Semana VII de Pascua – Lunes 3

PASCUA

Lunes 7º

 

LECTURA:        

“Juan 16, 29‑33”

 

 

En aquel tiempo, dijeron los discípulos a Jesús: «Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que saliste de Dios.»

Les contestó Jesús: «¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre. Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo.»

 

 

MEDITACIÓN:         

“Tened valor”

 

            Me parece una llamada importante y, tal vez, de un modo especial en las circunstancias en que nos ha tocado vivir. No son ni mejores ni peores que las que han podido existir en otros momentos de la historia, simplemente que son las nuestras y, por lo tanto, nos afectan a nosotros, y nosotros tenemos que responder.

            De hecho, si recordamos, cuando en la primitiva comunidad se empiezan a producir las primeras persecuciones, la oración de la iglesia no es la de pedir que no se den, sino la de tener valor para afrontarlas y poder llevar adelante el mensaje que han recibido.

Pienso que es una llamada que está urgiéndonos a trascender además, todas las realidades en las  que nos movemos. Y es que la sensación que tenemos o que damos, es que nos falta valor. No sólo valor frente a los otros, que tal vez sea el segundo paso o la segunda consecuencia, sino valor con respecto a nosotros mismos.

Como recordamos, o nos recuerdan muchas veces, estamos insertos en una sociedad frágil, “light, líquida”, como queramos llamarla, donde de alguna manera parece que tendemos a hacer dejación de todas nuestras potencialidades. Nos echamos fácilmente atrás ante las primeras dificultades, y con la misma facilidad renunciamos a conseguir esos proyectos de vida que hemos iniciado con aparente ilusión pero que cuando surgen las dificultades abandonamos o echamos por la borda para probar nuevas experiencias, incapaces de conquistar lo que decíamos querer, y creo que la mayor parte de las veces sin pararnos a pensar en las consecuencias de todo lo que nos rodea, nos afecta, o forma parte de nuestro entorno, como una especie de indolencia que termina generando mucho dolor. Y esto lo estamos viendo y palpando de una manera continua.

Por eso, me parece importante esta afirmación de Jesús. Necesitamos capacidad para recuperar el valor del esfuerzo, de la entrega, del asomarnos a nuestra verdad y sentir que ese esfuerzo, ese valor, es tarea necesaria que nos permite, que hace posible, que nos vayamos descubriendo en todas nuestras posibilidades. No podemos renunciar a lo mejor de nosotros, no podemos reducirnos a lo que va saliendo, tenemos que ser capaces de ser dueños, de recrear, de construir, de reedificar, de forzar nuestros valores como los desarrolla el mejor artista o ese deportista que quiere sacar el máximo provecho de sí mismo.

Tenemos que reconocer con humildad que nos pueden demasiados miedos, demasiadas seguridades y comodidades. Da la sensación de que pretendemos renunciar a nuestra humanidad, y donde la ley del más fuerte, no de la razón, ni de los mejores sentimientos del corazón, acaparan nuestro empeño. Nos estamos dejando engañar y quedándonos atados en el más acá sin ser capaces de dar un paso, o un salto para defender nuestra dignidad, nuestra grandeza humana, el proyecto de amor de un Dios que ha puesto en marcha nuestra vida, nuestra historia.

 

Sí, puede ser que haga falta mucho valor, pero creo que eso es, al fin y al cabo, lo que está llamado a definirnos como personas. Y el Señor nos lo recuerda, nos apoya y nos descubre su valor y su belleza. Es la actitud de respuesta más urgente que necesitamos en nuestro proceso de ascensión.

 

ORACIÓN:       

“Hay que descubrir”

 

            Es cierto, Señor, ceo que hay que tener mucho valor para tener valor. A veces nos es fácil utilizar palabras bonitas, pero lo cierto es que a la hora de la verdad se nos escapan muchas afirmaciones, porque la realidad es compleja, y la sentimos muy condicionada desde dentro y desde fuera. Vivimos supeditados, excesivamente supeditados al qué dirán, al que nos señalen con el dedo, a sentirnos desmarcados, a lo que está de moda, a lo que nos dicen que es lo moderno, lo progre, lo que se lleva y que, además, cada uno, es dueño de sí. Y es y no es verdad. No estamos solos, dependemos de otros y otros de nosotros. Somos portadores de toda una realidad profunda que nos viene dada, que no hay que inventar que sólo hay que descubrir, proyectar, trabajar, ilusionar, conquistar, todo un reto, que exige, sí, exige valor para dejarle ser lo que quiere o está llamada a ser. Y en ti, Señor, lo descubrimos porque lo has puesto de manifiesto, eso sí con todos sus efectos buenos y  también de rechazo, pero ahí es donde entra en juego el valor. Y deseo hacerlo mío. Ayúdame, Señor. Gracias.

 

           

CONTEMPLACIÓN:        

“Una conquista”

 

Cuántas conquistas frustradas

que dejan en mí un halo

de desconcierto y tristeza,

porque sé que han frenado un sueño.

 No tengo el valor de volver atrás,

de recuperar pasos,

de descubrir y reconocer que puedo,

que en mí hay fuerza y coraje,

y quiero seguir siendo yo

el dueño de mi historia.

Y sé que tú me apoyas,

y sigues alentando esa llama

que está ahí esperando

la fuerza de un soplo

que tiene mi fuerza y la tuya,

tu valor y el mío,

la capacidad de una conquista.

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.