344.-La reverencia en la oración. Cap. 20.
S. Benito no indica ningún método de oración. Lo que le interesa son sus cualidades intrínsecas. En esta cap. 20 insiste reiterativamente en unas características, que reflejan la doctrina de Jesús cuando expone la parábola del fariseo y el publicano, cuando hablando de la oración, dice que basta entrar en el aposento y hablar con el Padre, y cuando enseña a sus discípulos el Padrenuestro
S. Benito considera la oración como algo muy simple. El mismo título del este capítulo resulta muy expresivo: “De la reverencia en la oración”. Reverencia denota una actitud general en la presencia de Dios caracterizada por la admiración, el temor en su sentido bíblico, que incluye humildad y amor.
La comunidad monástica es una comunidad que ora al Señor en nombre de Cristo. Según S. Juan este ha sido el deseo expreso del Señor: “Yo os aseguro, lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederá. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre. Pedir y recibiréis para que vuestro gozo sea completo” Jn.16, 24.
Nuestra oración será cristiana en la medida que sea una oración hecha en nombre de Cristo. ¿Qué es orar en nombre de Cristo? Orar como discípulo de Cristo. Orar como discípulos fieles al mensaje y misión de Cristo. En tiempo de Jesús, los diversos grupos religiosos se les distinguían por que tenían una forma, un estilo particular de oración.
La manera propia de orar cada grupo, expresaba su relación particular con Dios y el lazo especial que unía al grupo entre sí.
Orar en nombre de Cristo es orar como discípulos pertenecientes a la nueva comunidad mesianica de Cristo, Orar encarnado en nosotros la oración de Cristo. Esta es la actitud de la primitiva comunidad cristiana.
La oración cristiana no es algo personal, individual, autónomo. Es la expresión de una vida de discípulos de Cristo, animados por los mismos sentimientos y la misma actitud de Cristo. Por esto el monje tiene que orar como discípulo de Cristo a través de todas sus acciones, cualquiera que sea las fórmulas, los métodos y estilos. Su oración se resume en la búsqueda del Reino de Dios. El Padrenuestro resume y sintetiza esta oración y es signo distintivo de los que pertenecen a la comunidad cristiana.
Orar en comunión de fe y amor con Cristo, es igual a orar en nombre de Cristo, es orar en comunión con El. En comunión de Fe. La oración en nombre de Cristo es una oración suscitada, movida, sostenida y animada totalmente por la fe en Cristo nuestro Salvador.
Para S. Juan orar en nombre de Cristo es orar con fe en Cristo:”Creedme, yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos creedlo por las obras. Os aseguro, el que cree en mí hará las obras que yo hago, y mayores aún, porque yo voy al Padre, y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré para que el Padre sea glorificado en el Hijo”
Orar en comunión de amor con Cristo.-
Orar en nombre de Cristo es orar en comunión amorosa con Cristo, en actitud de adhesión real, concreta y eficaz a Él. Una actitud de amor fiel. “Si permanecéis en mi y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. Como el Padre me amó, yo también os amo a vosotros. Permaneced en mí amor” Jn. 15,7-9.
Orar en nombre de Cristo es orar conscientes de que pertenecemos a una comunidad de elegidos que están destinados a dar fruto en Cristo. “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca.”Jn 15,16.
Una oración verdaderamente cristiana es una oración que no nace de nosotros mismos, sino de Cristo que habita en nosotros. La oración que nace de nosotros, en nuestro propio nombre es una oración fría, débil, aburrida, formalista, sin vida. Lo primero que tenemos que pedir al Señor es descubrir la verdadera oración cristiana, aprender a orar en nombre de Cristo “a quien amamos sin haberle visto, en quien creemos, aunque de momento no lo veáis, rebosando en alegría inefable y gloriosa “1 P.1, 8-9.
Orar en nombre de Cristo es descubrir en Cristo la fuente de nuestra oración, una oración viva, gozosa, llena de fe y esperanza.
Orar en Comunidad.
Orar en nombre de Cristo es orar en comunidad, en comunión con los demás hermanos, como miembro del cuerpo de Cristo. La adhesión a Cristo se realiza y encuentra su manifestación en la Iglesia, en la comunidad como parte de esta Iglesia. Orar en el nombre de Cristo es orar con aquellos que han sido bautizados en nombre de Cristo.
La oración en nombre de Cristo es siempre comunitaria, aunque la haga uno solo, cerrado en el aposento como dice Jesús. Pues se realiza siempre en unión con los hombres. La oración exige amor, perdón y encuentro con los hermanos. Una verdadera oración cristiana construye a la comunidad. Una comunidad que va superando las disensiones, los mutuos recelos, reuniéndose en oración.
