Capítulo I
Las clases de monjes

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43.-Las clases de monjes.
44.- Monje.
45.- Las clases de monjes.
 46 .Cuatro clases de monjes.
47. Los anacoretas.
48.-El segundo género es el de los anacoretas
49.- Aquellos  que no con un fervor de novato
50- .Los sarabaítas

51.-Rasgos del sarabaíta

52.-Espíritu del sarabaíta.

53.-Los giróvagos.

54.Notas de los giróvagos.

 

 

 

43.-Las clases de monjes.

Antes de comenzar el comentario del texto benedictino del cap. 1, vamos a recordar algunas ideas sobre el fenómeno de la vida monástica.
La vida monástica no constituye una manifestación peculiar del cristianismo. “Es un fenómeno humano y por lo tanto universal que ofrece las mismas características en todas las  latitudes”. Nació y se sigue manifestando por las aspiraciones religiosas y morales profundamente  arraigadas el corazón  del hombre. Aspiraciones  que en algunos logran superar los instintos más fuertes de la naturaleza y orientar toda su existencia.
Estas aspiraciones o tendencias pueden reducirse a dos, el ascetismo que impele a purificarse  de sus faltas y librarse de toda esclavitud de las pasiones, y tendencia a la mística  o deseo  congénito de realizar de algún modo ya  en este mundo, su unión con la divinidad.
El monacato es la manifestación práctica de estas tendencias y anhelos  en un estilo de vida que permite y favorece su desarrollo.
El origen de la vida monástica en lo que tiene de más esencial, se pierde en la noche de los tiempos. Las manifestaciones presentan gran variedad. En algunos casos una intensidad y volumen admirables. La India, país profundamente preocupado por los problemas de la religión, la santidad y la liberación, constituye un ejemplo  insigne, pero no único. Conoció el monacato desde tiempos inmemoriales. Variedad de monjes: brahmanista, jaimanista  o budista atraviesan toda su historia, y siguen floreciendo.
En el  pueblo judío del AT. Encontramos varias manifestaciones. La más importante en cuanto a conocimiento, es la de qumrân, junto al mar Muerto. A estos monjes se refiere probablemente Josefo con el nombre de esenios.
En los filósofos clásicos tampoco han faltado estos rasgos monásticos. Principal relieve es el de Pitágoras (580 a.C.)y sus discípulos.
La aparición del monacato en el seno del cristianismo está envuelta en espesa bruma. Sabemos que la  Iglesia Apostólica y posteriormente en la de los Mártires,  tenían sus vírgenes consagradas y los ascetas, que son auténticos  predecesores de los monjes cristianos. Practicaban el celibato, llevaban una vida pobre y austera y se agrupaban poco a poco o vivían  aisladamente.
En la segunda mitad del siglo III, algunos de ellos, en particular en Egipto, se retiraron al desierto.
No podemos llamar a ninguno  como fundador y un lugar como cuna determinada de este fenómeno. Nació un poco por todas partes como producto de la santidad de las diversas iglesias locales.
Lo que si que podemos afirmar con certeza es que estos primeros monjes cristianos, no se vieron empujados a este género de vida por influencia de vida monástica anterior no cristiana. Fue el deseo de seguir a Cristo, librándose de todo aquello que les podía impedir seguir la llamada del evangelio al seguimiento, y su deseo de unión con El. Así vemos  a S. Antonio que  escuchando la lectura del evangelio en la celebración de la eucaristía, cuando se sintió interpelado a realizar aquello que acababa de escuchar. Y las formas que tomo, son esas universales que laten en el hombre por el hecho de serlo.
En el siglo IV, con motivo de la paz para la Iglesia adquirió mucho auge. La ola de mediocridad que penetró en la Iglesia, fue causa  de su auge, con el deseo de reproducir a la primera comunidad de Jerusalén, tal como la describen los  Hechos de la Apóstoles.  Es una constante que se repite en el monacato primitivo. Casiano se esfuerza en demostrar que los monjes proceden en línea recta   en una sucesión ininterrumpida de aquellos primeros  creyentes, que “Vivian todos  unidos, tenían todo en común y vendían  sus posesiones y bienes para repartirlos según la necesidad de cada uno,” y “poseían un solo corazón y una sola alma”
En pleno siglo IV y V  formaban un  verdadero maremagnun un tanto caótico. Pululaban por todas partes y de la más variada catadura. S. Benito, como vamos a ver, los divide en cuatro clases.  

 

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44.- Monje.

