Capítulo XXVII
La solicitud que el Abad debe tener con los excomulgados

 

 

 

357.- Solicitud del abad con los excomulgados.

El abad se preocupará con toda solicitud de los hermanos culpables, porque no necesitan médico los sanos, sino los enfermos. 27,1.

Al leer el código penal de la RB, sobre todo si lo sacamos del contexto histórico del siglo VI., puede uno  pensar  que es despiadado. Pero al llegar a este capítulo 27 lo vemos rebosante de piedad y misericordia. Trata evidentemente de los excomulgados impenitentes, obstinados en su actitud rebelde y es como un directorio del abad para indicarle como tiene que actuar en estos casos.
La excomunión tal como la describe S. Benito ya no es una práctica monástica, pero  los consejos que da al abad para el trato de las enfermedades espirituales del monje rebelde, es muy práctico para toda clase de debilidades espirituales en una comunidad  religiosa.
La función del castigo, según la RB no es nunca aplastar a la persona, sino de darla ocasión de comenzar de nuevo con el corazón renovado. Y siempre será función del abad y en cierta medida también de los hermanos, hacer que  los monjes que están confusos, aislados, deprimidos, tenga la ayuda necesaria para comenzar de nuevo su camino espiritual, creciendo en madurez y llegar a comprender que la humildad es la que nos salva de los golpes del fracaso.
En un apotema, un visitante pregunta al monje: “¿Qué hacéis en el monasterio? Y el monje contesta: Bueno, caemos y nos levantamos, nos caemos de nuevo, y nos levantamos, y nos volvemos a caer y nos volvemos a levantar.”
La doctrina de la RB sobre los excomulgados, aunque ya no se de este caso, es muy práctica  para la ayuda espiritual que siempre  será necesaria  a los monjes débiles, en su caminar al encuentro con Dios. No hay más que fijarse en el vocabulario que emplea. Abundan los términos reveladores de una enorme preocupación e interés que busca y aplica todos los medios, y se sirve incluso de estratagemas a fin de conseguir el objeto apetecido. “Con toda solicitud”, “por todos los medios”, “en gran manera”, “con toda sagacidad y destreza”.
En la primera parte de este capítulo presenta la labor del abad como médico. Médico perspicaz, que se preocupa del enfermo que tiene necesidad de sus cuidados, le aplica cataplasmas enviándole monjes experimentados y espirituales para que no naufrague en el mar de  de la tristeza, y le saque de sus vacilaciones, llevándole a reconciliarse humildemente, dando la debida satisfacción.
Tanto el abad, como la comunidad entera le confirman en su amor y ruegan por él  como el remedio más eficaz.
Es Jesús mismo el que se considera como un médico de las almas, que ha venido “no para los justos, sino para los pecadores”. En él encontramos el remedio para todas las enfermedades.
 Nadie tiene que extrañarse, ni el abad ni los hermanos, de vivir entre enfermos. ¿Habrá alguno que sienta admiración por encontrar enfermos en un hospital? Se debe considerar dichoso aquel que puede tratar tantas enfermedades,  porque es médico y los enfermos son su vida.
Por esto mismo, nosotros no tenemos que extrañarnos vernos con enfermedades y tener en nuestro alrededor enfermos de todas las clases.
 Esto  lo olvidamos cuando murmuramos interna o externamente de los defectos de los hermanos o de la paciencia o apatía de los superiores respecto a estos defectos. Así como el médico de los cuerpos está dispuesto a sacrificarse para atender  a los enfermos, así el médico espiritual desconocería su deber si bajo pretexto de  cosas más importantes, olvidase el cuidado de los enfermos espirituales, de los débiles, puesto que son los enfermos los que tienen necesidad de médico.
El buen médico no se contenta con escuchar superficialmente las enfermedades  que se le descubren y distribuir cualquier remedio. Estudia atentamente al sujeto, le pregunta,  vuelve con asiduidad, sigue la marcha de la enfermedad, etc. Así  quiere S. Benito que el abad se preocupe de los hermanos enfermos, sobre todo cuando son víctimas de su mala voluntad y de su obstinación. Empleará todos los recursos de su arte para salvarlo.
Y cuando ha agotado todos los recursos,  para no tener que responder ante Dios de negligencia ante la pérdida de las almas, pues una negligencia o un remedio mal aplicado, puede hacerle responsable de una desgracia, emplea el remedio más eficaz, su oración y la de la comunidad por el hermano obstinado.
Y así mismo el religioso se hace responsable de su pérdida, si no responde más que con la ingratitud a los cuidados de su médico, si rehúsa  los remedios que se le ofrecen y busca aquellos que le agradan.

