Jesucristo: De la abundancia del corazón habla la boca.  (Como estará el amor a Dios en el corazón de aquel que  tan poco amor tiene a su hermano)
Y nos ofrece como una fotografía de las reuniones de este conciábulo:”Antes de murmurar les veis exhalar  profundos suspiros, tomar aspecto grave, no hablar  sino con pena, manifestar una falsa tristeza  en el semblante, y con voz lastimera proferir sus  murmuraciones, tanto más persuasivas y detestables, cuanto aquellos que las escuchan se persuaden de que  no las profieren sino muy a pesar suyo, o mejor  contra su voluntad. Lo siento muchísimo porque le amo de veras, pero jamás le he podido corregir de este defecto. Bien sabía yo que estaba sujeto a este vicio, pero yo no lo  hubiera jamás descubierto, pero  habiéndole publicado otro, no puedo negar la verdad. Lo digo con dolor, pero esta es la verdad. Y añade, es lástima, porque por otra parte tiene buenas cualidades, pero tocando a este  punto no merece excusa”.
                     ¿Qué remedio hay contra este mal? Crecer en caridad y seguro que él aplicaba lo que recomienda en una de sus cartas, en la que aconseja que si hay algún murmurador o descontento, que sembrase discordias y turbase la paz,  desempeñando de esta suerte el oficio del diablo, que siempre se goza en crear divisiones: “cortad por lo sano, localizar inmediatamente este peste, tanto peor cuanto más interna”.
Muchos otros textos hay en los que se ve como S. Bernardo detesta este mal.  Sta. Teresa tiene una semejante actitud ante este mal.

 

 

120.- Honrar a todos los hombres. (4,8)

Dentro de este primer grupo de instrumentos, basados en el decálogo, hay una notable  variante. En lugar de decir “honrar padre y madre”, leemos “honrar a todos los hombres”.
El cambio  está sin duda motivado por el hecho de que el monje ha abandonado a sus padres, para seguir a Cristo,  convierte este artículo en una máxima de hospitalidad, inspirada en 1 P. 2,17. Y que la RB utilizará al tratar de los huéspedes del monasterio en el cap. 53.
Honrar a una persona es reconocer  interior y exteriormente su  excelencia. Podemos honrar a los hombres  en razón de sus virtudes, de su edad,  de su autoridad. En este sentido honraremos más bien  a los santos por sus virtudes, a los ancianos por su edad,  a los superiores  por su autoridad, y esto según el criterio que tomemos.
Podemos honrar a causa de su participación en la bondad de Dios. Así en este sentido debemos y tenemos que honrar a todos los hombres, porque todos son criaturas de Dios, son imágenes de Dios, son hijos de Dios. Todos llevan en sí algún rasgo de semejanza con su creador. Debemos honrarlos sean lo que sean en la escala social. Además todos tienen un lado virtuoso, y si buscamos el bien, veremos en ellos  muchas virtudes que quizás a nosotros nos faltan.
Podemos preguntarnos como realizarlo. Aunque tenemos que honrar a todos, no quiere decir que tengamos la misma medida para todos. La RB, las costumbres de la Orden, la Ley natural, no indican  que tenemos que dar a cada uno el honor que le es debido.
Si queremos respetar a todos, una de las mejores reglas para poder realizarlo  es la de la humildad. Si somos humildes, conociéndonos nosotros mismos, y  necesariamente honraremos a los demás. Si el sentimiento de respeto es real se  traducirá en nuestras acciones, en las palabras y en el pensamiento.
En nuestras acciones la humildad nos enseñará a ser reservados, a saludar respetuosamente  a nuestros hermanos. En una palabra, la humildad hará desaparecer  toda expresión mortificante, inconveniente o burlesca.
En los pensamientos la humildad disipará los juicios temerarios, los sentimientos de desprecio  que comienzan a formarse. En fin la humildad nos ayudará a no detenernos en los defectos de los hermanos, sino a mirar sus virtudes. Veamos donde nos encontramos en este punto y veamos como observamos esta regla monástica y cristiana de honrar a todos los hombres.
La  estima que tengamos por todos  nos pueden indicar la medida de nuestra humildad. El humilde no desprecia a nadie y a nadie exceptúa de su respeto. 

 

 

 

121.- No hacer a otro lo que uno no desea para sí mismo. (4,9)

 Es fácil que tengamos inclinación a pasar un tanto a la ligera este instrumentote las buenas obras, pensando que lo observamos ya que basta seguir nuestro instinto natural, para  no hacer a otros lo que no queremos que hagan con nosotros.
Esta ley está grabada en el corazón de todos los hombres de tal suerte que los mismos paganos la conocieron, la enseñaron  y la practicaron.
Pero para reafirmar esta ley Dios ha querido que constase con un mandato explícito, y no sin motivo Jesús la ha reproducido en el evangelio y S. Benito la recoge en la Regla.
Bien mirado, es una ley difícil de observar, y quizás el punto de nuestra Regla que inconscientemente, violamos con más frecuencia.
Llevamos esta ley muy inscrita en el corazón, pero también llevamos en nosotros un egoísmo vergonzoso que oscurece la ley de Dios  y hace que tengamos dos medidas: una muy exigente para el hermano, y otra  muy amplia para nosotros mismos. Una muy severa para poner a salvo nuestros intereses, otra muy diferente respecto a los intereses de los hermanos.
               Si miramos bien y detenidamente nuestros pensamientos, nuestra conducta, nuestras palabras, podremos discernir cómo observamos este punto de nuestra regla.
En este instrumento están resumidos todos nuestros deberes para con nuestros hermanos. Con diferentes términos recuerda S. Benito este principio a través de toda la Regla. Y Jesús después de haber predicado la caridad perfecta  de la nueva ley: perdonar las injurias, devolver bien por mal, resume el mismo Jesús todo, cuando dice: “haced con los otros lo que vosotros queréis que se haga con vosotros” y añade:”esta es la ley y todo los profetas”. Si se observa, se observará a la vez la justicia y la caridad. La justicia, que da a cada uno lo que le es debido,  y la caridad  que ama al hermano como a sí mismo.
Nosotros podemos añadir. El que observe este instrumento, será un perfecto discípulo de S. Benito.
La consideración atenta, nos hace descubrir que este instrumento no tiene límites.”Haced por los otros TODO  lo que deseáis os hagan”. Tendremos así una caridad perfecta para con los hermanos.
La observancia de este precepto significa el cumplimiento de todos los deberes para con Dios, pues observamos su voluntad, y dada nuestra fragilidad, no podemos hacerlo sin tener nuestros ojos puestos en El.  Y también el cumplimiento de todos los deberes para con nosotros mismos, pues no se puede practicar esta caridad perfecta sin  un desprendimiento completo de todas las criaturas, de nuestras comodidades, de nuestros afectos, de nosotros mismos.
Con frecuencia deseamos normas concretas de perfección que nos ayuden en nuestro continuo caminar. Aquí tenemos la que nos conducirá prontamente a la extirpación de todos nuestros vicios  y  a la adquisición de todas las virtudes.

 

 

122.- Negarse a sí mismo para seguir a Cristo. (4,10)

Seguir a Jesús, es obedecerle, imitarle, y sobre todo amarle. Tres cosas que no podemos hacer normalmente sin la renuncia  a nosotros mismos, a nuestras inclinaciones naturales.
Cuando se habla de renuncia, y encontramos que  el  evangelio habla claramente de ella, son las palabras de Jesús las que nos trasmite, hay un peligro de desenfoque. Da la impresión en algunos comentarios sobre la renuncia, que Jesús  es enemigo de nuestra felicidad.
Pero precisamente, el fin de la renuncia es mejor poder seguirle para ser verdadera y plenamente felices.  Así lo manifiesta las parábolas de el tesoro escondido y de la piedra preciosa. Venden todo CONTENTOS.
Por la renuncia quitamos todo aquello que nos impide ser como Jesús, hijos del Padre, todo lo que sea un obstáculo a la verdadera felicidad.
La Iglesia es una comunidad de convertidos. La conversión que se expresa en el bautismo, e implica una renuncia a la autosuficiencia en cualquiera de sus manifestaciones y un proyecto de seguimiento de Jesús.
Para todo cristiano, la renuncia es como la otra cara del seguimiento. Pero la renuncia pertenece de modo particular a la esencia de la vida religiosa.
En la exhortación apostólica “Redentionis donum” de Juan-Pablo II, se dice explícitamente como la cruz es condición para seguir las huellas del Señor.  Jesús se lo decía a todos sus oyentes, porque pertenece a la esencia de la vocación cristiana, pero de una manera particular está unida a la profesión de los consejos evangélicos.
El concilio Vaticano II  dice en la PC 5: “recuerden ante todo los miembros de  cualquier  instituto, que por la profesión de los consejos evangélicos, respondieron  a un llamamiento divino, de modo que no solo muertos  al pecado, sino también renunciando al mundo, viven  únicamente para Dios”.
Vivir únicamente para Dios, haciendo de El lo único necesario, sacrificar todo y tenerlo por basura con tal de ganar a Cristo, estar polarizado  por el Reino donde se ha encontrado la perla preciosa y el tesoro escondido, por  lo que vale la pena vender cuanto se tiene.
Esta es la motivación principal de la vida religiosa, como motivación de amor y triunfo de la gratuidad.
La vocación genuina es algo muy parecido al amor. Es una pasión de amor. Es por tanto una pasión que tiene las características del amor, a saber, la exclusividad  en el objeto amado, y el desinterés absoluto en servirlo.
 Pero esto acarrea de alguna manera participar del bautismo con el que tenía que ser bautizado el Maestro, y  la locura  de la cruz, que como fuente de sabiduría es la prueba del amor más grande.
Veamos algunos datos  históricos. La tradición de la Iglesia, tenemos que recordarlo, nos ofrece desde sus orígenes ese testimonio claro de una búsqueda incesante de Dios, de un amor único e indiviso por Cristo, de una dedicación absoluta al crecimiento del reino.
“Desde los primeros siglos, el Espíritu Santo, junto a la heroica confesión de los mártires, ha suscitado  la maravillosa firmeza de los discípulos, de las vírgenes,  de los eremitas, de los anacoretas. Lo cual fue como un alborear de la vida religiosa.” (ET 3)

 

 

123.- Negarse a sí mismo, para seguir a Cristo. (4,10)

Estábamos viendo el día anterior como la negación de sí mismo es algo esencial a la vida cristiana y muy en concreto a la vida religiosa, cuyas primeras manifestaciones las encontramos ya en la primitiva Iglesia, según veíamos el testo de  ET 3 con el que terminábamos ayer.
Desde  los primeros tiempos el rito del bautismo incluía la renuncia  al mundo y  al demonio, como condición necesaria para  poder seguir a Cristo.  Quizá por esta razón, los primeros monjes eran llamados “renunciantes”. Tan importante llega a ser la renuncia para el primitivo monacato del desierto que  siguiendo al pie de la letra la máxima evangélica, llegan a decir: Si alguno  no renunciare a todas las cosas del mundo, no puede llegar a ser monje. (Apotema de los Padres)
La renuncia no se hacía de una vez para siempre. Toda la vida del monje tenía que ser una continua y progresiva renuncia  a los bienes temporales, a las pasiones y vicios, y a todo lo sensible para ejercitarse en la contemplación de las cosas invisibles, según doctrina de Casiano(Col, 3)
La vida de los monjes era dura y exigente. Exigía una renuncia radical, pretendían dejarlo todo, pero el objetivo era poder participar  en la humildad y pobreza de Cristo, según Casiano en las Institucionesy que S. Benito fiel discípulo de Casiano  expresa en este instrumento al decir “para seguir a Cristo”. Ser un “pauper Christi” en frase de S. Agustín, en el más estricto sentido de la palabra, para poder participar de su destino. Si el monje vivía  crucificado con Cristo, era con la viva esperanza de participar  plenamente en la alegría y paz del Señor resucitado.
La profesión religiosa  seguía así la dinámica propia del bautismo y por ello era concebida como un segundo bautismo.
Renunciar era desde los orígenes como ofrecerse a Dios como único necesario, en la desnudez de todo lo demás. Renunciar significaba  para los monjes una valoración del Reino por encima de todo  lo demás. Dios y el Reino importaban más que todas las cosas, más que la misma vida  y no querían vivir la más que desde esta dimensión.
La renuncia del monje no puede entenderse sino como un proyecto, “voto” lo llama Orígenes, de seguimiento e imitación de Cristo,  No ofrece el monje lo puramente exterior, sino que se ofrece a sí mismo. La vida del monje es de renuncia, pero sobre todo es de preferencia, que asume desde la fe, que solo es comprensible desde la fe a la que remite de manera directa.
Más aún. Cuando terminaron las persecuciones, se considera que la vida del monje se asemeja en su renuncia al testimonio de los mártires. Aceptando  la muerte antes que negar su pertenecía a Jesús, el mártir  atestigua que para él los valores del Reino importan  más que todo el  resto. Al optar por la renuncia de unos bienes fundamentales,  el monje da testimonio de que para él  el Reino es primordial. Su renuncia se convierte en signo de los valores del Reino.
Es esta preferencia la que da sentido a la renuncia  y también la que la  carga de significado para la Iglesia, que puede haber perdido su radicalidad y empuje iniciales. Con su vida de renuncia el monje es una interrogación para el mundo y para la misma Iglesia. Quiere vivir por la renuncia, la radicalidad del evangelio, que por otra parte es propia de todo cristiano.
De la vida religiosa se hablará posteriormente como de un holocausto.  El holocausto era una ofrenda en la que se ofrecía a Dios  todo la victima. El hombre tiene tres bienes, las cosas exteriores, que ofrece por el voto d pobreza,  el bien del propio cuerpo, que se ofrece a Dios sobre todo por el voto de continencia, y el bien de su alma, que se ofrece por la obediencia. (Sto. Tomas)
Pero será una renuncia por preferencias vitales, asumidas en un proyecto de fidelidad radical  evangelio, como seguimiento de Jesús como único necesario.
Si algún religioso no siente la felicidad  que augura la renuncia, pudiera ser por su falta de generosidad como lo expresa  Tagore   en la parábola del Rey y el Mendigo.

124.-Negarse a sí mismo para seguir a Cristo.- (4,10)

Leemos en LG 46, que la profesión de los consejos evangélicos aunque implican  la renuncia de bienes que indudablemente  han de ser estimados en mucho, no es  sin embargo un impedimento  para el verdadero desarrollo de la persona humana, antes por su propia naturaleza, lo favorece en gran medida.
Esto invita a reflexionar sobre el sentido  humano y teológico de la renuncia, que escuetamente S. Benito señala con la frase”para seguir a Cristo”.
El monje que quiere vivir con autenticidad su vida consagrada, es consciente que por su propia elección, no dispone  de sí. Y este  no disponer de sí, lleva entre otras cosas a no proyectarse  en otra persona con amor, fundando una  familia. No programar con libertad su propia existencia. No usar las cosas e este mundo en señorío autónomo.
Siendo adulto y maduro, su proyecto de vida  le sitúa en la desnudez y la intemperie de ciertos derechos humanos, a los que renuncia voluntariamente con motivaciones muy grandes.
Y es que la renuncia a  todo esto no puede hacerse por minusvaloración o desprecio, siguiendo la estrategia de la zorra de la fábula. Estos valores son reales, y deben ser valorados como fuentes de realización de la persona.
Se comprende fácilmente que la renuncia a ellos implique cierta negatividad y lleve consigo un sufrimiento. Y todo sufrimiento es cruz, sea forzado o voluntariamente sumido.
Pero la presencia del sufrimiento no tiene por que condenar  la existencia de la  persona a la frustración  o a la desesperanza. Más bien, el sufriente, más que ninguno otro, es el que puede dar razón de su esperanza.
En efecto, el sentido del sufrimiento, y por tanto también de ese sufrimiento que es consecuencia de una renuncia, está en la manera de abordarlo. En el “por qué” y en el “por quien” se sufre.
La represión, fruto anárquico del inconsciente, carece de motivaciones en su renuncia, el sufrimiento que tiene un “por qué” y un “para quién”, se trasforma en sacrificio.
Las motivaciones que dan sentido al sufrimiento y a la renuncia, suponen y trascendimiento de la negatividad. La represión se queda en la negatividad de la renuncia. En cambio la renuncia que se trasciende con sentido, implica una sublimación.
La renuncia manifiesta las esperanzas por las que se asume. Ninguna renuncia se justifica por sí misma, ni siquiera la renuncia que implica la vida religiosa como proyecto existencial. Únicamente se justifica por el bien mayor.
Por esto es interesante que nos preguntamos  cual es el motivo de la renuncia que, como monjes hacemos con nuestro proyecto de vida. Qué es lo que llena nuestra vida, o mejor mí vida, pues es una pregunta no genérica, sino personal, de sentido, en medio de la cruz de la renuncia. Qué es lo que llena la vida  de la fuerza de la esperanza, en medio de la cruz de la renuncia.
La vida monástica, religiosa en general, que tiene su sentido ya en el plano  humano, como algo muy distinto de la represión, alcanza toda su plenitud   en el plano teológico.

 

125.- Negarse a sí mismo para seguir a Cristo. (4,10)

Todo cristiano tiene que  percibir en el evangelio la propia realización, el sentido de su vida. Y lo ha de percibir de tal manera que lo considere como algo absoluto e irrenunciable.  La vida entera se tornaría vacía sin su presencia. Y por esto precisamente ha de estar dispuesto a renunciar a todo  con tal de salvaguardar  el seguimiento de Jesús y su opción por el reino.
El monje que es un cristiano para el que Jesús ha llegado a ser el centro de su existencia. Su vida está polarizada por el evangelio. Pero en su lectura del evangelio intuye ciertos textos que tienen para él una resonancia especial, que le invitan  de manera personal, a realizarlo existencialmente en un proyecto de vida que en cierto modo  institucionaliza la radicalidad en   toda ocasión.
El anhelo de participar en la riqueza del evangelio, le hace renunciar a todo lo demás en su proyecto de vida, consciente de haber encontrado un tesoro.
En la radicalidad de esta renuncia el monje percibe, no una llamada a observar un comportamiento destructivo, sino una llamada a realizar aquello que percibe como la propia realización de su vida.
Ya no dispone de si. Y si no dispone de sí, es porque quiere  vivir su existencia como disponibilidad absoluta al evangelio.
Seguir a Jesús es tarea de todo cristiano, y lo ha sido siempre desde el comienzo. Pero no obstante en el evangelio vemos  varios modos de seguir a Jesús  en la época pre-pascual. Unas personas siguen a Jesús entregadas plenamente la causa del reino, pero  con una  existencia “anormal”, como Marta, Maria, Lázaro, Nicodemo. Otras personas le siguen pero con la llamada al seguimiento. Reciben la interpelación a dejarlo todo  de hecho, como condición previa. Los que responde a este llamamiento forman un grupo difícil  de definir, y que llamamos “círculo apostólico” En Mac. 3,14 dice que Jesús los eligió para estar con él.
Después de la Pascua ya no se puede  seguir a Jesús físicamente y el seguimiento desemboca en una  interiorización y universalización  del  todo peculiares.
La vida monástica, desde sus inicios ha pretendido situar su propio o peculiar modo de seguimiento de Jesús  con el circulo apostólico.
¿Cuál es la experiencia del seguimiento de los que componen este círculo apostólico? se puede resumir en una doble perspectiva: por una parte la fascinación que suscita la causa de Jesús en el llamado y Jesús mismo como causa y en segundo lugar una renuncia a una existencia “normal” para responder a esta llamada.
Si los apóstoles viven en la “anormalidad” del desarraigo, dejándolo todo, es porque están fascinados  por Jesus. Valoran a Jesús  más que a todo lo demás. Su renuncia, su desnudez y su desarraigo son para ellos el precio a pagar por la gracia del seguimiento.
La vida monástica manifiesta la fe a través de la renuncia por la que  vive  una forma de vida “anormal”. Otras formas normales de vivir la fe, son modos correctos de vivirla, pero  pueden tener pleno sentido sin fe. Así un cristiano que vive su matrimonio desde la fe, tratará de encarnar la fe en su vida conyugal, pero  esta vida tendrá sentido  aún cuando ese cristiano pierda la fe.  En cambio un monje que pierde su fe y su modo de vivir con las renuncias que implica, carece de sentido.
La vida religiosa es a través de la renuncia,  una manifestación y una objetivación de la fe  sobre la que  está cimentada la Iglesia. Así lo dice el nuevo Código:”De este modo el religioso consuma la plena donación de sí mismo, como un sacrificio a Dios, por el cual toda su existencia se convierte en un continuo  culto a Dios en amor” C.607 A.
El monje afirma con el lenguaje más claro y convincente, que es su propia vida, que el Reino vale más que los supremos valores de este mundo.

 

 

126.- Negarse a sí mismo para seguir a Cristo. (4,10)

Estábamos  considerando las razones teológicas de la renuncia, para así poder mejor entender y vivir este instrumento de buenas obras que S. Benito pone en nuestras manos.
El monje tiene que ser un hombre de fe. Esa fe que  objetiviza y manifiesta su renuncia. Y deberá serlo de una manera significativa y clara. Su renuncia no ha de ser un jeroglífico incomprensible para quien lo contempla, sino una realidad  plenamente significativa.
Cualquier esfuerzo para hacer más transparente la fe  que se manifiesta en las estructura de renuncia en las que vive el monje, ha de ser  realizado. Este es el sentido del proceso de renovación emprendido  por la Orden aún antes del Vat.II. Es el proceso de refundación  que  el P. General hablaba con motivo de las Bodas de Oro de D. Gerart, abad de La Trapa y uno de los principales motores de la renovación con algunos otros monjes de su generación. El P. General se preguntaba si seguimos siendo  sabios refundadores, como lo había sido D. Gerart durante los años del post concilio. Su contestación es que mientras  haya quienes busquen a Dios por El solo,  habrá quienes  lo encuentren y habrá sabios refundadores de la vida monástica.
Y citando  párrafos del referido Abad en una de sus obras, hace suya  la frase de que la vida trapense no consiste en pensar siempre en Dios, sino en buscarlo en todas partes y encontrarlo en todas partes.  Así es como vivimos constantemente en El, y volvemos a las raíces originales y esenciales del carisma monástico en su fuente, y signo de vida en nuevos contextos culturales, porque cuanto más transparente y radical sea el vivir  el monje,  mayor será su fuerza evangelizadora. No porque  haga muchas obras, sino porque su conversión y su autenticidad hablarán por sí solas.
Un monje no puede vivir una doble vida y ser feliz. No puede vivir en la nostalgia y añoranza  de aquello a lo que renuncio al emprender  el camino monástico. La fidelidad vocacional le llama, no solo a no mirar hacia atrás, sino a una fidelidad creativa que le lleve a valorar  cada día y en cada situación  a Jesús y a su Reino más que todo lo demás, y hacer significativa  esta preferencia por Jesús delante de los hombres.
Podríamos aquí recordar a este propósito de la centralidad de Jesús en el monje, los hermosos pensamientos de S. Bernardo oídos en la lectura de completas hace unos días, sobre el comentario de”Tu nombre es óleo derramado”. Jesús daba sentido a toda la vida de S. Bernardo, y de aquí sus renuncias. “Negarse a sí mismo, para seguir a Cristo”. Jesús era  para él miel en la boca, melodía en el oído y  canto de júbilo en el corazón.
 

 

127.- Ccastigar el cuerpo. 4,11 .- Castigar el cuerpo. (4,11)

A partir del instrumento 10 ya comentado, “negarse a si mismo para seguir a Cristo”, nos encontramos en pleno evangelio. Se inicia una nueva serie de instrumentos que abarca el 19 inclusive.
Tras la invitación a la propia abnegación  para ir en pos de Jesús  se recomienda  castigar el cuerpo, instrumento 11. Frase que los antiguos entendían espontáneamente referida al ayuno. Así lo enseña Casiano, S. Gregorio en el libro de los Morales. S. Benito lo explicitará en el instrumento 13, amar el ayuno.
S. Pablo refiere de si en  1 Cor, 9, 26-27: “Yo corro no como a la ventura, y ejerzo el pugilato, no como dando golpes al vació, sino que golpeo mi cuerpo, no sea  que habiendo proclamado  a los demás, resulte yo mismo descalificado.”
Si miramos este instrumento desde una visión meramente material y moderna, podemos sentir cierto rechazo.
Hoy se reprocha con frecuencia al cristianismo de  hostilidad contra el cuerpo, no es fácil rechazar  como infundados tales  reproches, al menos en lo que se refiere al pasado.
Existe ciertamente una historia de hostilidad cristiana contra el cuerpo. Mediante influencia de ideas platónicas y gnósticas se introdujo en el cristianismo primitivo una devaluación de la materia contra el espíritu, del cuerpo frente al alma inmortal. En las frases antes referidas de S. Pablo sirvieron de apoyo para este rechazo del cuerpo.
La aceptación del propio cuerpo como un don de Dios implica la disposición de comportarse con él de un modo responsable.
La aceptación cristiana de la corporeidad es legítima en última instancia, por estar referida a la encarnación de Jesucristo. Puesto que Cristo se hizo carne, puede el hombre alegrarse de su corporeidad.
Pero siempre se ha considerado como parte de la ascesis cristiana que en última instancia no es otra cosa que un ejercicio de amor. A lo que se oriente  este instrumento, es a morir con Cristo a todo lo que se oponga al amor, para vivir con El  y dar con El vida al mundo.
Además de la invitación al ayuno que es su primera orientación, podemos ver aquí una  llamada a la mortificación en general que tenemos que imponernos, negándonos todo placer prohibido, mortificación absolutamente necesaria a todo cristiano. Pero para estar en disposición de hacerlo con prontitud y facilidad, es preciso que sepamos negarnos también aquellos gustos no prohibidos, pero que ayudan a fortalecer la voluntad.
El amor nos tiene que llevar a portarnos de tal manera que no  nos dejemos llevar por el capricho, sino ver la necesidad, utilidad, y las verdaderas conveniencias.
 Debemos  estar sobre aviso para no dejarnos llevar de ese espíritu materialista que evita hasta la menor molestia. El P. Juan de la Cruz, austero monje de S. Isidro y que en dos ocasiones fue superior de la comunidad de la Oliva, decía que algunos monjes parece que quieren comprobar cuanto puede vivir un monje bien cuidado.
En todo ha de brillar  la prudencia, la moderación y sobre todo el amor, que nos lleva a unirnos a Jesús en su Pasión, por la compasión que supone llevar parte de su cruz.
Las penitencias más saludables para afligirnos son aquella que vienen directamente del Señor, para aceptarlas paciente y silenciosamente. Así la enfermedad, el dolor, el frió o el calor… Todo lo que la Providencia nos envía. No que no tengamos que poner remedio, sino que puestos  los convenientes remedios, dejarnos plenamente en las manos del Señor.
La observancia de nuestras costumbres y reglas como las vigilias, la abstinencia, la disciplina regular, el silencio, la vida común, la pobreza de los alimentos, son ocasión de unirnos con la voluntad de Dios.

 

128.- No darse a los placeres. (4,28)

Del día anterior indicaba como a partir del instrumento 10  hasta el 19  ofrece instrumentos plenamente evangélicos.
Negarse a sí mismo para seguir a Cristo lleva  como complemento el castigar el cuerpo, con lo que  los antiguos hacían referencia al ayuno. No darse a los placeres, significa aquí a no dudarlo, los placeres de la mesa. Es un matiz más de la propia abnegación y de la práctica del ayuno, que ya aparece claramente definido en el instrumento siguiente.
Casiano en la Colación quinta habla de las pasiones, y expone la doctrina tradicional del monacato sobre la gula. Puede servir de un autorizado comentario de este instrumento.
Hablando de la conexión existente entre los vicios, expone que si se quiere vencer la pereza, es menester  dominar de antemano la tristeza. Pero para vernos libres de esta, hay que reprimir antes la ira, la extinción de esta exige como  condición previa, pisotear la avaricia. Para extirpar la avaricia, hay que refrenar  con anterioridad la lujuria, y mal se podría contener  la lujuria quien no corrija primero el vicio de la gula.
Distingue tres clases de gula. La primera induce  al monje anticipar la hora establecida para la refección. La segunda le mueve a saturarse de cualquier manjar, sea el que sea. Poco le importa  la calidad de los  alimentos. La tercera le hace apetecer los manjares exquisitos y bien aderezados. Las tres causan al monje notable perjuicio, al menos  que procure liberarse de ellas con empeño.
Así como el monje no debe autorizarse a sí mismo a quebrantar  el ayuno antes de la hora regular, de igual modo debe reprimir la voracidad  y despreciar la suntuosidad y exquisitez en el aderezo de la comida.
De estos tres focos, se derivan para el alma diversas y gravísimas dolencias. La primera  engendra el odio al monasterio, haciéndose la permanencia en él cada vez más triste e insoportable.  No cabe duda que al fastidio, le sucederá muy pronto la deserción  o la huida. La segunda estimula el fuego de la lujuria, y estimula el aguijón de la carne. Y por fin la última prende a sus victimas en los lazos de la avaricia. Esto tiene como secuela inevitable, hacer al monje imposible fundarse en la desnudez de Cristo.
Los síntomas de esta pasión se podrán reconocer por una señal característica. Supongamos que un hermano nos ha invitado a su mesa. Nos sentimos descontentos porque los majares que ha preparado no son de nuestro agrado. Sin darnos cuenta de que podemos ser inoportunos, le pedimos que añada algún condimento complementario. Ni que decir tiene que esta postura hay que evitarla a toda costa por tres  razones.
La primera porque el monje tiene que ejercitarse siempre  en toda paciencia, y ha de vivir siempre pobremente. Como afirma S. Pablo tiene que contentarse con lo que hay. Además  difícilmente refrenará las pasiones ocultas y más violentas de la carne si contrariado su gusto por un insignificante sinsabor, es incapaz mortificar siquiera un instante las delicias del paladar.
 En segundo  lugar puede suceder que nuestro huésped no tenga en este momento lo que solicitamos, en cuyo caso, inferimos  una afrenta a la necesidad y frugalidad de quien nos recibe al hacer  pública su pobreza, que él quería solo fuese conocida por Dios. Y en fin, es posible que el condimento que nosotros deseamos desagrade a  otros. Entonces por haber querido satisfacer nuestro apetito personal, habremos  mortificado a los demás. Por todos estos motivos, debemos refrenar sin miramiento  nuestra inoportuna libertad.
Al tratar de la lucha contra los vicios, cualquiera de ellos, en este caso contra la gula, dice que no puede haber otra actitud que la de una ofensiva a rajatabla. Considerando como nos ataca el vicio, dirigir contra él las saetas de los ayunos cotidianos, lanzar contra el a todas horas los suspiros del corazón y los dardos de los gemidos, ofrecer a este fin la penalidad de las vigilias, y ofrecer sin cesar su oración acompañada con lágrimas, pidiendo superar las opresiones del enemigo.
Es imposible conseguir la victoria contra cualquier pasión, si no estamos penetrados de esta idea madre: la industria y el propio trabajo, no pueden por si solos, obtener el triunfo sobre ella.
La experiencia enseña que no podemos sustraernos totalmente al contacto y compañía de la gula, ya que nos es indispensable el comer todos los días. Siempre estará en nosotros como algo natural el gusto por la comida y la bebida, por  más que pretendamos cercenar estos apetitos.
No pudiendo eliminarlos totalmente, podemos controlar su pernicioso influjo. No podemos prescindir del cuidado corporal,  pero no debe traducirse en un desasosiego, que inquiete nuestro corazón.
Símbolo de esta pasión de la gula que acecha al monje por espiritual que sea es el águila. Esta ave se eleva en raudo vuelo, más alla de las nubes hurtándose a los ojos  de los hombres,  pero de pronto, acuciada por el hambre, desciende a la tierra, penetra en lo más profundo de los valles y se mezcla entre cadáver nauseabundos.
Todo esto prueba, dice Casiano, que el espíritu de gula no puede extirparse radicalmente, ni hacerlo desaparecer como los demás vicios, Lo único que puede hacer la virtud es refrenar sus impulsos y combatir sus apetitos superfluos.

 

129.- Amar el ayuno. (4,13)

Es la formulación  explícita y más positiva del contenido de las máximas anteriores.
Antes de pasar a la práctica de las obras de misericordia que comienzan con el siguiente instrumento, hasta el 19 señala el ayuno como otro instrumento que completa a los anteriores y esta transición resultaba muy natural para los  antiguos,  ya que el ayuno siembre iba ligado a la limosna.
Amar el ayuno significa casi  necesariamente, aliviar a los pobres.
Para penetrar en el espíritu de este instrumento, lo primero que podemos hacer  es acudir a nuestras Constituciones, En el numero  28 dice así:”El ayuno monástico expresa la humilde condición de la criatura ante Dios. Despierta en el hombre el deseo espiritual, y le permite  participar de la compasión de Cristo para con los hambrientos.
Los hermanos observarán el ayuno  de cuaresma  y de Pascua, según la costumbre  de la Orden y las disposiciones del abad.”
Esta constitución  va acompañada de tres estatutos, que precisan algo más. “El miércoles de Ceniza y el Viernes Santo será  suficiente pan y agua al mediodía, o algo similar.
El 28, B. Absténgase en todo tiempo los hermanos de comer carne, salvo en caso de necesidad.
28, c.- Si algún hermano desea observar algún ayuno más riguroso, consúltelo con su abad”.
A su vez en las notas marginales remite a los CC 1249 al 1253.
Tratan de los días de penitencia expresándose así. “Todos los fieles,  cada uno a su modo, están obligados  por  ley  divina, a hacer penitencia. Sin embargo, para que todos se unan en alguna práctica común de penitencia, se han  fijado unos días penitenciales, en los que los fieles se dedican  de manera especial a la oración, realicen obras de piedad  y de caridad y se nieguen a sí mismo, cumpliendo con fidelidad sus propias obligaciones, sobre todo  observando el ayuno y la abstinencia a tenor de los siguientes cánones.
1250,- En la iglesia universal son días de penitencia todos los viernes del año y el tiempo de cuaresma.
Podemos observar que el título anterior de “Ayuno y abstinencia” ha sido cambiado por “Días de penitencia”.
Mas que  establecer preceptos concretos, se propone explicar algún  el sentido  de los siguientes cánones, como la obligación de ley divina de que todos los fieles han de hacer penitencia
El que exista algunos días concretos de penitencia para toda la Iglesia, manifiesta la unidad. Señala diversos modos, de vivir estos días de penitencia. Destaca que entre estos modos de hacer pendencia destacan la abstinencia y el ayuno,  los cuales se imponen como obligatorios algunos días, y para algunas personas.
1251.-Todos los viernes que no coincidan con una solemnidad debe abstenerse de carne o de otro alimento que haya determinado la conferencia Episcopal. Ayuno  y abstinencia se guardarán el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.
1252, La ley de la abstinencia obliga los que han cumplido 14 años y la del ayuno a todos los mayores de edad  hasta que hayan cumplido 59 años. Cuiden sin embargo los pastores de almas y los padres de que también se formen en un auténtico espíritu de penitencia  quienes por no haber alcanzado  la mayor edad no están obligados al ayuno o a la abstinencia.
La obligación de abstenerse los días de penitencia  es grave en su conjunto
1253. La conferencia Episcopal puede determinar con más detalle, el modo de observar el ayuno y la abstinencia , a sí  como de sustituirlos en todo o en parte  por otras formas de penitencia , sobre todo  obras de caridad y prácticas de piedad.

