Capítulo XLVIII
El trabajo manual de cada día

 

 

419.-Vigilancia en tiempo de lectura

413.-El trabajo manual.

La ociosidad es enemiga del alma, por eso han de ocuparse los hermanos a unas horas en el trabajo manual, y otras en la lectura divina. 48,1.
La Obra de Dios es la tarea principal de los monjes pero no la única. Después de una afirmación perentoria sobre la ociosidad, el resto de este capítulo es una distribución del tiempo entre el trabajo y la lectura.
El contenido del capítulo rebasa los límites indicados por el título. Incluye directrices no sólo del trabajo, sino también de la lectura, los tiempos de los oficios y otros temas relativos a la ocupación del día.
En realidad lo que nos ofrece en este capítulo es el horario que regula la vida del monasterio. La estructura es clara. Después del principio fundamental de que "la ociosidad es enemiga del alma" que va a sostener toda la construcción, sigue el horario primavera-verano, desde Pascua a primeros de octubre. Con un excursus sobre el trabajo extraordinario que los monjes pudieran tener en esta época. Después la distribución durante los meses de otoño-invierno y el horario correspondiente a Cuaresma.
La lectio cuaresmal reviste especial importancia y esto sugiere a S. Benito unas normas que aseguren el cumplimiento.
Termina el capítulo con dos casos especiales, uno temporal: los domingos, otro personal: los enfermos.
Se abre el capítulo con una afirmación perentoria: la ociosidad es enemiga del alma. S. Benito pudo tomarla de la regla de San Basilio 192, en la versión latina de Rufino que dice ser sentencia de Salomón. Pero no se encuentra ni en la Escritura ni en la obra auténtica de S. Basilio.
La Biblia solamente dice que la pereza es ocasión de muchos males o que la ociosidad trae muchas maldades. Y tal vez la regla de s. Basilio aluda a estos pasajes.
Es interesante observar que esta es la única máxima en la que fundamenta la RB toda la necesidad del trabajo, como de la lectio divina. Y "por eso, y nada más que por eso, han de ocuparse los hermanos unas horas en el trabajo manual y otras en la lectura divina". Esta máxima se aplica a todo lo largo del capítulo. Y todo el capítulo se tiende al mismo fin: eliminar la ociosidad.
Mientras que en la RM el capítulo correspondiente es un directorio para pasar el día sin pecado, la RB no tiene más que una minuciosa distribución del tiempo para evitar la ociosidad.
Este dato resulta significativo. Según S. Benito hay que estar ocupado. Si no se puede ocupar leyendo todo el tiempo sin caer en la ociosidad, hay que trabajar.
En consecuencia no pretendamos encontrar en la RB una doctrina positiva sobre el valor del trabajo.
El hecho de trabajar no fue jamás un ideal positivo en la antigüedad. Tampoco existe una teología del trabajo en la época patrística. La valoración positiva del trabajo es una invención reciente de la sociedad industrial, en la que el trabajo ha podido manifestarse más como creador que como una necesidad de subsistencia, o como una especie de maldición. Lo que no implica que los primeros monjes no valorasen el trabajo.
Existía entre los monjes de la antigüedad no solo una práctica constante del trabajo, sino una doctrina firme, bien razonada, importante, que se apoyaba no en un texto sobre la ociosidad, como la RB, que ni es de S. Basilio ni de Salomón, sino en otros principios escriturarios más sólidos y convincentes, como veremos después.
Lo que sucedía es que en tiempo de S. Benito el monacato había evolucionado y los monjes no tenían comúnmente necesidad de trabajar para sustentarse. Poseían una hacienda, unos campos, recibidos de los fundadores y bienhechores del monasterio y cuyo cultivo encomendaban a colonos seglares. Vivían de sus rentas, limitándose a realizar las labores de la casa, a ejercer un oficio, a cultivar una huerta. Con frecuencia en esta época se trataba más de ocuparse, ya que "la ociosidad es enemiga del alma".
La RM constituye una prueba fehaciente del desprecio que sentían los monjes italianos por las faenas agrícolas. Aceptan el trabajo manual, pero de ninguna manera en el campo, pues hay que evitar a toda consta cualquier mitigación o derogación de la ley del ayuno. En cuanto a las granjas, vale más conservar  la propiedad dejando a otros los inconvenientes, y percibir sin riesgo alguno las rentas anuales, sin pensar en otra cosa que en el alma. Todo este capítulo de la RM merece leerse.
De aquí se puede deducir la mentalidad monástica de la época, unos 30 años antes de la redacción de la RB. Confiar a seglares la explotación de los campos del monasterio, percibir las rentas, ocuparse en trabajos más ligeros, ayunar como buenos monjes, preocuparse solamente de la propia alma.
Pero este modo de ver el trabajo de los monjes contemporáneos de S. Benito no corresponde al modo de obrar de los primeros monjes.
Los primeros monjes trabajaban mucho y con frecuencia duramente, para ganarse el propio sustento, agasajar a los huéspedes y poder hacer limosnas a los necesitados.
Los anacoretas coptos solían ocupar todo el día y parte de la noche en la confección de cestas, cuerdas y esteras,  mientras recitaban o meditaban la Palabra de Dios, haciendo frecuentes oraciones. Muchos ayudaban a los campesinos en la recolección de las mieses a cambio de una cantidad de trigo necesaria para su subsistencia durante el año.
Los cenobitas de S. Pacomio eran grandes trabajadores: cultivaban los campos y ejercían algún oficio. Todos tenían que ganarse su propio pan y el de los pobres.
A S. Basilio le parecía muy adecuado a la vida monástica los oficios de tejedor, herrero y otros por el estilo. Pero no ocultaba su preferencia por la horticultura que además de asegurar la permanencia en el monasterio, cubre con sus productos las necesidades más apremiantes, tanto de la comunidad monástica, como de los pobres.
A los monjes que no trabajaban o incluso condenaban el trabajo como indigno de personas espirituales, así eran los mesalinos y otros de tendencia afines, fueron criticados y combatidos. El mismo S. Agustín escribió un libro contra tales parásitos de la sociedad cristiana.
Esta obra de S. Agustín es una contribución esencial a favor del trabajo monástico, en el que desarrolla el pensamiento de la tradición con la agudeza y profundidad que le caracterizan.
