403.- Puntualidad al Oficio Divino.
A la hora del Oficio Divino, tan pronto como se haya oído la señal, dejando todo lo que tengan entre manos, acudan con toda prisa, pero con gravedad para no dar pie a la disipación. Nada por lo tanto se anteponga a la obra de Dios. 43,1-3.
Los capítulos que van del 43 al 46 son como un complementote lo que hemos llamado código penal. Son como un apéndice.
En este capitulo 43 resalta cómo la puntualidad constituye un elemento principal del orden ya que no hay orden si no ha puntualidad. La RB insiste en la puntualidad a lo largo de este capítulo 43.
Su estructura se presenta así: 1º introducción sobre la excelencia del Oficio Divino que exige una puntualidad absoluta. (1-3) 2º satisfacción de los que llegan tarde a los oficios de la noche y del día (4-12) 3º satisfacción por la falta de puntualidad en las comidas (13-17) y 4º Excursus o adición sobre los maleducados que rechazan algún de alimento que les ofrece el abad.(18-19)
“Nada se anteponga a la obra de Dios”. Esta famosa máxima benedictina se encuentra en este capítulo, y ha sido tantas veces citada, atribuyéndolo un alcance desaforado, por no tener presente el contexto de este capítulo. Su sentido es obvio. Sea cual fuere la ocupación del monje, al darse la señal para el Oficio Divino, debe dejar al instante lo que tiene entre manos, ya que la dignidad del Oficio supera con mucho a los demás quehaceres monásticos.
La RB al exigir la puntualidad más estricta, repite los conceptos que en el capítulo 5 proponía a propósito de la obediencia inmediata. Al Oficio Divino hay que acudir con toda presteza, aunque con la gravedad característica del monje para no dar pie a la disipación, precisa S. Benito.
Es que la espiritualidad benedictina no pide grandes excesos de ascetismo físico, pero si exige un compromiso con la comunidad y una búsqueda sincera de Dios a través de la oración. Las tardanzas no deben tolerarse. La indolencia no debe ser pasada por alto, la apatía no debe condonarse. Benito no quiere personas que se duerman en el trabajo, no que holgazaneen, ni que antepongan cualquier cosa a la Obra de Dios. Nada en la vida del monje puede sustituir a la alabanza a Dios. Ni el trabajo, ni una tarea casi finalizada, ni una conversación interesante, ni una necesidad nacida del individualismo.
La vida benedictina se centra en el oratorio y el oratorio nunca debe de ser pasado por alto. Lo que se pide en una espiritualidad monacal es una vida de fidelidad a la oración, y en la vida benedictina la oración litúrgica es un acto comunitario.
Retrasarnos un instante por corto que sea para decir una palabra que no es de absoluta necesidad, terminar un trabajo que no es preciso, es señal de poca estima de la llamada de Dios.
404.- Razones teológicas para la puntualidad.
Nada se anteponga por tanto a la obra de Dios. 43,3
En marzo de 2004 publicó la revista Liturgia y Espiritualidad un artículo del P. Gerardo de S. Isidro sobre el aspecto teológico de la puntualidad, cuyo resumen presento.
El diccionario define la puntualidad como el cuidado y diligencia en el hacer las cosas en su debido tiempo, sin dilatarlas. Puntual es el que es pronto, diligente y exacto en la ejecución de algo. Se dice de lo que se realiza o cumple a la hora o plazo convenido.
En el ámbito de las relaciones personales se ha llegado a escribir que la falta de puntualidad es un mal social extendido por todas partes, casi se ve como parte de la cultura de algunos países. Y para algunas personas es algo que pertenece ya a su personalidad. Lo ven tan natural que ni tratan de justificar su falta de responsabilidad. (En el C.G. de 2005 el autobús que tenía que llevarnos al aeropuerto llegó con hora y cuarto de retraso, los japoneses no se lo explicaban pues para ellos retrasar cinco minutos es algo de lo que hay que pedir excusas)
En la RB tenemos el capítulo 43 que hace referencia a este tema. Este texto de hace 15 siglos, tiene todo su vigor aún hoy en su espiritualidad no en los detalles, en la vida benedictina.
Por muchos detalles de la Regla, le han hecho ganar a S. Benito la fama de hombre práctico y realista y por ello es comprensivo y acogedor según el espíritu de las bienaventuranzas. Así dispone que el salmo 94 de vigilias se canta muy despacio para dar lugar a la llegada de los somnolientos.
