Capítulo XXXIII
Si los monjes deben tener algo en propiedad

 

 

371.- Del vicio de la propiedad.

Hay un vicio que por encima de todo se debe arrancar de raiz en el  monasterio. (33,1)

Este capítulo, más bien corto que largo, tiene un tono notablemente severo. En realidad si hay en la legislación de S. Benito una página  radical, terminante, enérgica, vehemente, es esta. La respuesta a la cuestión  formulada, no tiene nada de serena, ni ecuánime, ni se apoya    como en  otras ocasiones, en argumentos  de la Escritura.
Sin ambajes ni paliativos, comienza el texto: “Hay un vicio que por encima de todo hay que arrancar de raíz en el monasterio.
Más que legislar serenamente sobre un punto de la observancia monástica, se trata de reformar un estado de cosas intolerable. De implantar  la perfecta comunidad de vida, cueste lo que cueste.
La ordenación de propiedad privada es uno de los temas más comunes  en las reglas cenobíticas, y en los tratados de espiritualidad monástica. Ni S. Pacomio, ni S. Agustín, ni Casiano muestran indulgencia alguna en esta materia. Solo las expresiones más virulentas de S. Jerónimo pueden compararse con este texto de la RB, que empieza por exigir la total extirpación  de este vicio y sigue  atacándolo en sus más insignificantes reductos, con los términos más enérgicos y absolutos, sin  presentar un solo razonamientos.
En la lectura de la regla, vemos como la preocupación de S. Benito al hablar de los bienes materiales  comunitarios, no es que el monasterio sea lo más pobre posible, sino que sea lo más lleno de paz.  Para que este paz monástica se pueda desarrollar,  hay dos condiciones: la solicitud mutua entre los miembros de la comunidad y el sacrificio cristiano. Lo que le interesa no es la pobreza del monasterio en conjunto,  lo que podríamos llamar pobreza sociológica, sino la pobreza ascética y personal con toda la radicalidad  que se expresa en este capítulo. Está dirigida hacia una dependencia espiritual de Cristo,  representado por el abad, y por un sentido de responsabilidad en relación con los bienes materiales y hacia la verdadera paz entre los hermanos.
La tarea del abad en esta circunstancia, es medir las exigencias de la vida común según  la capacidad de cada hermano. S. Benito espera de los monjes un sentido de responsabilidad y vigilancia personal, con una completa dependencia del abad como signo eficaz de su dependencia de Cristo.
Pero el aspecto personal, no es el único previsto por la Regla. Hay otro aspecto también  ascético orientado hacia  un sentido de responsabilidad y de paz. La comunidad en conjunto debe usar bienes de tal manera  que en todo sea Dios glorificado.
S. Benito señala aplicaciones concretas de este principio: la acogida cordial de los pobres, la venta más barata de los productos del monasterio, la posesión de terrenos y talleres necesarios para garantizar el apartamiento efectivo de la sociedad.
El aspecto comunitario reclama especial atención hoy día  a la luz de la opción preferencial de la Iglesia, por los pobres. En PC 13 encontramos el pensamiento del Concilio sobre la pobreza de los religiosos pero no es este el aspecto que en estos momentos queremos resaltar.

 

372.- Desapropiación  en la RM.

A fin de que nadie se atreva dar o recibir cosa alguna…puesto que no les está permitido  disponer libremente de su propio cuerpo ni de su propia voluntad. (33, 2,4))

Volviendo al texto de S. Benito, vemos cómo condena la propiedad de forma rigurosa y tajante. Su propósito parece  ser más práctico que doctrinal. Se trata de extirpar este vicio, no de disertar sobre él. Y la única motivación que da es de aspecto jurídico más bien que espiritual.
La prohibición de poseer la basa en la  desapropiación de sí mismo. En otras  palabras, en la sujeción del monje al abad.
En cuanto a la base bíblica, Benito recurre a ella tardía y sobriamente. Cita dos frases muy cortas de los Hechos.
Esta motivación teórica e ilustración escriturística, por más secas que parecen, ofrecen un gran interés, pero es difícil captar todo su alcance si no tenemos presentes los desarrollos de la tradición doctrinal, allí condensados.
En materia de desapropiación Benito depende principalmente del Maestro, de Casiano y de Agustín. Para esclarecer lo poco que nos dice, tenemos que acudir a estas fuentes.
Las consideraciones del Maestro sobre la desapropiación no presentan un aspecto tan ordenado como  cuando expone la obediencia. Pero su método es muy parecido en los dos casos.
                Presenta la virtud de que se trata de forma progresiva, poniendo jalones que conduzcan a la plenitud de la doctrina. Así en materia de obediencia establece en primer lugar el comentario de la tercera petición  de Pater, la necesidad de cumplir la voluntad de Dios, y por ello, no hacer la propia voluntad. Y la voluntad de Dios se manifiesta para los monjes a través de su abad. De aquí deduce como tenemos que someternos a él, y después  describe las cualidades de la obediencia y exalta su grandeza.
Cuando se refiere a la desapropiación, desarrolla de modo parecido  a través de varios pasajes de la Regla y termina en dos capítulos sobre este tema al final de la regla. No vamos a exponer toda su doctrina en este punto por ser bastante extensa.
El primer tema o fundamento, es el  pan cotidiano que Dios da a sus servidores. Aparece con motivo de la cuarta petición del Pater, justo después de la doctrina de la obediencia, y en explícita relación con ella. Si hacemos la voluntad de Dios, tenemos derecho a pedirle el pan de cada día, como los obreros y los siervos esperan su salario.
 De aquí pasa  a exhortar   para esperarlo todo de la providencia divina. Ya que Dios se ocupa de nosotros, nosotros por nuestra parte nuestra primordial  o mejor única preocupación ha de ser  buscar el Reino de Dios y su justicia. Nuestro cuidado ha de ser de nuestra alma y de su suerte eterna y no  las cosas necesarias para la vida presente, que Dios  nos procurará. Todo lo demás se os dará por añadidura.
Sobre esta base, el Maestro establece el fundamento de la desapropiación. “Así pues, ya que el Señor nos proporciona todas las cosas necesarias  y que el abad se encarga de procurarnos todo, ¿cómo el discípulo se atrevería  a poseer o revindicar algo a titulo  personal?
Ya que cada hermano está seguro de recibir lo necesario, no tiene necesidad de poseer nada propio. La desapropiación es ante todo un colorario de la fe en la Providencia. Por tanto el desapego lo fundamenta en la fe en la Providencia.  Y lo corrobora con una cita paulina:”Nadie al servicio de Dios se entrega a asuntos seculares, si quiere dar satisfacción  a aquel que le ha alistado”.
Examinando con atención el conjunto de la enseñanza del Maestro sobre esta materia, aparecen dos conexiones principales: la desapropiación y la relaciona simultáneamente con la obediencia y el trabajo.
La primera es tan estrecha, que desapropiación y obediencia forman una especie de dúo, que aparece con frecuencia y con el mismo orden. La desapropiación sigue a la obediencia.
Esto nos puede llevar a comparar la doctrina del Maestro con Casiano, su autor favorito. En las  Instituciones, la obediencia y la desapropiación forman un binomio, pero en orden inverso. El despojamiento precede a la humildad y esta a la obediencia.  Esta presentación es familiar a muchos autores antiguos, que la vinculan con la vocación del”joven rico” del evangelio. “Vete, vende lo que tienes y luego sígueme”. Esto último hace referencia al despojo interior y a la obediencia.
Para poder ver hasta qué punto lleva el Maestro la doctrina de la desapropiación, hay que tener en cuenta que a donde lleva este camino de desapropiación es a dejar de lado la preocupación de sí mismo en cuanto a ropa, calzado, comida. Podemos decir que es una total desapropiación de sí. A éste respecto, el verdadero cenobita, se encomienda totalmente a la providencia divina que provee a sus necesidades por medio del abad, sin recursos ni seguridad propia, recibe todo de otro. Por tanto la desapropiación para el Maestro es salida de sí, abandono en manos de otro. Acto de esperanzas. Sin duda, este otro a quien uno se entrega es Dios, pero actúa por medio de una institución y de una persona: el monasterio y el abad. Por esto  es análoga a la obediencia, ya que esta consiste en renunciar a nuestra voluntad propia y cumplir la voluntad de  Dios tal como la expresa su representante, el abad.