Antes de entrar en el comentario del texto, nos detenemos en otro aspecto interesante para mejor comprende todo lo que después se irá exponiendo.  Analizar la palabra “monje”.
De acuerdo con su etimología monachus derivado del adjetivo “monos” y del sufijo multiplicativo “che”, “cha” y finalmente  “chos”, en los escritores profanos de la edad clásica  helenística, significa: de un solo modo, de un solo lugar, simple, único en su género, singular, solitario, según el contexto.
En la documentación cristiana, anterior al uso de monachus  en su sentido técnico de monje, nos encontramos con el testimonio preciso del Evangelio de Tomas,  El término aparece en la versión copta, y está compuesto hacia el año 140. Representa la traducción precisa de un vocablo siríaco con el  sentido de “separado”, “elegido” y muy especialmente “célibe.
Con Eusebio de Cesareo y S. Atanasio empieza a utilizarse el vocablo “monachos” como nombre corriente y de un significado tan conocido que no precisa   explicárselo a los lectores.  Lo emplean para designar ya de una manera técnica  a los nuevos ascetas, en el sentido de célibes.
Para ambos autores el monje es ante todo un imitador de Cristo y de sus discípulos  que se  separa para también liberar y unificar.
En suma, en la literatura del siglo IV, la edad de oro del monacato el termino técnico “monachus” significa separado y célibe.
Monachos fue latinizado  convertido en “monachus” adquirió derecho de ciudadanía en las  letras romanas, sobre todo debido a S. Jerónimo,  con el que designa principalmente la condición del  solitario, del apartado del trato de las gentes del mundo.
A medida que trascurrían los años, se hacía más preciso insistir en esta acepción. Otros textos hacen hincapié en la idea de “unidad”: unidad de pensamiento, unidad de conducta, unidad de propósito.
Gradualmente, el significado de monachus se ha ido dilatando hasta cubrir  prácticamente toda clase de ascetas. Esta  nueva acepción predomina en los escritos de Casiano. S. Agustín solo conoce este sentido secundario.
Cuando escribe S. Benito su Regla, estaba ya notablemente enriquecido y calificado. Constituía una especie de título de nobleza espiritual. Lo habían llevado  con dignidad personajes eminentes por su santidad y celestial sabiduría, desde S. Antonio hasta S. Honorato.
Autores espirituales de gran talla de esta época lo han ensalzado en gran manera, rodeándolo de un halo de temas espirituales que revelaban en lo posible,  el profundo misterio que entrañaba.
 El monje no era solo el célibe, el separado, el solitario. Era también el filósofo por antonomasia, el atleta,  el soldado de Cristo, el nuevo mártir, el émulo  de los Ángeles.
Lo que desde esta época ve ya  la teología cristiana en el monje es: “el tipo del hombre nuevo tal como aparece a los ojos de la fe”. Un  hombre que “aspira a ser cada vez más íntimamente la imagen de Cristo muerto y resucitado. Que esta en el mundo pero no es del mundo, pues su vida está escondido  en Cristo, en Dios y es toda ella un cántico de alabanza a la gloria del Padre;  resucitado con Cristo, no busca más que las cosas del cielo. Es verdaderamente ciudadano de otro mundo, el que es  esperado  y que aparecerá con todo su explendor al final del tiempo, pero que ya ha irrumpido con Cristo resucitado, en el siglo presente”.
A modo de ejemplo veamos un solo texto de Filomeno de Maguncia con los apelativos que se le aplicaban:”renunciante, libre, asceta, venerable, crucificado para el mundo, paciente,  longánimo, espiritual, imitador de Cristo, hombre perfecto, hombre de Dios, hijo querido, heredero de los bienes del Padre, compañero de Jesús, portador de la cruz, muerto al mundo resucitado para Dios, revestido de Cristo,  hombre del espíritu, ángel de carne, conocedor de los misterios de Cristo, sabio de Dios”.
En este contexto ideológico, no es extraño en la RB  monachus posea resonancias gloriosas y exigentes. Programa de santidad para los que quieren honrarlo, y constituye un reproche permanente para  los que lo llevan indignamente.
Finalmente tiene un sentido apremiante y un valor de edificación, es un título que obliga, un programa de vida de santidad.

 

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45.- Las clases de monjes. (Cap. 1)

El conjunto de este  capítulo parece como un preámbulo, en el que los cenobitas son  definidos y ubicados  en el marco general del monacato, antes de ser organizados metódicamente a lo largo de la Regla.
De este modo aunque este capítulo de “Generibus monachorum “sea el primer capítulo, más bien es una segunda  introducción a toda la regla, puesto a continuación del prólogo.
Desde los inicios del monacato cristiano, surgieron personajes carismáticos  que con sus ejemplos, amonestaciones, reglas y prestigio, fueron encauzando en lo posible aquel basto e impetuoso movimiento espiritual. Así S. Antonio, S. Pacomio, S. Agustín, S. Basilio, por no citar nada más que a las figuras de primera magnitud.
En consecuencia, se  fueron definiendo cada vez más las diversas maneras de entender y vivir la vida monástica. Algunos autores empezaron a reseñar los diversos géneros de monjes. Nos ha llegado la descripción de S. Jerónimo, S. Agustín y Casiano que trata sólo de los monjes de Egipto. Así  se pusieron los cimientos de un tema literario que atravesaría los siglos.
Estos tres autores enumeran tres géneros de monjes. Jerónimo y Casiano describen la vida de los cenobitas, de los anacoretas y de un tercer género que Jerónimo llama “remnuoth” y Casiano de “sarabaíta”. S. Agustín se ocupa solo de los anacoretas y cenobitas,  y poco  más adelante como si se tratara de otro género de monjes, habla con admiración  de las comunidades urbanas de” hermanos”, que él mismo había visto en Roma y Milán.
Jerónimo y Casiano satirizan y vapulean  a porfía  este tercer género de monjes. Agustín, que no los menciona, tiene alabanzas para todos, pues escribía una apología de las instituciones católicas y no una diatriba. Con todo vemos también que él, en otras obras, reprende y desautoriza cierta clase de monjes.
El  primer capítulo de la RB como el de la RM se inscribe en esa tradición de la literatura monástica. Esto hay que tenerlo presente al abordar su interpretación. Contiene una puesta de posición respecto a las condiciones concretas  de las diferentes formas de monacato contemporáneo. ¿Pero  hasta qué punto los monjes de que habla la RB reflejan la situación real de su tiempo, si para describirlos se sirve en gran parte de una especie de cliché tradicional, que  contaba ya siglo y medio de existencia?
Lo único que realmente innova la RB como la RM, es el asegurar  rotundamente desde el principio del capítulo, que los géneros de monjes no son tres, sino cuatro, “como de todos es bien conocido”, dicen.  A las categorías mencionadas por Jerónimo y Casiano, cuya colación 18 es la base del capítulo, añade una cuarta: los giróvagos.
Antes de pasar al análisis del contenido doctrinal y espiritual, es conveniente examinar la función de prólogo que le asigna la RB a este capítulo. Para  ello es indispensable acudir al cap. 1 de la RM del que la RB depende estrechamente.
Sabemos que Benito reprodujo literalmente las notas de RM sobre las tres clases primeras de monjes, abreviando solamente la tercera. Luego resumió en una simple frase la interminable sátira que de los giróvagos hace la RM y volvió a expresar en sus dos frases de conclusión, la condenación de los malos monjes y su  propósito de ocuparse de los cenobitas, sin añadir nada más.
Al pasar el cap.1 del Maestro a Benito, ha sufrido tres modificaciones de importancia desigual. En primer lugar la nota sobre los sarabaíta fue acortada un poco, luego la descripción de los girovagos fue drásticamente reducida. En lugar de 61 párrafos, cuenta solo dos. Y finalmente en la larga conclusión del cap. en la que el Maestro presentaba  al abad como doctor, fue totalmente omitida por la RB. Esta última modificación es ciertamente la más notable y la que trae más consecuencias, pues hace desaparecer lo que sin duda, en la mente del Maestro, era la razón de ser de todo el capitulo.
En  la RM este capítulo  tendía a introducir  al capítulo  del”abad”. Su verdadero objetivo, no era describir las diversas clases de monjes, incluso el situar el cenobitismo entre ellas, o dar una definición de este último, sino presentar al doctor de la “escuela monástica”, o sea al abad.
Cuando se hace un análisis del cap. 1 de la RM se cae en la cuenta de la gravedad del corte que introduce Benito.  Al suprimir la exhortación final, ha hecho desaparecer la finalidad a la que tendía  todo el discurso en la RM.
Así en el corto capítulo de Benito, la nota sobre  los cenobitas, adquiere un relieve distinto del que tenía en la del Maestro. Es como el frontispicio de toda la regla, y no un jalón para presentar al abad, como es en la RM.

