55.- Como debe ser el abad. (Cap. 2)
En la RM los cap. 2 y 3 de la RB forman un solo capítulo. A primera vista la RM hace del directorio del Abad un todo completo, seguido de un párrafo sobre el consejo, que se distingue claramente de él, y que hace las veces de apéndice. Pero examinado con atención, más de un rasgo une este anexo al cuerpo del tratado.
Y esto no lo hizo la RM sin razón, pues a su juicio el consejo de los hermanos le concierne directamente, o mejor exclusivamente al cargo abacial, ya que el abad debe tomar todas las decisiones, pero debe contar con las luces de los hermanos en lo que concierne a la administración temporal.
Benito nada hace para aflojar los vínculos que unen al abad con el consejo, aunque trate estos temas en capítulos separados. Sin embargo, esta disociación superficial, va acompañada en el capitulo tercero, por un refuerzo de las prerrogativas abaciales con respecto al consejo de los hermanos y de una redoblada atención a los deberes del abad en este campo.
También el capitulo 64 de la RB hay que verlo a la luz de este capítulo 2º. Mediante la atención a estos tres capítulos se tiene una visión de conjunto bastante amplia sobre la relaciones entre la comunidad y el abad.
La vida benedictina se apoya en la paternidad abacial. Si se niega o se desconoce, podrá subsistir la estructura institucional, pero vacía de su carisma animador, de su alma. Quedaría reducida a una función administrativa.
Pero en el pensamiento actual está desapareciendo toda paternidad porque bajo diversos aspectos se ha desarrollado el tema de la muerte del padre.
El marxismo condena toda forma de paternalismo, en las realizaciones de reivindicación social.
El existencialismo se presenta con frecuencia como ruptura y reacción frente al medio familiar tradicional.
El psico-análisis ha descubierto que el hombre no llega a la edad adulta sino en virtud exclusiva de una liberación del súper-ego identificado frecuentemente con la autoridad paterna.
Quizás por estas corrientes, desde hace algunos años se presenta como problema la obediencia filial. Examinado el fenómeno detenida- mente, la dificultad no se basa en la obediencia misma, ya que se suele aceptar gustosamente una obediencia horizontal fraterna. Pero la obediencia “vertical” filial, causa repugnancia para algunos.
Y no es que rechacen solamente las formas abusivas o exclusivas (tiránicas o paternalistas) sino su mismo principio. Se desea ser únicamente “hijo de Dios”.
Para combatir esta tendencia de rechazo al padre, es importante desarrollar una teología de la paternidad espiritual. He aquí algunas consideraciones generales.
Toda paternidad humana, carnal o espiritual, en el pensamiento de Pablo, manifiesta al Padre que está en los cielos. “Doblo mi rodilla ante el Padre de quien toma su nombre toda familia en los cielos y en la tierra” (Ef. 3, 14-15) Y en gálatas 3, 18 en las que se enumeran las diferenciaciones que en virtud de Cristo quedan superadas, no menciona la relación padre – hijo, como algo superado en esta nueva situación. Es más, la relación padre – hijo no solamente debe mantenerse en esta nueva etapa de Cristo, sino que debe realizarse sobre nuevas bases, ya que la revelación esencial del NT es el de la revelación de la paternidad divina.
La paternidad divina es un constitutivo del mismo ser de Dios, es una prerrogativa propia de Dios e incomunicable. “No llaméis a nadie Padre en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el que está en los cielos” (Mat 23,9) Por esto toda paternidad humana es solamente un reflejo, un eco, y como el sacramento de la paternidad divina.
Esta es la base más honda sobre la que desde el principio del cristianismo, aparece en oriente el nombre de “padre espiritual”, abbas, que significa algo absolutamente nuevo con relación al AT.
Esa novedad arranca de la relación trinitaria. El “abba, Padre” en la oración de Jesús expresa un matiz de intimidad absoluta, impensable en la oración judía.
Por tanto rechazar la paternidad espiritual o pretender prescindir de la misma, equivale a negar no un cuadro psicológico o tipo de paternidad ya superadas (el patriarcado primitivo, el paterfamilias romano) sino negar el sacramento de la paternidad divina, porque la práctica de la paternidad espiritual es un reconocimiento de la única paternidad divina, de su manifestación en las diferentes formas de participación humana.
Si Dios se revela al hombre como un ser cuya vida íntima se desarrolla no en la independencia, sino en la interdependencia de las personas divinas entre si, la dependencia filial del hombre aparece como una dimensión nueva de su libertad, y con un aspecto nuevo de su capacidad de amar.
Solamente cuando un aspirante a la vida benedictina admite, asimila y asume esta relación filial, se encuentra en condiciones de entrar en el monasterio, porque entonces es verdadero adulto.
Haciendo de la frase de S. Juan una transposición, (1 Jn.4, 20) a este tema o a su equivalente de la obediencia, podría decirse:” El que no obedece al padre a quien ve, no sabrá obedecer al Padre que no ve”, el que no puede llamar a alguien padre con un corazón filial, ¿cómo podrá hacerle gritar el espíritu del Hijo Abba, Padre”
Por encima de estas consideraciones, atendiendo ahora a la RB, vemos que el monasterio está en manos del Abad. Le dedica dos extensos capítulos y lo nombra 130 veces en la regla. Pero sería un error creer que en el monasterio todo gira en torno a él. El monasterio siendo una comunidad de monjes que busca a Dios, y cuya vida está centrada en Cristo
Sin embargo, en medio de esta comunidad, Cristo está representado por el abad en perfecta línea del carácter sacramental de la economía salvífica, según la cual Dios nos hace visible su propio misterio mediante su manifestación, bajo apariencias, signos y realidades humanas.56.- Figura renovada del superior.
Cómo debe ser el abad. Cap. 2.-Antes de entrar en el comentario de la figura del abad, tal como la presenta el capítulo 2 de la RB, hacemos alguna reflexión sobre la renovación actual de la figura del superior.
Podemos hablar con más propiedad de renovación, que es algo más profundo, que una mera reforma. Las reformas correspondieron a las necesidades de la Iglesia del tiempo del Concilio Tridentino, cuando la estructura de la vida religiosa se había derrumbado, aunque hubiera mucha vitalidad en los religiosos. Hoy la estructura y organización estaban sólidas. Lo que se necesita es una inteligencia profunda y sabrosa de la vida religiosa.
La LG enfoca la visión de la Iglesia desde un plano más esencial: su constitución de Pueblo de Dios, o sea de convocación y comunión. Se afirma la primacía de la vida espiritual y su fecundidad por encima de de la rigidez de la organización.
Pero la Iglesia también es sociedad que tiene sus leyes, es una institución organizada. Pero esta organización o leyes están ordenadas a acrecentar el amor y la vida. La institución, el poder no son fines a los que cada uno tiene que servir. El fin es la trasformación y consagración del fiel a Dios de toda la vida.
Esta orientación tiene su incidencia en la figura del superior religioso. Sea cual sea el nombre con que le designan las diversas órdenes.
Y lo primero que podemos plantear es si es necesaria su figura, ya que algunos la han puesto en duda.
Es una cuestión ociosa. La comunidad por el hecho de ser lo, exige alguna organización que mantenga la unidad vital. Es una consecuencia de la consideración de la Iglesia como sociedad. La vida misma es ya una organización de elementos que la integran. Una suma de elementos no constituyen a un ser vivo.
Para que se de una verdadera comunidad religiosa no basta una suma de personas juntas. Esta vinculación es la que constituye la estructura de la vida de comunidad.
La Iglesia sigue manteniendo la exigencia de un superior en toda comunidad religiosa:”cuya presencia reconocida como tal es indispensable en toda comunidad” ET 25.
La razones, aparte de las jurídicas, que también tiene su valor porque tienen su origen no sólo histórico, sino también ontológico en Cristo, la autoridad es signo y sacramento del encuentro de los hermanos que buscan y quieren ser plenamente fieles a su compromiso evangélico. La autoridad es necesaria por tanto para ser signo de la fidelidad y expresión de la obediencia (incluido el superior) al querer de Dios que se manifiesta a quienes le buscan unidos.
En cuanto a razones de orden práctico son numerosas: La comunión de vida tiene que ser animada y orientada; algunas personas necesitan cuidado particular; a veces no se llega a la suficiente clarificación de la voluntad divina y ha de intervenir la autoridad; el mantenimiento de los vínculos entre los miembros de la orden; la Santa Sede requiere una persona física, no moral para tratar los asuntos.
Cierto que teóricamente pueden darse excepciones en los que no se viese esta necesidad, dada la madurez de los miembros, o su organización reducida que les aproximasen al ideal de S. Francisco de Asís, en que todos rivalizasen en obediencia y servicio.
Pero aunque se diesen estos casos de comunidades ideales, la razón teológica sigue en pie.
No obstante todo lo dicho, ha tenido lugar un cambio de mentalidad respecto a la autoridad en el que han intervenido diversos factores internos y externos a la vida religiosa.
Los factores internos son los únicos que tiene verdadera validez. En la raíz creo que está la nueva eclesiología nacida del Vaticano II y la renovación de los estudios bíblicos. Tomando la Biblia como punto de reflexión se ha descubierto por debajo del superior tradicional lo que hay de auténticamente bíblico y las añadiduras de los tiempos.
De la base bíblica nació el Padre del Desierto, que se pasó a jefe de la comunidad cristiana y se configuró bajo la forma de paterfamilias romano. Tres roles unidos con el tiempo en uno solo.
Estos tres principios se desarrollaron según un orden lógico e histórico a la vez. El punto de partida fue el padre del desierto, que adornado de tantos valores sobrenaturales se le hizo padre espiritual de la comunidad y su autoridad revistió la forma del paterfamilias romano, asimilándose así la autoridad religiosa a la civil. Se ha llegado así a formas que desfiguraban la imagen de Cristo, a quien representaba. Quedaron un tanto a la sombra los criterios dados por Cristo a sus discípulos sobre el modo que tenía que ser la autoridad entre ellos. El incremento de los estudios bíblicos ha puesto más de manifiesto est e aspecto.
Hay que partir de los textos de Mat. 20,25-28; Marc. 10, 35-45; Luc. 22,24-27. en los que dice que no sean sus discípulos igual que los que gobiernan el mundo. Por tanto la Iglesia, misterio de Cristo y Pueblo de Dios no puede acomodarse al modelo de la sociedad civil, sino al evangélico.
En la Iglesia la autoridad es “diakonía”, el más grande es el servidor. En el NT siempre aparece la autoridad como “exusía” y no como “dínamis” y el superior no es el “grator”, el que tiene poder, sino “uxía” que la Biblia describe como un poder hacer, o sea el que despeja el camino para que los demás puedan hacerlo, el que posibilita que los demás puedan realizar su vocación, posibilitar el Reino. Pero muchas veces esto se entiende de modo equivocado, desde un punto de vista meramente exterior.
En Juan se encuentran tres elementos que si no se entienden correctamente pueden desorientar. Por una parte insiste que Cristo tiene autoridad, cuando insiste que es Dios. Dice que tiene poder, que puede dar la vida. Así rebate a los gnósticos y bautistas. Pablo dirá que Cristo tiene la supremacía en todo.
Por otra parte Juan dice que Cristo no hacía nada por su cuenta, siempre cumple la voluntad del Padre. Así combate a una serie de herejes que hablando en nombre propio, les quiere demostrar que ni el mismo Cristo obraba en nombre propio, sino del Padre.
La tercera idea de Juan es la de la “diakonía”, el servicio de Cristo, cuya expresión suprema fue dar la vida.
Las tentaciones de Cristo fueron precisamente pasar de la “exusia” a la “dínamis”. Convertir en provecho propio, lo que era para los demás. Tentación que pueden sufrir los superiores de modo más o menos sutil.
De modo distinto pero llegando a la misma conclusión enseña a los discípulos a ser como niños en Mat. 18, 1-5 y Marc. 9 3-37
Por tanto no basta en este aspecto bíblico que el superior diga: ”Si quieren, hagan”. No sólo debe abrir camino, debe urgir para que hagan libremente, sin imposiciones. Ayudar a dejar pasar la luz de Dios y nada más contrario a este espíritu evangélico que el velar por encima de todo para conservar el prestigio, obrar políticamente, ya que este modo va por camino distinto del evangelio.
Además de la reflexión bíblica hay algunos factores externos que han ayudado a descubrir la autoridad en la Iglesia y en la vida religiosa.
Cambio de mentalidad respecto a la autoridad. No se la considera procedente inmediatamente de Dios, por lo tanto como algo sagrado. Cierto viene de Dios, pero dada la constitución del hombre como ser social así querido por Dios, la autoridad no es para ponerse por encima de los demás, sino para servir a los demás.
Tránsito del verticalismo al horizontalismo. De una visión piramidal en la que se tiene mayor autoridad según se acerca a la cúspide, se pasa a la visión horizontal, en la que todos tienen los mismos derechos y las mismas obligaciones fundamentales. Cada uno en su puesto, tiene que ayudar a los demás.
