395.- La ración de la bebida.
Cada uno tiene el don particular que Dios le ha dado, unos uno y otros otro. 40,1.
Encontramos en este capítulo una gran sensibilidad o elegancia humana, nacida de una espiritualidad intensa. Completa muy bien las sugerencias del capítulo anterior sobre la medida de la comida.
Destacamos ahora la insistencia en respetar el don de Dios en cada monje. Deja de lado la uniformidad queriendo aplicar a todas las personas la misma medida. Es más, a pesar de su estima por la tradición, el Padre de los monjes Poimén lo rechaza categóricamente, acepta una derogación:”aunque leamos que el vino no es nada propio de monjes, sin embargo”. Pero velando para que se mantenga la actitud fundamental de la sobriedad.
Hace notar que “determinamos la cantidad de alimento de los demás con cierto escrúpulo”, pero tengamos en cuenta el párrafo siguiente: “pero considerando la flaqueza de los débiles”, entendiendo por débiles no a los enfermizos, sino a los que tienen un ánimo débil. Y aquí se trata de aplicar a un caso concreto un principio que da al abad cuando le dice:”ponga moderación en todo, de manera que los fuertes deseen más y los débiles no retrocedan” 64,19.
El tema de los débiles y de los fuertes es como una corriente subterránea que va apareciendo a través de toda la Regla, sobre todo en el directorio del abad y en el código penal, en el que encontramos este principio importante: “sepa que aceptó el cuidado de almas enfermizas y no una tiranía sobre almas sanas” 27,6.
S. Benito no renuncia a mantener un ideal elevado y este ideal no es exclusivo para los perfectos, sino que es un ideal para todos.
Su modelo consiste en proponer un ideal elevado juntamente con gran comprensión de las debilidades personales, y flexibilidad en la aplicación de los medios ascéticos. Y por encima de todo, una confianza grande en la obra que Dios lleva a cabo en el alma de cada uno, considerando”que no pueden (los monjes) realizar el bien que hay en sí mismos, sino que es el Señor el que lo hace, proclaman la grandeza del Señor que obra en ellos”. (Pról. 29-30) Lo único irreparable es el abandono del ideal, no las flaquezas.
La experiencia enseña que un monje puede ser muy defectuoso, pero que es un elemento valioso mientras mantenga el ideal que aglutina a todos los miembros de la comunidad, y que se levanta tantas veces cuantas sea necesario para volver a empezar.
396.- De la bebida.
Para aquellos para los que Dios les da fuerza para abstenerse, piensen que tendrán una recompensa especial. 40,4.
En este capitulo 40, la RB se aparta bastante de la RM. S. Benito omite toda la larga reglamentación que a este propósito ofrece el Maestro en el capítulo 27,1-38. Por lo demás, hay cierta analogía entre las dos reglas.
El Maestro trata largamente de la abstinencia de vino voluntaria, de la que solamente hace referencia la RB en este 4 párrafo. Nada nos obliga a pensar que un texto provenga del otro ni que ambos procedan de una fuente común.
En líneas generales son bastante diferentes por lo que no se puede ver entre ellos una dependencia literaria. Los dos hablan de la abstinencia del vino, pero la RM describe más bien una abstinencia pasajera de un día cualquiera en el que el monje separa de su ración un poco de vino o de pan a favor de los pobres, sin que sea esto norma habitual.
En S. Benito ciertamente que puede referirse a actos ocasionales, pero su disposición es más general y menos circunstancial, hace pensar que se trata de una abstinencia de vino habitual y total.
La diferencia entre los dos texto es más profunda en lo que se refiere a la motivación. S. Benito lo atribuye a un don divino que recibe el monje. La idea de la gracia que opera en el monje es común en las dos reglas, pero en este caso no se expresa. En la RM es el monje que renuncia el que ofrece a Dios su sacrificio, apareciendo la abstinencia menos como un don divino que como un don hecho por el monje a Dios.
Los dos autores describen de modo diverso el fruto que el monje recibe por su sacrificio. Según el Maestro el fruto consiste en primer lugar una prueba manifiesta de que el monje prefiere el espíritu a la carne, poniendo un freno a la lujuria. El alimento es entregado a un pobre, lo que hace que se enfoque la privación como referida al mismo Cristo presente en el pobre.
