Capítulo XXXI
Cómo ha de ser el mayordomo del monasterio

 

 

 

363.- Cómo ha de ser el mayordomo del monasterio. Cap. 31.

Cellerarius viene de cella, un sustantivo que puede  tener muchos significados. La RB  según el contesto y el genitivo que lo acompaña, designa el dormitorio 22,4, la enfermería 36,4, la hospedería 53,21; el noviciado  58,5; la habitación del portero 62,2, etc. bodega, la despensa, el lugar donde se  guardan las provisiones.
La cella incluida en el vocabulario cellerarius  es evidentemente el cellarium como decían entonces. En  la antigüedad  profana se daba el nombre de  cellarius al siervo de confianza que guardaba los  víveres y los distribuía a los esclavos.
En la RB el cellararius, (mayordomo, cillerero) es el monje a quien se ha confiado la administración de los bienes materiales del monasterio, y en primer  lugar la distribución de lo necesario para los hermanos y a otras personas que se benefician del patrimonio monástico: los pobres y los huéspedes.
El mayordomo era un personaje importante en el monasterio de S. Benito. Y no sólo desde el punto de vista temporal. La Regla aconseja al abad que atienda sobre todo y ante todo a su cargo pastoral de dirigir almas, y que no se vuelque con afán  sobre las realidades transitorias y caducas. 2,33-34. De estas se  ocupa particularmente el mayordomo. Pero lo hace de un modo muy religioso y espiritual. Su actuación repercute  poderosamente en la armonía y la paz de la comunidad  entera como se colige del cap. 31, que es  uno de los más enjundiosos y  bellos de la Regla.
El capitulo del mayordomo constituye un pequeño tratado  de espiritualidad en el que el interés psicológico y moral  domina y anima todas las  ordenaciones de orden práctico. En realidad más que enumerar y determinar las obligaciones del oficio de mayordomo, se aplica a trazar la imagen ideal  del monje que lo desempeña.
Así empieza por establecer un elenco de las cualidades que debe poseer y cultivar, y los defectos  que  es preciso que luche.
De esta lista se desprende una silueta moral  cuyos rasgos característicos son la sensatez, la madurez de costumbres, la sobriedad, la parquedad en el comer y  como es natural, el temor de Dios.
La altivez, la turbulencia, la propensión  a las injurias, la desidia y la prodigalidad constituyen  los principales defectos que hay que evitar.  Este elenco anuncia casi todos los temas que serán tocados a lo largo del capítulo.
El mayordomo debe ser como un padre para toda  la comunidad, de aquí que se le inculque la solicitud  para todos los hermanos, pero más especialmente para los más desvalidos: los enfermos y los niños, a sí como para los huéspedes y pobres.
Otra virtud que se le recomienda reiteradamente es la humildad 7, 13,16. que mostrará no despreciando ni entristeciendo  a los que piden cosas que no deben y  que él está obligado a negar. O cuando le piden  algo con razón y no tiene, de a los tales por lo menos una buena palabra, que según la Escritura Ecle. 18,17, vale más que la dádiva más preciosa.
Sin  altivez ni demora proporcionará a los hermanos la ración establecida  precaviendo así toda irritación o conflicto.
Evitará por igual la avaricia y la prodigalidad. Obrará siempre con mesura  y conforme a la voluntad del abad.  

 

364.- Cualidades del mayordomo.

Para mayordomo del monasterio será designado de entre la comunidad uno que sea sensato, maduro de costumbres, sobrio, no glotón ni altivo, no perturbador, no injurioso, no torpe ni derrochador.(31,1)