 

373. Influencia de la RM en la RB.

- Porque cuanto necesitan deben esperarlo del padre del monasterio, y no pueden poseer lícitamente cosa alguna que el abad no les haya dado. (33,5)

Pero aún hay que ir más lejos en la doctrina de la desapropiación del Maestro. Rechazar toda posesión y preocupación de  uno mismo. Este es el orden establecido por el Señor. En su servicio no se tolera el “peculio”, ese  pequeño bien particular, que el Derecho Civil concedían los esclavos. Esta reserva ofendería al divino Señor. Sus servidores deben entregarle todas sus fuerzas, toda su actividad, todos sus pensamientos. El en cambio se encarga de todas sus necesidades.
La obediencia y la desapropiación van a la par. Ambas consisten  en arrojarse en los brazos de Dios. El obediente toma como ley la voluntad divina. El renunciante no quiere tener más riqueza que Cristo. Es una conversión a las cosas de arriba, una apuesta por la eternidad.
En la relación de la desapropiación con la obediencia, Benito señala con sobriedad pero con fuerza en dos frases  en los cap.33 y 58.  La enuncian casi en los mismos términos. El monje no puede poseer nada porque ni su propia persona está en su poder. Esta máxima de estilo jurídico que encontramos en más de un legislador monástico, hace pensar  en el estatuto del esclavo en la antigüedad, pero incluso el esclavo podía poseer un “peculio”, que se le niega al monje.  Para el monje el desposeimiento es completo y perpetuo  como la obediencia.
En el Maestro la relación de desapropiación y obediencia estaba enfocada desde un punto de vista espiritual. La propiedad aparecerá como una de las manifestaciones características de la voluntad propia, es decir, del deseo de la carne y un perjuicio para el servicio de Dios, en el que la adhesión a su voluntad, el abandono en su providencia debe ser sin reservas.
Benito resume estas consideraciones espirituales basadas en la Escritura con gran concisión en  una fórmula seca y jurídica. El conflicto de carne y espíritu, la desocupación para el servicio de Dios, la búsqueda del Reino y su justicia que excluyen cualquier otra preocupación, todo esto en Benito ha desaparecido, dando lugar a una simple regla legal.
Benito no habla de la Providencia como el Maestro. La teoría sobre la desapropiación  del Maestro, ha desaparecido.
En cuanto al abad, ya no lo presenta como el que provee a las necesidades de los hermanos, sino que insiste en su control  ya que se requiere su permiso para cualquier acto que tenga como fin disponer de objetos materiales. Es al abad al que se le pide todo lo necesario.

 

374.- Influencia de S .Agustín.

Sean comunes todas las cosas para todos.

En Benito la desapropiación consiste en la total dependencia de cada monje en su abad. Y bajo la influencia de Agustín introduce la máxima de los Hechos:”Todo lo tenían en común”. Pero no  la toma en su total profundidad.
 Al referirse a la Iglesias de Jerusalén, Benito a diferencia de Agustín,  omite el “cor unum et anima una”, fundamento espiritual de la comunidad de bienes.
Por otra parte, su cita de los Hechos no es más que le expresión en términos escriturísticos  de la máxima del Maestro.”Las cosas del monasterio son de todos y no son de ninguno”.En esta última, el acento está puesto no en el”de todos” sino el de “nadie”. Lo mismo hace Benito, que después de decir que todas las cosas sean comunes, añade la contrapartida negativa: “nadie diga que algo es suyo”.
Para ambas reglas es menos importante el compartir, que el despojo total de los individuos bajo la autoridad del abad. Así como más adelante Benito se interesará  en la distribución desigual de lo necesario tal como lo había concebido Agustín, según los Hechos. De mismo modo aquí pasa rápidamente por la puesta en común de los bienes, signo de la unión de los  corazones. Muy interesado de dar a cada uno según sus necesidades, y de instaurar relaciones fraternas en la paz,  no llega a repensar en su perspectiva de comunión la noción fundamentalmente individualista  y vertical de la desapropiación que heredó del Maestro.
Hay un contraste entre la RB, la RM  y S. Agustín sobre la desapropiación. Agustín parte de la comunidad, de la  unión de corazones.  Esta significada en primer lugar por la puesta en común de los bienes, además  requiere la obediencia de todos a un superior.
El Maestro y Benito parten de la salvación individual y de sus exigencias. La primera de ellas es la renuncia a la propia voluntad, y la obediencia al superior que a su vez implica la desapropiación.
En cuanto a la comunidad, es algo secundario sobre todo en el Maestro. Pero sería un error si contrapusiéramos las dos perspectivas.
En el campo de la desapropiación, ambos enfocan esta virtud dentro de un marco social y jerárquico, que se inspira en la iglesia primitiva.
Por lo que se refiere a S. Agustín, la cosa es evidente, la iglesia de Jerusalén es propuesta desde el principio como modelo Y Benito que en esto sigue a Agustín, la referencia a los Hechos es igualmente clara. En  la RM esta referencia es mucho menos aparente. El Maestro no se contenta con citar las palabras de Cristo en el evangelio: “Vende y vende lo que tienes…” “cualquiera de vosotros que no renuncia a sus bienes, pueden ser discípulo mío”. Estas palabras invitan solamente  una vez por todas a despojarse de los bienes que se poseen. No indican una relación de subordinación a la comunidad ni a su superior. Esto solo aparece en la iglesia de Jerusalén. Los fieles traen sus riquezas y las ponen a los pies  de los apóstoles que a su vez distribuyen entre los necesitados. El Maestro alude dos veces a este pasaje de la Iglesia primitiva, recordando el episodio de Ananias y Safira,
El Maestro en el tema de la vida común es muy discreto y faltó la referencia de los Hechos en la que se dice que los apóstoles distribuían a cada uno según sus necesidades.  
El ejemplo de la iglesia primitiva en las diversas formas de cenobitismo no es tanto institucional cuanto espiritual y literaria. La relación más estrecha es la de S. Agustín. Para él la iglesia de Jerusalén es el modelo único y acabado de su fundación: unión de almas y de los corazones. Desapropiación de los individuos, comunidad de bienes distribución de lo necesario por el superior según las necesidades de cada uno. Agustín sigue este programa punto por punto. El Maestro por el contrario solamente hace alusiones fragmentarias y a veces veladas. Así cualquier fraude será descubierto y castigado como lo fue en el caso de Ananias y Safira. La infidelidad de estos, en el Maestro pasa a primer plano, cuando Agustín ni pensaba en ello. Los Hechos  solamente los evoca el Maestro para reprobar el vicio de la propiedad,
En cuanto a Benito, la referencia a los Hechos recobra en parte, la importancia y nitidez que tenían en Agustín, sin desdeñar la triste lección de Ananias y Safira. Le interesa sobre todo el ejemplo positivo de los primeros creyentes. En estos no recalca la comunión espiritual, sino solamente en orden creciente de importancia: la puesta  en común de bienes, la ausencia de propiedad privada y la distribución desigual de lo necesario.

