Capítulo XLVI
Los que incurren en otras faltas

 

 

409.- De los que incurren en otras faltas.
Sí alguien mientras está trabajando en cualquier ocupación, en la cocina, en la despensa, en el servicio, en la panadería en la huerta o en un oficio personal, o donde sea comete alguna falta o rompe algo o pierde algo,
o cae en alguna otra falta y no se presenta enseguida al abad y a la comunidad para hacer él mismo espontáneamente una satisfacción y confesar su falta, si la cosa se sabe por otro, será sometido a una penitencia más severa. 46,1-4.

En fin, en el cap. 46 el último de esta sección que es como un apéndice del código penitencial, quiere que cualquier falta externa cometida en cualquier lugar y de cualquier naturaleza que sea, deba confesarla el culpable y dar satisfacción.
Es una disposición muy noble. El castigo de las faltas citadas expresamente aquí a guisa de ejemplo: romper algún objeto, perderlo, no constituye ninguna novedad en la legislación monástica. San Pacomio y Casiano lo mencionan. Lo que resulta nuevo es que el culpable tenga que manifestar personal y espontáneamente su falta al abad y a la comunidad bajo la amenaza de una corrección más severa si la falta se sabe por otro.
S. Agustín, establece a propósito del religioso que recibe ocultamente de una mujer carta u otro regalo, si el propio religioso lo confiesa espontáneamente, se le perdonará y se rezará por él. Si el caso es conocido de otra manera, se le castigará con rigor. ¿Tuvo presente S. Benito este texto y generalizó esta norma particular de S. Agustín?
De todos modos esta humilde confesión y satisfacción espontánea que impone la RB constituye una innovación en la tradición monástica escrita que pudo tener S. Benito a la mano. La posible influencia de la práctica de su tiempo y de las tradiciones orales, en este caso como en otros, lo ignoramos totalmente.
El rendimiento de cuentas es un valor benedictino en que está basada toda la vida comunitaria. S. Benito no presume de la perfección en una comunidad benedictina. Las   personas tienen días malos, hay espíritus recalcitrantes, otro una educación limitada y en fin, hay periodos difíciles en la vida. Todo esto es tenido en cuenta en una regla cuyo ideal es una búsqueda decidida de Dios. Lo que Benito si que exige, es un sentido de responsabilidad.
 De la lectura de este capítulo se deduce que en la vida comunitaria no hay nada que pueda ser ignorado o descuidado. Nada hay en la vida monástica tan poca significativa que tenga derecho a hacerse de cualquier modo, sin pensar. Lo que hacemos cada uno, afecta a los demás en mayor o menor grado. Esto lleva a la necesidad de rendir cuentas y dar satisfacción por lo que no esté bien hecho. La idea de que cuanto hacemos afecta a los demás constituye un concepto de comunidad humana que en la sociedad civil ha desaparecido hace tiempo.

 

 

410.- las faltas ocultas.
Pero sí se trata de un pecado oculto del alma, lo manifestará solamente al abad o a los ancianos espirituales que sean capaces de curar las propias heridas y las ajenas pero no descubrirlas y publicarlas. 46,5-6.
La RB tiene como norma general que el monje tiene que satisfacer por todas y cada una de las faltas externas, e incluso por las simples inadvertencias. El monje que busca a Dios, quiere que el servicio divino sea hecho con toda delicadeza. Es lo que hasta ahora hemos comentado sobre este capítulo.
En los dos últimos párrafos trata de las faltas secretas, interiores, que tienen lugar en lo íntimo del corazón, y que no deben ser publicadas. Tales faltas hay que comunicarlas también pero solamente al abad o a los "ancianos espirituales". Ellos saben cómo curar estos males, tanto propios como ajenos, ya que también ellos son pecadores, y tienen la suficiente discreción para no descubrirlas.
Se trata de una verdadera confesión, pero no sacramental, ya que el abad no solía ser sacerdote, ni lo eran necesariamente los ancianos espirituales. La RB no aclara quienes eran estos ancianos. Se supone que se refiere en primer lugar a los decanos, y era lógico que los decanos fueran espirituales. 
Una descripción de lo que se entendía por "anciano" se encuentra sobre todo en Casiano, tan recomendado por S. Benito. El anciano espiritual era en suma el monje llegado a la cima de la vida "práctica" o sea ascética. A lo más alto de la escala de la humildad en términos de la RB y era objeto de una particular comunicación del Espíritu Santo. A estos y no a los sacerdotes del monasterio como tales, se refiere S. Benito.
La manifestación de los pensamientos y pecados ocultos no es cosa nueva de este capítulo de la RB. Uno de los instrumentos de las buenas obras dice:"descubrir al anciano espiritual los malos pensamientos" (4,50) y en el quinto grado de humildad será confesar humildemente al abad los malos pensamientos y obras cometidas ocultamente (7,44-45)
Es interesante que en la presente ordenación se distinga claramente entre el abad y los ancianos espirituales. Esto implica que la dirección espiritual no es según la regla un monopolio del abad. Aunque también se debe tener en cuenta la opinión de A. de Vogüe que considera la frase de "anciano espiritual" puede ser una añadidura posterior. Pero según Colombás no se puede negar que esa añadidura fuese hecha posteriormente por el mismo S. Benito.
Sin volver a comentar lo que ya se ha dicho comentando el quinto grado de humildad, quisiera insistir en este aspecto tan importante en la vida de los monjes, y que hoy ha tomado especial relevancia, pero que ha sufrido una devaluación muy peligrosa cuyas consecuencias aún está presentes en grandes sectores.
Partiendo de la buena intención de adaptar la opción monástica a la sensibilidad del hombre actual, se ha querido prescindir no sólo de las  formas infantilizantes de ejercer la dirección espiritual e incluso de soportarla, iniciativa justificada y razonable, sino que se ha abandonado la misma dirección espiritual. Los resultados han sido mediocres y hasta con frecuencia trágicos.
En los ambientes monásticos se pueden encontrar con frecuencia personas excesivamente inmaduras, autosufícientes, que van a la deriva por no haber asumido este principio decisivo de la espiritualidad benedictina: la aceptación responsable y libre de las mediaciones humanas.
Así se encuentran religiosos y monjes que andan a la deriva buscando maestros "gurús" fuera de la comunidad, o se quedan aislados en un individualismo propio del siglo XIX y sin perspectivas de futuro.
Para que las comunidades benedictinas prosperen es necesaria una vuelta a la dirección espiritual asumida con espíritu de fe y madurez humana.
Es cierto que los monjes en la medida que van siendo mayores no necesitan un contacto tan seguido y sistemático con los directores espirituales, como los primeros años de la vida monástica. Pero la experiencia enseña que en momentos de especial dificultad, o ante opciones delicadas es especialmente necesario este contacto.
Cuando uno busca verdaderamente la luz de Dios, nunca queda defraudado al acudir a estos directores capacitados en ayudamos con un discernimiento humilde, confiando ciegamente en la acción del Espíritu Santo presente en la Iglesia y en cada uno de los hermanos.

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