Cómo se han de convocar los hermanos al consejo. (3)
El cap. 3, viene a ser una continuación del 2º para fijar la constitución de la sociedad cenobítica, al precisar el papel que corresponde a cada uno de los miembros, en el gobierno del monasterio.
Nos encontramos con un texto de difícil interpretación. Aparentemente no lo parece, pero cuando se trata de traducir algunas de sus frases, resulta prácticamente imposible determinar con exactitud su alcance. Su carácter es complejo, sus cláusulas se suceden sin mucho orden. Recuerda desde este punto de vista, el capítulo anterior. No faltan las repeticiones, las insistencias.
Parece que se pueden distinguir en él algunas añadiduras, en particular al final, referente al consejo de los ancianos.
Dos palabras “precipua et minora” tienen una importancia decisiva. En los asuntos “precipuos” corresponde la convocación del consejo de la comunidad entera. Para los negocios menores, el de los ancianos.
Del consejo general, trata la primera parte. Del consejo de los ancianos, solo las últimas cláusulas.
El esquema del capítulo parece ser el siguiente:
-convocación de toda la comunidad. 1-3
-cual debe ser el comportamiento de los que aconsejan, los monjes, y del que toma la decisión, el abad. 4-6.
-autoridad de la Regla, y del abad.7-11.
-convocación de los ancianos, 12-13
Estas son las principales materias, pero mezclados con estos temas, se encuentran otros. Y los mismos temas indicados, se interfieren mutuamente.
Este capítulo resalta por su originalidad. A. Veilleux afirma que es el primer texto que en la tradición monástica hace de la convocación de los hermanos a consejo una institución fundamental.
En las ediciones en las que se indican las fuentes de la RB, no existen referencias, pues hasta el presente no se han encontrados fuentes literarias.
Corresponde a A. de Vogüe el haber indicado cuales eran los verdaderos precedentes históricos del consejo de los ancianos. Recuerda las asambleas de los anacoretas en Scete, a fin de resolver problemas disciplinarios o imponer sanciones
También aduce las vidas coptas de S. Pacomio, según las cuales, el superior general reúne a los ancianos de la koinonia sea para elegir a su sucesor, sea para comunicarles los nombramientos que ha decidido hacer, para revelarles el triste estado de alguno de ellos y visitarlo antes de expulsarlo de la congregación.
No parece que en estos dos últimos casos, se trate de una consulta. Todo estaba ya decidido. No así en las Reglas Basilianas, en su versión original, no en la traducción de Rufino, presentan un paralelo perfecto con lo legislado en la RB. En las Reglas Mayores, se ordena al superior que llame a los hermanos, para “deliberar y examinar los asuntos comunes, obedientes a la invitación de la Escritura: hazlo todo con consejo”Ecle.32, 24. Y en las Reglas menores, se enuncia el principio general: “en todo asunto sin excepción, el Superior debe acordarse de la Sta. Escritura que dice, hazlo todo con consejo”. También en este lugar se trata de un consejo reducido, selecto, compuesto por hombres capaces de juzgar, y que no se limiten a exponer sus pareceres, sino que den su voto y el asunto se decida con su asentimiento.
En lo referente al consejo de toda la comunidad, A de Vogüe acude a la RM en busca de fuentes y sus conclusiones pueden resumirse así. La RM innova al llamar a consejo a todos los hermanos, pues la tradición precedente, sola conocía el consejo de ancianos.
Este consejo general es competente a en lo referente a la administración de los bienes temporales. La legislación de la RM en este punto tiene por objeto único amoldarse a la legislación romana a cerca de las alienaciones, pero solo el abad es considerado como propietario de los bienes del monasterio.
Las reglas monásticas de finales del siglo VI. Ferreolo, Aureliano de Arles, difieren de la RM, pues los monjes parecen en ellas como copropietarios. Este último punto ha sido discutido, porque la ley romana sobre las corporaciones, y no tan solo la legislación sobre las alienaciones, explica la introducción del consejo de los hermanos por la RM. Este consejo era de tipo colegial y deliberativo como el de las corporaciones romanas de la época y lo encontramos en las mencionadas reglas.