 

130.- Amar el ayuno.- (4,13)

Los ayunos fueron causa de dificultades en el Capitulo General para  la unión de las Congregaciones Trapenses en 1892. Mientras unos monasterios  seguían con todo rigor los primitivos ayunos del Cister,  otros  los habían moderado convencidos como lo estaba el mismo Rance, que superaban las fuerzas de la mayoría.
Ante esta dificultad, León XIII intervino recordando el principio  también de S. Benito, de que el abad disponga las cosas de tal modo que los fuertes deseen hacer más y los débiles no se acobarden. Por tanto dispuso que se acomodase la Orden  a las normas de la Iglesia Universal. No obstante esto, nos será provechoso reflexionar sobre la  importancia que daban al ayuno los Padres del monacato.
Empezando por nuestro Señor que ha querido  darnos un ejemplo de este género de penitencia, impuesto ya por Dios en el A.T. y practicado por sus santos. El evangelio narra el ayuno de Jesús durante cuarenta días en el desierto, aunque no nos habla de los otros  ayunos que de seguro practicaría el Señor durante su vida de treinta años.
El ayuno era la penitencia preferida por los  antiguos solitarios, y ha quedado como la penitencia  más importante de las ordenes contemplativas. Todos los fundadores de Órdenes monásticas lo han establecido como base de su vida austera, y S. Benito en su Regla señala como días de ayuno, las dos terceras partes del año.
Esto puede servirnos de motivo para acrecentar nuestra estima y amor al ayuno, viendo el modo con el que podemos practicarlo considerando nuestras facultades.
El ayuno ha sido considerado por la tradición monástica como un bien precioso, que produce efectos muy saludables, por lo que los santos lo han amado tanto.
El ayuno nos hace fuertes contra el demonio, según lo atestigua Jesús: este género de demonios no  se arroja, si no es por el ayuno y la oración.
El ayuno, dice S. Ambrosio, es un muro inexpugnable al demonio, infranqueable al enemigo ¿Qué cristiano ha sido vencido ayunando? El diablo ataca  al borracho y al lujurioso, pero desde que percibe el ayuno, huye, teme, tiembla, palidece  aterrorizado por el cuerpo que ha debilitado el ayuno.
El ayuno nos  hace fuertes contra la concupiscencia, calma la impureza de los sentidos, dice S. Atanasio. Disipa  las malas inclinaciones, purifica nuestros corazones, santifica nuestros cuerpos.
Sin el ayuno y la templanza, dice S. Juan Crisóstomo no tendrá  base la castidad, pero con el ayuno tendrá y recibirá su recompensa.
Finalmente, el ayuno nos libra de alguna manera, del peso de nuestro cuerpo terrestre. Da esplendor a nuestras almas y las hace dignas de acercarse a Dios, dice S. Atanasio.
Si ayunamos gimiendo, o porque así lo manda la Regla, o porque así lo  hacen los demás y no queda más remedio, ¿Qué mérito tendrá delante de Dios, qué frutos saludables podrán producir estos ayunos?
En el ayuno  como en toda austeridad no es el acto en sí mismo,  cuanto el amor que lo inspira,  es lo que le da valor.
Por esto S. Benito  nos dice “amar el ayuno”. Amar el ayuno no es entregarse  a excesivas  abstinencias, que el lugar de fortificar nuestra alma, arruinarían a la vez alma y cuerpo.
Amar el ayuno es abrazarse con las privaciones con ánimo generoso, es huir de las dispensas que no sean realmente necesarias. Es hacer lo poco que está mandado, con una voluntad generosa, con el sentimiento de no poder emprender los rigurosos ayunos de los santos. Y sobre todo tener el deseo de obtener los frutos del ayuno, es decir, desprender  nuestra alma de las cosas materiales y hacerla más fuerte contra sus enemigos.  Unirlas más fácil e íntimamente a Dios. Entendido esto así, los mismos enfermos y débiles pueden practicar este instrumento de amar el ayuno.

 

 

 

131.- Aliviar a los pobres- (4,14)

Nos podemos fijar en primer lugar  las distintas traducciones de  este instrumento. S. Benito dice pauperes recreare. Unos traducen  como Iñaki, aliviar a los pobres,  otros socorrer a los pobres, otros contentar, alegrar a los pobres. Son diversos matices de una misma  realidad. Puede según la traducción que se tome, más o menos  delicadeza en el modo de hacerlo.
Con este instrumento, se comienza con una serie de instrumentos que están  orientados a la práctica de las obras de misericordia, del 14 al 19.
Como decía en el día anterior, esta transición resultaba  muy natural  para los antiguos, ya que el ayuno de que se hablaba en el instrumento anterior,  iba siempre ligado a la limosna. Amar el ayuno implica casi necesariamente en la mente de los antiguos, aliviar a los pobres.
Los pobres son despreciados por el mundo. Pero son nuestros iguales tanto según el evangelio como en la declaración de los Derechos Humanos. Son nuestros hermanos en Jesucristo, tanto se trate de la pobreza material, como de la de las cualidades  humanas, bien de la pobreza espiritual. En teoría ¿qué  monje no está conforme con este planteamiento?
Las dificultades vienen en la práctica, pues aunque sabemos que Jesús se hizo pobre voluntariamente, y escogió a pobres, no miserables, para discípulos, suele haber dificultad en hacer vida en nosotros esta verdad.
Jesús los llama bienaventurados, y da como señal de se misión divina,  “que los pobres son evangelizados.” Jesús toma hecho para sí lo que hagamos a los pobres.
Entre los pobres ha reclutado los más fervientes discípulos a través de los siglos. Así lo atestigua S. Pablo hablando de la iglesia de Corinto.
Acogerlos con amor es lo que S. Benito nos está indicando en este instrumento. Rechazarlos por el hecho de ser pobres, es rechazar al mismo Jesucristo.
Este amor lo mostraremos en primer lugar con la limosna corporal. Es deber de toda  comunidad cristiana dar limosna según sus medios.
 Los bienes del monasterio, pertenecen a la Iglesia, y no son para amontonar bienes, procurando toda clase  de comodidades. Son para remediar nuestras necesidades y  de los  necesitados. De lo cual siempre se suele estar de acuerdo en teoría, no tanto cuando se presenta la ocasión de practicarlo.
El Señor siempre bendice de una manera visible a las comunidades que se señalan por su caridad.
Esta caridad y ayuda se ha manifestado de diversas maneras, según los tiempos y costumbres. En nuestra cultura, el dar la sopa y el pan en la portería  a la hora de comer, hoy día no se ve bien, cuando antes  era motivo de edificación.
Pero sobre todo, podremos ejercitarnos en este instrumento con la limosna espiritual, ya que está al alcance de todos su práctica. Son muy numerosos los pobres espirituales. Los cristianos, que abundando en riquezas, necesitan de nuestra ayuda, de nuestra oración, e incluso en ciertas circunstancias también de nuestro consejo.
Los monjes, con su ejemplo, con una vida entregada totalmente a Cristo, es como pueden hacer esta limosna, ya que la luz de su vida traspasa los muros del monasterio e irradia en el mundo. S.  Bernardo dice que si la antorcha arde, necesariamente ilumina.
Un monje debe derramar por donde quiera que pase una emanación  de vida sobrenatural. (Demasiado materializado, el tonel suena de distinto modo si está lleno o si está vació.)
Nada es tan agradable a Dios,  promete recompensar hasta un vaso de agua dado al pobre, cuanto más al que hace bien a las almas.

 

 

132.- Vestir al desnudo. (4,15)

Esta obra de misericordia que S. Benito nos presenta, no ha perdido nada de actualidad en el mundo de hoy que tanto alardea de civilización y progreso.
Según unas estadísticas ya antiguas, posiblemente habrán aumentado el número, mas de  mil millones de seres humanos no tienen con qué vestirse decentemente, desnudo o cubiertos de harapos que no merecen el nombre de vestidos. Esto se puede decir de 4oo millones de indios, 4oo millones de chinos, 300 millones de árabes, de 50 millones de negros.
A parte de estas grandes masas de seres humanos semidesnudos, cuantos hermanos nuestros en nuestro propio entorno carecen de ropa necesaria. Cuantas personas se puede ver aún cubiertas de unos miserables andrajos, del todo insuficientes para  guardarles de las inclemencias del tiempo, de la lluvia o la nieve.
Y no afecta este estado de cosas tan lamentable solamente a los mendigos, que se dedican profesionalmente a pedir limosna de puerta en puerta, y viviendo a expensas de la caridad  de los demás, llegados a ese estado por el vicio o la enfermedad.
S. Benito llama la atención sobre la obligación que tenemos de practicar, en cuento sea posible, las obras de misericordia, y por ello nos presenta este instrumento y los que le siguen. Vestir al pobre es lo mismo que vestir a Cristo. Estaba desnudo y me vestisteis, dirá en  el juicio. Y con alguna frecuencia se ha complacido mostrarse como un pobre necesitado.
A los pobres los ha elegido el Señor para hacerlos herederos de su reino dice la epístola de Santiago, por tanto no los deshonréis.
No siempre el monje podrá hacer esto directamente, pero lo que si siempre podrá es cubrir la reputación del hermano, que es darle un vestido más precioso que el material.
Cubrir su reputación delante de los demás. La desnudez del cuerpo envilece a los ojos  de los hombres. La desnudez del alma ante los ojos de Dios. Los que acuden a nosotros en busca de los vestidos de la gracia santificante que han perdido. Es un consuelo el poder ser medio para devolver la vida de la gracia a esas pobres almas, por medio de la fidelidad a nuestra vocación.
San Juan en el Apocalipsis nos habla de otra desnudez por la que nosotros quizás también podemos gemir. Es la desnudez de la tibieza, de la ausencia de virtudes.
Las palabras del Apocalipsis son fuertes: “Tu dices que eres  rico y que estas en la abundancia y que no careces de nada. Y no sabes  que eres un desgraciado, miserable, pobre, ciego y desnudo. Yo te aconsejo que adquieras de mi oro puro, probado por el fuego y te vistas de vestiduras blancas para ocultar tu desnudez. (Ap. 317-18)
Los monasterios deben ser un semillero de santidad para el mundo, pero es necesario  que la santidad florezca en ellos, para que esparza la semilla.  Aspiremos a tener el vestido de las virtudes y  para esto es preciso la lucha. Al que venciere  se le dará una vestidura blanca y no borraré su nombre del libro de la vida. (Ap. 3,5)

 

 

133.- Visitar a los enfermos. (4,16)133

Es claro que se refiere a los enfermos de la comunidad, ya que como dirá al final de este capítulo, todos estos instrumentos han de ejercitarse dentro del monasterio.
Podemos mirar en primer lugar lo que podemos llamar teología de la enfermedad, para mejor enfocar el sentido de la visita a los enfermos.
La clave del problema del dolor, y una de las manifestaciones más fuertes es la enfermedad, que se ensaña sobre el cuerpo humano, la  da sentido únicamente la divina revelación.
La filosofía ha intentado infinidad de veces  la explicación de este gran problema que atormenta a la humanidad, y ha tenido siempre que batirse en retirada  ante su impotencia para  proyectar sobre él el menor rayo de luz.
La revelación divina nos da una explicación cumplida  y acabada de este pavoroso misterio. Dios no hizo el dolor. Su primer plan sobre la humanidad lo excluía positivamente.
De una manera simbólica o alegórica,  un teólogo del siglo V antes de Cristo   explica este misterio bajo la figura de los primeros padres  que disfrutaban en un paraíso  de ciertos  dones preternaturales, entre los que se encontraba  la impasibilidad, que los hacía invulnerables al dolor en cualquiera de sus  manifestaciones. En este dichoso estado la enfermedad era imposible.
Pero vino la catástrofe  del pecado. El hombre se revela contra Dios quebrantando voluntariamente el precepto impuesto como prueba  y en castigo de esta  rebeldía, Dios castigó al hombre a toda clase de sufrimientos físicos morales. (Gen 3,16-19)
Perdió los dones preternaturales, de  integridad, impasibilidad  e inmortalidad. Y en consecuencia, el cuerpo humano, de suyo corruptible, por ser material, quedó sometido al dolor, a la enfermedad  y a la muerte.
S. Pablo escribió en la mejor de sus cartas, “Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así  la muerte pasó a todos los hombres, pues todos habían pecado.
Sto. Tomas advierte que todo lo que el pecado Original comunica al alma, se presenta como  culpa, y todo lo que comunica al cuerpo,  se presenta como pena.
No olvidemos que todas las manifestaciones de la justicia divina, van siempre acompañadas de su misericordia. Se han dado el abrazo, la justicia y la paz, dice el salmo 84,11.
La enfermedad es ante todo un castigo, pero también una medicina. Instrumento de salvación, una fuente de gracia.
La enfermedad es un castigo, como consecuencia del pecado,  que como dice Pablo, “todos pecamos en ellos” Rom, 5,12. La medicina que cura nuestras pasadas dolencias espirituales, y  nos preserva de las futuras. A este propósito dice un autor moderno.
“Sto. Tomas enseña, que un castigo debe ser considerado en algunas ocasiones como una medicina, que no solo sana y expía una falta pasada, sino que preserva de  pecados futuros, y mueve a hacer el bien. A veces es conveniente remediar las cosas de más valor con detrimento de las que no valen tanto. Así  puede suceder que quien no ha cometido culpa alguna, sea atribulado en lo material para que medre en lo espiritual, bien superior.”
Es un instrumento de salvación. ¡Cuantos han encontrado a Dios en el lecho del dolor,  y jamás lo habrían hecho disfrutando de salud!
Incluso autores paganos han vislumbrado el provecho  de la enfermedad. Plinio el Joven, escribía a su amigo Máximo: Cuando estamos enfermos, es cuando somos mejores. Y desarrolla este tema. Sus ideas dan prueba de su conocimiento del hombre. Dice cómo el enfermo ya no es esclavo de la ambición, de la concupiscencia, de las pasiones, de afán de honores, no se deja llevar de los celos, no se deja llevar de la curiosidad. Entonces nos acordamos de que hay dioses, y que nosotros somos hombres.
Si esto dice un pagano, cuanto más puede descubrir un cristiano que asocia sus sufrimientos a los de Cristo por la salvación del mundo, para completar lo que falta a la pasión de Cristo. Aunque con frecuencia se ve que  religiosos en un tiempo austeros, en la enfermedad los hace menos fervorosos. ¿Debilidad, misterio?
La enfermedad debidamente llevada  es una fuente de gracias  tanto para el enfermo como para los que le cuida. Pero termino aquí, pues me alargaría demasiado, nos detenemos hoy en este aspecto. Baste con enunciarlo.

 

 

134.- Visitar a los enfermos. (4,16)

Si el Señor no deja sin premio un vaso de agua dado en su nombre, cuanto más premiará la visita que se hace al enfermo, siempre que se haga con las debidas condiciones.
Se trata de una obra de misericordia, que hay que hacer con auténtico  espíritu cristiano, lo que supone la intención  sobrenatural de agradar a Dios, sirviéndole en los miembros dolientes de Cristo.
He aquí las principales virtudes que han de ser tenidas en cuenta en la visita a los enfermos, para que su acción caritativa sea provechosa para el enfermo y altamente meritoria para el que lo hace.
Ante todo ha de ejercitar la fe, viendo  en el mismo enfermo al mismo Cristo que sufre en uno de los miembros de su Cuerpo Místico. Sólo así podrá decirnos en día del Juicio, Venid banditos de mi Padre, porque estuve enfermo y me visitasteis. Cuando nos  mueva a visitar a los enfermos otra razón desvirtuamos por completo el sentido  de esta obra de misericordia y la destituimos de su inmenso valor ante Dios. Cristo no  recompensará como hecho a El  una obra  en la que tenía por motivo otra finalidad.
La fe es el punto de vista fundamental que hay que tener bien claro al ejercitar esta o cualquier otra obra de misericordia. Esto no quiere decir que no  puedan intentarse en ella otras finalidades humanas con la visita, como curarle, aliviarle, consolarle, distraerle. Pero todo debe estar subordinado a la finalidad última y suprema  de atender al enfermo como miembro doliente de Cristo.
Cuanta moneda falsa desde el punto de vista sobrenatural y cuanta caridad aparente en las visitas y cuidados de los enfermos, por no haber tenido en cuenta este detalle tan primario y elemental. Nunca se insistirá demasiado sobre el rectificar la intención en cualquier obra  de misericordia  corporal o espiritual. Sin ella nos exponemos a movernos en un plano meramente  humano y natural, que sin ser malo, carece  de valor en el plano sobrenatural.
En segundo lugar, caridad.Se comprende sin esfuerzo su necesidad, ya que es precisamente ella la que nos tiene que mover a  este ejercicio. La caridad se funda en la participación de la eterna bienaventuranza, y por consiguiente a ella debe encaminarse la visita de los enfermos. Es muy correcto que nos preocupemos de su salud corporal e intentemos todos los medios disponibles para  alcanzarla. Pero ante todo  debemos  preocuparnos de su salud espiritual, animándole a  llevar santamente su enfermedad, viendo en ella la voluntad misericordiosa  de Dios y si el caso lo requiere preparándole para recibir los sacramentos, o en la agonía, ayudándole con oraciones y jaculatorias a bien morir, pues quizás pueda estar más consciente de lo que aparece externamente.
Una  tercera cualidad es la paciencia y abnegación. A veces los enfermos debido a su enfermedad pueden mostrarse egoístas y exigentes. Así lo prevé S. Benito. Es preciso armarse de paciencia y abnegación a toda prueba para atenderles con sonrisa en los labios y sin dar a entender lo mucho que pueden hacer sufrir. Así lo recomienda S. Benito al enfermero.
Prudencia y delicadeza, evitando aquello que les pueda  disgustar o afligir en las noticias que se les da, ya que  puedan estar más sensibles: o que puedan despertar en ellos sentimientos de rencor, envidia, impaciencia.  Hay que crearles un clima de paz, serenidad confianza en Dios y aceptación gozosa y alegre de su divina voluntad que nunca permite el mal, sino para sacar mayores bienes.

 

 

135.- Enterrar a los muertos. (4,17)

En este instrumento que nos recuerda la práctica de otra obra de misericordia, puede considerarse en él todo lo relativo a lo que rodea el tránsito de nuestros hermanos.
Antes de la muerte podemos ver como nuestros hermanos agonizantes  tienen derecho a toda nuestra abnegación y servicio. No se muere más que una sola vez. Y morir en el monasterio rodeado de todos sus hermanos es algo que era común antes, pero que en la actualidad con cierta frecuencia  ya no se realiza debido a los adelantos en cuestión sanitaria, que ocasiona morir en los centros sanitarios.
Morir en el monasterio rodeado de los hermanos es una gracia que nuestro padre S. Bernardo  pedía a Dios con  lágrimas, y que nosotros mismos podemos desear ardientemente, aunque como dice el P. Merton en concretó la mejor muerte es la que Dios en su amor tiene deparada a cada uno de sus hijos.
Si es dulce morir en el seno de la comunidad es porque nuestros hermanos están allí para ayudarnos, para hablarnos de Dios, para acompañarnos en el momento de recibir los Sacramentos. (Recuerdo con emoción la muerte del P. Manuel en La Oliva o la  H. Mercedes en Tulebras) Desde el momento que se avisa de la agonía de un hermano, hay que acudir con el deseo  de ayudarle a dejar este mundo para comparecer al Señor. Si nos encontrásemos en su lugar, ¿Cómo desearíamos ser ayudados y sostenidos  con ardientes oraciones? Acompañar con la oración de las hermosas plegarias de la Iglesia por los agonizantes. No dejándonos distraer y preocupar por posibles movimientos  convulsivos de la agonía.
En esa lucha encarnizada contra el demonio, que aparece en la muerte de muchos santos, en el Bto. Rafael, es preciso intensificar la oración.
Y después de la muerte, la velada de oración junto al cuerpo del hermano fallecido y la pronta aplicación de misas y oraciones que la Orden señala para estos casos.
En nuestros monasterios tenemos la dicha de poseer el cementerio junto a nuestras iglesias, para  poder hacer visitas a su sepultura para acordarnos de sus virtudes y encomendarlo en nuestra oración. ¿Cuántos recuerdos y emociones siento siempre que paseo entre las cruces del cementerio de la Oliva?, semillero de verdaderos santos, así lo llamaba D. Alejandro, el médico de Carcastillo que nos atendió muchos años hasta su muerte.
No conocemos los misterios de Dios. Sabemos  que nada manchado entra en el Cielo. Solo sabemos que como dice el Catecismo de la Iglesia Católica  los que mueren  en la gracia y amistad con Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación sufren después de su muerte una purificación,  a fin de obtener la santidad necearía  para entrar en la alegría del Cielo. (1030) Y en el número siguiente dice: La Iglesia llama Purgatorio  a esta purificación final de los elegidos  que es completamente distinta del castigo de los condenados.
La piedad con  los difuntos  ha decaído en la Iglesia en general, y a lo menos externamente,  también en la Orden, con la supresión de los trecenarios, misa diaria que incluso el Jueves Santo se celebraba por los difuntos, preces diarias en el capitulo en la acción de gracias de la comida… La oración  y la limosna por los difuntos han sido muy importantes en la tradicion de la Orden.
La caridad exige que acudamos en auxilio de los difuntos, e incluso también la justicia, pues pueden ser almas no purificadas  de las que somos deudores de algunos beneficios.

 

136.- Ayudar al atribulado. (4,18)

La tribulación en esta vida es inevitable con mayor o menor intensidad. Así lo afirma el Génesis cuando dice que “la tierra te producirá espinas y abrojos.” Se ha hecho patrimonio de la humanidad y nos es imposible  evitarla porque nos persigue y alcanza de las formas más diversas: muerte, separaciones, enfermedad, pérdida de bienes, traiciones, calumnias…Por una parte el demonio que nos odia, por otra los hombres que nos rodean que voluntaria o involuntariamente pueden atribularnos, nosotros mismos con nuestra naturaleza expuesta al dolor, nunca nos deja sin pruebas.
Dios por otra parte permite la tribulación  para nuestro bien, pues nos purifica y hace que nos volvamos a El cuando quizás estamos algo despistados, y hace que sus más fieles amigos se parezcan más a Jesucristo. Si a mi  me han perseguido, también os perseguirán a vosotros. Y todos los que desean vivir piadosamente en Cristo, sufrirá persecución.
                        Las pruebas entrarán con nosotros en el claustro y nos acompañarán hasta la muerte.  Siempre podemos hacer nuestra la oración de muchos salmos, que son un grito a Dios del alma en tribulación.
Acoger amorosamente la tribulación sin asustarnos cuando la veamos venir. No puede  hacernos mal alguno, ya que no puede perjudicar nuestra alma sin nuestro consentimiento. Jesús nos dice que no tengamos miedo a aquellos que pueden matar el cuerpo.
Cuando parece que todo se ha perdido, en realidad no es más que una tempestad que pasa y se disipa, pues Dios está con nosotros en medio de la prueba, y cambiará estos pequeños sufrimiento por un peso de gloria eterna.
Pero lo que más nos puede fortalecer y animar en la prueba, es que vienen del mismo Dios, que las permite o envía por el amor que nos tiene. Así lo vemos en muchas almas santas. La tribulación nos desprende de las criaturas y nos hace expiar el pecado, merecer el cielo, adquirir las virtudes, ya que nos lleva a la humildad, nos empuja a orar, nos hace sentir la necesidad de la gracia. Si hemos decaído a una vida demasiado natural, nos hace despertar a una mayor fidelidad que nos une a Dios.
Si comprendiéremos todos los bienes que nos puede traer la tribulación, diríamos con S. Pablo: “Sobreabundo de gozo en medio de mis tribulaciones”, y no fueron pequeñas.
S. Benito en este instrumento nos anima a ayudar a aquel que está en tribulación. La propia experiencia nos ayudará a esta labor caritativa. Es un deber que urge a todo cristiano, y por lo mismo también al monje. No solo a los hermanos atribulados que nos rodean, sino también a aquellos que acuden al monasterio heridos por las duras luchas de la vida. Vienen a nosotros para aliviar a sus almas fatigadas y oír unas consoladoras palabras de aliento y de fe, que  les ayuden. Es difícil quitarles las penas, pero podemos ofrecerles los consuelos de la fe, que les haga comprender como se puede ser feliz incluso en el sufrimiento bien enfocado. Y sobre todo orar por estas personas, bien sea en un caso concreto, bien en una oración general por todos los atribulados. La caridad no nos permite quedar indiferentes a las penas de los demás.

 

137-Consolar al afligido. (4,19)

Este instrumento 19 podemos verlo como una faceta o modalidad del 18, socorrer a los que están en tribulación. La tristeza es un aspecto de la tribulación, aunque menos intenso.
Hoy vemos a considerar la tristeza desde el punto de vista teórico, siguiendo a Sto. Tomas y otro día desde el punto de vista práctico, como actuar para llevar a la práctica este instrumento.
La tristeza  es una pasión que nace del apetito concupiscible ante un mal presente. Entre todas las pasiones que sufre el alma, es la que daña más  al cuerpo, pues como advierte  Sto. Tomas, se opone a la vida del hombre en cuanto a la esencia de su movimiento, y no solo en cuanto a la medida o cantidad, como en otras pasiones del alma.
El mal presente lleva al alma a un abatimiento y angustia  que repercute frecuentemente sobre el cuerpo, al que puede llegar a enfermar e incluso producirle la muerte. Son muchas las personas que han muerto de tristeza.
Por esto, se puede comprender sin esfuerzo, que consolar al abatido por la tristeza, es una obra excelente de misericordia.
Sto. Tomás ofrece algunos remedíos  para oponerse a la tristeza. La delectación, las lágrimas, la compasión de los amigos, la contemplación de la verdad, el sueño y los baños.
La delectación es  reposar el apetito en el bien connatural y la tristeza proviene precisamente de aquello que es contrario  al apetito. Por tanto la delectación es respecto de la tristeza  lo mismo que es el descanso al cuerpo en su fatiga física. Así como el reposo del cuerpo es un remedio para la fatiga del cuerpo cuando proviene de una causa externa, la delectación es un remedio para mitigar toda tristeza, cualquiera que sea su procedencia.
Las lágrimas alivian la tristeza por dos razones: en primer lugar, porque todo lo que es nocivo, reconcentrado interiormente, aflige más porque atrae la atención sobre ello. Pero cuando trasciende al exterior, la atención se divide al tender hacia fuera  atenuándose así el dolor interno.
En segundo  lugar, porque todo aquello que es connatural al hombre en cada momento, resulta deleitable. Y el llanto  y gemidos son  connaturales al triste, al dolorido y por lo mismo experimente con ellos un alivio. Así  lo dice Sto. Tomás a quien sigo en todo esto.
La compasión de los amigos. El que un amigo se conduela de nuestra tristeza es naturalmente consolador, también por dos razones. Una porque al condolerse  de nuestra  tristeza, comparte la carga de la misma, produciendo alivio en nosotros. Y en segundo lugar  y más importante, es que la condolencia del amigo es señal de que nos ama y el sentirse amado es siempre motivo de consuelo y alegría.
Por la contemplación de la verdad. El mayor placer que alcanzamos en esta vida, consiste en la contemplación de la verdad. Y como todo placer, disminuye el dolor y la tristeza. Por esto la contemplación de la verdad es uno de los medíos más eficaces contra la tristeza.
Y también enumera Sto. Tomas como remedio a la tristeza el sueño y los baños. La tristeza se opone al movimiento vital del cuerpo y por ello todo aquello que restablezca la naturaleza corporal a su debido estado de movimiento vital, son contrarias  a la tristeza y por ello la mitigan.
 

139.- Consolar al afligido. (4,19)

La tristeza tiene diversos remedios como indicaba ayer siguiendo a Sto. Tomás,  y entre ellos señalaba la contemplación de la verdad.
 Pero en esta contemplación hay que atender  a las diversas causas por donde pueda venir el dolor o tristeza. En  el monasterio podemos clasificar la tristeza de tres clases. La de los principiantes, de los que progresan en la vida monástica y la de los monjes maduros.
La tristeza de los principiantes, puede llamarse también tristeza según el mundo. Hace sufrir la privación de las criaturas que se han dejado por Dios, pero que duele su ausencia. Llorar la separación de la familia, echar de menos la libertad, gemir bajo el peso de la observancia regular, deplorar la ausencia de consuelos espirituales, sentir el aguijón de pequeñas envidias, encontrar la  obediencia demasiado dura, los caracteres de los hermanos difíciles. Dolerse al ver que no se es nada, que no se le tiene en cuenta para nada.
 Tales son las primeras tristezas  que se siente en los principios de la vida monástica. Con alguna frecuencia estos mismos motivos de tristeza pueden hacerse presentes en monjes antiguos, pero  con el espíritu ya débil, ya que el hombre viejo nunca muere y pueden estar en una segunda niñez más peligrosa que la primera.
¿Que podemos hacer para  consolar este tipo de tristeza?  Se vencerá fácilmente si consideramos al Señor en la cruz, y el pequeño número de amigos que le rodean. También recordando los ejemplos de los santos, de nuestros Padres, que supieron encontrar la alegría en el sacrificio. Mirando también la vanidad de las satisfacciones que nos seducen y  la pequeñez de los sacrificios que Dios nos pide. Si pensamos en fin, que la muerte viene a grandes pasos  para poner término  a nuestros sufrimientos y procurarnos la recompensa eterna.
Distintos matices  tiene la tristeza de los que van progresando en la vida monástica. El que quiere ser de Dios y ha renunciado de veras a todas  las satisfacciones terrestres, se encuentra bien pronto presa de otra tristeza más amarga. Quiere ser  de Dios, y  se ve lleno de sí mismo, que se busca en todo. Hace propósitos, y no es fiel a ellos. Se ve como un cautivo que cae repetidas veces bajo el peso de sus cadenas después de cada esfuerzo que hace por romperlas, y llora su debilidad.
Por legítima que sea esta tristeza, hay que vigilar y regularla para hacerla más pura. El verdadero progreso del alma no consiste en embellecerse a sus propios ojos, sino en conocerse mejor y desprenderse más y más de sí mismo. Dios permite nuestras debilidades para instruirnos y hacernos más humildes. Comprobando nuestra miseria, debemos gemir, pero  aún más debemos aprovecharla para humillarnos y no dejarnos llevar de una amarga tristeza, diciendo con David: “Bien está, Señor que me habéis humillado”.
 Dichosa la falta que es seguida de un sincero arrepentimiento.  Y más aún si el arrepentimiento va acompañado de un acto gozoso de humildad y un nuevo aliento para el combate.
Otra es la tristeza de los monjes ya maduros. Esta tristeza no hay que disipar ni consolar, sino alimentar y conservar cuidadosamente. Es la tristeza de los hijos de Dios. La causa de esta tristeza es  el mismo Dios. Dios cuya bondad y belleza  es desconocida, pisoteada  e indignamente ultrajada por las criaturas. Dios a  quien con tanta frecuencia y tan gravemente se ofende. Dios al que se espera a unirse ardientemente y cuya venida se hace esperar.
Razón tiene el monje maduro en llorar las ofensas de Dios. Llorar sacerdotes, ministros del altar. Derramen lágrimas mis  ojos día y noche, exclamaba Jeremías. Y S. Pablo: Infeliz de mí, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?
Ojala podamos estar siempre llenos de esta santa tristeza, que la tradición monástica llama compunción y que S. Benito tanto recomienda a través de su  Regla. Ojala pudiéramos morir de este amoroso dolor.

 

 

140.- Hacerse ajeno a la conducta del mundo. (4,20)

Con este instrumento se comienza una nueva sección constituida del  mismo modo que la anterior. Después de hacer un llamamiento a la renuncia, (20), para seguir a Cristo (21) siguen una serie de máximas concernientes a la convivencia con los hermanos, que es el ambiente donde se da el seguimiento de Cristo en una vida monástica. Más concretamente en el mantenimiento de las relaciones fraternas mediante la mortificación del apetito irascible, evitándo la cólera, el resentimiento, la venganza, etc. (Del 20 al 33)
Este instrumento tiene que ser interpretado y vivido desde una visión distinta de la expuesta por S. Benito y en muchas otras épocas posteriores, aunque el contenido o finalidad es la misma.
Ahí tenemos todo el trabajo actual de las Conferencias Regionales para el próximo Capitulo general para redactar de una manera más comprensiva la Constitución 29. Usando unos términos más positivos  y dinámicos. Pero como reconocen algunas conferencias, no podemos abandonar totalmente  el lenguaje tradicional, ni imponer a  toda la Orden el lenguaje de una cultura o de una Región.
Se intenta hablar más que de separación de soledad monástica. Después estará la interpretación más o menos estricta que se haga de los términos de esta constitución. Las carmelitas de León no permiten ninguna correspondencia, ni siquiera espiritual a la postulante o novicia.

