Capítulo XLIX
La observancia de la cuaresma

 

 

63.- Cuaresma

Aunque de suyo  la vida del monje debería ser en todo tiempo una observancia cuaresmal, no obstante ya que son pocos los que tienen  esa virtud, recomendamos que durante los días de cuaresma, todos juntos lleva en una vida integra en toda pureza, y que en estos  días santos borren las negligencias del resto del año. (49,1-3)

En el capitulo anterior  S. Benito  ha organizado los horarios de los monjes en tiempo de cuaresma, y añadió una observación sobre la lectio cuaresmal. Es posible que esto le diese pie para redactar todo un capítulo sobre la observancia de la cuaresma, tiempo fuerte del año litúrgico, al que sin duda profesaba especial devoción, y le concede singular importancia para la renovación espiritual de los monjes.
Casiano, idealista impenitente, se sirve de su acostumbrada exégesis  alegórica y a veces bastante pueril, para decirnos que la cuaresma es el “diezmo” que los seglares deben pagar anualmente al Señor.
Enfrascados como están  de ordinario en sus negocios y placeres, se los obliga a consagrar al servicio de Dios por lo menos estos días. Pero los monjes están exentos del pago de diezmo legal, puesto que han hecho donación a Dios de toda su vida, juntamente con  todo lo que poseían. La cuaresma fue instituida solo para los imperfectos, no para los justos (que siempre viven en ambiente cuaresmal), sigue diciendo Casiano. Prueba de ello es que la cuaresma no existió mientras se mantuvo inviolada la perfección de la Iglesia primitiva.
S. Benito, hombre práctico, sabe muy bien que los monjes, hombres que aspiran  a la santidad, pero hombres al fin y al cabo, les viene muy bien como a todos los cristianos, este periodo de renovación e intensificación de la vida cristiana, que todos los años prepara a los catecúmenos para el bautismo el día de Pascua, y a los fieles para una digna celebración de la Pascua y a la vez así acompañar con sus oraciones y penitencias  a los catecúmenos en su preparación bautismal.
Escribe este capítulo sobre la cuaresma, está más preocupado en subrayar su importancia, e insistir en el espíritu que debe animar las observancias,  que en fijar  puntualmente  las prácticas penitenciales de la comunidad monástica. No precisa concretamente en que consiste la intensificación de la vida de oración, como hace la RM.
El cap. 49 pertenece más bien al grupo ascético y espiritual que a la parte  propiamente legislativa y disciplinar de la RB, tiene la siguiente estructura. Primero se esboza el ideal cuaresmal. (1-3). En segundo lugar se indica una serie de medios para conseguir el fin  de la cuaresma  (4), finalmente  se perfila un programa de ascesis con otras dos listas de prácticas penitenciales y sobre el espíritu que debe penetrarlas. (5-7) Aquí probablemente terminaba el capítulo en su primera redacción. Luego se añadió un apéndice que se indica  la intervención del abad en la ascesis cuaresmal de cada monje. (8-10)
Comienza afirmando que la vida entera del monje debería corresponder a una observancia cuaresmal. Tal sería el “desideratum”, ¿Qué quiso decir S. Benito con estas palabras? No nos apresuremos a juzgarle de excesivamente severo, o de un concepto sombrío que pudiera tener S.  Benito de la vida monástica.
Para S. Benito la cuaresma no tiene un rostro triste y macilento. Todo lo contrario, es un tiempo en el que se vive en toda su pureza e integridad la vida cristiana, o por lo  menos se intenta seriamente.
 Hombre práctico y realista, reconoce que son pocos los dotados de suficiente fortaleza y generosidad de espiritu para mantenerse enteramente fieles al evangelio durante todo el año. Y de ahí que durante la cuaresma, no solo deban tratar de vivir como monjes auténticos sino que es preciso añadir algunas  prácticas penitenciales, que compensen, las negligencias cometidas en lo restante del año.
Tal es en suma el ideal cuaresmal para los monjes, portarse enteramente como tales, y borrar con sus prácticas superoratorias  las faltas e infidelidades cometidas desde la cuaresma anterior.