En la RB el consejo es meramente consultivo, no se habla en términos corporativos, sino puramente escriturarios y se deja sin dilucidar quien es el verdadero propietario del monasterio y de todos sus bienes.
Es posible que la RM como las otras reglas mencionadas, admitieran una verdadera propiedad corporativa, para evitar que los monjes que abandonasen el monasterio, pudieran reclamar sus bienes.
¿Se puede mantener la opinión de Veilleux de ser algo original de RB? Creo que el acento hay que ponerlo en que lo original es que sea el consejo de los hermanos una institución fundamental de la comunidad.
84.-El consejo en la RB.
Cómo se han de convocar los hermanos al consejo. (3)
El capitulo del consejo ofrece, además de lo dicho ayer, un gran interés por situar al abad frente a la comunidad definiendo claramente sus atribuciones. Dejando de lado las fuentes, de que ayer ya hablamos, nos fijamos en dos puntos importantes, en esta mirada general.
En primer lugar la insistencia de la RB en los derechos y deberes del abad. Los derechos no son, como hasta hace poco se creía, sustancialmente diferente de los señalados por la RM. Pero se los señala con una precisión acrecentada. Esto indica la preocupación que tiene de salvaguardarlos de una manera más eficaz que el RM.
La RB reserva todas las decisiones al abad. Los hermanos son convocados solamente para que expongan su parecer.
El abad es también dueño del procedimiento: convocación del consejo, la determinación de los asuntos a tratar, la exposición del tema. Todo depende de él.
La RB trata de los deberes del abad con una fuerza nueva. Ya no es su principal preocupación escuchar los consejos de todos los hermanos, como si esto fuese suficiente para garantizar una buena decisión conforme a la divina voluntad.
Le invita también al abad a disponer todas las cosas con prudencia y justicia, y hacerlo todo con temor de Dios y observancia de la regla, pensando en el juicio divino. Todo ello manifiesta de modo nuevo la fabilidad del superior.
De todos modos, la conclusión que saca Benito, no es la necesidad de limitar los poderes y compartir su autoridad. Por el contrario, los derechos de abad, en este capitulo, salen reforzados. Benito le concede al abad plenos poderes, no por una confianza ingenua, sino por un conocimiento de causa, persuadido de que todo bien pensado, las cosas no irían mejor si se dispusieran de otra forma.
El segundo punto importe es la obligación para todos, de seguir la regla. La RM solo hacía una velada alusión a esta obligación. La RB considera la regla como la norma suprema, que debe estar presente en todas las consultas a los monjes, y todas las decisiones del superior. La ley debe al mismo tiempo, sostener la autoridad del jefe y contenerla Sobre todo en los momentos de crisis, tanto el abad como la comunidad, la mejor salvaguardia que tienen es el respeto a una regla. El abad no es nada sin una regla.
85.-Consejo y humildad.
Siempre que en el monasterio hayan de tratarse asuntos de importancia, el abad convocará a toda la comunidad, y expondrá el personalmente de qué se trata. Una vez oído el consejo de los hermanos, reflexione a solas y haga lo que juzgue más conveniente. (3,1-2) Hazlo todo con consejo, y después de hecho no te arrepentirás. (3,13)
Ya hemos comentado en general el contenido de este capítulo, veamos ahora con detenimiento los párrafos del mismo. Y como ya he indicado en el cap. 2º, las orientaciones que S. Benito ofrece al Abad para el gobierno del monasterio, podemos aplicárnoslas todos y cada uno de los monjes, en nuestro vivir cotidiano.
La simple razón nos dice que nuestras luces son limitadas. Que nuestro amor propio interesado es mal juez para tomar decisiones que puedan suponernos alguna renuncia o esfuerzo. Y si miramos a nuestra experiencia, ¿no nos hemos engañado bastantes veces por confiar ciegamente en nosotros mismos?
La humildad nos lleva a creer en las luces que puedan darnos los hermanos, aunque esto suponga una abnegación de nuestro juicio. Así el monje humilde busca el consejo tanto de los superiores como de los hermanos para mejor descubrir la voluntad de Dios.