 

375.-Sea todo de todos.

Sean comunes todas las cosas para todos y medie considere que algo es suyo. (33,6)

Tanto en este capítulo como en el siguiente, S. Benito como hemos indicado, se inspira en los Hechos de la Apóstoles, y se muestra muy enérgico y terminante en este aspecto de la pobreza.
Su pensamiento se podría reducir a tres puntos: Comunidad de bienes, desprendimiento personal y aceptación madura y gozosa  de la dependencia y de las limitaciones que de ella se derivan. De hecho nos remite  implícitamente al motivo fundamental de la  opción monástica: dejarlo todo para seguir a Cristo. Configurarnos con Cristo que se anonadó y se hizo obediente hasta la muerte, según el texto cristológico, tan querido por S. Benito. O bien, empleando otra expresión paulina, imitando al Señor Jesús, que siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de que nosotros seamos enriquecidos con su pobreza.
A la medida que vamos experimentándolo, caemos en la cuenta que la pobreza evangélica y la comunidad de bienes , tal como la describe S. Benito en los cap. 33 y 34, solo se puede vivir con todo el alma a la luz del misterio de Jesús. Solo la fuerza que nos viene de él nos libera de las redes del egoísmo  que renace constantemente.
En un mundo en el que la autosuficiencia puede encubrir numerosas esclavitudes, los monjes escogemos libremente la dependencia total de la comunidad. Pero tiene que ser una dependencia leal, de hombres maduros, convencidos. No una dependencia soportada contrapelo, con evasiones y trampas. Una dependencia vivida así sería infantilizante y no ayudaría a crecer a las personas.
La desidia en materia de pobreza ha sido siempre una de las causas más importantes de decadencia en los monjes y en los monasterios.
Ya sabemos que en la situación actual, en la que los hombres somos pecadores, egoístas, avaros, indiferentes a las necesidades de los otros, solamente “el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Rom 5,5) nos hará pensar más en lo que es  útil para los otros, que en lo que es  para nosotros mismos. Sólo este amor puede crear un hombre nuevo y una comunidad renovada. Ahora bien, es necesario que este ideal inspire la vida concreta de cada monje de cada monasterio.
“En lo referente a la pobreza religiosa, no basta someterse a los superiores en el uso de las cosas, sino que hay  que ser pobres de hecho y en espíritu, y depositar los tesoros en el Cielo”. (PC 13)
La nueva sensibilidad de la pobreza, no solamente ha dado origen a  nuevas experiencias de vida más simple, (que concretamente en nuestra Orden han fracasado todas)  sino que han  producido verdaderas crisis en los monasterios ya existentes.
Es evidente que en las  comunidades numerosas por más que se esfuercen, no podrán dar una imagen ideal de pobreza,  y mucho menos experimentar eso que es lo más doloroso de la pobreza en el hombre actual, la incertidumbre ante el futuro, la marginación y el anonimato.
La Iglesia no espera de nosotros  un testimonio de pobreza como el que pueden dar los Hermanitos de Jesús  o los Misioneros de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta. Nuestro testimonio más auténtico será el de la primacía de la oración sobre las otras  obras del hombre. Será el ejemplo de Cristo rezando a solas en el desierto, en la montaña, en el Huerto, en la Cruz.
Por eso, la pobreza efectiva jamás se realizará a fuerza de reglamentos o coacciones, es obra del amor. Solo el amor a la pobreza, o mejor a Cristo pobre permite emitir un juicio objetivo, justo de lo que es estrictamente necesario para nuestra vida. El amor verdadero se manifiesta por una tendencia; el monje quiere empobrecerse más. Esta pobreza de espíritu, este amor a la pobreza como expresión del amor a Cristo es el fin del voto de pobreza. Es el espíritu expresado por S. Benito en estos dos capítulos.
El amor a Jesús nos lleva a lo sencillo, a lo humilde, que no quiere decir a lo feo.
Todo lo esperaremos de nuestro Padre del Cielo, que tiene como principal intérprete  al abad.

 

376.-Pobreza en el primitivo Císter.

 Si los monjes deben tener algo en propiedad. (33)