 

 

 

64.- Lo cual cumpliremos dignamente si reprimimos todos  los vicios, y nos entregamos a la oración con lágrimas, a la lectura a la compunción de corazón y la abstinencia. (49, 4)

Tenemos aquí una primera lista de cosas que podrían o deberían hacerse para  alcanzar el objetivo de la cuaresma.
Ante todo reprimir los vicios, luchas contra ellos, y a ser posible extirparlos de raíz. Este es uno de los fines del ascetismo cristiano. El otro consiste en cultivar las virtudes. Casiano entre  otros padres monásticos, lo ha explicado a la perfección.
En realidad  ambos  fines se alcanzan al combatir los vicios, pues vencer  a cada uno de ellos equivale a adquirir la virtud contraria.
Además hay que dedicarse con especial ahínco a ciertas prácticas. Y en esta primera lista. RB señala cuatro, tres  de ellas son otros tantos elementos positivos y espirituales. Oración con lágrimas, lectura divina, compunción del corazón. Una trilogía que aprecia de veras. La cuarta es  somática o negativa: la abstinencia, privación del alimento.
Cultivar la oración privada, la lectura y el arrepentimiento de los pecados, ciertamente con más intensidad que en otros tiempos, aumentar  la abstinencia que se debe practicar todo el año.
La penitencia  no es otra cosa que una adhesión sincera del corazón al pecado. Nos lleva en primer lugar a huir de las menores ofensas. No hay verdadera penitencia donde no se huye el vicio. Y no es un solo vicio del que hay que abstenerse, sino de todos, a los que hay que combatir .”Ad nomnibus vitiis”. Pero la penitencia no exige la desaparición  de todas las imperfecciones ni aún de todas las faltas.  Por eso  la RB no nos pide la corrección inmediata, sino solamente el combate contra los vicios y la enmienda progresiva.
Donde existe el espíritu de penitencia no puede pactar ni conceder tregua a ningún desorden. Su esencia es el odio al pecado y a todo lo que lleva al pecado.
La penitencia cuaresmal, como la de toda la vida, se concretiza y manifiesta en los ejercicios de piedad. La penitencia verdadera es la del corazón, que lleva a la penitencia corporal y la hace meritoria.
Es necesario que el corazón esté sobrecogido de una santa compunción, y que los actos exteriores de penitencia sean la expresión de ese dolor.
En la oración y reflexión encontraremos las lágrimas u compunción de corazón. Por esto la RB pone a la cabeza de los ejercicios de penitencia  la lectura y la oración. Quiere que nos entreguemos con mayor intensidad en el tiempo de cuaresma.
Cuando el corazón está poseído de un verdadero arrepentimiento del pecado siente la necesidad de la penitencia corporal que ataque el foco del pecado. Las mortificaciones  exteriores son el fruto necesario de la sincera penitencia, por eso la misma Iglesia  a través de los siglos ha animado a la penitencia  y aún  actualmente, aunque mitigada, la mantiene.
La RB señalas las austeridades que debemos practicar ordinariamente, pero que en cuaresma han de ser más  pronunciadas, con el expreso deseo de que redoblemos  nuestro celo durante este tiempo.

 

65.- Lo cual cumpliremos dignamente si…nos entregamos…a la compunción del corazón.- (49, 4)

