Capítulo XXVIII
De los que corregidos muchas veces no quieren enmendarse

 

 

 

359.- De los que corregidos muchas veces, no quieren enmendarse.

Si un hermano ha sido corregido frecuentemente por cualquier culpa…y no se enmienda, se le aplicará un castigo más duro y si aún así no se  corrigiere, el abad tendrá que obrar como todo médico sabio. 28,1-2.

Más de una vez me pregunto si merece la pena el comentar estos capítulos del Código Penal, que no tienen actualmente aplicación.
Como ya  he dicho en ocasiones anteriores, si literalmente no tienen aplicación, si  que tiene importancia el espíritu que la doctrina de S. Benito manifiesta  y que  actualmente se puede aplicar este espíritu a los casos que la experiencia deja claro que siempre se dan en casi todos los monasterio, religiosos problemáticos, difíciles, que bloquean  la vida de comunidad y son motivo de escándalo para los débiles.
En este capítulo se trata de aquellos que corregidos,  castigados, y reconciliados, vuelven a las andadas, y no por mera flaqueza humana.
S. Benito ve en los que así obran que no tienen una idea adecuada de lo que significa la excomunión que han sufrido, y por eso en éste  primer párrafo manda azotarlos. El castigo corporal lo reserva S. Benito para los duros de cabeza y de corazón, que no dan importancia  las penas espirituales.
De nuevo indica al abad que tome ejemplo de un médico hábil para aplicar los remedios convenientes en cada caso. Pero si todo ha sido en vano, queda un remedio más eficaz que los anteriores, recurrir al auxilio de la gracia de Dios mediante la oración tanto del abad  como de los hermanos, antes de expulsarle del monasterio.
En todo el código penal, pero de modo particular en este capítulo 28  destaca el equilibrio de S. Benito,  que es la fuente de su discreción.
Este  equilibrio se aprecia en toda la regla, pero en el código penal, destacan dos elementos que hay que saber conjugar: problema y misterio del hombre.
Toda vida  tiene estos dos componentes, y por lo tanto la vida cristiana y su forma monástica. Por no distinguir estos dos elementos se han producido muchas equivocaciones de signo completamente distinto.
El querer resolver los problemas a golpe de misterio, ha llevado a posturas desencarnadas, desarraigadas, a espiritualismos falsos. Por otra parte el dejarse  ahogar por los problemas sin tener en cuenta el misterio, ha llevado  a un naturalismo vació, que termina en desánimo.
S. Benito acepta  a los hombres como son, de diversos temperamentos, edades, culturas, aconsejando al abad que se acomode a muchas maneras de ser, adapte a todos, que obre según el temperamento e inteligencia de cada cual. Esto quiere decir que quiere que el problema que le plantea el hombre lo trate como problema, poniendo todo su cuidado en emplear los medios más convincentes para  resolverlo, y así le anima en este capítulo a obrar como médico prudente y sabio para solucionar el problema.
Si después de todo esto, ve que nada puede su maña, que recurra   al mejor remedio, la propia oración y la de los monjes, a fin de que el Señor que todo lo puede sane al hermano enfermo. Con estas palabras nos introduce en el misterio. El misterio de la fe en la oración. El misterio del amor todopoderoso de Dios.
Nos puede asaltar una pregunta. ¿Por qué S. Benito no dice al abad en primer lugar  que ore por el hermano enfermo desde el principio, ya que él mismo confiesa que la oración fraterna es el mejor remedio?
Podría ser por un respeto infinito hacia Dios y hacia el hombre. Por su fe en Dios y en el hombre, que es el hermano culpable, el abad, y los monjes.
No se puede  construir sobre arena, y su realismo sano le hace comprender que si no pone al servicio del hermano todos los medios con los que Dios le ha enriquecido, es una trampa. Y la trampa por muy  espiritual que sea ni se sostiene ni sostiene.
De todas  maneras, el refugio a Dios no es un recurso de última hora. Es necesario que la oración esté siempre presente en todo  proceso, pues el hombre no es problema  ni misterio a ratos, es  problema y misterio unidos constantemente. Y siempre será necesario tratarle como lo que es. Trabajo y oración debe de ir juntos, sin que la oración exima del trabajo, ni el trabajo haga olvidar a nadie la oración. Es necesario agotar todas las oportunidades, y cuando le parece que no hay nada que hacer en sagacidad y maña, cuando toque los límites  de las posibilidades humanas, no le dice que comience entonces a orar, sino que le indica  que entonces se ponga totalmente en las manos de Dios que lo puede todo.
A este propósito, dice S. Bernardo:”Si sucede por desgracia que uno de nuestros hermanos viene a morir, no corporalmente sino espiritualmente, mientras esté aún en medio de nosotros, yo no cesaré de pedir con mis pobres oraciones y las de mis hermanos. Si no merecemos ser oídos y ha comenzado ya a sufrir en la tierra la desgracia que no puede soportar el viviente, yo continuo aún orando y gimiendo, aunque con menos confianza. No me atrevo a decir: Ven Señor resucita nuestro muerto. Y no obstante  mi corazón vacila y del todo temblando no ceso de exclamar. Y sin embargo ¿quién sabe? Quizás escuche Dios el deseo de los pobres…Si el Señor quiere, puede encontrarse sobre el camino, tocado por las lágrimas de los portadores, puede devolver la vida al muerto. Hasta en la tumba  podría llamarle entre los muertos”
Como hijos de S. Benito y S. Bernardo, tengamos este celo por la salvación de nuestros hermanos.