 

358.- El abad  pastor.

Efectivamente el abad debe desplegar una solicitud extrema y afanarse con toda sagacidad y destreza para no perder ninguna de las ovejas  que le han sido confiadas. 27,5.

En la segunda parte de este capítulos  (5-9) el médico se trasforma en pastor. Que no debe perder ninguna de las ovejas confiadas a sus cuidados. Imitar al único Buen Pastor, cuya infinita ternura le impulsa a salir por montes y barrancos en búsqueda de la oveja extraviada y llevarla así  al rebaño sobre sus sagrados hombros.
Es notable la fuerza con la que la RB resalta el aspecto real, auténticamente humano de la misión del abad. No hay que hacerse ilusiones. Ciertamente, sobre todo en una comunidad numerosa, que se encuentren algunos verdaderos santos,  bastantes llevan una vida digna de su vocación, pero el  abad tiene por principal misión asistir a los moralmente enfermos, ya que los que gozan de salud, no necesitan médico.
 El monasterio no es un coto cerrado de cristianos perfectos. Decididamente la RB siempre está de parte  de los débiles, enfermizos, de los que más necesitan de comprensión y ayuda.
 El monje recalcitrante no es una excepción. Por ello prevé todo un programa de actuaciones para conseguir la conversión. Quiere que al monje vacilante sea atendido y en cuatro palabras describe las cualidades que deben tener los consejeros que le ayuden a reflexionar.
Dice que deben ser elegidos entre los hermanos “fratres”, es decir entre los compañeros del desviado, que le sean especialmente amados, que sabe de antemano que quieren su bien. Deben ser sabios: ”sapientes”, capaces de dar un buen consejo. Deben ser  ancianos:”seniores” para que sus consejos sean fruto de la experiencia, y así tendrán más peso y eficacia. Y en fin, debe excluir toda apariencia de mensajeros oficiales y emplear  un lenguaje de amigos. No dirán que son enviados por el superior:”ocultos”, y manifestar al culpable el más tierno afecto.
Quien no admirara este espíritu que manifiesta S. Benito con la finalidad de sanar al hermano obstinado en el mal. Es la caridad misma que nuestro Señor describe en las parábolas de la misericordia. Es lo que hace el Divino Maestro con cualquiera de nosotros cuando nos encontramos en malas disposiciones. Nos hace llegar sus consuelos y sus alientos por vías desusadas y con una delicadeza admirable.
Jesús dice que el buen pastor anda tras la oveja, hasta que la encuentra. Así quiere S. Benito que se porte el superior con el monje extraviado. Quiere que se le busque con ardor y por todos los medios: caritativas advertencias, reprensiones paternales, insistentes exhortaciones, castigos amorosos, alientos, pues ese hermano ha costado la sangre de nuestro Señor. Esa alma además le ha sido confiada por el Divino Pastor que le pedirá cuentas un día.  
Si no logra recuperarle por ninguno de estos caminos, le buscará por la oración, ofrecerá la misa  por la oveja perdida, y terminará un día u otro por encontrarla. Entonces su alegría será grande, como la de los ángeles del cielo en la conversión del pecador.
Una vez encontrada es necesario volverla al redil. El Buen Pastor tiene compasión de su debilidad, hasta tal punto que la carga sobre sus hombros. El alma así recuperada es débil en sumo grado y es necesario que la ayuden a recorrer el camino.
 Contrasta poderosamente la paciencia y la misericordia de S. Benito, con la actitud del Maestro en circunstancias semejantes. Al monje obstinado que se mantiene en su postura rebelde y no quiere dar la satisfacción que se le pide, el Maestro le manda  azotar y expulsar del monasterio al cabo de tres días.
S. Benito no señala plazo alguno, es más no prevé un fin desgraciado. Confía que  finalmente se convierta,  vencido por la gracia, la solicitud del abad y la caridad de todos los hermanos.
La imagen del buen pastor con la que se cierra el capítulo parece insinuar un desenlace feliz.