335.- El espiritu de la oración.
Con dos breves capítulos dedicados a la actitud en la salmodia y la reverencia en la oración, termina la RB el ciclo que dedica a la Obra de Dios.
A continuación del cursus benedictino, nos encontramos con dos capítulos de carácter diferente, con frases extremadamente concisas y que comentaremos en días sucesivos. Contienen la experiencia medular de la oración.
S. Benito no quiere ni puede decirlo todo, porque tiene la experiencia de que nos encontramos en el terreno del Espíritu, el único que puede mostrarlo todo a su operario.
El cap. 19 ofrece dos pistas fundamentales para vivir el Oficio Divino, la proximidad de Dios, y la regla de oro de la autenticidad: que nuestra mente concuerde con nuestra voz.
La presencia de Dios, la proximidad de Dios es la fuente de donde brota con más autenticidad la adoración y la alabanza. Es una realidad que nos ha sido dada y manifestada por Jesucristo, y que solo captamos por la fe. A partir de aquí, poco a poco, la convicción de ser mirado con amor, de ser poseído y a la vez infinitamente respetado, se va apoderando del hombre, y se va creando un hábito de referirlo todo a Dios sin esfuerzo, sin crispación, con naturalidad, con una comunión cada vez más intensa con los hermanos en la fe.
Pero esto lo debemos hacerlo particularmente cuando estamos en el Oficio Divino.
De aquí se derivan tres actitudes que S. Benito ilustra con textos de la Escritura. La reverencia a Dios, una atención delicada y de comunión con la iglesia del cielo. Ella participa plenamente de la victoria de Cristo.
El problema está en vivir esa proximidad, de vivir la presencia de Dios sin engaño. Muchos se quedan a medio camino, no llegan al final. ¿Por qué? Dios no nos falla, va poniendo en el corazón del monje hambre de oración.
Por nuestra parte se trata de un combate duro, que exige lo que en nosotros hay de mejor. El monje Silvano de Monte Athos decía:"0rar es dar la sangre del propio corazón." Si miramos la propia experiencia constataremos que ha habido todo un trabajo de purificación. Un liberarse de formas, de estilos, concepciones antropomórficas, Estamos avezados a constatar sensiblemente la proximidad de Dios. Y cuando empezamos a subir la montaña, cuando estamos para entrar en la Nube, nos llega la duda de modo que lo que debía ser una invitación a vivir una fe más lúcida, se convierte en ocasión de tropiezo.
Para algunos esto significa el abandono definitivo, la aceptación de fracaso. Pero para aquellos que no se buscan a sí mismos, se convierte en la
hora del despojo, del abandono total en las manos de Dios para vivir más intensamente el misterio de Dios en la fe.
Luego nos damos cuenta que en los momentos de oscuridad, de lucha más dura, han sido los más decisivos en nuestro camino de oración.
Desde el grito de Cristo en la cruz, sabemos que ni el sentido de ausencia, ni el de eficacia de nuestra relación con Dios, han de apartamos de la entrega sin condiciones de aquel que es más grande que todos los males. Somos hijos de nuestro tiempo y la oscuridad del ateísmo y del nihilismo envuelve a veces nuestro corazón. Para superar estos escollos es necesario que nos mantengamos perseverantes en la oración de total impotencia según la profunda expresión del abad Basilio Hume. Hemos de ser suficientemente decisivos y atrevidos para dar a Dios una respuesta de confianza total.
Cuando se nos presenta incomprensible en medio de la duda, del dolor y la culpa. Entonces es cuando aprendemos que este Tu de Dios Padre al que nos dirigimos en la salmodia y en el diálogo secreto de la oración es mas grande que todas las imágenes que de él nos hacemos, pero que a pesar de ello, el está realmente aquí, cerca de nosotros, con nosotros, y que por él merece la pena darlo todo.
Entonces conocemos un poco la locura de los santos y somos capaces de mirar nuestro mundo con una gran esperanza y ternura. Entonces es cuando aprendemos a ver las lacras de la Iglesia sin dejar de amarla, de aceptar a cada persona tal cual es, como una exigencia que anima e infunde confianza, pero es necesaria una gran fidelidad que Brondel expresa así en sus notas íntimas: "No hablar nunca de Dios de memoria. No habar de él como de un ausente"
336.- Unidad de la oración cristiana. Cap. 19-20
En estos capítulos ya no trata de organizar los diferentes Oficios, como los precedentes, sino de precisar las disposiciones interiores de los monjes que oran. Pese a su brevedad, la importancia de estos textos es de gran alcance, y su relación recíproca muy estrecha.