No se puede volverá Dios sin remover antes los obstáculos que atraviesan el camino. S. Benito presenta a la vida monástica como un retorno a Dios. Es como su razón de ser.
El pecado nos ha apartado de Dios desde nuestro nacimiento, por el pecado personal nos desviamos de Dios, bien infinito e inmutable, y nos volvemos hacia la criatura, según la definición de Sto., Tomás. Si queremos volver a Dios tenemos que romper todo lazo desordenado con las criaturas.
Seria una ilusión pensar que Dios se nos comunicase sin detestar el pecado. Debemos desear ardientemente la unión con Cristo, pero  este deseo debe ser eficaz, que nos mueva a remover cuanto se oponga a esta unión.
Es un buen  deseo vivir entregados al amor de Dios, a la oración, a la contemplación, a la caridad…Esto es lo que podemos llamar parte positiva de la vida espiritual. Pero no tenemos que olvidar que esta vida positiva, solo será firma y duradera, si se fundamenta en un alma purificada de todo pecado o hábito vicioso. Lo contrario sería edificar sobre arena.
 S. Benito entre los instrumentos que nos ofrece para realizar nuestra vocación, dice en uno de ellos”Todos los días confesar en la oración con lágrimas y gemidos, los excesos  de nuestra vida pasada y que nos enmendemos de ellos”. Y en el cap., 7 leemos:”cuando el alma esté purificada de vicios y pecados, el Espíritu Santo obrará plenamente  en ella, y el amor perfecto reinará  como principio de su vida”. Este es el único camino para llegara la unión con  Dios.
La purificación de corazón no es por tanto un fin, sino un medio para llegara la unión. Y la compunción es uno de los mejores medios para llegar a este fin.
La  compunción es un sentimiento habitual de contrición, medio eficacísimos de  evitar el pecado y estimular el amor.
Propiamente no son los pecados en sí los que ponen óbice a la gracia, pues Dios conoce nuestra debilidad, que estamos hechos de barro. Lo que paraliza la acción de Dios en nosotros es el aferrarnos  al propio criterio, al amor propio. Fuente más fecunda  de infidelidades deliberadas.
Jesús poco antes de la pasión, lloró sobre Jerusalén:”Cuantas veces quise atraerte a mí y no quisiste”. Cuando  el Señor encuentra una tal resistencia, perece como impotente para obrar sobre esa alma, ya  que mantiene hábitos que se oponen  a la unión divina.
Para evitar este peligro del endurecimiento del corazón, nada mejor que el espíritu de compunción. Si hay mucha mediocridad e infidelidades deliberadas en una vida consagrada, es por falta de espíritu de compunción.
¿Qué es la compunción? Es una disposición del alma que la mantiene habitualmente en la contrición. Esto se puede iluminar reflexionando sobre el Hijo Pródigo. ¿Podemos imaginarle, después de su regreso en una actitud presuntuosa, desenfadada, como si siempre hubiera sido  un hijo fiel? Cierto que no podía dudar del perdón del padre después del recibimiento que había tenido. Todo quedó perdonado. Y esto es un débil reflejo del perdón  que recibimos del Padre celestial. Pero no se borraría de su alma  el dolor por su conducta pasada  y gratitud para con su padre. Podía decirle. Se que todo me lo habéis perdonado, pero mi corazón no deja de repetir con gratitud que me pesa de haberos ofendido, entristecido, y deseo con todas veras remediar con un amor más intenso, todo lo pasado.
Una  persona que tiene estos sentimientos, no como un acto aislado, sino  de modo habitual, es casi imposible que haga las paces con la mediocridad.
El Bto. Columba Marmión destaca como los primeros monjes, aunque reclutados en un ambiente más rudo que el nuestro, alcanzaban en poco tiempo una vida interior de gran firmeza, mientras nuestros días se caracterizan por una gran inestabilidad. Y señala que una de las principales causas es la falta de espíritu de compunción.
La compunción  del corazón da lugar a una vida espiritual firme y estable. Pero los autores modernos son parcos al tratar esta materia.