En la redacción concisa de S. Benito no aparece esta perspectiva interesante. El fruto que menciona es la “merces”, la recompensa prometida por la Escritura y de la que ya hizo referencia en el capítulo anterior. Así como al tratar de los enfermos, el enfermero será recompensado por haber soportado a enfermos exigentes. Del mismo modo será recompensado el que se abstiene bebiendo solamente agua. No especifica en qué consiste esta recompensa.
La concisa frase de la RB a este respecto, contrasta con el largo párrafo del Maestro. Por ello no se puede afirmar que el texto de Benito dependa del Maestro. Es un caso de paralelismo no querido, sino fortuito, pues como en otras partes, el Maestro hace una descripción pintoresca y circunstancial, mientras Benito lo hace de una manera seca y esquemática. La descripción que hace el Maestro hace más bien pensar en un ritual litúrgico, mientras Benito se contenta con una descripción abstracta de la abstinencia apoyada en una vaga promesa de recompensa.
397.- Moderación en la bebida.
Más si por las circunstancias del lugar donde viven, o por el trabajo, o por el calor del verano se necesita algo más, lo dejamos a la discreción del superior, con tal de que jamás se de lugar a la saciedad o a la embriaguez. 40,5.
En la RM en este capítulo lo mismo que en el capítulo de la comida, los suplementos son considerados como una señal de alegría, por eso señala como motivos, las fiestas, los domingos o las visitas, mientras que en la RB señala como causa de estos suplementos una necesidad práctica. Costumbre de la región donde está el monasterio, trabajo prolongado, el calor del verano.
S. Benito pone en guardia para no caer en la saciedad o embriaguez con un razonamiento a fortiori. Según la apotema citado, el vino no conviene de ninguna manera a los monjes, beber hasta la saciedad es inadmisible con mayor razón. Este razonamiento ya lo empleó en el capítulo anterior cuando afirmaba que la saciedad es impropia de todo cristiano, y por tanto con mayor razón es impropia del monje. No es que establezca una progresión entre dos categorías de personas, el cristiano y el monje, ya que ambos están obligados a evitar los excesos en la comida. Pero tratándose de la abstinencia del vino, para unos es relativa, mientras que para los monjes, según alguna tradición, es absoluta.
El pensamiento de Benito respecto al tema del uso del vino por los monjes, lo podemos colegir de sus vacilaciones y escrúpulos ya que no le parece bien que los monjes beban vino, pero como hombre práctico según Jesucristo, acepta las cosas como son en realidad, y no solamente concede la emina (un litro) diaria, sino que permite aumentarla por decisión del superior por las circunstancias antes señaladas.
En esto como en todo S. Benito manifiesta su discreción habitual, pero no deja de señalar que los monjes que beben vino, se encuentran lejos del primitivo ideal monástico y cita un apotema que sin duda había leído en la traducción latina de la vida de Pelagio, dándole un alcance universal de que el vino es impropio de monjes. De hecho en ningún apotema se ordena que los monjes no beban vino, la sentencia citada aquí se atribuye a un anacoreta abstemio, que aseguraba que el vino no conviene al monje. S. Benito viene a decir que si no somos capaces de practicarlo, que a lo menos practiquemos la norma de S. Basilio en la Regla 9, no bebiendo hasta la saciedad. En realidad Basilio en ese lugar solo se refería al alimento, pero tiene igual o mayor aplicación a la bebida.
En suma, ya que la abstinencia total es de pocos, hay que evitar a toda costa la ebrietas y la sacietas. Contentarse con lo suficiente (3)
Y termina el capítulo exhortando a que si por alguna causa no pueden tener vino, bendigan a Dios en lugar de murmurar. Más que técnicas artificiosas, recomienda una actitud profunda de agradecimiento a Dios, gracias a la cual asumimos con alegría las circunstancias más diversas de la vida. El es el que libera nuestro corazón de toda idolatría, es Él el que nos llena de toda felicidad, de tal manera que no necesitamos ir a mendigar la felicidad en las cosas que nos dan o nos hacen, como si fuéramos unos eternos adolescentes.
A través de esta actitud fundamental vemos cuan importante es el gesto gratuito de renuncia como signo y alimento constante del corazón para mantenerlo abierto a Dios y a los hermanos.
En las antípodas de esta actitud, aparece como un mal endémico la murmuración, verdadera carcoma para toda convivencia humana. S. Benito advierte de este peligro repetidas veces a lo largo de la Regla.
En el 4º grado de humildad nos ha presentado el camino para superar toda dificultad; “Todo esto lo superamos gracias a Aquel que nos amó” (7,39)