 

 46 .Cuatro clases de monjes.
- Como todos sabemos, existen cuatro clases de monjes. El primero es el de los cenobitas, esto es los que viven en un monasterio  y sirven bajo una regla y un abad. (1,2)

Quiero señalar en primer lugar que no es muy correcto y conforme al pensamiento de S. Benito, traducir el militans, que conlleva un pensamiento de lucha, de combate, por el de servir, que puede ser en un ambiente apacible, agradable.
El cenobita es un monje que combate en  un monasterio. Recientemente comentamos la etimología de la palabra monje,  y lo que tras ella,  la tradición cristiana, ha visto como propio de los que llevamos este nombre. Motivo como decía, de estímulo y de reflexión.
El monje  tiene que combatir, para separarse del mundo, de sus criterios, separarse de sí mismo para morir el hombre viejo,  para unirse a Dios. Es necesario vencer obstáculos, vencer enemigos. Cuanto más queremos unirnos a Dios, más deberemos de luchar. El combate es la gran ocupación de la vida de todo cristiano, cuanto más del monje, pues es más combatido por el mal. Así lo enseña S. Benito desde el inicio de la Regla.
El monje no es un perezoso, que para evitar los trabajos  y los cuidados temporales, se convierte en una carga para la comunidad, y un parásito para la humanidad. Ni un corazón soñador, que se  establece en el claustro para deleitar su inteligencia  o su imaginación en lecturas piadosas, no es un egoísta sin más ideal que llevar una vida tranquila y evitar todo lo que pudiera turbar su tranquilidad. Es esencialmente un luchador.
Para  luchar con más eficacia, se ha alistado en el ejército del Señor, obedeciendo a una voz que le llamaba al seguimiento de Cristo, militando en este modo de vivir propio de los monjes. Cuanto más luche, podremos decir, será más monje.
Estos párrafos de la RB nos pueden dar ocasión a reflexionar sobre nuestra vocación de monjes, y ver si con el tiempo hemos dejado entrar en nuestro corazón, quizás incluso insensiblemente, algún sentimiento de egoísmo, de pereza o ilusiones de la imaginación Hay personas que tienen tal imaginación, que aquello que se imaginan, lo creen como realidad.
El monasterio, la comunidad, la Regla, el superior  señala S. Benito como otros tantos fuertes  donde defenderse en el combate. Por esto llama al final de este capítulo, a los cenobitas: “fortísimo genero de los cenobitas”.
El Monasterio, donde el cenobita se fija hasta la muerte, es un baluarte inexpugnable contra los ataques del mundo. La comunidad le proporciona los auxilios y los ejemplos de los hermanos. ¿Dónde no hay cosas buenas? Seamos abejas tomando lo mejor de las flores, no abejorros. La Regla nos prepara al combate con un reglamento austero y disciplinado y lleno de amor.
En cuanto al Superior, el documento de la “visión de la Orden”, lo ve  de l modo siguiente. Ha de ser una persona que está en el centro de la comunidad, alguien como un vidente percibe la verdadera situación comunitaria y anima a los hermanos en el proceso de reconocer el don divino en ellos, aceptándolo responsablemente, discerniendo y poniendo en práctica las medidas apropiadas Tiene suficiente confianza en los hermanos para atreverse a nombrar las cosas por su nombre e invitarles a la continua conversión. Es indispensable  que profundice y desarrolla sus capacidades espirituales y humanas, pues de algún modo misterioso, la comunidad llega a asumir sus rasgos. Con todo es responsabilidad de la comunidad por su fe,  de formar  y apoyar al superior.
Como conclusión de estas reflexiones, entre muchas que se nos pueden ofrecer, una de ellas puede ser dar gracias a Dios por la vocación  y valorar nuestra correspondencia a don tan  inmenso que con su llamamiento, nos ha concedido el Señor.

