325.- El Oficio de Laúdes. (Cap. 12-13)
El Oficio del alba en la RB se presenta íntimamente ligado al Oficio de Vigilias y contrapuestos a los Oficios del día. Es en realidad por su estructura y contenido el equivalente matutino al oficio de Vísperas de la tarde.
Laúdes y Vísperas son dos momentos importantes de la oración diurna y tienen una estructura similar. Debía celebrarse al rayar el alba. Los domingos se celebraba inmediatamente después de la bendición con la que concluían las Vigilias.
El oficio del amanecer tiene un carácter marcadamente festivo. Es la hora del triunfo de la luz sobre las tinieblas, la hora de la resurrección de Cristo. S. Benito se cuida de escoger los salmos para cada día, un cántico del AT, el ambrosiano y el cántico de Zacarías, como especialmente aptos para esta celebración. Es significativa la insinuación que hace del uso de la iglesia romana.
S. Benito ha seguido en muchos puntos el entonces nuevo ordenamiento de la liturgia romana, adaptándolas a las necesidades propias de un monasterio, y enriqueciéndola con ciertos elementos que le dan colorido. Es decir que sabe unir fidelidad a la tradición y espíritu creador.
El Oficio de Laúdes, como parte del Opus Dei diferenciado de los nocturnos, parece que había tenido origen en Belén, hacia el año 370, y su primer testimonio sería un texto de Casiano en las Instituciones.
Al reglamentarse con mayor moderación la vigilia nocturna, que en un Principio duraban hasta el alba, se hizo necesario un nuevo oficio matutino. Su esquema escueto se encuentra en los cap. 12 y 13 de la RB, correspondientes al oficio matinal del domingo y de las ferias respectivamente.
Empieza el oficio con el salmo 66 sin antífona, es decir todo seguido. En nuestros esquemas actuales el equivalente es el salmo 116, que nosotros no se por qué causa, lo hemos dejado de recitar. A continuación un solista o varios, entonaban el salmo 50 que todos los oyentes coreaban con el aleluya pascual. Este salmo viene aquí a tener el papel del invitatorio, antes de cantar la aparición de la luz pura y ofrecer al Señor una alabanza pormenorizada de todos los beneficios. El alma siente necesidad de purificarse y reconocer que solo Dios puede hacerla salir de sus noches. Actualmente durante la semana sustituimos el salmo 50 por uno de los otros salmos penitenciales con la misma finalidad. Es como la introducción al oficio.
En la parte central, en el domingo está el salmo 117 himno de victoria pascual, seguida del cántico de los tres jóvenes y los laúdes (salmo 148-150)) que actualmente distribuimos en varios días.
Terminada la salmodia se dice de memoria (recordemos que el espacio que queda después de vigilias se dedicaba aprender estos fragmentos de memoria), un fragmento del Apocalipsis y el responsorio, el himno ambrosiano que actualmente se ha colocado al comienzo. El verso y el Benedictus. Se termina con la letanía u oración de los fieles completa, o sea con intercesiones explícitas seguidas de la invocación “Señor, ten piedad” y de esta manera se concluye. (12, 3,4)
En realidad no es así, pues al tratar del oficio de Laúdes en los días de feria se hace hincapié en un elemento primordial que aquí por descuido o tal vez por tratarse de una añadidura posterior no se hace mención, es la recitación del Padrenuestro en alta voz por el superior.
327.-El salmo 50.
El domingo a laúdes se dirá el salmo cincuenta con aleluya. (12,2)
En el oficio tal como lo ordena la RB el salmo 50 se cantaba todos los días en el oficio de Laúdes. Actualmente alternamos los otros seis salmos penitenciales como inicio de este oficio. La finalidad es la misma: ayudar a crear en nuestro interior sentimientos de penitencia, de dolor que conduzcan a la pureza de corazón.
Para que nuestra alabanza sea agradable a Dios ha de nacer de un corazón contrito y arrepentido. O sea que nuestra alabanza esté marcada por la humildad, que nos reconozcamos culpables, pecadores, indignos de alabarle.
La alabanza de un corazón orgulloso, pagado de sí mismo, no puede agradarle. Le glorificamos humillándonos ante él recociendo que él es la santidad, mientras nosotros estamos manchados por egoísmos, infidelidades, maldad.
Estos sentimientos los encontramos en los salmos penitenciales: Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa misericordia. Lava mi delito, limpia mi pecado. (50) Vuélvete Señor, liberta mi alma, sálvame por tu misericordia (6) Yo confieso mi culpa, me aflige mi pecado (37) Pero de ti procede el perdón…Mi alma espera en el Señor. (129) Ningún hombre vivo es inocente junto a ti. (142)
Se, Señor, que amáis la verdad, me habéis hecho conocer los secretos de vuestra sabiduría, y debo celebrar vuestra maravillas, pero soy absolutamente indigno. Ten piedad de mi Señor.
Para alabar a Dios dignamente es necesaria la pureza de corazón. Reconocerse pecador es la primera preparación para la divina alabanza, pero no basta. Así como antes de acercarnos al altar hacemos el acto penitencial, con el fin de alcanzar la pureza de corazón que exige el altar, así mismo antes de ofrecer a Dios el sacrificio de alabanza, sentimos la necesidad de purificar nuestro corazón y nuestros labios. Y no pudiendo hacerlo por nosotros mismos, se lo suplicamos al Señor. “Terminar vuestra obra, creando en mi un corazón puro, un espíritu recto”. Así mi lengua podrá cantar con júbilo vuestra alabanza.
Con estos u otros sentimientos de los salmos penitenciales, el monje procura purificarse más y más de sus manchas y clama con insistencia para obtener el verdadero amor. Por eso estos salmos penitenciales son una excelente preparación para la alabanza de Dios en el día que comienza.
Para conseguir esta purificación solo podemos apoyarnos en su gracia. Alabar a Dios dignamente es cantar su misericordia, es reconocer que se lo debemos todo en el pasado, sin El nada podemos en el presente y que su gracia es nuestra única esperanza para el porvenir. Nuestra alabanza debe publicar que todo se lo debemos a Dios.