Una comunidad dividida por la discusión, la crítica amarga, la discordia, el mutuo recelo es una comunidad que aún no ha descubierto la oración cristiana, no sabe orar en nombre de Cristo, aunque cante con toda perfección el Oficio y oren todos en la misma iglesia.
Pero la oración cristina exige algo más. Jesús nos dice: “Pues yo os digo, amad a vuestros enemigos, orar por los que os persiguen, para que seáis hijo se vuestro Padre Celestial que hace salir el sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos” Mat. 5,44-45. Una verdadera oración cristiana tiene que incluir un recuerdo concreto, un esfuerzo de comprensión, un generoso perdón para con todas aquellas personas que nos han podido hacer algún mal.
La oración cristiana destruye la enemistad, es fuente de perdón y construye la verdadera comunidad.
Orar en nombre de Cristo implica no sólo una comunión con él, sino orar teniéndole a El como único mediador. Cristo es el gran orante y único y verdadero orante. Una vez resucitado está siempre vivo para interceder por los hombres. Heb.7, 25.
Nuestra oración es cristiana en la medida que se inserte en esa actitud orante de Cristo ante el Padre. Al orar nosotros, no hacemos más que participar en esta oración de Cristo ante el Padre. Permitir que Cristo ore en nosotros y desde nosotros al Padre.
Nuestra oración recibe todo su significado, su valor, su hondura, su eficacia, su poder de penetrar hasta el santuario del Padre, porque es oración de Cristo que vive en total actitud de oblación al Padre y de intercesión por los hombres.
Nuestro acceso al Padre sólo es posible en Cristo y por Cristo. Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre, si no es por mí.
Nuestra oración es estéril, vana, sin Cristo. No nos acerca al Padre, no nos descubre la verdad de Dios, no nos conduce a la verdadera vida, si no es por medio de Cristo. De aquí la formula que acompaña a las oraciones litúrgicas: Por Jesucristo nuestro Señor. ¡Que no quede en mera fórmula! Es lo que da valor y sentido a la oración cristiana.
Solo podemos orar al Padre unidos a Cristo. Toda nuestra vida, incluida la vida de oración está toda ella oculta en Cristo en Dios. Por eso, la comunidad cristiana acude al Padre en súplica, en alabanza, en acción de gracias, por medio de Cristo. Todo lo que hagáis, de palabra y de obra, hacedlo todo en nombre del nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre. Col. 3,17.
Orar en el Espíritu.
Orar en nombre de Cristo es dejar actuar en nosotros el Espíritu enviado por el Padre y por Cristo, que es la fuente de nuestra vida cristiana. No tenemos que olvidar la exhortación de Pablo a los Efesios. “Vivir siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu” Ef. 6,18. La oración cristiana es oración en el Espíritu. No es fórmula, no es letra, palabra, sonido, cantos. Es espíritu.
La oración reducida a mera fórmula obligatoria, reducida a un tiempo más o menos aburrido de recitación de oraciones. La oración reducida a un juego de mi imaginación puede quedar solamente en la letra. Pero la letra mata, mientras que el espíritu da vida. Lo que puede dar verdadero sentido y vida a nuestra oración es el acercamiento a Dios y a su Palabra. No es en último término, los nuevos métodos, la formulas recientes, sino el espíritu que la anima. Cualquier reforma, cualquier modificación, si queda en lo mero exterior, puede quedar en letra. Una letra nueva, a la que le falta el espíritu y que por lo tanto no le da la verdadera vida.
Tenemos que revisar para ver hasta que punto nuestra oración es una oración viva, por tanto llena de vida y espíritu, o es una oración muerta, pura letra que mata.
¿Podemos hablar de vida de oración? ¿Tenemos que reconocer mucha oración muerta? De todos modos no tenemos que olvidar las palabras dirigidas a la comunidad de Sardes:”Conozco tu conducta, tienes nombre como de que vives, pero estas muerto. Ponte en vela, reanima lo que te queda, pues está a punto de morir, pues no he encontrado tus obras perfectas a los ojos de mi Dios. Acuérdate por tanto de cómo recibiste y oíste mi palabra, guárdala y arrepiéntete. Ap. 2, 1 ,3.
¿Qué es orar en el espíritu?
En primer lugar, es orar con espíritu de hijos, es decir en una actitud de confianza filial de intimidad audaz con el Padre, pues no recibisteis un espíritu de esclavos para caer en el temor. Antes bien, recibisteis el espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: abba, Padre.