La actitud interna al solicitar el consejo ha de ser de humildad, de sinceridad, y después seguirlo con sencillez, si lo encuentra razonable.
¿Y si no tenemos suficiente humildad para pedir consejo con naturalidad? esta práctica nos dará ocasión de adquirirla.
Por todas estas razones, S. Benito quiere que el abad aún en las cosas poco importantes, escuche a su consejo. Y el monje a quien S. Benito le prohíbe seguir su propia voluntad, ha de tener muy en cuenta la importancia de pedir consejo para descubrir mejor la voluntad de Dios sobre él.
El que no recurre nunca a las luces de sus hermanos, no tiene ciertamente el espíritu de S. Benito. Y esto se puede afirmar con más razón de aquel que nunca tiene que pedir consejo ni nada que decir a sus superiores.
S. Benito termina el capítulo indicando que ha sido en la escuela del Espiritu Santo, donde ha se ha inspirado para establecer este modo de proceder citando, Prov. 31,3, terminando así este capítulo.
La providencia de Dios, que no da oráculos como en otro tiempo, en el arca de la Alianza, ni nos envía Ángeles del cielo para manifestarnos su voluntad, se sirve de los hombres que nos rodean para hacernos conocer sus deseos, y a los hombres debemos dirigirnos para discernir lo que Dios quiere.
86. Actitud del monje en el consejo.
Por lo demás, expongan los hermanos su criterio con toda sumisión, y humildad y no tengan la osadía de defender con arrogancia su propio parecer. (3,4))
Tres son las actitudes que S. Benito quiere que tenga el monje cuando es llamado a consejo. Sumisión, humildad y evitar la dureza de criterio.
El otro día indicaba que la desconfianza sobre nosotros mismos, nos lleva a recurrir a los consejos de los hermanos. Esta misma desconfianza nos tiene que llevar a cierta reserva o prudencia cuando se trata de dar consejos a otros
El presuntuoso está siempre dispuesto a ofrecer sus criterios e incluso pretende imponerlos sin que nadie se lo pida. Parece que no puede emprenderse cosa alguna sin su participación. Y hasta se alegra cuando salen mal las cosas, diciendo o por lo menos pensando, que todo iría mejor si se le consultase.
Por el contrario el monje que desconfía de sí mismo está muy lejos de esta postura, y se siente feliz cuando le dejan de lado sin preguntarle su opinión. Guarda silencio hasta ser preguntado. Y solamente la obediencia o la caridad fraterna le hacen descubrir su modo de pensar, ya sea en particular, ya en público.
Esto parece ser lo que quiere decir S. Benito con la palabra “sumisión”.
Si damos nuestra opinión con sincera humildad, hablaremos con desconfianza de nosotros mismos, con la íntima convicción de que no somos capaces de dar luz a la cuestión. Pero a la vez hablaremos con entera confianza en Dios, que puede servirse de nuestra pequeñez, para hacer que se conozca lo que es mejor. “Muchas veces el Señor revela lo que es mejor al más joven”, como dice S. Benito en el párrafo 3º.
Si somos humildes daremos sencillamente nuestra opinión sin querer aparecer como sabios, y sin preocuparnos de saber si se nos considera como tales o como unos monjes ignorantes e inhábiles.
Pero sobre todo se ha de hablar sin pasión, sin ese tono pretencioso que parece decir a los demás: todos vosotros os equivocáis, las únicas razones buenas son las mías.
En tercer lugar, dice S. Benito que hay que dar la opinión con indiferencia, sin dureza de criterio. No debemos tratar con indiferencia la cuestión que se nos propone, con el pretexto de que no nos corresponde ese asunto. (El Hº Gerardo, hermano sencillo y sin letras, era consultado con frecuencia por D. Félix, abad de S. Isidro. Cuando le superaba la cuestión, le decía:”el que tenga la mitra, que discurra”) Debemos por el contrario examinar muy detenida y seriamente, por razón de obediencia y caridad, aquello que se nos pregunta o se nos pide consejo.