47. Los anacoretas.
- El segundo género es el de los  anacoretas, o dicho de otro modo, el de los ermitaños (1,3)

La RB no distingue entre los nombres de anacoretas y ermitaños. Ambos forman parte, como para S. Jerónimo y Casiano, del segundo género de monjes.
El termino griego  anacoreta se aplica al que vive aparte. Es curioso observar que el verbo “retirarse” había adquirido en la época imperial y sobre todo en Egipto el de “retirarse al desierto” con objeto de escapar de los impuestos o de otras obligaciones civiles o militares que pesaban sobre los campesino. La RB lo utiliza como sinónimo de  ermitaño.
  Eremita indica al habitante del desierto, “eremus”. Poco usado en la lengua monástica y desconocido por los clásicos. Alcanza mucha difusión en la Edad Media
Los párrafos 3-5 del cap. 1 del texto benedictino tienen dos interpretaciones opuestas. Una insiste en la importancia doctrinal del párrafo sobre los anacoretas. La vida cenobítica es una preparación para la vida solitaria. De hecho esta significación es notable. Pero en la RM no tenía la misma importancia material que en la RB. En la RM, la descripción de los anacoretas es bastante más corto que la descripción  de los sabaraítas, y casi imperceptible al lado de la larga  sátira sobre los giróvagos. Y sin olvidar el largo final sobre el abad – doctor.
Al lado de  todo este desarrollo doctrinal, los párrafos que se dedican al anacoreta, apenas tienen relevancia. El relieve que adquieren en la RB es simplemente efecto de la abreviación que hace  Benito sobre  este capítulo de la RM.
Otra interpretación opuesta es la de aquellos que ven  el cap. 1 de la RB como una opción de vida  cenobítica y que a través de unas cortas frases,  ciertamente elogiosas, excluye el eremitismo. No parece razonable pensar que ni la RM ni la RB hayan pensado en una opción  para elegir entre las dos clases de monacato. Abiertamente confiesan que la regla que escriben es para cenobitas.
En la RM, de “Generibus” era un texto  que en su conjunto no tiene otra finalidad que  presentar al abad- doctor. Es como el prólogo de cap., 2. Sigue evidentemente a Casiano. Por  esto se ve claro la decidida adhesión del Maestro  a la doctrina monástica  de Casiano, que considera el anacoretismo, como camino totalmente legítimo e incluso superior a la vida común.
En esto se separa de Basilio, que no admite en absoluto la vida solitaria. En las vidas coptas de Pacomio, sin proscribir el anacoretismo, lo pone muy por debajo de la koinonia. El Maestro al apropiarse la conferencia 18 de Casiano, opta por una presentación del monacato, que no era admitida universalmente por el monacato antiguo.
No tiene que extrañarnos que Casino no hiciese suyas las doctrinas coptas sobre la superioridad de la vida común, ya que nunca  conoció la obra de Pacomio. Pero sí que parece que conoció la regla basiliana. Nada le impedía reproducir la condena de Basilio de la vida solitaria. Esa circunstancia da cierto peso al elogio de los anacoretas  que leemos en el cap. 1.
A pesar del pensamiento de Basilio sobre los anacoretas, no tiene el Maestro ningún problema en elogiar, junto con Casiano este género de vida. Y esto es tanto más notable, cuanto sus mismos contemporáneos no están unánimes sobre este punto.
Ciertamente inmediatamente después, mientras Benito hace suyo su capitulo 1, sin problema, Eugipio  muestra cierto malestar con esta opinión, pues no solamente coloca la conclusión del Thema a continuación del 1 capitulo del Maestro para neutralizar la idea de pasar de la vida común a la soledad, con la invitación a “perseverar en el monasterio hasta la muerte”, sino que hasta la misma compilación termina con la condenación de Basilio a la vida solitaria y unas frases  de Jerónimo, sacadas de contexto, para ratificar esta sentencia.
En las demás reglas cenobíticas desde los orígenes hasta el siglo VII, ninguna contempla el paso del monje cenobita, al eremitismo. La  mención de esta eventualidad, aunque muy breve, y hecha en dependencia de Casiano, es una notable originalidad del Maestro.  

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48.-El segundo género es el de los anacoretas, o dicho de otro modo el de los ermitaños. Son aquellos que3 no con un fervor de novato en la vida  monástica, sino que tras larga prueba en el monasterio aprendieron a luchar contra el diablo, ayudados de la compañía de otros, y bien  formado en las filas de sus hermanos para el combate individual del desierto, se encuentra ya capacitados y seguros sin el socorro ajeno, porque se bastan con el auxilio de Dios para combatir con su brazo contra los vicios de la carne y los  pensamientos. (3-5)