S. Basilio, S. Juan Crisóstomo, S. Jerónimo, Cesáreo y otros han tratado el mismo tema con mayor o menor amplitud. Los argumentos en que se fundan son varios: que es una ley de la condición humana, ya que el monje, como todos los demás hombres, debe trabajar como los demás. Dejarse alimentar por los seglares les parecía una incoherencia. Pero sobre todo se apoyaban en la Escritura. Citan frecuentemente el axioma de S. Pablo:"El que no quiera trabajar que no coma", y el ejemplo de S. Pablo que trabajaba con sus manos y se gloría de ello.
S. Jerónimo afirma que los apóstoles podían vivir del evangelio, pero que trabajaban con sus manos para no ser gravosos a nadie e incluso poder ayudar a sus fieles. Y al monje que no trabaja, tema le diga un día el Señor: "Siervo malo y holgazán".
Pero los monjes que no querían trabajar también conocían la Biblia y alegaban otros textos para justificar su postura. "No os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis", "ocuparos no del alimento perecedero, sino del que permanece hasta la vida eterna", "María ha escogido la mejor parte", "orar sin cesar". S. Agustín refutó no sin humor, las consecuencias que pretendían sacar de tales principios.
Pero quizás sea S. Basilio el autor monástico que mejor ha armonizado los textos del NT tocantes de alguna manera a este punto, con la intención de facilitar el puntual cumplimiento de todos los mandamientos contenidos en la Escritura.
Del examen de las reglas de S. Basilio se deduce que el trabajo monástico se sitúa en un contexto de pobreza y aún más de caridad. Hay que desprenderse de todo en beneficio de los necesitados. Y una vez desprendidos de los propios bienes, trabajar con nuestras manos no solamente para tener lo necesario para la vida, sino también para tener con qué socorrer a los necesitados con el fruto del propio trabajo.
En suma, el monacato antiguo enseñó y practico la ley cristiana y humana del trabajo fundamentándola sobre todo con textos de la Escritura. Pronto se añadió el ejemplo tantas veces citado de S. Pablo y extendido a los demás apóstoles.
Casiano pone en boca de S. Antonio, padre del monacato cristiano una frase en la que junto con la enseñanza de los apóstoles pone las enseñanzas de los ancianos como principio y fundamento de la práctica del trabajo manual.
En cuanto a la finalidad del trabajo, se cita en primer lugar y como más importante, el proveer al propio sustento. Después la de socorrer a los necesitados. También se cita con más o menos precisión la atención a los huéspedes, evitar el tedio que produce la ociosidad, fomentar la estabilidad psíquica y algunas otras.
Ciertamente que la mentalidad de S. Benito está más cerca de la mentalidad del hombre de hoy que de aquellos monjes contemporáneos suyos que vivían de rentas.
Pero necesitamos un esfuerzo para conectar nuestra realidad presente con la de S. Benito. Pera ello podemos fijarnos en unos datos o pistas para este fin.
1° Hemos de tener en cuenta que vivimos en una sociedad de la que sobresale con mucho la especialización técnica, la investigación científica y todo tipo de actividad intelectual por encima de las actividades agrícolas y artesanales. Sería un error querer excluir del monasterio estos aspectos que en realidad son un verdadero trabajo y que está presente en nuestro mundo moderno, amparados en una visión fixista de la tradición. Incluso trabajos como los ganaderos y avícolas requieren una preparación técnica para poder obtener el fruto deseado. Así mismo sería perjudicial rechazar los trabajos artesanales so pretexto a una mayor adaptación al mundo que nos rodea.
Todo lo que S. Benito dice del trabajo, lo debemos aplicar a todas las actividades, dejando la denominación de lectio divina a la lectura contemplativa de la Escritura y de los Padres que la comentan.
2° Las actividades que se realizan en el monasterio no pueden tomarse como un simple medio ascético para ocupar el tiempo, hacer penitencia o simple entretenimiento. Es significativo a este respecto el trabajo de los monjes de Sta. Susana en su permanencia en Poblet, trasladando un montón de piedras a un lugar para después volverlas a su primitivo sitia, Entre los aldeanos de la zona aún hoy día recuerdan este hecho.
Tanto mirando al bien del monje como a la sociedad que nos rodea, se ha de tener una profesionalidad seria. De lo contrario no será el trabajo un medio real de maduración personal a través de la responsabilidad. Sin un trabajo serio, la espiritualidad el monje se puede evaporar en un misticismo desarraigado.
3° Es grandes la responsabilidad de los dirigentes de la comunidad en este aspecto de la formación permanente para las diversas actividades. Mucho depende también de las características de la comunidad. Una comunidad numerosa necesita un programa económico serio. Es una de las misiones más delicadas, para que el monasterio ni aparezca como una empresa, ni caiga en una ruina económica.
4° No todos los trabajos son ciertamente apropiados para los monjes. S. Benito da un toque de realismo cuando dice que los monjes no se entristezcan si por razones de pobreza u otras circunstancias tienen que realizar trabajos más duros o menos apropiados a sus fuerzas. Pero hemos de tener bien clara la escala de valores, y excluir los trabajos que impliquen el no poder participar habitualmente en el oficio divino, y en la vida de la comunidad. Nuestra comunidad de La Oliva tiene en esto mucha experiencia durante su estancia en Val San José. No todos los monjes conservaban el espíritu al vivir separados de la comunidad. Actividades que no obliguen a salir del monasterio. También se puede recordar a los monjes pastores de las comunidades de S. Fructuoso en el norte de la península, que pasaban meses fuera de su comunidad con los rebaños.
5° Todo trabajo ha de tener una dimensión social que los antiguos monjes, siguiendo a S. Pablo le llevaba a considerar de manera concreta el no ser carga para nadie, ganarse el pan de cada día y procurarse algo con lo que poder socorrer a los necesitados. El trabajo ha de ser valorado no solamente por el rendimiento económico que proporciona, sino también por su nivel de servicio a la sociedad que nos rodea.
De cara al interior de la comunidad monástica se da el caso de que los monasterios donde predomina la actividad manual, se da el fenómeno curioso de que las personas con una vocación intelectual no son suficientemente valoradas y respetadas, se las considera sospechosas de perder el tiempo, no queriendo colaborar en los trabajos manuales por pereza.
Al contrario, en los monasterios donde predomina una actividad intelectual, los monjes artesanos necesitan un nivel alto de madurez personal, para no sentirse marginados o poco valorados.
Sólo una visión intensa de la misión comunitaria y una caridad sincera pueden superar estos escollos.