Nuestra oración tiene que estar marcada por la confianza. “Dios ha enviado a nuestros corazones, el espíritu de su Hijo que clama: abba, Padre. De modo que ya no eres esclavo, sino hijo.” Gal 4,6-7
Orar en el espíritu es buscar siempre lo espiritual. “Los que viven según la carne, desean lo carnal, a los que viven según el Espíritu, lo espiritual.” Rom 8,5. Orar en el espíritu es buscar a través de la oración los frutos del espíritu, que son: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza (Gal 5,22)
La oración realizada en el Espíritu, es una oración que se caracteriza por estos frutos: una oración llena de amor, alegre, pacificadora, paciente, afable, bondadosa, fiel, equilibrada. Dejarse guiar por el Espíritu en la oración es dejarse conducir solamente por el amor. Es el signo más claro de que no es letra, sino espíritu, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, por el Espíritu Santo que se nos ha dado. Rom 5,5.
Una oración en el Espíritu, es una oración cuyo tiempo, estilo modo, forma, intensidad, etc. están movidos por el amor al Padre y a los hombres.
Nosotros necesitamos del Espíritu para orar.
Nosotros necesitamos del Espíritu para orar, porque no sabemos qué orar, ni que pedir, así lo dice Santiago:”No tenéis porque no pedís, pedís y no recibís, porque pedís mal, con intención de malgastarlo en vuestras pasiones.”S. 4,3.
Si nos sentimos vacíos de vida cristiana, de fe profunda, confianza confiada, de alegría gozosa, quizá es porque no pedimos o pedimos mal. Por eso dice S. Pablo:”El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo para orar como conviene; pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables.” Rom 8, 26
Nuestros deseos y aspiraciones están encuentros frecuentemente en el egoísmo, la comodidad, la pereza. Necesitamos del Espíritu. Es el primer don que tenemos que pedir al Padre, con confianza. “Que padre hay que si su hijo le pide pan, le da una piedra, o si le pide pescado, le da una culebra…Pues si vosotros yendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuanto más el Padre del cielo dará el Espíritu santo a los que se lo pidan” Luc 11, 13.
Tanto a los cristianos en general, como quizás a los monjes, si miramos nuestra propia experiencia, se nos ha olvidado pedir lo primero que debemos pedir, el Espíritu Santo. Es el único que nos puede enseñar a orar, es el único que nos puede llenar de paz, amor, alegría, esperanza. El único que nos puede descubrir algo de la intimidad y profundidad de Dios que es Amor.
En medio de nuestro caminar, frecuentemente en oscuridad como Abraham que salió para el lugar que recibiría en herencia, y salió sin saber a don de iba, (Heb. 11,8) en tensión hacia una tierra prometida que nuestros ojos no alcanzan a ver. Cuando se nos presentan varios caminos que podemos seguir. Cuando escuchamos tantas palabras que proceden de sabiduría humana, necesitamos buscar el Espíritu, orar con palabras aprendidas del Espíritu y escucharle, ya que es el que nos llevará a la verdad plena. (Jh 16,13)
Orar al Padre.
La oración cristiana hecha en noble de Cristo, y animada por el Espíritu, es una oración dirigida al Padre. Este es un rasgo característico de la oración cristiana, que podríamos definir como una oración confiada de unos hijos al Dios Padre, el Padre de nuestro Señor Jesucristo y Padre nuestro. A un Padre que no ha perdonado a su propio Hijo para salvarnos a los hombres. Esto da a la oración cristiana un tono de confianza, de seguridad y gozo, que quizás no siempre hemos llegado a descubrir los que nos llamamos cristianos. Así lo resalta S. Pablo. Si Dios está con nosotros ¿Quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, ¿Cómo no nos dará con El todas las cosas? Rom 8, 31-32. El cristiano es el que se atreve a clamar “Abba” Padre. Efesios 1,3-5 es un canto de confianza en el amor del Padre. Y en 1 Jn 3,1 muestra esta misma confianza en el Padre.
345.-Humildad y abandono en la oración
Si cuando queremos pedir algo a los hombres poderosos, no nos atrevemos a hacerlo sino con humildad y respeto, con cuanta mayor razón debemos presentar al Señor nuestras suplicas al Señor de todos los seres con verdadera humildad y con el más puro abandono. (20, 1-2)
La RB no define la oración, da por supuesto que aquellos los que se dirige saben perfectamente lo que es. Sin embargo, el modo de comenzar este capítulo 20 exabrupto y con un argumento a fortiori, no puede ser más significativa.