Por lo que llevamos explicado en conferencias anteriores, el sentido profundo de la pobreza monástica, no es  fundamentalmente pasar necesidad, sino estar libres para Dios, la entrega a Dios.
Una mirada al espíritu de la reforma cisterciense, ayuda a profundizar en el sentido  de la pobreza cisterciense.
Los primeros cistercienses expresaron los motivos que les guiaba en su nuevo modo de vida benedictina, en el “Exordium parvum”. En estas  páginas vemos como la pobreza comunitaria y efectiva desempeña un papel principal en su nuevo modo de vida. “Pobres con Cristo pobre” así los describe a los fundadores del Císter.
Desde su llegada a Císter, ponen  en practica  este programa de pobreza, “porque  ni en la Regla ni en la vida de S. Benito leían que este maestro  hubiese poseído  iglesias, o altares… por esta razón renunciaron  a todo esto.” Limitan las posibilidades de riqueza por la exclusión de toda renta que no sea fruto de su propio trabajo.
Reaccionando contra algunos abusos de los monasterios de Cluny, los primeros  cistercienses buscaron la vuelta a la sencillez tal como se  manifiesta en la regla de S. Benito, e hicieron hincapié en los puntos siguientes.
En la ropa, eliminación de telas finas y de colores  expeciales, pieles, capuchas exquisitas.
En  la comida, sencillez en la cocina, sin grasas de carne.
Trabajo, esta es la clave de la pobreza cisterciense. Este trabajo quisieron que fuese productivo y por eso dieron la preferencia al trabajo manual. El trabajo intelectual, el estudio, el escribir, no eran muy favorecidos, pero tampoco condenados, aunque si lo era la poesía. La copia de manuscritos se consideraba como un trabajo manual, por ser para la utilidad de otros y en beneficio de la comunidad.
Para lo primeros cistercienses, lo primordial era que el monasterio no se mantuviera a base del trabajo de otros, por esto eran rechazadas las fuentes exteriores de ingresos, como el recibir diezmos, tener siervos, molinos públicos,  panadería. Y por la misma razón, el monasterio podía poseer busques, viñedos,  arroyos, lagunas, huertos, edificios, animales.
Sencillez especialmente en la liturgia, suprimiendo los objetos preciosos  como cálices de oro, ornamentos bordados. Y sobre todo una simplificación en la oración, gracias a la cual la pobreza pudiera entrar en sus vidas de lectio divina y de estudio.
El Císter se caracterizó por la sencillez y la ausencia de medios complicados. Es la autentica pobreza espiritual que se manifestó con estos rasgos en el exterior.
Al tratar de la pobreza espiritual tocamos algo muy cercano al corazón de Cristo:”Bienaventurados  los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos”. La pobreza espiritual es la ausencia de medios complicados, tanto exteriores como comodidades, dominio sobre las personas y las cosas, refinamiento excesivo. Como interiores: una espiritualidad basada en los propios esfuerzos,  en las propias virtudes, métodos exóticos  de oración, formalismos y excesiva introspección. La pobreza espiritual es la sencillez de vida exterior e interior, llevada  por los “anawuin”, los pobres del Señor tanto del A.T como del NT y se caracteriza por fidelidad a Dios, espíritu de entrega, confianza, alegría y hermandad. Sobre todo humildad.  La Virgen y el mismo Jesús son los pobres  del Señor por excelencia, completamente dóciles a la voluntad del Padre Celestial.
La soledad es otro de los aspectos importantes de la pobreza cisterciense subrayado por el Exordium. Redujeron al mínimo necesario los contactos con el exterior, tanto por la salida de los monjes al exterior como por la entrada de la nobleza en la clausura.
Los primeros Capítulos Generales confirman las decisiones de los primeros Padres, reduciendo la decoración de los edificios, la ornamentación de los libros.
Al mismo tiempo, los maestros de la espiritualidad cisterciense enseñan los encantos y la necesidad de la pobreza. Guillermo de Saint-Thierry vilipendia  el gusto por las riquezas  de los monjes con frases que sobrepasan aún a la Apología de S. Bernardo. “Muchos se alegran de ser llamados  cristianos y discípulos de Cristo, pero se guardan bien de imitar sobre este punto el ejemplo de Cristo y de los suyos”.
Menos apasionado, pero no menos convencido, el Bto. Guerrico termina uno de sus sermones así:”Puesto que la purificación de la purísima y paupérrima Virgen nos ha conducido hoy a hablar de nuestra purificación, sepamos bien que nuestra pureza consiste ante todo en cercenar todo lo superfluo. Debemos ser celosos de alcanzar de alguna manera, no sólo por la pureza de la castidad, sino por la sencillez de la pobreza, a la madre pobre de Cristo pobre”.
Isaac de la Estrella ve sobre todo en la pobreza voluntaria, a imitación de Jesús un medio de liberarse  de una carga que impide al alma avanzar hacia el Reino de los Cielos.
Y S. Bernardo repite sin cansarse que la riqueza no conviene  a los monjes, porque ella los entrega  sin combate a los enemigos de su alma, porque es indicio de su molicie interior y una fuente de disipación, al mismo tiempo que un escándalo para los pobres. Y explica a sus monjes que el desprendimiento debe ser a la vez  real y espiritual. Les muestra el gran provecho de la pobreza para “comprar”  el Reino de los cielos. ¡Oh!  Que hermoso cambio habéis hecho de todas la cosas que podíais poseer en el mundo, porque abandonándolo todo, habéis merecido pertenecer  como cosa propia Creador del mundo, tenerlo a El mismo en posesión. Porque es cierto que él será la parte y herencia de los que le pertenecen”.   
Pero su búsqueda de `pobreza efectiva ¿no sobrepasó lo que S. Benito prescribía?  Decididos a escalar las más altas cumbres de  la doctrina y de las virtudes” decidieron interpretar la Regla según indica S. Benito en el último capítulo, es decir, según las enseñanzas de las escrituras y las enseñanzas de los primeros monjes.
Seducidos por el atractivo del don total de sí, se colocaron en la categoría de aquellos que siempre quieren hacer más en el servicio de  Cristo, su verdadero Rey. Nadie puede reprochárselo, porque era el amor quien los empujaba a reproducir en sí mismos la desnudez de Jesús  y “hacerse pobres con Cristo pobre”.
Sabían bien que la posesión de Cristo no se adquiere más que con la conformidad  con sus sufrimientos Y también sabían  que cada uno de sus sacrificios les aseguraba esta posesión de un modo más completo. De ahí por qué  Guerrico se alegraba de ver a sus monjes “pobres”, hijos del pobre crucificado. Y S. Bernardo alababa a estos hombres de buena voluntad  que, inspirados  por Cristo se han hecho pobres, de manera que abandonándolo todo por El, como El mismo lo dejó todo por ellos, le siguen por donde quiera que el va”.
Los sentimientos profundos de nuestros Padres, que deberían ser los nuestros, los encontramos magníficamente expresados en estas líneas de un teólogo moderno:”La  pobreza cristiana es un gesto que no se explica más que por Cristo. Los que más le han conocido y más le han amado, han mirado al Crucificado  y no han tenido necesidad de ver nada más. El ha querido ser pobre y ellos también lo han querido. O mejor, puesto que ellos son sus miembros y El vive en ellos, su modo de juzgar ha sido  mucho más el de Jesús que el suyo propio. La elección que El hizo al entrar en el mundo de ser pobre, El la ha continuado en ellos y ellos la han continuado en El y por El”.

 

377.-La pobreza en nuestros días.

Si los monjes deben tener algo en propiedad.- (33)

Considerando la vida de Cristo,  la tradición monástica y las enseñanzas del Vat.ll, no hay duda de la importancia y del valor que tiene la pobreza en la vida consagrada.
Pero nos podemos preguntar cómo puede vivirse la pobreza quince siglos después de S. Benito, con unos cambios tan profundos en la sociedad en la que vivimos.
Para reflexionar sobre ello, voy a servir de una carta del P. General D. Gabriel Sortais, que aunque ya hace cincuenta años que fue escrita,  su  particular visión, le permitió adelantarse al Vat. II, ya que murió apenas comenzado el Concilio, y que por lo tanto creo que conserva toda su fuerza.
En esta carta circular, después de haber reflexionado sobre la pobreza de Cristo tal como se refleja en los evangelios, y la pobreza en S. Benito y en los orígenes de Císter,  se pregunta como vivir todo esto en la época actual.
                  La pobreza evangélica  puede tener diversas matizaciones. Cada Instituto tiene sus rasgos predominantes y cada época sus exigencias y esto debe tenerse en cuenta.
Es interesante tener esto en cuenta, porque ciertas formas de pobreza no son adecuadas a la vida cisterciense, sea porque no concuerdan con los principios de vida monástica, sea  porque no pueden ser  las correctas en el siglo XX.
 Por otra parte, estamos obligados a respetar la voluntad de nuestros Padres, y permanecer en las circunstancias particulares de nuestra época tan realmente pobres como fueron ellos en su tiempo.
Ciertamente, hay formas de pobreza que no son actas para nosotros. Actualmente, en reacción contra el confort y del lujo, hay almas generosas que están preocupadas por la pobreza.
Se han fundado familias religiosas aprobadas por la Iglesia, en las que para garantizar el desprendimiento personal, el mismo instituto renuncia a poseer. Esto es de gran provecho para las almas. Van a Dios por este camino con sencillez y alegría, que nos recuerdan los primeros frailes de S. Francisco.
Ante esta nueva situación, algunos se han hecho la pregunta si nuestras posesiones de terrenos,  nuestros instrumentos de trabajo costosos, son todavía legítimos. ¿No sería mejor orientar nuestra pobreza imitando  más a las órdenes mendicantes, esperando todo de la Providencia por un acto de fe renovado todos los días?