En la conferencia anterior decía que este capítulo constituye un pequeño tratado de espiritualidad, en el que el interés psicológico y moral domina y anima todas las disposiciones de orden práctico. En realidad más que determinar las obligaciones del oficio del mayordomo lo que en realidad hace es trazar  la imagen ideal del monje que desempeña estas tareas temporales.
Comienza por enumerar un elenco de cualidades que debe poseer  y cultivar y los defectos que debe evitar.
Todas estas orientaciones las deben tener en cuenta todos aquellos que tienen cargos materiales ya que en la tierra no podemos vivir como los ángeles, únicamente ocupados en la alabanza divina pero no tienen que olvidar la condición de monje en el ejercicio de esto deberes. Es necesario sostener el cuerpo a la vez que se trabaja por la santificación. Y el abad debe velar como buen administrador temporal, de estos bienes ya que en gran parte  la paz y la vida interior  del monasterio  depende de este factor.
Como es lógico, el abad no puede ni debe ocuparse por sí mismo  de estos menesteres, ya que su ocupación principal es el cuidado espiritual de la comunidad. Puede decir como los apóstoles: ª”No parece bien que nosotros dejemos la Palabra de Dios por servir a las mesas”.
Para dejar en algunos monjes los cuidados temporales, debe mirar las cualidades de los designados. S. Benito quiere que  los desempeñen  monjes, no seglares. “Se elija entre la comunidad”.
Los empleos temporales exigen una virtud sólida,  ya que al estar en relación con huéspedes, pobres, hombres de negocios, si no se es virtuoso,  escandalizará en lugar de edificar, haciendo mal en lugar de bien a los que se acercan al monasterio. Y por sus faltas atraerá el desprecio a la vida religiosa en general.
También tienen que relacionarse con los hermanos de la comunidad y  si está falto de humildad y caridad, encontrará mil ocasiones de causar molestias y turbar la paz siendo causa de murmuraciones.
Para no abusar de la libertad también es necesaria la virtud, para no caer en el espíritu de independencia. Tienen ocasiones frecuentes de faltar a la pobreza, a la sobriedad, a la modestia. Por eso su virtud tiene que ser suficientemente sólida para mantenerse fiel a Dios y a los superiores, consagrado a sus hermanos y cumpliendo con su deber.
 De aquí las cualidades que debe tener el mayordomo y que enumera al comienzo de este capítulo, así como los defectos que tiene que evitar. Debe ser un religioso sabio, prudente, experimentado. Un religioso humilde, paciente, que  no tenga inclinación a considerarse como un amo. Que no se entregue a excesos o injurias, que no haga sufrir a la comunidad con sus lentitudes, sus olvidos, sus negligencias. Que no sea avaro ni pródigo, sino temerosos de Dios. Cualidades y defectos que tienen que tener  y evitar  todos los que tengan empleos materiales en la comunidad.
Pero no siempre los superiores encuentran  hermanos con la suficiente preparación para desempeñar estas funciones materiales, lo cual no dispensa al elegido de trabajar para conservarse en su deber.
 Ya hace años, recuerdo que una estadística de los monjes que habían pedido dispensa de votos, predominaban los hospederos y secretarios o cillereros. Esto hace pensar que carecían de las cualidades necesarias para desempeñar estos cargos y no acudieron a la vigilancia y la oración.

365.-Misión del mayordomo.

 Estará al cuidado de todo, no hará nada  sin orden del abad, cumpla  lo que le mande,  no entristezca a los hermanos, cuide con todo desvelo de los enfermos,  los niños, de los huéspedes, de los pobres como quien sabe con toda certeza que en el día  del juicio ha de dar cuenta de todos ellos. (31, 3-5.)