Cambio de una obediencia incondicional a una obediencia responsable, del paternalismo a la fraternidad. Un paternalismo, que si era bueno no ayudaba a la madurez del religioso, y si era tirano podía causar verdaderos desequilibrios, o por lo menos una vida de angustia, que no tiene nada que ver con el evangelio.
Estos principio, tiene que ser bien entendidos, sobre todo los dos últimos, que merced a la ley del péndulo podemos llegar a resultados contrarios en su aplicación tan antievangélicos como los que desfiguran la autoridad por exceso.
Muchas crisis de los religiosos por causa de la autoridad provienen de una falta de inteligencia y de aceptación del verdadero sentido de la vida religiosa.
No olvidemos que una de las preguntas del hombre en la sociedad comercial y técnica es sobre el problema del sentido de la vida, reducida muchas veces a una vacía rutina. Se siente dolorido a verse convertido en “hombre-masa” de una enorme máquina impersonal.
Al entrar en el noviciado se ha querido “huir “de esta vida vacía que aliena. Si en comunidad se ve envuelto en una obediencia que solamente favorece el bien de una sociedad impersonal, se pone en duda el verdadero sentido de la vida religiosa. Cuando se enfoca debidamente este aspecto se siente capaz de la entrega generosa y total. Necesita el estímulo del sacrificio y del padre.57.-El abad en la Regla Benedictina.
En la economía salvífica actual, Cristo se hace presente en manifestaciones humanas, es lo que llamamos presencia sacramental. En la comunidad se hace presente a través del abad. Todo ser puede ser sacramento, es decir presencia salvífica de Cristo. Pero como cabeza del cuerpo de la iglesia, lo hace a través de siervos suyos que representan a Cristo. En la comunidad es a través del abad.
Por esto deberá tratar de despojarse de sí mismo, para orientarse hacia Cristo, que es el padre de todos y de cada uno.
Esta paternidad del abad benedictino sobre su comunidad no puede parecerse a una tutela sobre menores de edad. El abad-sacramento de la paternidad divina, deja intangible a todo monje toda su libertad y responsabilidad personal. Es padre, pero de adultos. Esto no se opone a que de autorizaciones, normas, dirija, exija…Estas diversas maneras de actuar son las diversas maneras de reemplazar a Cristo y de servir a los hermanos.
La verdadera paternidad es servicio. Jesús vino a servir y a manifestar la paternidad de su Padre siendo entre nosotros un servidor. El Concilio lo recuerda a los Obispos. En el “Christus Dominus” dice:”en el ejercicio de su ministerio de padre y pastor, los obispos serán en medio de los suyos el que sirve”. Esto está en perfecto paralelismo con el cap. 64 de la RB.
Por esto, el cargo abacial y la persona que lo desempeña son de mucha importancia y trascendencia en el monasterio benedictino. La RB no se limita sólo en este capitulo describir como debe ser el abad, sino que insiste mucho más en este tema en el cap. 64. Parece que se complace en esbozar con mayor precisión y firmeza los rasgos y figura del padre del monasterio. Ambos directorios están redactados en términos tan pondenrados acendrados y llenos de unción que difícilmente se hallará en la literatura cristiana de tipo didáctico nada que los supere en sabiduría y belleza.
Pero no solamente en estos capítulos se ocupa del abad, sino que lo hace en todo lo largo del texto con continuas referencias a sus deberes, sus poderes, a sus derechos, a sus virtudes. No deja de darle normas de gobierno, de exigirle cualidades. Así el cap. 27 está dedicado íntegramente a inculcar la solicidud con la que debe atender a los monjes caídos o excomulgados.El nombre de abad, cuando lo utiliza la RB ya tiene una larga historia monástica y premonástica.
Abba, de origen arameo en el NT solo se aplica a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo y padre nuestro, y es Jesucristo quien lo pronuncia y es el Espíritu Santo el que lo pone en nuestros labios.
¿Cómo aplicar este nombre divino a simples mortales? Sobre todo teniendo presente que el mismo Jesús había advertido, “no llaméis padre unos a otros en la tierra, pues vuestro padre es uno solo en el cielo.”
Parecía una irreverencia y una falta de docilidad al Señor. S. Jerónimo no deja de señalarlo. Dice: Siendo así que abba, en lengua hebrea y siríaca significa padre, y nuestro Señor en el evangelio ordena que a nadie se le llamase padre, nada más que a Dios, no se con qué licencia en los monasterios llamamos a otros o nos dejamos llamar nosotros mismos con este nombre”
Se ha conservado un dicho de S. Pacomio que dice: Yo jamás pensé que yo era el padre de los hermanos, pues solo Dios es padre”
En realidad la única justificación posible para atribuir a un hombre, en el plano religioso el nombre de Padre, ha sido precisamente el rendir homenaje a la única paternidad de Dios, que dicho hombre representa, como hemos dichos días anteriores.
Así lo entiende más tarde el mismo S. Jerónimo, cuando usa la expresión “sanctus Pater” para designar al superior de los monjes, que puede decir a Dios Padre: Mi pueblo no me está sometido a mí, sino a ti, me sirve a mí para servirte a ti.
Ya en los inicios del monacato, empezó a utilizarse entre los monjes la palabra abba, aunque desprovista de todo sentido de jerarquía o autoridad real. E incluso de toda relación con su uso en el NT.
No la encontramos en S. Atanasio, ni en las cartas de S. Antonio ni en otros documentos primitivos. Aparece a finales del siglo IV en la Historia Monachorum, en la Historia Lausiaca, en los Apotemas.
En los textos monásticos egipcios no debe entenderse como un mero título honorífico que daban los hermanos a los ancianos. Se empleaba en el sentido propio y real, pues se consideraba a los ancianos verdaderamente como padres espirituales. como personas a través de las cuales se ejercía la paternidad de Dios en los desiertos.
El abba era tan solo un monje que ha llegado a la perfección y recibía el Espíritu. Poseía el carisma del discernimiento de espíritu y la ciencia espiritual, capaz de pronunciar palabras de salvación, inspiradas por el Espíritu, y por consiguiente de comunicarlo, de engendrar, hijos según el espíritu, hasta formar en ellos monjes perfectos y futuros padres espirituales.
Pero como siempre pasa, las palabras se van deteriorando con el uso y perdiendo sentido. El sentido por su partera evolucionando y en las primeras colecciones de apotemas, vemos como abba, se convierte en puro título honorífico cuando se aplica a personajes como Teófilo de Alejandría que no brillaba precisamente como padre espiritual.
Su sentido característico, técnico y pleno de los orígenes se iba esfumando en la medida que iba desvaneciéndose el espíritu que animó a las primeras generaciones de monjes.
En occidente abbas se impuso bastante pronto sobre otros nombres con los que se designaba al superior de la comunidad monástica. En el siglo VI era el término más usual para designar al superior de un monasterio. Por tanto la RM como la RB no innova. El abbas es el nombre del monje que rige el monasterio, y ya está desprovisto de todo matiz que pueda recordar su significado más general y primitivo, que aun encontramos en Casiano, de monje anciano y padre espiritual.59.-El abad padre.
El abad que es digno de regir un monasterio, debe acordarse siempre del título que se le da y cumplir con sus propias obras el nombre de superior, porque en efecto, la fe nos dice que hace las veces de Cristo en el monasterio, ya que es designado con su sobrenombre, según lo que dice el apóstol. Habéis recibido el espíritu de adopción filial, que nos permite gritar: Abba, Padre. (2, 1-3)La RB no hace mención o referencia al Espíritu Santo, ni a la comunicación de este Espíritu a los monjes perfectos, por la cual se les llamaba padres: abbas. Pero está lleno de una profunda significación.
A quien evoca y relaciona al superior del monasterio es con Cristo. Lo afirma rotundamente al emitir este acto de fe monástica: “creemos que hace las veces de Cristo”.
No se trata de una opinión o de una piadosa creencia. Es materia de fe. Y al afirmar a continuación, a manera de argumento apodíctico, que “abba” es uno de los sobrenombres de Cristo. O sea que prueba que el superior que hace las veces de Cristo se le designa con el mismo nombre: “abba”.
Nos sentimos un tanto extrañados ante esta afirmación, y la sorpresa sube de punto cuando a renglón seguido, formula el testimonio escriturístico en el que se basa su afirmación.
Que haga las veces de Cristo, porque se le da el mismo nombre, es más difícil de probar.
Que Cristo sea Padre porque en S. Pablo leemos: ”Habéis recibido el espíritu de adopción filial que nos permite gritar: Abba, Padre” resulta del todo inaceptable.
Siempre los comentaristas de la RB se veían en dificultades al tener que interpretar estos párrafos. Por esto ha sido uno de los más estudiados de toda la regla. Y gracias a estas investigaciones, se han ido acumulando gran número de textos de la época patrística, en la que Cristo aparece como Padre. Así sabemos que Arístides, S. Justino, S. Clemente de Alejandría, S. Atanasio, S Agustín, Evaglio Póntico, S. Cesáreo de Arles, la RM y otros muchos escritores eclesiásticos, garantizan el carácter antiguo generalizado, tradicional y ortodoxo de la doctrina de la paternidad de Cristo.
Sus argumentos son diversos y de variada solidez. Cristo recibe el nombre de Padre por ser el Nuevo Adán, el Esposo de la Iglesia, por su carácter de Maestro de los cristianos. El maestro era considerado generalmente como padre espiritual de sus discípulos.
Pueden leerse en S. Juan textos significativos a este respecto: H. U. Baltasar cita algunos de estos textos para intentar resolver un problema que él mismo se plantea. Cristo humillado obedece a Dios Padre y no a sí mismo. ¿Cómo puede el abad representar al Hijo al dar órdenes? A esto solo se puede contestar con las palabras de Cristo: ”Quien me ve a mí, está viendo a mi Padre”, y “mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado”. El respeto del Hijo en relación con el Padre, se traduce para el abad en el temor al Señor, subrayado frecuentemente por el hecho de haber recibido la cura de almas. Él mismo está obligado a una obediencia más estricta, que otro alguno de los monjes.
Cristo puede llamarse Padre en cuanto es manifestación de la paternidad de Dios, y en Cristo se revela el misterio de Dios en la trascendencia de la Trinidad en sí y en la condescendencia de la Trinidad para con nosotros. Cristo es el resplandor de la gloria y de la realidad íntima del Padre. (Heb. 1, 3)60.- El abad vicario de Cristo.
El abad que es digno de regir un monasterio debe acordarse siempre del título que se le da, y cumplir con sus propias obras el nombre de superior, porque en efecto, la fe nos dice que hace las veces de Cristo en el monasterio, ya que es designado con su sobrenombre, según lo dice el Apóstol:” habéis recibido el espíritu de adopción filial que nos permite gritar: Abba, Padre!” (2,1-3)
Volvemos a este pasaje difícil de la RB. Está clara la afirmación de que el abad hace las veces de Cristo. Y prueba esta opinión porque el abad lleva el mismo nombre de Cristo, ya que afirma que Abba es uno de los nombres con los que se puede nombrar a Cristo. Cosa que es difícil de probar.
Pero lo que realmente resulta inaceptable en toda exégesis es que Cristo sea Padre porque S. Pablo diga: ”Habéis recibido el espíritu de adopción filial que nos permite gritar Abba, Padre”.
Que a Cristo se le pueda llamar Padre, lo atestigua gran cantidad de textos de la época patrística. Lo prueban con diversos argumentos de variada solidez. Cristo recibe el nombre de Padre, por ser el nuevo Adán y por ser esposo de la Iglesia, por ser maestro de los cristianos.
El citar el texto de Rom. 8 15: ”Habéis recibido el espíritu de adopción filial, que nos permite gritar Abba, Padre”, aunque tenga precedentes en la literatura patrística, no estuvo nada inspirado en su elección en este párrafo.
Probablemente basado en el arameo donde abba significa Padre, se ha fijado en este texto. Pero el Abba a quien clamamos, según Rom 8, 15, es el Padre, no el Hijo. Y fue el Hijo el primero que nos enseñó a llamar Abba al Padre. Y Cristo, al afirmar que Dios es Padre, está diciendo que él es Hijo. Y porque estamos incorporados al Hijo, somos hijos de Dios,” y si somos hijos somos también herederos, herederos de Dios, coherederos de Cristo” (Rom. 8 ,16-17)
Sin duda la fe de S. Benito, como la del Maestro era irreprochablemente ortodoxa. Se ha podido escribir sobre su devoción a la Trinidad. Aparece una referencia expresa a la obra del Espíritu Santo en el momento culminante de la Regla (7, 70). Su cristología con frecuencia resulta excesivamente unilateral.
El Cristo humano queda bastante a la sombra. Llamando Padre a Cristo, reacciona probablemente contra la tendencia de considerar al Hijo inferior al Padre, divulgada por el arrianismo popular de su tiempo, en un cuidado extremo de salvaguardar la divinidad de Jesús.
