Semana VII de Pascua – Martes 3

PASCUA

Martes 7º

 

 

LECTURA:       

“Juan 17, 1‑11ª”

 

 

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste.

Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese. He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra.

Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado.

Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti.»

 

 

MEDITACIÓN:       

“La obra que me encomendaste”

 

            Hay realidades que no nos podemos cansar de repetir, aunque no queramos escucharlas, o precisamente por eso, porque están poniendo de manifiesto algo de lo que no podemos renegar, al menos Dios no lo puede renegar con respecto a nosotros, porque es él quien ha inscrito en nuestro ser ese proyecto humano. Nosotros podemos negar el proyecto o la tarea de nuestro crecimiento, lo podemos frustrar y rechazar, pero Dios no; por eso, insiste esperando que en algún momento salte un resorte en nosotros que nos haga conscientes, ilusionadamente conscientes, de nuestra potencialidad, que siempre es para algo, no sólo posibilidad.

 

            Todos y cada uno traemos un plan para nuestra vida. No venimos a ver qué pasa, venimos a construir nuestra historia personal y con ella a colaborar en la construcción de nuestra historia social. Es decir, venimos con una tarea que nos han encomendado, que es nuestra, por eso debía importarnos mucho, por eso debíamos estar como muy atentos, como muy dispuestos, ilusionadamente dispuestos, sabiendo que los retos son muchos, que las dificultades también, que las zancadillas, que los miedos, que las comodidades juegan papeles importantes que tratan de desviarnos de esa finalidad. Es como si junto al deseo se uniese una oposición abierta empeñada en capacitarnos para responder a realidades materiales, pero no a esa realidad íntima, profunda, esencial, que conforma o debía conformar nuestro ir forjándonos hacia una meta clara que debíamos desear conseguir.

 

            Jesús lo tiene claro y lo pone de manifiesto, y así nos ofrece su luz, al menos su llamada o interpelación. Él tenía clara su obra, venía a llevar adelante el plan de amor del Padre, y lo asume,, se adentra en él. Hasta el final. Ha coronado la obra que se le encomendó y a ella ha dirigido su empeño, su fuerza, su vida. Y es que cuando se sabe de dónde se arranca, cuando se sabe hacia dónde se quiere ir, se puede asumir la vida, la tarea, con todos sus riesgos y con todas sus esperanzas. Por eso, es muy importante, saber que en nosotros existe esa fuerza y esa orientación capaz de llevarla adelante, que hacer dejación de ello, es como renegar o rechazar todo lo que en nosotros está capacitado para hacerlo posible.

 

            Lo podemos ver como incordio, como intromisión, o como la fuerza y la realidad de nuestro ser humanos que precisamente Jesús ha venido para poner de manifiesto, para defender. Y así lo hemos visto enfrentarse con todo lo que lo quería impedir. Podía haberse quedado al margen, se podía haber conformado con decirnos que ahí estaban los medios, pero se implicó, lo mostró con su vida, quería que lo viésemos, que palpásemos sus consecuencias, que sintiésemos que merecía la pena. Y en ese empeño, tras su muerte y resurrección, se mantiene y nos sigue invitando a mirarnos, a mirar, a repensar, nuestra obra, mi obra. La obra de mi historia, de mi vida, de mi plenitud.

 

           

ORACIÓN:       

“Que no olvide mi tarea”

 

            A veces, da la sensación, Señor, de que algo falla, de que algún resorte se nos ha soltado en el camino de nuestra vida, dentro de nuestra propia realidad, que parece como que nos ciega o nos bloquea en nuestro propio desarrollo. Se nos diluye nuestra parte más humana, tanto que muchas veces tenemos que hablar dolorosamente o resignadamente de actitudes inhumanas, y ¡estamos viendo tantas! Asistimos a una especie como de ceguera personal y colectiva que no sabemos dónde nos puede llevar, y que tampoco parece que queremos ver con claridad, tal vez para no asustarnos o no comprometernos, y seguimos como si no pasase nada, porque en el fondo quisiéramos que no pasase. Pero el cerrar los ojos, el volver la mirada, el disimular las cosas no  soluciona, no hace avanzar. Señor, que no olvide mi tarea, mi ser tarea. Que no olvide lo que soy porque ahí está la clave de mi camino. Ayúdame, Señor. Gracias

           

 

CONTEMPLACIÓN:         

“Mi historia”

 

Puedo mirar adelante

puedo mirar adentro

 y arriba,

puedo descubrir horizontes,

aparentemente escondidos 

y plenamente abiertos.

Puedo abrir los ojos,

interiores y exteriores,

y ser capaz de ver

esa fuerza que quiere empujar

los mejores resortes de mi vida,

y que gritan mi destino.

Y quisiera a veces desoírlo,

plegarme al juego

de lo que sale

y no de lo que elijo;

pero es mi historia, Señor,

y la quiero mía.

 

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