Para poder responder a esta pregunta, tenemos que examinar las razones de los que nos han precedido. Cuando S. Benito quiere que las actividades que se realizan en el monasterio basten para proveer a la comunidad de todo lo necesario,  no tiene otra intención que librar a los monjes el tener que buscar fuera  de la clausura, lo que no tienen dentro, pues como dice a continuación, tales salidas no son provechosas a sus almas.
Los primeros cistercienses les pareció que no dedicándose  al ministerio exterior, no podían percibir sus frutos sin pecar a  la vez contra la pobreza y contra la justicia.
La separación del mundo, fundamental para los monjes, excluye mendigar, que supone necesariamente contacto con   los ricos, búsqueda del donante. Dependencia del mendicante respecto de bienhechor. Y la experiencia avisa que éste termina ingiriéndose en los asuntos domésticos de aquel a quien ayuda a vivir.
Por la misma rezón de separación del  mundo no puede el monje dedicarse habitualmente al ministerio, por lo tanto le está prohibido aceptar las ofrendas que son su compensación.
Nuestras Constituciones nos imponen como un deber ganarnos el pan  con el trabajo  manual.
La pobreza monástica no es pues la de las Ordenes Mendicantes. Tampoco es  una pobreza extrema, vecina a la miseria.
Contrariamente  a lo que pudiera parecer a primera vista, el evangelio no aconseja la búsqueda de la miseria, y el mismo Jesús preservó de ella a sus apóstoles. Les dijo: “cuando os envié sin bolsa  sin  alforja y sin sandalias ¿os faltó algo? Nada respondieron ellos.
¿No tiene la indigencia ciertos aspectos inconvenientes que pueden hacerse sentir en el campo espiritual? “La pobreza es santa y amable, pero cuando se extrema, es de temer que perezca al espíritu de pobreza y sea uno inducido a faltas considerables” (Sta. Juana de Chantal) Y el P. Valuy hace esta observación llena de sentido común: “es un hecho constatado que también  desde el punto de vista  espiritual, la miseria es un peligro, lo mismo que el lujo, y puede convertirse en una fuente de pecados. Gran número de hombres, dicen las Libros Sagradas, han pecado a causa de su  indigencia”
La  Constitución Sponsa Christi, de Pío XII, precisa que “El trabajo monástico debe inspirarse en la Regla, en  las Constituciones y costumbres tradicionales de cada Orden. No solamente tiene que estar en relación con las fuerzas de los monjes, sino también, debe ser realizado de tal forma que vista la evolución del tiempo y las circunstancias,  procure a las monjas la subsistencia necesaria y contribuya  también a la utilidad de los indigentes.”
Muchas de las consideraciones de D. Gabriel Sortais que siguen no son de mucha aplicación para nuestro caso concreto de nuestra comunidad por lo menos mientras se mantenga con un número tan reducido de monjes y, que por lo sencillo  y pequeño que es todo, no crean mayor problema, pero si que son interesantes parta tener ideas claras sobre este punto de la pobreza.
La pobreza cisterciense hoy no debe traducirse ni por la mendicidad, ni por la privación de lo necesario, sino por un modesto tren de vida, asegurado por el trabajo de la comunidad, tanto si este trabajo consiste en la explotación de una finca agrícola, como de una industria. Ambas no pueden ejercitarse sin una maquinaria moderna.
Ganarse la vida supone poner los medios y estos medios en la  hora presente son casi del todo mecánicos.
Este trabajo, destinado al sostén del monasterio, debe ser rentable,  y no puede serlo por debajo de un cierto rendimiento. Aquí es donde el correr del tiempo nos obliga a una revisión no de nuestros principios, sino de nuestras costumbres.
Las propiedades no son ya lo que eran en otros tiempos, el coste de la vida ha aumentado sensiblemente después de las dos guerras mundiales, la mano de obra seglar se ha vuelto más cara teniendo que recurrir más a la de los monjes, a los que no obstante hay que dejar el tiempo necesario para el desenvolvimiento de su vida interior. La ayuda de los bienhechores, prácticamente ha desaparecido en muchos países. Todo esto obliga a una cierta intensidad de trabajo que no puede ser obtenida sin las máquinas.
Las máquinas plantean nuevos problemas. Su funcionamiento está ligado a su calidad. No es posible contentarse con instrumentos usados, guardar  indefinidamente  un viejo apero o procurarse uno de ocasión. Es preciso comprar a tiempo, comprar nuevo. No está aquí permitido cicatear en gastos ni tardar  en remplazar  una máquina buena todavía, pero inadaptada. Estamos  obligados a renunciar a cierto exterior  de pobreza.
El desarrollo de la producción  ha acentuado  algunos principios de administración que debemos tener en cuenta. Aquí no podemos olvidar el valor del tiempo. Antes en virtud de la pobreza, se veían obligados a remendar indefinidamente los objetos de su uso. Actualmente es con frecuencia más provechoso remplazar que perder demasiado tiempo  en reparar. La pobreza religiosa actual debe distinguirse de lo que en otros tiempos se llamaba espíritu de economía, que tenía por norma la reducción de gastos y el uso prolongado de cada objeto.
¿Hay que lamentar este cambio que se refiere más a las apariencias que al carácter profundo de la pobreza?  Por el contrario, podría servir mucho  a la causa de la pobreza ayudándonos a discernir mejor  sus verdaderos rasgos.
A fuerza de querer ahorrar, ¿no se arriesga uno a cicatear? ¿No acaba uno por mirar como fin, lo que no debía ser más que un medio? Muchos excesos son de temer  cuando es el escrúpulo consigue desplazar al amor. Así un celo por la pobreza mal iluminado ha podido dañar a cierta decencia que se debería haber sabido conservar en los vestidos, en la casa, y conducir a cierta falta de cuidado que rallaba en la suciedad. Así se ha llegado al extremo opuesto de la virtud a la que se quería servir, cayendo en la avaricia.
Queriendo ser pobres por encima de todo, ¿no podemos parar en privarnos de cosas  que llevarían nuestra alma a Dios? Hay a veces, dentro de los límites de una justa liberación, gastos que  hay que afrontar, ventajas que hay sacrificar para conservar  o para dar al cuadro de la vida monástica los encantos de un atractivo legítimo y santificante. ¿No reprochó Sta. Teresa a la priora de una de sus fundaciones, el haber vendido un cuadro cuya belleza ayudaba  a sus hijas  a elevarse hacia Dios? Es preciso  guardar este espíritu de moderación del que estaba animada  esta gran contemplativa.
El renunciamiento honra a Dios,  pero la alegría espiritual que nos proporcionan sus obras no le da menos gloria.
La pobreza no está en la cumbre de la escala  de las virtudes. Ella debe ceder el lugar a otras, en particular a la caridad. Lejos de endurecer el corazón, y apartarlo del amor, debe  conducirlo a él.
Resumiendo, la pobreza cisterciense no se confunde con la mendicidad, ni con la miseria, ni tampoco con la economía. Mucho menos puede  autorizar el  escrúpulo o ser un pretexto para la fealdad. La pobreza es amor.
La pobreza cisterciense es no obstante una pobreza real. Hemos señalado que hemos de ganarnos la vida. Pero esto no nos autoriza a proveernos de demasiados medios de subsistencia. Hay que invertir en instrumentos de trabajo, pero esto no quiere decir que podemos gastar demasiado para nuestras construcciones e instalaciones. Hemos dintinguido la pobreza de la miseria, pero no es esto un obstáculo para conservar un tren de vida modesto. Intentemos precisar lo que tiene que ser nuestra pobreza actual en estos diversos campos. Así comprenderemos mejor el valor del testimonio y el deber que incumbe al monje de dar limosna.