S. Pablo en la carta a los Efesios, dice:”Sabéis que desde que llegué a Asia no he dejado de servir a Dios  en medio de vosotros con humildad y lagrimas” (Hechos 20, 18,19) Y recordando los tiempos en que persiguió a la Iglesia escribe a su discípulo Timoteo llamándose a si mismo el primero de la pecadores, y que obtuvo misericordia para que Jesucristo pueda manifestar en él su inagotable longanimidad. (1 Tim 1. 13 sig.)
S. Agustín escribe en una carta: “Hablar  mucho en la oración es hacer una cosa necesaria con palabras  superfluas. Orar mucho es importunar con un piadoso movimiento del corazón, a la puerta  que llamamos, porque la oración consiste, no en largos discursos  y abundancia de palabras, cuanto en  lágrimas y gemidos.
S. Benito en el cap. 52 dice que el monje que quiere entrar en la iglesia para orar solo,  que lo haga  no en alta voz, sino con lágrimas y efusión de corazón. Y en el 20, seremos  atendidos no por el mucho hablar, sino  por la pureza de corazón y el arrepentimiento con lágrimas. S. Benito no se expresaría así si no hubiese sido este el reflejo de su vida de oración. Y en capítulo séptimo dice del monje ha llegado al amor perfecto que excluye todo temor ¿cuál será su actitud? Se juzgará reo de pecado en todo momento, indigno de  levantar la visita al cielo.
Sta. Teresa de Jesús, que según sus biógrafos, nunca perdió la gra cia bautismal, tenía  ante sus ojos en su oratorio una frase no de amor y alabanza, sino de compunción:”No quieras entrar en juicio con tu sierva, Señor” y siempre que recordaba las gracias recibidas, ponía a su lado sus pecados. Y se colige de sus escritos que no se trataba de actos pasajeros de dolor, sino un sentimiento permanente. Cuanto mayor era las mercedes que recibía, tanto mayor era su dolor. Y dice que este es el estado habitual del alma en las sextas moradas. El Bto. Rafael, que conservó hasta su muerte la gracia bautismal, refleja en sus  escritos, su dolor por sus pecados.
La compunción no es incompatible con la confianza, el gozo, sino por el contrario, los reafirma.  Y la mejor prueba son las efusiones de amor y complacencia en Dios que grandes santos manifiestan en sus escritos y que vivieron el espíritu de compunción: S. Agustín, S. Benito, S. Bernardo, Sta. Gertrudis, Sta. Teresa, el Bto. Rafael. Rebosaban amor divino y de gozo del Espíritu Santo.
Por su misma naturaleza, la compunción participa de la contrición perfecta, que es una de las formas más puras del amor ¿Cómo alcanzarla? Ante todo pedirla  al Señor. El misal tiene una oración pidiendo el don de lágrimas. Oración que recitaban con frecuencia los antiguos monjes. ¿No proclama Jesús bienaventurados, felices, a los que lloran?
Y junto con la petición, la meditación frecuente de la pasión del Señor. Si consideramos con fe y piedad los sufrimientos de Cristo, podremos considerar, por encima del dolor físico y sin pararnos en él, el gran amor de Dios para con nosotros. Esta meditación es como un sacramental que hace participar al alma de aquella profunda tristeza que envolvió a Cristo en Getsemani. El no podía sentir compunción en sentido estricto, porque su alma era  la misma pureza, pero quiso sentir la tristeza que debiera tener toda alma por sus culpas. La mirada de Jesús moribundo llega hasta el fondo del alma, moviéndola a la penitencia. Ve en el pecado la causa de todos los sufrimientos  de Cristo y el alma se aflige haber sido parte en ellos.
Cuando Dios ilumina al alma con esta luz, le concede una de las gracias más preciosas. El P. Faber dice: “Si hay algo que puede acompañarnos toda la vida es el sentimiento de compunción, Ha sido causa de nuestro retorno a Dios y no hay cumbre de santidad  que no pueda escalar”.
Y dejamos de hablar de la compunción que procede del deseo de Dios, del cielo. Casiano nos describía en la lectura que hicimos hace pocos días, como vivian los monjes este deseo de Dios.