Si para obtener una cosa de los hombres poderosos hay que abordarlos con sumisión y muestras de respeto, ¿con qué humildad no habrá que suplicar al Señor Dios del universo?
Es verdad que la palabra reverencia usada en el título del capítulo para calificar la oración, no aparece posteriormente en el texto, sino aplicada a la actitud de humildad y acatamiento que exige el trato con hombres poderosos, cuando se intenta conseguir de ellos alguna cosa.
Lo que la RB quiere inculcarnos en esta primera instrucción sobre la oración, dado por supuesto que orar es pedir, es que debe abordar a Dios con suma reverencia para solicitar sus dones. Es la actitud de reverencia o temor reverencial que anteriormente ha dicho que hay que tener en la salmodia
A primera vista puede parecer que en este capítulo se trata de la oración privada, pero mirado con atención no es así.
S. Benito se mueve en un nivel que no separa la oración litúrgica de la oración personal. Como lo muestra el estudio de las fuentes, S. Benito habla primordialmente de la oración silenciosa que seguía a la recitación de un salmo dentro de la oración litúrgica.
Hemos de reconocer que hay una oscilación temática entre la oración silenciosa después de cada salmo y la oración personal fuera del oficio divino, de la que se hablara explícitamente en el cap. 52.
Al final de este capitulo 20 se habla de la oración hecha en común, ampliando el horizonte con una oración que se prolonga por inspiración de la gracia.
Por estas primeras frases, vemos que la intención de S. Benito es evitar que la oración se convierta en rutina. Quiere que entremos en una relación con el Dios que siempre está en relación con nosotros.
346.-Seremos escuchados por la pureza de corazón.
Pensemos que seremos escuchados, no porque hablemos mucho sino por nuestra pureza de corazón y por las lágrimas de compunción. Por eso la oración ha de ser breve, pura, a no ser que se alargue por una especial efusión que nos inspire la gracia divina. (20,3-4)
Después de inculcar la reverencia, ofrece una enseñanza llena de sabia tradicional del monacato. “Sepamos que seremos escuchados, no por muchas palabras, sino por nuestra pureza de corazón y por nuestras lágrimas de compunción”. Es decir: hay que exponer a Dios nuestras súplicas, no con largos discursos, sino con un corazón puro y con profundo dolor de los pecados que se manifieste incluso externamente con lágrimas.
Tenemos en estos dos párrafos tres rasgos de la oración: a la reverencia, manifestada en la humildad y abandono de los párrafos anteriores, junta ahora la sobriedad de palabras, la pureza de corazón y la compunción. Tres características muy propias de la oración según la espiritualidad del monacato prebenedictino.
Enseguida volvemos ver en el autor de la Regla el hombre práctico, consciente de la fugacidad del tiempo y de la necesidad de aprovecharlo, para labrarnos nuestra felicidad eterna, según ha enseñado en el prólogo. Ordena, escuetamente, a manera de conclusión que la oración sea breve y pura, a menos que se prolongue a impulsos de la gracia de Dios.
Podemos preguntarnos si S. Benito en estos párrafos se refiere solamente a la oración privada, fuera del Oficio, o también y en primer lugar a la oración sálmica, es decir la oración silenciosa que tenían los hermanos, postrados en tierra, al final de cada uno de los salmos que se cantaban o recitaban en el Oficio.
Sería aventurado dar una respuesta rotunda, pues el texto no es bastante claro, pero existen razones de mucho peso, para pensar que la RB se refiere en este capitulo ante todo a la oración secreta que se tenía dentro del ámbito del Oficio Divino.
Esta parece ser la interpretación más correcta que podemos dar. La situación misma de este capítulo como término final de la sección del Oficio Divino, y después de tratar en el anterior del espíritu con el que se debe salmodiar, indica que S. Benito lo empezó redactar pensando en la oración sálmica que formaba parte del Oficio. En el párrafo 4 anotó una observación que se le ocurrió sobre la marcha, apropósito de la brevedad de la oración privada fuera del Oficio señalando que fuese corta a menos que la gracia le impulsase a prolongarla. De hecho en la frase siguiente parece volver al tema original, a la oración silenciosa después de cada salmo.
También nos podemos preguntar sobre el valor exacto de ciertos términos con los que la RB describe las cualidades de la oración.
En este capítulo, lo primero que resalta a los ojos del lector es la falta total de fundamentos bíblicos, que contrasta con el capítulo anterior repleto de textos tomados de la Escritura.