En algunas ocasiones por razones muy humanas es inevitable el no estar a la hora en la celebración litúrgica Pero hay otras causas no justificadas que ocasionan nuestros retrasos, por más advertencias que se hagan a este respecto, y que incluso comprendiendo que la falta de puntualidad no hace bien a nadie.
La razón de más peso espiritual para ser puntuales a la celebración litúrgica está en el párrafo 3 de este capítulo:”Nada se anteponga a la Obra de Dios”.Cuanquiera que sea el trabajo, hay que dejarlo dada la importancia que S. Benito da a las celebraciones litúrgicas.
Cristo es el centro de la vida del monje, lo llena todo. Se le ve en los enfermos, en los huéspedes, en el abad. Desde esta primacía y buscando una lectura actualizada del capítulo 43, podemos proponer como razón teológica de la puntualidad a los oficios, uno de los que podemos llamar, temas fundamentales del Vat.ll y tema central de la cristología litúrgica: presencia del Señor en la comunidad cultual.
Tanto en el monacato antiguo como en los Padres de la Iglesia no encontramos una teología sobre la presencia de Cristo en la liturgia, o sobre la presencia del Señor en la comunidad celebrante.
La reflexión sobre esta presencia comenzó con el movimiento litúrgico renovador. Esta doctrina está recogida en la encíclica Mediator Dei y el SC del Vat.ll. Hoy se continua esta reflexión teológica, siendo todavía actual en la teología litúrgica la presencia del Señor, en relación con su misterio Pascual, que nació por la intuición de O Casel sobre la presencia de Cristo en sus misterios.
Si Cristo está presente en la Iglesia en su misterio Pascual en todas las acciones litúrgicas, comunicándoles su misma vida, toda vida cristiana es una experiencia de comunión con Cristo mediante los signos sacramentales que nos identifican con El y su misterio.
El primer signo sacramental de Cristo presente y comunicativo es la Iglesia reunida en asamblea litúrgica y que da sentido a los demás signos sacramentales. Esto supone un encuentro interpersonal de Cristo con sus miembros. Hay que tener en cuenta que potenciar la presencia de Cristo en la comunidad no supone disminuir el sentido de la presencia eucarística.
En la Ordenación General del Misal se afirma que Cristo está realmente presente en la asamblea congregada en su nombre. “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy en medio de ellos”. “Esta también presente cuando la Iglesia suplica y canta salmos”. SC 7
La Comunidad reunida en nombre del Señor es ya presencia viva del Resucitado. El elemento sacramental es muy humano y frágil: somos nosotros con nuestro trabajo y prisas, los que formamos la asamblea, sacramento de Cristo presente y operante. Este encuentro y comunicación se da en el amor, construyendo continuamente la comunidad y esto es una tarea de todos.
Desde el mismo inicio de la celebración litúrgica hay que hacer iglesia, junto con los hermanos y con uno de ellos, el celebrante principal, que representa a Cristo cabeza en medio de los suyos. La comunidad es por tanto auténtica iglesia.
Tan pronto como se ha oído la señal, dice S. Benito. O sea que es una llamada en fe, expresada a veces con un signo, como el de las campanas. Y comenzar todos juntos no es algo meramente práctico o funcional. La puntualidad crea el arte de saber empezar, y nuestra presencia afecta ya a la naturaleza intrínseca de la iglesia. Nos reunimos y formamos el cuerpo de Cristo. Hay algunos medios que nos ayudan a vivirlo, como son los ritos introductorios.
Hay que saber traducir la rica teología de la comunidad que se reúne en asamblea, en signos y gestos que afectan a todos los presentes. Y la puntualidad expresa adecuadamente que conocemos y vivimos esta realidad teológica.
La presencia de Cristo en la asamblea debe de ser vivida en fe, esperanza y amor, para responder a la invitación de comunión con el Señor que está presente en la asamblea desde el mismo inicio de la misma
La asamblea morada del Espíritu o Cuerpo del Señor simbolizado por la comunidad celebrante no debe estar mutilada por la ausencia de los impuntuales.