En efecto, el cap. 19, la actitud durante la salmodia, tiene como complemento natural el 20, la reverencia de la Oración.
De hecho todas las directrices sobre la oración comunitaria o personal, se encuentra prácticamente condensadas en estos dos breves tratados, que no conviene separar, sino unir y confrontar. Nos manifiestan lo esencial y el espíritu de la obra de Dios, que al fin y al cabo es la verdadera vida espiritual del monje.
Salmodia y oración silenciosa, no son más que dos aspectos de una misma realidad. Dos momentos de un mismo movimiento del alma hacia Dios. La distinción rigurosa entre oración comunitaria y oración privada, oración mental y vocal, es cosa relativamente moderna.
Las relaciones entre liturgia y contemplación, que han preocupado recientemente a algunos, ni siquiera pasó por la mente de los antiguos cristianos. Suponer esta distinción en la espiritualidad de aquellos siglos, no resultaría solo un anacronismo, sino que nos privaría de comprender su doctrina y su práctica de la oración.
Para a los antiguos monjes, como para todos los cristianos de su época, había una sola oración. Se ore trabajando en los campos o en el monasterio, solo o en compañía de los hermanos, la oración era siempre un coloquio personal con el Señor. Un coloquio, hay que añadir seguidamente, fundado básicamente en la Escritura y a través de la Escritura. Dios habla al hombre con la palabra revelada, y el hombre contesta a la palabra de Dios sirviéndose de ella o inspirándose en ella. De aquí el aprecio que la Iglesia siempre ha tenido del Salterio, el gran libro de oración de la Biblia. Para hablar con Dios no tenemos más que leer, escuchar, rumiar, meditar, repetir a Dios lo que El nos dice. Repetirle las palabras que él nos sugiere. Verter nuestro pensamiento y deseo en las fórmulas que El nos muestra, hacer nuestras las verdades que El nos enseña.
Los monjes de la Edad Media heredaron su concepto de oración de la edad patrística. Y esta de la apostólica, y esta de la sinagoga. La RB no pudo adoptar otro concepto de oración que no fuese esta. Los mojes anteriores y los de su tiempo, había hecho de la Biblia la fuente casi única de su oración. De modo que todas las fórmulas que nos ha legado, están henchidas de savia bíblica. Repletas de frases, ideas y reminiscencias de la Escritura tan eminente que nos llenan de asombro.
La palabra de Dios, ámbito y objeto del diálogo del hombre con su creador, resonaba particularmente en el Oficio Divino y en la litúrgica eucarística dominical y festiva, y que era proclamada de un modo más solemne.
Los divinos Oficios están repletos de la palabra de Dios. Son una oración bíblica. La gran mayoría de sus textos proceden de la escritura. Los otros se inspiran en ella, como los himnos o la comentan, como las homilías, o tratados de los Padres de Iglesia.
Basta leer los cap. 8-18 de la RB para darse cuenta que los monjes que la observaban, no hacen otra cosa en el Oficio Divino que pronunciar, rezar y escuchar la Sagrada Escritura, y algunos textos incomparablemente menos números, que les están intrínsecamente vinculados.
Intentaremos profundizar más en estos capítulos para enriquecer con más luces nuestra oración comunitaria y particular.
337.- Oración según los cap. 19-20
Ya hemos visto como la RB hace una cuidadosa ordenación del Oficio divino en los Cap. 8-18, pero no debe desorientamos pensado que la RB no da importancia a otras clases de oración.
La oración personal o privada no es olvidada o descuidada por la RB. En primer lugar porque como era costumbre en el uso monástico, se intercalaba después de cada salmo una oración silenciosa
En segundo lugar porque la RB, llama oración tanto al Oficio Divino como a la oración particular, tanto durante el Oficio o fuera de él ya que ambos no son más que efectos de una misma realidad.
Tercero, porque para su autor, como para todo el monacato primitivo, toda la vida del monje, sin excepción de ninguna de sus parcelas todo era Opus Dei. A. Veilleux lo ha afirmado analizando textos primitivos del cenobitismo pacomiano. Existe una unión muy estrecha entre la oración que hace el monje particular a lo largo del día a la que hace en la synaxis, como entre la expresión comunitaria de la oración y la que brota del corazón de cada uno de los monjes. La unidad es más profunda ya que abarca toda la vida, toda la ascesis del monje. La vida moral queda estrechamente unida a su oración.