Ha de cuidar con toda solicitud pues un encargado de un empleo corporal no debe hacer cálculos con el sacrificio que le supone el cumplimiento de su misión. Debe velar cuidadosamente de todo lo que el abad ha dejado bajo su cuidado. Como un estímulo para no desfallecer le recuerda que ha de dar cuenta el día del juicio de todo ello.
El abad le ha encomendado parte de su responsabilidad y él ha de responder de las negligencias que puedan sufrir los enfermos, si es enfermero, de los descuidos en el servicio de los huéspedes y pobres si es hospedero, y también de todo el bien que hubiera podido hacer y no ha hecho por descuido y negligencia.
Si por su causa los hermanos caen en murmuraciones  o se sienten escandalizados, también tendrá que responder ante el Señor de esto. Y por esto S. Benito insiste en la solicitud que ha de tener el mayordomo sobre todos los detalles de su empleo. Esto implica que no se pueden hacer las cosas de cualquier modo. Ni descuidar estos deberes del cargo para ocuparse en aquellas cosas que más nos agradan.
Algunas veces se observa no sin asombro, que los seculares, son más diligentes o dóciles en el ejercicio de los trabajos que les son confiados que algunos monjes.
Por lo general, en la vida secular se trabaja por dinero y esta motivación les lleva a realizar sus trabajos diligentemente. Nosotros que trabajamos por una motivación más alta, también deberíamos ser más diligentes. Si no es así, es señal de que no estamos suficientemente penetrados de esos motivos. Reanimando la fe, se reanimará también el celo por el fiel cumplimiento de nuestros deberes materiales.
Después de  recordarnos   los juicios de Dios,  motivo de suyo poderoso para prestar atención a nuestros deberes, S. Benito  nos sugiere otro pensamiento, también muy eficaz para un  monje que realmente busca a Dios.  Que todos los muebles y bienes del monasterio  son propiedad de Dios y por ello tiene que ser considerados y tratados como “vasos sagrados”.
Si este motivo de fe  lo tuviéramos siempre presente en nuestro actuar, podríamos la mayor atención incluso en las cosas pequeñas.
No trate nada con negligencia. El amor al dinero, por grande que sea, no puede tener para excitar el celo un poder comparable con estos pensamientos sobrenaturales que S. Benito ofrece.
El mayordomo no sea pródigo ni avaro. Rehusar lo necesario a los que le piden y reduciendo al máximo los alimentos de la comunidad o el socorro de los pobres, sería una deplorable avaricia. Pero prodigar más allá de lo conveniente por complacer, dejar por negligencia que las cosas se pierdan o deterioren, es otro vicio no menos culpable.
Dispensadores de los bienes de Dios, no nos está permitido dilapidarlos sin cometer una veradera  injusticia. De aquí el celo de tantos buenos religiosos de no perder nada en la casa  de Dios, para utilizarlo todo. No era la avaricia la que los dirige, es el espíritu de fe que les permitía ver en todo objetos sagrados de Dios.

 

366.-Comportamiento del mayordomo

 -No contriste a los hermanos. Si algún hermano lo pide quizás algo  poco razonable no le aflija menospreciándole, sino que se lo negará con humildad, dándole las razones de su negación. (31,6-7)

Los empleos son para el monje encargado de esos concretos menesteres, ocasión  de practicar la caridad, si se realiza con el espíritu y la forma que quiere S. Benito. Pero también pueden ser causa de faltas de caridad y escándalo si no se cumple del modo conveniente.
La bondad es un bálsamo que suaviza todas las heridas, que dilata el corazón, que por su medio derrama la alegría en la comunidad. Un  encargado bueno y caritativo puede hacer a los hermanos tanto o mayor bien que el mismo superior. Por su caridad hace el deber amable. Su palabra pacífica y religiosa, da valor a los débiles y disipa  las nubes de los tentados y descontentos
Por el contrario, un encargado que muestra habitualmente o incluso en momentos puntuales un humor pésimo, que responde  con desabrimiento, que manifiesta  mala voluntad para dar lo que se le pide, puede causar un gran mal en el monasterio. Y sobre todo si los hermanos tienen que contar con él con frecuencia para ciertos menesteres. Puede ser incluso una piedra de escándalo para los débiles y para todos un ejercicio de paciencia. Provoca murmuraciones. A los que así obran, S. Benito les recuerda las amenazas  que Jesús profirió contra los que escandalizan.
En este capítulo del mayordomo, S. Benito  señala lo que podemos llamar sus deberes en relación con los hermanos. El primero es no contristar a los hermanos por causa de su negligencia en proporcionarles con prontitud y de buena  voluntad lo que necesitan, incluso mostrándose de mal humor.
El segundo deber es no amargar más a los que están ya descontentos. Si un hermano pide una cosa no razonable o en términos inconvenientes,  no hay que responderle con unos modos que le causen pena. Sin enfadarse, hacerle comprender que aquello que solicita no es razonable o no se lo puede conceder.
Finalmente el tercer deber que señala S. Benito es hacer las cosas de modo que todos estén contentos, siempre dispuesto para agradar y cuando no pueda dar lo que se le pide, que tenga siempre una buena palabra. Palabra de aliento. Una palabra que muestre el vivo deseo de complacer.
Estos  son los tres deberes que S. Benito  señala para el mayordomo y que tienen que tener en cuenta todos los  que tienen algún cargo que les relaciona con los hermanos: no crear descontentos, no agriar más a los descontentos y  hacer de modo que todos sean dichosos.
Son como las tres columnas que sostienen la paz, la unión y el fervor  en la comunidad.