No da ninguna oportunidad para considerar a Cristo como hermano de los monjes. Y sin embargo es como hermano y nunca en calidad de Padre como se nos presenta Jesús en el NT. Los textos son claros y numerosos. (Mat 25, 40; Jn.20, 27)
Esta parcialidad cristológica de la RB acarrearía graves consecuencias, al hacer al abad vicario, no del Cristo-hermano, sino del Cristo-Padre. Este mismo hecho lo eleva de un nivel humano y fraterno que Cristo adoptó, a un plano superior, excelso, casi divino.
Cierto que repetidas veces le recuerda al abad su carácter de lugarteniente, su condición de hombre pecador, etc. Pero la distancia entre el abad y los monjes queda consagrada en la RB.
Es difícil imaginar al abad benedictino como un S. Pacomio, sirviendo fraternalmente a la comunidad con una entrega y humildad no solo interna, sino también externas.
A través del tiempo se irá comparando al abad con el Pater-familias romano con poder absoluto, a un señor feudal espiritual y guerrero al propio tiempo. Un principesco prelado barroco, un padre abad idealizado y románticamente supervalorado en la restauración monástica del siglo XIX. Son distintas encarnaciones a través de la historia de la idea original. Cierto que las trasformaciones se debieron a circunstancias socio-políticas cambiantes.
El hecho de mantener al abad a través del todo el proceso evolutivo en un plano notabilísimamente superior al de los monjes, tiene su origen en la misma regla benedictina.61.- El abad y su misión.
La fe nos dice que hace las veces de Cristo en el monasterio, ya que es designado con su sobrenombre. (2,2)
Tanto en la RM como en la RB, nada tiene tanta importancia como el abad. La importancia primordial que se reconoce de este modo al abadiato, contrasta con el último lugar que Agustín designaba en su directorio al superior.
La unión de corazones y la comunidad de bienes de los que nuestra regla nada dice en su comienzo, era con lo que comenzaba la regla agustiniana. Son dos perspectivas claramente distintas. Por un lado la comunión en S. Agustín. Por otra “scola” del Maestro y de Benito.
En una escuela, como es natural, nada hay más importante que su doctor, el maestro, el abad.
También hay un contraste análogo entre nuestros autores y Basilio, que también se dirige a los superiores tardíamente. El procedimiento del Maestro y de Benito nos hace pensar en Orsiesio en su Liber. Éste escrito, que se aproxima, más que ningún otro, al género literario de nuestra regla, comienza como ella, con amoniciones a los superiores, y solo después, se ocupa de los simples hermanos cuyo primer deber es la obediencia.
¿Cuáles fueron las causas que influyeron en cambiar la dirección inicial de Pacomio?. Los sucesores carecían del carisma del fundador y tuvieron que dar primacía a la autoridad.
Se ha querido ver como dos corrientes distintas entre Pacomio y Casiano, Alto Egipto y Bajo Egipto, cenobitismo y semi-anacoretismo. Se quiere ver como dos espiritualidades diferentes y sin comunicación. Las preocupaciones sobre el tema que nos ocupa, serian fundamentalmente opuestas. Por una parte el espíritu de servicio del pensamiento, del humilde y bondadoso Pacomio que no quería más que ser un centro de comunión de los hermanos, y por otro, la figura del padre espiritual, en los medios anacoréticos, análoga a maestro en la didascalia urbana, que Casiano había transpuesto indebidamente a un marco cenobítico inventado por él. Esta imagen habría entrado en la misma congregación pacomiana, pero solo después de la muerte de Pacomio, y por la falta de carisma de sus sucesores. Esta es la que Casiano ha legado al monacato occidental, tan marcado pro su influencia, y la que encontramos en la RM y la RB.
Estudios recientes atribuyen a Pacomio una espiritualidad más conforme con las aspiraciones de nuestra época que al testimonio que se desprende de los documentos pacomianos. Tienen razón al resaltar el ideal de comunión fraterna de Pacomio, y de la Iglesia primitiva en la que se inspira, y el hecho de que prefiera el cenobitismo a la vida solitaria. Son características que distinguen claramente su obra de otras concepciones cenobíticas, en particular la de Casiano.
A la pregunta de ¿qué es un abad?, nuestros autores ven en él al representante de Cristo en el monasterio. ¿Qué quiere decir esto?. Esta fórmula aparece como una síntesis de la doctrina expuesta el Maestro en varios pasajes de los que no queda casi rastro en Benito.
Estos pasajes eliminados por RB pueden resumirse del modo siguiente. El abad es un laico que ejerce una función análoga a la del obispo y pertenece como él a la categoría de los doctores; es decir, los miembros que Jesucristo ha puesto a la cabeza de su Iglesia en los últimos tiempos, después de los profetas del AT y de los apóstoles de los que son sucesores legítimos los doctores.
La Iglesia propiamente dicha está regida por el obispo, mientras que el abad gobierna solamente una escuela de Cristo o monasterio. Así como el obispo es asistido por sacerdotes, diáconos y clérigos, del mismo modo el abad es asistido por lo prepósitos.
Ambas jerarquías, eclesiástica y monástica, pueden invocar las palabras dirigidas por Cristo a los apóstoles y a sus sucesores: “apacienta mis ovejas”, “sabed que estoy con vosotros hasta el final de los tiempos”, “el que os escucha vosotros, a mí me escucha”. Para la RM el doctor es sucesor de los apóstoles, como el obispo, pero recibe esta cualidad del mismo obispo.
La jerarquía monástica no está directamente vinculada a Cristo, pero se inserta en cada generación a la única jerarquía instituida por el Señor, la de la Iglesia.
Ya se trate de la bendición abacial, o de las relaciones del monasterio con la iglesia, la RM no hace más que conformarse con el pensamiento y la práctica comunes en su tiempo. En el siglo VI la ordenación del abad por el obispo era un rito indispensable para asegurar a cada monasterio un gobierno legítimo. Una serie de decisiones conciliares y papales, reconocen plena autoridad en su dominio en este gobierno. Incluso la designación del nuevo abad por el antecesor era el sistema que estuvo vigente en Roma desde Símaco hasta Félix IV, es decir en la época del maestro.
Por tanto, ni la RM ni RB innovan cuando hacen del abad el vicario de Cristo en el monasterio, homólogo al obispo. Su principal originalidad consiste en sistematizar ciertos pensamientos que estaban más bien latentes que formulados.
Esto lo confirma la RM con una lectura discutible de 1 Cor. 12, 28 y Rom 8,15. Aparentemente estas dos citas son nuevas, pero la idea que ilustran no lo es. El Maestro, al formularla, no hace más que dar una forma precisa a lo que comúnmente se pensaba desde hacía siglos. Así, el abad es en cuanto doctor, sucesor de los apóstoles y representante de Cristo en cuanto abbas.
Importa poco que Benito suprimiese el final del cap. 1 y resumiese el cap. 2. Conserva concisa pero intacta toda la doctrina de la RM.62.-Buen ejemplo
Por tanto cuando alguien acepte el título de abad, debe enseñar a sus discípulos de dos maneras. Queremos decir que mostrará todo lo que es recto y santo más a través de su manera personal de proceder que con sus palabras. De modo que a los discípulos capaces les propondrá los preceptos del Señor con sus palabras, pero a los duros de corazón y a los simples les hará descubrir los mandamientos divinos con la conducta del mismo abad. (2,11-12)
A partir del párrafo 11, sigue el cap. 2 con una serie de directrices y algunas se repiten insistentemente, lo que prueba la importancia que les da. El orden no aparece por ninguna parte. Diríamos que nos encontramos ante la redacción directa, sin elaborar, de una retahíla de consejos que un abad ya anciano y con experiencia da a su sucesor.
S. Benito recuerda un principio de suma importancia que los monjes antiguos no cesaban de inculcar. La doctrina del maestro debe ser doble. El abad debe enseñar con sus palabras y con su ejemplo. Y mas con su ejemplo que oralmente. Debe mostrar con su propia conducta lo que es bueno y santo, practicándolo él mismo y abstenerse de hacer lo que de palabra ha dicho ser nocivo para el alma. Es asunto de sinceridad y honradez, pero también de adaptación a los diversos caracteres y temperamentos en que tanto insiste la RB, principalmente en este capítulo. Prevé en una comunidad algo numerosa, diversos tipos de caracteres, con una nota de realismo muy propia de la RB.
Este proceder es parte importante en la formación; la Constitución 45 sobre la formación señala como parte muy importante la función del abad. Y en la C 33, 3 dice que el abad, maestro en la escuela de Cristo, es guardián de la fidelidad de los discípulos a la tradición monástica, aliménteles con el don de la palabra de Dios y con su ejemplo.
Estos párrafos de la RB que hoy comentamos tienen una enseñanza que se puede aplicar a todos, tanto al abad como a los monjes. Es la importancia del buen ejemplo.
Sin duda se exige de una manera más urgente de los que participan de la autoridad, pero el buen ejemplo se exige a todos.
Tenemos que amar a nuestros prójimos como a nosotros mismos, y prestarles según nuestras facultades, los auxilios temporales y espirituales que necesiten. Pues bien, un auxilio que necesitan es el ejemplo.
A cada uno de nosotros se le pedirá cuentas del alma de nuestro hermano, y es gran responsabilidad si se ha perdido por culpa nuestra.
Tendremos que responder de todos los malos ejemplos que hayamos dado, poniendo obstáculos a su camino de fidelidad. Y esto tiene tanta más importancia cuanto se trata de almas que han sido miradas con un amor de predilección por el Señor.
El buen ejemplo es uno de los mayores bienes de la vida religiosa. Hemos venido al monasterio con la esperanza consciente o inconsciente de encontrarle.
S. Benito prevé que se pueden encontrar en la comunidad almas sencillas, que solo a través del ejemplo encuentran el camino de seguimiento, y almas indisciplinadas, duras, que solo con el buen ejemplo puede trasformarlas. Siempre será un estimulante para los débiles.
¿Quién podrá valorar la triste influencia del mal ejemplo en una comunidad?. Cuando un monje se convierte por su conducta habitual en piedra de escándalo, S. Benito llega a mandar sea separado de la comunidad para que no contagie a los demás. Así como el buen ejemplo induce al bien, del mismo modo el mal ejemplo arrastra al mal.
Así como tendremos que dar cuenta de los malos ejemplos, sobre todo si han sido dados con conocimiento de causa y en puntos esenciales, del mismo modo, tendremos el mérito de los buenos ejemplos. El mal ejemplo tiene a veces consecuencias que se perpetúan y son muy difíciles de reparar. Si reflexionamos en esto, comprenderemos las duras palabras del dulce Jesús: ”Hay de aquel por el que viene el escándalo”.
El buen ejemplo tiene menos fuerza a causa de la corrupción de nuestra naturaleza. Pero todos los actos de virtud que podamos haber suscitado con el buen ejemplo, se nos computarán como méritos propios.
Y lo dicho sobre la influencia del buen ejemplo se confirma con un ejemplo. Según un relato de D. Gabriel Sortais:
En una comunidad poco ferviente, ingresó un señor ya mayor como hermano, quien se dio a la oración prescindiendo del ambiente que le rodeaba. A los pocos años su buen ejemplo había contagiado a toda la comunidad, convirtiéndose en una comunidad ferviente.67.-No juzgar
Y a la inversa, cuanto indique a sus discípulos que es nocivo a sus almas, muéstrelo con su conducta que no deben hacerlo, no sea que después de haber predicado a otros, resulte que él mismo se condene y que así mismo un día tenga Dios que decirle a causa de sus pecados: ¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tu que detestas mi corrección y te echas a la espalda mis mandatos? Y también ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? (2 13-15)
Estas palabras tan severas, S. Benito las pone en boca de Dios y se las dirige al abad culpable de malos ejemplos. Pero también podemos aplicar a cada uno de nosotros la verdad que encierran. Nadie tiene derecho a juzgar y condenar a nadie fuera de los cauces evangélicos previstos por la normas de la Iglesia.
Nuestro orgullo nos hace ser severos para cualquier autoridad y en general para los hermanos. Puede ser que sienta un secreto placer en encontrar faltas, incluso en las menores negligencias.
Tanto más debemos desconfiar de esta propensión cuanto nos hace ver una paja en el ojo ajeno y nos impide ver un poste en el nuestro. Tenemos que ser muy reservados en dar sentencias sobre los demás. Todos tienen derecho a nuestra indulgencia. Y Dios es el que puede juzgar porque conoce el interior de cada uno.
Si vemos acciones evidentemente culpables, no podemos disculpar la acción, pero ¿y la intención? Divulgar las faltas de los demás, es hacer un mal a toda la comunidad. Tampoco sabemos la fuerza de la tentación que ha sufrido.
Para no condenar lo mejor es no juzgar. Nadie nos ha encomendado el juicio, sobre todo, cuando no tenemos por el cargo que dar cuenta de la conducta de los demás.
Dios ve las cosas en su totalidad, nosotros solo parcialmente y a través del prisma de nuestros pequeños intereses. Por eso tenemos que desconfiar de nuestro juicio por lo general severo para los demás, cuanto más condescendiente con nosotros mismos.
Hemos venido al monasterio para seguir a Cristo, no para imitar a tal o cual hermano. Cierto es que todos tenemos que dar buen ejemplo en palabras y obras, pero esto no quiere decir que tengamos que tomarlos por modelo.