La RB dedica casi una séptima parte de su contenido a la ordenación del Oficio, simplemente porque se trata de una oración comunitaria y por lo tanto debe someterse a unas reglas en lo que tiene de exterior. Sin embargo, casi al final sólo dedica dos breves capítulos 19-20 a la oración intima. No pretende reglamentarla, sino dar unas pocas directrices tomadas de la Escritura, sobre la actitud interior que debe tener el monje que quiere entrar en diálogo con Dios.
S. Benito quiere que el monje sea hombre de oración. Lo contrario resultaría inconcebible, sencillamente porque el monje es por definición un hombre de oración. Según las "homilías espirituales", "monje" es aquel que "invoca a Dios con una oración incesante. El monje auténtico, dijo S. Epifanio debe tener continuamente en su corazón la oración y la salmodia."
La RB está impregnada del ideal monástico divulgado por Casiano, y precisamente en la primera y más fundamental de sus Colaciones leemos: "Este debe ser nuestro principal conato, esta la orientación: que nuestra mente permanezca siempre adherida a Dios y a las cosas divinas". Y en la novena:"Todo el fin del monje y la perfección del corazón tiende a perseverar en una oración continua e ininterrumpida, y, en cuanto lo permite la humana flaqueza, se esfuerza en llegar a una inmutable tranquilidad de espíritu y a una pureza perpetua". Y Un poco más adelante:" El fin del monje y su más alta perfección consisten la oración perfecta".
338. - Creemos que Dios está presente en todas partes y que los ojos del Señor están vigilando en todas partes a buenos y malos, pero, esto lo debemos creerlo principalmente, sin la menor vacilación cuando estamos en el oficio divino (19,1-2)
El cap. 19 de la RB enseña al monje la actitud interior con la que debe tomar parte en el Oficio, está lleno del recuerdo de Dios. La estructura de este capítulo es muy simple.
Empieza por un preámbulo en el que expresa la fe en la presencia omnímoda de Dios. Fe que debe ejercitase sobre todo durante la obra de Dios. Son los v 1 y 2 que hoy consideraremos.
Sigue una primera conclusión recordando lo que dice el salterio en tres pasajes, para ajustar la propia conducta a sus exhortación, v. 3-4 y termina con la conclusión final en dos tiempos: como debe comportarse en la presencia de Dios v. 6 y segundo pensar en lo que se está cantando al participar en la salmodia. v. 7.
La fe nos dice que Dios está en todas partes y que todo lo ve. Nosotros no sólo tenemos que creerlo, sino también pensarlo y vivirlo.
"Los hermanos fomentando continuamente el recuerdo de Dios prolongan el Opus Dei a lo largo del día. Vele pues el Abad para que cada uno disponga ampliamente de tiempo libre para dedicarse a la lectura y a la oración. Procurando todos que los alrededores del monasterio favorezca el silencio y la quietud." Así nos hablan nuestras actuales constituciones respecto a la "Memoria Dei".
S. Benito dice que debemos tenerla de un modo particular cuando asistimos al Oficio. Ya había puesto este mismo principio al comenzar la escala de la perfección. Este pensamiento de la presencia de Dios tiene que acompañarnos en todas partes. La presencia de Dios nos preserva de todo pecado, si consideramos su mirada fija en nosotros, penetrando hasta nuestros pensamientos y hasta lo profundo de nuestros sentimientos y deseos. En todo lugar los ojos del Señor nos miran, dice S. Benito. No son los ojos de un policía que nos persigue, sino de un padre amoroso que su amor es lo que le hace que su mirada esté siempre sobre sus hijos.
Sabiendo que somos mirados con amor, encontraremos el modo de siempre agradarle, y cómo practicar las virtudes.
Siendo el Oficio la gran ocupación del monje y fuente principal de su santificación, es por lo que debe estar atento a esta presencia de un modo particular durante su celebración.
Debemos comenzar nuestro Oficio con un acto de fe firme y sincera en la presencia de Dios. De este acto bien hecho y renovado de tiempo en tiempo dependerá nuestra atención en el oficio, y también las gracias que de ahí obtengamos.
Dijo Jesús, "donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
Para cantar las alabanzas a su nombre es para lo que nos hemos reunido en el coro. Allí está en medio de nosotros según su promesa Es su obra la que realizamos.
Cuando suplicamos que nuestra oración se eleve hasta el Cielo, estamos seguros que el corazón de Dios se inclina hacia nosotros, nos atrae hacia El y hace más y más intima nuestra unión con El.