Jesús llama  a un joven para que le siga y este le pide primero ir a enterrar a su padre. Jesús le contesta con esa frase que ha sido interpretada de una manera fundamentalista por mucho tiempo y aún lo es en algunos ambientes de que “los muertos entierren a sus muertos.”
Ciertamente que en alguna época se vivió esta separación de un modo que actualmente no comprendemos. Los monjes del tiempo de la reforma de la Trapa y durante mucho tiempo después, no se enteraban ni de la muerte de sus padres. ¿Se puede comprender como el 8 de setiembre de 1936 estuvieran los monjes de Viaceli en el coro cuando los detuvieron?
El estar muertos a las nuevas del mundo no ha de ser interpretado como que no nos interesen sus sufrimientos, deseos gozos y penas de nuestros hermanos. Ciertamente que en los mismos orígenes del monacato, vamos a los monjes implicados en los problemas de sus hermanos los hombres. La Vita Antonii  refiere como en dos ocasiones, deja el desierto para ir en ayuda de los cristianos de Antioquia, y plasmó este comportamiento el primer monje docto, Evaglio Póntico  en la conocida frase: “Separados, si, aislados , no”.
Al hablar de separación del mundo, etc. Tenemos que aclarar lo que se entiende por “mundo”. Es un término muy ambiguo. En el NT estamos muy lejos del pensamiento griego que designa  la criatura excelente que hizo Dios en el principio.
Es más, este mundo solidario con el hombre pecador, en el estado actual,  está en realidad en poder de Satán. Su elemento más visible es el hombre que levanta su voluntad rebelde  contra Dios y su Cristo. Satán es el príncipe de este mundo. Así lo describe Juan.
El  espíritu de este mundo incapaz de  gustar los secretos  y los dones de Dios, (1 cor, 2,12) se opone al Espíritu de Dios.
El cristiano debe guardarse de la contaminación del mundo  (Sant. 1,27) no debe amar el mundo (1Jn 2,15) Pues la amistad con el mundo  es enemistad con Dios. (Sant. 4,4) evitando modelarse conforme al mundo presente (Rom 12,2). Pero también, “tanto amo Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito”
El mundo tiene sus modas, sus modos y su lenguaje propio. Y nunca el monje debe avergonzarse de permanecer, siguiendo las enseñanzas del NT extraño a todo esto. Poco testimonio puede dar el monje que se le ve hablar y obrar con el mundo, dejarse llevar de la vanidad del mundo. Tomando sus modos, pronto se caerá en sus costumbres materialistas.

 

 

141.- No preferir nada al amor de Cristo. (4,21)

En el instrumento 20 S. Benito  daba una llamada  a la renuncia al mundo y todo lo que lleva consigo su amor. En este instrumento ofrece la motivación de esta renuncia: para seguir a Cristo.
El seguimiento lo expresa en este instrumento, de un modo radical, y que siempre será actual.
No preferir nada al amor de Cristo. Lo más radical está en el “nada”. Y la finalidad es  llegar al amor total a Cristo.
Es el mismo Cristo que nos dice: dame hijo, tu corazón. O sea todo tu amor.
No basta  haber apartado el corazón del mundo y todo lo que de pecado lleva esta frase, como vimos en el instrumento 20. Para poder dar todo el corazón, todo nuestro amor, sin dejarnos engañar a nosotros mismos, ya que a Dios no se le puede engañar, tenemos que separarnos también de nosotros mismos. Este es el único camino para la unión con él.
Es necesario entregar todo nuestro amor, sin reservarse nada, si se quiere gozar de esa felicidad, que es la suprema de esta vida y con la cual podemos ser felices de veras. No hagamos lo que aquel niño que en su inocencia, excluía en su ofrecimiento su osito de peluche, o como la madre del Bto. Manuel González.
Somos de Dios, ya que el nos creó. Nos eligió cuando  nos llamo a su seguimiento por el bautismo y la vocación, nos redimió con toda la sangre de Cristo. Dándole el corazón, no hacemos más que darle lo que es suyo. ¡Cuántos motivos tenemos para esta entrega total! Desde toda la eternidad hemos sido amados por El y toda la vida no ha sido más que una serie ininterrumpida de beneficios. No hay momento que no esté señalado con un nuevo favor.
En pago de tanta bondad ¿Qué nos pide? Una sola cosa, nuestro corazón, nuestro amor total. Todo lo demás, nada le importa.
No podemos vivir  sin amar. Y Cristo a través de todo el evangelio, sobre todo a través de las bienaventuranzas, nos dice  que si le entregamos nuestro amor, El nos llenará de felicidad, de gozo.
En la Imitación  leemos: “conviene hijo que lo des todo por el Todo”. Pero en la vida real, aun entre los que queremos vivir la entrega de la vida monástica,  es frecuento reservarnos nuestro amor propio, bajo   especiosos pretextos. ¿Que cosa más funesta y peligrosa que este engaño?
Amar es algo lícito, es más, necesario. Para eso nos ha dado el Señor la afectividad. Pero para amar lo que debe ser amado, para que le amemos a El, de modo que no antepongamos nada  al amor de Cristo. Y si algo anteponemos, no le amamos como El quiere ser amado.
Tengamos siempre presente, tanto en lo próspero como en lo adverso, que en ninguna parte estamos mejor que en compañía del Señor, en entregados a su amor.
Podemos sentir desánimo ante este instrumento. Cuentos desordenes y apegos podemos tener en nuestro corazón formando como una segunda naturaleza, que hacen que antepongamos muchas otras cosas al amor a Cristo.
Pero lo que no pueden nuestras fuerzas, lo puede la gracia del Señor y supliquemos al Señor con toda sinceridad, que no tolere en nuestro corazón nada que no sea suyo. Y si algo ajeno apareciere, que lo arranque aunque nos cueste lágrimas de sangre.
En la Imitación encontramos esta oración: “Dame Señor, sabiduría celestial para que aprenda  a buscarte y hallarte sobre todas las cosas, gustarte y amarte sobre todas  y entender lo demás  como es, según el orden de tu sabiduría. Dame prudencia para desviarme de lo lisonjero y sufrir con paciencia  al adversario. Porque esta es gran sabiduría, no volverse a todo viento de palabras” .

 

 

142.- No satisfacer su ira. (4,22)

Estamos en una serie de instrumentos que con los que S. Benito indica el modo de seguir a Jesús. Renunciado al mundo para estar dispuestos a no preferir nada a Cristo. ¿Dónde podemos hacer efectivo este seguimiento? En medio de la comunidad monástica, y por ello siguen estos instrumentos que están indicándonos cómo hemos de hacer realidad el seguimiento.
Lo primero que indica es lo más externo e imprescindible en todo discípulo de Jesús. No satisfacer la ira. O como traduce Iñaki: No consumar los impulsos de la ira. “Iram non perficere.”
Así como la dulzura tiene  muchos atractivos y gran imperio para ganar los corazones, la cólera repugna a los que son testigos de ella y atrae su desprecio e indignación.
Es un vicio tan repugnante, que hasta se manifiesta y refleja en el mismo rostro. Otros vicios pueden ocultarse. La cólera no se puede disimular. Pone de manifiesto toda nuestra conducta, e indica  la falta de control, interno de quien externamente así se manifiesta, por eso no suele estar sola, sino acompañada de otros vicios ocultos.
La es como una locura, pasión que ciega al que se deja arrastrar por ella. Es como el fuego, se apodera de tal manera que no se le puede  controlar, de modo que bajo el imperio de la ira, no se razona, no se juzga sanamente de las cosas. Se pierde el dominio sobre uno mismo. No se es dueño de la razón ni de la libertad. En una palabra, se cesa de ser hombre razonable.
Dios nos guarde decaer en esta demencia. Pero por nuestra parte, tenemos que reprimir los primeros movimientos en las contrariedades. Detener  gestos y palabras en los que se manifiesta la cólera, y con el auxilio de la  oración conseguir el dominio sobre uno mismo.
Los efectos de la cólera son funestos. Nos hace perder la paz, la dulzura, ya que Jesús solo la ha prometido al alma en reposo “encontraréis el descanso de vuestras almas.” La ira introduce la turbación en todos los que la presencian  y no hace bien a nadie.
Siendo ciega, no conoce barreras y puede  arrojarnos a donde no pensamos. Es más fácil prevenir los excesos, que detenerlos.  Y se previenen vigilando de cerca nuestro humor, reprendiéndonos  las menores impaciencias, esforzándonos  por adquirir la calma y la suavidad de modo habitual, humillándonos después de cada impaciencia, tanto delante de Dios como delante de los hermanos a los que hemos desedificado.
No nos contentemos de practicar la dulzura cuando nada nos cuesta. En las contrariedades es donde tenemos que practicarla, si queremos triunfar del vicio de la ira.
Quizá lo más triste de todo, es que aquel que se deja llevar de la ira, de la cólera, aunque sea en pequeña escala, no puede tener parte con Jesús. El monje llamado a estar con El, queda arrojado espiritualmente de su presencia.
Estar lejos de Jesús, dice la Imitación, es un daño mayor que si todo el mundo se perdiese. Estar sin Jesús es grave infierno, estar con Jesús es dulce paraíso. Si Jesús estuviere contigo ningún enemigo podrá dañarte. El que halla Jesús  halla un tesoro. El que pierde a Jesús pierde más que todo el mundo. Pobrísimo es el que vive sin Jesús  y riquísimo el que está bien con Jesús. Gran arte es saber conversar con Jesús  y grande prudencia saber tener  a Jesús. Se humilde y pacífico y será contigo Jesús. Todo esto pierde el monje que se deja llevar  de la ira, de la cólera.

 

 

143.- No guardar resentimiento alguno. (4,23)

Hay diversidad de traducciones de este instrumento cuyo texto latino es “iracundie tempus  non reservare” por no guardar ocasión de venganza.
El resentimiento es uno de los vicios más reprobados por la Regla. S. Benito lo condena sin contemplaciones, en diversos capítulos de la Regla. En este cap. 4 lo condena con diversos términos. No dar falsa paz, no abandonar la caridad, soportar pacientemente las injurias, amar a los enemigos orar por ellos, reconciliarse con el que ha tenido un choque antes de ponerse el sol,…Todo esto está haciendo referencia a evitar toda sombra de venganza, de resentimiento.
En otros capítulos también habla del perdón de las injurias, quiere que  el Padre nuestro sea recitado en voz alta  dos veces al día para vaciar los corazones de todo resentimiento. No puede soportar S. Benito que nube alguna venga a empañar el resplandor y dulzura de la caridad fraterna. Quiere que todos formen un solo corazón y una sola alma. Que las más pequeñas heridas hechas a la caridad sean reparadas, curadas y olvidadas. El monasterio benedictino tiene que brillar sobre todo por la paz, para que la voz del señor pueda ser oída, pues en el tumulto de las pasiones, el ruido del amor propio, de las palabras hirientes, etc. lo impiden.
También la venganza, el resentimiento es un vicio muy reprobado por el Señor. ¿Qué es el evangelio sino un reclamo para la dulzura y el perdón? Jesús ha  pasado haciendo el bien. Qué dulzura ha mostrado a la adúltera, a la samaritana, a Pedro, a Judas, a todos los que le habían ofendido. Cuando los discípulos piden que haga caer fuego sobre la población ingrata, les dice que no conocen de qué espíritu son.  No es el espíritu de Jesús que es manso y humilde de corazón.
La dulzura es el espíritu de Jesús y cualquiera que se deje llevar de la cólera y resentimiento, no puede  pensar ser discípulo fiel de Jesús. Que hermosas promesas  hace a los que practican la dulzura y que amenazas contra los que se apartan de esta virtud. Nos asegura que seremos juzgados por esta virtud cuando nos dice: Perdonad y seréis perdonados.
El resentimiento es uno de los vicios más opuestos a la caridad, causar pena al hermano con palabras o acciones son heridas hechas a la caridad. Los impulsos de la cólera son heridas más o menos profundas  inferidas a esta virtud.
Pero son actos transitorios si nos retractamos o reparamos, reviviendo así la caridad herida. El resentimiento por el contrario conservado fríamente, persiste en su disposición contraria a la caridad. En esto se parece al odio. Mientras exista resentimiento, falta la caridad. La caridad si existe, se traspira al exterior necesariamente en palabras, gestos.
Bajo este aspecto ¿somos verdaderos discípulos de Cristo?

 

 

144.-No tener dolo en el corazón. (4,25)

En la vida comunitaria que es el lugar donde se desarrolla el seguimiento de Cristo. Otra condición para no anteponer nada a Cristo, y poder alcanzar esta meta es no  abrigad en el corazón doblez alguna.
Esta rectitud de corazón la hemos de manifestar tanto en nuestras relaciones con Dios como con  nuestros hermanos.
El Eclesiástico dice: no te acercaras a Dios con un corazón doble (1,36) y en otro lugar,”desdichado el que tiene corazón doble”. La doblez de corazón es la marca del pecador. Bienaventurado aquel a quien Dios no le ha encontrado pecado ni dolo.
En la Carta de S. Pedro dice: Como niños recién nacidos, desead la leche espiritual pura (sin engaño), a fin de que crezcáis para la salvación. Rechazad por tanto todo engaño, hipocresía, envidia y toda clase de maledicencias (1 P. 2,1-3.)
Faltamos a la rectitud para con Dios desde el momento en que queremos servirle buscándonos a nosotros mismos, nuestros intereses bajo capa de gloria de Dios. También  la falta de rectitud puede darse en la práctica de las virtudes. Hemos dicho muchas veces: Dios mío, os amo con todo mi corazón. Y los hechos muestran que el corazón sigue apegado a algo que Dios me está pidiendo.  La humildad es muchas veces más aparente que real. En nuestras oraciones también puede haber falsedad.
La rectitud perfecta en el servicio de Dios es una virtud rara, y por ello no tenemos que dejar de lado este instrumento como algo que  no va con nosotros.
En las relaciones comunitarias se puede deslizar la doblez. Así la obediencia tiene que ser sin artificios, pues de lo contrario puede ser un manto de la propia doblez. Cuando sólo se busca la voluntad de Dios, la verdadera obediencia es sencilla. Pero la voluntad propia busca sus ventajas y para ello se vale de artificios.
Hay doblez cuando calculamos las cosas para que todo pueda salir según nuestro deseo, esquivando aquello que a uno no le agrada.
La prudencia del mundo, que se llama astucia, política, diplomacia,  no es con frecuencia otra cosa que doblez. Y suele llamarse cándidos a los que tienen el corazón recto y sencillo. Parece que para algunos el disimulo es una ley a la que uno tiene que  someterse, si se quiere vivir en sociedad. Esta falsa prudencia, distinta de la que Jesús recomienda. Si se introduce en una comunidad se pierde la sencillez y candor que son uno de los encantos de la vida comunitaria.
En un ambiente así, uno se ve obligado a pesar sus palabras, que pueden ser maliciosamente interpretadas se hace imposible la unión, porque cada uno tiene sus pequeños intereses ocultos, sus pequeños resortes secretos, que ahogan la confianza fraternal, ya que  no podemos conocer el verdadero pensamiento de un hermano disimulado. Y a su vez este hermano difícilmente cree que se le dice la verdad.
En fin, nada de afecto, nada de paz y unión  pues siempre se está temiendo alguna astucia o engaño oculto.
El espíritu  de doblez, es el destructor de la vida cenobítica. Cierto que no se pueden descubrir los pensamientos a todo el mundo, pero no es razón para que seamos astutos ydisimulados.
Dichoso el monje que intenta vivir de tal manera que se le puede aplicar  la frase de Jesús: He aquí un verdadero israelita en el que no hay dolo ni engaño.

 

145.- No dar paz fingida.- (4,25)

El mismo enunciado de este instrumento nos está diciendo que hay varias clases de paz, puesto que se puede encontrar una paz fingida que procede de una falsa caridad.
Vemos como entre los doce apóstoles Judas fue capaz de entregar a su Maestro con un signo de paz y amor como es el beso. Y es que sin la gracia de Dios el hombre es capaz de todas las bajezas. Podemos sustentar una animosidad secreta, trabajar sordamente para perjudicar al hermano y a la vez dar muestras exteriores de amistad, como dar la paz en la eucaristía.
Aparte de este odio disimulado que es raro gracias a Dios, estamos expuestos a muchos defectos de rectitud  en el ejercicio de la caridad. Esto está indicando que el “no anteponer nada al amor de Cristo”, aún está lejos de ser realidad. Y S. Benito  ofrece este instrumento 25,  muy oportuno y práctico para iluminar algunos rincones de nuestra conciencia que pudieran estar oscurecidos.
En el mundo ciertamente esta caridad mentirosa está a la orden del día. Honores y cumplimientos por delante y críticas e incluso calumnias y quejas de su importunidad por detrás. Tenemos que velar para que este espíritu del mundo no penetre en nuestra comunidad. No hay nada más odioso a los ojos de un buen monje que esta conducta rastrera  e hipócrita entre los hermanos.
Tanto más debemos vigilar, cuanto la pendiente es muy resbaladiza  y las ocasiones son muy frecuentes. Y veamos si nuestra conducta está siempre orientada por la caridad portándonos con ellos lo mismo en su presencia como en su ausencia. (Musulmán que llama infiel o cristiano, según está presente el interesado, según contaba el P. Ventura)
                   La paz de la buena conciencia es el mejor tesoro del monje y debemos estar dispuestos a conservarla por encima de todo.
                    Pero existe también una falsa paz de la conciencia, que es el resultado de infidelidades multiplicadas que la endurecen, formando como un callo en ella. La meditación de la muerte, puede ayudar a descubrir si la conciencia está reposando sobre una falsa paz. Permanecer es esa  falsa conciencia no es camino de la paz, sino de la perdición.
Esto mismo debemos tener en cuenta en el trato con nuestros hermanos, no dejándoles  por nuestra culpa en la paz de una falsa conciencia. Así se da esta  falsa paz predicando una moral suave para no desalentarles; no reprender sus defectos,  para no irritarles; aprobar con nuestro silencio las faltas que cometen.
Existe también la paz del falso consuelo. Si en las pruebas nos arrojamos en los consuelos sensibles y si en lugar de remontarnos a los pensamientos de fe, buscamos dar alguna compensación a la naturaleza, sustrayéndonos  al peso que nos oprime, nos procuraremos una falsa paz.
La falsa paz también la damos a los hermanos cuando para tener  sosegado a un carácter difícil, le permitimos cosas  contrarias a lo que el Señor espera de un monje: salidas innecesarias, ocasiones de hablar, cerrando los ojos ante fallos que además perturban la paz entre los hermanos, y decimos equivocadamente: por amor a la paz…o cuando para consolar, se resugieren motivos naturales, más o menos fundados.
Cuando para desembarazarnos de él y de sus importunidades, le engañamos,  le damos una paz falsa que no puede  durar.
La paz es la recompensa de una buena voluntad. Paz a los hombres de buena voluntad, cantaban los ángeles en Belén. La paz es fruto de sacrificio. Tomad  mi yugo y encontrareis el descanso para vuestras almas.
Si queremos gozar de una paz duradera y hacerla gozar a nuestros hermanos, bequémosla en la renuncia a uno mismo, y nunca busquemos falsos consuelos.

146.- No cejar en la caridad.- (4,26)

 S. Benito presenta los instrumentos que nos ayudarán a vivir la vida comunitaria, como el lugar donde mostramos el amor a Cristo sobre todo otro amor. Por esto nos invita en este instrumento inspirado en Proverbios 12, 20, que expresa la perseverancia que debemos tener  en la práctica del amor.
La caridad supone necesariamente la abnegación que olvida su propio bien para procurar el de los otros. Supone también el propósito de soportar todo lo que nos pueda venir en la vida comunitaria, tal como lo expresa  S. Pablo en el himno de la Caridad.
La condición para mantener  la caridad es el sacrificio  por el hermano. Por esto, el sacrificio, lejos de desalentarnos o huir del amor, lo nutre y lo desarrolla.  Por esto también  soporta con paciencia todo lo que pueda venirle  en desaires, calumnias, ingratitudes, persecuciones. 
Por el espíritu de sacrificio es por lo que se explica que la verdadera caridad perdone sinceramente, olvida todo. La caridad verdadera nos lleva a  sufrir, perdonar y olvidar.
El motivo que nos impulsa a la práctica de la caridad nos exige también que no abandonemos nunca esta virtud. No cejar dice S. Benito.  Y la causa es que el verdadero motivo,  es Dios a quien amamos en nuestros hermanos. Dios nunca puede dejar de ser amor, así nuestro amor  cualquiera  que sea la conducta de nuestro hermano y los perjuicios que nos ha ocasionado no puede cejar.
Muchas pueden ser las deudas que tenemos con Dios por tantos beneficios por su parte e ingratitudes por la nuestra. Y nos ofrece esta ocasión de pagarlos ocultándose bajo nuestro hermano defectuoso. Y nos dice, ámale como yo te he amado, perdónale como yo te he perdonado.
Con esta mirada de fe, la caridad no desfallecerá. Por el contrario crece con las dificultades, pues se siente feliz  al encontrar la ocasión de reparar las faltas pasadas contra el amor.
El fruto de la caridad  nos anima a no cejar en la caridad. El que permanece en la caridad, permanece en Dios y Dios en él. Tal es la sublime recompensa de la caridad. Es Dios mismo el que se da a nosotros. Por lo tanto, el que no permanece en la caridad pierde esta recompensa. No mora en Dios y Dios no mora en él.
Si se enfría  nuestra caridad para con los hermanos, también se enfriará nuestra relación con Dios.
Quizás puede ser la causa de las dificultades en la oración, extrema debilidad en el cumplimiento de los propios deberes, disgusto por las cosas de Dios y un malestar general que pueda uno experimentar, el enfriamiento en la caridad con los hermanos. Si nuestra caridad se ha enfriado, hemos cejado en la caridad, no nos tienen que sorprender las consecuencias. Es la palabra del Señor: “con la medida que midieres seréis medidos”.

 

 

147.-No jurar por temor a hacerlo en falso. (4,27)

Jesús lo ha dicho”habéis oído que también se dijo a los antepasados, no jurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos. Pues yo os digo, no juréis en modo alguno, ni por el Cielo porque es el trono de Dios, ni por la tierra  porque es el escabel de sus pies, ni por Jerusalén  porque es la ciudad del gran rey. Ni tampoco jures por tu cabeza, pues ni uno solo de tus cabellos, puedes hacerlo blanco o negro. Sea vuestro lenguaje: si, si, no,  no, que lo que pasa de aquí viene del maligno. (Mat. 5, 32 ss.)
En esta serie de instrumentos orientados a mejorar la vida comunitaria como lugar del encuentro con Cristo por el amor, resalta este precepto de Jesús que encontramos en Mateo 5 en el Sermón de la Montaña.
S. Ambrosio lo cita en su tratado sobre las vírgenes, como algo que tiene que evitar aquella que se consagra a Cristo en cuerpo y alma.
No es necesario hacer resaltar cómo el pecado del perjurio, o juramento en falso, tan grave en todo cristiano, es especialmente escandaloso en el monje.
S. Benito prohíbe el juramento temerario, que es el que hace referencia  en Mat. 5 34. El juramento temerario es aquel que se hace sin razón suficiente. No está permitido hacer intervenir la autoridad de Dios, para simples bagatelas. Y es de temer que el uso abusivo del juramento destruya poco a poco, su prestigio a nuestros ojos y no se vea la gravedad del perjurio.
El monje tiene que estar vigilante para no caer en esa manía que algunas personas tienen  que nunca creen haber afirmado suficientemente la verdad si no interponen el juramento. Incluso el monje debe desterrar de su lenguaje esas expresiones que se acercan  más o menos al juramento como: por fe mía, Dios me es testigo, tan cierto como hay Dios, daría mi cabeza…
Hay un juramento laudable, el que se hace con un fin bueno y por un importante motivo de justicia y caridad. Es el que la Iglesia  nos  hace pronunciar antes de la elección de un abad y en otras circunstancias importantes de la vida.
Este juramento es un acto de virtud  y de religión, un homenaje que se tributa al testimonio de Dios. Es en fin un acto bueno, ya que el fin y los medios son buenos
Pero evidentemente tiene que ir acompañado de verdadera fe y no verlo como una mera formalidad. Por tanto ha de estar marcado por la sinceridad.

 

148.-Decir la verdad con el corazón y los labios. (4,28)

El problema de la sinceridad y de la mentira ha gozado siempre de una importancia excepcional, como puede deducirse  del amplio espacio  que ha ocupado en los Padres, en los teólogos  y los estudiosos de diversas tendencias.
Hoy ha asumido una proporción alarmante, pues la falta de  sinceridad se ha difundido enormemente. No solo se ultraja a la verdad con engaños y astucias de todo género, tanto en las conversaciones ordinarias, como en los asuntos graves. Se la ultraja  así mismo por medio de la prensa y medios de comunicación social, orientados con frecuencia a doblegar  la opinión pública hacia una idea, sin rehuir  las burlas adulaciones o acusaciones más temerarias.
En una vida de comunidad  la falta de verdad es un elemento gravemente destructor  de la mutua confianza. Y el ambiente de mentira que rodea como una atmósfera al monasterio, puede influenciar y no dar importancia a este mal.
La mayor parte de los moralistas han seguido siempre el pensamiento de S. Agustín y Sto. Tomás, definiendo la mentira como  “un lenguaje contrario al propio pensamiento, con la voluntad de engañar”. De hecho, la voluntad de engañar es  la que hace condenable el lenguaje contrario al pensamiento.
Hay otra definición de la mentira, que dice: “la mentira es rehusar la verdad debida.”. Por consiguiente  si en la situación concreta en que se encuentra una persona, el interlocutor no tiene derecho a conocer la verdad, se puede decir una cosa  por otra sin incurrir en mentira.
La razón formal de la mentira, según esta teoría, es la lesión del derecho ajeno a conocer la verdad, mientras que si no existe este derecho, se trata solo de  un falsiloquio.
Esta  teoría que proviene de Grofio, jurista holandés del siglo XVII, se difundió ampliamente en el ámbito protestante, ganando  terreno incluso en moralistas católicos.
Hay varias especies de mentira que determinan su gravedad. Se puede mirar de dos modos, según la intención del mentiroso, y según su gravedad.
Siguiendo a S. Agustín  y a Sto. Tomás, se fijan  más que en la mentira  misma, en la intención del mentiroso.
Según esta clasificación la mentira puede ser jocosa, cuando se busca la diversión. Oficiosa cuando se dice  por miras profesionales, para hacer un servicio al prójimo o precaverle de un mal y nociva cuando lo que se pretende es hacer un mal al prójimo.
Si se considera por el grado de culpabilidad se divide en ocho grados. S. Agustín los enumera en grado descendente. El más grave se refiere al campo religioso, el católico que finge no serlo para salvar su vida. La mentira que daña al prójimo, sin que sea compensado con algún tipo de bien proporcionado. En tercer lugar la mentira dañosa y útil al mismo tiempo, el cuarto la mentira que se  pronuncia sin otra intención que la de engañar, Después le sigue la mentira dicha por placer o interés, la dicha  para obtener un bien o evitar un mal al prójimo, o para salvar la vida (sétimo grado), o para preservarlo del pecado. (Octavo grado)
Como se ve tenemos una escala descendente que sin negar en ningún momento la malicia intrínseca  de la mentira, va de lo más grave que es la mentira contra Dios y la religión, al grado ínfimo, que es la mentira útil a la virtud.  

 

 

149.- Decir la verdad con el corazón y los labios. (4,28)

¿Qué falta moral supone la mentira? Los priscilianistas (Siglo V) Los flagelantes (XII al XVI) y también los protestantes en general, sostienen la legitimidad de la mentira, con la condición de que no sea nociva.
En la Biblia, en el AT encontramos sentencias claramente condenatorias de la mentira. Sab 1,11: Prov. 12,22.  Sobre todo en el Levítico 19,11. En Proverbios 30,8 manda evitarla con extremo rigor. El autor del Eclesiástico 7,14 prohíbe decir mentiras de cualquier especie.
En el NT además de presentar el ejemplo de la rectitud lineal y perfecta, la sinceridad de Jesús, condena la mentira de modo más radical hasta tal punto que los seguidores de Jesús deben ser tan amantes de la verdad que  se les  pudiera creer inmediatamente,  sin necesidad de juramento alguno (Mat 5,36-37) Se exalta la sinceridad como la síntesis de todas las virtudes, hasta tal punto de que obrar la verdad es hacer el bien. La mentira por el contrario es obra del demonio, que es mentiroso desde el principio y padre de la mentira.
 S. Pablo basa la obligación de la sinceridad y la condenación de la mentira sobre el motivo teológico de la doctrina del cuerpo místico. “Renunciando a la mentira, hablad la verdad cada uno con su prójimo porque somos miembros  los unos de los otros” Ef., 4,25. Y lo mismo en Col 3,9-10. S. Juan en el Apocalipsis pone a los mentirosos en el horno ardiente de fuego. 21,27: 22,15. Por el contrariio, el cortejo del cordero, en el cielo, está formado por aquellos  en cuya boca jamás se halló mentira. (14, 5.)
En el libro de los Hechos se narra el severo castigo infringido por Dios a Ananías y Safira por mentir a S. Pedro. (5,1-11)
En el pensamiento de los Padres encontramos una abrumadora mayoría a favor de la ilicitud de la mentira. No podía ser de otro modo, ante el pensamiento tan nítido y enérgico de la Sda. Escritura, sobre todo considerando el Evangelio que es la ley de la sinceridad y rectitud en oposición a toda hipocresía y falsedad.
Cierto que algunos Padres de tendencia moderada, admiten que en algunos casos graves y excepcionales, la mentira puede ser lícita, como para no violar un secreto o evitar un grave daño al prójimo. Así Clemente de Alejandría, Orígenes, S. Juan Crisóstomo, y en occidente S. Hilario y Casiano. Pero aún estos apelan siempre al ideal evangélico de la lealtad y rectitud.
Aparte de estas excepciones que circuncriben la licitud de la mentira a los casos difíciles, casi la totalidad de los Padres y moralistas toman una posición intransigente. El representante más autorizado de esta posición severa es  S. Agustín.  En el tratado contra la mentira, demuestra que es intrínsecamente mala, como la fornicación y la blasfemia. Desde el momento que nuestro entendimiento desea con toda la fuerza la verdad y en que las palabras tienen la finalidad de comunicar el pensamiento, no de engañar, la mentira es ilícita en cuento se opone a la verdad. Tiene  una malicia intrínseca, que no puede legitimar  ni siquiera por un fin bueno, aunque este podría disminuir la culpa.
Esta doctrina intransigente ha pasado a toda la tradición católica posterior, que está concorde  en declarar la malicia intrínseca de toda mentira.
Los teólogos se han preguntado la razón porque es intrínsecamente mala. La inmensa mayoría contestan en la línea de la doctrina agustiniana. Dada la tendencia fundamental del hombre a la verdad, que en la vida social se comunica con la palabra, tiene que haber una correspondecia  natural entre la palabra  y el pensamiento. Viviendo con otros en comunión de vida, el hombre debe manifestar la verdad so pena de infringir  un golpe mortal a la convivencia social.
No obstante B. Härig  dice que con frecuencia la jocosa no mira sino a divertir. En tal caso, si en todo el discurso trasluce nítidamente la verdad, no se podrá hablar de mentira. Un discurso hay que tomarlo en su contexto, sin mutilaciones arbitrarias. Así la mayor parte de las mentiras jocosas nada tiene que ver  con la mentira propia y auténtica.
Por tanto la Escritura, la tradición, el pensamiento de los teólogos, el sentido común de los hombres, concuerda en condenar sin equívocos  el pecado funesto de la mentira.

 

 

150.- No devolver mal por mal. (4,29)

Nunca está permitido hacer el mal, incluso para conseguir un bien. Menos todavía cometer el mal para vengarse de otro mal, o para perjudicar al prójimo.
S. Pablo en Rom 12, 19 dice:”No tomando la justicia  por cuenta vuestra, queridos míos, dejar lugar a la Cólera, pues dice la Escritura: mía es la venganza, yo daré el pago merecido, dice el Señor”. S. Pablo cita aquí el Det. 32, 35.
Vengarse es usurpar los derechos  esenciales de Dios. Este instrumento de las buenas obras y los cuatro siguientes señalan en cinco grados la conducta a seguir con aquellos que nos hacen el mal.
Quizás podemos preguntarnos si esto tiene aplicación en una vida comunitaria monástica.  Aunque teóricamente pudiéramos dudarlo, la historia y la experiencia me confirman que no es algo extraño.
Dejando de lado aquellos casos  que por permisión del Señor almas grandes sufrieron persecución, la persecución por parte de los buenos, como a San Pío, Sta. Rafaela del Sdo. Corazón. S. Juan de la Cruz…En menor escala pero no menos ostensible, se dan estos casos en la vida de los monasterios. No es algo que uno prevea al entrar o al hacer la profesión, pero es uno de los imponderables de la vida monástica, y para estas ocasiones S. Benito ofrece este instrumento.
Lo primero y más esencial que tiene que tener presente todo cristiano y con mayor razón  todo monje, es no devolver nunca mal por mal. Toda venganza es pecado.
Devolviendo el mal, con frecuencia podemos ser mas culpables que el que nos ha hecho la injuria. El quizás ha podido actuar por un movimiento irreflexivo, de impaciencia,  quizás en completa inocencia, sin caer en la cuenta de que con su proceder perjudicaba a  un hermano. Esto puede suceder con frecuencia en la vida comunitaria.
Devolviéndole nosotros mal, obramos con malicia y premeditación. Y los frutos de la venganza  es abrir más la llaga que había y la hace más difícil de curar. Se puede levantar un muro de separación entre los hermanos, y lo que es más triste, nos prepara un severo juicio ante Dios.
Jesús nos dijo: “Este es mi mandamiento, que os améis mutuamente”. Este  es nuestro ideal. “Cristo ha muerto por nosotros, dejándonos ejemplo a fin de que sigamos sus pasos. Cuando estaba cargado de maldiciones no maldecía, cuando se le hacía sufrir, no profería amenazas. Cuando se le se le condenaba injustamente, se entregaba a sus enemigos”. (1 P. 2 21-25)
Todo el NT  se puede citar como apoyo a estas palabras de Pedro. Son como el resumen de las doctrinas y ejemplos de Jesús. Bajo diversas formas, se repite en todo el NT. Son las bases  fundamentales de nuestra vida cristiana.
Por consiguiente, el que está en disposición de devolver mal por mal, no puede decirse discípulo de Jesús. No conoce el  espíritu de las obras de su Maestro. Un monje que respira venganza, no es un hijo de S. Benito.

 

 

151.-No inferir injuria a otro, e  incluso, llevar con paciencia las que a uno mismo le hagan.