La idea de lucha y de la milicia cristiana domina estas pocas líneas. El monasterio es considerado por Casiano  y que recoge su legislación el Maestro y Benito, aunque ya dijimos ayer las diversas interpretaciones que se hace de este hecho,  como una escuela militar donde tienen  que formarse las unidades especiales de los anacoretas.
Los cenobitas se ayudan mutuamente como buenos compañeros de armas, el ermitaño sale solo y bien equipado y armado al desierto.
La vida de soledad se enfoca aquí unilateralmente, como un combate individual. Y se citan como enemigos especiales del solitario los pensamientos, esto es los famosos “logismoi” de los padres del Desierto, pensamientos, impulsos, vicios, que tras mucha observación y análisis psicológico, Evaglio Póntico logró clasificar y relacionar entre si de un modo realmente magistral.
Tanto el anacoreta como el cenobita es un militante. No marcha al desierto, como el cenobita no viene al monasterio, para descansar, sino para luchar y en el caso de solitario, solo contra el demonio, la carne, el espíritu. Ha de poseer una virtud sólida adquirida en una larga prueba en el monasterio. Vinimos al monasterio para adquirir esta virtud sólida y practicarla. En este sentido el monje no tiene que ser siempre novicio, (Cuando S, Francisco de Sales en la Vida Devota, dice que el convento de la perfección todos tenemos que ser siempre novicios, lo dice en otro sentido) Todos los días se ha de crecer en fortaleza y adquisición de las virtudes como el anacoreta.
El cenobita en su monasterio tiene que ejercitar las virtudes del anacoreta. Cierto que este no tienen los consuelos de la vida común, los ejemplos de los hermanos, pero tampoco tiene las mil ocasiones de renuncia que tiene la vida común. Por esto S. Basilio, decíamos ayer, no permite la vida solitaria, y S. Pacomio la considera menos perfecta que la cenobítica.
¿No es con frecuencia el huir de las espinosas consecuencias de la vida común lo que despierta deseos de soledad? Cierto que el anacoreta puede practicar mayores austeridades, pero cuan expuesto se encuentra a los engaños de la propia voluntad y del orgullo. La mayor austeridad es la de la obediencia y paciencia con los demás, que no se pueden practicar en la soledad.
El cenobita tiene  que encontrar en la vida del monasterio las ventajas del desierto sin sus inconvenientes.  La soledad, la oración, la unión con Dios son los grandes privilegios del desierto, pero una vida cenobítica verdadera, puede gozar  tan plenamente como el anacoreta  de estos bienes.
La soledad será completa para nosotros si observamos nuestras Constituciones. Las relaciones con el mundo y aún con los hermanos  están reducidas. El nuevo proyecto de constitución 29 intensifica esta soledad como carisma propio del monje cisterciense, si no lo descafeinamos con interpretaciones maximalistas.
En párrafo 1 indica el sentido de la separación, algo positivo y por lo que el solitario va al desierto:”dedicarse a una oración más intensa en la soledad es su manera particular de vivir y expresar el misterio pascual de Cristo. Según la tradición monástica esto implica una cierta forma de separación física, que ayude  a crear un espacio de soledad donde la búsqueda de Dios no encuentre trabas.”. El fallo puede darse si no busca ni se da a la oración, ya que entonces se encuentra con el vació, y no el purificador sino el del sinsentido y esto a nadie agrada.
Como el anacoreta, tenemos horas dedicadas a la oración, nuestra jornada está distribuida entre los ejercicios del cuerpo y del espíritu, tratando que ninguno de ellos se fatigue.
Finalmente S. Benito nos enseña a buscar en todas partes la unión con Dios y si tenemos su espíritu, veremos a Cristo, en los superiores, en los hermanos, en los enfermos, en los peregrinos, en los pobres, en  nuestro trabajo, en los instrumentos de trabajo, todo. El hijo de S. Benito encuentra a Dios en todas partes y nunca lo deja.

 

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49.- Aquellos  que no con un fervor de novatos en la vida  monástica, sino  tras larga prueba en el monasterio aprendieron a luchar contra el diablo, porque se bastan con el auxilio de Dios para combatir. (3-5)

                 Volvemos a estos párrafos sobre los solitarios, pues tienen unos rasgos importantes también para los cenobitas.
                  Para que una virtud sea sólida, tiene que pasar  por tres pruebas, tanto se trate de solitarios como de cenobitas.
       Señala que una virtud para ser probada, no basta el fervor de novato, o sea lo que podemos llamar la prueba del tiempo. Aunque necesaria, no es suficiente ella sola.  Puede darse el caso de religiosos  que han envejecido en el monasterio, no han llegado a adquirir virtudes sólidas. Pero el tiempo es necesario para que se conozca la existencia de la verdadera virtud.
        En los primeros años, dejándose llevar de las impresiones, se puede uno creer que ya posee la virtud por tener  un horror sensible al vicio, las verdades de la fe impresionan, descubre cada día horizontes desconocidos que apartan su atención de las criaturas. Así se cree ya libre de ceder ante el mal
         Los ejercicios de la vida monástica son nuevos para él y esta novedad produce un fervor sensible que impide caer en la rutina. Y sobre todo los consuelos sobrenaturales  con los que Dios suele colmar al alma en los principios de su conversión, para apartarle de los vicios, hacen olvidar  fácilmente los sacrificios que le impone la vida ordinaria.
         Es posible que su virtud sea sincera, pero también puede suceder que tan solo sea imaginaria. La prueba del tiempo aquilata esa virtud, para discernir si estaba realmente en la voluntad, o solamente en la imaginación.
          Por desgracia, se pueden encontrar monjes que aun ancianos, que parece que tienen virtud, cuando se dejan llevar de impresiones, pero decaen  cuando la imaginación deja de sostenerlos.
          Puede suceder que para algunos la vida religiosa sea una larga serie de favores sensibles  y relajamientos  o decaimientos. En otras palabras, un perpetuo dejar seguir sus gustos a la naturaleza.
          Por esto a la prueba del tiempo hay que añadir la prueba de la experiencia. Para que una virtud sea sólida, tiene que pasar por las prueba a del combate y del sufrimiento, de las tentaciones, de las humillaciones, de los cargos, de las contrariedades, de las persecuciones, de las calumnias, de las arideces, del disgusto, del desaliento.
          Es necesario conocer las artimañas del enemigo y el modo de vencerle. Todo esto  lo pueden enseñar los libros y los maestros espirituales, pero lo mejor que pueden darnos es teoría. Solo  la experiencia da la ciencia práctica, que nos afianzará en las virtudes. No podremos decir   que conocemos los senderos de la vida si no los hemos recorrido nosotros mismos.  Esta es la causa que monjes aparentemente virtuosos, pueden naufragar en algunas pruebas. Es fruto de su inexperiencia.
           La tercera prueba de virtud que señala S. Benito para el solitario es lo que podemos llamar del valor o la decisión. “Con el solo auxilio de Dios”.
          Algo es conocer al enemigo y saber con qué armas le podemos combatir, pero no es suficiente... La virtud sólida  es la que con la gracia de Dios vence en las luchas, sin necesidad de consuelos de otro. El monje cuya virtud está sólidamente probada, el combate le es muy fácil. En los principios  necesitaba ser confortado, consolado, alentado. Fácil.. Ya no deja escapar murmuraciones y quejas, pues le ha confortado la prueba y sus luchas pasan desapercibidas. Le basta la mano, dice S. Benito, para rechazar al enemigo.
          Abre su corazón al padre espiritual y le da a conocer sus penas, dificultades, pero lo hace no para recibir consuelos, sino para ser aconsejado y así cumplir mejor su deber...
           A la vista de los demás, procura manifestar siempre la calma, no deja traslucir sus combates, sus repugnancias interiores. “sin socorro ajeno” dice Benito La fuerza está en la gracia de Dios.
           Ante estos rasgos de lo que es una virtud  probada o sólida, con los que S. Benito describe al  anacoreta, procuremos  desarrollarlas en la vida cenobítica.