Pero debemos desprendernos de nuestro propio criterio y estar dispuestos a conformarnos con la solución que al fin se tome. Se siga o no nuestra opinión, quedaremos en paz. Hemos declarado nuestro pensamiento y todo nuestro deber queda cumplido. Os puedo decir que personalmente cuando no se ha aceptado mi pensamiento en el consejo del abad, me he sentido más liberado ya que si sale mal, no será por mi responsabilidad, y si sale bien, eso era lo que quería, aunque fuese por distinto camino o modo.
Sostener obstinadamente su opinión es un orgullo detestable, que entre las mismas gentes del mundo se avergüenzan. Con cuanta más razón lo debe evitar el monje que por su profesión, ha de cultivar de modo especial la humildad. “No defender con arrogancia su propio parecer”.
Podemos sacar la conclusión que es más fácil pedir consejos que darlos. Que antes de dar nuestra opinión debemos preparar nuestro espíritu para permanecer en obediencia, humildad y e indiferencia en su correcto sentido ignaciano de estar dispuesto a aceptar todo lo que sea voluntad de Dios.
87.-La decisión es reservada al abad.
Una vez oído el consejo de los hermanos, reflexione a solas y haga lo que juzgue más conveniente. (3,2) Por quedar la cuestión reservada a la decisión del abad, todos le obedecerán en lo que el disponga como lo más conveniente. Pero como corresponde a los discípulos obedecer al maestro de la misma manera conviene que este decida todas las cosas con prudencia y sentido de la justicia. (3,6)
Si debemos hacer conocer nuestro pensamiento y hacer conocer concienzudamente todo lo que vemos de ventajas e inconvenientes, es únicamente para ilustrar al superior y darle nuestra opinión, ya que nos la ha pedido y por tanto lo exige la obediencia y la caridad que cooperemos con nuestras luces a que el superior pueda discernir la voluntad divina.
Salvo en los casos previstos en las Constituciones, en los que puede llegar a obrar inválidamente sin el consejo, el superior tiene la grave responsabilidad de deliberar en su interior y decidir de cara a Dios, y bajo su mirada, aunque por ello pueda perder popularidad en algunos casos.
Querer influir en la decisión del superior, es hacer recaer sobre sí mismo la responsabilidad de la decisión. Si por nuestras reiteradas instancias en pedir una solución a nuestro gusto, o una dispensa o permiso, llegamos a conseguir lo que pretendemos inclinando la voluntad del superior, nos exponemos a hacer nuestra propia voluntad y cargar con las consecuencias.
Si queremos conocer sinceramente la voluntad de Dios, debemos dejar plena libertad al superior para deliberar, decidir y pronunciarse.
Según la mente de S. Benito, es el abad el que gobierna y llevar el abad a nuestro tribunal, discutir sus decisiones, pedirle razón de su conducta, es invertir los papeles.
Mientras el superior sea fiel a la Regla, a las Constituciones y esté sometido a los superiores mayores, tenemos que obedecer. Si nos pide consejo es para mejor poder conocer la voluntad de Dios. Por ello S. Benito le dice que reflexione seriamente para discernir esa voluntad de Dios. Pero una vez que se ha pronunciado, su decisión ya no es a los ojos de la fe, una opinión humana y discutible, sino es una manifestación de la voluntad de Dios
Esta decisión podrá parecer humanamente poco prudente, pero bajo el punto de vista sobrenatural, es lo mejor que hay para nosotros en concreto. Puede no se conforme a nuestras miras y deseos, pero es en este momento concreto, conforme a los designios de Dios sobre notros. Que ejemplo heroico el de Sta. Rafaela del Sdo Corazón. A qué alta santidad le llevó esta consciente negación de sus derechos, haciendo vida suya el tercer grado de humildad ignaciano.
Mal va un monje o un monasterio, en el que se desliza el espíritu de rebelión o crítica contra la autoridad.
Hay que ser prudente incluso en recurrir a los superiores mayores, mirando serenamente si merece la pena y la veracidad del recurso. Ya es historia lo sucedido en Val San José con el santo P. Pío. Y a D. Ángel, primer abad de S. Isidro.