Lo primero que podemos preguntarnos es a quien se dirige S. Benito en este instrumento. Sin duda  que la experiencia le ha enseñado a S. Benito que es una falta  que puede caer el monje. Y a la vez contempla al monje que es injuriado y le enseña a llevarlo con paciencia.
Cierto que en esto han cambiado los tiempos, en que los superiores probaban la virtud del monje con injurias. (Rance, su reforma). Pero la debilidad  de los hombres  sigue siendo la misma y el monje puede tener un mal cuarto de hora, y cuantas barbaridades se pueden hacer en un mal cuarto de hora, decía S. Francisco de Sales.
S. Benito en este instrumento  llama al monje a  dar un paso más. No solo debe  evitar todo movimiento de venganza, sino que ha de  calmar su alma, para abrazar con paciencia toda injuria, como dirá después en el cap. 7º.
Se trata de permanecer tranquilo bajo los golpes de la injuria, sin  excitarse, sin turbarse, sin  conmoverse, como una roca abatida por las olas, que queda más brillante y no se ha movido un ápice de su lugar. Tal es la conducta que debemos tener como ideal cuando por la providencia de Dios, podemos ser injuriados, sufrir algunas humillaciones e incomprensiones, bien sean de los superiores, bien de los hermanos. Este modo de proceder lo expondrá  con más detalle en el capítulo 7º sobre la humildad.
La paciencia en las injurias, ha sido mirada en toda la historia monástica como el rasgo característica del monje. A ejemplo de los santos Padres, siguiendo a San Cipriano y a Casiano, ha puesto en nuestras manos este instrumento y ha hecho una de las señales de la vocación del que se acerca al monasterio para ser monje.
El que sale perjudicado es el que hace una injuria a su hermano. Quiere quitarle un ligero bien temporal y no ve la grave pérdida que él sufre. Quizás pueda darse un naufragio total en sus bienes espirituales, cuando persiste en esa actitud. De nada sirve ante Dios el vestir un hábito y pasar horas en el coro o ante el Señor. Es como un cuerpo sin alma, es una apariencia de monje, sin ningún peso específico en la Iglesia ni en la comunidad.
Esto queda claramente manifestado en nuestras constituciones. La C. 16 dice textualmente en el nº 1 “Los hermanos tiene el derecho y el deber (fijémonos en el término: deber) de participar plenamente en la vida común, si bien esta participación puede ejercerse de diversas maneras.
Y en nº 2 de la misma constitución especifica más en concreto este modo de participar: Preocúpense por tanto de la salud espiritual de la comunidad, sabiendo que el buen celo de uno beneficia a todos,  mientras el malo perjudica”. Evidente que quien injuria a un hermano, está lleno del mal celo, y por tanto está perjudicando a toda la comunidad. Es un naufragio completo en todos sus bienes espirituales.
Si la injuria es grave, mata el alma, crucifica a Cristo de nuevo y se condena a la muerte eterna si no se retracta y pide perdón. Así habla S. Juan Crisóstomo. Y en otro lugar, el que hace injuria a su prójimo, cree difamar a su hermano, y lo que hace es difamarse a sí mismo. Se envilece a los ojos de los otros hermanos, se atrae las justas censuras de lo demás que detestan la injuria. En una palabra, queriendo envilecer a su hermano, le teje una corona de gloria y le atrae alabanzas.
Aquel que  soporta las injurias con paciencia, puede que pierda un bien aparente, una reputación, honor, pero si se atrinchera en la paciencia como en una fortaleza,  se hace  semejante a Cristo, poniéndose al abrigo de todo peligro. Conserva la paz, conserva la gracia y la amistad con Dios. En una  palabra, salva todos sus verdaderos bienes, y hace un bien la  Iglesia y a la comunidad como hemos dicho en el comentario a la Constitución 16.
La paciencia en las injurias, constituye un manantial de gloria. Y para la Iglesia  una fuente de gracia. Así lo enseña el magisterio: “Oh insondable misterio, que de la santificación de unos pocos, dependa la salvación de muchos”. (Pío XII)  A los ojos de Dios  podemos decir, se hace más grato porque  se hace semejante a la imagen de su Hijo, el Hombre de Dolores por excelencia  y el Padre le dirige, como a Jesús, estas palabras consoladoras:  Este es mi hijo amado en quien tengo todas mis complacencias.

 

 

 

152.- Amar a los enemigos. (4,31)

Ya es mucha virtud soportar las injurias con paciencia, como nos pedía S. Benito en anterior instrumento, pero da un paso más y nos presenta este instrumento con la finalidad de recordarnos el amor a los enemigos. Jesús dijo: “habéis oído decir, amad a vuestros amigos y odiad a vuestros enemigos. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos”
No es un consejo de Jesús, es el precepto que impone a  todos sus seguidores. Y fue él por delante con su ejemplo.
El precepto  de la caridad con el prójimo no sufre excepción. Abraza a  todos los hombres, porque todos somos hermanos.
Para  hacer que comprendiéremos  y practicásemos este mandamiento nuevo y difícil a la naturaleza humana, ofrece el ejemplo del Padre celestial que hace salir el sol sobre justos e injustos y hace llover sobre buenos y malos.
Si recordamos las muchas gracias  que Dios ha derramado sobre cada uno de nosotros, a pesar de nuestras infidelidades y olvidos, no encontraremos penoso este mandamiento de amar a los enemigos.
Para mejor darlo a comprender, Jesús expuso la parábola de  dos siervos, aquel que debía diez mil talentos y que fue perdonado, y a su vez no pedonaba a  su compañero que le debía solamente cien denarios. El amo indignado le arroja a prisión. Y Jesús  añade, así hará vuestro Padre Celestial con vosotros si no os perdonáis de corazón  unos a otros.
Terrible sentencia, dice S. Jerónimo, pues son nuestras propias  disposiciones las que modifican  y deciden la sentencia de Dios. Si no perdonamos las pequeñas deudas de nuestros hermanos, no nos perdonará Dios las grandes deudas que con él hemos contrito.
Y para que nadie se hiciese ilusión sobre el perdón que concede a su hermano,  nuestro Señor especifica que tiene que proceder del corazón.
Es evidente que este instrumento no se refiere a los pequeños roces que  se dan en la vida ordinaria, a los hace referencia S. Benito y que llama espinas de escándalos que suelen idearse en el monasterio. Son pequeñas ofensas que deben o mejor tiene que repararse inmediatamente ante los hermanos con unas sencillas palabras de perdón, una sonrisa, un servicio. Y ante Dios por medio de la recitación  del Padrenuestro en el Oficio. No tienen otra consecuencia.
Mostrar resentimiento por  estas pequeñas  cosas  es dar señales de un espíritu pobre y de mucha susceptibilidad, pero no es propiamente conservar una enemistad.
El enemigo es aquel que quiere mal y no deja ocasión de  perjudicar. Y  a este enemigo es al que hemos de conceder nuestro amor.
¿Qué se entiende por amar a estos enemigos? Tenemos que aclarar que el término amor, latino traduce cuatro distintos términos  del griego, que señalan distintos tipos de amor. El amor en este caso concreto consiste en no guardar antipatía, pero no exige una simpatía natural. Basta que no nos dejemos llevar por la repugnancia natural y sea combatida.
Amar en este caso es perdonarles de corazón. No mostrarles rencor alguno a pesar de las heridas que pudiéramos tener. Procurar que después de la injuria tratemos con él con comprensión de su fragilidad.
Amar a los enemigos es querer para ellos el bien espiritual principalmente. Pero no exige que hagamos por ellos más que los que hacemos por los demás. Pero requiere que no dejemos aparecer ningún resentimiento hacia ellos.

 

 

153.- No maldecir a los que le maldicen, antes bien, bendecidles. (4,32)

Amar  a los enemigos, según  consideramos en el anterior instrumento, es una obra de caridad. Pero ese amor puede ser más o menos grande. Por ello, cuando a las injurias se corresponde con beneficios,  reviste cierto heroísmo, ya que está en contra de las tendencias naturales y egoístas del hombre caído. Es duro a la naturaleza decir bien de los que dicen mal de nosotros, alabar a los que nos censuran, bendecid a los que nos maldicen.
Pero nuestro Señor nos dice expresamente: Haced bien a los que os odian, orar por los que os calumnian y persiguen.
Es difícil callar un defecto o falta que conocemos de un determinado hermano, cuando este hermano está levantando calumnias contra nosotros y llegan a nuestro conocimiento.
Sin embargo, el cumplimiento de este consejo de Jesús, tan radical, lleva consigo el consuelo más dulce que hay en el mundo. El que hace por Dios este gran sacrificio, hacer el bien a sus enemigos, encuentra en ello una gracia muy particular, que derrama el Señor en el corazón que  se ha despojado  de todo resentimiento.
S. Pablo nos exhorta a no dejarnos vencer  por el mal, sino triunfar  del que mal, por medio de beneficios. “Si vuestro enemigo tiene hambre, dadle de comer, si tiene sed, dadle de beber. Conduciéndoos de esta manera, arrojareis sobre su cabeza carbones encendidos (Rom 12, 20-21)
Quiere decirnos el Apóstol que por medio de beneficios, obligamos  a los que  nos quieren mal, a avergonzarse  de su conducta para con nosotros. Nada es tan contagioso como el amor. Es un fuego devorador que consume todo lo que encuentra. Son  raros los corazones tan depravados, como el de Judas, que puede  resistir a las irradiaciones abrasadoras  de la caridad.
Si perseveramos en nuestra abnegación  acabaremos  triunfando de la mayor enemistad.
¡Qué hermosa será la comunidad que todos tuviéramos como regla de conducta el mandamiento del Señor de devolver bien por mal!
No hay cosa más agradable a Dios, ya que Dios es amor. Y el alma caritativa  es la que más se parece a El. Y nunca nos parecemos más a Dios que cuando devolvemos bien por mal.
Si os contentáis con amar a los que os aman, saludar a vuestros hermanos, no haréis más de lo que hacen los paganos. Si queremos ser hijos de nuestro Padre celestial, haced bien a los que os odian, solo así alcanzaremos con El una perfecta semejanza. (Mat. 5,48)
Devolver bien por mal, es el medio de alcanzar la intimidad más grande con Dios. Y con su amistad, su misericordia para nuestros pecados pasados,  sus gracias para el presente y su Providencia para el porvenir. Dichosa el alma que tiene el gran valor de devolver bien por mal. Podrá presentarse sin temor, con paz en el corazón, a los pies del Señor como otra María de Betania, para entrar en su intimidad y de antemano tiene seguro que nada le será denegado.
Lo queramos o no, siempre tendremos que sufrir  alguna incomodidad de los que nos rodean, y tenemos que temer aún más de nuestra gran miseria, que no nos deje obrar como discípulos de Jesús. Confiemos nuestras almas a nuestro  Redentor, para que nos conceda la gracia de  responder al mal con beneficios.

 

 

154.- Soportar la persecución por causa de la justicia.- (4,33)
 
Con este instrumento se termina el grupo orientado a vivir la vida comunitaria de modo que nos acerque a Cristo de tal modo, que nada antepongamos a su amor.

Las persecuciones, bien sea que  vengan de los enemigos de la Iglesia, bien de los hermanos en la fe o en la comunidad, en el plan de Dios están destinadas a santificar a sus elegidos, para purificar sus virtudes, para reanimar  el fervor de la Iglesia. Está comprobado que a la Iglesia le hacen más daño la prosperidad material y externa, que las persecuciones sangrientas.
No tienen que sorprendernos. Veintiún siglos han sido siglos todos ellos de persecuciones cruentas. El coro de los mártires es innumerable, de toda raza, edad y condición.
Jesús las había claramente anunciado. Os envío como ovejas en medio de lobos. El servidor no es superior a su Señor, si a mí me han perseguido, os perseguirán también a vosotros. Y S. Pablo precisa más: Todo el que quiera vivir piadosamente en Cristo, sufrirá  persecución. (2Tim. 3,12)
No nos asustemos si aparece la persecución. Tambien se realizarán las palabras del Señor cuando promete: ”yo estaré con vosotros todos los días”.
Cierto que en nuestro caso y en nuestro ambiente actual no parece probable una persecución cruenta. Parece que el proceso de desacralización de nuestro mundo, también lo ha hecho en este aspecto. Con peligro de la vida están los políticos y en lugar de quemar iglesias y conventos, se queman bancos, cajeros y sedes de los partidos.
Pero la persecución de las ideas cristianas, de las buenas costumbres, es muy actual. E incluso dentro de la Iglesia con frecuencia aquel que quiere ser fiel al magisterio es vituperado, puesto en ridículo y con frecuencia marginado.
Jesús invita a la alegría. Llama bienaventurados a los que la sufren y el premio no es para el futuro, sino ya presente. Bienaventurados los que sufren persecución por la justicia, porque de ellos es el reinote los cielos.  Y en otro lugar: seréis bienaventurados cuando os maldigan, os persigan,  os digan toda clase de males contra vosotros. Regocijaos y saltad de alegría, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Regocijaos cuando os desechen por causa del Hijo del hombre. Vuestra recompensa será grande. (Mat 5 y Luc 6)
En estas palabras de Jesús, que es la verdad misma, ¿Quién se atreverá a justificar  sus tristezas y quejas en tiempo de  persecución?
Alegría bajo los golpes de cualquier tipo de persecución, pero alegría templada por la humildad.  No se trata de hacerse uno la victima, viendo en todo persecución y mostrarse como perseguido ante los demás.
Y paciencia. En lugar de vituperar y censurar, perseverar en la fidelidad, pidiendo por aquellos que ocasionan la persecución. Quien persevere hasta el fin, ese se salvará.
Soportar una persecución, ya venga de los  enemigos de la fe, bien sea por parte de algún hermano, soportarla durante años, sin desfallecer, confiando en Dios, sin cansarnos de sufrir, es la más alta cumbre de la caridad. Esa paciencia perseverante no puede ser el fruto de  un entusiasmo momentáneo. Solo un corazón fuertemente arraigado en el amor de Dios y del prójimo es capaz de esto.

 

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155.- No ser orgulloso. (4,34}

 Después de las máximas concernientes a la convivencia con los hermanos, y más en concreto relativas al mantenimiento de las buenas relaciones fraternas mediante la mortificación del apetito irascible, sigue otro grupo de siete sentencias de enunciado negativo (34-40) Todas ellas dimanan de fuentes bíblicas, excepto una, no ser dormilón, cuya procedencia se ignora.
 Querer relacionar estas máximas con lo precedente o con las que le siguen es un vago juego de ingenio. El fundamento bíblico de esta sentencia, podemos verlo enunciado, ya que alusiones al orgullo son numerosas, en carta a Tito, cuando le dice:  porque el epíscopo, como administrador de Dios, debe ser irreprensible; no arrogante (Ti 1,7) .
 El orgullo es un amor desordenado a la propia excelencia. Nos hace  buscar la grandeza y buscar el parecer grande.
 La gran locura del orgullo consiste en atribuirse lo que no le pertenece a uno. Es propio de los soberbios, dice s. Gregorio, que se atribuyan los bienes que no tienen o exagerando lo poco que tienen y a la vez tratan por todos los medios de ocultar sus defectos.
 También se puede caer en el orgullo apropiándose los bienes que realmente tiene, con o si no los hubieran recibido de Dios, o como si Dios se los debiera por sus méritos.
 Otro, por fin, tiene la necia pretensión de sobrepujar a los demás y se imaginan poseer todo los bienes.
 Estas actitudes se muestran a los ojos de todos, provocando un rechazo que solo el orgulloso no lo advierte.
 Si el orgullo es tan desagradable en todo cristiano, lo es mucho más en el monje que quiere seguir a Jesús que "se abajó a sí mismo, tomando la forma de siervo". El abad de Bauce, dice que el monje soberbio no es monje.
Al soberbio le es imposible santificarse, porque Dios resiste a los soberbios y solo a los humildes da su gracia. La misericordia divina no puede tener entrada en un corazón lleno de sí mismo. Esta puede ser una de las causas por las que algún monje puede tener siempre los mismos defectos, y arrastrar una vida mediocre, sin progresos ni consolaciones a causa de su soberbia. Y dichoso si el Señor permite caiga en alguna falta grave para curar su mal.
 Incluso se puede llegar más lejos, y este tal, difícilmente perseverará  en el monasterio.
 Cuanto fatiga a sus hermanos con sus pretensiones, otro tanto se fatigar  a si mismo. Se encuentra descalificado en medio de la comunidad. Los superiores no le hacen sufrir menos, desconociendo sus talentos, no favoreciendo sus pretensiones, no dándole los cargos que él se merece. Y sobre todo, Dios e muestra avaro con él, pues las gracias disminuyen, la voluntad se debilita, el fastidio de la vocación se acentúa y poco a poco le conduce a la apostasía.
Si bien todas las apostasías no son fruto de la soberbia, si se puede afirmar que todo soberbio está  el borde del precipicio. Cierto que hay muchos grados en la soberbia, y que no llegarán muchos a este final desgraciado, pero si estar  paralizados y dispuestos a funestas caídas.
 El único remedio es la humildad, reemplazando el amor desordenado a la propia excelencia, a lo que S. Francisco de Sales llama el amor a su propia advección. Reemplazar la estima exagerada de si mismo  por el conocimiento propio y esto es lo difícil. S. Benito nos muestra el camino para llegar al conocimiento y desprecio de sí mismo en el capítulo 7º. No olvidemos ate todo que este conocimiento de sí mismo es ante todo un don de Dios, y que el gran medio de obtenerle, es pedirle. Puede darse el caso de monjes que hace todos los días el examen de conciencia, e ignoran que son orgullosos. Hablan admirablemente de la humildad y de la nada del hombre, pero no saben que son orgullosos. La humildad es una virtud que no se ve a s¡ misma. Del mismo modo puede decirse que el orgullo es un vicio que se oculta a sus propios ojos. Para descubrirle se necesita una gracia particular, que solo se adquiere por medio de una oración persistente. Repitamos con frecuencia de S. Agustín .- Dios mío haced que os conozca y me conozca. Noverin te, noverin me.

 

156 - No ser soberbio.-(4,34}

Vamos a demorarnos un día más en este instrumento, dada la importancia que tiene para la vida espiritual del monje.
Hay diversos bienes que dan pie al orgullo. Bajo este aspecto podemos considerar el orgullo que se apoya sobre los bienes exteriores, el orgullo de la voluntad, el de la inteligencia y el espiritual.
Son diversas formas de orgullo cada vez más sutiles y peligrosas por alimentarse con bienes de más alto valor.
 El orgullo que nace de los bienes exteriores est  constituido por todos aquellos que promueven el honor, y las consideraciones, ventajas y cualidades exteriores: belleza, fortuna, buen nombre, rango honores.
Esta clase de bienes constituyen una mera fachada, bella tal vez, que no llega a disimular la pobreza interior. Pero con todo se siente la  inclinación de fundar sobre ellos el sentimiento de nuestra propia excelencia y de las exigencias y honores que se nos deben.
 Este orgullo, el m s sin fundamento, y menos peligroso por ser más exterior, es el que fácilmente cede a la luz de la verdad. Sta. Teresa tenía este sentimiento de honor tan profundamente arraigado en ella, que no se purificará  sino a la larga.
 La santa movida de un reconocimiento hacia las personas conocidas, estaba prendada de las conversaciones de locutorio que tenía con ellas, y aunque el P. Baltasar le exigía el renunciar al locutorio, se resistía y solo consiguió hacerla renunciar la palabra divina que escuchó en medio de su primer éxtasis. ¿No sería también causa de su apego a estas conversaciones, por cierto espirituales, el encontrarse en medio de la más lujosa e importante sociedad de Avila a quien hacía tanto bien con sus pláticas ingeniosas y espirituales?
 En su vida escribe "veo en algunas personas santas en sus obras y las hacen tan grandes que admiran todos, que aún están muy en la tierra esas almas, ¿cómo no está  en la cumbre de la perfección? ¿Qué es lo que frena a esa alma que hace tanto por Dios? Oh, que tienen un punto de honra y lo peor de todo es que no quieren entender que lo tienen, y es porque algunas veces les hace ver el demonio que tienen obligación de tenerle. Pues creedme, que si no quita esa oruga, aunque no dañe a todo el  árbol, porque le quedar n algunas otras virtudes, pero todas carcomidas. No solo no medra, sino que no deja medrar a los que andan junto a él. La fruta que da, que es el buen ejemplo, no es nada sana"
 Y termina diciendo que es cosas que en todas partes hace mucho daño al alma, mas en el camino de oración, es pestilencia.
Este apego a los bienes exteriores puede ser tan tenaz, que no cede sino es en la purificación del alma en las sextas moradas. De aquí que la santa persiga con toda severidad, cualquier susceptibilidad orgullosa.
En el Camino de Perfección dice. Diréis que son cosillas naturales que no hay que hacer caso. No os engañéis con esto, pues crece como espuma, y no hay cosa en tan notable peligro, como son esto de los puntos de honra y estar viendo si nos hicieron agravio.
 El alma, iluminada por Dios, si llega a vencer este orgullo, se encumbra a altas cimas en la vida espiritual, y en ese progreso ha descubierto otras formas de orgullo.
 Orgullo de la voluntad. El orgullo de la voluntad se nutre de los bienes que la voluntad encuentra en sí misma, de su independencia, de su poder de mando, de su fuerza. De todo esto tiene perfecta conciencia.
 Se traduce en una repulsa a someterse a la autoridad, una confianza desmedida en sí, y por el ansia de dominio.
Este orgullo rehusa o hace difícil la sumisión respecto a Dios, confiando en el poder y eficacia de sus esfuerzos. No comprende vivencialmente la expresión de Jesús: "sin mí no podéis hacer nada" o lo de S. Pablo: Dios es el que opera en nosotros el querer y el obrar".
 Tan solo Jesús, que ha venido a servir y no a ser servido, que se ha hecho obediente hasta la muerte y muerte de Cruz, puede enseñarnos con su ejemplo el valor y la nobleza de la sumisión. Pero las humillaciones de Cristo continúan siendo para los cristianos, cuando es preciso compartirlas, una locura, mientras no descienda sobre su alma la iluminación de lo alto.
 Solo la experiencia del encuentro con dios en una oración elevada, puede quebrar ese orgullo. La voluntad se hará  flexible en adelante a todo los deseos de Dios. Una larga y ruda tarea de ascesis podrá  suplir esta gracia mística y recabar de Dios la gracia de la docilidad de la voluntad.

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157.- No ser soberbio. (4,34}

Y a hemos visto la soberbia procedente de los bienes exteriores, y la que nace de la voluntad. Veamos hoy las otras dos clases.
 El orgullo de la voluntad suele tener su apoyo en el orgullo de la inteligencia. Es por sus consecuencias uno de los más graves pecados, ya que procede de la más noble facultad humana, a la que aparta de la luz divina, cuya trascendencia exige humilde sumisión.
El libre examen protestante ha exaltado el orgullo de la inteligencia. Sus frutos son el agnosticismo filosófico, el liberalismo político y el laicismo. La atmósfera está  saturada con estos males y se ha introducido por doquier. Se traduce en la costumbre de apelar en todo al tribunal del propio juicio y por la dificultad de someterse al simple testimonio de la autoridad.
 El entendimiento se purifica  por medio del estudio de la verdad revelada y los actos de fe. El último número de Vida Nueva refleja esta situación actual en el artículo titulado Tiempos de tribulación, Algunos obispos denuncian "persecución" por parte del Gobierno.
El orgullo espiritual est  fielmente reflejado en la parábola del fariseo y el publicano. En ella vamos las actitudes que crea este tipo de orgullo y el castigo que lleva consigo.
 Este fariseo que se jacta de sus obras espirituales, en el trato con Jesús le hace ver su amor a la Ley de Moisés, de su filiación de Abrahán  que le da derecho a formar parte del pueblo escogido.
 Esta presuntuosa fidelidad le impide reconocer a aquel que habían deseado ver y no pudieron los Patriarcas y Profetas.
 El orgullo espiritual se jacta no solo de sus obras como si fueran obras exclusivas suyas, sino de sus privilegios espirituales: pertenecer a una familia religiosa que cuenta con muchísimos santos, que posee una doctrina espiritual rica, con gran influencia dentro de la Iglesia.
 Esto constituye ciertamente un timbre de nobleza que obliga pero que puede degenerar en un orgullo espiritual que esteriliza y ciega ante las nuevas manifestaciones de la divina misericordia.
 Los dones espirituales personales, pueden servir también de pasto al orgullo. Las gracias de contemplación que enriquecen al contemplativo, dejan una huella profunda en el alma y dan una rica experiencia, fortifican la voluntad, afinan la inteligencia, aumentan la capacidad de acción, garantizan al alma una irradiación potente. Pero todas estas gracias se reciben y permanecen en medio de la humildad.
 Pero puede sobrevenir después la tentación sutil e inconsciente de utilizar estas riquezas espirituales para engreírse y aparentar. Para aparentar una necesidad de afecto o de dominio, o simplemente par hacer triunfar sus ideas personales. "En cuanto a convencer al Padre, lo conseguiría tal vez si no fuese tan espiritual", decía Sta. Teresa, al P. Gracián que le preguntaba como convencer de su equivocación rigorista a un P. Maestro de novicios..
 Las consecuencias de este orgullo las describe en evangelio claramente. El fariseo que hace ostentación orgullosa de sus obras, sale del templo con las manos vacías. Ha perdido el tiempo y la ocasión del encuentro con Dios.
Sta. Teresa del Niño Jesús reconoce que un pecado de orgullo espiritual desmoronaría todo el edificio de su perfección y sería un obstáculo al torrente de las gracias de la misericordia divina sobre su alma, que había llegado a la unión transformante.
Intensos y terribles son los estragos del orgullo espiritual en las almas. Muchas a quienes detiene definitivamente el orgullo espiritual en los caminos de la perfección, apagando los ardores de la esperanza y el dinamismo necesario para el progreso.

158 - No dado al vino. (4,35)

    Para consolar el corazón del hombre, Dios le ha dado el vino, (Ecle 30,36) Pero el placer depositado por el Señor en este don de su bondad se convierte en veneno si se usa con exceso.
          Este goce de los sentidos impide el goce más íntimo de la compunción, abre el alma a satisfacciones naturales, la hace perder la pureza de intención y la unión con Dios. Y por esto mismo caer en muchas faltas de flaqueza, de disipación, de indiscreción
 Por ello el Espíritu Santo quiere que el sabio beba poco vino (Ecle 31,22)
 Este vicio ¿se puede dar entre los monjes, entre los religiosos? Como toda miseria humana, se puede dar en todo aquel que tiene esta naturaleza humana. Puedo recordar a un abad y a un obispo que en los momentos de tristeza o fatiga, se consolaban con el exceso en la bebida. Y un religioso ha contado en un libro como llegó a ser alcohólico, como vivió algún tiempo bajo esta esclavitud y por fin como logró salir antes de la ruina total.
 Con motivo de alguna comida o circunstancia especial, puede verse alguno afectado por el vino. Un monje no podía tenerse en su silla del coro en el Oficio de Vigilias del día Navidad.
 En Prov. 20, 1 dice como el vino lleva a la lujuria y se comprueba en el libro 3 de los Reyes como Salomón se desvía del recto camino. S. Pablo dice: no os emborrachéis con vino, pues en “el está  la lujuria”.
El vino tomado con exceso también excita la pasión de la cólera, según adviene en el Eclesiástico 31,38. Si queremos conservar la calma en nuestra vida y el dominio sobre nosotros mismos, hay que usar con gran reserva del vino y licores.
 En nuestra vida monástica estamos gracias a Dios protegidos contra los excesos de esta naturaleza. Sin embargo si deseamos vivamente la santidad, si queremos llegar a una gran pureza de corazón, debemos tener ciertas precauciones para nunca traspasar los límites, con una prudente moderación.
 El exceso de vino turba la razón y da origen a desórdenes que desbordan. Aquel que se deja llevar del vino, ya no es un hombre porque tiene la razón turbada, no aprecia las cosas en su valor. Por eso le hace tan despreciable a los ojos de sus semejantes. Y cundo se trata de un religioso, el desprecio es mucho mayor aún. Incluso el exceso  arruina la salud. En la mente de S. Benito, el vino no debería ser conocido por el monje. Pero concede que se use con gran moderación y así es beneficioso para la salud, según lo recomienda S. Pablo a su discípulo Timoteo.

 

 

159.- No ser glotón. (4,36)

La gula se puede deslizar fácilmente en una vida habitual de privaciones. Y hay que vigilar nuestra naturaleza, ya que se puede buscar una compensación de otras privaciones.
Sobre todo en las jóvenes que perciben con mayor intensidad las privaciones de tipo afectivo en los primeros tiempos de ingreso en la vida religiosa, se compensan en la comida lo que les hace engordar y lo que es en realidad una señal de sus privaciones afectivas, se suele interpretar como señal de  bienestar.
Sobre todo hay que estar vigilantes cuando esta  uno hambriento, pues en esta situación es difícil percibir el límite de la necesidad.
 Los dos perjuicios de los excesos son el malestar del cuerpo y la pesadez del corazón.
Nada hay nada tan contrario a todo cristiano, dice S. Benito, y con mayor razón se puede decir que nada es más contrario al contemplativo que dejarse llevar de este vicio.
Se peca por gula, no solo excediendo la cantidad, sino también por la búsqueda de la calidad.
Discípulos de Jesús crucificado, seguidores de los antiguos monjes tan austeros en la comida, no busquemos manjares delicados que no están en conformidad con monjes pobres.
Estamos expuestos a guiarnos de nuestras repugnancias, y crearnos necesidades imaginarias. S. Bernardo se lamenta en uno de sus sermones de esta actitud de algunos monjes que en todo encuentran dificultad.
 Ciertamente es un lenguaje duro el que expresa en el sermón 30 del Cantar de los Cantares. "Las legumbres, dice uno causan flato, el queso carga el estómago, la leche daña la cabeza, el pecho no puede soportar el agua cristalina, las coles y las berzas engendran melancolía, los puerros excitan la cólera...¿Qué es esto que ni los ríos ni los campos, ni en los huertos ni en la despensa apenas es posible encontrar algo para poder serviros a la mesa? Considerar, os ruego sois religioso no médicos, y no seréis juzgados a cerca de vuestra complexión, sino a cerca de vuestra profesión".
La Regla ya nos da dos platos para que podamos elegir. Esforcémonos para contentarnos, sin desdeñar lo que nos es servido. Tomemos el alimento tal como nos es presentado, no quejarse nunca de la cocina y no entristezcamos a nuestros hermanos con nuestra delicadeza.
 También hay que vigilar el modo de tomar el alimento, la mortificación no consiste tanto en la cantidad y calidad de los manjares, cuanto en el desapego del corazón. El Reino de Dios no es comida ni bebida. Ya comáis ya bebáis, hacedlo todo para gloria de Dios, dice S. Pablo. Y también: quien coma, coma por el Señor, dando gracias a Dios
Si comemos solo por satisfacemos estamos en el desorden y lejos de la mortificación, pero caeremos más o menos en este desorden, si esperamos impacientemente la hora de la comida, si nos preocupamos de lo que nos ser  servido, si durante la comida nos arrojamos con avidez sobre los manjares, si nos entristecemos cuando nos creemos mal servidos, si comemos con precipitación, plenamente ocupados en el alimento del cuerpo, sin atención a la lectura.  Es sobre todo el corazón lo que hay que vigilar, ya que su falta de mortificación puede hacer que se encuentre gula, incluso en un ayuno de pan y agua.                                                                                                

 

160.- No dado al sueño.- (4,379)

En esta serie de instrumentos que estamos considerando estos días, este es el único en el que no sabemos en concreto su fuente bíblica o patrística.
En la Escritura encontramos muchas referencias al sueño. Es un elemento necesario y misterioso de la vida del hombre y ofrece un doble aspecto: el reposo que regenera al hombre y el estar sumergido en la noche tenebrosa. Es fuente de vida y figura de la muerte. De aquí los diferentes significados metafóricos.
 El hombre en virtud del ritmo puesto por el Creador, está sometido a  alternancia de la vigilia y del reposo. Es también signo de confianza y abandono. Suave es el sueño con el que reposa el trabajador (Ecle 5,  11) y motivo de compasión de aquellos que por enfermedad, mala conciencia o preocupaciones son víctimas del insomnio. (Ecle. 31,1 s)
El justo que en sus vigilias medita la ley, (Sal. 1,2; Prov.6, 22) y graba la sabiduría en el corazón (Prov. 3,24) se duerme en paz en cuento se acuesta (Sal. 3,6; 4,9) tiene confianza en la protección divina.
 En plena tempestad, Jesús no se turba, duerme. Simboliza la plena confianza en Dios.
Es tiempo de la visita de Dios. Por una circunstancia que no es fácil determinar, quizás porque el hombre dormido no ofrece resistencia, el tiempo del sueño se considera como el tiempo propicio para la venida del Señor. Así Dios para obrar a su guisa envió un profundo sueño a Adán para modelar a la mujer. Abraham inquieto le introduce en el sueño para sellar con él una alianza  (12, 2- 12), y en las tinieblas surge el fuego divino. En el sueño manifiesta a Jacob, su presencia misteriosa y a los dos Josés sus designios misteriosos.
Pero también el sueño significa los peligros nocturnos. El perezoso que no termina de salir de la cama, está  condenado a la indigencia (Prov. 6,6-1 1) El sueño de Jonás es por estar fuera de los planes de Dios y cuando Elías se duerme bajo la retama, lo hace a consecuencia del desaliento. Entonces el sueño manifiesta que uno está  entregado al pecado. Así también es el sueño de los discípulos de Jesús en Getsemani. No comprenden la hora inminente y que se desolarizan de Jesús. Así se ve a Jesús completamente solo en la obra de la salvación, entonces como con frecuencia hoy. Velad, dice Jesús a sus discípulos dormidos.
 El monje no es ya un es un ser de la noche (1 Tes. 5,6) Ya no duerme, pues ya no tiene nada que ver con el pecado ni con los vicios de la noche. Está  en vela, sin dormir, esperando el retorno del Maestro. Y si en la tardanza del Esposo en venir, se duerme como las vírgenes prudentes, tiene por lo menos su lámpara provista de aceite. Las palabras de la Esposa del Cantar adquieren un sentido nuevo. Yo duermo, pero mi corazón vela.