Todos los hermanos son imagen de Cristo. Cuando oramos ante un crucifijo, lo de menos es que sean de marfil, mármol, madera o cobre. Así tenemos que ver a Cristo, y solo a Cristo, en el superior o en el hermano. En el crucifijo buscamos y vemos solo la expresión del amor de Dios al hombre. En los hermanos hemos de buscar la presencia de Dios en ellos. Si vemos algo que nos desagrada, será motivo de una oración particular por ese hermano.68.- Amar a todos
No haga en el monasterio discriminación de personas, a no ser a quien hallare mejor en buenas obras y en obediencia. Si uno que ha sido esclavo entra en el monasterio, no sea pospuesto a libre, de no mediar otra causa razonable. (2, 16-18)
En estos párrafos como en los que les seguirán, S. Benito hace hincapié en otro punto importante, la imparcialidad del superior con respecto a los monjes. Las discriminaciones infundadas son odiosas. Por eso le dice al Abad que ame a todos por igual. Aplicará a todos, sean de la clase que sean, ya no hay esclavos pero si distintos niveles sociales, las mismas normas porque Dios no hace favoritismos. Pero como es justo, atenderá a las necesidades y méritos de cada uno. Lo cual no impide cierta facilidad en el trato con algunos porque imparcialidad no es sinónimo de uniformidad a raja tabla.
¿Conocería S. Benito el caso del abad Silvano y su discípulo Marcos, calígrafo de profesión? El anciano lo amaba a causa de su puntual obediencia. Ahora bien, tenía otros once discípulos y estaban tristes porque lo amaba a él más que a ellos. Los ancianos de la colonia anacorética en que vivían, se enteraron de esta situación y fueron a ver a Silvano y le reprocharon su preferencia.
Silvano se justificó de este modo. Fue con sus visitantes a llamar a la puerta de las celdas de cada uno de sus discípulos diciendo: “hermano tal, ve acá, que te necesito”. Pero ninguno se apresuró a responder a esta llamada. Llamó luego a la celda del calígrafo, y apenas oyó su nombre, Marcos dejó lo que estaba haciendo, salió y el abad lo mandó a cierta comisión. Silvano dirigiéndose a sus visitantes les dijo: Padres, ¿dónde están los otros hermanos?
Entraron en la celda y comprobaron que Marcos había dejado sin terminar la letra omega en su cuaderno de copista. Y entonces los ancianos dijeron: Abad al que tu amas, nosotros también lo amamos, y Dios lo ama. Tal es la historia de la letra empezada y no terminada que ilustra la excepción de la regla sobre la imparcialidad.
No se comete ninguna injusticia en preferir a los hermanos más obedientes.
Esta conducta que S. Benito manda al superior, bien puede ser aplicada a las relaciones de todos los monjes. Cierto que un religioso sobrenatural no tiene preferencias caprichosas con sus hermanos, a no ser en la medida observada por el mismo Dios.
Desde el momento en que sólo veamos a Jesucristo en nuestros hermanos tendremos que practicar con todos ellos el amor de benevolencia que tenemos para con nuestro Señor. Hemos de desear y trabajar por el bien de todos, y si tenemos alguna preferencia será para aquellos que veamos más fieles o necesitados.
En todos nuestros juicios seremos indulgentes como nuestro Señor. Y como El, tendremos una mirada más benigna para con las falta aisladas o de debilidad. Más severa para las faltas de costumbre o de malicia.
Debemos procurar tener para todos la misma paciencia, pues nuestro Señor tiene paciencia con todos. Finalmente seremos abnegados para con todos y con un celo sincero por la santificación de sus almas. Las faltas nos pueden entristecer pero no indignarnos. Y cuanto más expuestos les veamos a perderse, más oraremos por ellos.
Todos nuestros hermanos tienen que sernos almas muy queridas, puesto que las ama nuestro Señor. Nuestros pensamientos deben extenderse a todos, y si tenemos un recuerdo más íntimo de alguno de ellos, que no sea fruto de un capricho egoísta sino de un motivo de celo sobrenatural, a ejemplo del buen pastor que deja las 99 ovejas del rebaño para buscar a la que se había extraviado.
Nuestras palabras nos pueden traicionar. Por esto podemos hacernos algunas preguntas para detectar si hay alguna desviación en nuestro proceder en orden a la caridad, manteniéndonos en un nivel sobrenatural.
¿No hay alguno que criticamos con mayor facilidad y condenamos en nuestro interior más severamente o acusamos con algo de amargura?. ¿No puede darse el caso de aprobar y disculpar en uno, lo que condenamos en otros sin razón de peso para esta distinción?. ¿No tendremos un lenguaje amargo o duro con un hermano, mientras con otros hablamos siempre con dulzura sin cansarnos nunca?
Aún en el monasterio, podemos tener una conducta desigual si nos dejamos arrastrar por nuestra tendencia natural. Con la verdadera caridad tendremos un solo corazón y una sola alma, y todos los intereses serían comunes.
Por tanto tenemos que tratar de mostrarnos con todos respetuosos, afables, prontos a prestar servicios. Todos son hermanos.
Esto también nos puede dar pie para reflexionar sobre el pensamiento de S. Elredo a este propósito, basados en sus dos obras: Espejo de la caridad y La amistad espiritual. Estos libros reflejan una mirada positiva de la enseñanza de S. Benito sobre el amor mutuo.
69.- La amistad
Tenga por tanto, igual caridad para con todos, y a todos aplique la misma norma, según los méritos de cada cual, (2, 22)
Al hablar del amor que debemos mutuamente profesarnos, del que hablamos en un capítulo anterior, ya decía que no se trata de una igualdad a raja tabla, sino de no dejarnos llevar de la simple inclinación natural. Hice referencia a S. Elredo y sus tratados sobre este punto.
He aprovechado los momentos libres en La Oliva, para leer algo más sobre S. Elredo. Aunque es una doctrina bastante profunda que necesitaría una amplia explicación, hago una pequeña exposición a continuación.
Toda relación de afecto y a forciori, una relación de amistad, sólo recibe su plena legitimidad en una constante referencia a Cristo, medida (exempla) de todo amor.
Esta verdad fundamental es simplemente sugerida en el “Espejo de Caridad”, pero en el “Tratado de la amistad” aparece de manera constante, y es doctrinalmente apuntalada.
En el libro primero de la “Amistad Espiritual”, Ivo, el monje con el que dialoga Elredo, formula así su pregunta: ¿quisiera saber de manera más amplia cómo esta amistad que conviene que exista entre nosotros, comienza en Cristo, se mantiene en Cristo y halla su meta y es tanto más provechosa cuanto más unida a Cristo?.
Elredo da la respuesta sin ninguna reserva, porque a su parecer, expresa muy bien lo que podemos llamar la sustancia de la amistad.
Responde: “¿se puede decir algo más sublime y provechoso sobre la amistad sino que debe nacer en Cristo, desarrollarse según Cristo y alcanzar su plenitud en Cristo”?.
Y en el libro segundo hay un eco de esto, cuando Elredo al demostrar el encanto de la amistad se apresura a precisar que “todo esto se desarrolla en Cristo y se perfecciona en Cristo”.
En el libro tercero, antes incluso de examinar con detalle cada etapa por la que es preciso hacer pasar a la amistad, Elredo insiste con vigor en la necesidad de dar a esta forma de amor que es la amistad, un fundamento sólido, sobre el cual se puedan poner sus componentes.
Sigue diciendo: “el que quiera subir con paso firme hasta sus altas cimas, debe tener el máximo cuidado en no olvidar los cimientos, y no separarse de ellos”. Este fundamento es el amor de Dios, es decir, el amor que Dios nos tiene, pues si caemos en cuenta de este gran don, no podremos separarnos de El por nada, como les pasa ya de manera definitiva a los bienaventurados.
A este amor se ha de orientar todo lo que el amor o el sentimiento puedan sugerir. Y concluye afirmando que ha de ponerse sumo cuidado en que todos los elementos de la construcción de este edificio espiritual, se adapten bien a este fundamento, reformando lo que se haya desviado de su modelo y corrigiendo sin vacilar todos los detalles en conformidad con el mismo.70.-Obligaciones del superior
El abad debe imitar en su pastoral el modelo del Apóstol cuando dice: reprende, exhorta, amonesta. Es decir que adoptando diversas actitudes, según las circunstancias, amable unas veces, y rígido otras se mostrará exigente como un maestro inexorable y entrañable con el afecto de un padre bondadoso. (2,23-24)
San Pablo en 2 Tim. 4,2 le dice a su discípulo que en el gobierno de su iglesia, reprenda, exhorte y amoneste.
El deber de corregir destaca sobre los demás deberes que tiene el superior por su importancia y por su dificultad.
La RB dedica a este tema dos párrafos, 23-24 y sigue en esto a la RM, pero los párrafos que siguen del 26 al 29 en la RB, de notable dureza, no se encuentran en la RM al menos como hoy la conocemos.
En el primer párrafo hace hincapié en acomodarse a las circunstancias y variedad de situaciones, idiosincrasias y comportamientos de los monjes, cuando trate de corregir y reprender.
Sobresale la hermosa frase en la que S. Benito pide al abad que se muestre exigente como un maestro y tierno como un padre.
El Espíritu Santo guió a S. Pablo en su celo apostólico, por el bien de sus hijos, a proceder de este modo y así lo encargó a su discípulo Timoteo.
Y es el Espíritu Santo el que hoy no cesa en nuestro interior, si estamos atentos, de instarnos amorosamente. Si nos fijamos en nuestra experiencia, vemos que unas veces lo hace con fuertes golpes, que nos han hecho estremecer. Otras con suaves toques amorosos. Va alternando, de modo que durante toda nuestra vida nos sigue con una persecución amorosa, en todo tiempo y en todo lugar.
S. Benito quiere que el superior apoye esta acción del Espíritu Santo, para cooperar en la obra de la cristificación del monje. Para ello deberá emplear unas veces la dureza del maestro y las más el afecto piadoso del padre.
Si nos hacemos sordos a las llamadas del Espíritu Santo, en lugar de adelantar, retrocederemos muy pronto. Así lo demuestra la experiencia repetida a través del tiempo.
Si dejamos de combatir, las malas inclinaciones naturales se extienden y agrandan. Cesamos de combatir cuando cesamos de animarnos al combate. Si tratando todos los días de no abandonar la oración, la lectura, etc. encontramos dificultades, ¿que será si nos abandonamos? Mientras estemos en este mundo, no esperemos tener una posesión de la virtud sin lucha. La virtud adquirida se pierde en el momento que se deja de luchar, porque vuelven a renacer los vicios con toda su fuerza, según enseña S. Bernardo. En el camino de la búsqueda de Dios nunca estaremos al término final.
71.-Faltas de ligereza.
En concreto, a los indisciplinados y turbulentos, debe corregirlos más duramente. En cambio a los obedientes, sumisos y pacientes, debe estimularles a que avancen más y más, pero le amonestamos a que amoneste y castigue a los negligentes y despectivos. (2, 25)
Se puede ser revoltoso, inobservante por ignorancia, por negligencia o por desprecio.
Las irregularidades cometidas por ignorancia provienen de la ligereza, porque no estudiar sus deberes, porque no les da la importancia debida. Vamos a ocuparnos en primer lugar de la ligereza.
¿Cuáles son las faltas de ligereza? Las que se cometen por ignorancia y descuido. Son propias del monje que S. Benito llama “indisciplinatus et inquietus”. No apreciando en su debido valor la observancia, se permite algunas irregularidades sin escrúpulo “indisciplinatus”. Siguiendo su petulancia y fogosidad natural, falta igualmente a la caridad con los hermanos “inquietus” y no atiende a las observaciones que se le pueden hacer y se asombra que se fijen en cosas que para él tienen tan poca importancia. Lo considera como olvidos y ligerezas
En su vida espiritual, un monje así, observa necesariamente el mismo desorden, la misma infidelidad en sus resoluciones, la misma ligereza respecto del deber.
Esta ligereza puede existir en un grado más o menos pronunciado, más o menos habitual. ¿En que medida somos culpables de ella? ¿Nos excusamos con facilidad de nuestras irregularidades, de las faltas a la caridad, de la laxitud en todas las cosas, hasta quizás bajo capa de aggiornamento?
Estas faltas pueden ser muy perjudiciales tanto personalmente al monje como a la comunidad. Privan al monje de las gracias de elección y paralizan más o menos su adelanto en la virtud.
Si se multiplican y hacen habituales, el peligro se hace mayor. Es la mala voluntad que se introduce en la conducta y se encamina paso a paso hacia la negligencia culpable y hasta el desprecio.
El monje no solo puede ser “indisciplinatus et inquietus” sino también “negligens et contenens”. Es el hecho que las faltas de ligereza, si no las combatimos, nos llevan fácilmente a la tibieza. Y ya sabemos los grandes males que los maestros de espíritu señalan como consecuencia de la tibieza. Donde no hay estimación del deber, nunca habrá amor al deber, es decir el fervor necesario para el progreso.