Nuestra sensibilidad comunicaría debe llegar a temer que no sólo la propia ausencia injustificada, sino también la tardanza, la falta de puntualidad, puede empequeñecer el Cuerpo de Cristo, o sea, disminuye la fiesta y la comunión fraterna. Y por tanto también debilita la fuerza testimonial Pascual de toda celebración por causa de nuestro no saber empezar bien, o sea con nuestra falta de puntualidad
405.- El que llega tarde es mejor que entre en el oratorio para que no pierda todo, y en adelante se corrija. (43,9)
A pesar de todas las advertencias que hace para dejar todo y ser puntuales al oficio en cuanto se oiga la señal, es inevitable pues los monjes de su tiempo como los de todas las épocas, que se encuentre alguno que llegue tarde a los actos de comunidad, incluido el Oficio divino.
La RB se muestra comprensiva e indulgente con los monjes que llegan tarde al comienzo del Oficio Nocturno. Por eso indica que el salmo 94 se recite con lentitud para que los soñolientos puedan acudir antes de que termine. Los que llegan más tarde quiere que se ponga. Ó en un lugar determinado para los negligentes y que pidan satisfacción.
San Benito en esto es innovador. Se aparta de la costumbre vigente en muchos monasterios atestiguada por Casiano. El que no estaba presente en la oración que seguía al segundo salmo, debía permanecer fuera y unirse de lejos a la oración de los hermanos, y cuando salían debía postrarse a sus pies para pedir perdón.
S. Benito los pone aparte a ver si se avergüenzan, y les mueva a enmendarse, pero los deja entrar para evitar que se volviesen a acostarse o perdiesen el tiempo en conversaciones. Y es que S. Benito por su experiencia conoce al monje y su fina penetración psicológica le ha enseñado muchas cosas por eso quiere que entren y que así no pierdan todo.
En cuanto a los oficios diurnos, S. Benito es más severo. Las negligencias le parecen menos excusables. No sólo reduce el margen de espera sino que a los remolones les prohíbe tomar parte activa en la salmodia, a menos que se lo mande el abad y que den satisfacción por su retraso.
En cuanto a los que llegan tarde a la refección comunitaria por negligencia o por otra culpa, amonestado primera y segunda vez, si no se corrigen, se les privará de comer con la comunidad, quitada la ración de vino, hasta que se corrijan. Como se ve este castigo es para aquellos que después de dos admoniciones no se han corregido.
El primer motivo por el que quiere la RB que se esté puntualmente a la hora de la comida, es por la oración que debe hacerse todos juntos antes de comenzar. Separándonos por voluntad propia de la comunidad, nos privamos de las gracias de esa oración común. Cierto que si la ausencia es por un motivo de obediencia, esas gracias no se perderán. Pero si es por negligencia se sufrirá esa pérdida.
El segundo motivo que indica la RB para ser puntuales a la comida es la dulzura de la vida común, de la que nos privamos por el retraso culpable. La vida común en nuestra espiritualidad, no es “la gran penitencia”. Sino el gran consuelo, una levadura poderosa que nos ayuda a cumplir los deberes más duros. ¡Que hermosos pensamientos tiene S. Elredo respecto a la alegría de la vida común, de las alegrías que encontraba en ella! Experimentaba cómo amaba a todos y era amado por todos.
Un tercer motivo para la puntualidad es que retrasar sin motivo, es una negligencia, una concesión hecha a la naturaleza o al vicio. Esto sería más grave si esta tardanza se diese para comer con mayor libertad, satisfaciendo el propio gusto.
En el mundo actual de comidas rápidas que incluso en las casas religiosas tienen múltiples horarios de comida, la comida comunitaria y familiar se ha visto relegada. En la espiritualidad benedictina, el valor sacramental de la comida está en que la unión que hemos tenido junto al altar se manifiesta a través de todo el día y de modo particular en el comedor, en el que unos sirven, otros limpian, y la comunidad se manifiesta como un todo unido. La presencia en la comida es tan importante como en la oración, de modo que nadie debe llegar tarde, nadie debe comer antes o después de las comidas por su cuenta, porque la espiritualidad monástica no gira alrededor de los alimentos, sino en torno al grupo de personas que en su camino de conversión, se comparte tanto las cargas como la vida.
La comida así también es un centro santificarte que nos recuerda que si no trabajamos construyendo comunidad, la palabra familia religiosa, será falsa, por bueno e importante que sea nuestro trabajo en la comunidad.
El espíritu que emana de este capítulo es que tengamos celo para ser solícitos en todos los ejercicios comunitarios, para poder recoger en ellos todas las gracias, la consolación, el mérito y la virtud.
406.- No comer fuera de las horas.
