Capítulo XXXVI
Los hermanos enfermos

 

 

383.- Los hermanos  enfermos.

Ante todo y por encima de todo lo demás ha de cuidarse a  los enfermos de tal manera que se les sirva como a Cristo en persona. (36, 1)

Este capítulo y el siguiente  37 constituyen una especie de digresión  entre  el tratado de los servidores de cocina y del lector de semana. La proximidad del tema de la alimentación quizás  es lo que lleva a S. Benito a tratar dos tipos de personas que necesitan algo especial en este aspecto: los enfermos y los ancianos o niños.
Este capítulo amplía el tema resaltado la responsabilidad del abad  y de la comunidad respecto a los hermanos que sufren los embates de la enfermedad.
S. Benito es consciente del cambio que se puede producir  por causa de la enfermedad en la conducta del monje.  Ante una prueba que toca tan de cerca, cada uno reacciona  según sus reservas físicas, morales y religiosas. Pero mucho también influye el habiente que le rodea.
En esta situación el enfermo tiene el peligro, si no es ayudado convenientemente, a caer en el pesimismo y automarginación.
Ya en capítulos anteriores había salido a relucir elucidado de los enfermos, al hablar del mayordomo, de  a los criterios para distribuir lo necesario considerando la flaqueza del enfermo. En este capítulo hace hincapié en el trato de preferencia que debe dispensarse a los enfermos, dando una serie de normas prácticas.
Este breve tratado del cuidado de los enfermos puede considerarse como una de las páginas  más logradas de la RB, por no decir la mejor. Tanto se mire del punto de vista literario, ya que su composición es simple, clara y lógica, y su expresión concisa y eficaz, cono desde aspecto legislativo y espiritual, resultando una pequeña obra maestra.
Muchos y hermosos ejemplos pueden recogerse en la documentación legada del monacato primitivo sobre la solicitud con la que cuidaban a los enfermos. Su cuidado amoroso es  precisamente un distintivo característico  de este monacato.
S. Pacomio ordenaba a los monjes que los mejores manjares que fueran entregados en la portería o adquiridos por  los hermanos, se destinarán a los enfermos. Incluso prevé S. Pacomio que los monjes pudieran visitar a sus parientes enfermos en el mundo.
S. Basilio  desea que en caso de enfermedad se eche mano a todos los remedios curativos posibles. Hiervas medicinales, medicamentos, (aceite, vino cataplasmas) que deben aplicarse bajo la dirección del médico. La curación del cuerpo es indicio del cuidado del alma.
Todos saben que S. Agustín no se dejaba aventajar por nadie en el cuidado de los enfermos.
Los legisladores del cenobitismo se habían ocupado de este tema con un muy particular interés. Pero en ninguna regla monástica reúne en un solo capítulo un  proyecto del cuidado de los enfermos tan completo como el de S. Benito.
Ni S Agustin, ni S. Cesáreo de Arles, ni S. Basilio cuya influencia parece adivinarse en este capítulo, tienen un tratado concreto sobre los enfermos.
Con sus apuntes diversos y esporádicos completado con numerosos toques originales, Benito ha logrado un todo orgánico que es una verdadera creación.
El capítulo se compone de dos partes, con característica propias. Una 1-6, más bien teórica  y una segunda 7-9 más eminentemente práctica. La conclusión 10, subraya todavía más el cuidado máximo que ha de tenerse  con los hermanos enfermos y enuncia un principio de carácter universal.
Abre el capitulo dos axiomas fundados en la fe y en las palabras mismas  del Señor. El cuidado de los enfermos está por encima de todo lo demás. Expresión que no puede ser más absoluta y enérgica. Debe servirse a los enfermos como se serviría a  Cristo en persona. El enfermo personifica al “Señor sufriente, el Varón de dolores. Con esto combate la idea de que los enfermos sean miembros inútiles y sin ningún valor en la comunidad.  Cita dos textos evangélicos.(Mat, 25. 36,40) “Estuve enfermo y me visitasteis”  y “lo que hicisteis a uno de estos pequeños, a mi me lo hicisteis” v.3. Los monjes sanos obrarán en consecuencia, pero también los enfermos. Los sanos se esmerarán en atender a los enfermos. Los enfermos en cambio pensando en los motivos religiosos, no contristen con sus caprichos a los que les sirven, 4. Con todo, aunque no se porten como es debido, habrá que soportarlos sabiendo que la recompensa será mayor. 5
Como en otros casos análogos, S. Benito trata de compaginar los diversos  intereses  y actitudes de los monjes, atento siempre a salvaguardar la armonía de la relaciones fraternas.
Y como conclusión de todo, se dirige al abad como responsable  de est cuidado, ya que su obligación es cuidar con todo esmero no se tengan negligencia alguna en el servicio de los enfermos.
En la espiritualidad benedictina ha de cuidarse a los enfermos con un espíritu de fe que vaya más allá de lo meramente técnico. El cuidado  de los enfermos se hace en nombre de Dios, y en la persona de Cristo sufriente. Nada es pues  demasiado. No hay que escatimar nada.
En una sociedad sanitaria tecnológica, tenemos que preguntarnos si actuamos con fe. Atención pródiga, profundidad  de espíritu y un amor que elimine toda repulsión.