La falta de buena voluntad entraña necesariamente la disminución de las gracias, y ese monje, sin un auxilio extraordinario de Dios está muy expuesto a no tomar nunca en serio su vocación y muy probablemente ira declinando más y más.
En comunidad la falta de ligereza son brechas abiertas a la disciplina “indisciplinatus” y a la par “inquietus” La relajación o el malestar no se introduce en una comunidad con crímenes y faltas de malicia. Comienza a deslizarse por las falta de ligereza que se multiplican, se agravan por esto mismo y se hacen contagiosas.
Se llega pronto a no apreciar las reglas, a interpretarlas con más amplitud, hacer desaparecer todo lo arduo, y entonces desaparece el camino benedictino, calificado por “dura et aspera” por S. Benito, descripción tomada del evangelio que nos habla de un camino estrecho. Y así, pronto desaparece de la comunidad la verdadera paz y alegría que se gozaba, cuando florecía el silencio, la regularidad, recogimiento, y se convierte más bien en una plaza pública.
S. Benito quiere que el superior reprenda con severidad “durus arguere”. Pero todo será inútil si cada uno no toma con empeño hacer desaparecer toda ligereza y tibieza. Cada uno debe vigilarse con un examen atento. Y no darlas tregua alguna tomando a pecho el cumplimiento de la divina voluntad que tanto se manifiesta en pequeñas observancias como en las obligaciones fundamentales de la vida monástica
Al monje le toca abrazarse con amor y generosidad a todo aquello que se le manifiesta voluntad de Dios a través de las reglas y constituciones. Así es como se han santificado tantísimos monjes en la escuela de nuestros santos Padres. Con su ejemplo y doctrina apreciaremos en su justo valor el mal de las faltas de ligereza.
72. Faltas de fragilidad.
En cambio a los obedientes, sumiso y pacientes debe animarlos a que avancen más y más (2,25 parcial)
Las faltas de debilidad son las que se escapan frecuentemente a cualquiera que no haya adquirido el hábito de la virtud perfecta. Provienen de una naturaleza que no ha muerto a sí misma.
. Son faltas de debilidad o fragilidad porque la mala voluntad no está presente con deliberada advertencia y consentimiento. Queremos ser obedientes, “obedientes”, pero a veces gemimos y encontramos dura la obediencia, nos podemos atrever a discutir el mandato. Queremos ser caritativos, “mites” y no obstante se pueden escapar movimientos repentinos de amargura, o nos dejamos llevar de antipatías, queremos soportarlo todo,”pacientes”, pero la falta de rectitud, las calumnias, las persecuciones sordas nos sublevan. Se puede tener dificultad en reprimir ciertos deseos de venganza. Y así en otros casos
Es el hombre viejo que vocea contra la ley y a veces lleva a cometer verdaderas faltas y debilidades. Debemos trabajar cada día para disminuir estas faltas.
Estas faltas en cuanto tales, disminuyen la pureza de nuestras acciones y debilitan nuestras fuerzas. Provienen de una naturaleza aún algo indómita, de una voluntad incompleta. Si no nos apresuramos a extirparlas, imperarán más y más en una voluntad que se debilita.
Por otra parte, cuando más sincero sea nuestro deseo de crecer, menos debemos asustarnos ni turbarnos por estas miserias. Los santos que veneramos en los altares, n o se han visto libres de muchas imperfecciones y no han llegado a esa eminente santidad reconocida oficialmente por la Iglesia, sino después de largos y duros combates. ¿Quién nos revelaría sus gemidos? ¿Quien nos podría decir las lágrimas vertidas por ellos al pie de sus crucifijos? ¿Cómo ha sido su constante lucha contra sus malas inclinaciones? ¿Cuántas horas pasadas en oración para verse libres de estas faltas? (Un P .Provincial, tenía explosiones fuertes de genio. Su secretario le indicó un día que podía hacer examen de conciencia para dominarse, y le contestó que llevaba luchando 40 años con su genio)
A la vista de sus faltas de fragilidad, los santos aprendían a considerarse como los más grandes pecadores. Cuanto mayor celo de Dios tiene un alma, más miserias descubre en si y más desea purificarse
¿Queremos saber nuestro grado de vida interior? Veamos primero si conocemos bien neutras faltad de fragilidad, y en segundo lugar si tenemos verdadero celo por corregirlas y ponemos los medios adecuados para esto.
¿Que remedios poner? S. Benito recomienda no poner un remedio duro a las falta de fragilidad. Donde no existe la mala voluntad no es necesario la reprensión y menos el castigo, sino dar alientos: “debet obsecrare”
En cuanto a las falta de fragilidad que no tienen más testigos que nuestra conciencia, no debemos inculparnos con amargas censuras, ni con despecho contra nosotros mismos, ya que el despecho es una manifestación de orgullo y solo se conseguiría aumentar el mal.
El camino es humillarnos reconociendo nuestra incapacidad, sin la gracia de Dios, para hacer el bien. Demos gracias a Dios de la humillación que nos suponen y pongamos nuestra más plena confianza en Él. De este modo sacaremos bien del mal, y pidamos al Señor que crezca nuestro amor a El y el deseo de seguirle con fidelidad.73. Corrección fraterna.
No encubra los pecados de los delincuentes, sino que tan pronto como empiecen a brotar, arránquelos de raíz con toda su habilidad, acordándose de la condenación de Heli sacerdotes de Silo. (2,26)S. Benito habla de no disimular las faltas. Disimular las faltas, es cerrar los ojos para no verlas, y así no tener necesidad de corregirlas. Es vacilar y contemporizar, en lugar de hacer en el momento preciso las observaciones necesarias. Cualquiera que disimula las faltas, por este mismo hecho se hace responsable delante de Dios.
S, Benito manda cortar las faltas desde su inicio, tan pronto empiecen a brotar. Si las deja crecer y se arraigan, muy pronto será imposible o por lo menos más difícil extirparlas.
Se las deja pasar para evitarse molestias y disgustos, pero lo que se consigue es fortalecer el mal.
S. Benito recuerda la narración del libro 1 de Samuel, del sacerdote Heli, ejemplo bíblico de este equivocado proceder. Cierto que hay que elegir momento y circunstancia favorable, pero de ninguna manera disimularlas.
Esto es algo que corresponde ciertamente al Superior a quien está S. Benito dándole normas en este capítulo, pero es algo que concierne a todos por exigencias de la caridad. Una de las obras de misericordia es corregir al que yerra.
Con este motivo, podemos recordar algunas normas morales, respecto a la corrección fraterna, que ciertamente no es estar detrás del hermano inquietándole con nimiedades, como tampoco hacer la vista gorda a todo lo que pueda ser de cierta gravedad.
Corregir al que yerra, es una de las obras de misericordia más importantes. Es lo que se llama la corrección fraterna. Da origen a muchos problemas que es interesante de discernir. Sto. Tomás dedica en la Suma Teológica una cuestión entera, dividida en ocho artículos.
Voy a intentar resumir su doctrina acomodadas a nuestra circunstancia actual.
En cuanto a la naturaleza de la corrección fraterna, según Sto. Tomas es la advertencia hecha al prójimo culpable, en privado y por pura caridad, para apartarle del pecado.
Veamos cada uno de estos términos. La advertencia, o sea la admonición que se hace a una persona para que se abstenga de algo ilícito. Esto puede hacerse de palabra, o por algún gesto.
Hecha al prójimo culpable, sobre todo si es por ignorancia o negligencia, más que por mandad. Ya que cuando se obra por malicia la probabilidad de éxito es mucho menor, y hasta en muchos casos contraproducente.
En privado, o sea de hermano a hermano, sin que se enteren los demás. Así se distingue de la corrección pública o judicial que es distinta.
Por pura caridad. En esto también se distingue de la corrección judicial, que procede del superior en cuanto juez y se funda en la justicia, y también distinta de la corrección paterna, que procede del superior en cuanto padre y se apoya en su en su autoridad de superior, con la finalidad de apartarle del pecado, o en grave peligro de caer en él.
Por tanto procede de la caridad, del amor, no de la justicia y procura la represión del mal en cuanto tal y perjudicial al mismo que lo ejecuta, y no en cuento perjudica al bien común o al bien de un tercero.
Únicamente porque amo a mi prójimo, y deseo el bien de su alma y de cuanto sea garantía de este bien primordial, me esfuerzo en corregir sus falta, imperfecciones o extravagancias.
Esta benévola atención que prestamos a los defectos morales del prójimo, cuando se inspira en la caridad y se ejerce con suavidad y oportunidad es una forma excelente de la limosna espiritual
Otro día examinaremos más facetas de la doctrina tomista sobre la corrección fraterna.
74.-Continuación de la corrección fraterna
No encubra los pecados de los delincuentes. (2,26)Aunque San Benito no habla en este capítulo la corrección fraterna propiamente dicha sino de la corrección paterna, según lo expuesto por Sto. Tomás, pero este párrafo dirigido al abad, nos da pie para seguir reflexionando sobre el tema ya iniciado el día anterior: la doctrina de Sto. Tomás sobre la corrección fraterna. Así veremos en qué medida es obligatoria, para no exagerar su obligatoriedad, ni tampoco olvidarla.
Por derecho natural y divino, hay obligación grave de practicar la corrección fraterna. Se prueba en el derecho natural, porque es evidente que tenemos obligación de ayudar al prójimo en sus necesidades temporales y con mayor motivo lo tendremos en las necesidades espirituales.
Sto. Tomás afirma que es más grande el acto de caridad aquel por el que apartamos al prójimo por medio de la corrección fraterna de un daño espiritual, que curarle enfermedades corporales, o remediarle con limosnas.
Por derecho divino, lo vemos en muchos pasajes de la Escritura, sobre todo en el evangelio de S. Mateo. Enseña con detalle el modo de hacerlo. (Mat. 18,15-17)
Y San Agustín dice que si descuidares corregir, te vuelves peor que el que ha pecado, lo cual no ocurriría se la corrección fraterna no fuese un verdadero precepto que obliga a veces gravemente.
En cuanto a la materia, la propia de la corrección fraterna son pecados mortales ya cometidos y que ponen en peligro al prójimo en grave necesidad espiritual, y los futuros que puedan impedirse con la corrección, e incluso pecados veniales que por su frecuencia por sus efectos especiales pueden ser gravemente nocivos, bien para el pecador, bien para los demás, por el escándalo y quebranto de la disciplina, constituyendo una verdadera necesidad espiritual.
En cuanto a los pecados materiales cometidos por ignorancia invencible, deben corregirse cuando son ocasión de escándalo o peligro de contraer malos hábitos o afectan al bien común. Pero si se juzga prudentemente que la amonestación no tendrá ningún efecto, hay que omitirla para no convertir los pecados materiales en formales, a no ser que el bien común exija la corrección.
¿Quién debe hacerla? La corrección fraterna como acto de caridad, que tiene por objeto la enmienda del hermano delincuente, pertenece a todos. Todos están obligados a ejercerla en la medida y grado de sus posibilidades.
Distinto enfoque es cuando se trata de la corrección judicial, que tiene por objeto el bien común y el castigo del culpable. Esta corrección pertenece exclusivamente al superior.
Los superiores, además de la corrección fraterna pueden y deben ejercer la judicial y paternal, cuando hay lugar para ello, con la misma razón que los súbditos.
Incluso aquellos que tienen el mismo pecado, tienen que ejercer la corrección fraterna, porque siempre es un acto de caridad apartar al prójimo de un verdadero mal, como es el pecado. Pero ha de proceder con toda humildad y modestia, para que no resulte contraproducente y escandalosa. Dice San Agustín: “Cuando la necesidad nos lleva a reprender a alguno, pensaremos si nunca hemos tenido ese vicio. Si así es, pensaremos que somos hombres y lo hubiéramos podido tener, y la común fragilidad aviva la memoria para que a la corrección proceda de la misericordia y no del odio. Y si tenemos el mismo vicio, lloraremos con él y mutuamente nos provocaremos al arrepentimiento.”
Hay algunos matices más, que veremos D.m. en la siguiente conferencia.Llevamos dos días recordando la doctrina de Sto. Tomás sobre la corrección fraterna, que nos ha dado pie esta frase de la Regla... Hoy trataremos de las condiciones que ha de tener, y el modo de hacerla.
Para que la corrección fraterna sea conveniente y obligatoria tiene que tener ciertas condiciones exigidas por la naturaleza misma de las cosas. Las principales condiciones son:
Materia cierta, presentada manifiesta y espontáneamente. Por tanto no hay obligación de averiguar mientras permanezca oculta, a no ser por aquellos que por su función tienen que hacerlo: superiores, padres, maestros, y esto cuando tengan motivo fundado para sospechar.
Necesidad, o sea que se prevé que el hermano no se corregirá sin la corrección y no hay otro igual o más idoneo que pueda y quiera hacerla.
Utilidad, o sea que haya fundada esperanza de éxito. Si se prevé que será contraproducente, provocando la ira del corregido, induciéndole por ello a nuevos pecados, debe omitirse. Si se duda del éxito inmediato, pero no del remoto, debe hacerse, extremando la suavidad y prudencia. Si se duda seriamente si aprovechará o dañará, es mejor omitirla porque el precepto de no dañar al prójimo es más grave que el de beneficiarle, a no ser que de su omisión se teman males mayores, Vg., escándalo, o corrupción de otros.