 

 

367.- Vigile sobre su propia alma. (31,8)

La vigilancia sobre los lazos que el maligno pone en nuestro camino, (recordemos la visión de S. Antonio que vio el mundo lleno de lazos) es un deber de todo aquel que quiera ir sin desviarse, por la senda de la voluntad divina, siendo fiel a la vocación recibida. De una manera particular se ha de acrecentar esta vigilancia  cuando se tiene un cometido material, ciertamente impuesto por la obediencia, pero en el se corre  el peligro de realizarlo no según la voluntad de Dios, sino buscándose a sí mismo.
Así lo recuerda la capítula de Completas los martes”sed sobrios y vigilar porque vuestro enemigo, como león rugiente ronda buscando a quien devorar”. ¿Será verdad?
La armadura contra estos asaltos del mal en el desempeño de los cargos es la obediencia, a la que llama S. Benito  “fortísima alarma”.
El monje encargado de los asuntos materiales del monasterio se conservará libre de peligros si cultiva el espíritu de obediencia.
Obediencia y humildad plena a su superior, obediencia a la regla común del monasterio, permaneciendo fiel para acudir a los Oficios, a las comidas, a los ejercicios comunitarios, a menos que tenga una verdadera imposibilidad.
 El peligro comienza el día que por negligencia se dispense de los ejercicios regulares. Si queremos que la regla nos guarde, es preciso que nosotros la guardemos. “Guarda la regla y la regla te guardará”.
Obediencia en fin, a las normas particulares propias de su empleo, para que la voluntad propia no sea la que guíe su caminar. 
Un peligro que hay que estar en guardia en los empleos materiales es evitar lo que podemos llamar una “vida natural”. La costumbre de ocuparse de los asuntos materiales, el trato con las personas de negocios, puede llevar a hablar su lenguaje, y si no se tiene cuidado, terminar viendo las cosas bajo un punto de vista puramente humano, natural, sopesando solo la ventaja material, los intereses materiales como los más importantes, y conducirse así bajo unos falsos principios. Seguirá consagrado a los intereses del monasterio, pero lo hará como si fuera  un administrador secular hábil, pero no como un servidor de Dios. Y así la impureza de la motivación hace que la obra pierda gran parte de su mérito.
¿Cómo reaccionar ante este espíritu natural y mundano? Despertando  el espíritu de fe por medio de la oración frecuente, la reflexión espiritual, la lectio divina hecha con seriedad.
Puede  ser que se infiltre la idea de que sacrificándose  por los hermanos se hace más que  orando. No podremos sacrificarnos con pureza de intención si no llevamos la vida interior con seriedad. Así como no podemos vivir sin comer, así el alma  no puede conservarse si no se alimenta con una vida interior  sólida.
Quizás  el mal más peligroso es el de la disipación interior y exterior, pues no teniendo el aspecto de  un pecado determinado,  se puede deslizar con facilidad. La disipación lleva a la vida natural, y esta  encamina al pecado.  
Un examen corto y frecuente, como quiere S. Benito,”Vigilar a todas horas la propia conducta”, instrumento 48, es un buen remedio para tomar nuevo impulso en la vida interior. Hay que estar atentos para saber donde uno se encuentra pues si se quiere conservar la vocación, hay que poner todos los medios que están en nuestras manos. La historia de muchos monjes que perdieron la vocación en los diversos empleos materiales, hospederos, cillereros, secretarios… son la mejor confirmación de la importancia de esta prescripción de S. Benito: “Vigile sobre su propia alma” .