 

 

414.- La lectio divina.
La ociosidad es enigma del alma, por eso han de ocuparse los hermanos unas horas en el trabajo manual y otras en la lectura divina. 48, 1°
S. Benito dispone en este capítulo que la lectio divina llena ciertos momentos entre oficio y oficio, para que juntamente con el trabajo, estén ocupados los monjes y evitar la ociosidad. Más adelante hablará de "meditar" .Ni aquí ni en otros pasajes explica la Regla el significado de estos términos, que eran perfectamente conocidos por los destinatarios inmediatos.
La Biblia desde los orígenes del monacato se convirtió en el libro de los anacoretas y cenobitas. La Escritura era para los Padres del Desierto escuela de vida y por eso mismo de oración.
Los Padres del Desierto deseaban vivir fielmente todos los preceptos de la Escritura, y el que encontraban con más frecuencia era el que debían orar sin cesar.
En la Vita Antonii se dice que trabajaba con sus manos porque había escuchado "el que no trabaja que no coma", y oraba continuamente en la intimidad. Estaba tan atento a la lectura que nada se le escapaba de la Escritura de modo que la memoria le hacia las veces de libro. Hay que resaltar como en este texto de Atanasio se pone junto a la oración otras actividades, en particular el trabajo como lo hará más tarde S. Benito en su regla.
No se puede hablar de la Escritura como escuela de oración en los Padres del Desierto sin tener en cuenta las dos conferencias que Casiano dedica a la oración, la 9 y 10. En la novena dice que el fin propio del monje es la perfección del corazón. Consiste en la perseverancia continua en la oración. Y explica como todo lo demás de la vida monástica: ascesis, práctica de las virtudes no tienen otro fin que propiciar la oración.
Los grandes maestros, Pacomio, Basilio, Evaglio Póntico, Jerónimo, Casiano inculcaron con insistencia la necesidad de una lectura frecuente que denominaban "alimento celestial", "pan bajado del cielo", "carne y sangre de Cristo".
Pero ¿que significa en concreto "lectio divina"?
Antes de seguir, hay que dejar bien claro que "lectio divina" en los Padres del Desierto, en el monacato primitivo, no hay que tomar esta expresión en el sentido técnico moderno, un tanto reductor, y que es el que se le ha dado en las últimas décadas.
            A los Padres del Desierto los  autores posteriores los tienen por maestros y guías del monacato.
La expresión lectio divina entre los escritores latinos anteriores a la Edad Media designa la Escritura misma y no una actividad humana sobre ella. Es sinónimo de Sagrada Página. Así se dice que debemos leer atentamente la "lectio divina". Que el Señor en la "lectio divina" (=Escritura) nos recuerda tal o cual exigencia. Este es el sentido que tenía "lectio divina" en los Padres del Desierto.
No hablaban de una observancia particular que tiene por objeto la Escritura, sino de la Escritura misma como escuela de vida y por lo tanto escuela de oración para los primeros monjes.
La lectura como hoy se entiende debía ser bastante rara. Los monjes pacomianos, por ejemplo que venían de ambientes rurales del paganismo, debían aprender a leer para poder aprovecharse de la Escritura. Un texto de la regla dice que nadie debe haber en el monasterio que no sepa al menos NT y los salmos de memoria.
Una vez memorizados estos textos, se convierten en una "meleté" o "ruminatio" continua tanto en privado como en la synaxis. Y esta "ruminatio" no es concebida como una oración vocal, sino de una comunicación con Dios a través de su palabra.
Así la Escritura constituye el instrumento imprescindible de la formación a lo largo de todo el itinerario espiritual, el ámbito sagrado del encuentro del monje con Dios.
Se ha escrito a propósito de Casiano que para citar con tanta abundancia, oportunidad y frecuencia de memoria el texto sagrado, era preciso poseerlo hasta tal punto, que llena de asombro y produce admiración. Y lo mismo se puede decir de otros monjes escritores. Las catequesis y escritos de Pacomio y sus sucesores manifiestan esto mismo, pues eran hombres más bien rudos que no poseían las ventajas de la educación griega.
Para los monjes antiguos la lectio divina no consistía solamente en leer la Escritura sino vivirla. Evidentemente que para vivirla era necesario conocerla. Lo importante era dejarse interpelar por la palabra de Dios
Era la asimilación de la Palabra de Dios por la lectura y era su lectura esencial, asidua, imprescindible, y con frecuencia única. Pero para los Padres del Desierto no era esto un mero ejercicio de lectio que prepara gradualmente el espíritu y el corazón a la meditatio, y después a la oratio, con la esperanza de poder alcanzar la contemplatio. Para ellos el contacto con la palabra es el contacto que arde, que perturba y llama violentamente a la conversión.
No es para ellos un método de oración sino un encuentro místico y con frecuencia les da miedo, porque están conscientes  de sus exigencias.
Las lecturas no podían ser muy variadas en un principio, ya que los libros resultaban carísimos y poseer un códice equivalía a poseer una fortuna. Pero con el correr de los años los libros se fueron multiplicando sobre todo en los monasterios, lo que permitió a los monjes el acceso a las obras más variadas.
En teoría, la lectio divina era una lectura apacible, reposada, rumiada, saboreada. Más que de aprender mucho, se trataba de estar leyendo, buscando un contacto vivo y vivificante con la palabra de Dios y gozar de este contacto una vez hallado.
No se consideraba la lectio como una actividad puramente intelectual. Todos, aún los más simples podían y debían practicarla, pese al esfuerzo que para todos esto suponía. "Tal vez quiero dar firmeza a mi corazón forzándome a leer la Escritura, pero el dolor de cabeza me lo impide y a hacia las nueve de la mañana me he dormido con la cabeza sobre la página" (Con 10,10) He aquí una experiencia que debió repetirse innumerables veces en la prosaica realidad cotidiana del desierto.
En otras ocasiones el alma se encuentra sumida en el sopor de la acedía, y la lectura causa aversión y perseverar leyendo, como los monjes sirios de los que habla S. Juan Crisóstomo, clavados a su libro, requiere una voluntad casi heroica. Es más, los antiguos estaban persuadidos que la lectura exige en toda coyuntura, un esfuerzo notable, teniendo que poner en ella todos los recursos de la propia persona para poder entrar en la comunicación de Dios. Además requiere una preparación remota,  una vida ascética y santa. Una larga educación que excluye toda curiosidad puramente  intelectual, intentando aprender el texto y evitando todo mariposeo inconsciente de uno a otro pasaje de la Biblia.
Llegar a poseer el arte de la verdadera lectio divina suponía según los maestros del monacato antiguo, una dura metodología, una disciplina de hierro. Por eso presentaban la lectura como una auténtica práctica ascética.
Es en realidad una práctica ascético muy apropiada para reconcentrarse, además es un arma contra las tentaciones purifica el corazón, es un estímulo de la oración, fuente de consuelo, de serenidad y de paz en medio de las tribulaciones de la vida.
Los maestros del monacato primitivo no conciben una contemplación de Dios que no brote de la lectio divina.
La lectio tenía en la meditatio un sustitutivo para uso de los monjes analfabetos y era también un complemento para los que sabían leer.