Medios de subsistencia. Los trabajos agrícolas suponen la existencia de tierras. La propiedad de tierras siempre ha existido en la Orden. Su extensión no obstante puede estar sujeta a revisión en nuestros días. S. Estaban constata como su monasterio creció en tierras, viñas y graneros, pero a la vez dice que estos bienes no hicieron decrecer el fervor  de la comunidad, pues tenía la experiencia  de cómo las riquezas habían entibiado a Molesmes.  Por eso decidieron que los monjes ayudados por los conversos  cultivarían  por sí mismos las tierras. La adquisición de más tierra estaría en adelante limitada  la capacidad de la comunidad para explotarlas con sus propias fuerzas.  En nuestros días los efectivos de los monasterios ha disminuido sensiblemente. Tampoco son necesarias grandes extensiones de tierras como en el siglo XII  por que con los medios actuales se puede producir  más  en terrenos más reducidos. Tengamos con qué vivir, pero nada más.
Las posesiones están previstas para satisfacer una doble necesidad: la subsistencia de la comunidad y el ejercicio de la misericordia.  Sobre este último punto ha habido una evolución. Las condiciones de la sociedad medieval no son las actuales. En la edad media los monjes debían asegurar obras de beneficencia, que ya nos les incumben hoy. El aspecto del papel social del monje ha caducado, ya que hay organismos especializados para cumplir las tareas humanitarias.
El desarrollo de la comunicaciones ha suprimido el problema de  la hospitalidad tal como se presentaba en los tiempos en el que el viaje se hacia a pie. Sepamos distinguir entre el ideal monástico de nuestros Padres, siempre valedero y su realización en medio de un feudalismo hoy desparecido. Lo que era  legítimo en tiempos de S. Bernardo, no lo es necesariamente hoy.
Guardémonos también para salvaguardar nuestra pobreza, de desarrollar exageradamente nuestras actividades. Los que las dirigen, están orgullosos de aportar su contribución a la subsistencia de la comunidad, pero que no actúen sin embargo como si hubiese entrado en religión para ser ganaderos o artesanos, constantemente preocupados por una cantidad de negocios que quieren aumentar.
Cuando S. Benito pide que se venda un poco más barato que los seglares, para que Dios sea en todo glorificado ¿no querría con ello que los monjes diesen a su alrededor el raro testimonio del desinterés? Las actividades excesivamente desarrolladas suponen una sobrecarga de trabajo para los miembros de la comunidad, o  la presencia constante entre ellos de un gran número de seglares que traen al monasterio la atmósfera del mundo.
Algunos podrían pensar que abundantes medios de producción que asegurasen mejor el porvenir, darían al monasterio una atmósfera de seguridad que permitirían a las almas vacar más libremente a la contemplación. Cierto que un estado económico demasiado restringido, puede dañar  indirectamente a la vida interior, sin embargo parece que sería anormal que la paz de los monjes dependiera  de una seguridad puramente humana fundada sobre la posesión. Las riquezas siguen siendo un peligro para los monjes. La historia lo confirma, como los cistercienses no supieron guardarse indefinidamente de los peligros de la fortuna. Esta lección es siempre valedera.
Sigue D. Gabriel detalladamente  cómo ha de ser los edificios e instalaciones en el momento presente, para que sean concordes  con la pobreza cisterciense. Nuestros Padres edificaron como era costumbre en su tiempo.
Sigue diciendo que el Papa decía recientemente que los institutos religiosos deberían comprender el espíritu de sus fundadores y obrar como ellos lo harían  en el momento actual. Este consejo que nos ha servido para pedir la adaptación de algunas de nuestras observancias  a las necesidades de nuestro tiempo también vale para la construcción de los edificios conforme a las exigencias de la pobreza. En una audiencia que le concedió el 11 de febrero último (1957) EL Papa, bendijo los esfuerzas que se hacen en la Orden `para devolver a la pobreza el lugar que había tenido en el pensamiento de nuestros Padres de Císter.
También debe brillar esta pobreza en los empleos de los monasterios. Demasiados religiosos que para sí mismos se muestran solícitos  por la pobreza, parece que  se olvidan de ella en el momento que traspasan el dintel de su taller. ¿Dejamos de ser pobres cuando trabajamos? El local, las herramientas, ¿no debieran testimoniar que somos religiosos desprendidos de los bienes de este mundo? Debemos hacernos la reflexión que se hacía Sta. Teresa del Niño Jesús: “Soy pobre,  por lo tanto es natural que me falte algo”.
El cuidado de modernizar el principal instrumento de trabajo de la comunidad no debe extenderse a los pequeños empleos. Nada falta en algunos talleres que están perfectamente montados como los de una gran empresa.  ¿Por qué proveerse de un torno de último modelo cuando quizás no se usará  ni una sola vez al mes?
Si cada uno se dedicase a eliminar de su  oficina lo que no es verdaderamente necesario, es probable que estos esfuerzos particulares cambiarían  el ambiente del monasterio, apareciendo un real espíritu de pobreza.
Vida cotidiana.-
Podríamos hacer esfuerzos personales  en los detalles de nuestra vida cotidiana, en el modo de tratar  lo que tenemos a nuestro uso, de la limitación de nuestras exigencias. Poco cuidado para no ensuciar la ropa, no desechar objetos aún en servicio, o estar de “morros” si sus hábitos no son de tejido que les gusta. Algunos se vuelven exigentes para la comida. Las salidas pueden ser ocasión de algunos abusos en pobreza.
Sin embargo la pobreza no es un simple reglamento disciplinario, sin valor  fuera de la clausura, ya que la abrazamos libremente porque la amábamos. El tiempo del monje también pertenece a Dios y es un latrocinio reservárselo parte para sus gustos.
También el procurar que le regalen  aquello que no le conceden los superiores, S. Benito lo condena como algo contrario al desprendimiento y también a la atmósfera fraterna de la comunidad. Algunos se engañan porque creen que no lesiona la pobreza porque no cuesta nada. Pero no hay que confundir pobreza con economía.
No hay que pensar que la época actual nos dispensa de estos renunciamientos, de esta humilde ascesis, pero santificante. Las personas seculares saben imponerse el sacrificio de una comodidad, de gastos inútiles, quizás  lo hagan a disgusto, pero distinguen lo que es necesario  de lo que no lo es. ¿No deberíamos enseñarles con nuestro ejemplo que el aceptar una  privación es  una alegría cuando voluntariamente se ha puesto el tesoro en el cielo?
El mismo realismo es el que guió las decisiones de nuestros Padres  en lo que miran al culto divino. S. Bernardo distinguía entre la liturgia popular y la monástica. El monje no necesita un escenario  para evocar la presencia divina, como los fieles. Esta decoración más bien le estorbaría  como un artificio  que complicaría su conversación con Dios.
Quizás  alguien se maraville de esta austeridad cisterciense  y oponga la teoría del “lujo para Dios”. Es verdad  que la consagración de lo que el mundo estima de mucho valor puede hacerse con un hermoso  espíritu de fe. Pero si se está verdaderamente desprendido ¿Por qué no se piensa más bien en ayudar a parroquias pobres? Es más realista para el monje desprenderse de estas cosas y contentarse con la desnudez de los primeros cistercienses. ¿Qué diría S. Esteban de algunos de nuestros vasos sagrados, de algunas de nuestras sacristías  llenas de toda clase de ornamentos litúrgicos que no tienen el sello de la sencillez? ¿Habría aceptado la inclinación de algunos de nosotros a oficios que no tienen el sello de la simplicidad monástica, acompañados  de un gran órgano de juegos múltiples?