 

368.-Consolaciones del mayordomo.

 Recuerde siempre estas palabras del Apóstol: El que presta bien sus servicios se gana una posición distinguida. (31,8)

En la conferencia anterior reflexionaba sobre los peligros que acechan en el desempeño de los cargos  materiales del monasterio. Pero en el mismo párrafo, S. Benito presenta la otra cara de estos empleados, si llenan bien su misterio. Las gracias que a través de fiel cumplimiento alcanzan del Señor.
La historia es testigo que en un mismo trabajo en el mismo ambiente y  tiempo, mientras que unos religiosos se unen más al Señor y eran ejemplos de fidelidad, otro se desviaba y terminaba apostatando. Estoy refiriéndome a un hecho concreto, pero que se ha repetido en diferentes ocasiones.
En  los empleos se tiene necesidad de unas gracias particulares, pero hay que pedirlas como quiere S. Benito diciendo que no se emprenda nada sin haber orado antes con insistencia.
No siempre en los trabajos propios de estos cargos, se tiene el tiempo necesario para largas oraciones, e incluso  se hace imposible asistir  a los ejercicios regulares.
En este párrafo, que hoy comentamos, vemos como S. Benito anima  y consuela recordando que si cumple los deberes  de su cargo con celo y espíritu de fe,  por sus trabajos le llegará la gracia que  no puede pedir junto con sus hermanos.
La oración es el medio elegido por Dios para obtener todo aquello que tenemos necesidad. “Pedid y recibiréis”, pero cuando esta oración  está acompañada del sacrificio que conlleva  un trabajo, es tan eficaz como la oración de los labios.
El encargado que desempeña religiosamente su empleo, trabaja y sufre. Su trabajo y sufrimiento están vivificados por la fe y la caridad, santificados por el deseo de agradar a Dios, acompañados del sentimiento de no poderse unir a El  más íntimamente. Pero sin olvidar que para que esta oración sea eficaz, sus ocupaciones temporales  han de ser queridas por Dios y cumplidas con pureza de intención.
En el desempeño de los cargos se practican las cuatro virtudes más importantes de la vida religiosa: la renuncia, la humildad, la obediencia y la caridad. El ejercicio de estas virtudes se puede presentar en cada momento del día. No se puede dar un paso sin encontrarse con alguna de estas ocasiones y con frecuencia con las cuatro a la vez. Si aprovecha bien las numerosas ocasiones que se le presentan, no tardará en estar sólidamente establecido en la virtud.
Llenar bien su cometido lleva consigo la renuncia continua a uno mismo, para ocuparse más y más en las necesidades de los hermanos. Uno de los grandes obstáculos en el camino de la perfección es estar centrado en uno mismo hasta  llegar a tener un apego desordenado a su plan de vida. Es como si en su interior levantase una pequeña capilla y se ocupase más de los adornos de este santuario, que de  Dios que reside en él. Se atormenta y se agita cuando cree que no está todo en orden perfecto. Pero el religioso que tiene un empleo, no está tan expuesto a este estar mirándose a si mismo, y no siempre tiene tiempo en ver si todo está en orden, y a menudo comprueba  que más bien hay un gran desorden, pero si busca verdaderamente a Dios, repara todas estas miserias sacrificándose por él. Su renuncia le lleva derecho a Dios sin pasar por sí mismo.
En el cumplimiento de sus trabajos, las dificultades son mayores para acudir al Oficio, para guardar la caridad, para  hacer la lectio y la oración. Un simple  monje no tiene mucho esfuerzo que hacer para ser fiel a todo esto,  pero de muy otro modo sucede con el monje encargado de un trabajo material, y tendrá que hacer esfuerzos notables para conservar la paciencia, acudir a los ejercicios comunitarios. Esto requiere un amor más fuerte y por lo tanto sus méritos serán mayores.
S. Bernardo dice que cada vez que se priva de los ejercicios espirituales por amor a sus hermanos, da su alma por Jesucristo. Y S. Prospero dice: “este monje toma sobre si los trabajos de todos para que los demás puedan gozar de la quietud del espíritu. Es pues justo que tenga su parte de frutos en la cosecha común”.
Gracias, virtudes, méritos son los bienes espirituales que se pueden alcanzar en abundancia  por el ejercicio de los empleos temporales, si tiene el cuidado de guardar su alma. Pero hay que recordar que estos tesoros  los llevamos en vasos frágiles y que la agitación de los empleos pueden sacudirlos  y verterlo,  la infidelidad puede romperlos.