Sólo se vislumbra una reminiscencia de Ester 13,11. Una alusión más clara a las palabras del Señor:”cuando recéis, no seáis palabreros como los paganos…” Mat 6,7 cuando trata de la brevedad de la oración. Y en trasfondo de la doctrina de S. Benito, parece descubrirse la parábola del fariseo y el publicano orgulloso, con muchas palabras, el primero. Humilde y lacónico con el corazón contrito el segundo.
En cambio todo este capítulo rebosa de ideas del monacato prebenedictino sobre la oración. Y no sólo sus ideas, sino su mismo vocabulario. Los términos que emplea son característicos. Está tomado sobre todo de la escuela de Evaglio Póntico y singularmente de su discípulo Casiano.
Así las palabras “puritas” y “pura” aparecen en tres párrafos consecutivos. (2, 3,4). Ahora bien: pureza, pureza de corazón, oración pura. Son expresiones técnicas de la mencionada escuela de espiritualidad. Puritas, y con más frecuencia “puritas cordis” expresa de ordinario en Casiano una concepción estrechamente unida a la evagliana, de la “apátheia” que no hay diferencia entre ambas, y sirven para indicar la cima de la vida ascética en el itinerario espiritual. Es decir, la total liberación de las pasiones, la caridad, la perfecta armonía del hombre paradisíaco, la pureza intacta de los espíritus angélicos, el goce anticipado de las primicias de la gloria y de la vida divina (Col 10,7)
A la pureza de corazón corresponde la oración pura, como el efecto a la causa. Nos encontramos en la cumbre más alta de la vida espiritual. En efecto, la oratio pura significa la oración perfecta, que se identifica con la contemplación perfecta.
Oratio pura es tanto en Evaglio como en Casiano la expresión técnica para expresar la contemplación de Dios, con una caridad ardiente como fuego. Col. 9,8.
¿Es así como tenemos que interpretar en este capítulo estos términos? Cierto que el vocabulario de S. Benito parece influenciado por el de Casiano. Los términos que usa para determinar otras cualidades de la oración, como devoción, compunción, lágrimas, se encuentran muy bien representadas en las Instituciones y sobre todo en las Colaciones. Incluso lo de la brevedad de la oración puede encontrarse en Casiano, entusiasta propagador de las oraciones cortas e intensas.
Basta para confirmar esto, el largo y famoso capítulo en el que expone las alabanzas de su fórmula:”Dios mío ven en mi auxilio, Señor date prisa en socorrerme”. Su recitación excita en el corazón toda clase de buenos sentimientos, cura todas las enfermedades del alma, mantiene vivo el recuerdo de Dios. Col 10,10. Y conduce al monje hasta la más pura de las oraciones puras.
Pero es demasiado asegurar que la colación 10 es donde S. Benito toma sus directrices sobre la oración y que es como el comentario auténtico de su doctrina. A lo más puede decirse que al usar la terminología del abad Isaac sobre la oración pura, muestra que la oración de lágrimas, la oración de fuego, podrían tener lugar en la vida del monje benedictino.
Pero si tenemos en cuenta que S. Benito es un hombre práctico según Jesucristo, en unas esquemáticas alusiones a la oración no podía proponer a simples principiantes y como exigencia inmediata un ideal tan elevado y difícil de alcanzar.
La RB no habla de la oración en el sentido de Evaglio y Casiano, sino de la oración de todos los días, y sus palabras deben leerse a la luz de la tradición monástica y tomarse en su sentido obvio, no como términos de una determinada escuela de espiritualidad.
Que a S. Benito le hubiera complacido que sus discípulos llegaran a la cúspide de la oración, no hay que dudarlo, pero los pocos principios fundamentales que indica, se dirigen a lo inmediato. La oración ha de ser reverente, humilde, breve y pura. Breve para ser pura, o sea sin distracciones. A menos que se prolongue a impulso de la gracia de Dios. Y debe brotar de un corazón puro, sincero, sin machas de pecados consentidos. Tal es el sentido obvio de los términos del cap. 20 de la RB leído con simplicidad.
Fiel a su costumbre de reforzar el pensamiento doblando los términos, S. Benito ha dado unos principios fundamentales sobre la oración, sirviéndose de cuatro pares de palabras, unidos por la conjunción copulativa “et”. Con humildad y reverencia, con verdadera humildad y la más pura devoción, con pureza de corazón y compunción con lágrimas, breve y pura oración.