La oración y en particular la de la Iglesia, derriba el muro que separa el cielo de la tierra. No formamos más que un coro con los ángeles. Si no gozamos como ellos de dulzuras y consolaciones por la presencia de Dios poseemos no obstante esa divina presencia.
El Señor está presente en nuestras Iglesias. Dios había prometido a Salomón habitar en su templo y tener sus ojos y sus oídos siempre atentos en aquella casa levantada en su honor.
Si los judíos estaban orgullosos de la presencia de Dios en su templo, cuanto más lo debemos estar nosotros, alegres por su divina presencia, ya que poseemos la presencia real de Jesús en la eucaristía. Tan realmente como estaba en Nazaret, Belén o el Calvario. Presente con su cuerpo y su sangre. Nos oye, nos ama, así pues tenemos la dicha de cantar en Oficio. ¿Cómo nos debemos penetrar del recuerdo de su presencia? El estar conscientes de esta presencia es motivo suficiente para animar nuestro canto, alimentar la atención de nuestro espíritu.
Puede ser también esto ocasión de reflexionar del respeto con que estamos en el templo.
339.-Actitud de santo temor.
Por tanto, tengamos siempre presente lo que dice el profeta:
"Servir al Señor con temor " (19,3)
La primera actitud que S. Benito señala como propia del que quiere recitar el oficio divino, está tomada de los salmos y es a la vez como una manifestación de que el servicio del monje es la obra de Dios, y en esta frase inculca el temor del Señor: "Servir al Señor con temor".(Sal 2,11)
No hay que tomar aquí temor en el sentido ordinario, es decir el sobrecogimiento de la criatura en presencia de Dios, sobrecogimiento acentuado por la conciencia de pecado que esta presencia descubre.
Este temor es el respeto profundísimo, único que constituye el fondo indispensable de toda actitud verdaderamente religiosa. El temor reverencial, reflejo normal de los creyentes ante la majestad divina, con la que se atreve a dialogar.
El temor en la Escritura es el equivalente práctico del sentido religioso de la piedad.
A los monjes que toman parte del Oficio, se les recomienda por lo tanto la actitud compleja y simple a la vez que se resume con la palabra reverencia, tan estimada por S. Benito. Claro que no es cualquier clase de reverencia, sino esa reverencia única debida solamente a Dios. Es la reverencia a la que hace referencia en el capítulo siguiente al tratar de la "reverencia" de la oración. También pide S. Benito esta reverencia cuando sales los monjes del oratorio cuando termina el oficio (c.52) o la que se tributa cuando se levantan de los asientos al cantar el Gloria Patri.
Esta reverencia o temor, ha de ser ante todo interno, como consecuencia del recuerdo de la presencia de Dios.
Este temor reverencial se traducirá internamente en sentimientos de adoración profunda, de confusión sincera y vigilancia atenta.
Adoración profunda ante el Dios tres veces santo que es nuestro todo, de quien todo lo hemos recibido.
Confusión profunda y sincera ante este Padre a quien hemos correspondido muchas veces a sus beneficios con ingratitud. Finalmente vigilancia para no apartar de nosotros, por nuestra negligencia, la misericordia que venimos a implorar. Para no ofender la mirada de este padre que ve hasta las más pequeñas falta y a quien un día daremos cuenta de cómo hemos recitado el Oficio en su alabanza.
Este respeto interno, del corazón, es el que mira a Dios ante todo y el que da valor a nuestros homenajes externos. Si existen el en el corazón estos sentimientos de temor reverencial, deben traducirse externamente en nuestra conducta, siguiendo fielmente todos los movimientos del coro, haremos las inclinaciones con gran respeto. No nos permitiremos disipación alguna, guardando cuidadosamente los sentidos para que no se aparten a las criaturas.
En un coro como el nuestro, de cara a los fieles, hemos de poner un cuidado particular en la vista. S. Bernardo da esta norma: "Estando en el coro no llevéis la vista más allá de donde se extienda la estatura de vuestro cuerpo. Así evitareis muchas divagaciones del espíritu".
Si el sentimiento de la presencia de Dios es necesario para conservar la modestia en nuestro cuerpo, esa modestia es a la vez indispensable para conservar el espíritu de recogimiento interior.
Esta reverencia se ha de manifestar también en el canto, que ha de ser sencillo y puro, que va derecho a Dios y cuya finalidad es ayudar a la oración. Tal fue el canto de nuestros Padres en tanto se mantuvieron el primitivo fervor. Más tarde cayeron en la afectación y molicie en el canto, sobre todo en la época barroca.