 

 

161.- No dado al sueño.- (4, 37)

La tentación del sueño es una de las tentaciones que más tiene que luchar el monje. La fase más fuerte es aquella que le lleva a amar de tal manera su cama, que prolonga su sueño algunos instantes después de oída la señal.
También escuchar demasiado los pretextos de la naturaleza, para justificarse ante si, de un suplemento de sueño, tomándolo por si mismo sin permiso. Se ha convencido de que le es necesario ese reposo.
 La tentación más corriente es la que lleva a la somnolencia durante la oración, la lectura o el oficio. Ya vemos como S. Bernardo echa en cara el que algunos monjes están dormidos mientras predica en el capítulo. Comprende que las Vigilias han sido largas, pero se pregunta por qué también en el capitulo se duermen los que han estado  dormidos también durante las Vigilias. Se ve que el dormir durante los Oficios tiene una larga tradición, raíces muy hondas. Los mismos santos han conocido esta tentación.
Está  por fin la somnolencia que nos lleva a soñar sin dormir. Uno se puede pasar la vida en una divagación continua de la imaginación. Aquí vendría bien recordar cuanto nos dijo en el último retiro D. Saturnino Gamarra. “Atención a la atención”. El considerar este instrumento, puede ser ocasión de reflexionar a ver en que medida nos pueden afectar estas tentaciones, y si las combatimos suficientemente.
El sueño, como la comida, tiene medida distinta para cada persona. Pero en general, podemos observar en la vida de los santos que se dolían por la necesidad de entregarse al sueño.
 No podemos decir que las horas dedicadas al sueño necesario sean tiempo perdido, puesto que durmiendo hacemos la voluntad de Dios. Esto nos tiene que llevar a ser fieles todo lo posible a las horas señaladas de descanso, ya que es una manifestación de la voluntad de Dios, máxime teniendo en cuenta que en nuestro horario en Zenarruza, tenemos menos tiempo del señalado por la Orden, para el descanso nocturno. 
El sueño querido por Dios es reparador, y como tiempo querido por Dios, debemos procurar no dedicarlo a otra cosa, incluso sería tentación dedicarlo a orar, sin una razón muy de peso o confrontada por la obediencia. No descansando debidamente en los momentos queridos por Dios, estaremos soñolientos durante el día. Y tiene un efecto secundario, comprobado con la experiencia, que la falta de sueño produce irritabilidad, creando problemas comunitarios. Y que al aumentar las horas de descanso, han disminuidos estos problemas.
 La somnolencia puede tener varias causas, y por lo tanto diversos remedios. Puede proceder del exceso en la comida y la bebida. Remedio será  la sobriedad. El exceso en el ayuno, el trabajo, será  moderar estos excesos. Si es consecuencia de la enfermedad física o mental, someterse a los remedios prescritos por el médico. Finalmente puede provenir por tentación del demonio o por malos hábitos contraídos por uno mismo. El remedio será  la lucha para reemplazar una mala costumbre, por una buena.
En cuanto a la somnolencia y divagación, puede proceder de una falta de fe o de buena voluntad. Tengamos un pensamiento que nos domine, para combatir esa vagancia mental funesta.

 

 

 

162.- No ser perezoso. (4,38)

La pereza es un entorpecimiento del entendimiento y de la voluntad, produce en el alma el disgusto de las cosas espirituales y el horror a las dificultades que en ellas se encuentran.
 Basta considerar la definición de este vicio, para caer en la cuenta que el monje que se dejase llevar de él, estaría en el polo opuesto del que aparece descrito por S. Benito en su Regla. De aquí que la pereza debe ser combatida tenazmente para poder ser un verdadero hijo de S. Benito.
      El monje que quiere S. Benito y describe en su regla debe ser celoso y ferviente en el cumplimiento de sus deberes. "Lleno de un celo y movido por el amor se ejercita en el monasterio". Debe tener un corazón dilatado, así dice que con el corazón dilatado por el amor corre por el camino de los mandamientos de Dios. Al Oficio debe acudir con sumo apresuramiento, debe encontrar su gusto en la oración y en las lecturas santas. Finalmente, su obediencia ha de ser pronta  y amorosa, con esa velocidad que imprime el temor de Dios.
 Que contraste entre este monje descrito por S. Benito y el religioso perezoso, que se retrae a los ejercicios comunitarios, que siente fastidio de todo, que obedece gimiendo y murmurando de todo. Y para aliviar esta situación de amargura, busca consolarse y distraerse en lecturas frívolas. 
La pereza es la madre de todos los vicios. Al bloquear la  inteligencia y la voluntad, corta las fuerzas que se requiere para toda vida espiritual y hace difícil una violencia saludable. Y donde no hay violencia, no puede haber santificación.
Y no solo paraliza en el ejercicio de la adquisición de las virtudes, sino incluso en el cumplimiento diario de nuestras obligaciones, aún en los deberes más esenciales tanto respecto a Dios como de los hermanos. Para cumplir estos deberes, es necesario combatir la repugnancia que provoca la pereza. Si no se combate, se cae muy pronto en un entorpecimiento espiritual que hace perder en gran parte las gracias de la vida monástica.
 A este entorpecimiento soñoliento, sucede muy pronto la tibieza y las infidelidades voluntarias, la repugnancia a todo lo que no gusta la naturaleza. Y de la tibieza se pasa a la frialdad. Es un camino seguido.
 La pereza alagada, adquiere sobre el perezoso un imperio creciente. Las dificultades aumentan en la proporción que disminuyen nuestras fuerzas, y las infidelidades se acumulan sin alarmar y se llega a abandonar las obligaciones más esenciales. Finalmente, lo que en un principio no era más que un cierto hastío de la vida espiritual, se convierte en hastío de la vocación y de Dios mismo.
 Los remedios pasan por despertar el espíritu y la voluntad. La tentación de la pereza puede acometer a cualquiera y no hay que extrañarse.
Y por ello todos debemos estar preparados para combatirla desde el inicio considerando los trabajos, sacrificios y amor de Cristo para con cada uno de nosotros. Pensar en la recompensa eterna que Jesús ha prometido a los más pequeños sacrificios. Y también considerando el precipicio donde ha arrastrado a unos, puede serlo para otros.
 La lectura del prólogo de la Regla, que ya en su día comentamos, vemos los motivos que S. Benito presenta para no dejarnos caer en el adormecimiento.
Pero sobre todo hay que hacerse violencia en estos estados de ánimo para no abandonar ningún ejercicio o propósito por ceder a la pereza. En lugar de abreviar la oración, o la lectio, prolongarla. Cantar el Oficio animosamente, sin dejarse llevar de la repugnancia que se puedan sentir. El que se conduce así no corre peligro de caer en las funestas consecuencias de la pereza. Es más se saldrá de la tentación con un nuevo vigor.

 

 

163.- No ser perezoso. (4,38)

Este instrumento nos da pie a tratar de una manifestación de pereza que en la vida espiritual se conoce con el nombre de tibieza.
La tibieza, no es otra cosa que una pereza espiritual consentida, que nos lleva a olvidar nuestros deberes y dormimos en el hábito de faltas veniales.
Es en cierto aspecto, más peligrosa que el mismo pecado mortal aislado, ya que no teniendo la gravedad de este, es más fácil que no se le de la debida importancia.
Trataré de precisar lo que es la tibieza. Gran número de ideas confusas oscurecen este tema. A pesar de su sencillez.
 Almas fervientes tienen la obsesión y temor de estar en la tibieza y exclaman: "me siento tibio, por consiguiente Dios me rechaza”. El Bto. Rafael, como otros muchos santos sintió fuertemente esta sensación, o prueba interior.
 La confusión suele provenir de no distinguir en las palabras los diversos sentidos que ofrecen, ni en las ideas las diferencias que las especifican.
En primer lugar lo primero que resalta al hablar de tibieza, es la anuencia de gusto y ardor. Pero esta falta de gusto y ardor puede ser debida a muchas causas, bien pueden ser superficiales, bien a una causa profunda. Puede ser pasajera o habitual, involuntaria o culpable.
 Este estado puede hallarse por igual en almas fervientes y en almas tibias. No hay que alarmarse por sentir esas amargas impresiones.
 En segundo lugar, la idea de tibieza se precisa más cuando se añade la de NEGLIGENCIA y ABANDONO. Aquí hay un desmayo de la voluntad, una real disminución de la actividad. De este estado somos responsables. Pero también podemos distinguir entre negligencia y negligencia. La que versa sobre materias de perfección, no puede compararse con la que versa sobre unos deberes positivos. La negligencia puede ser más o menos consciente, más o menos extensa, más o menos prolongada. ¿Cuál es la que caracteriza a la verdadera tibieza? La que llega hasta el pecado venial. Pero aún no es todo.
En tercer lugar, la noción de tibieza entraña siempre la idea de pecado y por lo tanto se puede distinguir entre tibieza real y tibieza aparente. ¿Se deduce de esto que se comienza a ser tibio cometiendo un pecado venial? Ni los más perfectos están libres de caer en él. No es el caer en pecado venial lo que hace al tibio, sino la FACILIDAD en cometerlo, el HABITO contraído, y sobre todo, el APEGO a él.
Una persona tibia se entrega sin ninguna lucha a esa clase de faltas. No siente remordimientos, y termina por vivir tranquilamente en  paz con sus faltas.
De esta noción diferencial de la tibieza, pasemos a su noción positiva, llegando así al fondo de la cuestión. Es EL PECADO VENIAL FÁCIL Y HABITUALMENTE COMETIDO.

 

 

164 –No ser perezoso. (4,38)

Tratamos de examinar algo más la pereza espiritual, denominada generalmente con el nombre de tibieza.
Ya hemos visto lo que podemos llamar noción diferencial de la tibieza y pasemos a su noción o definición positiva, llegando así al fondo de la cuestión. Es EL PECADO VENIAL FÁCIL Y HABITUALMENTE COMETIDO.
Aquí el pecado revela una profunda debilidad de los principios vitales, que son la voluntad y la naturaleza moral.
 La voluntad no se siente determinada a observar toda la ley divina o no encuentra fuerzas para hacerlo. Es por tanto o rebelde o floja.
 La naturaleza moral, que consiste en el conjunto de nuestras  inclinaciones buenas o malas, nativas o adquiridas, es el sentido latente que empuja hacia el bien o hacia el mal. Aquí esta  el desorden ya que la tibieza permite que se desarrollen las inclinaciones malignas.
 Ciertos actos defectuosos que en un principio no eran sino simples accidente pasajeros, se han convertido en hábitos. Es decir en tiranías más o menos dominadoras.
 Estas dos causas, la naturaleza alterada y la voluntad debilitada, son la causa de la pereza espiritual.
 Las causas pueden ser una vida espiritual insuficientemente alimentada o alterada en sus fundamentos. Como en el orden físico, la debilidad proviene o de falta de alimentación o de enfermedad. El alma tibia bebe mal de las fuentes de donde dimana la luz, el calor, la vida. Ora poco o mal. Las verdades de fe la dejan insensible.
 Toda vida, incluso la material, no es un estado permanente, sino una incesante reconstitución, una lucha continua contra la muerte. Los organismos debilitados son los primeros en sucumbir.
La vida espiritual está  sujeta a las mismas leyes. Está  amenazada
 por toda clase de gérmenes peligrosos, como falsas ideas, malos ejemplos, tentaciones suaves o violentas contra lo cual hay que reaccionar.
El que se encuentra en estado de tibieza, no tiene fuerzas para luchar contra todo esto y está  predispuesto a la invasión de todos estos desórdenes. Y muchas veces estos desórdenes son la causa misma de la tibieza. Todo desorden trastorna la vida en su funcionamiento, y disipa sus recursos.
 Hay en algunos casos que alteran los principios de la misma vida espiritual como una pasión que se apodera de la mente y del corazón hasta el punto de bloquearlos. Es el caso de Judas, que ni palabras, ni gesto de amor mueven su corazón. Esta situación llega a provocar el hastío por las cosas del Señor.
En segundo lugar provoca sentimientos y actos que ofenden a Dios y le alejan de Dios. Esto es lo que denominamos como el abuso de las gracias.
 En tercer lugar, el engaño de uno mismo. La conciencia anda a la búsqueda de excusas y disculpas, perdiendo su rectitud. Así dice que se trata de cosas antiguas y carentes ya de sentido, exageraciones rigoristas.
Y prolongándose por algún tiempo este estado, los elementos de fuerza se alteran hasta hacerse incapaces de cualquier resistencia. Y ahí tenemos al monje que dejó todo por seguir a Jesús, esclavo de mil pasioncillas, que le impiden realizar su vocación, con lo cual ni goza de la alegría espiritual que Jesús promete al que le quiera seguir, ni de los consuelos materiales que podría gozar en la vida secular. 
¿Cómo tratar este mal? Dos deberes se imponen: desaficionarse al mal, romper con él, y es segundo lugar, una reforma de la propia naturaleza.
¿Cómo conseguir esto? Todas las consideraciones que podemos encontrar en la primera semana de ejercicios de S. Ignacio, que en definitiva son como un resumen de diversos instrumentos y pensamientos de la regla de S. Benito tienden a desaficionarse del mal, y la consideración de la vida y pasión de Jesús (2ª y 3ª semana) ayudar  a reformar la propia naturaleza, identificándose con Cristo.

 

 

 

165.- No ser murmurador. (4,39)

La murmuración es el lenguaje de todos los vicios. Expresa la indignación del orgullo que se ve humillado. Se presta para censurar las palabras o acciones de otro. Viene en auxilio de la impaciencia en los sufrimientos y adversidades que le ocurren. Es la expresión de la envidia y de los celos, que no sufren los adelantos del prójimo. La pereza también se manifiesta cuando se ve turbada con órdenes que la molesta. En fin es el lenguaje de la gula, de la avaricia, de todos los malos instintos que impulsan a quejarse de todo lo que desagrada o molesta.
 Todos los vicios se manifiestan por la murmuración y encuentran su satisfacción murmurando.
 Para no ser tentados por la murmuración es necesario ser prefectos. Y aún así puede uno ser tentado de murmuración y con frecuencia.
 S. Bernardo reconoce que "siempre y en todas partes, en el coro de almas dedicadas a la perfección, nunca faltan algunas que observan maliciosamente las acciones de la Esposa, no para imitarla, sino para hallar en ellas qué censurar. Se atormentan por lo bueno advertido en sus hermanos y se alimentan y recrean con sus imperfecciones. Forman una especie de sociedad para hablar mal de su prójimo y se unen para causar la desunión".
 Vigilemos de cerca esta tentación sofocándola en cuento empieza a nacer porque crece rápidamente y se hace terrible. Es sin duda una de aquellas que S. Benito manda estrellarlas contra la roca que es Cristo.
 Es un enemigo asolador, y tomando una semejanza prestada por los salmos, podemos llamarla el jabalí de la selva que penetra y desbasta cuanto se le  pone por delante.
La murmuración perjudica primero el alma del murmurador, robándole todos los méritos de lo que ha hecho gimiendo y sustrayéndole todas las gracias de Dios.
 No perjudica menos la murmuración  a toda la comunidad donde se manifiesta, pues todos, aún los mejores monjes tienen una inclinación a la murmuración o al descontento, y pueden dar acogida a las quejas que oyen. Así el murmurador puede encontrar siempre las puertas abiertas para deslizar su veneno.
 Si no se tiene cuidado y si los hermanos se detienen en escucharle, en poco tiempo siembra  el descontento. Todos los motivos de queja se despertarán a la vez, y lo que era casa del Señor, se convertirá  en un lugar de desolación. No concuerdan de modo alguno la murmuración y la paz, dice S. Bernardo, la detracción y la acción de gracias, el celo amargo y las voces de alabanza.
Por esto S. Benito reprueba en su regla con toda energía, este vicio
 de la murmuración y recomienda al abad que vigile activamente para no darle ocasión de nacer.
S. Bernardo después de decir que hay que evitar por todos los medios las criticas entre los hermanos, añade: “Tal vez algunos crean que la murmuración no pasa de ser un pecadillo de poca monta, pero no lo juzga así el que nos manda evitarla ante todo y sobre todo”.
De suyo, la murmuración es una falta grave por naturaleza, porque recae sobre el mismo Dios y su Providencia. No es a nosotros sino a Dios a quien atacáis con vuestras murmuraciones, decía Moisés. Pero es cierto que la mayor parte de las veces, este pecado será  venial, ya a causa de la parvedad de materia, ya por la inadvertencia del murmurador.
 Dice S. Bernardo que nadie ignora como este vicio combate, y ofende más que otros la caridad que es el mismo Dios. Toda persona que murmura hace ver a las claras que no tiene caridad. Por otra parte, ¿qué otro designio tiene sino que los otros aborrezcan o menosprecien a aquel de quien se murmura? Un discurso de esta calidad, pasando de lengua en lengua puede fácilmente y en poco tiempo, corromper con su veneno una infinidad de almas.
 No tenemos que sorprendemos si S. Pacomio pone en la enfermería al murmurador incorregible y si S. Benito lo excomulga e incluso lo expulsa del Monasterio. Si consideramos la deuda que hemos contraído con Dios, dice S. Bernardo, no se nos oirá  decir, ayunamos demasiado, trabajamos demasiado, velamos demasiado. No pagaremos ni la milésima parte lo que debemos a Dios por nuestras ofensas. Murmurando multiplicamos nuestras deudas.

 

 

166.- Ni detractor.- (4,40)

Llamamos detracción al vicio de descubrir injustamente las faltas o defectos verdaderos del prójimo. Hay casos en los que podemos y debemos, por un bien superior, revelar alguna culpa del prójimo, para bien, tanto de los culpables como sobre todo de la comunidad.
 Guardar silencio en algunos casos, sería verdaderamente una falta de caridad respecto de la comunidad y también del que tiene  necesidad de nuestra advertencia.
En estos casos debemos decir la pura verdad, lo estrictamente necesario y solamente a aquellos que pueden remediar el mal. Fuera de este caso, que nos impone la caridad, debemos cubrir con el manto del silencio los defectos y faltas de los demás, recordando que toda revelación inútil es pecado. Se trata de un ataque injusto a la sagrada reputación del hermano.
 Su gravedad consiste en que hiere a la vez a la justicia y a la caridad. Y si la detracción no fuese verdad, es una calumnia que hiere también a la verdad 
S. Bernardo la llama víbora que muerde a la vez al que la dice, al que escucha  y aquel de quien se habla. Y por tanto es uno de los pecados más graves que se pueden cometer contra el prójimo, ya que la reputación es después de la vida, el bien más apreciado por el hombre.
 No solamente es pecado para el que lo comete, sino también para aquellos que lo escuchan complacidos.
 Obliga a reparar los daños causados. Obligación rigurosa y difícil, que si se medita seriamente sería un remedio para no caer en este vicio. ¿Cómo reparar las consecuencias, cuando el mal que hemos revelado es verdadero y no puede ser negado?  Si se trata de cosas muy graves, esta revelación puede hacer perder la reputación del hermano por largo tiempo quebrantando su existencia, romper sin remedio amistad que existía entre dos personas, y quizás puede encender en la comunidad un incendio que difícilmente podrá extinguirse. La detracción es una peste en los monasterios. De aquí que en la Orden siempre ha sido castigada severamente.
  En nuestro mundo actual, que quizás tenga en cuenta la calumnia, pero no hay ningún escrúpulo en airear los defectos del prójimo y de hablar de ellos. Y esto alcanza a todos, desde las personalidades más altas, hasta el último. Cualquiera se siente autorizado a enfocar y criticar sus acciones. Da la impresión que se ha perdido las primeras nociones de la caridad, o que las leyes de la justicia y la caridad han sido modificadas. La caridad no ha cambiado de forma, y debemos esmeramos en esta virtud que menosprecia nuestro mundo.

 

167.- Poner la esperanza en Dios.- (4,41)

Comenzamos lo que podríamos llamar segunda parte de los instrumentos, presenta características bastante diferentes, es como un programa ascético. Comienza con tres instrumentos que son la base de este programa ascético. Instrumentos 41-43. 
S. Bernardo dice que la esperanza obtiene todo siempre que sea firme y no titubee. La esperanza que duda, no es esperanza. Esta virtud exige que tengamos una certidumbre absoluta de que Dios quiere ayudarnos, y que los auxilios prometidos por El se nos conceder n si por nuestra parte cumplimos con nuestro deber.
 Dudar es hacer una injuria a Dios, porque estamos suponiendo que o no sabe o no puede o no quiere auxiliamos, que, el demonio sería más fuerte que El, que nuestra miseria es más grande que su misericordia. Dudar es también desconfiar de la fidelidad de Dios a sus formales promesas.
El que está  firme en la esperanza, no tiene duda en el espíritu, y exclama como Job: “Se que mi redentor vive y que un día veré a Dios mi salvador”. O como David: “El señor es mi pastor nada me falta, él me guía”.
 El Señor complacido de esta firme esperanza responde. Si, yo te libraré, porque has esperado en mí, yo te proteger‚ siempre, porque reconoces mi poder y mi bondad. Los salmos de Completas, est n llenos de actos de confianza. Es importante que los hagamos nuestros.
 La confianza de un alma me hace una violencia tan grande que me es imposible alejarme de ella, decía el Señor a Sta. Gertrudis.
 La esperanza excluye las vacilaciones de la voluntad, no conoce la vacilación en sus peticiones, no pone límite a sus peticiones con la seguridad de recibir lo que pide u otra cosa aún mejor. Así la oración, aunque penosa en ocasiones, es sin amargura y eficaz.
 La confianza no vacila en las resoluciones que toma, y sabe que si en un momento ha sido infiel cayendo en algún pecado, es porque ha confiado demasiado en sí misma. Cumple con valor esas resoluciones, y apoyándose en Dios, como los apóstoles en la pesca milagrosa: “toda la noche trabajando nada hemos conseguido, pero en tu nombre echo la red”.
 Finalmente la verdadera confianza no vacila en sus acciones. Cuando recibe una orden no se detiene con miras humanas, ni se repliega sobre si misma para ver si su salud, sus capacidades le permiten abrazarse con esa orden. Mira a Dios, y si ve que es voluntad divina se entrega a lo mandado confiando en el auxilio divino, como admirablemente dice S. Benito cuando trata si a un monje le mandan cosas imposibles. Es Jesús en la oración del Huerto el que le guía en este su proceder.
 Cierto que la esperanza no quita la turbación en la parte inferior de nuestro ser, a no ser con una gracia muy especial concedida por el Señor en algunas ocasiones. Pero establece la calma perfecta en la parte superior del alma.
 En las pruebas temporales exclama: En Dios confío y no temo. En las persecuciones: El Señor es mi auxilio, no temo lo que me pueda hacer el hombre. No tiembla en las tentaciones, pues. aunque todos se levanten contra mí, mi corazón no tiembla, en medio del combate, aún esperaré. Después de una caída, la confianza que se apoya en Dios no se turba, pues sabe que Dios ha permitido esa falta para su bien, no dejándose llevar del despecho del orgullo. Pide humildemente perdón y da gracias de que no haya sido más honda su caída, y vuelve a sus buenas resoluciones, apoyándose plenamente en Dios.
No se turba ni con el pensamiento de la muerte. Puede tener sus tentaciones contra la esperanza, al recordar las faltas pero como sus propios méritos no pueden tranquilizarle, busca su seguridad en los méritos infinitos de Jesucristo. El que vive en esperanza, confía en la bondad divina y en la sangre de Cristo, y de estas fuentes, saca el arrepentimiento, el amor, el perdón y la misericordia

 

 

168.- Poner su esperanza en Dios. (4,41)

Volvemos a reflexionar sobre este instrumento ya que es algo que a diario tenemos que ejercitamos.
 Hemos de tener en cuenta que la esperanza es un acto de la voluntad. Lo expresa S. Benito con la expresión "Spem suam committere". Con esta expresión indica que no se trata de un dulce sueño, del que solamente tenemos que dejamos llevar, sino es un acto que tenemos que producir. Y ello porque la esperanza reside en la voluntad.
 Para confiar en Dios no basta trazarse un cuadro seductor de los encantos de la confianza, ni tener la convicción de nuestra impotencia para todo bien sobrenatural. Tampoco tener un conocimiento de la bondad de Dios ni el conocimiento teórico de las promesas de Dios y de su fidelidad infinita. Todo esto pertenece al entendimiento. Pero es necesario un esfuerzo de la voluntad que se arroja en los brazos de Dios para descansar en El.
 La esperanza tampoco está  en el sentimiento. A pesar de las más dulces impresiones, puede ser que solo tengamos una confianza adormecida. Así mismo, a pesar de las impresiones contrarias a la esperanza podemos hacer actos de confianza muy verdaderos, muy sólidos y meritorios. Estos son los actos que tenemos que ejercitamos si queremos practicar la virtud de la esperanza.
 La esperanza es un acto que cuesta. Toda virtud, "virtus" es un desarrollo de fuerza como lo indica su mismo nombre. Y la esperanza nos hace fuertes y valerosos en las dificultades.
Para alcanzar este desarrollo de fuerza, exige en primer lugar la oración. Y junto con ella, la acción, como si todo dependiera de nosotros. Tenemos que hacemos violencia seguros de la asistencia de la gracia. En las dificultades es donde se manifiesta la esperanza. Pero el gran sacrificio que la esperanza exige es el de nuestro amor propio, que tanto gusta de obrar por sí mismo, con sus solas fuerzas. Este amor propio se inmola cuando viendo todos nuestros recursos perdidos, nos arrojamos confiadamente en los brazos de Dios. Este es el acto heroico entre todos.
Lo difícil que resulta entregarse así en Dios, es la causa de que muchos, hablando maravillosamente del santo abandono, lo practiquen tan poco.
 La virtud de la esperanza se adquiere con actos. Es una virtud infusa, pero si queremos vivir con esa confianza en Dios, tenemos que repetir actos de confianza para llegar a un hábito adquirido. Cuanto más enérgicos sean los actos, más rápidamente se adquiere la costumbre. En algunos casos, basta un acto heroico para adquirir una virtud, pero por regla general si queremos adquirir una virtud, es preciso repitamos los actos. Y también es a través de la repetición de actos como la conservamos y desarrollamos. Si cesan los actos, la facilidad adquirida disminuye e incluso se pierde. Si se quedan en la imaginación y no se llevan a la práctica, son ineficaces, y no pueden producir una virtud verdadera.
 Se necesita por tanto actos frecuentes y actos prácticos, como en todas las virtudes. Así después de una falta, un fallo, devolvamos la calma a nuestro espíritu. En las tentaciones que nos solicitan al mal, perseveremos en una oración confiada. En los desalientos o momentos oscuros, no dejemos ninguna de nuestras obligaciones. No cesemos de hacer actos de confianza.
Finalmente, por los actos, llegamos a la perfección de la esperanza. El estado de abandono de que nos hablan las vidas de los santos, no es un sueño, un dejarse llevar. Es más bien una continuación no interrumpida de actos de confianza, que parece que se hacen espontáneamente, como connaturales.
Desde el momento que hay sueño, ya no hay virtud. Cuantos actos de confianza tenemos ocasión de hacer cada día. Sepamos aprovecharlos para alcanzar esa preciosa virtud de la esperanza.

 

 

169.- Atribuir lo bueno a Dios.


Cuando  viere en sí mismo algo bueno, atribuirlo a Dios y no a uno mismo. (4,42). Este instrumento nos está  recordando cómo tenemos que referir a Dios todo cuanto de bueno podamos ver en nosotros. Esto nos pondrá  a salvo de todo orgullo, y por otra parte nos recuerda que estos bienes que podamos ver, son gracias de las que tenemos que dar cuenta.
 La vida, la salud, las facultades del alma, sentidos del cuerpo. Todo lo que tenemos lo hemos recibido de Dios. Nada hemos añadido sin el concurso divino.   ¿Qué tienes que no hayas recibido?
 Sería insensato y un ultraje a la bondad de Dios el gloriarse de tener gran inteligencia, una feliz memoria, una fisonomía agradable, una buena salud. ¿Cuándo se visita un hospital con tanta cantidad y variedad de enfermos no se os ocurre pensar, que si no estamos ahí es por gracia de Dios? Ninguno de esos enfermos está  por gusto en medio de sus penas.
 Nada hemos adquirido por nosotros mismos, y nada podemos adquirir, ni añadir a lo que hemos recibido de Dios. Estamos en manos de Dios, que nos concede disfrutar de ellos y puede quitárnoslos cuando quiera.
 Debemos tener una dependencia completa y absoluta de Dios respecto a todos estos bienes.
Ante estos dones y gracias, lo que debemos sentir es un vivo agradecimiento hacia Dios, que ha derramado tantos favores, y un profundo arrepentimiento de no haber usado de todo esto con la fidelidad debida, y para procurar su gloria. Y en fin una confianza de que nos los dejará  si son útiles para nuestra salvación y se lo pedimos humildemente.
 También tenemos que referir a Dios con mayor razón los bienes sobrenaturales que hemos recibido. El Señor ha arrojado una mirada de piedad sobre cada uno de nosotros.
 Por el bautismo hemos sido hechos hijos de Dios, por la gracia santificante, somos templo del Espíritu Santo. A esta primera gracia se han ido añadiendo gracias especiales particulares como la primera comunión, educación fundamentalmente cristiana, llamamiento a la vida monástica, profesión, quizás sacerdocio. Y cada una de estas gracias ha sido como un anillo maestro de una larga cadena de gracias actuales que le han seguido.
Y de todo esto ¿de qué podemos gloriarnos? Si lo habéis recibido, ¿por qué‚ gloriamos como si no lo hubieseis recibido? El nos ha dato todo gratuitamente, El nos ha llamado a la vida cristiana con preferencia a tantos millones que no conocen a Cristo. A El debemos la llamada a la vida monástica, con preferencia a otros que valían más que nosotros. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido. Todo esto no es para gloriamos, sino para estar humildemente agradecidos.
Estas gracias recibidas, no pueden quedar estériles, enseña Jesús en el evangelio con dos parábolas. Tenemos que multiplicarlas por medio de nuestra cooperación, para bien de la Iglesia y bien nuestro.
 Puede ser que muchas de esas gracias han quedado estériles. ¿Cómo hemos progresado en la virtud?
Pero si reconocemos en nosotros algún progreso en el bien, no por eso podemos decir con menos verdad: "no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria". ¿Quién nos ha comunicado la fuerza para hacer algún progreso en las virtudes? La misericordia de Dios. Los méritos de Jesucristo muerto y resucitado por nosotros es de donde hemos recibido esta riqueza. La gracia de Dios es la que ha obrado en nosotros, con
nosotros y más que nosotros. Cómo nos ha invitado el Señor al bien, y que paciencia ha tenido en medio de nuestras vacilaciones y lentitudes.  En lugar de gloriamos por el bien que hemos podido hacer, tiene que ser motivo de agradecimiento y alabanza.

 

 

170.-Atribuirse a sí mismo el mal.


 El mal en cambio imputárselo a sí mismo, sabiendo que siempre es obra personal (4,43) Este instrumento es como el complemente del anterior que ayer comentaba. Son  las bases juntamente con el instrumento 41. de un programa de ascética cristiana que se desarrollará en los siguientes instrumentos.
Sabemos que por nosotros mismos somos incapaces de un acto sobrenatural sin el auxilio de la gracia. Pero por el contrario tenemos una capacidad asombrosa para cometer el pecado.
La triple concupiscencia que vive en nosotros nos pone en lucha contra la gracia. Incluso con el auxilio de la gracia, es preciso que nos hagamos violencia  para obrar el bien, mientras que en el camino del mal no hay más que dejarse llevar para llegar a los últimos excesos. No hay crimen cometido por un hombre  que nosotros no seamos capaces de hacer. Esta inclinación de la naturaleza al mal, ¡cuantos gemidos ha dado lugar en las almas santas! “Veo en mis miembros una ley contraria a la ley de Cristo... Infeliz de mí ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”
A este enemigo doméstico tenemos y podemos combatirle no pensando en darle muerte, pero si dominarle, debilitarle y hacerle menos exigente. Así lo vemos en muchas almas santas, con la misma naturaleza e inclinaciones que nosotros. Pero puede ser que lejos de debilitar a esa concupiscencia nativa, la hemos podido dar más fuerza por un débil  dominio propio..
Si constatamos una resistencia para el bien, si tenemos un orgullo tan sensible, reconozcamos que la culpa es nuestra dice S. Benito: se repute a sí mismo el mal. Si no sabemos contrariar las malas inclinaciones, se convertirán en tiranas.
Si a esta inclinación al mal añadimos, una distracción de nuestro espíritu veleidoso, la debilidad de nuestra voluntad y la malicia de nuestros enemigos, podemos hacernos la pregunta de que si es posible evitar el mal.
Sí, podemos y debemos evitarlo. Con la gracia podemos y debemos resistir a todos nuestros enemigos. Así lo demuestra en lo que podemos llamar espejo de los monjes, la Vita Antonii de S. Atanasio, como fue combatido de las más variadas maneras, pero siempre triunfó. El que confía y se abraza con  fuerza a la gracia es invencible, si  por otra parte obra como si todo dependiese de él.
Esa gracia divina, se concede a todo el que la pide. Y si hemos hecho el mal, es porque no hemos pedido esa gracia. No hemos orado o lo hemos hecho de mala manera, y así hemos palpado nuestra debilidad. Dios hacía oír su voz, pero hemos cerrado los oídos. La gracia preveniente nos invitaba a huir de la tentación, pero hemos preferido como Eva dialogar con el mal y considerar como apetecible el fruto prohibido.
Si consideramos uno a uno todos nuestros fallos, podremos decir con verdad: mea culpa, mea máxima culpa. No es que faltase la gracia, sino que yo he faltado a la gracia. “Impute siempre a sí y no a Dios lo malo que hubiere hecho”, nos a dicho S. Benito. 
El Señor nos podría decir las palabras que encontramos en Isaías, en el cántico de la viña: ¿Qué más podía hacer por mi viña, que no haya hecho?
Además de los bienes sobrenaturales comunes a todos los cristianos, cuantas gracias particulares  hemos recibido del Señor... Cada uno podrá recordarlas. La mano de Dios nos ha protegido. Dios ha hecho todo para preservarnos, pero nosotros hemos resistido a su amor.
Si no ha impedido que cometiésemos el mal, es porque ha respetado nuestra libertad. El que te ha creado sin ti, no te salvara sin ti.
Su infinito amor ha hecho  poder transformar nuestras faltas en remedios saludables. Así también al ver nuestra debilidad recordamos la necesidad de la oración y de la vigilancia. Y quiere que de la contemplación de nuestros fallos, sea motivo de aumentar  nuestra confianza en El.    
Las gracias innumerables recibidas, las infidelidades que hemos cometido y el poco provecho que hemos sacado de nuestras faltas, son tres motivos para comprender que todo el mal que hay en nosotros no viene de abandono de Dios ni de lo insuperable de nuestros enemigos. Sino como quiere S. Benito: imputarse siempre a sí lo malo que hubiere hecho.