347. La oración sálmica
- Mas en la oración en común abréviese en todo caso, y cuando el superior haga la señal para terminarla, levántese todos a un tiempo. 20, 5.
Ya hemos indicado días pasados, que este capitulo 20 se refiere a la oración silenciosa que se hacía después de cada salmo.
En el párrafo 4, decía en la conferencia anterior, que S. Benito anotó una observación a cerca de la brevedad de la oración privada fuera del oficio. Pero en este párrafo 5 vuelve a tratar de la oración silenciosa que seguía a cada salmo.
Quizás recordó un detalle que señala Casiano, y lo añadió a este capítulo: Que la oración en comunidad no debe alargarse nunca, sino que debe cesar cuando el superior da la señal para levantarse.
Evidentemente este pasaje de Casiano se refiere a la oración sálmica. El Maestro por su parte, en el lugar paralelo, habla de la oración silenciosa que acompaña a los salmos.
Precisamente, respecto al Oficio Divino, el Maestro ilumina a la RB. Leyendo solo la RB no sospechamos que el Oficio monástico estuviera compuesto de salmos y oraciones. De estas oraciones no han quedado señales en el Oficio moderno tanto monástico como romano. Cierto que como consecuencia de la reforma litúrgica se han introducido momentos de silencio, pero no ha tenido la profundidad de la oración sálmica antigua.
Esta oración sálmica era una pieza esencial, o por mejor decir, la misma esencia de la oración litúrgica antigua. Cada salmo del oficio terminaba con un tiempo de oración silenciosa, en la que los monjes se levantaban y se postraba para orar hasta que el superior daba la señal.
La RB por causa de su extremada concisión, apenas nos permite sospechar este hecho capital, pero la RM por su parte no deja ninguna duda sobre su existencia.
Este hecho cuestiona toda la concepción del Oficio a la que estamos acostumbrados. En efecto los comentarios modernos de la RB están de acuerdo en identificar el Oficio con la recitación vocal. El Opus Dei de S. Benito, tal como lo presenta en su Regla, consistía en una sucesión de salmos. Los elementos secundarios de la salmodia, como versículos, himnos, responsorios, cánticos, letanías… no hacen más que reforzar la impresión de que el Oficio es una secuencia de textos dichos en voz alta. El Oficio aparece como una sucesión de fórmulas recitadas.
Por ello la interpretación habitual quería ver en estos dos capítulos, 19 y 20, dos tratados distintos. Uno sobre la oración comunitaria y otro sobre la oración privada. Por un lado la oración litúrgica compuesta de una secuencia de textos fijados por la costumbre o la Regla y pronunciados en alta voz. Y por otro la oración privada, fuera del Oficio, que hace cada uno en silencio, bien sea solo o en grupo. Pero esta opinión es equivocada. Los dos capítulos estudian alternativamente los dos elementos esenciales de la Obra de Dios: el salmo y la oración, en el mismo orden en que se suceden a lo largo de las celebraciones.
El hecho de que la RB haya deslizado en el párrafo 4 lo referente a la oración particular fuera del Oficio, no cambia la orientación de este capítulo, que trata de lo que podemos llamar su mismo centro.
Con esto entra en juego toda la concepción moderna del Opus Dei, pues en la espiritualidad antigua no era una simple recitación de textos, sino que la oración silenciosa jugaba un papel importante en él, a juzgar por la longitud de la oración que el Maestro pone en boca del excomulgado durante el silencio que sigue a cada salmo. Cada oración podría durar alrededor de minuto y medio. Es decir se dedicaba a la oración silenciosa un tiempo a menudo igual al correspondiente al salmo. Por eso cuando en caso de necesidad, el Maestro indica el modo de abreviar el Oficio, lo primero que se indica es suprimir dos de cada tres oraciones.
No tenemos que perder de vista estos hechos cuando vemos en Casiano, el Maestro y en Benito que la oración debe ser breve. Esta brevedad totalmente relativa, no impide que las oraciones sean ya, un elemento importante de las celebraciones.
Pero esta amplitud cuantitativa traduce solo e imperfectamente el significado espiritual reconocido a la oración sálmica. Esta significación aparece más clara por la intensidad que se requiere en el orante.