Testimonio de pobreza y limosna.
El monje consiente en esta desnudez completa, incluso en el culto litúrgico, para así poder ofrecer al Señor un corazón libre de todo apego a las cosas creadas. Pero por mucho que tienda  hacia el Reino de los Cielos, no puede creerse ya  salido de esta ciudad terrestre, y si bien no tiene como primer fin la edificación de los fieles, tampoco tiene el derecho de olvidar que sus deficiencias corren el riesgo de desedificarlos.
Su pobreza  no es sólo una actitud ante Dios, sino también lo es ante los hombres, de lo que inevitablemente son testigos.
Esta constatación señala al monje la conducta que debe seguir. Sin hipocresía, debe evitar toda infidelidad que al  mismo tiempo que ofende a Dios, desedifica a los hombres. El ejemplo de desprendimiento por el contrario, arrastra a las almas elevándolas hacia Dios.
El cisterciense da testimonio de desprendimiento, en primer lugar por su negativa para retener para sí mismo cuanto sobrepase lo estrictamente necesario. Pero para ser verdaderamente sincero, debe verificarse esta renuncia tanto en el plano comunitario como en el personal,  para no dar la impresión que mediante un rodeo hábil encontramos en común el disfrute de las cosas que individualmente habíamos sacrificado el día de nuestra profesión.
La pobreza no es sólo renunciamiento. Ante todo es una elección, un amor, una presencia. El objeto de esta preferencia es Cristo, pero no se puede amar a Cristo sin amar al mismo tiempo a los miembros pobres de su cuerpo místico.
El cisterciense, llamado por Dios a la soledad, no tiene que salir del monasterio, para encontrar la miseria  humana. Pero su vocación, lejos de dispensarle de este deber, le hace un deber más imperioso. Según la enseñanza de S. Bernardo, su fin es devolver a su alma la semejanza perdida por el pecado,  y no puede olvidar que según S. León, la caridad es la señal de la semejanza con Dios, que es amor.
Amar la pobreza es amar al pobre. ¿No hacemos diferencia entre el rico y el pobre, entre aquel del que esperamos algo del que nada esperamos? La limosna también están en el orden de la pobreza, y Jesús no la ha separado del desprendimiento pues prescribe a sus discípulos: “Vende  lo que tienes y dalo a los pobres”.
¿Creemos que  nuestra clausura nos podrá al abrigo  de la condenación de aquellos que no han sabido dar de comer o vestir a los que lo necesitaban? Además no tendríamos excusa de vernos dispensados, ya que en varios lugares de la Regla  nos recuerda esta obligación. El cuidado de los pobres fue una de las principales preocupaciones de nuestros Padres.
Hay una categoría de pobres a la que no prestamos siempre la debida atención: los que no han recibido el don de la fe. Pío XII  recordaba la importancia que tiene la limosna para la  acción  misionera de la Iglesia.