Los superiores deben corregir y castigar al delincuente para que si no quiere enmendarse por propia voluntad, se vea obligado a ello por la pena que se le impone. Y se obstina en su maldad, y no quiere corregirse, se le ha de castigar por razón del bien común
Posibilidad, o sea que pueda hacerse sin grave molestia o perjuicio del corrector, que habrá de medir la gravedad de ese perjuicio y las faltas que se han de corregir. No es razón suficiente para omitirla, la indignación pasajera del corregido, pero si lo sería la previsión de una grave venganza. A no ser que se tenga obligación de hacerla por otro título, como oficio, piedad familiar. O porque lo requiera el bien común aún con gravísima incomodidad del corrector.
Oportunidad en cuanto al tiempo, lugar y modo de la corrección. Se trata de un precepto positivo, que obliga siempre, pero no en cada momento. Por eso es lícito esperar las circunstancias oportunas, para asegurar el éxito.
En cuanto al modo, ha de procurarse que la corrección sea caritativa, paciente, humilde discreta y ordenada.
Caritativa, o sea que debe aparecer con toda claridad, que buscamos únicamente el bien del corregido, sin dejarnos llevar de ninguna pasión desordenada.
Por lo general solo se acepta la corrección cuando va acompañada de una entrañable e inconfundible caridad.
Hay que extremar la dulzura y suavidad en la forma, sin perjuicio de la firmeza necesaria en cuanto al fondo. Es un hecho que la benignidad y suavidad de formas, obtiene resultados incomparablemente superiores a los que se hubiesen obtenido con un rigor excesivo y la severidad exagerada.
Al corregir el mal del prójimo, no hay que olvidarse de alabar discretamente lo mucho bueno que tiene. Así fácilmente conquistaremos su corazón y aceptará agradecido nuestra corrección.
Paciente. Muchas veces será imposible obtener enseguida el resultado satisfactorio. Hay que saber esperar, volviendo a la carga con suavidad y paciencia, hasta que suene la hora de Dios. No puede exigirse a un niño, a un principiante en su manera de obrar, la perfección completa y consumada. Esto sería pedirle un imposible y lanzarle a la desesperación o desánimo.
Las repentinas mudanzas son obra de Dios, no de los hombres. A nosotros nos enseña la naturaleza y el arte a obrar despacio y por grados, intensa pero suavemente. La cera fácilmente recibe la imagen y con la misma facilidad se borra. El mármol cuesta muchos golpes grabarla, pero permanece por siglos.
Humilde. Es una de las características más importantes para la eficacia de la corrección fraterna. Una corrección altanera y orgullosa producirá casi siempre, efectos contraproducentes.
Quien va a corregir a un hermano, es conveniente pensar bien lo que va a reprochar. También es muy bueno hacerse esta pregunta ¿Cómo lo haría el Señor en mi lugar?
Prudente. Hay que escoger el momento y ocasión más oportuna. En general no conviene hacerla estando turbado el culpable, pues es muy difícil que en esta situación acepte la corrección.
Si se prevé que será más eficaz si lo hace otro, será prudente servirse de esta tercera persona intermediaria sobre todo si esta tercera persona es el superior
Discreta, no estando a la caza para no dejar pasar ningún defecto sin la corrección correspondiente. Moderada y discreta, hecha en el momento oportuno, para no cansar y atosigar al que lo recibe y que termina para no tenerla en cuanta para nada.
La corrección se desvalora en la medida que se la prodiga. Hay que se discretos, no parando en cosas de poca monta, para conservar el prestigio para poder corregir las cosas verdaderamente importantes.
En toda corrección ha de procurarse salvar la fama del corregido y para ello debe observarse el orden establecido por Cristo en Mat. 28,15-17.
El superior debe recurrir a la corrección paternal y solo a la judicial cuando no pueda conseguir nada del culpable. Hay algunas causas por las que se puede no seguir este orden evangélico.
75. Corrección de los negligentes y despectivos.
Pero le amonestamos a que reprenda y castigue a los negligentes y a los despectivos. (2, 25, parte)
.
San Benito se refiere en este párrafo a faltas de malicia cometidas deliberadamente. Con este tipo de faltas, además de la ofensa que se hace al Señor, aún cometidas de modo aislado, constituyen una gran pérdida para el alma y el principio de mayores males. No sólo hacen perder los méritos, sino que debilitan la virtud adquirida, y relajan la buena voluntad.
Por todo esto no se deben dejar estas faltas sin corrección e incluso castigo, dice S. Benito.
Se ha de poner gran cuidado en evitarlas y si se llega a caer en alguna, la prontitud en acusarse, y espiarla con la penitencia, renovando un generoso propósito, se evita el mal.
Una falta bien reparada, puede producir más utilidad que perjuicio, pero descuidada, conduce poco a poco a las faltas de costumbre.
En cuanto a las faltas habituales que tienen su origen en la negligencia, son las que aquí hace referencia S. Benito.
Advertidos tanto externamente por el superior, como internamente por la conciencia, quizás se ha tomado una buena resolución, pero se vuelve a caer, y esto con una facilidad cada vez mayor.
Y se dan estos síntomas poco tranquilizadores, el horror al pecado desaparece, la exigencia de las obligaciones se borran, la voluntad se debilita más y más. La conciencia ya no se siente con tanta fuerza y se hace esclavo de una triste costumbre contra la cual se estrellan inútilmente todas las reprensiones que pueda recibir.
Las luces de la fe y los esfuerzos del mismo monje son vanos. El mal es difícil de curar. Pero no es imposible. La reflexión sobre la verdades eternas, acompañada de actos de oración ferviente, puede conseguir remontar la corriente.
Hay que evitar contraer malos hábitos, reprendernos de las menores infidelidades, reparar sin tardanza las más pequeñas negligencias, para no llegar a esta triste situación, que por desgracia he visto acontecer repetidas veces en los años de mi vida monástica, sin necesidad de acudir a hechos que narra la historia de tiempos pasados.
En cuanto a las faltas de desprecio, los “contemnentes,” despectivos traduce Iñaki, podemos decir que si se deben poner todos los medios para combatir las faltas de negligencia, mucho más para que el hábito no se convierta en desprecio. Esto es lo más funesto y temible en un monasterio.
Desde el momento que un monje tiene la desgracia de contraer ese hábito, pierde el espíritu de su estado, no tiene la disposición esencial del religioso, el deseo de conversión, y por consiguiente, se hace una oveja descarriada.
S. Benito quiere que en estos caso se emplee todo el rigor, aunque con paciencia, prudencia y caridad.
En esta perversa situación hay diversos grados, y se puede caer en ella con más facilidad de lo que se cree.
Hacer conscientemente lo que sabemos nos está prohibido, no tener en cuentas las reiteradas amonestaciones, resistir más o menos abierta a las ordenes recibidas, obligar a que a acceder a los superiores a nuestros caprichos, etc. Estas faltas y otras semejantes, si llegan a ser habituales, llevan al desprecio formal que siempre es grave.
Vigilemos para evitar poder caer poco a poco en esa clase de monjes que S. Benito llama “negligentes et contemnentes”. El haberlos visto en más de una ocasión nos advierte que cualquiera puede llegar a serlo.
76.-Modo de corrección.
A los virtuosos y sensatos, corríjales de palabra, amonestándolos una o dos veces. Pero a los audaces, insolentes, orgullosos y desobedientes, reprímales en cuanto se manifieste el vicio consciente de estas palabras de la Escritura, “solo con palabras, no escarmienta el necio” y también,” da unos palos a tu hijo y lo librarás de la muerte.” (2,29-30)El párrafo comentado estos días de atrás como estos dos de hoy, que son de una notable dureza, son propios de la RB, pues no se encuentran en la RM a lo menos tal como hoy la conocemos.
En los párrafos comentados en días anteriores, (23-25) hace hincapié que en la corrección a de acomodarse a las circunstancias y a la variedad de idiosincrasias que condiciona el comportamiento de los monjes. Sobresale la frase en la que dice al abad que se muestre con la ternura del padre y el rigor del maestro.
En los comentados ahora (29-30) determina con más exactitud el modo de la corrección. Dice S. Benito que debe ser inmediata y efectiva. Por ello a los virtuosos y sensatos bastará amonestarlos de palabra, pero a los duros e inflexibles, se les aplicará sin previo aviso el castigo corporal. “Da unos palos a tu hijo y lo librarás de la muerte “(Prov. 23,14) ¿Para que malgastar palabras en admoniciones?
Este proceder un tanto duro, está inspirado en la Palabra de Dios. Para obligar a los israelitas a obedecer a Dios, les hace magníficas promesas, pero también si no le obedecen anuncia terribles castigos.
Para inclinarnos a cumplir el dulce precepto del amor, nos promete el cielo, pero nos amenaza con su rechazo, en el caso contrario:”Apartaos de mi”.
Al hombre caído, no le bastan los motivos de amor y esperanza. Necesita el temor, sobre todo al principio de su conversión.
Una ley que no es acompañada de una sanción, está expuesta a ser letra muerta. Si el código de circulación fuese solamente exhortativo, sin multas ¿Cómo se andaría por las carreteras?
Esto también lo podemos aplicar a nuestra vida particular. Si nuestras resoluciones particulares, no las acompañamos de alguna sanción, casi seguro que seremos poco constantes en el buen camino.
S. Benito une siempre a las prescripciones de su Regla el correspondiente castigo. No bastan las palabras para corregir al insensato y la concupiscencia nos ha hecho a todos más o menos insensatos. El gran sacerdote Heli, hacia observaciones a sus hijos, pero como no les castigaba, no había corrección.
Ciertamente hay espíritus buenos e inteligentes, a quienes basta la más pequeña observación para cumplir su deber. Pero en un monasterio, sobre todo si es algo numeroso, puede haber de todo. Por eso S. Benito, que escribió la Regla como fruto de su experiencia, habla de los indisciplinados, duros de corazón, soberbio, desobediente. Estos no se acuerdan de la enmienda, más que cuando el aguijón del castigo se hace sentir, y así se ha de proceder, dice S. Benito, desde la primera falta.
Después del pecado, la penitencia. Es la ley impuesta por Dios. En la penitencia hay tres elementos necesarios: la acusación, el arrepentimiento y la reparación o expiación.
Por esto, incluso para nuestros defectos ocultos, es muy provechoso imponernos penitencias. Así estaremos mejor impregnados del espíritu de S. Benito.
La corrección es un arte que tiene por fin ayudar a encontrar a aquel a quien se busca y para lo cual se ha entrado en el monasterio.
Hay una sentencia que dice: la gran mayoría de los problemas del presente, nacieron en el pasado. Lo que indebidamente hoy toleramos, se convertirá en un mal crónico. Si se deja hacer a fin de no crearse problemas, lo que hacemos es aumentar problemas. Una pequeña dosis de medicina preventiva, puede evitar muchas pestes y enfermedades después incurables.
En capítulos posteriores (23 al 30) expondrá S. Benito un código penitencial y progresivo, para corregir a los hermanos.
Los objetivos que se propone S. Benito con este modo de proceder, en una escala de valores, es el siguiente:
1º.- Salvación del monje culpable.
2º.- Preservación de un posible contagio comunitario.
3º.-Reparación de la falta.
4º.- Ayudar con el temor a aquellos que aún no están suficientemente motivados por el amor.
76.-Modo de corrección.
A los virtuosos y sensatos, corríjales de palabra, amonestándolos una o dos veces. Pero a los audaces, insolentes, orgullosos y desobedientes, reprímales en cuanto se manifieste el vicio consciente de estas palabras de la Escritura, “solo con palabras, no escarmienta el necio” y también,” da unos palos a tu hijo y lo librarás de la muerte.” (2,29-30)El párrafo comentado estos días de atrás como estos dos de hoy, que son de una notable dureza, son propios de la RB, pues no se encuentran en la RM a lo menos tal como hoy la conocemos.
En los párrafos comentados en días anteriores, (23-25) hace hincapié que en la corrección a de acomodarse a las circunstancias y a la variedad de idiosincrasias que condiciona el comportamiento de los monjes. Sobresale la frase en la que dice al abad que se muestre con la ternura del padre y el rigor del maestro.
En los comentados ahora (29-30) determina con más exactitud el modo de la corrección. Dice S. Benito que debe ser inmediata y efectiva. Por ello a los virtuosos y sensatos bastará amonestarlos de palabra, pero a los duros e inflexibles, se les aplicará sin previo aviso el castigo corporal. “Da unos palos a tu hijo y lo librarás de la muerte “(Prov. 23,14) ¿Para que malgastar palabras en admoniciones?
Este proceder un tanto duro, está inspirado en la Palabra de Dios. Para obligar a los israelitas a obedecer a Dios, les hace magníficas promesas, pero también si no le obedecen anuncia terribles castigos.