88.- La regla maestra en todo.
Por tanto sigan todos la Regla como maestra en todo y nadie se desvíe de ella temerariamente. (3,7)
De suyo la regla intenta plasmar el carisma que vivió, que testimonió y que S. Benito quiso legar a sus discípulos posteriores. Es un modo concreto de seguimiento de Cristo por la caridad perfecta, fin último de toda regla en general y de la vida religiosa en particular.
Podemos ver en la regla escrita por S. Benito un modo particular de vivir el evangelio.
Así aparece claramente tanto en la RM como en la RB. Ambas reglas definen al cenobita como un monje que vive bajo una regla y un abad.
La regla es algo distinto evidentemente, del abad, y el mismo abad está sometido a la regla, debiendo descubrir y encarnar en su vida el carisma original de la regla.
Así en el siglo VI aparece la regla monástica como misterio de obediencia para todos, abad y monjes. El abad debe obedecer al Espíritu y también de algún modo a los hermanos a los que debe escuchar. Los hermanos obedecerán al abad y también unos a otros. Y todos obedeciendo a la regla, como mediadora del Espíritu.
Siguiendo el carisma benedictino, los cistercienses del siglo XII quisieron volver a practicar la RB con toda su pureza y completándola con datos procedentes de la vida de S. Benito. En realidad se trataba de una utopía, ya que pronto debieron coleccionar usos y costumbres que la vida impone más allá de la regla.
No siempre se ha tenido en cuento el principio hermenéutico de Pedro el Venerable: “rectitudo regulae caritas est.”
Considerada a lo largo de los siglos, el texto de la regla ha sido como la carta fundamental de la vida monástica.
Podemos hacernos la pregunta de ¿cómo tenemos que interpretarla hoy en este tiempo de renovación y de de cambio acelerado? ¿Qué valor teológico y espiritual tiene para nosotros, hoy, este texto lejano?
Se pueden tener diversas actitudes. El culto de la regla. Esta actitud presupone en principio que lo sagrado está fuera de la crítica, y la regla es “la santa regla” y por consiguiente, se puede hablar de culto de la regla, como programa de vida e ideal de santidad para los religiosos.
No podemos menos de recordar el libro del P.Colin, lectura poco menos que obligada en nuestros monasterios en el tiempo preconciliar.
El autor define el culto de la regla como “la perfecta observancia de la misma provocada, sostenida y vivificada por la fe, la confianza y el amor a la regla.
Otra postura puede ser la de estudiar la regla investigando sus fuentes, estableciendo la genealogía de la obra, esclareciendo cada texto con su fuente, distinguiendo paralelos, diversas etapas en su devenir histórico. Se estudian los diversos manuscritos del texto, sus variantes, para pasar luego a la interpretación.
Los resultados de este arduo trabajo son muy provechosos y enriquecedores. El peligro está en hacerse esclavo del método o cerrarse a otro tipo de relecturas. Puede quedar reducida la regla a un mero espejo de tradición o en el mejor de los casos se trataría de una tradición viva que se enriquecería por la tradición anterior y enriquecida por los que la viven hasta el día de hoy.
Un tercer camino es intentar ver la intención de S. Benito, lo que quiso y pudo hacer. Esto también es interesante, pero tampoco se debe descuidar el texto. Lo que dice, como lo dice en sus diversas articulaciones y estructuras a nivel de contenido y de forma.
Tengamos en cuenta que el autor de la regla, es un creyente carismático y por consiguiente hay que tener presentes los procesos de su pensamiento, la vigencia evangélica cristalizada en la regla. Se trata de no quedarse en el carisma del autor, sino remontarse al autor del carisma, el Espíritu que es el que en definitiva llama al seguimiento de Jesús de una forma determinada.
Así como el cristianismo no es una religión del libro, sino que a través del libro inspirado, se debe llegar al encuentro de un Dios personal que nos llama y que se nos ha hecho cercano en Jesús, el monje no es el hombre del libro, de la regla, sino que por la regla debe llegar al encuentro con Dios, y hacerse el mismo buena noticia para los hombres de hoy
Resumiendo, nuestra actitud ante la regla hoy, incluye dos movimientos, fluyo y reflujo. El primer movimiento lo podemos llamar centrífugo, de nosotros a la regla y de la regla, al carisma de S. Benito y por el carisma, encarnado en nuestras vidas, al seguimiento fiel de Jesús.