 

 

384.-La enfermería

 Se destinará un local especial para los hermanos enfermos y un enfermero temeroso de Dios, diligente y solícito 36,7.

Expuesta  en los v 1-6 lo que podemos llamar teoría sobre los enfermos, sigue   con lo que podemos llamar parte práctica.
Dispone  S. Benito que en el monasterio haya una enfermería y a su cuidado un enfermero temeroso de Dios, solícito.
Se ve claro la predilección que sentía por los enfermos, tal vez  en buena parte por su bondad de corazón, por esa ternura que inclinaba su ánimo invariablemente a favor de los pequeños de los débiles, de los atribulados,  pero ciertamente también y sobre todo  porque tomaba muy en serio el evangelio y cada una de sus máximas. A los enfermos hay que  servirles como a  Cristo en persona, puesto que El mismo dijo, “Estuve enfermo y me visitasteis.
 Seguidamente ofrece a los enfermos la posibilidad de bañarse cuantas veces lo necesiten y de comer carne a aquellos que la enfermedad les ha dejado muy débiles.
Aprovecha la ocasión para señalar que a los sanos, sobre todo jóvenes se les conceda más raramente estas excepciones.
Esto requiere un comentario. Desde los mismos orígenes del monacato se nota una reticencia en lo que se refiere a los baños.  Hay que recordar que para los antiguos los baños más que una medida  o práctica higiénica, se veían como un regalo y un placer   a los que  en la sociedad de la época se entregaba con gran frecuencia. Y la aversión  de algunos ascetas al baño tiene su raíz, sin duda, en el profundo aborrecimiento hacia el comportamiento desvergonzado de muchas personas en los baños públicos.  Temerosos de caer en la sensualidad, los monjes los excluyeron  de su modo de vivir ordinaria, reservándolos para los enfermos.
El rechazo radical del baño, mejor, de la limpieza corporal, como aparece a veces en  el monacato antiguo, debe enfocarse como una locura por causa de Cristo.
Sorprende la apertura de S. Agustín que permitía a los monjes la visita de los baños públicos.”Tampoco se debe negar el baño al cuerpo, cuando su debilidad así lo requiera.  Si lo requiere la salud, lo ha de tomar sin problema. Si alguno siente alguna reticencia, pida en un  requerimiento al Superior  afirmando que el baño le es saludable.  En cuanto a dolores corporales internos, debe  creer sin pestañear al siervo de Dios que le dice lo que le duele al enfermo. A los baños no han de acudir menos de dos o tres.” Y en la adaptación de su regla a las monjas, las permite bañarse una vez al mes.
  Y S. Benito quizás se agarro a este precedente, para autorizar los baños a todos los monjes aunque  no con frecuencia.
Situada esta disposición en el contexto literario e histórico que le es propio, lejos de distinguirse por su rigorismo,  resulta  muy liberal e incluso revolucionaria esta permisión benedictina.
Lo mismo que los baños se puede decir de determinados alimentos que se les juzgaba  como  ocasión de excitar el apetito de placeres lascivos.  De aquí la costumbre, convertida en ley universal en el monacato de abstenerse de comer carne.
Pero en este punto también S. Benito se muestra más liberal de lo que aparece en una lectura superficial de la regla. Si este pasaje se interpreta a la luz  de su paralelo 39,11 se ve enseguida que la `prohibición se refiere  exclusivamente a la carne de cuadrúpedos. “Todos ha de absterse de la carne de cuadrúpedos, menos los enfermos muy débiles.” Lo cual equivale a autorizar implícitamente otras clases de carne: las aves y pescado. La distinción entre carne de cuadrúpedos y de aves era ya antigua  en la dietética monástica. La segunda se la consideraba más ligera que la primera  y por consiguiente menos peligrosa  par la virtud. En general se le asimilaba  al pescado  ya que aves y peces a decir de la Escritura tienen idéntico origen. Gen 11, 21.
Termina el capítulo inculcando de nuevo al abad la máxima solicitud con la que tiene que velas con los enfermos para que no sean desatendidos por los mayordomos o enfermeros. Y añade  un principio de alcance general: sobre él recaerá la responsabilidad de las faltas de los discípulos.