 

369.- El buen orden en los empleos temporales.

De a los monjes sin enfado ni dilación el sustento señalado. Dése lo que se deba dar y pídase lo necesario en las horas determinadas para ello, para que nadie se perturbe ni disguste en la casa de Dios. (31,16.18.19.)
Dios es Dios de paz, habita en la paz, el que quiera encontrarle ha de buscarle en la paz y para mejor encontrarle  estamos en una comunidad donde debe reinar la paz más profunda.
Si en la soledad estuviéramos obligados preocuparnos de las cosas necesarias de la vida, no tendríamos mucha ventaja por haber dejado el mundo. Las ocupaciones materiales  mermarían la capacidad para entregarnos a los ejercicios de la vida contemplativa.
Es imposible que una sola persona tome sobre si las cargas de todos los cuidados del monasterio, tanto espirituales como corporales. El superior que quiera hacer lo uno y lo otro, no hará bien ni lo uno ni lo otro, y vivirá en una agitación continua incompatible con su vocación. Por esto, S. Benito  multiplica  los encargados de los empleos temporales. Ordena que si la comunidad es numerosa, se de ayudantes al mayordomo para que todos los miembros estén en paz. Así la comunidad tendrá una paz que  ayuda el encuentro con Dios. Y los mismos oficiales, repartiéndose las cargas pueden encontrar la paz necesaria  para el desarrollo de su vocación.
La paz dice S. Agustín, es la tranquilidad que resulta del orden. Donde falta el orden no puede haber paz. Los desórdenes son la ruina de la paz, y si reina el desorden en los empleos temporales, todo lo perturba.
De esta falta de orden nacen variados males: escándalos y murmuraciones  de los que a pesar de sus reiteradas peticiones, no pueden obtener lo que justamente desean. Los lamentos de  quienes se quejan de estar demasiado cargados, acosados por las exigencias de sus hermanos. La imposibilidad de satisfacer a todos, la tardanza de los trabajos necesarios, la pérdida de tiempo y dinero, la turbación tristeza y fastidio que dificultan el encuentro con Dios. Estas son algunas consecuencias del desorden en los empleos.
El orden no nace espontáneamente en los empleos, ni basta con recomendarle. Es preciso que nosotros lo establezcamos mediante una prudente organización. Es lo que S. Benito hace al final de este capítulo 31. Insinúa tres clases de desordenes en los empleos: la sobrecarga de ocupaciones, la negligencia  de los encargados y las importunidades de los hermanos. Ofrece los remedios para estos males: que se proporcionen auxiliares para los que están demasiado cargados,  para que puedan desempeñar sus funciones sin cansancio, sin turbación ni tristeza.
Exige que  los encargados den cuanto deben  y de buena voluntad  para evitar el escándalo y la murmuración. Y finalmente quiere que se fijen horas determinadas para pedir lo necesario. Todo ello para que ninguno se perturbe ni se contriste en la casa de Dios  

 

Volver al Indice