Mientras que en la salmodia solo pide una actitud respetuosa y un espíritu atento, la oración sálmica exige un intenso esfuerzo de súplica. Y para este acto se movilizan todas las energías del cuerpo y del alma: las lágrimas corren, los suspiros se escapan, las manos se extienden para asir los pies de Cristo. Así de este modo, la oración aparece no como un descanso después del salmo, sino como un redoblar el esfuerzo. Hasta las mismas actitudes externas, invitan a ver en ella el acto central del Oficio. Se esta sentado escuchando el salmo, pero se levantan y se postran para hacer la oración. Se salmodia de pié pero la oración se hace postrados. Tanto interna como externamente, la oración constituye el coronamiento del salmo, ya sea ocupe el lugar del Gloria, como era el caso habitual en Egipto, o que comience con el gloria, como es el caso del Maestro.
La oración sálmica está íntimamente relacionada con la gran doxología trinitaria, tanto por su ubicación al final del salmo, como por su significación particular de homenaje y de adoración.
Pero aún es poco reconocer en la oración sálmica el tiempo fuerte y la cumbre del oficio. Hay que profundizar más hasta comprender que ella y solamente ella es propiamente la oración del Oficio.
Salmodiar no es de suyo orar. Cierto que muchos salmos son oraciones, pero también hay un gran número de diferentes géneros: elogios al hombre que teme al Señor, meditación sobre el destino del justo y del malvado, oráculos mesiánicos…Nada de eso es en sí mismo oración propiamente hablando. Incluso los salmos de alabanza se presentan como algo dirigido a los hombres y no como discurso dirigido a Dios.
Es notable que el Oficio monástico tal como lo describe s. Benito, no tenga en cuenta estas diferencias de géneros de los salmos, salvo en Laúdes y Completas. Los demás Oficios están compuestos de salmos seguidos. Es un desorden total. No hay ninguna preocupación para reservar para el Oficio los salmos propiamente oracionales. Es más, si examinamos las antífonas de los oficios, tanto romano como monástico, no encontramos una preferencia por las palabras dirigidas a Dios. Se mezclan palabras dirigidas a los hombres o simples enunciados impersonales.
Esto indica que la salmodia en cuento tal, no ha sido concebida como oración. Sin duda es considerada globalmente como un canto que sube hasta Dios. Se canta el salmo al Señor, dice Casiano. Pero a nadie se le ocurría dar al salmo el nombre de oración, ni ningún otro nombre que signifique oración.
La oración por tanto no consiste formalmente en la salmodia, sino en la plegaria, la oración sálmica. ¿Cuál es entonces el papel propio de la salmodia en el Oficio? El de una preparación para la oración, el de una invitación a la plegaria.
Una observación hecha anteriormente sobre la distribución de los salmos, adquiere aquí toda su importancia. Observamos que los salmos se dicen ordinariamente seguidos en el oficio benedictino, sin ninguna selección. Este sistema de recitación seguida del salterio, hace pensar en la lectio continua de la Biblia, que ocupa gran parte de la lectura del monje durante el día y constituye el fondo de las lecciones de las vigilias nocturnas. El salterio, como cualquier libro de la Escritura es ante todo palabra de Dios, escrito inspirado. Por este motivo, el salmo precede a la oración. Antes de dirigir la palabra a Dios en la oración, escuchamos la palabra que Dios dirige al hombre.
Es imprescindible hacer penetrar hasta el fondo del corazón la palabra divina, de modo que los vanos pensamientos de este mundo, no puedan quitarla de la mente.
La oración sálmica es en primer lugar meditación del texto escriturístico. La palabra divina así meditada y asimilada da origen a oración. ¿De que sirve salmodiar con fe, si después de terminada la salmodia descuidamos suplicar a Dios? Por eso cada uno, cuando termine de salmodiar, ore y suplique al Señor con toda humildad a fin de que lo que ha pronunciado con la boca procure cumplirlo con la ayuda de Dios en su proceder.
Estos dos actos, salmodia y oración, que nuestro análisis distingue tal vez rigurosamente, pueden desarrollarse simultáneamente. Se medita orando. La escucha de la Escritura debe preceder a la oración y engendrarla, porque esta es la respuesta del hombre al verbo de Dios.
Esta ley de diálogo en la que Dios tiene siempre la iniciativa, es la que rige la más antigua oración de la Iglesia, la synaxis en la que las lecturas preceden a la oración de los fieles y a la plegaria eucarística.
En el Oficio de los monjes se produce este mismo binomio de salmo-oración, toma esta estructura del culto cristiano desde el siglo II heredero de la oración judía.
Escuchar la voz de Dios en el salmo es el preámbulo necesario para la oración. El salterio en su totalidad de escrito inspirado es la palabra de Dios a los hombres. También abunda en oraciones de los hombres a Dios. Evidentemente, es esta particularidad lo que le ha valido ser elegido entre todos los libros de la Biblia para alimentar la oración cristiana.