Para inclinarnos a cumplir el dulce precepto del amor, nos promete el cielo, pero nos amenaza con su rechazo, en el caso contrario:”Apartaos de mi”.
Al hombre caído, no le bastan los motivos de amor y esperanza. Necesita el temor, sobre todo al principio de su conversión.
Una ley que no es acompañada de una sanción, está expuesta a ser letra muerta. Si el código de circulación fuese solamente exhortativo, sin multas ¿Cómo se andaría por las carreteras?
Esto también lo podemos aplicar a nuestra vida particular. Si nuestras resoluciones particulares, no las acompañamos de alguna sanción, casi seguro que seremos poco constantes en el buen camino.
S. Benito une siempre a las prescripciones de su Regla el correspondiente castigo. No bastan las palabras para corregir al insensato y la concupiscencia nos ha hecho a todos más o menos insensatos. El gran sacerdote Heli, hacia observaciones a sus hijos, pero como no les castigaba, no había corrección.
Ciertamente hay espíritus buenos e inteligentes, a quienes basta la más pequeña observación para cumplir su deber. Pero en un monasterio, sobre todo si es algo numeroso, puede haber de todo. Por eso S. Benito, que escribió la Regla como fruto de su experiencia, habla de los indisciplinados, duros de corazón, soberbio, desobediente. Estos no se acuerdan de la enmienda, más que cuando el aguijón del castigo se hace sentir, y así se ha de proceder, dice S. Benito, desde la primera falta.
Después del pecado, la penitencia. Es la ley impuesta por Dios. En la penitencia hay tres elementos necesarios: la acusación, el arrepentimiento y la reparación o expiación.
Por esto, incluso para nuestros defectos ocultos, es muy provechoso imponernos penitencias. Así estaremos mejor impregnados del espíritu de S. Benito.
La corrección es un arte que tiene por fin ayudar a encontrar a aquel a quien se busca y para lo cual se ha entrado en el monasterio.
Hay una sentencia que dice: la gran mayoría de los problemas del presente, nacieron en el pasado. Lo que indebidamente hoy toleramos, se convertirá en un mal crónico. Si se deja hacer a fin de no crearse problemas, lo que hacemos es aumentar problemas. Una pequeña dosis de medicina preventiva, puede evitar muchas pestes y enfermedades después incurables.
En capítulos posteriores (23 al 30) expondrá S. Benito un código penitencial y progresivo, para corregir a los hermanos.
Los objetivos que se propone S. Benito con este modo de proceder, en una escala de valores, es el siguiente:
1º.- Salvación del monje culpable.
2º.- Preservación de un posible contagio comunitario.
3º.-Reparación de la falta.
4º.- Ayudar con el temor a aquellos que aún no están suficientemente motivados por el amor.
77.-Regir almas.
Siempre ha de tener presente el abad lo que es y recordar el nombre con el que se le llama, y recordar que a quien mayor responsabilidad se le confía, más se le exige. Sepa también cuan difícil y ardua es la tarea que emprende, pues se trata de almas a las que debe dirigir y son muy diversos los temperamentos a los que debe servir. Por eso tendrá que alagar a unos, reprender a otros y a otros convencerles. (2,30-31)San Benito quiere que nunca pierda de vista el abad lo que es, y la gran responsabilidad que entraña su cargo. Así lo indica su mismo nombre y su misión es: “regere animas”, dirigir almas. Tres veces aparece esta expresión (31, 34, 37) en lo restante del capítulo, para recordar, lo que constituye sin duda alguna, la parte más esencial, delicada y cargada de cuidados de esta tarea.
Ahora bien, dirigir almas, significa “servir”, a temperamentos muy diversos y acomodarse a diferentes capacidades intelectuales.
Siendo el párrafo 30 común a ambas reglas, la RB, añade los párrafos 31 al 36. En estos párrafos propios, que no aparecen en la RM, no se cansa en resaltar esta responsabilidad a la menor oportunidad que se le presenta. Y es que para S. Benito tiene mucha importancia, ya que si este ideal se convierte en realidad, la comunidad progresará.
Estas admoniciones que S. Benito dirige al abad, las podemos extender a todos y cada uno de los monjes, ya que las muchas gracias recibidas, son motivo de mayor responsabilidad. Todos tienen responsabilidad en la buena marcha de la comunidad. No tenemos más que recordar las parábolas evangélicas de los talentos.
Cierto que el abad y aquellos que cooperan con él, tienen más responsabilidad de la buena marcha de la comunidad.
Da la impresión que S. Benito está un tanto asustado de esta responsabilidad, quizás fruto de su experiencia, y le recuerda al Superior que tendrá que dar cuenta de la falta de progreso de los monjes, o de la disminución del fervor general, si esto se debe a su negligencia.
El monasterio no es una prisión donde las cerradoras solucionan los problemas, ni un cuartel donde basta la disciplina para que marche bien. No es una reunión de obreros que por medio del salario y la vigilancia se hace producir a la empresa. El monasterio es un conjunto de hijos de Dios, de voluntades libres que es preciso dirigir. Y las voluntades no se someten a fuerza de normas exteriores.
De aquí que S. Benito pondere lo difícil de la misión de regir almas. No es subyugarlas, sino que estén plenamente disponibles a la voluntad de Dios. Y esto exige ayudarlas a desprenderse de los antiguos hábitos, para que aparezca en ellas la imagen de Cristo.
Por consiguiente hay que buscar a cada uno su camino de trasformación, utilizando sus tendencias y recursos.
Un alma mal dirigida, puede perderse. Y cuanto más generosa sea, mayor peligro encierra una mala orientación. Así lo demuestra la historia repetidas veces. Ahí tenemos a Port-Royal y el Jansenismo. En la misma época S. Francisco de Sales orientaba a la santidad a sus religiosas de la visitación. ¡Qué distinto habría sido el destino de Port-Royal y de Sor Angélica, si esta hubiese seguido bajo la dirección de S. Francisco de Sales!
San Benito ve que en el monasterio mandar es estar al servicio de todos. Por esto el superior debe estar atento a ver el modo de mejor de llenar esta misión. No está al frente del monasterio para imponer sus caprichos o criterios. Tiene que estar abierto a los caracteres de cada uno, pero sin ceder ante sus fantasías. Por esto necesita un gran espíritu sobrenatural y de renuncia.
Entre las sentencias que nos ofrece el P. General dice en una de ellas: “la mejor corrección que puede ofrecer a la comunidad es la buena dirección. Está derecho lo que está bien dirigido”. Y también da este consejo: “no lo olvides, el sentido del humor es humedad que distiende y refresca cuando uno está tenso y caliente”.78.-Hacerse todo para todos.
Y conforme al ser de cada uno y según su grado de inteligencia deberá amoldarse a todos y lo dispondrá todo de tal manera, que además de no perjudicar al rebaño que se le ha confiado, pueda también alegrarse de su crecimiento. (2, 32)Este párrafo también es propio de la RB. San Benito da en sustancia la misma respuesta que RM sobre lo que es un abad. Pero cuando trata de como debe comportarse el abad, su respuesta es más personal y en lugar de abreviar, alarga no solo en este capítulo 2º, sino que añade todo un capítulo, el 64, todo original de Benito.
La aportación personal de S. Benito denota no sólo un extremado interés por el tema del abad en general, sino también una especial preocupación que el superior debe tener con los diferentes caracteres de los monjes.
Este tema no estaba ausente del la RM, pero la RB lo enfoca de diversa manera, insistiendo notablemente en él. Las tres omisiones y las tres añadiduras que tiene el capítulo 2º, respecto del texto del Maestro, tienden a borrar el principio de total igualdad tan del gusto del Maestro y recomendar la diversidad de tratamientos, según las personas.
Este respeto por las personas es uno de los rasgos distintivos de S. Benito respecto al Maestro. Pero es particularmente importante ver que lo pone como un deber especial del abad.
Con este modo de proceder se puede hacer frente a unade las principales críticas que actualmente se han hecho al modo de proceder la autoridad en la vida religiosa. Esta crítica reprocha a los superiores haber ignorado las gracias y necesidades personales de los religiosos, sacrificándolas a intereses colectivos y a una concepción no muy evangélica de la obediencia.
Estas críticas han dado origen a un buscar un nuevo modelo de superior religioso, que en lo sucesivo se situaría en el centro de la comunidad, y de ningún modo sobre ella, según Tillard.
Casi resulta innecesario decir que esta imagen de la autoridad es extraña a la RB y los esfuerzos realizados recientemente para encontrarla en el pacomianismo primitivo, han resultado bastante vanos.
Aunque el abad de la tradición benedictina esté claramente por encima de la comunidad, algo que no se puede negar, no impide como vemos en estos párrafos de la RB que sea extremadamente sensible a las necesidades y flaquezas individuales, y lo que quiere inculcar en el abad por todos los medios.
La RB ofrece así un remedio permanente a lo que parece ser una de las causas profundas del malestar en muchas congregaciones.
Y viniendo ya en concreto a párrafo enunciado (32), es notable la frase: “Deberá amoldarse a todos”. Hacerse todos para todos es no rehusar nunca un servicio solicitado, adelantarse a los deseos y legitimas necesidades de los hermanos, es no querer imponer el propio modo de obrar, ni de pensar, sino aceptar con agrado los sentimientos de los demás. Es estar atentos al carácter de cada uno, estar alegres con los alegres y llorar con los que lloran. En una palabra, amar al prójimo como a si mismo, hacerse todo para todos, es la expresión de la verdadera humildad y caridad y de la más pura espiritualidad benedictina.
El P. General, en su última carta recuerda que es la cercanía de Jesús la que permite a los discípulos vivir ese amor gratuito que crea comunidad y comunión. Y después de confirmar lo dicho con algunos textos, termina la frase ofreciendo los medios para alcanzarlo: la escucha de la palabra, la fe y la conversión. No por los lazos de carne y sangre.
Es por tanto la obligación no solo del abad, sino de todo religioso que quiera vivir la espiritualidad benedictina, que le es propio estos rasgos de humildad y amor del mensaje evangélico.
Tanto el superior como el monje que no se hace todo para todos, puede hacer mucho mal a la comunidad, tanto espiritual como materialmente.
Mucho tiene que sufrirse en las comunidades por causa de aquellos hermanos egoístas que quieren imponer sus criterios y modos de obrar, bien sea bajo pretexto de regularidad, bien por la disipación. Son un obstáculo a la paz y progreso en la virtud de los demás hermanos.
Creo que este párrafo nos tiene que ayudar a estar prevenidos y no hacer sufrir a los demás con nuestra manera de ser.
La finalidad de este hacerse todo para todos, tanto del abad como del monje, no es otro que la gloria de Dios. Dice S. Benito: “para que se goce con el aumento del rebaño”. No tiene otra finalidad. Haciendo el bien a los hermanos, cooperemos al bien de la comunidad, para que crezca en número pero sobre todo en virtud. Buenos ejemplos empapados en caridad hacen mucho bien en una comunidad. Y son el perfume del verdadero amor que se derrama en el entorno espontáneamente.
79. Ocupaciones materiales del abad.
Es muy importante sobre todo que por desatender o no valorar suficientemente la salvación de las almas, se vuelque con más intenso afán sobre las realidades transitorias, materiales y caducas, sino que tendrá muy presente siempre en su espíritu, que su misión es la de dirigir almas, de las que tendrá que rendir cuentas. (2,33-34)Pastor de almas, el abad dedicará lo mejor de sus cuidados a sus monjes y así no se volcará con intenso afán sobre las realidades transitorias, materiales y caducas. Podemos resaltar la acumulación de epítetos para señalar la fugacidad e inconsistencia de los bienes temporales, en comparación con el cuidado de las almas.
Estamos en la tierra para que dando gloria a Dios alcancemos la salvación, según el conocido dicho de S. Ignacio en el Principio y Fundamento. La vida temporal es una preparación y purificación para el encuentro eterno, aunque sin rechazar las realidades presentes, pero tampoco sin absolutizarlas, ni ponerlas en una escala de valores, por encima de los bienes espirituales.
Jesús nos ha advertido que en el último juicio, no se nos preguntará si hemos sido buen administrador, gran predicar, célebre músico, ni tampoco si hemos tenido un monasterio espléndido, una comunidad floreciente bajo todos los puntos de vista, si todo el mundo ha hablado bien de nosotros, sino que se nos examinarán del amor. Una cosa solo es necesaria.
Todas las cosas solo serán necesarias y buenas solo en cuento nos ayuden a alcanzar el último fin. Todo lo que pueda obstaculizar la salvación, la gloria de Dios, en nuestra vida, no sirve absolutamente para nada. Toda pasa y nosotros mismos pasaremos tan rápidamente como los demás.
S. Ignacio, para ayudar en el discernimiento de la voluntad de Dios y evitar equivocaciones, dice que se ponga uno en la situación que le gustaría haber tomado en la hora de la muerte. A esta luz ¿cómo veremos nuestra vida actual? ¿Nuestras preocupaciones y aspiraciones actuales? Duro sería comprobar que muchas de estas preocupaciones y aspiraciones han sido vanas para la eternidad.