Nadie se atreva a tomar nada para comer o beber antes o después de las horas señaladas. Mas si el superior ofreciere alguna cosa a alguno y no la quiere aceptar, cuando luego desee lo que antes rehusó no recibirá absolutamente nada hasta que no haya dado la conveniente satisfacción. (43,18-19)
Aprovechando la ocasión de haber tratado de la puntualidad en la comida, añade S. Benito una nota que no tiene que ver nada con el tema del capítulo. Al parecer, revela en su última parte alguna experiencia desagradable.
Nadie “se atreva” es el verbo usado por S. Benito para indicar las extralimitaciones de los hermanos.
Uno de los vicios que más deshonra al cristiano y más en concreto al monje, es el de la gula, pues sin aparece importante o grave, mina en la vida espiritual todo lo que la gracia da. Cuando la gula lleva a buscarse comida y bebida fuera de las horas, se pierde la libertad espiritual.
Hay que estar en guardia contra este vicio que multiplica sus tentaciones en una vida de renuncia. Debemos combatirlo tanto más, cuanto se contrae y desarrolla más fácilmente, hace más estragos y es difícil de curar. S. Basilio dice:”He visto toda clase de enfermedades espirituales en los religiosos y todos han podido curarse. Una sola he encontrado incurable, y es la costumbre de comer y beber fuera de hora”.
Cierto que los conocimientos actuales indican cómo la bebida no es un capricho, sino una necesidad de nuestro organismo que tiene que ser satisfecha para el buen funcionamiento del organismo. No es por darse un placer por lo que se bebe, cosa que en algún tiempo se veía y observaba hasta límites exagerados que no comprende nuestra mentalidad actual. La gran mortalidad que se daba entre los monjes de la Trapa y que se siguió dando en nuestra comunidad de Santa Susana, se debía no tanto a la falta de comida, sino más bien a la falta de bebida. Morían de sed, me comentaba un investigador en una conferencia.
Tenemos que tener en cuenta que según los horarios solamente entraban en el refectorio los días de ayuno, que eran la mayoría del año, una sola vez al día y en cuaresma ya muy tarde. Por tanto una sola vez al día podían beber en esos días. Por otra parte, la comida que no tenía condimentos, para que fuese algo más sazonada, se excedían en la sal. En la crónicas de Sta. Susana se cuenta como en cierta ocasión uno de los Padres fundadores, estando muy agotado por la sed, pidió al abad D. Gerásimo, le permitiese beber un vaso de agua. La contestación que recibió fue: “ciertamente eso que será bueno para tu cuerpo, sería perjudicial para tu alma”.
Realmente S. Benito en este capítulo no solamente trata de la comida, sino también de la bebida, y por tanto incluye el vaso de agua.
En varios lugares de la regla, recomienda al abad que tenga en cuenta la debilidad de cada uno y conceda la alimentación que sea necesaria.
El espíritu de la regla es por tanto que expongamos nuestras necesidades ante el superior y tomemos lo que se nos ofrece. Y no olvidemos que hay tantos millones de seres humanos que carecen de alimento e incluso de la bebida, así como aquellos otros que por razón de estética, para guardar la línea, si privan de comer fuera de las comidas.
Cuando sentimos necesidad, nos tiene que mover a recurrir con humildad y sencillez a exponer nuestra necesidad, teniendo en cuenta que nuestra naturaleza, cuanto más se le da, más reclama.
El último párrafo de este capítulo manifiesta como en el pensamiento de S. Benito, la verdadera penitencia no consiste en la abstinencia, sino en la obediencia. Y por eso castiga del mismo modo tanto al que come fuera de las comidas como al que rehúsa tomar lo que pudiera ofrecerle el superior. Comer y beber por obediencia es una virtud, mientras que abstenerse por propia voluntad es un vicio. Esto hemos de tenerlo muy presente sobe todo en casos de enfermedad. Pero también en salud debemos ser sencillos y aceptar aquello que se nos ofrezca, aunque no lo creamos necesarias, ya que S. Benito no hace distinción entre cosa necesaria o innecesaria que se nos pueda ofrecer.
El atrincherarse tras la regla de la abstinencia, del ayuno, para no obedecer, sería dar una clara prueba de que no sabemos lo que es la mortificación.
S. Bernardo, tan austero, ¿no llevaba a veces a sus novicios algo de comer animándoles a tomarlo, diciendo:”Surge et comede, grande tibi resta via”?