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50- .Los sarabaítas
- El tercer género de monjes, y pésimo por cierto, es el de los sarabaítas, estos se caracterizan por no haber sido probados como oro en el crisol por regla alguna por el contrario, se han quedado blandos como el plomo. (6)

Su nombre nos resulta particularmente expresivo. Sarabaíta, al parecerse compone de “sar” disperso y “abet” monasterio, vocablos coptos ambos y significarían dispersos  con relación al monasterio. Esto es el monje que vive en una celda o cabaña propia.
Como deja suponer Casiano, se les llamó de ese modo porque se  desconectaban de las comunidades cenobíticas, atendiendo por  sí mismo a sus necesidades materiales. Sea de ello lo que fuere, las críticas de S. Jerónimo y Casiano se ceban en ellos sin misericordia.
Jerónimo escribe: “El tercer género  es de los llamados “sarabaítas”, el mas despreciable y detestable. Habitan de dos en dos o de tres en tres o poco más. Viven a su albedrío y  libertad. Parte de lo que trabajan, lo depositan en común para  tener  los alimentos comunes. Por lo general habitan en ciudades y villas. Y por lo demás, como si fuera santo el oficio y no la vida, ponen a mayor precio lo que venden. Hay entre ellos frecuentes barajas, pues viven  de su propia comida,  no sufren sujetarse a nadie. Suelen tener competición de ayunos, y lo que debiera ser  cosa secreta lo convierten en campeonatos. Todo es entre ellos afectado: anchas mangas, sandalias mal ajustadas, hábito demasiado grosero, frecuentes suspiros, visitas de vírgenes, murmuración  contra los clérigos. Y cuando llega una fiesta más solemne, comilonas hasta  vomitar”. (Carta 22)
Casiano los considera los peores de todos los monjes. Infieles, vástagos de Ananías y Safira, farsantes, cismáticos, herejes faltaos de disciplina, de humildad, de obediencia, inferiores en todo a los auténticos cenobitas.
El autor de las  Colaciones tenía a la vista la sátira de Jerónimo que amplifica con nuevas acusaciones y lindezas.
Ante semejantes textos, hay que reconocer que la RB conserva cierta moderación en su crítica, que es con todo bastante dura y posiblemente injusta, por lo menos al generalizar de un modo tan absoluto. Jerónimo y Casiano, partidarios  a ultranza del cenobitismo copto, quieren verlo imitado en todas partes y exageran, universalizan y satirizan  todo lo que no se acomoda a sus  leyes.
 Cierto que en ese monacato libre que florecía un poco en todas partes, podían darse abusos y seguramente se daban. Entre aquellos monjes había vividores e hipócritas, es posible y hasta seguro, porque  ¿Dónde no se dan? Pero condenar en bloque  toda una manera de servir a Dios en una vida ascética es cosa muy diferente y grave.
En realidad los sarabaíta no eran los que Casiano, y tras él la RB llaman cenobitas renegados y degenerados, sino la supervivencia de la natural evolución del ascetismo premonástico, como lo demuestran  no pocos testos de los siglo IV y V.
No porque el cenobitismo estricto ofrezca más seguridad de agradar a Dios, por lo menos teóricamente, hay que despreciar  de un modo tan general y absoluto otros  géneros de monjes.

 

 

 

 

51.-Rasgos del sarabaíta.-
 El tercer género de monjes…es el de los sarabaítas. Estos se caracterizan  según lo enseña la experiencia, por no haber sido  probados como el oro en el crisol, por regla alguna, al contrario, se han quedado blandos como el plomo. Dado su manera de proceder, siguen todavía fiel al espíritu del mundo, y manifiestan claramente por su tonsura, que están mintiendo a Dios. (6-7)