 

 

171.- Temer el día del juicio. (4, 44)

Entramos en la segunda parte de los instrumentos, que tiene unas características bastante diferentes de los anteriores. Constituyen un programa de ascesis. Ya hemos puesto como las bases en los tres instrumentos anteriores y con este entramos de pleno en el programa, que necesariamente tiene que empezar por el ejercicio del temor de Dios, el juicio divino que hoy comentamos. Le siguen otras verdades eternas que es preciso tenerlas en cuenta y meditarlas, hasta el instrumento 54, orientando nuestro camino espiritual.
 En realidad, estas sentencias no necesitan comentario que las aclare y las encontraremos de nuevo en el cap. 7 en la escala de la humildad en el primer grado.
 El temor del juicio es saludable. Lo recomienda S. Pablo a sus queridos filipenses (2,12) "Trabajad con temor y temblor en vuestra salvación.
 Nadie está  tan elevado que pueda dispensarse del santo temor y la misma confianza en Dios encuentra un estímulo en el temor.
 Todas las almas santas, en mayor o menor grado han alimentado este temor. El pensamiento del juicio estaba muy presente en S. Jerónimo y le parecía oir sin cesar la trompeta convocando a juicio. S. Agustín consideraba el olvido de los juicios de Dios como una de los grandes castigos del pecado. Para S. Benito era tan habitual este pensamiento, que a cada momento lo menciona en su Regla.
 El consejo del Eclesiastés de que en todas las obras, tengamos presente las postrimerías, y nunca pecaras, (7,40) lo han tenido muy presente todas las almas santas.
 Esto no es otra cosa que seguir la enseñanza del Señor, que continuamente nos recuerda en el evangelio el juicio que nos espera. Este pensamiento ayuda a purificarnos de nuestras negligencias actuales, y nos armar  contra las tentaciones futuras.
 El peligro está que por nuestra flojedad natural, las preocupaciones terrestres borren de nuestra mente este recuerdo, si no tenemos el cuidado de reanimarlo por medio de una frecuente meditación.
  Por tanto esta verdad no es una quimera, sino una verdad revelada. Jesús asemeja su venida, a la del ladrón, que llega cuando menos se piensa.
Este temor tiene que ser santo y practico. No se trata de asustar a nuestra imaginación por lo que S. Benito nos manda meditar en el juicio, sino para nuestra santificación.  Jesús dice que tenemos que ser como los siervos que esperan la llegada de su señor, que viene a las bodas, para estar dispuestos a abrirle en cuento llame a la puerta. (Luc 12,36) “Pero si el siervo se dice, mi amo vendrá  tarde y se entretiene en castigar a los otros siervos, en comer y beber y embriagarse, su amo vendrá  en el día y hora que menos se piense, y lo colocará  con los siervos infieles”. (Luc 12, 45-46)
 Se trata por tanto de preparamos para la venida del Señor. Y nos prepararemos juzgándonos a nosotros mismos. "cuando vayas de camino con tu adversario, procura arreglarte con él, no sea que te arrastre ante el juez y el juez te entregue al alguacil y el alguacil te meta en la cárcel"
 Antes de  obrar pesemos nuestras acciones en la balanza del soberano juez, a la luz del último día. De este modo será  saludable el pensamiento del juicio.

 

 

172.-Sentir terror del infierno. (4,45)

Con el pretexto de que los motivos de amor son más poderosos  para excitarnos a la virtud, estamos expuestos a dejar de lado en la vida religiosa, y en nuestro mundo actual, esta consideración y verdad de fe.
No obstante, s. Benito escribiendo su Regla para monjes, propone este instrumento y con unas palabras muy fuertes: Gehennam expavescere. Y  no  podremos sentir este horror si no es reflexionamos sobre él.
S. Ignacio, en los ejercicios dedica  un día entero, o sea cinco meditaciones,  a esta verdad y es un error excluirla  tanto de la vida ordinaria del monje, como en los días de ejercicios. En los ejercicios es una piedra clave. Prescindir de ella es prescindir  de un elemento importante en la marcha de purificación que se realiza durante la primera semana de ejercicios. Su principal finalidad es llegar a un profundo aborrecimiento del pecado, ya que el pecado no aborrecido, es el camino de la perdición.
Hay que obrar siempre por amor, dentro y fuera del monasterio, dentro y fuera de los ejercicios. Esta es  la norma general, y un temor servil no es propio de un alma consagrada ni de un cristiano.
Para que una meditación sobre el infierno sea provechosa y bien centrada ha de hacerse a los pies de Jesús crucificado, dejando al alma que se llene de efusiones de amor agradecido, no con un amor servil.
Lo habitual en la vida del monje ha de ser un amor agradecido que nos impulse a seguir a Jesús. El temor puede servir en algún momento de freno. Pero ir al Calvario y estar dispuesto a morir por Cristo, solo nos lo puede comunicar el amor. El temor no es suficiente  para lanzarnos  por este camino de seguimiento.
Menos aún se pretende con esta reflexión llenarnos de congoja y miedo, sino activar el amor con este recurso y esta verdad de fe.
Esta reflexión del infierno, puede servir en primer lugar como de una fuerza de reserva. Puesto que la salvación es algo tan importante, hay que agotar  los recursos  para asegurarla. La gracia es abundante, Jesucristo  nos redimido a todos. Pero Jesucristo, la gracia, pueden ser despreciados por nuestra voluntad seducida por el mal. Y tenemos que ayudarla con todos los medios  para que permanezca  firme en el camino del bien.    
Es claro que nuestra salvación comienza ya en la tierra, a través del trato amoroso con Dios, viviendo la filiación. Sostener e intensificar esta comunión ha de ser nuestra  mayor preocupación. Cooperar a la gracia, que no nos ha de faltar. En esta tarea, el santo temor sirve como fuerza de reserva. La libertad humana, don nobilísimo que Dios nos concede, pero que también  pavoroso, pues lo podemos utilizar para el mal, puede elegir el separarse de Dios.
Esta voluntad se ve solicitada por fuerzas poderosas  de dentro y de fuera. Es frágil, es débil, y puede acceder a los atractivos naturales apartándose de Dios. Y llegar a la separación de Dios es precipitarse en el mundo de la  condenación. Y esto no es un caso hipotético, aislado que podría darse. Es la historia de muchas  almas que Dios creó y se apartaron de El. No podremos decir de ninguna en concreto que se haya condenado, pero  por las muestras exteriores y las señales de desesperación  a la hora de la muerte, se puede pensar de almas que algún tiempo fueron fieles pero que poco a poco se desviaron del camino del bien.
La existencia del infierno es una verdad que aparece clara en la Escritura. Hoy día muchos que de una manera o de otra niegan su existencia por las más variadas razones, pero está claro en la Escritura y el Magisterio.
El que sean muchas o pocas, no  es algo que pueda interesarnos en este momento. El P. Lombarda, fundador del movimiento de un Mundo Mejor, hablando con Sor Lucia, le exponía su pensamiento de que  solo los grandes malhechores se condenaban. Sor Lucia  le dijo que estaba en esto muy equivocado. Pero dejando de lado la opinión de Lucia y sus visiones y revelaciones, que no son Magisterio de la Iglesia, no entramos en este punto.  Aunque fuera una sola entre todas las personas que formamos la humanidad, sería suficiente motivo para temer no fuese yo que infiel a la gracia, me pudiera perder. En el plano humano somos más solícitos para precavernos de los males físicos.
Es por tanto un peligro real, no imaginario, que hay que prevenir. Si  el monje se aparta de Dios como Padre, que se encuentre con también con El que es Juez.
Descendamos en vida al infierno, como quiere S. Benito al poner en nuestras manos este instrumento, para reflexionar  en los sufrimientos del alma separada de Dios, y así evitar el poder descender después de muertos, como decía S. Agustín.
Por un conocimiento nacido de nuestra reflexión, llegar a experimentar lo que Sta. Teresa experimento por una gracia mística.
Sta. Teresa tuvo la visión de infierno, y es interesante ver cuan equivocados están aquellos que mantienen que esta clase de meditaciones no son propias para personas  espirituales. Una santa tan contemplativa y elevada con dones místicos dice que fue “una  de las mayores  mercedes que el Señor me ha hecho”
Y cuanta esta experiencia de cómo se vio metida en el infierno y lo que experimento en un brevísimo espacio, dice ella, pero auque viviese muchísimos años no lo podría olvidar.  No hay mal aquí comparable con este. Y esto lo relata para sus hijas de las que se afirmaba que casi todas estaban elevadas a una oración contemplativa, para que se aprovechasen también de esta gracia.  Y no encuentra palabras para explicarlo y darlo a entender, a semejanza de  un fuego que sintió en alma que no puede explicar y saber que eso sería sin fin. Y aún todo esto lo considera como nada en comparación del agonizar del alma. Sin poder encontrar ni sentir ningún consuelo. (Vida 32)
Los santos hicieron esta meditación, aprovechándose de la gracia en lleva consigo. Así S. Bernardo, en presencia de sus monjes, meditaba en el infierno con estas palabras:” Yo tiemblo por los dientes de la bestia infernal, por las entrañas del infierno, a los rugidos de los demonios, al gusano roedor, al fuego abrasador, del humo y vapores de azufre de las tinieblas exteriores. ¿Quién  me dará una fuente de lágrimas, para prevenir, para llorar aquí abajo, las lágrimas estériles del otro mundo y los  rechinamientos de dientes y el peso de las cadenas de manos y pies? Cadenas que oprimen, que aprietan  sin consumir nunca.”
Cierto que no sabemos lo que es el infierno, pues todo esto que se nos dice y podemos pensar son semejanzas  para que podamos hacernos una idea teniendo en cuenta nuestros actuales sentidos corporales. Así llegar a una aproximación de lo que será el estar apartados eternamente de Dios.
He aquí lo central de este misterio, pero que no podemos calibra el dolor que encierra. Separación de Dios y eternidad.
Toda esta consideración tiene que servirnos para crecer en amor a Jesucristo. Ya decía al principio que debemos hacer esta meditación a los pies de Jesús crucificado.
La mirada a Jesús en la cruz, nos confirma en la existencia del infierno. Es como una rúbrica sangrante, hecha por el Hijo de Dios, que garantiza la verdad de este dogma. Esta mirada nos confirma de que cuanto Jesús ha dicho en el evangelio, es verdad.
La inteligencia humana se resiste a creer cuanto sobre el infierno Cristo nos ha revelado. Sobre todo la eternidad, que nunca podremos comprender, ya que está  por encima de nuestra capacidad. Todo  lo medimos con  el tiempo, y la eternidad es estar fuera del tiempo.
Y Cristo ha querido con su cruz, librarnos de este mal. Y ¿Será verdad todo lo que dijo?  Cuando miramos a Jesús en la cruz, se desvanecen estas dudas. Ese rostro contraído por el dolor, cubierto de sangre, serio, triste, nos está diciendo que no ha exagerado nada de cuento ha dicho, que no ha inventado cuentos para meternos miedo. Que la palabra que ha brotado de sus labios amoratados y resecos, siempre dijo la verdad.
El Hijo de Dios en un patíbulo está predicando que si muere, es para librarnos de un gran mal. La muerte del Hijo de Dios es de un valor infinito, y solo puede darse para saldar una deuda infinita. Lo contrario sería malgastar el valor de la sangre de Cristo.
Tampoco puede decirnos esta mirada al crucifijo, que él ya ha espiado  por todas nuestras culpas. Que en virtud de su sacrificio ya nadie se condena, aunque se multipliquen los pecados. Una gran mayoría pensaría, pues si nadie se condena pequemos tranquilamente. Y la muerte del Salvador  en lugar de servir para librarnos del pecado, sería ocasión de que se pecase más.
Las dudas sobre el infierno se desvanecen mirando a la cruz de Cristo.  Cuanto mayor es el amor, mayor correspondencia exige. Cuanto  mayor es el amor de Cristo, mayor correspondencia  tiene que darse por nuestra parte.
Si un hijo ofende a un padre egoísta y despreocupado, está mal. Pero si ese padre fuese un padre bondadoso, es mucho peor. La muerte de Cristo en la cruz, en lugar de ser motivo para pensar que todos se salven, que no hay que hacer nada ni preocuparse de corresponder a la gracia, es al revés. Es un motivo para excitarnos a corresponder a la gracia. El amor ultrajado, requiere un castigo correspondiente a ese amor. ¿Cómo es el amor de Dios despreciado por el pecado? ¿Infinito? Luego un amor así despreciado merece un castigo infinito.
               Y si pensamos lo poco que el Señor pide al pecador para reconciliarse. Decir no a lo que antes había dicho sí. Y el Señor espera esta respuesta durante toda la vida, hasta la muerte.
Es Dios hecho hombre por amor a los hombres y clavado en la cruz, cubierto de heridas que son como volcanes de amor, es Dios en el Calvario, con sus ojos  puestos en el cielo, para ofrecer su vida  por la salvación de los hombres, con los brazos extendidos para abrazar a sus hijos por los que muere, es el amor infinito de ese padre, pisoteado por el hombre  el que está reclamando la existencia del infierno. Dios no quiere condenarnos. Cristo en la cruz nos ofrece su perdón. Tampoco quiere la condenación de nadie su santísima madre que al pie de la cruz sufre por nosotros.
La meditación de infierno sirve para estimularnos en el amor. Si me ha librado por su misericordia de tantos males, tengo mayor motivo para amar, para ejercitarme en un amor humilde y reconocido, sin buscar otra cosa  que la gloria de Dios.
Fruto secundario de esta meditación pudiera ser la paciencia en aceptar los  sufrimientos interno o externos que nos purifican. También para estimular el celo por la salvación de las almas. Si se invirtiesen los papeles ¿no me gustaría que me ayudasen a conocer  el peligro de vivir olvidado de Dios y de la salvación?  La visión del infierno fue para los niños de Fátima motivo de un gran celo por la conversión de los pecadores, ofreciendo cuanto tuvieron que sufrir a este fin.

 

 

173.- Anhelar la vida eterna con toda la codicia espiritual. (4,46)

Después de presentarnos en el anterior instrumento, el temor del infierno, en este pone en nuestras manos otro instrumento, de mucha mayor importancia en nuestra vida ordinaria. Desear el Cielo.
Si tenemos la fe despierta, nace en nuestro corazón este deseo, pues en realidad aquí no vivimos, sino que vegetamos con mil calamidades y miserias. El Cielo es la verdadera vida. Aquí son muy raros  los consuelos. Incluso los más puros, con frecuencia están impregnados de hiel. El Cielo es el colmo de todos los deseos. Deseos siempre  colmados. La vida aquí está marcada con cruces y espinas, el Cielo es la liberación eterna de toda pena y contrariedad. Aquí el mundo y sus vanidades, llenan nuestro corazón de fastidio. El Cielo es la vida desprendida de los sentidos, en compañía de los santos, los ángeles, con Dios, en Dios.
Denota poca fe no desear el cielo. Y el monje tiene que ser un hombre que tiene sus ojos continuamente  fijos en el Cielo. Más o menos implícitamente  el deseo del cielo estaba presente en su entrada en el monasterio, ya que la búsqueda de Dios verdadera lleva implícita el deseo del Cielo.
Si llevamos una vida un tanto austera  para la carne, es para alcanzar  la gracia para que todos  nuestros hermanos lleguen a la vida eterna, ya que el Cielo es la patria y esta la vida es el viaje hacia ella.
El pensamiento del Cielo encierra fuerza y valor para todo y hacen mirar al horizonte  para ver si se descubre ya las montañas de la Patria. Para el verdadero  creyente es un consuelo el pensar que cada día está más cerca del término, del día más hermanos de su vida, en el que se le anuncia que ha llegado al fin de su carrera. (A este propósito es ejemplar y muestra de esto la reacción de la M. Mercedes, de Calatravas, que siempre estaba suspirando por el Cielo, y cuando el médico le comunicó su próxima muerte estallo en exclamaciones de alegría que dejaron confuso el médico que no era creyente, y que confirmaban que eran sinceros todos sus deseos anteriores)
Pero no todo deseo del Cielo es igualmente puro. Se puede desear el Cielo para escapar de los males presentes, del fastidio de una vida sin sentido, por deseo del gozo. Estos  no son el deseo impaciente que S. Benito quiere ver en sus hijos  cuando nos dice que deseemos con todas las fuerzas, con toda la codicia espiritual,  el cielo.
El deseo que nos propone S. Benito es un deseo puro y sobrenatural. El  Cielo para el monje es Dios. Dios contemplado  cara a cara. Dios amado, Dios poseído. La penosa búsqueda de Dios en la vida de oración  deja lugar  a la visión beatífica, a la contemplación  sin esfuerzo.
La unión velada e imperfecta  que recibimos a través de la gracia santificante, se trasforma en la posesión intima y perfecta de Díos. En una la palabra, el Cielo es la liberación definitiva del pecado y sus consecuencias, el abrazo eterno de Dios y del alma.
He aquí por qué el monje cuya vocación es  buscar a Dios, cuya vida entera está orientada a esta búsqueda, ha de suspirar por este Cielo tan deseado, que le permitirá gozar eternamente de Dios.
Tal es el deseo del Cielo que ha de tener un hijo de S. Benito. Y además quiere que este deseo sea ardiente. Y no como consecuencia de estar hastiado del mundo. El hastío del mundo, si está solo, solo puede producir amargura e impaciencia. No puede producir ese ardor  que S. Benito  nos propone en este instrumento.
El amor de Dios es el que inflama este deseo. Cuanto más amemos a Dios, más desearemos verle, amarle poseerle.
Por otra parte, la meditación del Cielo y nuestros suspiros por él, servirán no poco para  aumentar el ardor de nuestro amor.
Mirando al cielo, descubrimos allí un lugar que Dios con todo su amor nos ha preparado desde toda la eternidad. Y ante esta contemplación exclamaremos: ¿Quien me dará a mí alas de paloma para volar y descansar?  Dios mío, Dios por ti suspiro, mi alma tiene sed de ti. ¿Cuando veré tu rostro?
Si amamos ardientemente a Dios, desearemos también ardientemente  el Cielo. Miremos al Cielo y esta mirada acrecentará nuestro amor a Dios.

174.-Meditar en la muerte.
 Tener cada día, presente ante los ojos, la muerte, (4,47)

Llama la atención que al hablar de los novísimos, emplea S. Benito una terminología muy expresiva. No se trata de un recuerdo fugaz y pasajero cuando habla de la muerte, como cuando habló del infierno dijo “espantarse” y del Cielo desearle con todas las fuerzas.
Es cierto que un día moriremos, es cierto  que moriremos una sola vez y en cierta medida podemos también decir que de ese momento depende toda la eternidad. Tres motivos  para pensar y tener presente este momento crucial, único y decisivo de nuestra vida, y hacerlo objeto, como quiere S. Benito,  de cotidianas reflexiones.
La muerte es el fin de la vida, su acto más importante, y el momento del que depende toda una eternidad. Momento que una vez pasado, no vuelve más.
El recuerdo frecuente es un poderoso medio para perseverar en la virtud en medio de las dificultades. Después de la muerte ya no podemos adquirir ningún mérito, pero hasta ese momento cada uno de nuestros instantes puede ser ocasión de un enriquecimiento espiritual.
El recuerdo de la muerte es un aprendizaje de la misma. Podemos preguntarnos en qué disposiciones nos gustaría estar en ese momento, para cultivar esas disposiciones. Y esto nos invita a pedir la gracia de una buena muerte. Nos tiene que llevar a ponernos enteramente en las manos de Dios y poner en El toda nuestra confianza.
Si durante nuestra vida hacemos con frecuencia estos actos de abandono y confianza, los haremos más fácilmente en el momento de la agonía.
S. Benito quiere que la muerte sea para nosotros “sospechosa”, o sea que puede llegar en cualquier momento. Es lo mismo que nos dice Jesús, que vigilemos, `pues no sabemos ni el día ni la hora. Puede llegar en cualquier momento (Apo. 3.3)  De ordinario es una sorpresa y seremos sorprendidos como todo el mundo, en la hora que menos se piensa.
Tan cierto como moriremos  un día, es incierto el momento y las circunstancias. ¿Tendremos el consuelo de morir en medio de nuestros hermanos, recibiendo los sacramentos con pleno conocimiento? O bien será una muerte repentina. Recordemos la muerte reciente del H. Florencio. No sabemos nada ni podemos  hacernos una idea  con alguna probabilidad. Únicamente depende de  la voluntad de Dios y Dios no quiere manifestarnos su secreto. Se contenta con advertirnos: Vigilad.
La muerte también es un maestro elocuente que nos ayuda en el camino de la santidad. Nos enseña  el desprendimiento de los bienes de este mundo que pasan tan rápidos. ¿e son las riquezas, honores, los placeres en presencia de la muerte?  Nos enseña la humildad recordando que somos polvo,  y que  muy pronto seremos olvidados, incluso despreciados por los que nos han conocido. Y  sobre todo nos enseña a pesar con justa balanza las acciones que realizamos.
¿Qué importancia concedemos a las bagatelas, hasta el punto de perder la paz y el sueño por ellas?
Poniéndonos en presencia de la muerte, no nos costará trabajo rectificar nuestros juicios. Y mucho aprovecharíamos si cada una de nuestras acciones, Oficio Divino, Eucaristía, lectio, las hiciésemos como si fuesen las últimas de nuestra vida.

 

175. Tener presente la muerte
Tener cada día presente ante los ojos a la muerte. (4,47)

Vamos a detenernos un día  más en este instrumento, puesto que S. Benito lo da tanta importancia al encomendarnos  esta reflexión de la muerte todos los días.
Si quisiéramos, al cabo del día encontraremos mil motivos para recordarla. Pero somos muy olvidadizos y necesitamos que positivamente intentemos recordarla.
Para Miguel Angel, hombre de gran vitalidad, con una pasión grande por la vida, confiesa que no le venía a la mente pensamiento alguno que no llevase esculpida la cara de la muerte. Este pensamiento no es propio solo de personas torvas, faltas de dotes, para una existencia fuerte. Así mismo el P.H. Lubac, dice de Tailhard de Chardin que toda su reflexión, incluida la científica era una extensa meditación sobre la muerte.
Cuando S. Benito nos presenta este instrumento es señal de que sabía por su experiencia, lo útil que es para el monje.
 Para redactar este punto, como lo hizo con la totalidad de la Regla, tenía presente en su mente a Cristo, y Cristo  siempre estaba  pendiente de su “hora” y su “hora” era la del tránsito al Padre. Era para él como una obsesión. Vino para ofrecer este sacrificio, y tanto antes como  después  de la resurrección habló de este paso al Padre como de algo necesario.
Podríamos pensar que este pensamiento podría como esterilizar  nuestro quehacer en este mundo pues hay un adagio entre los turcos y persas que dice que al sol y a la muerte no se les puede mirar de frente sin ofuscarse.
Los grandes maestros de espíritu, incluso algunos que no creían en la inmortalidad, recordaban el recuerdo de la muerte para obrar con rectitud. Así S. Ignacio, cuando trata de la elección de estado, uno de los medios que indica para poder hacer el discernimiento, es pensar qué me habría gustado elegir a la hora de la muerte.  ¿Cómo me habría gustado vivir  mi vida monástica  a la hora de la muerte?
Esta mirada la debemos hacer de una manera correcta, pues si bien el pensamiento de la muerte puede sernos muy útil, también mal enfocado puede ser negativo. Al cumplir  los 70 años, escribía Ángelo Roncalli, “en todas las cosas mira el fin. El fin viene a mi encuentro en la medida que pasan los días. Tengo que pensar que tengo que morir pronto y bien, más que distraerme  con ilusiones de larga vida. Pero sin melancolía, sin siquiera hablar demasiado de ello”.
Que diferencia de ver así la muerte a verla desde un aspecto negativo meramente humano. Recuerdo de  un religioso que cuando se vio mayor y enfermo, le entró tal tristeza, que creo murió de pena.
Existe  una forma de mirar la muerte, que podemos llamar cristiana. Se trata de una reflexión positiva de nuestra última hora. De un pensamiento que ayude a trasfigurar tan importante suceso. S. Cipriano aconseja a su hermano Suceso, que  pensase en la inmortalidad, en lugar de en la muerte. Es un concepto más amplio y radical  que lleva ciertamente en sí el concepto de la muerte. Pero añade  la idea de supervivencia. Añade la idea de un Juicio posterior, de aquí la importancia de su preparación. Sirve para obrar con sensatez, que es lo mismo que ser santos.
Para que el pensamiento de la muerte sea cristiano, tiene que apoyarse en razones específicamente cristianas. Hemos de pensar en ella, no solo  porque este es el modo de vencerla, sino porque es un misterio de Jesucristo, un bautismo, una eucaristía. Así la llamó Cristo. El pensamiento de la muerte nos ayuda  a enfocar la vida dentro del misterio de Cristo.
El pensamiento de la muerte nos advierte de la brevedad de la vida. Cada momento tiene un valor irremplazable, que no pede ser reemplazado por la frivolidad, pero sin llevarnos a un estado de tensión nerviosa.
El recuerdo de la muerte nos tiene que ayudar a la perseverancia. La vida lleva un desgaste, la vigilancia para no decaer es importante. El Señor nos advierte de la vigilancia. Así ` podremos decir con verdad en el último día: todo está consumado.
Por último no olvidemos que el pensamientote la muerte puede  ser rutinario, por lo tanto ineficaz, vacuo, como la Eucaristía, como cualquier verdad sobrenatural. Puede uno estar ocupado  en cosas divinas, y tener el corazón lleno de humo. Las vanidades espirituales no son menos perjudiciales que las materiales. Y la culpa no es solo de la costumbre, sino de nuestro inveterado apego a nosotros mismos que en todo nos buscamos.
Que la reflexión sobre la muerte nos ayude a enfocar la vida como verdaderos hijos de Díos, sin detenernos en bagatelas, que pasan tan rápidas  y que no nos pueden acompañar a la eternidad.

176.-Vigilar el proceder.
 Vigilar a todas horas la propia conducta. (4,48)

Después de habernos recordado las grandes verdades de la muerte, juicio, infierno y cielo, S. Benito  propone en los siguientes instrumentos unos consejos más especiales para los monjes y traza los rasgos de las virtudes más esenciales.
Nuestra vida se compone de muchos actos y recibe el valor de ellos. Si sin buenos nuestra vida será buena. Si nuestras acciones son tibias o malas, nuestra vida será tibia o mala.
De aquí el cuidado con el que tenemos que velar para que estas riquezas  que llevamos en nuestras manos, no dejarlas perder y así no tendremos que dar una cuenta  terrible el último día. El mal es más fácil de cometer, y el bien es más difícil de hacer.
Para que nuestros actos sena buenos, es necesario que todo en ellos sea bueno: objeto, el fin, las circunstancias.
Tres enemigos se disputan nuestras acciones. El demonio, el mundo y la carne.
El demonio está al acecho para impedir que obremos el bien. Su odio a Dios se vuelve contra su imagen que es el hombre y da vueltas como león rugiente, buscando a quien  devorar. Quiere devorar cada una de  nuestras acciones en su mismo nacimiento. Cuan necesario es estar despiertos para no dejarnos sorprender.
El mundo no puede suportar el bien en  nosotros. No tiene  valor de hacer el bien y nos envía  por encima de nuestros muros, sus emponzoñadas máximas y criterios. Incluso dentro del monasterio, el respeto humano, puede hacer sus estragos. Pueden ser pequeñas envidias, apreciaciones interesadas, ejemplos no edificantes.  Puede constituir un escollo en nuestro caminar.
En fin nuestra carne, nuestra naturaleza caída tiene horror al sacrificio,  tanto como su sed de placer, y busca como huir a la vista del sacrificio.
Buscarnos a nosotros mismos en nuestras acciones, este es el enemigo que principalmente debemos vigilar. Y tanto más tenemos que vigilar, cuanto ese amor a nosotros mismos, es muy sutil para esconderse bajo la apariencia de virtud. Busca por encima de todo contentarse a sí mismo, en lugar de buscar el contento de Dios. Puede incluso encontrar su satisfacción en las mismas penitencias, en la oración, en el silencio o en la conversación. Podemos buscarnos a nosotros mismos, tanto en las lecturas piadosas como en las frívolas, en el trabajo como en el reposo. Se puede manifestar tanto en una regularidad farisaica, que con  la disipación y un dejarse llevar. Tenemos que vigilar nuestro amor propio para no peder toda nuestra vida en su servicio.
De aquí que S. Benito nos propone examinar nuestra conducta no tres veces al día, como S. Ignacio, sino continuamente, a todas horas.

 

 

177.-Discernimiento espiritual.
 Vigilar a todas horas la propia conducta. (4,48)

Para que podamos llevar  a la práctica este instrumento en todo su valor espiritual, no meramente un discernimiento entre lo bueno y lo malo, necesitamos una presencia especial del Espíritu Santo. Esa presencia que se pide en la secuencia cuando decimos: Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos.
La acción del Espíritu se acomoda en nosotros  de tal manera a  los entornos de la vida  ordinaria, que se corre el peligro de pasar a su lado sin darnos cuenta.
La luz del Espíritu penetra  tan profundamente en el corazón que necesitamos una sensibilidad especial para detectarla. S. Pablo dice a los cristianos de Filipos:”Que vuestro amor siga creciendo cada vez más en conocimiento perfecto y en todo discernimiento para que podáis aquilatar lo mejor para ser puros “(Fil. 1,9-10)
Se trata de una especial sensibilidad que se desarrolla en el alma  y permite seguir las huellas del Espíritu para secundarlo, como un perro sigue  el rastro de la caza.
En la tradición espiritual este “olfato”, se llama discernimiento  espiritual. Para poder llegar a él, es por lo que S. Benito   quiere que estemos en todo momento atentos a la propia conciencia.
Después del  concilio, se ha hablado mucho de discernimiento, tanto en la vida religiosa como en la pastoral. Vivimos en unos momentos en que  los problemas no se pueden afrontar por medio de una sabiduría operante ni por el principio de la “estrella polar”.
Solo en una oración diaria intensa  nos podemos dar cuenta del trabajo que está haciendo Dios en el alma. Es en otros términos una toma de conciencia espiritual, una atención activa para conocer lo que hace el Espíritu en nuestra alma.
A esto lo llama también S. Ignacio examen de conciencia, que no tiene nada que ver con la realidad que entendemos habitualmente  bajo este nombre. Para muchos el examen está sobre todo ligado a la vida moral. Su principal objetivo es la buena o mala calidad  de las acciones de cada día.
Sin excluir esta resonancia moral, que es secundaria, el examen del que habla S. Ignacio tiene un significado totalmente diferente. No se trata de un análisis de uno mismo, sino de un diálogo con Dios, en el que se recibe la gracia para conocerse, y velar en todos los instantes sobre la propia conducta. Es vivir y estar como sumergidos en una oración intensa  por la que se pide al Espíritu que penetre hasta lo más profundo del corazón.
Para muchos, el discernimiento consiste en sentarse en una mesa y discutir. Y también con frecuencia decimos: hay que reflexionar. Pero ni la palabrería ni la reflexión son camino por sí solas. La reflexión puede ser una huida  hacia lo imaginario, mientras que la oración es un encuentro con Cristo, es una vuelta a la realidad.
Vemos en el evangelio, que cuando Jesús en algunas ocasiones no percibe con claridad la voluntad del Padre, se sube al monte a orar y obliga también a hacerlo a sus discípulos. Y es que  el discernimiento espiritual tiene que ir envuelto en un clima de oración. Así es como podremos llegar a conocer lo que Dios obra y quiere de nosotros. Esta fue la actitud de la Virgen.”Maria guardaba todas estas cosas  y las meditaba en su corazón”.
El estar velando en todo instante sobre la propia conducta, no tiene como fin principal la calidad moral de las acciones buenas  o malas, sino la manera como el Señor, nos toca, nos mueve y nos conduce.
Esto es más importante que la simple calificación de los actos en buenos o malos. Lo esencial es mantenerse al nivel de profundidad del corazón. Pero como no siempre estamos  bajo la acción del Espíritu, no nos damos cuenta  de  lo que nos mueve en cada instante. Es preciso que dejemos descansar el corazón en un gran silencio. Y poco a poco irán surgiendo en la conciencia los verdaderos motivos  de nuestras acciones

 

 

178.-Vigilar a todas horas la propia conducta. (4,48)

En realidad dudo que S. Benito, al ofrecernos este instrumento,  le concedía esta dimensión un tanto profunda que le estoy dando en este comentario. Pero me da pie para  seguir comentándolo.
Esta vigilancia o examen que quiere encontrar en todo momento   en la vida del monje, en realidad no se trata de un esfuerzo de perfeccionamiento personal o  moral. Se trata más bien de una experiencia de fe  de los movimientos que emplea el Espíritu Santo para acercarse a nosotros y llamarnos al seguimiento de Cristo.
Es evidente que este crecimiento exige tiempo, pero esta atención, entendida como apertura al Espíritu nos renueva y nos enraíza más en nuestra propia identidad.
Esta vigilancia adquiere su verdadero valor, cuando llega a ser una experiencia  cotidiana de confrontación y renovación  de la propia identidad. Es estar atento a percibir la manera como Cristo me está llamando delicadamente  a profundizar y desarrollar mi vocación específica.
Entendido esto así, el examen, o sea esa vigilancia continua, es un tiempo de oración. No una reflexión vacía, ni una introspección. Es una oración en la que repasamos a través de la memoria del corazón y bajo la mirada del Padre, la película  de nuestro vivir diario.
En esta oración pedimos al Padre que nos revele, al ritmo que guste, la ordenación de toda nuestra vida en Cristo. El espíritu de Jesús resucitado nos hace capaces de sentir y escuchar esta interpelación.  Aquí está la verdadera razón y raíz del silencio interior, cuya  señal será el exterior. ¿Cómo poder escuchar esta voz suave en medio del ruido?
El trabajo en esta vigilancia continua, que llamamos examen, es sentir e identificar esta invitación íntimas del Señor que cada día nos lleva a una adhesión a Cristo más profunda. La vigilancia o examen es ante todo oración.
Pero vamos más lejos. Sin este examen, la oración de cada día, aun la intensa y prolongada puede estar aislada del resto de la vida, y no será el camino de encontrar a Dios en la vida real en todas las cosas. Así se puede dar el caso de un monje que ore mucho, pero no perciben lo que Dios les pide  en cada momento. La oración no hace mella en su existencia.
La vigilancia de cada momento  tiende a acoger la acción de Dios  en nuestra vida. Quiere ayudarnos a sentir la presencia activa de la Sma. Trinidad  en lo más profundo de nuestro ser y en nuestra vida. El estar atentos, vigilantes en todo momento, favorece a la vida de oración y a la acción. Tiende a formar un corazón que discierne, activo, no durante un tiempo determinado, sino en todo momento.
Llevando esto a la práctica, de una manera continua, poco a poco el discernimiento espiritual se convertirá en un movimiento natural del corazón Un recuerdo constante y purificante del Señor Jesús, en el corazón de nuestra vida.
Estamos hablando de un don  del Señor, el más importante quizás en la vida del monje.  Así lo expresaba D. Gabriel Sortais. Por tanto hay que pedirlo incesantemente, pero también cuidar su desarrollo en el corazón.
Entendido este instrumento en este sentido profundo, es una pieza maestra en nuestra vida espiritual, tan importante como la oración, por la sencilla razón de que convierte toda la vida en oración.
Puede uno verse privado de la oración prolongada, de la Eucaristía, de otros medios de vida espiritual, pero nunca estaremos dispensados de unirnos a Dios durante todo el día. Esto es lo que los monjes antiguos, siguiendo a Casiano, llamaban la vigilancia y la guarda del corazón.
El nombre de Jesús repetido e invocado  amorosamente es la manera  de vivir esta actitud de vigilancia a lo largo de la jornada.
“Este nombre dulcísimo brilla cuando se publica; alimenta cuando se rumia, y unge y mitiga los males cuando se le invoca.
¿No os sentís fortificados tantas cuantas veces os acordáis de El? ¿Qué cosa hay que pueda nutrir tanto es espíritu  de quien en El medita? ¿Qué otra cosa repara más las fuerzas  perdidas, hace las virtudes más varoniles, fomenta las buenas y laudables costumbres  y mantiene las inclinaciones castas y honestas?”  (S. Bernardo)