A un santo abad de nuestra Orden le fue revelado las tres cosas que desagradaban a Dios en la Orden de Cister en aquellos momentos: "La gran extensión de las posesiones, la suntuosidad de los edificios y la molicie del canto".
Vamos al coro ante todo para orar. Cantemos con fervor, exhorta S. Bernardo, a la vez con reverencia y ardor, no dejándonos llevar del sueño o la negligencia. Hagamos resonar con la boca y el corazón las palabras del Espíritu Santo.
340.- Y en otro lugar "cantad sabiamente" 19,4.
El segundo texto del Profeta, que aduce la RB es una recomendación de cantar con sabiduría. El temor de Dios según los sabios de Israel es el comienzo de la sabiduría. La reverencia de que hemos hablando anteriormente, engendra sabiduría. Y parafraseando el texto bíblico, podemos decir que el temor del Señor significa espíritu religioso.
Pero podemos preguntar qué entendía S. Benito por sabiduría, al citar aquí esa consigna. ¿Ciencia, arte, sensatez, perfección, cuidado, esmero? Es difícil precisarlo, tal vez todo ello al mismo tiempo. Pero de lo que no cabe duda es que "sapienter" se refiere en primer lugar o quizás exclusivamente a la actitud espiritual del monje que celebra el Oficio.
La disciplina psallendi de que se habla en este capítulo, no tiene nada que ver con las rúblicas o ceremonias. Es la disciplina del hombre interior.
Es necesario tener en cuenta en primer lugar, lo que vamos a hacer en el Oficio. Sabemos sin duda que el Oficio divino es la oración oficial de la Iglesia. Es "en verdad la voz de la Esposa que habla al Esposo, más aún, es la oración de Cristo con su cuerpo al Padre" SC 84.
Solo nuestro Señor ha podido comprender en profanidad el sentido del culto divino ya que sólo El conoce la dependencia de la criatura frente a Dios. Solo El puede dar un culto digno del Padre, porque solo El, como hombre-Dios puede producir actos de adoración, de acción de gracias, de reparación y oración de un valor infinito.
Nuestro culto no es más que una participación del culto de nuestro Señor al cual nos asociamos. Separado de nuestro Señor, nuestro Oficio, no sería verdaderamente el Oficio Divino. El Oficio Divino es nuestro Señor rindiendo por la humanidad sus homenajes al Padre y agrupándonos en tomo a él por el ejercicio del culto. (Conf. SC 99)
Para cantar sabiamente, no sólo hemos de conocer el sentido general del Oficio, sino también el sentido de cada Oficio en particular, el sentido de los salmos, de las antífonas, de los responsorios, de los himnos, el sentido de las posturas en el coro, del encadenamiento de las oraciones. Hay en cada Oficio una gracia que pedir, un misterio que celebrar.
El verdadero contemplativo considera un deber estudiar todo esto, para nutrirse del Oficio. Es necesario que pongamos todos los sentidos en nuestra oración, para rendir a Dios un culto agradable.
El Oficio Divino es nuestra principal ocupación, por tanto debe ser el objeto principal de nuestros estudios. Sería penoso que después de tantos años, no hubiésemos penetrado el sentido del Oficio. No sería correcto que las gentes del mundo conociesen sus oficios materiales mejor que nosotros el nuestro espiritual.
341.- En presencia de los ángeles te alabaré. Meditemos pues con que actitud hemos de estar en la presencia de la divinidad y de los ángeles. (19,5-6)
S. Benito quiere que siempre recordemos lo que creemos, actualizando la fe. En la exhortación para participar debidamente de la salmodia, a cedido la palabra a la Escritura proponiendo tres frases tomadas de los salmos.
Ya hemos considerado dos de ellas. La tercera es el versículo del salmo 137, 1, que dice, en presencia de los ángeles te alabaré. O más exactamente: te cantaré salmos. Con esto presenta nuevas perspectivas.
Encontrándonos ya en presencia de la divinidad ¿qué puede importar la presencia de los ángeles? Cierto que esto no supone un aumento del temor, de respeto, de benevolencia o de sabiduría en la comunidad monástica. Lo que probablemente quiere dar a entender la Regla con esta tercera cita es que el Oficio divino de los monjes es no sólo una anticipación de la liturgia celeste, sino una participación del culto que tributan a Dios los espíritus angélicos.
La presencia de los ángeles representa en la disciplina psallendi un papel muy importante. Lo demuestra la Regla al insistir en el mismo concepto a renglón seguido, cuando dice: Meditemos pues en que actitud debemos estar en la presencia de la divinidad y de los ángeles.