Dejando de lado  la más o menos razón que tuvieron Jerónimo y Casiano, como la RB  en juzgar al sarabaíta y presentarlo, podemos ver las realidades que encierra su pensamiento.
El  sarabaíta tal como lo presenta RB es un monje desnudo de  espíritu religioso. De monje solo tiene el hábito.
Nosotros, cenobitas, y viviendo en comunidad, podemos  degenerar, sin salirnos de nuestra vida, en un  espíritu sarabaíta, e incluso de puede llegar a esto con bastante facilidad y presteza.
La primer nota que RB señala  es la falta de prueba por una regla,  no ha sido  formado en la disciplina no ha soportado ninguna prueba necesaria para la  inmolación del hombre viejo. Es lo mismo que era antes de ser monje.
En el monasterio tenemos una regla que nos guía para descubrir la voluntad de Dios. Sus orientaciones no están hechas por capricho, sino con la experiencia de  siglos. Su finalidad es formar en nosotros la imagen de Cristo. Pero  esto no puede realizarse, sino  aceptemos su acción.
Si buscamos como esquivar los puntos que nos duelen, descuidamos lo que juzgamos minucioso, nos sustraemos a su efecto trasformador. Y con el paso de tiempo, la interpretación se irá ampliando y encontraremos el  modo de evitar todo lo que nos desagrada. Con este proceder, se neutraliza todos sus efectos saludables. Y así después de años en el monasterio, podemos ser iguales que éramos cuando ingresamos.
Otra señal es que  se descuida el combate de los vicios, y no sólo queda uno como cuando ingresó, sino que puede ser aún peor, por no tener el ánimo necesario para hacer los pequeños sacrificios y evitando todo lo que pueda doler. Y menos ánimo aún para combatir los vicios que son la causa de las infidelidades.
El monje que descuida sus obligaciones, nunca  hará creer que combate seriamente sus defectos. Ni siquiera piensa en ellos.  ¿Que sucede entonces? Lo que necesariamente sucede a la naturaleza que no sufre violencia alguna. Cada día se hace más exigente y desarreglada, blanda como el plomo, se deja llevar de las influencias exteriores, esto es,  de las tentaciones, sin resistencia, y el alma del monje  se hace insensiblemente  esclava de los  vicios, y esto sucede con frecuencia.
Exteriormente no se hace gran mal, pero no cae en la cuenta que su vida es un completo desorden. Una vida completamente natural.
La tercera nota que pone S. Benito es que se vuelve a tener el espíritu del mundo. Seguir la naturaleza, es seguir la triple concupiscencia del orgullo, de los ojos y de la carne. Es hacer lo que hace el mundo alejado de Cristo.
En principio, el monje rechaza una conducta tan contraria al evangelio, se cae por debilidad o por cobardía. Pero poco a poco las múltiples infidelidades acallan la voz de la conciencia,  cesa el reprenderse la condescendencia con la naturaleza corrompida y muy pronto lo encuentra perdonable, y luego hasta legítimo. La perversión de la voluntad, conduce a la de la inteligencia.   
Y he aquí que llega u día, que este monje consagrado por los votos de pobreza, castidad y obediencia, sólo estima y busca los honores, las riquezas y los placeres.
Imbuido por las máximas del mundo aprecia o condena lo que aprecia o condena el mundo. Ha adjurado de las virtudes monásticas y de monje no le queda más que el hábito. ¿Se trata de un caso quimérico? Se dan casos, y lo que sucede a uno, puede suceder a otro, si no está en guardia. Y como es mejor que prevenir que curar, pongamos los medios para evitar esta desgracia, con la  fidelidad a la divina voluntad, combatiendo  las malas inclinaciones y  conservando un santo horror a las máximas y sentenciad del mundo.

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52.-Espíritu del sarabaíta.
 Se agrupan de dos en dos o de tres en tres, o a veces viven solos, encerrándose, sin pastor, no en los apriscos  del Señor, sino en los  propios, porque toda su ley se  reduce a satisfacer sus deseos. Cuanto ellos piensan o deciden lo creen santo y aquello que no les agrada  lo consideran ilícito (8-9)

S. Benito describe lo que podemos llamar el espíritu del sarabaíta. En primer lugar dice que vive sin pastor. La oveja sin pastor está expuesta a perecer. El tener un superior en la vida religiosa es una gran gracia, pero a la vez conlleva sacrificio, porque hay que someter la voluntad y el juicio al juicio y voluntad de un hombre y no por un día ni por los dos años de noviciado, sino de por vida.
Esta entrega  es la manifestación del don completo de sí mismo, es la muerte del amor propio, que en realidad no muere totalmente, y puede  revivir. Por eso siempre duele.
El monje que tiene este espíritu sarabaíta, tal como lo ve S. Benito, no tal cual fuese en la realidad,  comienza a sacudir el yugo del superior, se retira paulatinamente, evita las visitas o encuentros con él  para librarse  de obediencias que le aprisionan,  consigue permisos largos que le eximan  de recurrir  con frecuencia a una autoridad que le molesta.
Al aislamiento suceden muy pronto la desconfianza y el desdén. Critica, desprecia, condena los consejos y direcciones del abad. Se llena de  orgullosa suficiencia. Es decir, va por el camino que separa de Dios.
La segunda nota es vivir sin comunidad, de dos en dos  o de tres en tres, o solos. Por numerosas que sean las ovejas, desde el momento que se separan del pastor, ya no forman un rebaño, sino que es un grupo de ovejas descarriadas. La oveja en el aprisco no tiene más que seguir a las otras  para encontrar su camino, sus pastos, su abrevadero.
El sarabaíta carece de todas las ventajas que procura la comunidad, su rebaño, si tiene alguno, es la reunión de ovejas errantes. Camina al azar sin saber donde va.
 El monje que vive en comunidad con espíritu sarabaíta es desgraciado. Alejado del superior porque le pesa la obediencia, no tarda tambien  en separarse de sus hermanos cuyo compañia es una carga.  Entonces hace él mismo su comunidad. No hace nada como los otros, nada con los otros  y se retira cuanto puede de los ejercicios comunitarios. Si tiene un empleo, procura aislarse en él como en una fortaleza, para no tener que comunicarse  más que con su amor propio. Y Dios quiera que no encuentre  otros con el mismo espíritu, formando así otro aprisco, no el del Señor. Un hogar del mal espíritu.
La tercera característica del espíritu sarabaíta es que no tiene mas regla que el propio capricho. A esto se llega cuando se aisla del superior o de los hermanos. La concupiscencia convertida en señora ejerce sus derechos, pero no de pastor, sino de tirano.
 Es el que manda y exige que se le obedezca en todo y al instante:”toda su ley se reduce a satisfacer sus deseos. Llama bueno a lo que le gusta y malo a lo que le disgusta”. Incluso se toma el derecho de perseguir  a los otros en aquellas cosas que le molesta y condenarlo como malo.
En un monje que ha dejado todo  por Cristo y que vive en el monasterio, ¿Se puede dar esta situación? Ciertamente existe en un grado más o menos pronunciado en todo aquel que no vive unido a su superior por la filial obediencia y a sus hermanos de comunidad con un espíritu de caridad. Por eso podemos afirmar  tristemente que se dan estos casos y el mensaje que nos traen es como el de Jesús en el Huerto, a los tres apóstoles que le acompañaron:”velad y orad para no caer en la tentación”.