 

 

179. Vigilar la conducta.
- Vigilar a todas horas la propia conducta. (4,48)

Por un día más y último reflexionamos sobre este instrumento tan importante. ¿Cómo llevarlo a la en la práctica?
Hemos de tratar  de vivir bajo la mirada de Dios Padre y desplegar ante El  toda  nuestra vida y acción, tratando de percibir la acción del Espíritu en nuestro corazón.
El camino para llegar a esta meta será el recuerdo incesante de la acción del Espíritu en el alma y situarse en perfecta disponibilidad, estando dispuesto a todo lo que el Señor quiera de nosotros.
No se trata por tanto de una mirada hacia atrás, sino de una prospección hacia delante, con el deseo de que todo sea purificado.  No se trata de hacer un examen al modo de un  comerciante que hace su balance anual.
 En un mismo instante trataremos de conciliar la actitud interna de acción de gracias con  la petición de luz.  Se trata de que en cada momento estemos echando una mirada sobre nuestra vida, no para quedarnos en contemplación de nuestro “yo”, sino para unirnos al Señor que actúa en nosotros. Petición de fuerza, pues sin la gracia no podremos unirnos como connaturalmente con El.
Lo nuestro es buscar,  pedir, amar y esperar. El encontrar depende del Espíritu.  Y la mirada sobre nosotros mismos es para discernir lo que Dios me está pidiendo en cada momento.  Es una actitud de atención, de escucha  y de receptibilidad, que precisa tranquilidad interior y paz.
La oración afina nuestro oído para escuchar la voz del Señor. Existen decibelios  que vienen del cielo, y que los oídos si están habituados al ruido, no oyen.
Como con  frecuencia podemos constatar que nuestra actividad se ha impuesto a la del Espíritu,  y que ya no es una respuesta. Al descubrir esta situación brota una petición de perdón.
Si estamos como quiere Benito vigilantes sobre nosotros, nos daremos cuenta que hay cosas que tienen que cambiar en nuestra vida y estaremos más atentos a la voz del Espíritu, de tal manera que su eco llegue a lo más profundo del ser.”Que la palabra de Dios te penetre hasta las junturas y médulas.”  (Heb. 4,12)
Un anciano hermano nuestro decía:” Dios lo hace todo…pero depende de mí el que lo haga”. Es el consentimiento a la acción de Dios que siempre nos está rodeando.
Estamos invitados al banquete de la unión con Dios. No busquemos excusas. Cristo   condena, no a los débiles, sino a los  que encuentran excusas para escabullirse. Quizás no decimos”no”, pero tampoco “si” enseguida. Y si decimos “mañana” de hecho estamos diciendo “no”. El amor no discute nunca, dice siempre “si”

 

 

190.-presencia de Dios
Estar firmemente persuadido de que no hay lugar alguno en el que Dios ni lo esté mirando. (4,49)

Lo pensemos o no lo pensemos, Dios está presente en todas partes, en nosotros y fuera de nosotros. En El  tenemos la vida, el movimiento y el ser, dice S. Pablo.
Tener este recuerdo actualizado, nutrirlo habitualmente, servirse de él para vivir bajo la mirada de ese Dios infinitamente grande y amoroso, justo, bueno, y conversar con El, es lo que llamamos el ejercicio de la presencia de Dios.
No es por tanto un acto de sola la inteligencia, que piensa en Dios. Menos aún un esfuerzo de la imaginación, para  imaginarse a Dios presente. Es principalmente un acto de la voluntad que se une a Dios  por el amor al Dios que reconoce presente. Conlleva confianza en su bondad, unión total a su voluntad.
S. Benito quiere que sus monjes hagan habitual este ejercicio, viviendo en la presencia de Dios de una manera consciente. Tenemos que esforzarnos en lo que esté de nuestra parte, en realizar este deseo de nuestro Padre, y llegar a vivir como él sumergidos en Dios.
¿No es Dios todo para con nosotros? ¿En quién pensaremos si no pensamos en Dios? Nos mira en todo tiempo y lugar. ¿Cómo podremos olvidar esta penetrante mirada? Nos permite estar cerca de El, nos invita a  conversar sin cesar con El. ¡Qué felicidad para nosotros si vivimos así en su presencia! ¡Que manantial de santificación es vivir así!
Anda en mi  presencia, decía Dios a Abraham, y serás perfecto. Si la mirada de los hombres es tan eficaz para mantenernos en el deber, cuanto más lo será la mirada del mismo Dios. Por eso todos los maestros espirituales recomiendan este  ejercicio de la presencia de dios como un gran medio de santificación.
S. Benito, después de haber prescrito la vigilancia sobre nuestras acciones, nos propone este ejercicio como uno de los mejores medios para  progresar en la vida monástica.
Nuestra  experiencia se une a  la voz de Dios y de los santos., para  decirnos que si queremos evitar el pecado, progresar en las virtudes, vivir una auténtica vida monástica, encontraremos un poderoso auxilio  en el recuerdo de la presencia de Dios. Cuando tenemos a Dios en nuestra mirada, recordaremos mejor  nuestro deber, los sacrificios se nos hacen fáciles, y los realizamos con más amor, descubriendo mejor la malicia del pecado. “Como puedo hacer esto ante la faz de mi Dios” decía José.
Podemos estar ciertos que toda falta, toda debilidad,  toda languidez, comienza por haberse debilitado nuestra fe en la presencia de Dios.
Puede decirse que la presencia de Dios es la mejor manera de hacer examen de conciencia. El examen pretende que caigamos en la cuenta de nuestras faltas, su malicia, su principio. ¿Dónde encontraremos mejor luz para todo esto?
Mirando a Dios nos es más fácil el recogimiento y vemos lo que pasa por nuestra conciencia. La presencia de Dios es el libro abierto donde mejor leemos el estado de nuestra alma.
El examen tiene que ir acompañado de la oración, pues necesitamos gracia para conocer las faltas, llorarlas e implorar perdón. Nos conduce por tanto a la fuente de las gracias que es la misericordia divina. Esto hace de una manera eminente el ejercicio de la presencia de Dios.
El examen ante todo tiende a restablecer el orden de nuestra alma, reanimar nuestra buena voluntad, y unirla a la voluntad de Dios.  Y el ejercicio de la presencia de Dios no hace otra cosa.
El pensamiento de que Dios nos ve, no es para herir  nuestra imaginación con una idea estéril, sino para estrechar los lazos  de nuestra unión con Dios.
La conclusión de todo esto, es que para hacer unos exámenes serios y provechosos, hay que hacerlos en la presencia de Dios y este ejercicio será tanto más eficaz para nuestra corrección, cuanto más acompañado vaya  de la presencia de Dios.

 

 

191.-El combate espiritual
 Estrellar los malos pensamientos  que le combatan, en Jesucristo. (4,50)

De una manera gráfica y considerando a Cristo como la roca de que mencionamos en los salmos, S. Benito enseña como se ha de luchar contra el mal en su mismo inicio.
Jesús está cerca de nosotros. Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo. Es más, está en nosotros por su gracia y por lo tanto pronto a socorrernos cuando le invocamos.
Conoce los malos pensamientos que nos asedian, ve nuestras luchas y cómo les resistimos. Esta verdad de la presencia del Señor que es útil siempre, lo es mucho más en las dificultades o tentaciones.
El enemigo comienza por sugerirnos un mal pensamiento, que puede ser  muy variado: orgullo, presunción, de desaliento, de codicia, de envidia, de gula… es una flecha emponzoñada que no tenemos que dejarla entrar en nuestro corazón.
Si no lo rechazamos, tras el pensamiento vendrá el agrado, y esta delectación producirá el deseo  y llegará finalmente el consentimiento, o sea la muerte del alma. Como los israelitas en el desierto, levantemos los ojos a la serpiente de bronce, mirar a nuestro Señor y el cruzar nuestra mirada con la suya  bastará ordinariamente para alejar de nuestro corazón  los pensamientos peligrosos que hayan podido introducirse.
Los méritos de nuestro Señor son todo nuestro recurso. Jesús es nuestro salvador, dándonos su sangre, su vida. Aplicarse diariamente sus méritos podremos luchas contra el mal, ya que solo unidos a El podremos hacer el bien.
El que se apoya en la gracia de nuestro Señor, es invencible y por ello hemos de poner todo nuestro esfuerzo en permanecer unidos a los méritos del Salvador, pero lo es sobre todo cuando arrecia la tempestad. Reconociendo nuestra impotencia absoluta para vencer la tentación, redoblemos la confianza  en aquel que quiere y puede salvarnos. Lanzarle un gripo como los apóstoles: Señor, sálvanos que perecemos. O decir con la calma y confianza de Marta y María: Señor, el que amas está enfermo.
S. Benito nos propone al fin del prólogo, a participar en la pasión de Cristo. Nos ofrece a Jesús paciente como ejemplo de paciencia, obediencia y humildad. Repite varias veces que tenemos que amarla más que a todas las cosas. No anteponer nada al amor de Cristo.
En la meditación frecuente de la pasión, recibiremos como S. Benito y todos los santos, el espíritu de amor y sacrificio. En esta meditación encontraremos sobre todo la victoria sobre una tentación persistente. S. Bernardo decía a sus monjes y en ellos a nosotros: “vuestra Pasión es nuestro refugio supremo y remedio eficacísimo para curar todos los males, de modo que cuando la sabiduría nos abandona y nuestra justicia es deficiente y sucumben los méritos de nuestras buenas obras, entonces viene ella en nuestro socorro.”
Veamos como expía Jesús nuestros   pensamientos de orgullo,   con oprobios y humillaciones. Como expía nuestras  culpas y veamos si queremos renovar, en frase de S. Pablo, sus torturas.
Con esta contemplación, unida a la oración, es imposible que no se encuentre la energía, la pureza, la calma, la paz. 
Así obraba S. Bernardo y lo enseña: “por lo que a mí me toca, hermanos, desde el principio de mi conversión, para suplir  en lo posible mi absoluta carencia  de méritos, he tenido que formar un manojito y colocarlo entre mis pechos, después de haber juntado en un haz,  todos los dolores y amarguras de mi Señor.” Y va recorriendo todos los sufrimientos desde su niñez hasta la cruz, Y sigue, “mientras tenga vida me acordaré de esos favores tan señalados, jamás olvidaré esas inefables misericordias pues a ellas soy deudor de mi vida.”

 

 

192 Los malos pensamientos
Y descubrirlos(los malos pensamientos) al padre espiritual. (4,51)

Todos los maestros de vida espiritual están unánimes en afirmar la gran importancia que tiene el descubrir los malos pensamientos, dificultades, tentaciones, al  padre espiritual.
Los antiguos eran muy severos en este punto. Incluso S. Antonio y S. Basilio  aconsejan descubrirlos, no solamente a un monje anciano, sino a toda la comunidad en público. S. Benito se contenta con que se descubran al abad o a un anciano espiritual.
S. Antonio expone la razón  de su consejo. El gran medio de alcanzar la virtud es o bien ser vigilado por todos los hermanos o bien descubrir todos los pensamientos. Y  S. Atanasio dice que se evita el pecado cuando se sabe que posteriormente ha de confesar su falta en público.
S. Ignacio es un maestro consumado en esta materia y dice como el demonio obra como un cortesano que quiere seducir a una joven honesta. Lo que más teme es que se vean descubiertos sus designios. Por eso el demonio se esfuerza en impedir que la persona tentada hable y descubra su dificultad al su director.
En la confesión de los pensamientos  hay además un acto de humildad que bendice Dios, y a veces es tan visible esta bendición que basta tomar la resolución de abrir su conciencia, para que desaparezca la tentación.
Nadie  podrá darnos consejos útiles, si no conoce nuestras necesidades. Por esto la importancia de la claridad en la exposición.
En realidad, la dirección espiritual se extiende a otros muchos aspectos, no solamente a los malos pensamientos, así el comportamiento en la oración, el esfuerzo y medios para adquirir tal determinada virtud. Las dificultades y disgustos  en el ejercicio  de la vida espiritual, ya que tiene como finalidad el bien y el mal.  El mal para desarraigarlo y el bien para desarrollarlo. Pero lo que sobre todo está recomendado por este instrumento, es el descubrir los malos pensamientos.
Cuando hablé del acompañamiento espiritual, comentado las conferencias del P. General, ya se expusieron  las razones que había, tanto en pro como en contra, de juntar o separar la dirección de la confesión.
El P. General decía que no es fácil ni necesario dar una respuesta absoluta  sobre un aspecto excluyendo la alternativa. En ambos casos hay razones en pro y en contra.
Cuando el acompañamiento y la confesión van juntos, el aspecto sacramental de esta  permite ubicar la dirección en su contexto más explícitamente eclesial, evitando así cualquier tipo de individualismo intimista. También se evita con más facilidad dicotomizar la vida de oración y la vida moral cotidiana.
Hay otras ventajas. Así el discernimiento propio del acompañamiento  puede  ayudar a un mejor examen de conciencia previo a la confesión y la absolución. El progreso constatado en el acompañamiento ayudaría a  no deprimirse por la  presencia del pecado en la propia vida.
La unión entre confesor y acompañante puede ser causa de mayor fruto, ya que la misma persona es la que aconseja, ayuda, juzga  y perdona en el contexto de un único encuentro y diálogo. Una confesión bien hecha será siempre el mejor medio de triunfar de los pensamientos o tentaciones importunas, y uno de los mejores medios de santificación, ya que es la gracia la que nos santifica y los sacramentos son los grandes canales de la gracia.
El P. General también señala algunas razones por las que se puede separar ambos ejercicios. Así, no confinar el carisma de la dirección  a un determinado tipo de personas. También podría llevar a la confusión o  peor aún,  trasformar el acompañamiento en un mero moralismo orientado  al simple  no pecar.  Aparte de las restricciones del CIC en los c. 630 y 985.

 

193.-Abstenerse de palabras malas y deshonestas. (4,51)


Nuestra boca está consagrada  de un modo particular al servicio de Dios. El lenguaje del mundo no nos está permitido. En la medida que nos dejamos empapar del espíritu monástico se manifestará por un nuevo lenguaje.
Nuestra boca, como la del justo de los salmos,  debe meditar la sabiduría y está destinada a bendecid y alabar a Dios. Cuan limpia tiene que ser la boca del que canta todos los días las alabanzas del Señor, del que  recibe el cuerpo de Cristo.
Y no obstante es fácil manchar la lengua con palabras groseras o culpables. Casi tan rápida como el pensamiento, la palabra sale tan rápida como una flecha llevando la devastación a todas partes por donde pasa.
Si guardamos bien nuestra boca, preservaremos nuestra alma de muchas faltas, y no seremos motivo de escándalo para aquellos que nos escuchan. Porque si la boca del justo es fuente de sabiduría, del mismo modo  la boca del impío produce muchos males, dice la Escritura.
Lo que S. Benito nos manda en este instrumento, no es más de lo que tiene que hacer todo cristiano y que  posteriormente nos recordará en el capitulo del silencio. Pero en este deber se oculta una gran perfección, según dice Santiago: El que no ofende con la lengua, es un varón perfecto.
La palabra mala no es solo la que ultraja a Dios  por el desprecio de su santo nombre. Es también la que desgarra al prójimo por la calumnia,  la injuria, la que ofende a la pureza por la licencia del lenguaje. La que ofende a los demás con palabras groseras, que manifiestan el bajo nivel cultural y de educación.
Es mala toda palabra que parte de un principio malo, es perversa toda la que tiene un mal fin. Es por tanto mala toda palabra que tiene por origen el orgullo, la vanidad, la cólera, la envidia. Es también toda palabra que tiende a lesionar la justicia, la verdad, la caridad. Toda palabra que perjudica al hermano en sus bienes, en su cuerpo o en su alma. Toda palabra que ofende los oídos del que la escucha.
¿Cómo preservarnos de estos males? De dos modos, primero velando atentamente sobre nuestras palabras, y  en segundo lugar, reflexionando  maduramente antes de hablar. Así nos  lo dirá S. Benito en el capitulo sobre la humildad en el 9 y 11 grado.
El Espíritu Santo ya dijo en el Eclesiástico, dichoso el que sabe poner una guardia en su boca y un sello a sus labios, no será victima de su lenguaje. Pero no basta esta vigilancia exterior, hay que ir a la raíz del mal, que está en el corazón. La palabra no es más que la manifestación de los sentimientos y disposiciones del corazón. De la abundancia del corazón habla la lengua. Es por lo tanto el corazón al que hay que limpiar de todo sentimiento de orgullo, antipatía, envidia.

 

 

194.- No ser amigo de hablar mucho. (4,53)

El Espíritu Santo declara que la lengua es un instrumento de iniquidad, y que nos es imposible evitar el pecado si hablamos mucho. (Prov. 10,19) El que habla mucho hiere su alma (Ecle. 20,8)
Un hombre locuaz, dice S. Ambrosio, es un recipiente lleno de hendiduras, que deja escapar  por todas partes el licor precioso que debía contener. Pierde toda su riqueza interior y se deja invadir por las malas aguas de fuera.
Pero  no solamente hemos de evitar el pecado, sino que hemos de  huir de toda ocasión de pecado. Si conservamos afecto al pecado, somos tan culpables como si lo hubiéramos cometido, y si no evitamos la ocasión, es señal de que le conservamos más o menos afecto.
Si tenemos horror al pecado, debemos por ello  evitar las conversaciones largas, porque son  según el Espíritu Santo una ocasión cierta  de pecado. El mero gusto de hablar mucho denota una tendencia que se aproxima al pecado.
¿Por qué gusta hablar mucho? ¿Es por la gloria de Dios? No será  principalmente por nuestra propia satisfacción Y es ya una imperfección.   Y si para procurarnos esa satisfacción natural descuidamos alguno de nuestros deberes., estamos en el desorden del pecado aún antes de haber hablado.
La virtud del silencio no consiste en no hablar nada, ya que hay cosas que es necesario decir. S. Benito no prohíbe e las comunicaciones necesarias a no ser  en ciertos momentos consagrados al silencio de un modo particular. Lo que prohibe son las palabras inútiles. No consiste tampoco en no hablar mucho, ya que hay circunstancias y cargos que exigen largas conversaciones. Ntro. Señor hablaba con frecuencia todo el día. S. Francisco de Sales y  otras tantos santos, ase veían a menudo obligados  a hablar horas enteras.
La virtud del silencio consiste en amor al silencio. No se posee esta virtud, si aunque no se hable, se desea la conversación  y se manifiesta mucha alegría cuando se encuentra alguna ocasión de hablar.
Se la puede poseer por el contrario la virtud del silencio hablando mucho, si no se aman las conversaciones y si se encuentra siempre con agrado en la soledad.
La vida interior reclama igualmente el silencio. En el silencio y la quietud  progresa el alma devota, dice la Imitación, porque allí encuentra el alma torrentes de lágrimas para lavarse y purificarse, para hacerse tanto más familiar con su Creador, cuanto  más alejada esté de todo tumulto del mundo.
Pero si nos gusta hablar mucho, nunca llegaremos a la vida interior. Dios no se comunica más que a las almas silenciosas. La llevaré a la soledad y allí le  hablaré al corazón (Os. 2,14) El Señor no viene a nosotros cuando nos lanzamos en medio  del torbellino y agitación de las criaturas. El Señor no está ni en el terremoto ni en huracán, sino en la suave brisa. (1 Re. 19)  Es preciso prestar oído atento para oírle.
El monje que está unido a Dios no siente necesidad alguna de  hablar. No solamente vive en soledad, sino que ama la soledad que le permite tener un ambiente de silencio. Esto es muy importante, me decía el P. General en Cardeña, pues afecta a la esencia de nuestra vocación. Fijarse no tanto en si se vive en soledad, cuanto que se ama la soledad.
Por el contrario, las conversaciones humanas le fatigan por su vanidad, su mentira o su egoísmo. Prefiere mil veces la conversación divina de la oración donde respira a pleno pulmón la verdad para su inteligencia y donde toma  para su corazón un alimento sano, abundante y delicioso. No solo no le gusta hablar mucho, sino que detesta  los entretenimientos superfluos que como sabe por experiencia le arrebatan la dulzura de la oración. Le hace perder a menudo la unión con Dios y dificulta la vuelta al recogimiento.

 

 

195. No decir necedades o cosas que exciten la risa. (4,54)

En anteriores instrumentos  nos ha dicho S. Benito que custodiemos la boca,  que no gustemos de hablar mucho,  y más adelante nos dirá no gustar de reír mucho. En este instrumento es categórico  y exclusivo. Ni palabras vanas o necedades como traduce Iñaki, y en el cap. VI. nos dirá que condena a eterna clausura toda palabra vana o que mueva a la risa, en todos los lugares del monasterio.
Esto no quiere decir que en el monasterio benedictino  se viviese esto así de riguroso, ya que cuando habla de la Cuaresma dice que en estos días se abstengan de conversaciones y bromas, lo que indica  que no todos  llevaban a la practica este instrumento de modo habitual.
El monje ferviente encuentra su gozo en el servicio de Dios y no es un misántropo. Sabe decir palabras  amables, su palabra es dulce y templada porque brota de su gozo interior. Y con mucha frecuencia también es un acto de caridad,  un medio de consolar a un hermano afligido  mostrándole el afecto y ayudándole a aceptar algún sacrificio. En una palabra no se trata de algo vano, sino de algo que hace el bien.
En algunas ocasiones se ha censurado a los monjes de haber exagerado el silencio. Pero hay que tener en cuenta que el monje es un cristiano que se aplica a amar a Dios con todas sus facultades, que vive la renuncia  de todo aquello que sea un estorbo en el seguimiento de Jesús y por  ello se hace extraño a los hábitos del mundo, y trata de vivir habitualmente en la presencia de Dios, según hemos visto en instrumentos anteriores. Un monje que así vive ¿es posible que guste de hablar naderías y frivolidades?
                       Un hombre serio no puede tener los gustos  de un niño ni entretenerse en los juegos infantiles. Un hombre de negocios, se consagra por entero a ellos y no pierde el tiempo en fruslerías.  ¿Acaso el religioso no es un hombre serio ocupado en el negocio más importante, el de la salvación del mundo a través  de su santificación?
El monje que se entretiene en conversaciones frívolas demuestra que se ha olvidado de su santificación, no tiene espíritu religioso, ni cristiano, ya que Jesús dijo a sus discípulos sin excepción  que tendrían que dar cuenta de toda palabra ociosa.
Los santos  sabian decir una amable chanza, pero por caridad, con reserva y modestia, no por pura satisfacción personal, ni para hace reír. Aunque provocase la risa, como lo hace S. Bernardo en algunos de sus sermones. A ejemplo suyo derramemos la alegría en torno nuestro y no siendo censores inoportunos tomando un aire de enfado en las conversaciones que nos molesten. Sepamos aceptar y decir en las debidas circunstancias alguna broma, pero que siempre sea mirando a Dios, para hacer el bien y no para buscar la propia satisfacción.

 

 

196.- No reír mucho ni descomedidamente. (4.56)

La lectura  de este conjunto de instrumentos que hace referencia al silencio, desconectada de la vida ordinaria del monasterio, da la impresión de una austeridad poco humana. No se trasparenta ese gozo propio de todo seguidor de Jesús.
Es algo parecido a lo que sucede con la lectura de las Cautelas y demás obras de S. Juan de la Cruz separadas de la vida ordinaria. Un santo de tanta dulzura, se refleja con suma austeridad atendiendo solo a la doctrina. Lo mismo sucede con el abad de Rance.
Hay que tener en cuenta también los diversos caracteres según las distintas regiones. Me contaba el H. Antonio que le refería un sacerdote de Suiza, del modo de vivir allí. Nadie habla en la calle o en autobús. Y si se oye alguna voz, ya se sabe, se trata de un español o de un italiano. Sta. Teresa no creía pudieran las jóvenes andaluzas vivir en el Carmelo ni D. Gabriel Sortais los sudamericanos en la Orden.
Hemos de entender las sentencias de los santos unidas al conjunto de la vida y no aisladas. S. Bernardo dice  unas frases que se podría aplicar a este instrumento: “Si conocierais las obligaciones del monje, no comeríais  un bocado  de pan sin rodearlo con vuestras lágrimas” Y S. Basilio dice:”oyendo condenar el Señor a los que ríen en esta vida, debemos concluir evidentemente  que el cristiano no tiene motivo alguno para reírse. Y cuando consideramos el gran número de los que quebrantan la ley de Dios, que deshonran a su  Padre celestial, ¿No debemos llorar y gemir por su suerte?”
S. Benito  en otro lugar nos invita a confesar en la oración  todos los días, con lágrimas nuestros descarríos pasados. Quiere que todas nuestras oraciones se hagan con compunción y lágrimas. Sobre todo en el tiempo cuaresmal.
Hay risas y risas. Tiempo de reír y tiempo de llorar nos dice la Escritura.  Reír mucho y ruidosamente no conviene  a un monje, pues la risa inmoderada  no suele ser efecto de la gracia, que siempre es pacífica. Es fruto de la naturaleza que encuentra  su satisfacción a la que se lanza sin control. Según S. Bernardo la risa inmoderada es fruto de un alma disoluta y negligente, es decir de un alma que no se somete a la voluntad de Dios, no busca a Dios y va donde le conducen sus caprichos a través de las criaturas.
En fin, según los autores espirituales, la risa inmoderada es fruto de la disolución y negligencia  y es al mismo tiempo una fuente de disipación, dejando a Dios para seguir a la naturaleza  Es uno de los grandes enemigos de la vida contemplativa, que se alimenta de oración, compunción, renuncia a los instintos de la naturaleza y unión con la voluntad de Dios.
La melancolía no ha sido nunca una virtud. El monje fervoroso ha de estar siempre sonriente, y buscando a Dios lo encuentra. Y encontrando a Dios, encuentra igualmente el reposo y la paz del corazón de donde nace la verdadera alegría. “Tomad mi yugo y  encontrareis descanso para vuestras almas”
Así conservar la sonrisa y una dulce serenidad es una manera de mostrar la felicidad que encierra el servicio del Señor.
Podemos tener tentaciones, pruebas, pero el amor exige que las pasemos con santa alegría. S. Pablo dice de él que sobreabundaba de gozo en medio de sus tribulaciones.
La caridad con el prójimo exige que nunca seamos una carga para los demás hermanos por causa de nuestra melancolía. Y el buen ejemplo pide igualmente que sembremos en torno nuestro la alegría que el Señor desea ver en sus servidores.
Cualquiera que sean los sentimientos internos, nuestro aspecto externo no debe perder su serenidad.

 

 

 

197.-No reír mucho ni descomedidamente. (4,55)

Al leer estos instrumentos, así como el capítulo 7, de los grados de humildad, se observa  que la regla de S. Benito no da mucha cabida a la risa.
Ya decía en la conferencia anterior que esto tiene mucho que ver con el carácter  de los diversos pueblos. (P. Francisco Rafael durante su estancia en EE.UU. lo observaba así)  S. Benito cita algunos textos bíblicos  para justificar esta postura. Pero hay otros textos que no la corroboran. Si bien Jesús dijo: Ay de vosotros los que reís, poco antes había dicho: Bienaventurados los que lloran, porque reirán.
La Escritura  juega con dos aspectos de la risa. Hay una risa  de incredulidad, pero que ante la maravilla divina puede trasformarse en una risa de feliz admiración.
Ciertamente el hombre bíblico sabe reír. Hay más textos de  los que a primera vista se cree de relatos bíblicos que encierran una gran fuerza cómica.
En realidad a través de los textos se oye más la risa del necio, es decir del hombre que camina fuera de la verdad, que la risa del justo.
La risa del necio es la risa impura (Ecle. 7,13) o sencillamente exagerada (21,20), mientras que la del sabio es  discreta.
Es sobre todo la risa del burlón. Termino de un significado muy preciso, que designa al hombre refractario a la corrección (Pro. 13, 1; 15,20) a la enseñanza, a la aceptación de la fe. El burlón es lo opuesto del sabio (Prov. 9,12) Responde con sus burlas a las palabras de Dios (Je 20,7s) Así sucedió ante el anuncio de la resurrección de los muertos por parte de Pablo en el Areópago.
El burlón se ríe del justo, sobre todo si sufre, (Sal 21,8: Lam 3,14) Los burlones se dejan oír en el Calvario.
La risa del creyente, del justo, también aparece en el Eclesiástico, que reconoce que hay un tiempo para reír (3,4). En efecto, la risa cambia de sentido  según las personas y los tiempos. En su día se reirá el justo del impío. (Sal 51,8) como Dios se burla de los burlones.
El ridículo que promueve la risa, es un arma contra los falsos dioses, manejado por Elías en el monte Carmelo y por la carta de Baruc. Los mártires Macabeo ejercen el sarcasmo  frente a su  perseguidor.
Sin embargo la risa del justo puede expresar que se desentiende de toda polémica y se ve colmada de felicidad por estar llena de Dios. (Sal 25,2: Job 8,21) o confiada como la mujer fuerte que sonríe  al día desde la  mañana.
Jesús dijo que la risa de los satisfechos (Luc 6,25) no duraría, pero lo que lloran les prometió reír con un gozo definitivo. (Luc 6,21)


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198.- Oír con gusto las lecturas santas. (4,56 o 55)

Comenzamos como una segunda parte de los instrumentos   que presenta una característica bastante diferente. A partir del instrumento 44 es como un programa de ascesis. Este plan de ascesis de esfuerzo  personal, enteramente fundamentado en la  ayuda de la gracia de Dios, se completa con otras máximas como  la que  hoy comentamos, oír con gusto las lectura santas, y seguirá con la exhortación a la oración frecuente, a la compunción…
Las lecturas santas son el alimento de nuestra inteligencia. Actualmente es evidente su necesidad, así lo disponen las Constituciones y las directrices de la Iglesia,  que nos exhortan y manifiestan la necesidad de los estudios en los monjes. Dejamos de lado toda la polémica sobre este tema entre Rance y Mabillon. Los labios del sacerdote deben custodiar la ciencia y de su boca  esperarse el conocimiento de la Ley. Malaquias 2,7.
Pero no hay que olvidar que la ciencia por excelencia es  el conocimiento y amor de Dios y todos los estudios y lecturas del monje   están orientados a  este fin. Pero mal orientados  pueden ser más bien un veneno que  excite el orgullo y de muerte a la humildad.
En el capitulo 73  indica S. Benito los principales libros que a su juicio y en su época, tiene que estudiar con preferencia el monje: la Sagrada Escritura, los santos Padres,  los escritos de los Padres del Desierto, las enseñanzas y vida de los santos. Y por supuesto la Regla de S. Benito que quiere que se lea con frecuencia en comunidad, para que nadie se excuse de ignorancia. Por tanto todo libro de espiritualidad que sea serio y  lleve al monje a conocer y amar a Dios.
Las lecturas santas son un estimulante para nuestra voluntad. La fuerza nace en la voluntad a medida que se hace luz en la inteligencia. Nuestra voluntad se debilita rápidamente  cuando disminuye la luz den la inteligencia, y llega a extinguirse poco a poco bajo el soplo de las criaturas y de las pasiones.
Si queremos reanimar nuestra voluntad, es necesario llevar nuestra inteligencia a las fuentes de la luz. Y esa luz no la encontraremos en lecturas profanas, sino en la Sagrada Escritura, en sus comentarios, en  los tratados de los santos Padres y maestros de espiritualidad. Aquí encontraremos luz y fuerza.
El Verbo de Dios que vino a este mundo, está oculto en las Sagradas Escrituras y ese Verbo de Dios, verdadera luz,  es una palabra viviente y eficaz.
Leer atentamente la palabra divina, meditarla, dejarnos penetrar por ella como espada de dos filos, que divida los movimientos del espíritu de los de la carne.
Ojala que siempre podamos decir después de una santa lectura, lo que los discípulos de Emaus.”¿No se abrasaba nuestro corazón, mientras nos hablaba y explicaba las Escrituras?
Tenemos necesidad de consuelo en nuestra vida monástica, ¿Dónde  lo encontraremos? Triste sería ver al monje  contemplativo buscar ese consuelo en ocupaciones infantiles, en estudios profanos, en la lectura de revistas frívolas. ¿Quién puede consolar y fortalecer nuestro corazón, sino el que lo ha hecho y conoce sus necesidades? Si necesitamos  recreadnos y consolarnos, vayamos a Dios, busquémosle en lecturas santas. En El encontraremos el consuelo  pleno. Así lo dice Pablo en Rom 15,4: En efecto todo cuanto fue escrito en el pasado,  se escribió para enseñanza nuestra para que con la paciencia y el consuelo que dan las escrituras, mantengamos la esperanza.
Cuanto conforta la lectura, de una pagina del evangelio en momentos de sequedad. Cierto que hay que romper en un primer momento una repugnancia que el demonio nos inspira  para esa clase de lecturas en los momentos de desolación.
Cuanta verdad encierra  lo que dice la Imitación: Cuando Jesús está presente, todo es bueno y no parece cosa difícil. Mas cuando está ausente todo es duro.  Cuando Jesús habla una sola palabra, gran consolación se siente. Oh, bienaventurada  hora cuando Jesús llama de las lágrimas, al gozo del espíritu. Cuan duro y seco eres sin Jesús. Estar sin Jesús es grave infierno, estar con Jesús es dulce paraíso. Si Jesús está contigo, ningún enemigo podrá dañarte. El que halla a Jesús halla un gran tesoro, el que pierde a Jesús  pierde mucho y más que todo el mudo. Pobrísimo es aquel que vive sin Jesús  y riquísimo el que esta  bien con Jesús.  Muy grande arte es  saber conversar con Jesús, y gran prudencia saber tener a Jesús. Se humilde y pacífico, y será Jesús contigo. Se devoto y sosegado, y permanecerá contigo Jesús.
 Las santas lecturas nos llevan a un encuentro con Jesús.
 