El segundo movimiento sería a la inversa. Sintiéndome llamado a seguir a Jesús, encuentro el modo concreto de seguirle hoy en el carisma plasmado en la regla. Ambos movimientos son necesarios e incluyen la dialéctica del análisis y síntesis. Fidelidad y creatividad, crecimiento en el Espíritu, autor de carismas, testimonio gozoso de Jesús que vive hoy en nosotros.
89. La propia voluntad.a propia voluntad.
Nadie se deje conducir en el Monasterio por la voluntad de su propio corazón. (3,9)
San Bernardo llama propia voluntad a la que no es conforme con la de Dios, ni de los hombres, sus representantes, sino con la propia
¿Qué aborrece o castiga Dios, fuera de la propia voluntad? Cese la propia voluntad y no habrá infierno. Dice en un sermón sobre la resurrección.
El enunciado de S. Benito es claro, no así su realización que es la ascesis de toda la vida y de todos los tiempos, aunque pensemos que los nuestros son particulares o especiales.
S. Bernardo reconoce como todos nos deslizamos en muchas cosas y nuestra voluntad halla tropiezos aún en la rectísima voluntad de Dios, de modo que nos es dificilísimo adherirse y conformarse perfectísimamente con ella. Repito, esta es la labor de nuestra vida, y que la dificultad o fracasos, o el dolor de esta lucha no deben ni desanimarnos ni acomplejarnos.
Es difícil ciertamente renunciar a la propia voluntad para someterse a la ajena.
Así constata S. Bernardo que hay muchos que se enredan en mil cavilaciones, con motivo de los mandatos de los superiores, preguntándose a cada paso ¿Por qué, a qué fin, por que causa? A todas horas se están querellando de la obediencia y preguntándose por qué habrá mandado esto el superior, ¿A quién se le ocurre esto, quien le habrá sugerido al superior esta determinación?
De aquí se siguen murmuraciones, palabras de crítica, rebosantes de indignación y amargura.
Creo que cuando S. Bernardo denunciaba estas señales de la persistencia de la voluntad propia en los monjes, estaba reflejando lo que pasaba en su monasterio y en sus filiales.
Una voluntad propia viva, da lugar a frecuentes excusas, imposibilidades fingidas, recursos a los amigos de fuera, constata S. Bernardo, a fin de coartar la libertad del superior.
Si uno quiere ser buen monje, ha de recibir con rostro alegre los mandatos que se le den, viendo en ello la voluntad divina. Este ha dejado la propia voluntad y ha puesto en su lugar la de Dios. Y se manifiesta en que es fiel, no sabe lo que son tardanzas, huye del mañana, ignora las dilaciones, arrebata el mandato de las manos del superior, tiene siempre preparados los ojos para ver, los oídos para escuchar, la lengua para responder con un sí, las manos para ejecutar y los pies para correr en aquello que se le manda.
Anda siempre alerta para coger al vuelo la voluntad de Dios a través de las mediaciones humanas.
El que de veras ha renunciado a su voluntad, recibe con igualdad de ánimo tanto lo próspero como lo adverso, todo lo ve venido de la mano de Dios. E incluso desea lo segundo, a fin de imitar a aquel que se evadió cuando querían proclamarle rey, mientras se ofreció espontáneamente para la muerte en Cruz.
Señor ¿qué queréis que haga?, palabra breve, viva, eficaz, llena, digna de todo aprecio. S. Bernardo testifica que son pocos los que se acercan a esta forma de perfecta obediencia dirigiendo con sinceridad esta pregunta al Señor, y es señal de la muerte a la propia voluntad.
De tal suerte han dejado su propia voluntad que ya no la tienen en su propio corazón, y pregunten en todo momento, no lo que ellos quieren, sino lo que quiere el Señor de ellos.