Progreso en la pobreza.
El año pasado, durante el Capítulo General, (1956) tuve ocasión de señalar a los superiores nuestras faltas a cerca de este punto, para que se tomasen las medidas convenientes, para que la pobreza fuera observada  mejor en nuestra Orden. Sin embargo he querido exponer este tema a toda la Orden por esta Carta, para que cada uno tome conciencia de sus deficiencias y así cooperar a la renovación que tenemos  necesidad.
Examinemos nuestra conducta y nuestros  sentimientos, y veamos qué nos queda por hacer, los principales abusos que hemos dejado deslizarse en nuestra vida, las comodidades que nos tomamos, las pequeñas  molestias que evitamos.
Sólo el pobre es libre para amar, decía S. Juan de la Cruz. Hemos dado un primer paso el día que constatemos que aún no tenemos esta libertad y que debemos trabajar resueltamente por adquirirla. Según vamos progresando, observamos que la pobreza no nos desprende más que para ordenarnos  a Dios,  para enriquecernos con sus dones y unirnos a El.
La pobreza nos desase para ordenarnos a Dios.
Hemos constatado que para S. Benito, la pobreza no es simplemente un carecer, sino que tiene como finalidad el poner al monje en relación con Dios.
Nos condiciona respecto a nuestra comunidad y a nuestro abad. Esta dependencia externa no es más que la expresión sensible en el plano humano, de nuestra dependencia intima respecto a Dios.
Su pobreza no es dimisión ante un hombre, sino homenaje  a Dios. Por otra parte, rectificando su inclinación al dominio, la pobreza entendida como S. Benito y los primeros cistercienses debe igualmente conducir al monje al desapego de los bienes terrenos, por una renuncia efectiva. Y es que para saber despegarse en espíritu, es necesario saber despegarse en la práctica. “Por el mero hecho de poseer las cosas del mundo, dice Sto. Tomas, el alma es arrastrada a amarlas, pues Jesús dijo, donde esta tu tesoro, allí está tu corazón”.
El monje busca las ocasiones de renuncia, porque pone en Dios toda su esperanza de felicidad. ¿No es esta la actitud propia del contemplativo? ¿Cuál es el sentido de la vida del monje, la meta de su esperanza? ¿No es la búsqueda de Dios en sí mismo? ¿Cómo recibir un don tan grande, si se quiere encontrar la felicidad en los bienes de aquí abajo? Por eso el contemplativo siente la necesidad de despojarse de ellos. Se siente totalmente dependiente de Dios a quien se entrega. Quiere tener el corazón perfectamente libre, porque sabe  que el amor con el que es amado es demasiado grande para contentarse con un  corazón dividido.
A las disposiciones externas, une las internas, mortificando su curiosidad natural, guardándose de poner en primera fila sus  actividades exteriores por nobles que sean. “El monje acepta, dice D. Leclerq, no desempeñar ningún papel visible, y esta humildad es una forma auténtica de la pobreza espiritual. Acepta no tener nada, no hacer nada grande. Este desprenderse de todo es el medio  más seguro de morir a sí mismo.” Vuestra vida está escondida en Dios”
Busca a Dios, busca conocer a Dios, sabe que esta ciencia  divina no está en su poder  adquirirla, sino más bien el recibirla humildemente. Por esto cuando la gracia viene a fecundar sus esfuerzos, ofrece a Dios lo que comprende, y reconoce su pobreza en el acto mismo que lo enriquece.
No revindica sus virtudes, ni del pasado ni las del presente. Sabe que no son suyas. Conoce demasiado la profundidad de su indigencia y de su debilidad.  Por esto no se extraña ni se irrita  de su fragilidad, de las imperfecciones que todavía se mezclan frecuentemente con su amor. Aprovecha de ellas para confesar su pobreza, que es mejor título para alcanzar la misericordia de Dios.
Cuando está despojado hasta este punto, es cuando está realmente entregado a Dios, respondiendo a la invitación trasmitida por S. Pablo:”No busco vuestros bienes, sino a vosotros”. Así se hace capaz de recibir la única riqueza a la que aspira.
La pobreza nos enriquece y nos une a Dios.
Tal es la bondad de Dios que sus órdenes son en primer lugar  beneficios. Reclama todo nuestro corazón,  para llenarlo todo. Y si exige la ofrenda de nuestro ser, no es para aniquilarlo, sino para divinizarlo todo entero.
¿Cuáles son las riquezas que la pobreza nos da?  La recompensa de la pobreza la encontramos ya  aquí abajo, en primer lugar por el ahondamiento de la esperanza. Esta posesión anticipada del Cielo.  El que no se reserva nada, ¿no tiene derecho a contar  totalmente con Dios? Renunciar a los bienes propios, a sí mismo, es en cierto sentido vivir de esperanza. De aquí es por lo que S. Juan de la Cruz dice que “en el campo de los bienes creados, incluso de los espirituales, toda posesión es opuesta a la esperanza”. Y explica como esta virtud teologal, fundada sobre la desnudez, conduce a la unión con Dios.
Cuanto más un alma  espera en Dios, tanto más recibe de él. Así pues su esperanza crece en proporción de su renunciamiento y cuanto más despojada  esté de todo, tanto más goza  perfectamente de la posesión de Dios  y está unida a Dios.
El P. Mersch dice del desprendimiento: “Un amor que dándose,  da todo lo demás y que no quiere ver ni apreciar nada  sino por los ojos de Jesucristo.”
“La pobreza es una consagración, una entrega a Cristo, una elevación al plan divino, de lo que sin ella no sería más que el comportamiento de un animal razonable  para con las cosas  de que tiene necesidad.
Es también un acto de culto y de religión. Y no sólo  por el voto que la sella, sino por su misma naturaleza. Es en sí mismo una oblación y un sacrificio, porque  es la ofrenda total  hecha a Cristo. O mejor es el sacrificio de Cristo despojado de  todo en el Calvario, que se continua  en su Cuerpo  místico”.
Es un sacrificio,  pero  unido al sacrifico de Cristo y este es un paso de la muerte a la vida, por eso  es también la entrada en la vida eterna. Así nuestra identificación con Cristo pobre, nos hace  participar de la riqueza de Cristo crucificado. El desapego  de nosotros mismos  abre nuestro corazón al amor y la posesión de todo lo que  es divino.
La pobreza cristiana no es un sofocamiento  de la personalidad, un recorte de sus límites, sino al contrario su abolición, rompiendo el marco estrecho de la posesión  egoísta, hace tomar conciencia  del lugar que ocupa en el plan divino, en Jesucristo.
El monje que se consagra a Dios por el voto de pobreza, se sitúa y se siente elevado por la corriente que sube  de la creación al Creador, según  la visión de S. Pablo: “Todo es vuestro, pero vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios.
Aceptar ser  pobre como Jesús lo fue y en unión con El, ¿no es sencillamente consentir en todo con el amor paternal de Dios?
En la vida  espiritual no es ninguna ilusión aspirar a las  cumbres. Pero  hay que añadir que la ilusión comienza  cuando se pretende  hacer aunque sea el menor progreso, sin pagar el precio correspondiente. No hay ninguna presunción pretender llegar  a la intimidad con Dios, pero seria un error  total el esperar llegar a ella  por otro camino que el de una desnudez profundísima.
Ya se que hay  prejuicios en bastantes monjes sobre este camino del desprendimiento absoluto. Se quiere salir más barato. Se habla de distinción  entre las diferentes escuelas de espiritualidad, y se insinúa que la línea de la total pobreza espiritual es carmelitana más que benedictina o cisterciense. Sin embargo los que así piensan ¿están bien seguros de que el “nada” escrito cinco veces por S. Juan de la Cruz en el camino que sube a la montaña de la perfección traduce una exigencia  más radical que el “nihil omnino” “nada absolutamente”  de S. Benito?  En todo caso, es cierto que los primeros cistercienses quisieron seguir sin mitigaciones el camino de la pobreza. Los testimonios que nos quedan de su vida y enseñanzas son elocuentes en este respecto y no sin razón Gilson ha creído poder construir toda la  teología mística de S. de S. Bernardo a partir del “nihil habere propium” del capítulo 33 de la regla.
La contemplación  que gozaron nuestros Padres del siglo XII fue el fruto de su desnudez. Y sin  duda la insuficiencia de la nuestra es la que  frecuentemente retiene a nuestras almas pegadas a la tierra y las impide elevarse hacia Dios. Y a la inversa, no es menos exacto decir que la profundidad del desprendimiento es la señal de éxito espiritual. Emile Male señala justamente: “para ser pobre como S. Bernardo, hacia falta  su maravillosa riqueza interior”. Para los cistercienses actuales, que se preguntan el camino que deben seguir, está bien claro, no queda más que  aceptarlo y perseverar en él seguros del resultado, cuya garantía es la experiencia de nuestros antepasados.
¡La experiencia! No es a la de cada uno hay que apelar, para constatar que cada vez que nos hemos separado de las cosas de la tierra, que nos hemos renunciado a nosotros mismos, ¿no hemos sentido crecer en nosotros esta hambre espiritual  que al saciarla aumenta? Solo el alma que lo ha experimentado puede conocer la plenitud y la alegría del don de sí en la búsqueda del amor.

 

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