 

360.-Expulsión del incorregible.

 Pero si ni entonces sanase, tome ya el abad el cuchillo de la amputación como dice el Apóstol:” Echad de vuestro grupo al malvado”…no sea que una oveja enferma contamine a todo el rebaño. 28,6-8

Agotados todos los recursos naturales y sobrenaturales, nos vemos evocados a un desenlace funesto. El enfermo se resiste a sanar. El médico no tiene ya nada que hacer  y cede su lugar al cirujano. Como obligado, S. Benito  ordena terminantemente:”Tome ya el abad el cuchillo de la amputación. Para justificar medida tan dura, cita dos textos de S. Pablo. Ambos son aducidos oportunamente, pues  al reincidente incorregible es arrojado del monasterio y al mismo  tiempo se va por su propia voluntad por no querer enmendarse.
S. Benito no dice como el Maestro que se le azote antes de echarlo, ni es probable que se hiciera.  En la RB las penas corporales tienen un sentido medicinal, no vindicativo.
Pero da la razón profunda de decisión tan dura volviendo a la metáfora pastoril: No sea que una oveja enferma contamine todo el rebaño.
S. Benito no expulsa a nadie para castigar su orgullo y pertinacia. A lo largo de todo el código penal, siempre su  única preocupación es curar, no destruir. Pero aquí se siente fracasado en cuanto a la curación del obstinado, pero vela por la salud de los demás.
El monasterio es un hospital de enfermos, pero no un cementerio de muertos. A causa de la debilidad humana, el pecado puede encontrarse  en nuestros  claustros, pero no habitar en ellos. Tenemos que ser compasivos y misericordiosos para con las faltas de un alma débil, que se levanta tantas veces cuantas cae, pero hay que ser inexorables para los pecados de malicia y contumacia.
El pecado habitual querido, el estado de pecado, la obstinación en sus faltas, está en oposición esencial con nuestra profesión religiosa y con nuestro voto de conversión de costumbres.
El que se encuentra en disposición de vivir en paz  con pecados graves no es cristiano ni religioso más que de nombre. Ha perdido el  espíritu de su vocación,  no tiene derecho a vivir en el monasterio.  Su presencia no aporta  ningún bien.
Un religioso en estado de obstinación en el mal, si quiere partir no se le debe retener por la fuerza. Sobre el recae toda la responsabilidad de su partida.
En teoría habiendo agotado todos los recursos de la caridad, debe observar las leyes canónicas y expulsar al religioso obstinado. Digo en teoría, porque en la práctica se suele ser más condescendientes.
Es el mismo monje el que ni quiere vivir en el monasterio, no quiere perseverar,  o si a pesar de su obstinación quiere permanecer en el monasterio, será más bien por no enfrentarse a la vida y buscar una solución económica. Pero por su manera de vivir está manifestando que ha renunciado a su vocación religiosa.
Es necesario  usar todos los medios para ayudar a un religioso a permanecer en su vocación, pero si no tiene el espíritu de su estado ¿Qué fruto se puede esperar de su perseverancia tanto para él mismo  como para los demás hermanos?  El evangelio dice que después de forzar a cojos, ciegos a entrar en el banquete, es expulsado el que no tiene el traje de bodas. Con un religioso  pobre y miserable se puede tener todas las condescendencias, pero  con el obstinado en su infidelidad, hay que dejarlo partir, dice S. Benito y la causa es para que no contamine al rebaño.
Un religioso santo ejerce una influencia  saludable en la comunidad. Pero es mucha mayor la influencia de un religioso descarriado, tanto más cuanto todos tenemos una inclinación al mal.
Al  principio las irregularidades de un hermano, chocan y  hasta pueden producir una indignación general, pero poco a poco nos habituamos a ellas y llegamos a encontrarlas excusables y al final uno tras otro pueden ir cayendo en ella.
Cuando la tibieza de un monje  evoluciona  hacia en mal espíritu, las consecuencias son más funestas aún. Un  monje rebelde o descontento es un murmurador que siembra en la casa el veneno de la discordia y puede llegar a contaminar a toda la comunidad. Por el bien general es necesario sacrificar el miembro gangrenado.

 

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