Según una antigua metáfora, los monjes aunque no ángeles, si son compañeros e imitadores de los ángeles. Incluso pueden llamarse ángeles porque son como ángeles.
En los diversos puntos de contacto en los que se relaciona a los monjes con los espíritus celestes, destaca el culto divino. Las maravillosas visiones apocalípticas descritas por Juan, llenaron la imaginación de los primeros siglos cristianos. En adelante, los ángeles se convirtieron en los adoradores de Dios por excelencia.
El oficio de los ángeles consiste en alabar a Dios sin cesar, dice S. Ambrosio. Glorificar a Dios, dice S. Basilio, es la ocupación de los ángeles, ensalzar al Señor es la única función de todo el ejército celeste.
Los textos patrísticos son abundantes. Alabar a Dios celebrar los divinos oficios, equivale a imitar a los ángeles, a llevar vida angélica. Salmodiar es ejercer la actividad de los ángeles, vivir de un modo celestial. Quemar delante de Dios un incienso enteramente celestial. ¿Qué cosa hay más dulce en este mundo que imitar a los coros de los ángeles, y saludar al Creador desde el alba con himnos y cánticos? Dice S. Basilio.
La RB no poetiza. Su propósito no consiste en parafrasear los viejos temas, las maravillosas metáforas de los Padres de la Iglesia, pero las conoce, se adivinan en su trasfondo. S. Benito sentía vivamente la unión del cielo con la tierra durante la celebración del Oficio divino. Para él, el Opus
Dei no es solo imitar lo que hacen los ángeles en el cielo, sino que se hacen realmente presentes en la liturgia monástica y los monjes realizan el servicio divino en su presencia.
Más aún, si el oficio de los ángeles presentes en el Oficio divino de los monjes se concreta en alabar a Dios. El culto que le tributan se mezcla con el que le tributa la comunidad monástica o viceversa, el culto de los monjes se une al de los ángeles.
341,bis. - En presencia de los ángeles te alabare. Meditemos pues en que actitud debemos estar en presencia de la divinidad y de los ángeles. (19,5-6)
Podemos iluminar el mandato de la RB de "meditar" en la actitud que debemos de tener ante los ángeles, escuchando a S. Bernardo a este propósito, aunque no citar expresamente estos párrafos de la RB, pero los comenta ampliamente.
En los sermones sobre el salmo 90, comentando el versículo "A sus ángeles mandó Dios para que te guardaran en todos tus caminos" dice ¡Cuanta reverencia deben infundirte estas palabras, -cuanta devoción inspirarte, - cuanta confianza deben darte! Tres actitudes indica S. Bernardo: La reverencia por su presencia, - la devoción por su benevolencia, - la confianza por su custodia.
Y en el sermón 7° sobre el Cantar de los Cantares, enseña largamente como tenemos que estar en su presencia durante el Oficio divino.
Hablando de los amigos del Esposo, se pregunta ¿quién son estos amigos? Pienso que son los santos ángeles que asisten a los que oran para presentar a Dios las súplicas y deseos de los hombres.
Así lo confirma el salmista, e interpretando este difícil versículo del salmo 67 dice S. Bernardo: “Iban delante de los príncipes unidos a los cantores de salmos y en medio las muchachas tocando panderos. Por eso decía: en presencia de los ángeles te cantaré salmos”.
Esto le da pie para hacer una amonestación que nos revela que incluso entre estos monjes guiados por un santo de ardor como tan grande como S. Bernardo, había debilidades, pues sigue diciendo: “Por esta circunstancia me duele mucho que algunos de vosotros se duerman profundamente madurante las sagradas vigilias. Faltan a la reverencia debida a los conciudadanos del cielo... mientras ellos conmovidos por el fervor de los demás, gozan participando de vuestro culto.
Reparad en vuestros príncipes, manteneos reverentes y recogidos mientras oráis o salmodiáis, rebosantes de satisfacción, porque vuestros ángeles están siempre viendo el rostro del Padre.
Además de ser enviados para servimos porque hemos heredado la salvación, llevan al cielo nuestra devoción y nos traen la gloria.