Dios mismo al hablar enseña al hombre a responderle. A la voz divina que llama, responde ya en el salmo la voz humana que alaba y suplica.
Esta doble riqueza de los salmos, es quizás una de las causas más profundas de la desaparición de la oración sálmica. Pues después de lo dicho sobre su importancia, puede parecer extraño que haya desaparecido totalmente del Oficio.
Este fenómeno se explica también en gran parte, por el horror al vació que constatan por todas partes los historiadores de la liturgia. Generalmente el silencio es algo frágil que resiste menos que las fórmulas al descuido de los hombres y al desgaste del tiempo.
Haber recitado el salmo, era ya haber orado. Cuanto más se hacía resaltar este aspecto de la salmodia, menos indispensable parecía la oración. Así el salmo, destinado primitivamente a suscitar la oración, pudo ser considerado como un sucedáneo válido y como una oración suficiente en sí misma.
De otra manera no nos explicaríamos que la oración monástica haya perdido el acto esencial, que le confería su carácter de oración.
La generalización de la recitación del gloria al final de los salmos, ha facilitado esta evolución. En los comienzos de la salmodia monástica, sólo se decía gloria en los salmos antifonados. Pero sobre todo en Egipto, estos salmos no constituían el cuerpo de la salmodia, como en nuestras dos Reglas y en el Oficio romano. Primitivamente el salmo no iba seguido del gloria, sino de la oración. La situación ha cambiado completamente entre el Maestro y Benito. En este el gloria no se dice solamente al final de los salmos antifonados, sino que también se dice al fin de los responsorios, e incluso al final de los salmos directos. La doxología trinitaria concluye toda clase de salmos.
Ahora bien, esta fórmula de alabanza puede ser tomada como un equivalente de la oración sálmica. Como esta última, va acompañada con un gesto de homenaje. Por supuesto, es un acto supremo de adoración. Además responde a la necesidad de terminar el salmo con una perspectiva propiamente cristiana.
De este modo el gloria aparece como un sustitutivo posible de la oración sálmica.
Hay por tanto varias pistas para tratar de explicar la causa de la desaparición de la oración sálmica. Pero no se logra aclarar del todo un fenómeno tan sorprendente.
Para el Maestro la oración sálmica o silenciosa, es menos importante que el salmo y el gloria que le precede. Y la palabra prevalece sobre el silencio, el texto y la fórmula prescripta sobre la improvisación personal y la libre improvisación.
¿Habría entrado ya este modo de actuar en el momento que Benito redacta su Regla? En todo caso, en el siglo VI. la oración sálmica no aparece ya como una parte original e irremplazable del Oficio monástico, que constituida formalmente la oración del Oficio. Desde entonces, la oración es un modo de orar, al lado de la salmodia. Ya no es la oración por excelencia, y mucho menos la única oración.
Para el Maestro el corazón y la lengua deben unirse para pagar al Señor la deuda cotidiana. Solo después de dar este motivo para la atención pasa a un aspecto secundario de la salmodia, el provecho espiritual del hombre. Así de Casiano al Maestro se ha dado una revolución en la concepción de la salmodia. En lugar se dar principalmente un mensaje de Dios al hombre, sed convirtió ante todo en un homenaje del hombre a Dios. Los oyentes de la palabra de Dios (escuchaban la lectura del salmo sentados) se convierten los monjes en cantores de su majestad. Este modo de ver el Oficio monástico conducía a dar cada vez menos importancia a la oración sálmica. La salmodia para Benito, más que para El Maestro, es ante todo una oración.
Dos siglos más tarde ya desaparece totalmente la vinculación del salmo con una forma primitiva de lectio. Se establece la costumbre de cantar los salmos coro a coro, versículo a versículo. Ya nada sugiere que en un principio el salmo estaba destinado a ser escuchado por la asistencia y a suscitar la oración que venía a continuación. La salmodia alterna, tal como todavía hoy la conocemos, es lo que peor se presta para esta interpretación primitiva del Oficio. En lugar de escuchar en silencio, se requiere que todos los asistentes salmodien desde el principio al final del Oficio.
De este modo la salmodia pierde todo su sentido de palabra dirigida a los hombres, y aparece pura y simplemente como una oración que asciende a Dios. La desaparición de la oración sálmica era un lógico complemento de esta evolución. Solamente fuera del Oficio, en la media hora de oración actual, recobra la oración su autonomía. Este ejercicio es una necesaria compensación por la pérdida de la oración sálmica.