Capítulo XLI
A qué horas deben comer los monjes

 

 

398.- Horario de las comidas.

399.- Celo y moderación.

398.- Horario de las comidas.
Desde la santa Pascua hasta Pentecostes, los hermanos comerán a sexta y cenarán al atardecer. A partir de Pentecostés, durante  el verano ayunarán hasta Nona  los miércoles y viernes si no tienen que trabajar en el campo o el calor del verano no es excesivo. Los demás  días comerán a Sexta. (41,1-3)

La serie de capítulos más o menos relacionados con la alimentación, termina con  el horario de las comidas conventuales según  las diversas  estaciones del año. Un horario simple, claro y que no necesita  por sí, comentarios.
Desde el punto de vista dietético, el año lo divide la RB, siguiendo la costumbre general de la Iglesia en su tiempo, y dejando a parte rigorismos de algunas tradiciones monásticas,  en cuatro partes. La primera es el tiempo de Pascua, en el que se suprime totalmente el ayuno
La segunda  desde Pentecostés hasta el 14 de septiembre en el que solo se ayuna hasta nona los miércoles y viernes, días consagrados por la tradición eclesiástica y muy estimados por los monjes como penitenciales. Pero si se da exceso de trabajo o calor, el abad puede suprimirlos. Los días que no se ayuna se come al mediodía y  probablemente se cena al atardecer.
El tercer periodo desde el 14 de septiembre hasta principios de cuaresma, se ayuna todos los días excepto los domingos, hasta después de Nona.
Durante la cuaresma  el ayuno se prolonga hasta vísperas, que deben celebrarse bastante pronto a fin de que  los monjes puedan comer con la luz natural. Y añade la RB que a lo largo de todo el año ya se cene o sea la única comida los días de ayuno se haga de tal modo que todo se haga con luz natural. Esto puede excitar nuestra curiosidad. ¿Por qué razón quiere que todas las comidas se hagan con la luz del día? ¿Acaso para economizar aceite u otro combustible? Aunque no se excluya totalmente este motivo, ni tampoco el querer abreviar algo el ayuno cuaresmal, parece que  el motivo decisivo es que la noche no es el tiempo apropósito para alimentarse los monjes, como no lo es para hablar. S. Benito pudo fijarse en varios pasajes  de S. Pablo en los que la noche aparece como el símbolo del mal y del pecado. Es también curioso que en el mundo pagano, en China estuviera  prohibido comer durante la noche porque el comensal corría peligro de ser víctima de los demonios.
Este horario de las comidas, en el Capítulo General de la fusión de las Congregaciones Trapenses en 1892, fue uno de los mayores obstáculos para realizarla.
Cuando se olvidan las propias tradiciones, son recogidas por otros movimientos. Esto ha ocurrido con el ayuno.
La iglesia  conoce el ayuno desde su nacimiento y ya en los primeros siglos estableció una serie de reglas para el correcto ejercicio del ayuno. Pero en la actualidad se  han reducido de tal manera que casi carecen de sentido. Pero actualmente la medicina ha redescubierto lo beneficioso que resulta el ayuno para curar enfermedades, sobre todo de tipo reumático. Existen clínicas de ayunoterapia o adelgazamiento que llevan exitosas curas basadas en el ayuno, algunas conjugan el ayuno corporal con  senderos espirituales. No sólo se trata de adelgazar, sino de una nueva forma de vida y una nueva relación no solamente con la comida y la bebida sino con todo el conjunto de la vida.
Algunos movimientos eclesiales lo presentan  actualmente como un camino hacia la purificación y la libertad interior.

 