385.-Espíritu de fe con los enfermos.

 Lo que hicisteis a uno  de estos pequeños, a mí lo hicisteis. 36 3.

Con este texto evangélico S. Benito  está  recordando que el servicio de los enfermos está  motivado por la fe.
La vida y búsqueda de Dios son las primeras palabras que S. Benito dirige al que quiere ingresar en el monasterio y el motivo que anima todas sus prescripciones. Por todas partes aparece Jesucristo y el conducirnos a Él el la finalidad de todos los actos que lleva consigo una vida comunitaria: actos de humildad de obediencia, de caridad que se encuentran por doquier.
Al tratar de los enfermos acentúa más el espíritu de fe y manda servirles como a Cristo en persona.  Y efectivamente, nuestro Señor dijo: “He estado enfermo y me visitasteis”, y “todo lo que habéis hecho por el más pequeño de los míos, por mí lo habéis hecho.”
De estas palabras de Jesús se deriva para el deber de poner el cuidado de los enfermos sobre todo y ante todo.
Por dos veces y casi con los mismos términos, S. Benito recuerda al abad que debe vigilar para que los enfermos no sean desatendidos. Es Jesús el que está enfermo. Y esto lo dice todo. ¿Cómo nos portaríamos con Él si lo tuviésemos en nuestra enfermería? Pues lo mismo debemos hacer con nuestros hermanos enfermos.
Sobre todo el enfermero tiene que tener esta visión de fe, por ello dice S. Benito que ha de ser un religioso temeroso de Dios, un monje lleno de fe que solo vea en sus hermanos enfermos a nuestro Señor.
El servicio de los enfermos lleva consigo el ejercicio de la paciencia. Pues si los enfermos tienen necesidad de paciencia para soportar sus males, también  el que los sirve tiene necesidad de una gran caridad y paciencia para soportar sus exigencias, en ocasiones desmesuradas, debido a su enfermedad, que puede influir tanto en la parte moral como en la física, siendo su comportamiento muy distinto del que tenían cuando gozaban de salud. Se ha visto a los más virtuosos monjes, ser los más tristes enfermos.
Es necesario  que el enfermero juntamente con la fe, se ejercite en la paciencia  y debe ser previsor,”solicitus”. Sosteniendo con palabras de aliento en las tristezas y tentaciones de tedio.
Para animar al enfermero y a cuentos se relacionan con los enfermos a no desfallecer en este ejercicio de fe y paciencia, recuerda S. Benito que este proceder tendrá una gran recompensa. Y esta recompensa será tanto más grande cuando en agradecimiento  de sus desvelos no recibe nada más que  quejas  y murmuraciones. El Señor será su recompensa.