"Meditari" o "meditare" como prefiere la RB indica sobre todo una práctica eminentemente monástica, que tuvo una especie de preludio en las escuelas filosóficas griegas. En estas se imponía a los adeptos el "soliloquio", es decir la repetición constante y en voz alta de ciertas sentencias que se intentaba imprimir, no solamente en la memoria sino en todo el sistema psicológico, a fin de que se formaran en él reflejos y reacciones en conformidad con los principios de sabiduría enseñados por los maestros.
Para el monacato antiguo, como para los judíos la meditatio consistía sobre todo en repetir oralmente textos bíblicos aprendidos de memoria, o el hecho de aprenderlos a base de repetirlos. Era un ejercicio en el que intervenía el hombre entero, el cuerpo ya que la boca pronunciaba el texto, la memoria que lo retenía, la inteligencia que intentaba penetrar en su significado, la voluntad que se proponía lleva a la práctica sus enseñanzas.
La "meditatio" se convirtió en uno de los elementos más destacados de la praxis monástica desde sus mismos inicios. Casiano igual que otros maestros la recomienda fervorosamente.
Los monjes pacomianos la practicaban en el camino de ida o vuelta de la sinaxis, la trasladarse al comedor o a la celda, al encaminarse al trabajo y durante el mismo. Esta fue sin duda ninguna la forma de oración más generalizada en el monacato antiguo. No solamente seguía en vigor en tiempos de S. Benito, sino que no disminuyó a lo largo de la edad media.
Aunque la lectura no ocupase más que un tiempo restringido, se prolonga en el transcurso de otras ocupaciones por medio del ejercicio de la meditación. Los textos leídos y aprendidos en las hora de lectio, son luego "meditados", es decir, repetidos con la boca y el corazón a lo largo de las horas dedicadas al trabajo.
La "Meditatio" es el complemento necesario de la lectura porque hace presente la palabra en medio del trabajo. Gracias a ella la lectura da los frutos de una oración incesante.
La relación entre estas dos actividades es recíproca. Si la lectura requiere una meditación que la continúe, esta a su vez supone la lectura que la ha originado.
Agustín y Pelagio, estos dos contemporáneos que en otras materias se opusieron violentamente, están de acuerdo en este punto y es en la obra de ambos donde por primera vez se marca la costumbre de dedicar tres horas por día a la lectura. Pelagio quiere que estas tres horas sean las primeras de la mañana considerándolas como las mejores. Agustín señala que se debe dedicar a la lectura  entre sexta y nona, antes de la comida.
Así se esdtyableción una disciplina que no aparecía ni en Pacomio ni en Basilio, ni en los monjes de Egipto. El determinar el momento concreto de tiempo, para la lectio, dejando toda otra actividad. Así fue formándose el horario monástico hecho de una alternancia de lectura y trabajo.
Estas dos ocupaciones proceden de una única y misma raíz: la voluntad de Dios.
La lectura en común o en privado, percibida por los ojos les era gravosa para algunos. Fulgencio muestra su desaprobación a aquellos de sus monjes que la descuidaban. Benito quiere reprimir severamente esta negligencia.
Sería un error pensar que esta alergia a la lectio fuese fruto de una época en la que la instrucción estaba poco generalizada y que la lectura era más difícil. Se trata de una de las dificultades de todos los tiempos porque proceden de la pereza natural del hombre y de la naturaleza de este libro austero que es la Biblia.
La calidad de las lecturas de los monjes era una de las preocupaciones de S. Benito. Temía sobre todo que se leyeran obras apócrifas o poco ortodoxas. A este peligro, hoy día se agrega el de las lecturas fáciles, entretenidas, mundanas, ya tengan por objeto la historia o la actualidad, que tiendan a ilustrar a los monjes sobre el pasado o a tenerles al tanto de la actualidad. A. de Vogüe se pregunta si esta clase lecturas no establecen a las comunidades monásticas en un clima extraño a la búsqueda de Dios.
Según el método moderno de la lectio, se debe leer lentamente, se debe parar en un versículo mientras éste alimente al corazón, y se pasa al versículo siguiente cuando los sentimientos se enfrían o la atención se disipa. Los primeros monjes se quedaban en un versículo hasta que lo habían puesto en práctica.
Un hermano vino al abad Pambo y le pidió que le enseñase un salmo. Pambo se puso a recitar el salmo 38. Apenas pronunciado el primer versículo:"Yo dije, vigilaré mi proceder para que no se me vaya la lengua" el hermano dijo: basta con este versículo. Pida a Dios para que tenga fuerza para aprenderlo y ponerlo en práctica. Diecinueve años más tarde se empeñaba en ello todavía.
La Biblia para los Padres, no es algo que se conoce con la inteligencia ni tampoco con el corazón, como gusta repetirse en nuestros días, confundiendo el concepto bíblico, con una noción más reciente y un poco sentimental. Para los Padres se conoce la Biblia cuando se la asimila hasta el punto de reflejarla en la vida. Todo conocimiento que no lleve a esto, es vano.
Un peligro actual es que frecuentemente, a veces de manera imperceptible, se ha trasformado la lectio en un ejercicio  entre los demás ejercicios, aunque se le considere el más importante. El monje fiel hace  media hora o una hora, o más de lectio y pasa a sus estudios, a sus trabajos, adopta una actitud gratuita de escucha de Dios durante este tiempo, y se entrega a las otras actividades con la misma intensidad y entrega., como si no hubiese optado por una vida de oración continua y de búsqueda constante de la presencia de Dios.
Todo esto no es solamente extraño al espíritu de los Padres sino que está en contradicción de la misma naturaleza de la lectio divina. Lo más importante de esta es la actitud interior. Ahora bien, esta actitud no es algo de lo que uno se pueda revestir durante media hora o una hora del día. Se tiende permanentemente, o no se tiene. Impregna toda nuestra jornada o de lo contrario el ejercicio de la lectio es un juego vació.
Es un error hacer de la lectio un ejercicio, en lugar de impregnar los mil y un enfoques de la vida diaria. Aún más, pensar que el texto bíblico puede interpelarme, trasformarme, solamente cuando me siento ante él completamente desnudo, sin recurrir a los instrumentos que pueden permitirme captar su significación primera. Se corre el riesgo de conducir a una actitud fundamentalista, incluso a una farsa mística.
El uso de los Padres como materia de lectio divina, requiere un serio trabajo de estudio para alcanzar la realidad que ellos han vivido, más allá del ropaje cultural que los envuelve.
El monje de hoy pertenece necesariamente a una cultura determinada y es en esta cultura en la que reencuentra la tradición monástica y tiene que dejarse interpelar y trasformar por ella.
En fin, los Padres del desierto nos recuerdan la importancia primordial de la Escritura en la vida del cristiano y la necesidad de dejarse trasformar por la palabra de Dios. Esto nos lleva a poner en cuestión algunos aspectos de la concepción moderna de la lectio divina, o mejor nos llama a sobrepasarlos para volver a un sentido más profundo de la unidad de lo vivido.
El monje menos que nadie puede permitirse estar dividido. Su nombre monachus le recuerda sin cesar la unidad de preocupación, de aspiración y de actitud que corresponde al que ha elegido vivir un solo amor con el corazón indiviso.