Aprovechémonos de su oficio y compartamos su gloria para que de la boca de los niños brote una alabanza perfecta. Digámosles: Salmodiad a vuestro Dios, y escucharemos como ellos nos responden: salmodiad a nuestro Rey. Y unidos a la alabanza de los celestiales cantores como conciudadanos de los consagrados y familia de Dios, salmodiad sabiamente, como un manjar para la boca, así de sabroso es el salmo para el corazón. Solo se necesita una cosa: que el alma fiel y devota lo mastique bien con los dientes de su inteligencia, no sea que por tragarlos enteros sin triturarlos se prive el paladar de su apetecible sabor, más dulce que la miel de un panal que destila
Presentemos como los apóstoles un panal de miel en el banquete celestial en la mesa del Señor”. Aquí hace referencia S. Bernardo a la versión antigua de Lu. 24,42, que decía que le presentaron un panal de miel, mientras que las modernas, dice un pez asado.
Apoyándose en esta traducción dice: ”como la miel se esconde en la cera y la devoción en la letra. Sin esta, la letra mata cuando se traga sin conocimientos del Espíritu Santo. Pero si lo canta llevado del Espíritu, como dice el Apóstol, si salmodias con la mente, tú experimentarás aquello que dijo Jesús: las palabras que yo os digo son espíritu y vida. Esto lo confirma la Sabiduría: Mi espíritu es más dulce que la miel. Así saboreará tu alma platos sustanciosos y le agradarán tus sacrificios”.
Y termino con una frase en el sermón de S. Miguel que dice:
“Pensad cuánta solicitud debemos tener nosotros para mostramos dignos de la compañía y visita de los ángeles a fin de vivir de tal modo en su presencia que jamás ofendamos sus ojos”.
342.-Salmodia atenta.
Y salmodiemos de tal manera que nuestro pensamiento concuerde con lo que dice nuestra boca. (19,7)
Hasta este momento la RB se ha limitado a enunciar en este capítulo 19 una verdad de fe: la omnímoda presencia de Dios. Y al citar textos de la escritura exhorta a que "creamos" (v.2) "recordemos” (v.3) "consideremos" (v.4) Y que cada cual saque la consecuencia que crea oportuno de estos principios bíblicos.
S. Benito se abstiene de toda prescripción concreta. Solo al final, en la última línea pone una regla de Oro, para algunos comentaristas, de puro contenido espiritual: "salmodiemos de tal modo que nuestro pensamiento concuerde con lo que dice nuestra boca" (v.7)
Es una hermosa frase que el autor de la Regla sabe troquelar a la perfección y situarla en el justo lugar. Contiene toda una espiritualidad del Oficio divino.
Si es cierto, y lo es en grado superlativo, de que estamos en la presencia de Dios y le tributamos en compañía de los ángeles el culto que se le debe, oremos de verdad prestando atención a las palabras santas del salmo o de las otras escrituras divinas que oímos o pronunciamos, apropiándonoslas. Que nuestro pensamiento y nuestro corazón concuerde con lo que dicen nuestros labios.
Cierto que no es una doctrina exclusiva de S. Benito. Se trata de una expresión "trivial", ha escrito A. de Vogüe. El Maestro no tiene esta frase aunque desarrolla con prolijidad la misma idea. En la Regla de S. Agustín se dice: "medite el corazón lo que pronuncian los labios".
La doctrina es excelente y desborda autenticidad y sensatez. "Haz lo que haces" decían los antiguos.
Si cantamos salmos, apropiémonos su contenido. La claridad y concisión con que está formulado, su situación en el texto, como broche de oro con que se cierra el capítulo, produce un gran impacto.
En su brevedad, la fórmula tiene tanto peso, si no más que todo el discurso de la RM.
Lo que llama más la atención al comparar el texto de la RB con la RM es la ausencia de anotaciones y prescripciones sobre la actitud exterior. El Maestro habla de la vista, de la gravedad exterior, la debida disciplina, estar con el cuerpo inmóvil, la cabeza inclinada y de cantar con moderación. Ninguna de estas prescripciones se encuentra en la RB. Esta se contenta con exhortar a actos espirituales:"creer, recordar, considerar", dejando al lector sacar de ahí sus conclusiones prácticas.
Hay que tener en cuanta que S. Benito da en otros lugares de su Regla, normas más concretas. Aquí, más que escribir de nuevo estas actitudes, las sugiere discretamente al proponer los motivos de fe y los fundamentos bíblicos. S. Benito condensa en cinco palabras, las veinticinco
líneas que el Maestro utiliza para describir esta actitud. Y tiene tanto peso si no más que esa detallada descripción del Maestro.
Esta fuerza le viene, no solo de su brevedad y su colocación estratégica al final de capítulo, sino también por haberla guardado hasta este momento. Contiene las citas bíblicas pero sin prescripción concreta.