399.- Celo y moderación.
El abad ha de disponer todas las cosas de tal modo que las almas se salven y los hermanos hagan  lo dispuesto  sin justificada murmuración.  41,5.
La RB deja al abad el deber de juzgar la oportunidad de hacer las cosas de tal modo que sea la prudencia y moderación, no un fervor indiscreto, los que lo guíe añadiendo u omitiendo determinadas observancias, en este caso concreto  en lo referente al ayuno. Quiere que haga todo con tal moderación que ni redunde  en perjuicio del alma de los débiles, ni  los hermanos oprimidos con un peso excesivo, tengan motivo de murmurar.
Esta frase:”de modo que las almas se salven” es de las más importantes de la regla, y criterio de toda la observancia del monasterio. Nuestra C.3, 5 hace suyo esta norma de la RB diciendo: “Toda la organización del monasterio tiene como fin que los monjes se unan  íntimamente a Cristo, porque sólo en el amor entrañable  de cada uno  por el Señor Jesús pueden florecer los dones peculiares de la vocación cisterciense”.
Cualquier observancia, en este caso los ayunos, que se hace quejándose, a la fuerza, ni agrada a Dios, ni aprovecha a la santificación del monje. Por eso aquí de nuevo recuerda  S. Benito que no se dejen llevar los hermanos de la murmuración. El fin es que las almas se salve, o como dice con otras palabras  nuestras Constituciones: ”que los monjes se unan íntimamente a Cristo.”
Un  monje que tenga un corazón contrito y que su mayor deseo es agradar a Dios, hacer su voluntad, que está confuso por lo poco que hace para corresponder al amor de Dios, un corazón celoso de crecer en la virtud, y que quiere dominar sus pasiones pequeñas o grades, evita caer en la murmuración para no perder tantos frutos como se le presentan en su vida ordinaria.
Por otra parte insiste  la RB en la moderación por parte del abad, para no dar pie a “justas” murmuraciones. Así deja a su prudencia los ayunos de miércoles y viernes durante el verano. Es necesario que el abad tenga cuidado para disponer todo de tal suerte que nadie tenga ocasión de quejarse con razón. El mismo S. Benito da ejemplo de esto, templando los ayunos de la orden colocando la comida después de Nona en lugar de después de vísperas y adelantando este oficio en cuaresma para no retrasar tanto la comida.
Con esto S. Benito  viene a decir que lo que es exagerado, no puede  durar mucho tiempo ni cumplirse con el fervor necesario. Quiere hacer comprender que si el ayuno es excelente, el exceso puede tener efectos deplorables.
Señala una vez más cómo la murmuración es un gran mal que hay que evitar en la comunidad, incluso sacrificando  una parte de las austeridades monásticas. Repetidas veces ha señalado la murmuración como un vicio corrosivo, destructor de las comunidades y por eso lo persigue. Pero en este pasaje de la Regla admite que la murmuración puede ser justa, es decir, motivada, provocada. De aquí el interés de la RB y que debe compartir enteramente el abad, de quitar  todo pábulo o motivo que pueda justificarla. Desde luego hay que contar con algunos espíritus inclinados a este vicio, que siempre encuentran motivos. Por eso la RB dice “justa”.
A través de lo prescrito en este capítulo sobre los horarios, se ve claramente que la vida del monje está muy marcada por la práctica del ayuno.
Hay que tener presente que el ayuno no era algo particular de cada uno en la iglesia primitiva, sino que estaba relacionado con la liturgia y se practicaba generalmente en comunidad. A los días de ayuno colectivos se les llamaba “estaciones”, que significa en realidad “guardia”. Para los cristianos, un día de ayuno era un día en el que se vivía pendiente de Dios,  y se congregaban al término del ayuno para  celebrar la eucaristía en comunidad. Así el ayuno unía  los cristianos a la  comunidad. No se trataba de un ejercicio ascético privado, sino una manera de guardar vigilia y orar en comunidad.
Los cristianos de la iglesia primitiva no ayunaban como consecuencia de la exhortación de Jesús en especial. Por el contrario Jesús se mostró más bien crítico ante el ayuno. Los cristianos ayunaban porque en el entorno en que se encontraban el ayuno simbolizaba una vida de devoción y servicio a Dios. Encontraban en el ayuno un ejercicio de devoción y lo incluían entre sus prácticas. Pero la mayoría de ellos se diferenciaban del concepto de ayuno  de las escuelas filosóficas griegas y de los diferentes cultos misteriosos.
Cuando intentamos explicar el ayuno  desde un punto de vista meramente cristiano, encontramos  que no existe ningún elemento específicamente cristiano, que se diferencie de los elementos paganos o humanos. Y esto no tiene nada de particular, ya que los cristianos recogen en sus prácticas  las experiencias que la humanidad ha tenido con anterioridad así como su propia experiencia y como eran beneficiosas, les infundió su propio espíritu. Y el monacato siguió esta línea de la primitiva iglesia.
La primera expectativa que se ponía en el ayuno era su efecto sanador en el cuerpo y en la mente. Así lo resaltan los Padres de la Iglesia en sus escritos. Casiano opina que el exceso de alimentos embrutece el corazón y Basilio destaca siempre en sus sermones los efectos curativos del ayuno tanto para el cuerpo como para el alma.