 

415.-Horario de verano.
En consecuencia pensamos que estas dos ocupaciones pueden ordenarse de la siguiente manera: desde Pascua hasta las kalendas de octubre al salir del oficio de prima trabajaran por la mañana en lo que fuera necesario hasta la hora cuarta. 48,2-3.
Aclaradas ya   las diferentes nociones del texto de la RB, pasamos   al horario de los meses primavera-verano. No necesita comentario. Al salir de prima se dirigen al trabajo, no menciona el oficio de Tercia, que probablemente se celebraba durante el trabajo, y a continuación lectio divina hasta sexta.
Aquí se ve la discreción de S. Benito dedicando al trabajo las primeras horas del día, cuando el sol no calienta demasiado y dedica a la lectura las próxima al mediodía. La RM ignora esta lectura antes de sexta.
Después de sexta los monjes comen y para resarcirse de las pocas horas de sueño debido a lo cortas que son las noches en verano, duermen la siesta. Tal vez algunos no les apetece dormir. A estos les permite leer con tal de que no lo hagan en voz alta, como solían hacer la lectura en aquella época, para no molestar a los que duermen.
Esto da a entender que duerman o no la siesta, todos debían estar en el dormitorio durante este tiempo.
La siesta no duraba hasta nona, sino que se adelantaba este Oficio a la mitad de la hora octava. Se reanudaba el trabajo hasta la hora de vísperas.
Aunque este horario tiene unos rasgos de división del día hoy totalmente rebasada, la intención de S. Benito permanece como centro de la vocación monástica: santificar el tiempo, procurando que el servicio de la alabanza divina nos llame e incluso nos perturbe a intervalos regulares y breves.
Era un horario que propiciaba una vida apacible, plena, enriquecedora, pacífica y equilibrada. Era una fórmula vital que es difícil de guardar en un mundo de bombillas, teléfonos y coches, pero que puede ser más necearía que nunca si el alma moderna ha de recuperar algo del auténtico ritmo de la vida, y por tanto también de su buen sentido.

416.- La siesta.48,5

Después de sexta, al levantarse de las mesa descansarán en sus lechos con un silencio absoluto, si alguien desea leer particularmente, hágalo para sí solo de modo que no moleste. 48,5.
Leyendo este capítulo, podemos apreciar el equilibrio que S. Benito tiene respecto a las cosas referentes al cuerpo. Así en el horario de verano quiere que al levantarse de la mesa, descansen los monjes mediante una siesta, imitando la bondad de Dios que nos proporciona las tinieblas y el sueño para descansar.
En el horario antiguo romano, las noches del estío son más cortas y los trabajos más duros y más fuerte el calor. Llegado el mediodía el monje siente ya el peso de la jornada, dificultando todo trabajo, tanto material como espiritual. Por ello S. Benito permite dormir la siesta, para que descansados, podamos con más ligereza realizar el servicio divino de la tarde.
El silencio que S. Benito exige en este tiempo, tiene como primera motivación no turbar el descanso de los hermanos. Es un silencio de caridad. Podemos extender esta actitud de silencio de caridad al resto de la jornada. Andar con precipitación, golpeando los pies, golpeando las puertas... es señal de que el que se porta así no tiene silencio interior y que no mira por el bien de los hermanos.
Hay un segundo motivo de este silencio durante la siesta, es evitar la ocasión de cometer esos pecados de la lengua tan fáciles de cometer después de la comida, ya que satisfechos por la comida se puede uno dejarse llevar de la disipación y el medio para evitar este mal es este silencio más riguroso que S. Benito prescribe durante la siesta.
S. Benito prevé que alguno no pueda reposar durante la meridiana sin sentir fatigosas indisposiciones, o porque necesita tiempo par un trabajo apremiante y no encuentra otro momento para leer, está permitida la lectura durante la siesta.
Cierto que es delicado el tema de la lectura en ese momento, ya que un libro frívolo, secaría el espíritu y una meditación o estudio de mucha concentración produciría fatiga.
Actualmente la meridiana como bien sabéis está permitida todo el año, ya que no tiene fundamento en nuestra medida actual del tiempo el que las noches sean más largas en invierno, ya que el tiempo de descanso es el mismo.

 

417.-Trabajos extraordinarios.