 

199.- Oír con gusto  las lecturas santas. (4, 55)

Vamos a detenernos un día más sobre este instrumento, sin pretender por supuesto agotar el tema.
Las lecturas deben ser bien elegidas, ya que son como el alimento de nuestra alma.
Así  como los buenos alimentos recibidos en un estómago sano ayudan a gozar de buena salud, del mismo modo las lecturas  hechas por un monje bien dispuesto en su interior, le harán cada vez más fuerte y generoso para el divino servicio.
Si  por el contrario vamos como las mariposas  de flor en flor (mariposeando) sin detenerse a sacar el néctar de ninguna, si no leemos más que frivolidades,  nuestras lecturas nos harán necesariamente frívolos.
La finalidad de nuestra vida monástica es buscar a Dios. Tengamos por consiguiente aquellas lecturas que nos faciliten esta búsqueda,  para que tengamos medios para conseguirlo, y estimularnos en los momentos de debilidad.
En segundo lugar, no basta que la lectura sea  santa, es preciso que sean apropiadas a nuestro momento espiritual. Un libro que a uno le viene bien, a otro puede que le deje frió, e incluso  perjudicarle.
Siempre será un elemento saludable, la lectura del NT, la Regla, las obras d e S. Bernardo donde encontramos  a un mismo tiempo Sagrada Escritura, Regla  y teología ascética y mística. En una palabra, toda la ciencia necesaria a un monje cisterciense. Este fue el alimento que nutrió a las primeras generaciones de monjes, en la edad de oro de la Orden.
S. Benito precisa el modo de oírlas (hacerlas) “libenter” es decir con gusto, de buena voluntad, con espontaneidad. El alimento para que haga todos sus efectos, tiene que ser tomado con apetito. Debemos darnos a la lectura con un afectuoso deseo. Y no  es una vana curiosidad que busca el placer, o que quiere simplemente estudiar por el hecho de saber, adquiriendo una ciencia especulativa.
No es a la criatura la que tenemos que buscar, sino la justicia. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, solo así con esta condición es cuando Jesús dice que serán saciados.
En deseo  por  las santas lectura no es otra cosa  que celo por nuestro único negocio la trasformación en Cristo.
Si queremos sacar provecho de las santas lecturas, tenemos que leer  con humildad, sencillez, fidelidad, y no para aparecer sabios.
Algunos se preocupan más de saber que de vivir santamente y de ahí por que se extravían con frecuencia y no sacan ningún fruto de la lectura.
La lectura debe ir acompañada de la oración y la reflexión. Según S. Benito la oración debe preceder a todos nuestros actos, debe de modo particularmente presidir nuestras santas lecturas.
Vamos a escuchar a Dios que nos habla a través  del libro que tenemos entre manos. Pidámosle que abra nuestra inteligencia a sus divinas enseñanzas. Sin la gracia de Dios no podemos comprender ni gustar, ni practicar su ley. Pidamos esta gracia y la recibiremos. En el libro de los Usos se mandaba que por lo menos los primeros versículos de la Biblia los leyésemos derrotillas en la lectura particular de cada uno.
La gracia, sin embargo, no lo es todo, si queremos hacerla producir todo su fruto, será necesario  que la ayudemos con el trabajo de la reflexión. Así como el alimento, si queremos que nos aproveche, tenemos que masticarle, lo mismo sucede con el alimento del alma.  De nada sirve leer mucho, lo importante es aprovecharnos bien de la lectura reflexionándola con cuidado, interrumpiéndola de tiempo en tiempo, no con la finalidad de discutir el estilo o las opiniones del autor, sino para asimilar la verdad práctica que propone. Así lo entendieron S. Benito y nuestros primeros Padres. Leían atentamente, reflexionaban  y luego marchaban al coro con el espíritu lleno de de santos pensamientos, y el corazón todo dispuesto a las comunicaciones del Espíritu. Así lo hacía también el P. Francisco cuando estudiaba la teología en La Oliva. Después de estudiar y reflexionar un tema, acudía  a la capilla de la enfermería para orarlo.
Si hacemos así las santas lecturas, nuestra oración estará siempre preparada. 

 

 

200.-Oración frecuente
 Postrarse con frecuencia para orar, (4,56)

Con distintas palabras pero con el mismo contenido es el “ocuparse  con frecuencia a  en  la oración”
En la redacción de este instrumento  S. Benito ha tenido en la mente una carta de S. Jerónimo, y sobre todo la conferencia 9 de Casiano.
Al final de esta colación, Casiano dice, que debemos orar con frecuencia, pero con brevedad, porque  si prolongamos la oración corremos el peligro que el enemigo, que nos espía de continuo, introduzca en  nuestra mente alguna distracción.
Este es el sacrificio verdadero, ya que el sacrificio grato a Dios es un corazón  contrito, esta es la oblación saludable, el sacrificio de alabanza.
Si presentamos a Dios con el fervor e intención debidas, podremos tener la plena seguridad  de ser atendidos. “Sea mi oración como incienso ante ti. El alzar de mis manos  como oblación de la tarde.”
En la Colación siguiente, la décima, expone  como ha de ser la  oración continua. A primera vista parece que está en contradicción con lo anterior, ya que decía que la oración tendría que ser frecuente, pero breve. Y a renglón seguido nos conduce a la oración continua.
Ofrece los medios  para llegar a un continuo recuerdo de Dios. Para ello hay que buscar algo que llene la mente y nos lleva a pensar en Díos.  Luego hay que buscar los medios para fijar esta idea, u objeto de meditación  para entretenernos en ella constantemente.
Por eso preguntan al abad Isaac cual sea la manera  de mantener la presencia de Dios y teniendo este pensamiento siempre ante los ojos, si nos distraemos, tengamos  enseguida el camino para rectificarlo. Así poderla asir de nuevo, sin perder el tiempo  en inútiles rodeaos.  Porque sucede a veces que después de estar largo tiempo divagando y como perdidos en la oración, intentamos volver  como de un profundo sopor, despertando de nuestro sueño. Entonces pretendemos recobrar el recuerdo  de Dios que estaba ya  ahogado en nosotros.
Pero el gran esfuerzo que esto supone, nos fatiga  y antes de que  hayamos recuperado el pensamiento,  la atención flaquea sumiéndonos en la disipación y el olvido.
Nuestro espiritu no ha podido replegarse  dentro de sí ni recibir una sola idea sobrenatural. Es evidente que si caemos en esta situación, es porque no tenemos  nada en concreto, una formula concreta, que nos  ofrezca como un objetivo fijo, de modo que podamos prontamente traer y centrar en este objetivo  nuestro espíritu.  O sea algo que sea capaz de hacerle salir de esa fugacidad que engendra la distracción y que nos ha llevado largo tiempo como a la deriva. Y así como anclarse seguro en el puerto de la paz.
Así sucede que el alma, sumida entre dificultades y obstáculos anda errabunda y como en una  embriaguez continua. Discurre sin brújula, de un pensamiento a otro. Y si un pensamiento espiritual llega, es más bien por azar que por el propio esfuerzo, se siente incapaz de retenerlo por mucho tiempo.
Es que las ideas se suceden unas a otras como en un perpetuo flujo y reflujo, aceptándolas todas sin seleccionarlas.
Si  queremos que el pensamiento de Dios more sin cesar en nosotros, tenemos que proponer continuamente  a la mirada interior esa fórmula de devoción “Dios mío, ven en mi auxilio, apresúrate Señor a socorrerme”.
Con razón  ha sido preferido este versículo a cualquiera otro de la Escritura. Contiene todos los sentimientos que puede tener la naturaleza humana. Se adapta a  todos los estados, y ayuda a mantenerse firmes ante las tentaciones que puedan presentarse.
Entraña  una invocación hecha a Dios para sortear los peligros, la humildad de  una sincera confesión, la vigilancia de un alma siempre  alerta, penetrada de un temor perseverante. La consideración de la propia fragilidad. Hace brotar la esperanza consoladora de ser atendidos, una fe ciega en la bondad divina, siempre pronta a socorrernos.
Quien recorre sin cesar a su protector,  tiene la seguridad  de que  le asiste a todas horas. Viene a ser  como la voz de la caridad acendrada. Es como la exclamación del alma que mira con temer las acechanzas que le rodean, que tiembla ante los enemigos que le asedian día y noche, y sabe que  no puede librarse sin el auxilio de Aquel a quien invoca.
El que vive  dominado por  la acedia, la aflicción de espíritu, tristeza o abrumado por algún otro pensamiento, encuentra  en estas palabras un remedio saludable.
 

 

201-Oración frecuente.(continuación)                
Postrarse con frecuencia para orar. (4,56)

Ayer considerábamos como en la colación 9 de Casiano, en la que habla el abad Isaac, y que S. Benito tendría  en la mente al redactar este instrumento, exhorta a orar con  frecuencia, pero con brevedad, pasa a la conferencia 10  en la que  expone el tema de la oración continua  y  el modo  de practicarla.
Hay una aparente contradicción entre el enunciado de  este instrumento, y el precepto del Apóstol de orar siempre.
La oración continua ha sido siempre un problema entre los monjes, que han tratado de solucionarlo de las maneras mas diversas pero que no llegan a satisfacer.
Para mí la solución de como cumplir este precepto de orar continuamente lo encuentro en S. Agustín,  en el sermón 37 sobre los salmos. Dice así:
“Los gemidos  de mi corazón eran como  rugidos. Hay gemidos ocultos que nadie  oye. En cambio si la violencia del deseo que se apodera del corazón de un hombre es tan fuerte que su  herida interior acaba por expresarse con una voz  clara, entonces se busca la causa. Y ¿Quién lo puede entender sino aquel a cuya vista y oídos llegan los gemidos? Por eso dice que los gemidos de mi corazón eran como rugidos, porque los hombres. Si quizás se paran a escuchar los gemidos de alguien, las más de las   veces solo oyen los gemidos exteriores, y en cambio no oyen los del corazón.
 Y ¿quién podrá interpretar la causa  de los gemidos? Por eso añade, todo mi deseo está en tu presencia.
Por tanto no ante los hombres, que no son capaces de ver el corazón, sino que todo mi deseo está en mi presencia.
QUE TU DESEO ESTÉ EN SU PRESENCIA  Y EL PADRE QUE VE  LO ESCONDIDO TE ATENDERÁ”. Esta es a mi modo de ver, la solución satisfactoria   de la oración continúa.
“TU DESEO ES TU ORACIÓN, SI TU DESEO ES CONTINUO, CONTINUA SERÁ TU ORACIÓN. No en vano dijo el Apóstol: “Orar sin cesar”. ¿Acaso sin cesar nos arrodillamos, nos postramos,  elevamos nuestras manos para que podamos afirmar que oramos sin cesar?  Si solo así se pudiese orar, sería imposible orar sin cesar. Pero existe otra oración interior y continua que es el deseo.
Cualquier cosa que hagas, si deseas  aquel reposo sabático, no interrumpes  la oración. Si no quieres dejar de orar, no dejes el deseo. Tu deseo continuo es tu voz, es decir, tu oración continua.
Callas cuando dejas de amar. ¿Quienes se han callado?, aquellos de los que se ha dicho: al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría. La frialdad en el amor, es el silencio del corazón y el fervor del amor es el clamor del corazón. Mientras la caridad permanece, estás clamando siempre. Si clamas siempre, deseas siempre, y si deseas, te acuerdas de aquel reposo. Todo mi deseo está en tu presencia.
Que sucederá si delante de Dios está el deseo y no el gemido? Pero ¿como puede suceder esto, si el gemido es la voz del deseo? Por eso añade el salmo: No se te ocultan mis gemidos. Para Ti no están ocultos. Sin  embargo para muchos hombres lo está.
Algunas veces  el humilde siervo de Dios afirma, “no se ocultan mis gemidos”. De vez en cuando puede ocurrir que a veces sonríe  el siervo de Dios. ¿Puede decirse por su risa, que murió en su corazón el deseo? Si el deseo está en tu interior, también lo está el gemido, quizás el gemido no llega siempre a los oídos del hombre, pero jamás se aparta de los oídos de Dios”.

 

 

202.- Ocuparse  con frecuencia en la oración.- (4,57)

De ordinario  es en la  meditación de la que nace  la necesidad de conversar con Dios. Y a su vez, esta meditación o reflexión, como queramos llamarla, (no me refiero a meditación en el sentido antiguo de repetir una frase) nace  primordialmente  a través de la santas lecturas, o por  lo menos, de ellas toma su alimento.
De aquí que  S. Benito  ponga seguidos, como inseparables estos dos instrumentos. Después de recomendarnos el amor a las santas lecturas nos exhorta a darnos con frecuencia a la oración.
Lecturas nos descubren a Dios en su palabra revelada, en sus misterios  adorables, en los efectos admirables de su amor y su gracia, y nos impulsan a adorarle, alabarle, da darle gracias y amarle.
No son las lecturas la única puerta que conduce a la oración, pero son  el camino más ordinario para llegar a la oración. Si se hace bien la lectura, podremos ocuparnos con frecuencia en la oración, como quiere S. Benito indicarnos por medio de este instrumento.
Igualmente, más adelante al hablar del oratorio, dirá que si alguno  quiere orar en secreto, entre y ore. Parece ser que se refiere más bien a una oración mental.
Esta oración mental es la que todos los santos presentan como el gran medio de santificación. “Un religioso sin oración, dice S. Felipe Neri,  es un religioso sin razón”. Y S. Alfonso dice: ”Un  religioso que no ama la oración, imposible sea buen religioso”
Por eso, si practicamos este instrumento,  se desarrollará el espíritu de oración que llenará todo el día.
El P. de Foucould  afirma que para que nuestra vida sea una vida de oración  hacen falta dos cosas:  lo primero que en ella halla tiempo suficiente cada día exclusivamente consagrado a la oración, y luego, que durante las horas consagradas a otras ocupaciones, permanezcamos unidos a Dios conservando el pensamiento de su presencia  mediante frecuentes elevaciones. Es el “darse con frecuencia a la oración” que dice S. Benito y que él podría haber asimilado en sus años de monje.
De este modo Dios no será para nosotros un ser lejano. Estos retornos a Dios cada vez más frecuentes nos afianzan en un estado en el que el alma se encuentra como fija  en Dilos con un sencillo y amoroso recuerdo.
Así viviremos con El, siempre en su  presencia, participando de su vida  por la contemplación, el amor y la entrega de nosotros con todo lo nuestro.

 

 

203.-Oración de compunción.
 Confesar cada día a Dios en la oración las culpas pasadas. (4,58)

Este instrumento puede llamar la atención y causar extrañeza al que tiene un amor débil a Dios, a Jesucristo. La gracia de la compunción  solamente puede crecer en una tierra fecundada  por un ardiente amor. ¿Cómo dolernos sin un verdadero amor?
Por eso es imposible que entienda y comprenda este instrumento para el que la persona de Jesús es como una realidad abstracta, no  alguien que le  ha seducido personalmente.
Lo veíamos en el informe de la Remila. A los jóvenes sudamericanos  les cautivaba el Bto. Rafael   porque veían en él  el modo de entrar en relación personal con Cristo no de un modo abstracto. De aquí que sus escritos no dice nada  o no les entienden los que no viven  esta dimensión personal de amor con Jesús.
Podemos tener por seguro que S. Benito  ha leído más de una vez  la Colación 20 de Casiano en la que el abad Pinucio expone el modo de fomentar la compunción del corazón.
Uno de los monjes, Germán, le pide una aclaración y le pregunta ¿de donde podrá nacer la santa y saludable compunción, propia de un alma humillada?  La Escritura la describen con estos rasgos fruto de un corazón contrito. “Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito”: ¿En que medida puedo añadir: “y tu perdonaste mi culpa y mi pecado” (Sal 31,5)? Si desterramos de nuestro corazón el recuerdo de nuestros pecados ¿Cómo será posible  el postrarnos en la plegaria, derramar lágrimas de una humilde confesión para merecer el perdón de mis culpas, según aquello “Estoy agotado de gemir, de noche lloro sobre mi lecho, riego mi cama con lágrimas?
Y el Señor por su parte, ¿No nos manda guardar memoria de nuestros pecados cuando dice: No me acordaré más de tus pecados, pero tú tráelos a la memoria?
En consecuencia, no solamente durante el trabajo, sino también durante la oración me esfuerzo a dirigir me espíritu para recordar mis faltas. Merced a ello me siento más humildemente excitado a una humilde sinceridad y a la perfecta compunción del corazón. Entonces es cuando me siento más inclinado y con más ánimo para exclamar con el profeta: mira mi  humillación y mi miseria y perdona todos mis pecados.
A esto Pinucio contesta. “Por lo que atañe a lo del recuerdo de los pecados, es sin duda muy  útil e incluso necesario para aquellos que todavía hacen penitencia , y exclaman  sin cesar golpeándose el pecho: reconozco mi iniquidad, y mi pecado está siempre presente.
Efectivamente, mientras nos damos a la penitencia  y sentimos  los remordimientos de nuestros actos viciosos, es menester que las lágrimas de una humilde confesión caigan como lluvia bienhechora sobre nuestras almas, para extinguir la llama que dejaron en nuestra conciencia. He aquí que después de haber perseverado largo tiempo en esta humildad de corazón y contrición de espíritu, consagrado sin descanso al trabajo y a los gemidos del alma. El recuerdo del mal cometido se amortigua. Por una gracia especial de la misericordia de Dios, la espina del remordimiento  queda arrancada de la  médula del alma. Ello es indicio manifiesto de que se ha llegado  al término de la  satisfacción. Hemos merecido su perdón  quedando lavada nuestra prístina  impureza. En fin, no cabe otro procedimiento para llegar a este olvido de los defectos  y pasiones de la vida  pretérita que una perfecta pureza de  corazón.
Quien por apatía y desdén no corrige sus vicios y tendencias malsanas, no conocerá nunca esa virtud. Es privilegio exclusivo de aquel a que a fuerza de gemidos y suspiros y de santa tristeza ha hecho desaparecer las más mínimas huellas de sus  antiguas manchas y clamará con toda verdad al Señor: “Confesaré al Señor mi culpa, y  las lágrimas son mi pan noche y día.”
Ese tal merecerá oír tal respuesta: cese tu voz de gemir, tus ojos de llorar, pues por tus penas  recibirás galardón. Y la palabra del Señor le dirá: Yo he disipado como nube tus pecados, como niebla tus iniquidades, y en otra ocasión: soy yo quien por amor a ti, borro tus extravíos  y no me acuerdo más de tus rebeldías.
Libre de los lazos de sus pecados en los que se ve preso, cantará al Señor este cántico de acción de gracias: Rompiste mis cadenas, te ofreceré sacrificios de alabanza”.

 

 

204.-Oración y compunción.
 Confesar cada día a Dios en la oración, con lágrimas y gemidos, las culpas pasadas. (4,58)

El día anterior vimos el pensamiento de Casiano tal como lo propone en la Colación 20, sobre el particular, y que sin duda fue una fuente de inspiración para  S. Benito al redactar este instrumento.
Llorar los pecados y corregirnos de ellos, tales son los frutos que S. Benito  propone  que saquemos de nuestro encuentro con Dios en la oración. Esta es una actitud  muy conveniente para aquel que está aún en la vida purgativa, purificándose de sus malas inclinaciones. Como hijo pródigo, salido del pecado recientemente, colmado de gracias  por la misericordia de  Dios, cubierto otra vez del ropaje de la inocencia y colocado entre los hijos de Dios en el monasterio. Y es que apenas puede hacer en estas circunstancias otra cosa que derramar lágrimas de compunción por sus pasadas ingratitudes. Lágrimas de súplica ante el sentimiento de su propia debilidad. Debe perseverar  largo tiempo en estas lágrimas de penitencia.
Con esta perseverancia en el arrepentimiento, conseguirá  una fortaleza mayor en sus resoluciones y crecerá en humildad, vigilancia  y espíritu de  mortificación y oración. Así construirá su vida espiritual sobre una base sólida.
Olvidar demasiado pronto las culpas pasadas, es a lo menos  un camino falso  y  puede caer en una piedad sentimental, de imaginación que lleva pronto a volver a los anteriores desvaríos. El temor  de Dios es el principio de la sabiduría. Si queremos elevar el edificio espiritual a gran altura,  hay  que establecerlo sólidamente sobre este primer cimiento que es el verdadero dolor de los pecados, el horror al pecado, la expiación de los pecados.
Progresa en el camino de la vida monástica, aquel que comienza a conocer mejor  a Dios  y a sí mismo. Estudia para  vivir los misterios de la vida y pasión de Jesús  y se esfuerza por adquirir las virtudes que le trasformarán en imagen del Señor.
En este trabajo diario de seguimiento, también encuentra fuentes de lágrimas para  llorar los pecados  ya que en la medida que conoce mejor a Dios, comprende  más la maldad de la enfermedad del pecado. Y siente la necesidad  de llorar unas faltas que no ha llorado bastante por no haber conocido mejor a Dios.
En la medida que se conoce mejor a sí mismo, descubre mejor sus menores infidelidades, aprecia mejor la culpabilidad de modo que a sus ojos parece aumentar su miseria  cada día, en lugar de disminuir.
Así  no solo reprueba sus malos pasos pasados, sino que lamenta las infidelidades de cada día  y en su oración nunca deja de hacer una humilde confesión.
En su oración contempla a nuestro Señor para mejor conocerle y unirse a Él. En Jesús ve al autor de la vida, el modelo  que imitar, la fuente de las gracias. También contempla en Él la victima de expiación, el hombre de dolores que ha expiado  el pecado con su sangre y sus lágrimas. Y llora uniendo su dolor al del divino Maestro, sus faltas que han sido la causa de tantos trabajos  y tantos sufrimientos. Con estas lágrimas saludables riega y fecunda las virtudes  que  quiere cultivar en su alma.
A medida que el alma  se aproxima a Dios, dice Casiano, parece que disminuye este sentimiento del pecado. Pero teniendo un amor más puro, los intereses de Díos atraen más que los propios.
El monje que ha progresado en su camino espiritual, siente sobre todo en la oración la necesidad de amar a Dios, de unirse a El de glorificarle, de procurar su reinado por el cumplimiento de su voluntad.
¿Cual es el enemigo que impide la unión con Dios y destruye su gloria y su reino en el alma?  El pecado. Por eso, el que desea ardientemente  que Dios sea conocido amado y glorificado de todas las criaturas, debe llorar amargamente por los pecados de la humanidad. No puede evitar derramar lágrimas viendo la sangre de  Jesús  derramada inútilmente para tan gran número de personas. Llorar los propios pecados y los de los hermanos.
 Las lágrimas son tanto más puras cuanto más se ama a Dios, tanto más  amargas cuento mejor se comprende la malicia del pecado, tanto más abundantes  cuanto es más vivo el deseo de volver a Dios la gloria que le ha quitado el pecado, y se ve impotente para todo ello.
Entonces refugiándose en nuestro Señor,  penetra en sus penas interiores, penetra en sus sentimientos de conmiseración  por los pecados. Llora con El y se ofrece con Él como víctima de reparación.
Así el monje, cualquiera que sea su situación, sacará siempre un excelente fruto de la práctica de este instrumento.
El santo cura de Ars, aunque  no era monje, lloraba sin cesar por la malicia del pecado. Decía: pobres pecadores, que desgraciado son y añadía, si aún el buen Dios no fuese tan bueno, pero es tan bueno, y en estos momentos derramaba abundantes lágrimas.  

 

 

205.-Enmienda de las faltas.
Y de esas mismas culpas, corregirse en adelante. (4,58)

S. Benito presenta en este instrumento  un segundo fruto  que se nace de la práctica del instrumento 57, darse frecuentemente a la oración. Después de llorar las infidelidades, como primer fruto, sigue este de enmendarse.
La oración debe llevar a una resolución. En la oración rendimos nuestros deberes a Dios  y expresamos  nuestras necesidades con el objeto de ser más fieles. Para ello no basta con lamentar y llorar las infidelidades pasadas. Es necesario que esas lágrimas a la vez que sinceras, sean eficaces, o sea que nos lleven a la enmienda de la vida.
La determinación seria de servir fielmente a Dios evitando todo aquello que es contrario a su voluntad, es un fruto de la oración. Toda oración bien hecha da su fruto. Pero una oración verdadera no es precisamente la que va acompañada de muchas luces y sentimientos, sino la que produce una generosa resolución.
En la oración hay trabajo de Dios y trabajo del hombre. Dios da la luz y la fuerza, nosotros debemos poner la buena voluntad.
Tener un objetivo concreto en la oración, facilita el mantener la atención, ya que reunimos todas nuestras fuerzas en un solo punto, evitamos más fácilmente las distracciones y oramos con más insistencia.
Si no sabemos en concreto el fruto que esperamos de nuestra oración, estamos muy expuestos a permanecer en la vaguedad y caer en la somnolencia.
Si queremos  enmendar nuestra vida, no debemos contentarnos con una resolución general de obrar mejor. En el momento de la oración nos sentimos más fuertes, pero si no tenemos una resolución concreta, nos encontraremos muy pronto en el vació.
Un monje que toma en serio su camino de seguimiento de Jesús, tiene que tener una idea fija en el corazón, perseguir sin cesar la adquisición de la virtud  o la extirpación de un vicio en concreto que le está estorbando el crecimiento. Esta idea fija es como el alma de su vida. La lleva a todas partes, al oficio, a la lectura,  al trabajo. Pero sobre todo en la oración.
Según las circunstancias, modifica esta resolución, la particulariza  según las circunstancias de cada día. Si se tiene una idea concreta, se llegará más fácilmente a la corrección de los vicios. Pronto llegarás a la perfección si cada año te enmendares de un solo vicio, dice el Kempis.
Para  la corrección de esas infidelidades del pasado que ha llorado, según el instrumento anterior, y para que sea efectiva esta resolución del presente, tiene que ser práctica, humilde y confiada.
Será práctica si esta de acuerdo con nuestras inclinaciones, elegida  de antemano. Una resolución que no hemos madurado en la oración, se olvidará muy pronto.
Es necesario también para que sea práctica, que sea factible su observación. Más vale imponernos menos de lo que podemos hacer  y cumplirlo con más amor, que cargarnos con pesados fardos  que llevaríamos gimiendo y estaríamos dispuestos a dejarlos caer en el camino.
Ha de ser  humilde, o sea no confiando en nosotros mismos, no nos suceda como a S. Pedro: “aunque todos te abandonen, yo no”. Si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los que la custodian.
Finalmente la resolución ha de estar llena de confianza. Esto es, que  se fundamente totalmente en el abandono  y en el poder de  Dios  que quiere y puede darnos su gracia.
Esta humildad y confianza se traducirá en una oración insistente y por una generosidad sin límites
A pesar de todas nuestras flaquezas que de ordinario proceden de haber contado solo con nosotros mismos, volveremos a comenzar valerosamente, seguros de la victoria que Dios nos quiere dar.

 

 

 

206.-Los malos deseos.
 No poner por obra los deseos de la carne. Aborrecer la propia voluntad. (4,59)


Encontramos de nuevo  con un instrumento que tradicionalmente era considerado uno solo, y que en versiones más recientes como la de Iñaki-Colombás dividen en dos. Por eso el número tradicional de 72 instrumentos  en esta traducción figuran 74 instrumentos.
Consideramos la primera parte de este instrumento: “no poner por obra los deseos de la carne”. Con este instrumento  S. Benito declara la guerra a tanto a los deseos  carnales de una naturaleza caída, cualquiera que sea su  materia, como  a la propia voluntad.
La naturaleza caída, el hombre viejo y la propia voluntad tienen con frecuencia deseos culpables y nuestro deber es resistirlos.
Ceder a estos deseos sería caer en la infidelidad. No solamente debemos  combatir los malos apetitos, es decir los que están en contra  de la ley de Dios, los apetitos de gula, pereza , lujuria, cólera, envidia, deseos de venganza, espíritu de independencia, etc.  Sino también aquellos que son peligrosos y conducen  con más o menos probabilidad a deseos culpables, como pueden ser la curiosidad,  búsqueda de aquellos placeres, que aunque no sean  pecaminosos, pueden ser peligrosos. Así tal lectura  que agrada pero  tiene el peligro de absorberme la atención y por otra parte no se tiene el  deber o necesidad de hacerla. Este instrumento invita a renunciar a tal lectura.
En el monje que quiere seguir a Cristo, la obligación va aún más lejos. Debe vigilar sobre aquellos deseos naturales, que sin ser pecado ni ocasión de pecado, son obstáculos a su vocación. Así si una ocupación agradable, legítima en sí, pero no necesaria, le es motivo de distracciones y de aflojar en la vida  espiritual, aunque puede ser muy  provechosa para otro hermano, deberá proceder con mucha prudencia y reserva.
En una palabra todo apetito de nuestra naturaleza, que impida  o frene nuestro caminar  hacia Dios, debe ser sacrificado sin compasión, si es algo culpable, rechazado o combatido si es peligroso, atentamente vigilado, si supone un obstáculo  a nuestra vocación de monje cisterciense.
Si los apetitos son legítimos y según Dios, podemos y a veces debemos satisfacerlos, pero nunca hacernos esclavos de  ellos. Hacer las cosas por el único motivo de que nos agradan, no  es criterio y no pocas veces puede ser  un obstáculo para nuestra  vocación.
Tenemos que vigilar para no ser engañados con sutiles  pretextos, diciendo ser gloria de Dios a aquello que nos agrada. Incluso cuando comenzamos una acción con intención pura,  el hombre viejo puede hacerla desviar  alterando la recta intención y arrebatándo el mérito. Aún en las cosas más antas como  la lectura, la oración, la comunión,  en las consolaciones divinas que recibimos, tenemos que estar vigilantes para no degenerar en la búsqueda del placer en lugar de la búsqueda de Dios. 

 

 

207.-  Lucha contra los malos deseos.
- No poner por obra los deseos de la carne. Aborrecer la propia voluntad. (4,56)

Si queremos desprendernos  de las satisfacciones naturales, para así poder llegar a dominar la carne, el hombre viejo y su propia voluntad, para no convertirnos en esclavos  de nuestros apetitos, es preciso que estemos decididos a abrazarnos con el sufrimiento.
Naturalmente sentimos horror  a todo sufrimiento. Sin embargo es el camino necesario para llegar al fin  de nuestra vida  cristiana. Nuestra entrada en el monasterio supone una renuncia a todo apetito desordenado y nos invita a trabajar  todos los días en desprendernos del hombre viejo, para ser crucificados con Cristo.  Y nuestra sensibilidad  impide  esta configuración con Cristo.
S. Benito  ofrece  a través de su Regla el camino para que algún día  pueda decirse  de nosotros con verdad, lo que decía Pablo a los Filipenses “estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.” O poder decir como él: “estoy crucificado al mundo”.
El amor a Cristo que nos ha empujado a su seguimiento en la vida monástica, tiende a hacernos participes de su pasión.
Todos los bautizados estamos llamados a una unión con El, sin embargo la inmensa mayoría nos quedamos en el camin
o. En el fondo es por no haber logrado dominar el horror que causa a nuestra naturaleza el sufrimiento. Solamente el que se decide abrazarse con  energía inquebrantable a cualquier sufrimiento, pidiendo al Señor las fuerzas para ello, alcanza las alturas de la unión con Dios.  Así lo dice Sta. Teresa como condición absoluta para realizar nuestra vocación:”muy determinada determinación”.
Quien no tenga ánimo para esto, ya puede renunciar a la santidad y nunca logrará ser feliz en el monasterio.
Es preciso tener ideas claras en cuanto a la necesidad del sufrimiento. Es necesario tanto para morir a las apetencias naturales, como para la cristificación. S. Pablo se atreve a decir que a la pasión de Cristo le falta algo (Fil. 1,24)  que deben poner sus miembros, cooperando con él  a la redención.
Jesús dejó claramente trazado el camino para llegar a la unión con Él. “El que quiera venir en pos de mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mat, 16,24) No hay otro camino posible, pues si lo hubiese, Jesús que tanto nos ama, nos lo habría enseñado. Es preciso abrazarse a la cruz y seguirle no solo hasta el Tabor, sino hasta el Calvario.
Y no para contemplar con dolor como le crucifican, sino para dejarse crucificar con él.
La comodidad moderna podrá buscar sistemas de santificación cómodos y fáciles, pero todos está inexorablemente condenados al fracaso. S. Juan de la Cruz dejó escrito en una de sus cartas: “Si en algún tiempo le persuadiese alguno, sea o no prelado, doctrina de anchura y más alivio, no le crea ni abrace aunque  se lo confirme con milagros…y si quiere llegar a poseer a Cristo jamás le busque sin la cruz”.
La excelencia del sufrimiento la podremos vislumbrar  considerando  sus ventajas para el alma.
A través de él, expiamos nuestros pecados., se somete la carne al espíritu, como dice S. Pablo: “castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre”. Es un hecho comprobado  que cuento mas comodidades tenemos, más exigencias sentimos. El sufrimiento nos ayuda a desprendernos de las cosas de la tierra, ya que nada hace caer en la cuenta de que el paso por la tierra es un destierro, como las punzadas del dolor.  Nos hace verdaderos apóstoles. Es incalculable la fuerza redentora del dolor ofrecido  en unión con el de Cristo. Pío XI dijo que aquellos que se dedican a la oración y la penitencia  hacen más por la proclamación del reino de Cristo que los que trabajan directamente en el campo del Señor.
El espíritu de sacrificio también nos asemeja a Jesús y a María. Esta es la mayor excelencia del sufrimiento cristiano. S. Pablo consideraba una dicha poder sufrir con Cristo, a fin de configurarnos con El en sus sufrimientos y muerte. De si mismo afirma que vive crucificado con Cristo y no quiere gloriarse más que de la cruz de Cristo.
Y al lado de Jesús, Maria, la Corredentora  de la humanidad caída. Las almas enamoradas de María sienten especial consolación en poderla acompañar en sus dolores inefables. Ante la Reina de los  Mártires, ¿No sentiremos vergüenza buscar siempre comodidades y regalos?
No se quiere entrar por el camino de la cruz,  de busca una santidad pero  cómoda, fácil, que no exija la renuncia a sí mismo.

 

209. Aborrecer la `propia voluntad.
 No poner por obra los deseos de la carne. Aborrecer la  propia voluntad. (4,59)

Hoy reflexionamos la segunda parte de este instrumento, aborrecer la propia voluntad.
La voluntad propia es enemiga de Dios. Dios nos ha creado  únicamente para