Por todo esto, San Benito recuerda en este párrafo que también es original suyo, que el abad y podemos decir también todos y cada uno de los monjes, no se vea aplastados por los cuidados temporales, de modo que sofoquen con su peso la vida espiritual.
Somos sensibles y las cosas sensibles nos impactan más que los misterios de la fe, que no entran por los sentidos. Se pueden presentar especiosos pretextos para engañarnos. Necesidades urgentes de lo material. Dios quiere que busquemos lo necesario. Y sin duda es cierto todo esto, Dios lo quiere. Pero sin olvidar lo esencial que Dios también quiere por encima de todo lo material, la unión de nuestra voluntad con la suya.
Las consecuencias de enfocar mal estas necesidades, son perniciosas, pues podemos terminar arrastrados por las cosas materiales. Y como San Benito veía este peligro como algo real, pone en alerta al abad.
A través de toda la regla, vemos que S. Benito quiere que nos ocupemos de las cosas materiales, realizarlas, responsabilizarnos de ellas pero no ahogando el espíritu. Que no pensemos más en el aumento de las rentas que en el crecimiento espiritual de la comunidad.
Precisamente hablando de las cosas materiales, es cuando S. Benito nos ha dejado lo que podemos llamar su lema” ut in ómnibus glorificetur Deus”, para que Dios sea glorificado en todo.
El peligro propiamente dicho no viene de las cosas materiales y temporales, sino de la manera de considerarlas y entregarse a ellas. Incluso un simple monje sin ninguna responsabilidad puede estar más preocupado por lo material que el mismo abad o que el cillerero.
Las verdades de la fe, frecuentemente meditadas pueden prevenir estos males. De aquí la importancia de los días de retiro especialmente mandados para los que tienen responsabilidades materiales y útil para todos y así recordar el instrumento 48 de las buenas obras:”Vigilar a todas horas la propia conducta”.80.-Buscar el Reino de Dios.
Y para que no se le ocurra poner como pretexto la escasez de bienes materiales, recuerde lo que está escrito:”buscad primero el reino de Dios y su justicia, y lo demás se os dará por añadidura”. Y en otra parte:”Nada les falta a los que lo temen”. (2,35-36)Con estos dos párrafos finaliza el párrafo propio de la RB en este capítulo 2.
Este entregarse con mayor empeño a lo espiritual, es un tema que trata la “Carta de Cesáreo”, pero con un enfoque diferente. Cesáreo quiere que el abad esté ocupado en lecturas santas y en la oración. La RB quiere que el abad se preocupe con mayor intensidad en el cuidado de las almas. Solo esta frase encontramos como fuente en la Carta de Cesáreo. En el resto de ella, no se encuentra ningún aviso a los superiores para no dejarse absorber por los cuidados temporales.
En la RM se desarrollan estas ideas, pero no con respecto al abad, sino del prepósito. Este tiene como principal trabajo velar por los hermanos de su decanía.
San Gregorio, en los Diálogos cuenta una curiosa historia de un abad que ponía en peligro las almas de sus monjes, para remediar la pobreza material del monasterio. Y por el contrario, en los milagros que narra de S. Benito se ve un modo de obrar totalmente contrario.
La providencia de Dios se ocupa de todas las criaturas “¿por qué os inquietáis por lo que tenéis que comer y beber? ¿Acaso vuestro Padre del Cielo no sabe que tenéis necesidad de todo eso? Cinco pájaros se dan por dos cuartos y ninguno de ellos es olvidado por el Padre del Cielo. Considerar los lirios de los campos, no trabajan ni hilan, y están mejor vestidos que el mismo Salomón en toda su magnificencia. Si Dios alimenta así a los pájaros y viste a las hierbas del campo, ¿Cuánto más os dará a vosotros lo necesario?” Lu.12, 22-30 Y termina con la promesa formal que S. Benito hace suya: “Buscad el reino de Dios y todo lo demás se os dará por añadidura”
No solamente se ha de entender de los bienes espirituales, sino también de los temporales que son necesarios. Basta que se lo pidamos, e incluso ni siquiera exige esto, porque nuestro Padre conoce nuestras necesidades. Pidámosle el Reino de Dios, que está dentro de nosotros, y todo lo demás se nos dará por añadidura.
La providencia no se ha comprometido a satisfacer todos nuestros deseos, aún los más legítimos en apariencia: cese de persecuciones, curación de una enfermedad, pago de una deuda…ni tampoco a realizar nuestros planes personales, ni a hacer milagros. Todo esto podemos pedirlo y esperarlo de su misericordia, pero no se nos concederá sino en cuento sea útil a nuestra santificación.
La Providencia es Dios infinitamente bueno, justo, poderoso. Nos conduce a nuestro fin por caminos amorosos, pero quizás un tando desconcertantes para nuestros planes humanos.
Por consiguiente, lo que podemos y debemos esperar de la Providencia son los medios de santificación. Dios ciertamente nos dará los bienes temporales necesarios y útiles a nuestra alma.
Para obtener los bienes temporales necesarios, debemos buscar ante todo el reinote Dios. Es el mismo Jesús el que ha puesto esta condición. Buscando la gloria de Dios encontraremos nuestra ventaja espiritual y material.
Si buscamos sinceramente la voluntad de Dios, estaremos contentos con todo lo que nos depare el Señor. Puede parecer que nos olvida en ciertos momentos, que nos abandona en necesidades extremas. No hay que desalentarse, pues tienen un objetivo que nos es desconocido.
Para salir airosos de una empresa por difícil que parezca, hay que estar seguros antes, de que Dios lo quiere, y después se ponen los medios humanos conformes con su voluntad y finalmente hay que esperar el resultado. No pretendamos alcanzar algún fin sin poner lo que está de nuestra parte. Cuantas veces lo he experimentado.
Aquí tiene plena aplicación el dicho ignaciano de confiar y esperar como si todo dependiese de Dios y obrar como si todo dependiese de nosotros.81. Celo de las almas.
Sepa una vez más que ha tomado sobre sí, la responsabilidad de dirigir almas y por lo tanto debe estar preparado para dar razón de ellas. Y tenga también por cierto, que el día del juicio deberá dar cuenta al Señor de todos y cada uno de sus hermanos, que ha tenido bajo su cuidado y por supuesto, de su propia alma. (2,37-38)Es la quinta vez por lo menos, que en este capítulo recuerda S. Benito al abad, que sobre todo está encargado de las almas. Y que de este cuidado ha de dar cuenta.
El celo de las almas ha de ser la primera virtud del superior y también tiene que ser una virtud de todos los monjes. La caridad exige de nosotros el celo de las almas. Es imposible recitar el Padrenuestro sin sentir la necesidad del celo por la salvación de las almas.
Pedimos en efecto que el nombre de Dios sea santificado y glorificado. Pero su gloria es que la criatura consiga el fin para el que ha sido creada. Deseamos que venga su reino, y se extiende su reino dándole a conocer a los hombres. Pedimos que se haga su voluntad. Y su voluntad es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Jesús expresaba este deseo cuando decía: “Fuego he traído a la tierra y ¿que otra cosa quiero, sino que arda?”
Si le amamos, hemos de esforzarnos en colmar su deseo de ver llegar a la gloria a todas esas almas que le han costado tantos dolores, toda su sangre, pues las ha amado hasta la muerte y muerte de cruz.
Si no tenemos celo por la salvación de las almas, ¿podremos decir que realmente amamos a Dios? Oh insondable misterio que de la santificación de unos pocos, dependa la salvación de muchos, dejó escrito en la encíclica Mystici Corporis, Pío XII.
El amor de Dios y del prójimo es un solo amor, si se tiene, se tiene para los dos y si falta también faltará para los dos. Cuando más cerca de Dios está un alma, más intenso es su amor al prójimo. Ahí tenemos el ejemplo de Sta. Teresa del Niño Jesús que lo confirma abiertamente.
Amar al prójimo es procurarle el bien que le es necesario. Si la limosna material es un deber, ¿qué diremos de la espiritual? Es infinitamente más preciosa y necesaria. Y todos estamos en posibilidad de darla. Se la debemos a todas las almas, pero ciertamente hay algunas por las que tenemos una particular obligación. Pero todas son objeto del amor de Cristo.
A esto nos obliga nuestra vocación. El sentido de la consagración en la vida religiosa por el voto de castidad, según dice el PC nº 12, es para más amar a Dios y a los hermanos.
Todos somos miembros de un mismo Cuerpo, somos la Iglesia y cada uno lo hace desde su vocación peculiar. A nosotros nos ha tocado lo que podemos llamar el mismo corazón de la Iglesia. La C. 31 dice”la vida monástica fielmente vivida, está íntimamente unida con el celo por el Reino de Dios y la salvación de todos los hombres. Los monjes llevan en su corazón esta solicitud apostólica.”
La vida contemplativa es una forma peculiar de participar en la misión de Cristo y de la Iglesia. En consecuencia,” por mucho que urja la necesidad del apostolado activo, no pueden ser llamados a colaborar en los distintos ministerios pastorales, ni presentar su servicio en actividades externas” PC 7.
La C. 31 es como el modo de poner en práctica el nº 7 del PC. Y años antes Pío XI, el Papa de las misiones, había dicho que “los que se dedican a la oración y penitencia hacen más por la extensión del Reino de Cristo que los que trabajan directamente en el campo misionero.” Y al leer esto, los misioneros dijeron: que razón tiene el Papa al afirmar esto.82.-Conclusión del capítulo segundo.
Y así al mismo tiempo que teme sin cesar el futuro examen del pastor sobre las ovejas a él confiadas y se preocupa de la cuenta ajena, se cuidará también de la suya propia, y mientras que con sus exhortaciones da lugar a los otros a enmendarse, el mismo va corrigiéndose de sus propios defectos. (2,39-40)San Benito termina el capítulo segundo en compañía del Maestro y nosotros también lo terminamos de comentar, con unas frases que insisten una vez más en la cuenta que debe dar el abad de todas y cada una de las almas de los monjes, añadida por supuesto la suya propia.
Este pensamiento lo llenará de santo y saludable temor, y mientras procura que los demás se enmienden de sus defectos, él mismo se irá purificando de los propios.
Una descripción, más que definición de la santidad, podría ser esta: la muerte a sí mismo, para poder dar lugar a la unión perfecta con Dios.
La vida contemplativa, como toda vida religiosa, no tiene otra labor que hacer, si no es purificar el amor propio, para poder unirse a la voluntad de Dios con todas las potencias del alma, así sometidas a la voluntad divina. Vemos esta es la labor que hace D. Benito abad del monasterio de Gethsemani con el Hº Joaquín.
Pero puede suceder que bajo pretexto de vida contemplativa, se pudra alguno en un egoísmo, buscándose refinadamente a sí mismo, se hace una pequeña ermita en sí mismo y todo en honor del amor propio.
Se pueden encontrar religiosos aparentemente piados, a los que no se puede tocar sin que se les venga abajo toda su sacristía, y se llenen de turbación.”Tangitmontes, et fumant”, toca a los montes y echarán humo (salmo 103)
Si tenemos el verdadero celo por las almas, tendremos el verdadero amor de Dios y nos olvidaremos de nosotros para estar atentos a la divina voluntad.
En cualquier lugar que estemos, en el trabajo, en la oración, en lugar de languidecer en distracciones o buscando en qué ocupar la mente, podemos recorrer el mundo posando nuestro recuerdo y súplica por tantos sufrimiento, calamidades, ofensas a Dios, por todos los necesitados de la gracia de Dios. En la Sta. Misa ofrezcamos al Señor y nos ofrecemos con él por el mundo entero. Este es un verdadero espíritu monástico, que como a Sta. Teresa del Niño Jesús, el mundo le parecía pequeño y el tiempo limitado para extender su celo misionero.
Si las gracias de contemplación corrían tan abundantemente en los monasterios de Sta. Teresa, según su propio testimonio, era porque las religiosas practicando todas las virtudes que las llevaban a la unión con Dios, y esto les acrecentaba el celo por la salvación del prójimo.
Si leemos atentamente los “Anales” de nuestra Orden, se advierte que los siglos de santidad han sido los siglos de celo apostólico. Y el celo es y ha sido siempre un canal de gracias para los monasterios.
Orando y sacrificándonos por la extensión del Reino de Cristo, obtendremos misericordia para nosotros mismos. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Todo lo que hacemos por los demás, lo considera el Señor como hecho a él mismo.
Pensando en las miserias de los otros, lejos de olvidar las propias, las sentiremos con más viveza. Podemos dar gracias a Dios si no hemos caído en la misma falta, ya que en lo que cae un hombre es capaz de caer otro, sin un auxilio de la gracia. Este pensamiento mantenía en la humildad y el agradecimiento a Sta. Teresa del Niño Jesús. Pidiendo y trabajando por la conversión de los otros, alcanzamos la gracia de la propia perseverancia.
Con este celo, los trabajos, las penas, las austeridades, la oración personal y coral, adquieren un nuevo sentido. No se languidece en el camino de la perfección. Cuanto mayor sea su celo, mayor será su fervor y su felicidad por estar unido a Cristo en su obra redentora.