66 .Vivir la cuaresma
 Por eso en estos días impongámonos alguna cosa más a la tarea normal de nuestra servidumbre: oraciones especiales, abstinencia  en la comida y la bebida, de modo que cada uno según su propia voluntad ofrezca a Dios con gozo del Espíritu Santo, algo por encima de la norma que se halla impuesto, es decir  que prive a su cuerpo de algo de la comida de la bebida, del sueño, de las conversaciones y bromas y espere la santa Pascua con gozo de un anhelo espiritual. (49,5-7)

Hasta aquí nos hemos mantenido más o menos en el ámbito de la teoría. Es preciso descender a la práctica. “Ergo”, por tanto, de los principios enunciados, se sacan dos consecuencias: hay un “pensus servitutis” una tarea establecida, unas  prestaciones normales en el servicio de Cristo, que es la vida monástica.
 Durante la cuaresma añadamos algo a la tarea ordinaria: oraciones privadas, abstinencia de comida y bebida. Es decir un elemento espiritual positivo y otro corporal negativo, más especificado que en la lista anterior: privarse de comida y bebida.
Mas adelante, en la tercera lista solo tratará de la abstinencia. Ante todo cercenar algo en el comer y beber, como en el anterior, pero también privarse de sueño, de conversaciones, de chocarrerías, de chanzas.
Esto nos puede sorprender, ¿No  había desterrado la RB para siempre y de modo absoluto las chocarrerías al tratar del silencio?  La sentencia condenatoria no pudo ser más solemne: “las condenamos a eterna clausura, en todos los lugares (6,8) ¿Cómo reaparece ahora y no reprochándolas de nuevo, sino para sugerir que se repriman  algo “aliquid” durante la cuaresma?
Una cosa es la teoría y otra la práctica. La vida hubo de enseñar a S. Benito siempre grave  y circunspecto, pero también muy humano que existían tipos naturalmente tan graciosos que privarles absolutamente de hacer chistes, casi equivaldría  privarles de respirar. ¿Serían sus donaires razón para excluirlos de la vida monástica? Basta que se moderen un poco por lo menos en cuaresma.
Entre las dos listas, inserta la regla una observación de gran interés. Las practicas cuaresmales, no son impuestas obligatoriamente a todos los monjes por la  autoridad de la misma regla o del abad, sino siempre sugerencias que deja a elección de cada cual.
A diferencia de la RM que se prescriben oraciones y abstinencias  comunitarias, la RB ignora totalmente un programa preciso y obligatorio  para la comunidad entera. Se trata de obras de superoración que cada cual ofrecerá a Dios voluntariamente, “propia voluntate” y con gozo del Espíritu Santo.  Esto quiere decir que las prácticas cuaresmales no revisten según la RB un carácter tenso, penoso y triste, sino ágil y gozoso.  No son un peso suplementario impuesto pro la ley, sino de  generosidad de cada uno de los monjes, libremente quieren dar al Señor en compensación de sus negligencias y deficiencias que  lamenta profundamente.
Es de notar  la iniciativa que S. Benito permite a cada uno y la mención expresa de la propia voluntad, tan estigmatizada en otros pasajes de la regla.
De este modo la cuaresma se inunda ya de la luz y alegría pascual. En definitiva, todas las penitencias no son más que una preparación  para el gran día, la solemnidad de las solemnidades, la Pascua.
S. Benito lo subraya al indicar que cada uno de los monjes que se mortifica  voluntariamente y con gozo del Espíritu Santo, que espere la santa Pascua con el  gozo de un anhelo espiritual. Es esa esperanza que le lanza hacia el gozo de un Señor resucitado, lo que comunica a la cuaresma del monje tanta luz y tanto alborozo.
Podemos precisar que este modo de afrontar las penitencias que lleva consigo la vida común  y la regla, no es solo propio de la cuaresma, sino de todo el año. Incluso no es necesario que sean espontáneas. Pueden ser impuestas por la obediencia o la regla, pero es necesario que sean aceptadas por la voluntad, porque practicar la observancia a la fuerza,  porque no hay más remedio, o practicarlas  por respetos humanos, para no atraerse el desprecio, o por pura rutina, no es hacer verdadera penitencia, ni es agradable a Dios este  proceder, porque la penitencia está en el corazón y la voluntad.  No son nada si no son ofrecidas por la voluntad.
Así se podrá experimentar ese gozo que nace del Espíritu Santo, de la configuración con Cristo. Dios ama este gozo, porque es la manifestación y medida de nuestro amor. No puede agradar a Dios el que sufre a pesar suyo, las austeridades de la regla, que arrastra su cruz y se  descarga todo lo que puede y busca excepciones a poco que haga.
Para ser gozosa, la penitencia tiene que estar acompañada de una intención pura y para alcanzar esta intención pura, S. Benito nos señala dos defectos que tenemos que evitar: la presunción y la vanagloria.
Este capitulo de la cuaresma depende en gran manera, tanto  en las ideas  como en el vocabulario, de los sermones cuaresmales de S. León Magno. Es tan grande este influencia que se puede afirmar que su contextura esta calcada  en la predicación de tan gran papa.
Pese a las analogías, perece que Benito no tenía  a la vista el texto  de S. León al redactar este capítulo, simplemente estaba  tan impregnado de la doctrina cuaresmal del Papa, y había asimilado sus ideas y vocabulario, que le salían espontáneamente, aunque alguna vez no las explicase en el mismo sentido.

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