Si las circunstancias del lugar o la pobreza exigen que ellos mismos tengan que trabajar en la recolección, que no se disgusten, porque precisamente así son verdaderos monjes, cuando vivan del trabajo de sus propias manos, como nuestros padres y los apóstoles. Pero pensando en los más débiles hágase todo con moderación. 48,7-9.
Al final del horario de verano, la RB intercala un paréntesis de singular trascendencia. Son los párrafos citados en el enunciado de esta conferencia. Es un texto que no tiene desperdicio.
Los monjes contemporáneos no estaban acostumbrados a las duras tareas del campo. Pero las circunstancias que atravesaban en Italia en la época, la guerra entre godos y bizantinos... podían imponerles y de hecho les imponía la necesidad de tener que recolectar las mieses ellos mismos. Esto les podía producir cierto descontento. No les parecía propio de monjes penar en labores tan agobiantes. Y S. Benito trata con estas frases de consolarles y salir al paso de toda murmuración apelando a un argumento de orden sobrenatural: precisamente así son verdaderos monjes.
Tenemos que tener en cuenta lo arduo que resultaba en aquella época los trabajos de la recolección. Si hace unos cincuenta años estos trabajos, ya muy dulcificados por las máquinas, eran bastante agotadores hasta la introducción de las cosechadoras, en épocas anteriores resultaban muy duros. En nuestras comunidades del siglo XII los sacerdotes no tenían tiempo para la celebración de la eucaristía debido al trabajo de la recolección, pues se alaba a S. Bernardo por dejarles tiempo para celebrar a los sacerdotes en estos tiempos de trabajos extraordinarios. Y nuestros padres en Sta. Susana, a finales del siglo XVIII pasaron una semana entera fuera del monasterio para poder recolectar las mieses.
No solamente quiere evitar todo descontento, sino que quiere mostrar como esta circunstancia es la ocasión de realizar un principio fundamental de vida cristiana y a forciori de vida monástica: vivir del propio trabajo.
Este razonamiento si le ponemos en orden deductivo sería así: del principio general (es necesario trabajar para vivir) S. Benito saca la consecuencia actual hay que aceptar incluso el trabajo agrícola si es preciso.
Pero de hecho el orden es inductivo: de las circunstancias presentes, S. Benito que es muy realista, se remonto al principio general, que permite afrontar con buen ánimo las necesidades reales.
Pese a las reticencias de los ambientes monásticos de la época, S. Benito se ve obligado por las circunstancias a introducir el trabajo agrícola. Así descubre la gran ley del monacato primitivo: ganarse el sustento con el propio trabajo: entonces serán verdaderos monjes.
Este texto es trascendental, pues en adelante la necesidad del trabajo monástico no se basa en una máxima negativa: evitar la ociosidad, enemiga del alma, sino en el principio positivo de atender a la propia subsistencia como los padres y los apóstoles.
Ya no se trata tan sólo de ocuparse en los diversos menesteres domésticos, ni en el cultivo de una huerta... sino que se trata de cubrir los gastos del monasterio con el producto del trabajo monástico. Proveer con e1 propio esfuerzo a las necesidades de la vida.
Hay que notar que el argumento aducido por la RB no convence más que a medias. La apelación a nuestros padres y los apóstoles 1o aporta como argumento a favor del trabajo agrícola. El ejemplo de S. Pablo solamente prueba la obligación de trabajo manual en general. El Maestro que se opone abiertamente al trabajo agrícola, no deja de referirse a los textos paulinos.
En realidad la RB lo que intenta citando este texto no es justificar el trabajo agrícola, sino la necesidad de ganarse la vida con el propio trabajo, que no es exactamente lo mismo. Ni S. Pablo ni muchísimos monjes de la antigüedad trabajaron como agricultores, e incluso algunos se mostraba contrarios a esta clase de trabajos porque según ellos disipaba el espíritu.
Estos párrafos, situados dentro del contexto histórico en el que fueron formulados, el argumento expuesto por S. Benito en favor del trabajo agrícola era convincente.
Y termina estas disposiciones con un toque de discreción y caritativa preocupación por los menos dotados de vigor físico o moral. La discreción tan querida en toda circunstancia por S. Benito.
S. Benito que dispensa de la lectura al que no puede leer, no dispensa a nadie del trabajo, ni a los enfermos. Lo ve como un gran medio de santificación monástica.
Pero es contrario al espíritu benedictino multiplicar los trabajos y crearse necesidades para ganar más dinero, lanzarse a industrias absorbentes, consagrar al   trabajo sin motivos de peso los tiempos destinados a la lectura por lo menos de modo habitual... Todo esto es salirse del camino de la voluntad de Dios, y por consiguiente del camino de la gracia.
En estas condiciones el trabajo en lugar de unimos a Dios nos alejaría de El, nos materializaría, arruinaría toda vida espiritual. La calma es necearía a la inmensa mayoría de los monjes para favorecer la unión con Dios, y con mucha más razón si queremos evitar la disipación del espíritu y del corazón.
Vigilemos para que un ardor por el trabajo, no sea fruto de un afán natural, sino que el ardor por el trabajo sea un fruto de nuestro amor a Dios y del espíritu de penitencia, ya que el trabajo es la penitencia impuesta por Dios al hombre caído en el pecado. 

 

418.-Horario de cuaresma.
 Durante la cuaresma dedíquense  a la lectura desde por la mañana hasta finalizar la hora tercera, después trabajarán  en lo que se les mande hasta el final de la hora décima. En estos días de cuaresma recibirán cada uno un códice de la Biblia, que  leerán por su orden y enteramente. (48,14-15.)