En la RM, la consideración sobre la atención se hace a través de un desarrollo peculiar, precedida y seguida de otras recomendaciones, mientras que la RB da una singular importancia a la atención, de modo que es la única recomendación precisa y la conclusión de todo el capítulo.
El contraste entre las dos Reglas aquí como en otros capítulos, es que Benito prefiere los consejos espirituales a las determinaciones concretas.
Su trabajo de abreviar esfuma voluntariamente las precisiones y normas que el Maestro se complace en resaltar, prefiriendo resaltar los aspectos interiores de la observancia.
343.-Regla de Oro de la autenticidad.
Que nuestra mente concuerde con nuestra voz. (19,7)
Reflexionemos un día más sobre la llamada regla de Oro de la autenticidad. “Que nuestra mente concuerde con nuestra voz”.
Concuerde, es la palabra clave, como expresión de la coherencia, de la madurez, de la superación constante de todas las formas de dualidad que sufrimos los hombres.
Nuestra debilidad se debate en una serie de dilemas que nos parecen insuperables en los caminos de la oración, en la búsqueda del Señor, único capaz de coronar con su don esta búsqueda.
El primer dilema es búsqueda de interioridad frente a la objetividad de la Palabra de Dios.
S. Benito resuelve este dilema de una manera impensable para la sensibilidad de nuestro tiempo que diría al revés: que las expresiones verbales estén de acuerdo con vuestro pensamiento.
Pero S. Benito sobrepasa la antropología, y nos pone por la fe dentro del misterio cristiano. La oración cristiana es mucho más que un esfuerzo de interioridad. (De lo contrario quedaría en la categoría paulina de las obras, en contraposición de la gracia)
La oración cristiana es siempre una respuesta a la llamada de Dios."Me has seducido Señor, y yo me he dejado seducir. (Jer 27)
Por ello la oración, si bien reclama lo mejor de cada uno de nosotros mismos, se alimenta con la objetividad de una palabra inspirada, que es concreción humana de la iniciativa de Dios y expresión gratuita de la respuesta del hombre.
Toda la Escritura, y en particular los salmos nos ofrecen la pauta de la oración y entonces también empieza a ser orientadora para el hombre de hoy la frase de S. Benito: “que nuestra mente concuerde con nuestra voz”.
En lugar de contraponer interioridad y expresión exterior impuesta, buscamos la vivencia de una caridad que unifica todo en una respuesta de oración a aquel que nos ha amado primero.
De acuerdo con la expresión de S. Ireneo, es Dios mismos quien nos coge con sus dos manos: la Palabra por el exterior y el Espíritu por el interior.
El segundo dilema es libertad personal y expresión comunitaria. Proviene también de una expresión poco cristiana del hombre.
Cuando hay una vivencia profundamente cristiana, persona y comunidad no se oponen, sino que se complementan.
Cuando oponemos estos dos términos, es señal de que los vivimos superficialmente. El hombre que vive a fondo el aspecto personal de la oración es el único también de vivir a fondo la oración de comunidad con todo lo que comporta: aceptación y atención de los otros, apertura. Y viceversa, solo el hombre que sepa dar contenido a la oración en común será capaz de una auténtica interioridad sin caer en falsos misticismos.
Por tanto en lugar de menospreciar la oración comunitaria con la autosuficiencia de un espiritualismo exacerbado, o por medio de la búsqueda de una autenticidad personal a ultranza, sepamos entrar en la escuela del diálogo de Dios con los hombres, que es el oficio divino.
Sería una gran equivocación considerar el oficio divino como una especie de "autoservicio" de la oración, en el que cada uno tomaría aquello que pueda interesarle. Esto llevaría al individualismo destructor de la vida comunitaria.
El integrarse en el ritmo de la oración comunitaria es imprescindible para todo aquel que quiera ser monje de verdad.
El tercer dilema es contemplación o acción, o como sería empleando expresiones bíblicas: culto y misericordia.
El culto sin misericordia, se convierte en una simple obra del hombre, desvinculada de su propia raíz. Un culto y una misericordia aislados no son vida cristiana. La vida cristiana es el espíritu de Jesús en nosotros, que empuja a devolver al Padre todo lo que nos da y a comunicárselo a los hermanos por la misericordia. Constituyen los dos aspectos del mandamiento nuevo.
Frente a todos los dilemas, S. Benito nos recuerda constantemente: mantengámonos de tal manera en la salmodia, de modo que nuestra mente concuerde con nuestra voz.