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53.-Los giróvagos.
 El cuarto género de monjes es el de los llamados giróvagos, porque su vida entera la pasan viajando por diversos países, hospedándose durante tres o cuatro días en los monasterios. Siempre errantes, nunca estables, se limitan a servir sus propias voluntades  y a los deleites de la gula, Son peores en todo  que los sarabaítas. (10 y 11)

Podemos aplicar a estos lo mismo que ya dijimos sobre los sarabaítas, que esta condenación que la RB hace en bloque a toda una manera de servir a Dios en la vida ascética, es cosa muy grave. Cierto que hubo hipócritas  disimulados bajo el hábito monástico, que optaron por  este estilo de vida. S. Agustín los conoció muy bien  y los describe así: nunca domiciliados, nunca comisionados, nunca fijos, embaucadores, negociantes con supuestas reliquias de mártires, pedigüeños. S. Agustín los llama como era habitual en su región “circumcelliones”, porque van de  cella a otra, de un monasterio a otro.
La RM y la RB los llama con un nombre compuesto del griego “giros” y del latín “vagus”. Ya dijimos que el Maestro les dedica una larga sátira de 144 párrafos,  mientras que la RB los despacha  con unas pocas palabras, no sin antes calificarlos como “perores en todo, -¿todavía peores? que los sarabaíta.
No obstante, estos monjes tenían unas nobilísimas raíces. Sus antepasados se remontan a los tiempos apostólicos, cuando en aquellos momentos eran una categoría especial de cristianos. Se les solía llamar apóstoles, profetas, doctores, que sin patria, sin  hogar, sin morada estable, viajaban  de ciudad en ciudad  cumpliendo con su oficio de predicadores ambulantes.
En la medida  que las comunidades cristianas se consolidaban con obispos estables, tal clase de doctores perdieron su razón de ser. Pero no obstante parece que siguieron con una existencia errante, ya no como predicadores del evangelio, sino por motivos puramente ascéticos.
 Tan parece ser con algún fundamento, el origen de los giróvagos. Monjes que habían tomado muy enserio la imitación de Cristo, que no tenía donde reclinar la cabeza. Solos o en pequeños grupos iban de un lugar a otro sin rumbo fijo. Practicaban la más estricta pobreza y Vivian  de lo que les daban o de la hierbas del campo, pasaba n las noches en invierno en cualquier refugio y las de verano al sereno. Consideraban como un timbre  de gloria de que los tomaran por vagabundos o dementes. Así sabemos que fue la vida de S. Simón el loco sublime, que se santificó fingiéndose loco.
   

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54.Notas de los giróvagos.
-El cuarto género de monjes es el de los llamados giróvagos, porque su vida entera la pasan viajando por diversos países hospedándose durante tres o cuatro días en los monasterios, nunca estables, siempre errantes, se limitan a servir a sus propias voluntades  y a los deleites de la gula. Son peores en todo que el sarabaíta. (10 y 11)

 

Ese espíritu giróvago de que nos habla S. Benito, podemos encontrarlo dentro del cenobio en distintas formas.
El más corrientes es en aquel que necesita salir del monasterio y emprender un viaje para descansar o aquel monje que dentro del monasterio le falta estabilidad en su vivir.
Muy mala es la situación de aquel  que el superior se ve obligado a condescender  para proporcionar consuelo a la débil virtud  de algún monje y muy enferma el alma del monje que necesita estos consuelos emponzoñados.
El religioso que hambrea salir del monasterio es claro que no tiene el espíritu de S. Benito, ya que nuestra vocación se funda en la estabilidad. Para el hijo de S. Benito el estar  en el monasterio  rodeado de sus hermanos, tiene que ser su mayor consuelo. El solo pensamiento de un viaje tiene que causar repugnancia.
¿De donde nace el espíritu giróvago? Si atendemos a  las notas que ofrece S. Benito vemos que en primer lugar  nace de la inconstancia de carácter. “Siempre errantes, nunca estables”. El inconstante lo es en todo, pasa por todos los oficios, sin encontrar el que le cuadre. En su vida  espiritual no hay nada seguido. Va de una virtud a otra sin detenerse en ninguna. Sus resoluciones no tienen efecto alguno, porque sus propósitos cambian  según sus impresiones; tan pronto lleno de fervor, como sin energía.
Esta ligereza de carácter proviene de una voluntad débil, que no ha sido formada en la escuela del sacrificio, y sin convicciones firmes en su inteligencia. Es como una nave sin piloto, que camina a favor de los vientos.  No puede haber estabilidad donde no hay principios.
El monje interiormente equilibradoantes de empezar cualquier empresa, toma la resolución después de una seria reflexión,  consultado y orado. Pero una vez decidido, hay que seguir adelante, suceda lo que suceda, no volviendo sobre sus pasos a no ser que la conciencia le obligue a ello.
En segundo lugar es la falta de mortificación de las pasiones. “Siguiendo a sus propias voluntades”. Aquel que se busca así mismo, se hace insoportable a si mismo y a los demás. Con cualquier trabajo o cargo, siempre está enojado. La paz sólo se encuentra  no cambiando el entorno, sino reformando el carácter y  mortificando las pasiones.
Una tercera causa que manifiesta  un espíritu giróvago, S. Benito señala la gula. El giróvago que habla S. Benito viaja sin cesar para satisfacer su glotonería. El monje cenobita con espíritu giróvago que busca salidas,  busca proporcionarse algún alivio o satisfacción a la naturaleza dolorida.
              Con esto no quiero decir que  en algunos momentos de tentación o de enfermedad corporal pueda sentir el monje gran melancolía,  necesidad de llora, un tedio mortal. ¿Qué hacer en esta situación? Tener claro que no es señal de estar inficionado del espíritu del giróvago, y aceptar con  valor el cáliz, y Dios no tardará en conceder sus consuelos que confortan más que cualquier consuelo humano.

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