El horario de invierno resulta más austero que en el verano. En cuaresma se acentúa este aspecto severo, ya que la cuaresma es un tiempo penitencial. Durante este tiempo los monjes tienen que seguir trabajando, pero incrementando el tiempo de lectura, desde prima hasta la hora tercera. Después trabajan hasta el final de la hora décima, en la que se celebraba el oficio de vísperas. Cada uno de los días de penitencia preparatorios de la Pascua de resurrección, a excepción del domingo, constituían una interminable jornada de lectura y trabajo soportada en ayunas  hasta después de vísperas.
En este periodo se les ha de entregar un códice que leerán ordenada e íntegramente.  No obstante este aumento de lectura, el trabajo prosigue,  ya que ninguna devoción debía ocupar el lugar  de la penitencia impuesta por Dios al hombre pecador: el trabajo.
Pero hay que tener bien en cuenta que no es el trabajo lo que define al hijo de S. Benito, sino lo propio de la espiritualidad benedictina es la búsqueda de Dios en la soledad. Esto es lo que el monje busca por encima de todo y lo que da sentido a su vida y libera su corazón.
En nuestra actual cultura en las que las personas se identifican  por lo que hacen, no por lo que son, esta espiritualidad benedictina es de profunda importancia.
Después de marcar el horario de cuaresma, sigue un pasaje controvertido. Al principio de la cuaresma, dice la RB reciba cada  monje un códice que leerán por su orden e íntegramente.
Esto está perfectamente claro. La disputa se centra en torno a la palabra a los códices: “de biblioteca” ¿Qué significa aquí biblioteca? Siempre invariablemente se había interpretado como el depósito de libros, la biblioteca. Cada monje recibía un libro de la biblioteca del monasterio.
Desde 1950 se ha discutido del sentido  de esta palabra ya que no resulta nada nítido, pues si biblioteca  en la literatura clásica significa  el lugar donde se guardaban los libros,  en la  literatura cristiana significaba el conjunto de libros sagrados, es decir la Biblia.
Existen argumentos muy respetables a favor de esta nueva interpretación,  que es como traduce el P. Iñaki  este pasaje de la regla.
En primer lugar, biblioteca como sinónimo  de Biblia aparece con mucha más frecuencia  que con el sentido de lugar de depósito de libros en los textos cristianos de los siglos IV al IX, es decir en la mejor época patrística y el comienzo de la Edad Media. Los primeros comentaristas de la RB pertenecían ya  al renacimiento carolingio  lo que  influyó en su interpretación, que no puede dedarse por tradicional, ya que la tradición de los primeros discípulos  de S. Benito se había interrumpido totalmente.
En toda la RB no aparece nunca la biblioteca del monasterio por la sencilla razón de que no existía. ¿Cómo iban a tenerla si los mejores monasterios de la Edad Media  apenas tenían un  centenar de códices?
Los catálogos medievales casi nunca llaman biblioteca al conjunto de códices que se reseñan, pero en cambio así nombran a los códices de la Biblia.
Interpretar aquí biblioteca como depósito de libros no tiene sentido, pues resulta evidente ya que la tradición cenobítica atestiguada por Pacomio, Agustín, Isidoro…los libros se distribuían todos los días y todos los días por lo tanto se guardaban. Una sola distribución de libros  de la biblioteca a principio de cuaresma resulta muy extraña, pues uno se pregunta ¿de donde los sacaban el resto del año?
Pero si entendemos biblioteca con el sentido de Biblia, todo aparece más lógico. Antes y después de S. Benito la escritura se solía dividir  en nueve códices, de los que la RB cita siete, y se daba uno a cada monje al empezar la cuaresma, para que la Escritura constituyera su alimento espiritual  con más intensidad que en otros tiempos del año. Así cada monje al cabo de nueve años había leido la Biblia completa a razón de un códice  por cuaresma, siguiendo cierto orden, que es lo que indican las palabras: “los leerán por  orden y enteramente”.
S. Cesáreo de Arles invita a los cristianos a leer la Escritura especialmente durante la cuaresma. ¿Por qué no obrarían así los monjes destinatarios de la RB?  

419.-Vigilancia en tiempo de lectura

 Es muy necesario designar a uno o dos ancianos que recorran el monasterio durante las horas en que los hermanos están en la lectura. Su misión es observar si algún hermano, llevado de la acedia, en vez de  darse a la lectura, se da al ocio o a la charlatanería, con lo cual se perjudica no sólo a sí mismo sino que distrae a los demás. 48, 17-18.

Dedicar  tres horas seguidas a la lectio divina implicaría para muchos monjes un verdadero esfuerzo penitencial, ya que eran hijos de una época en el que el cultivo de las letras, se encontraba lamentablemente descuidado.
Es significativo que S. Benito se acuerde en este momento de legislar sobre la vigilancia  que debe ejercerse durante la lectura para mantener a los perezosos y charlatanes atentos a sus libros.
No se trata de una disposición referente sólo a la lectura cuaresmal, como teníamos prescrito en nuestros usos, sino que a lo largo de todo el año, uno o dos ancianos debían recorrer el monasterio mientras los hermanos  se dedicaban o decían dedicarse a la lectio.
Esto prueba que no leían en una habitación común, todos juntos, sino que cada uno tomaba su códice y se instalaba donde mejor le parecía. Esto parece lógico pues como ya he dicho, el hombre antiguo leía pronunciando  lo que leía.
En estas circunstancias, pudiera darse algunos monjes que se dedicasen a lo que no debía, perdiese el tiempo en bagatelas o charlatanería con detrimento de la disciplina y del aprovechamiento de los otros.
S. Benito califica de acediosus  al hermano que se portase de este modo. Acediosus quiere decir víctima de la acedia, tan temida por los monjes.
Es la única vez que aparece este término en la RB,  lo que resulta un tanto extraño, dada su difusión en los ambientes monásticos.
Acedia, literalmente  significa falta de cuidado, incuria, tiene una larga historia profana, aunque no fuera muy usada. Su sentido en los clásicos griegos es un tanto difícil de precisar, pues denota un estado de espíritu que tanto puede ser  positivo como negativo.
Entre los monjes adquirió pronto la categoría de término técnico. Forma  parte de la famosa clasificación de los logismoi debido a Evaglio Póntico que Casiano trasmitirá al mundo latino bajo el título de los ocho vicios capitales o principales.
Entre los logismoi ocupa la acedía un lugar preferente. Es una enfermedad del espíritu compuesta de inquietud, tedio, desazón interior, disgusto, desaliento, desdén, murmuración, sopor, pereza…Tanto Evaglio  como Casiano la analizaron con precisión  clínica.
 Para los antiguos, era la tentación por excelencia de los anacoretas, el demonio del mediodía, que atacaba  sobre todo a la mitad de la jornada. Por lo que se ve, a los cenobitas los atacaba durante la lectio divina, es decir cuando se encontraban  más solos, cuando se parecían más a los anacoretas.
Casiano nota como la acedia  no permite aplicarse a la lectura. El atacado de tal enfermedad será reprendido hasta dos veces y luego  castigado para escarmiento de los demás.
También en este capítulo da a entender que el tiempo de lectura no era apropiado para hablar los hermanos entre sí. El tiempo de lectura está dedicado  hablar con Dios, a escuchar y profundizar su palabra.
Esta disposición sobre la vigilancia choca con la sensibilidad actual. La pedagogía de S. Benito, tal como ya se explicó cuando tratamos del código penal,  no se puede entender sin tener  en cuenta el nivel humano y social de los destinatarios de la regla, es decir  el contexto histórico que les rodeaba.
Nosotros tenemos que traducir las actitudes fundamentales de S. Benito en una atención  personal a cada uno de los hermanos, animar a cada  uno a ser consecuente con la opción monástica, procurando que  las personas se responsabilicen de modo que sean capaces de una fidelidad libre y creadora, sin necesidad de una vigilancia que podría resultar infantilizadora para el hombre de hoy.
La experiencia enseña que si no se pone el remedio necesario, la infidelidad habitual a la lectio divina es el origen de muchos fracasos en la vida de los monjes y de  la decadencia de las comunidades monásticas. Sin el alimento constante de la fe y del deseo de Dios, la vida del monje se convierte en insignificante y vana, vacía de contenido.
El P. General en la conferencia al C.G. expresó muy claramente como la vida del monje puede convertirse en vana y vacía de contenido. El contexto de su afirmación es así:”Siendo la búsqueda de Dios el fin último  de nuestra existencia, nuestra vida es de gran sencillez.
 El hecho de tener una sola preocupación es el sentido primero y más profundo de la palabra monachus.
 La finalidad de este querere Deum es el encuentro con Dios. Toda nuestra vida es un camino hacía este fin. El camino monástico está caracterizado por un cierto número de medios. Entre los principales habrá que enumerar  los siguientes: oración silenciosa y continua, oración litúrgica centrada en la eucaristía, lectio divina, la ascesis del ayuno, de las vigilias, del trabajo, de la pobreza voluntaria…todo en un clima de soledad y silencio.
 Nosotros, monjes cistercienses encontramos todos estos medios claramente presentados y legislados en la regla de S. Benito (en cuanto encarnación del evangelio) y en las Constituciones (como interpretación vivencial de dicha regla). En estos documentos encontramos algo más, el fin que nos ha de animar en nuestro diario peregrinar.
Sabemos que estos medios no son más que medios. Son constitutivos de la vida monástica, necesarios a la misma, pero no son el elemento esencial de ella, ni el alma que la anima: la búsqueda y el encuentro con Dios.
Estos medios constitutivos se encarnan en prácticas concretas. Estas prácticas pueden diferir de una a otra tradición y evolucionar a lo largo del tiempo…
En resumidas cuentas, es evidente que para todo buscador de Dios, lo más importante es el encuentro con El. Es  precisamente dicho encuentro el que paga con creces las penas y trabajos de la búsqueda. En otros términos, la vida monástica carece de sentido sin la unión mística y contemplativa con el Dios que llama, purifica, desposa y trasforma”. Esta última frase es la que quería resaltar dentro de su contexto para mejor entenderla.
Las disposiciones   que nos resultan chocantes en la Regla, se ha de convertir en una llamada de alerta, para superar la incoherencia e inmadurez que puede camuflarse bajo nuestra autosuficiencia de hombres pretendidamente adultos.

 

420.-El trabajo en domingos y para enfermos.

Los domingos se ocuparán todos en la lectura, menos los que estén designados para algún servicio. Pero para el que sea tan negligente y perezoso o que no pueda o no quiera dedicarse  a la meditatio o a la lectura, se le asignará alguna labor  para que no esté desocupado. A los enfermos o delicados se les encomendará una clase de trabajo que ni estén ociosos ni el esfuerzo los agote. El abad tendrá en cuanta su debilidad. 48,23-25

Dos casos especiales son tratados al final del capítulo sobre el trabajo. Ambos se refieren tanto a la lectio como al trabajo. Son el domingos y los hermanos enfermos o enfermizos.
El domingo, día del Señor, debe dedicarse enteramente al Señor. Tal era la tradición de los cenobitas de Egipto según testimonio de S. Jerónimo: “Los domingos se consagra exclusivamente a la oración y a la lectura”.  La RB adopta plenamente esta práctica, pero menciona además el ejercicio de la “meditatio” relacionado tanto con la oración como con la lectura. Pero no da ninguna explicación en qué consistía, lo cual demuestra que era un ejercicio conocido por todos.
Esto se debe a que el principio  con el que se inició este capítulo: “la ociosidad es enemiga del alma” tiene también en estos casos plena aplicación.
Vemos como S. Benito valora el domingo, por los párrafos  que en este capitulo del trabajo, se ocupa de él.
Así como la Pascua es el centro de la organización de los elementos esenciales de oración, trabajo y lectura, el día del Señor es el eje en torno al cual se organiza la vida semanal del monasterio, como que ya hemos podido constatar en la organización del Oficio Divino y en los servicios que los monjes se prestan mutuamente.
En este capítulo quiere S. Benito señalar más la consagración total  y exclusiva del domingo al Señor resucitado. “En el domingo que se dediquen todos a la lectura”, dice terminantemente.
Este principio tiene que ayudarnos a recapacitar sobre el sentido auténtico del domingo, tan necesario para los monjes de hoy, sobre todo en aquellos monasterios que están sobrecargados con un ritmo de trabajos.
Los monjes, que a diferencia de muchos contemporáneos nuestros tenemos la suerte de no caer  en la servidumbre de los fines de semana vividos  gran parte en el volante de un coche, debemos estar atentos para dar un carácter festivo y sereno a la conmemoración semanal de la Pascua de Cristo.
Juntamente con un contacto más prolongado con la naturaleza en el jardín, dedicar las mejores horas del día a la escucha de Dios y a la contemplación gozosa de las maravillas del Señor, con un corazón esponjoso y sin prisas.
 Sería una pérdida espiritual dedicar tiempo a curiosidades bien leyendo la prensa, bien con lecturas frívolas. Y a mi juicio estaría completamente fuera de la mentalidad  monástica  el acceso libre a la TV como he oído se ha hecho en algún monasterio, precisamente en este día que los programas son por lo general más frívolos.
Pero en el domingo también tiene plena vigencia el principio  con el que comienza este capítulo:”la ociosidad es enemiga del alma”. Se puede dar el caso de que algún monje no pueda o no quiera entregarse  a la meditatio o a la lectura, pues hasta este punto puede llegar la negligencia y pereza, dos facetas de la acedia, que según  ya dije en otra ocasión, era muy temida por los  monjes. Por eso S. Benito quiere que a estos monjes se les dé algún trabajo en domingo, para que no estén ociosos. Pues de ninguna manera es propio del hijo de S. Benito estar como flotando en un vació ocioso. Incluso a los enfermos y débiles se les debe dar tareas sencillas, para que así edifiquen la casa de Dios.
Bien sabe Benito que por enfermo y anciano o débil que uno sea, nadie es inútil.  A todos se nos ha dado un don que ofrecer y una tarea que realizar. En todos los estadios de nuestra vida todos tenemos un signo de esperanza, de fe, de amor, de compromiso, para hacer partícipes a las personas que nos rodean. Incluso algunas veces, cuando podemos pensar que nada tenemos que dar, es cuando nuestros dones son más necesarios.
Termina el capítulo con un toque de humanidad. El abad tenga en consideración la flaqueza de los enfermos, de tal modo que  los monjes enfermos o débiles no caigan ni en los peligros que acarrea la ociosidad ni se sientan abrumados por la carga del trabajo.
Si esto se tiene siempre en  cuenta, no sucederá que los monasterios modernos se conviertan,  debido a los trabajos cada vez más especializados, en una empresa anónima en la que importa más la competitividad que el bien de la persona.

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