Semana V de Pascua – Lunes 2

PASCUA

Lunes 5º

 

LECTURA:        

“Juan 14, 21‑26”

 

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.»

Le dijo Judas, no el Iscariote: «Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?»

Respondió Jesús y le dijo:«El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amara, y vendremos a él y haremos morada en él.

El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.

Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.»

 

 

MEDITACIÓN:       

“El Defensor”

 

            Avanzamos en la pascua hacia Pentecostés, cuando la irrupción del Espíritu va a dar el empuje definitivo a esta iglesia naciente, todavía temerosa y con no pocas incertidumbres a sus espaldas.

 

            No se trata de una realidad nueva. El Espíritu ha estado presente con una fuerza especial a lo largo de toda la actividad de Jesús y ha sido el protagonista de los momentos cruciales de su camino. Lo ha anunciado, como vemos ahora a los discípulos, porque va a ser el nuevo enlace que empuje la acción de Jesús a lo largo de la historia una vez que emprenda la vuelta al Padre. Va a suponer una presencia menos física que la que han experimentado con Jesús, pero no menos real y fuerte, porque precisamente él va a ser el encargado de llevar adelante la obra iniciada en Jesús hasta su culminación.

 

            Y me parece que no menos importante son algunos nombres que utiliza Jesús con respecto a él, y que hemos olvidado o dejado al margen y que, sin embargo, me paree que son significativas, por eso Jesús las utiliza. Tal vez en ese momento resuena en aquellos hombres con más fuerza que en nosotros pero, tal vez, teníamos que segur aprovechando esa nomenclatura que utiliza Jesús porque hoy nos puede o nos debía servir de estímulo, de apoyo y de fuerza.

 

            Aquellos hombres han vivido unos años apoyados, arropados, seguros, de alguna manera, al lado de Jesús, por eso su final les ha desconcertado y dispersado. Sienten desvalimiento, soledad, inseguridad y miedo. Ahora que Jesús vuelve al Padre quiere hacerles saber que no están solos, que su Espíritu está con ellos. Es el Espíritu de Dios, y para ellos va a ser también el Defensor, la misma presencia de Jesús a través del cual van a poder seguir ahondando en todo lo que les ha dicho, comprenderlo mejor, traducirlo, encarnarlo en los acontecimientos de cada día de su historia por venir, de la nuestra de cada día.

 

            La cuestión es experimentar esta defensa cuando los riesgos y los peligros siguen estando presentes. Cuando las persecuciones no cesan. Cuando muchos seguidores de Jesús siguen siendo eliminados hasta nuestros días. ¿De verdad que el Espíritu nos defiende, o son palabras de buena voluntad para aguantar lo inaguantable con resignación?

 

            Y tal vez se trate de descubrir que esta defensa no la realiza el Espíritu tanto hacia fuera como hacia dentro de nosotros mismos. Es decir, nos defiende de nosotros más que de los otros. Nos quiere defender de nuestros miedos, de nuestras parálisis, de nuestras tentaciones de abandonar o de dejarnos llevar por el ambiente fácil y cómodo. Porque para qué complicarse la vida si viviendo cada uno a su aire parece que los problemas se minimizan, al menos algunos, y hasta desaparecen. Meterse en la corriente es lo mejor, lo más fácil, y vivir el seguimiento de Jesús bajo mínimos, cumpliendo ritos, pero sin que nos exija más.

 

            Sí, el riesgo más que fuera, aunque parte nos venga de ahí, lo llevamos dentro, y desde ahí interpela la verdad y la fuerza de nuestras convicciones, de nuestra fe, de nuestro ser discípulos de Jesús. Y la noticia es esa. No estamos solos. No estamos abandonados. El amor de Dios nos envuelve y sigue queriendo rodear nuestras vidas, para eso nos ha salvado, y proyectarlas desde el bien y para el bien, con riesgos o sin ellos. Aprender a apoyarnos en él es tarea crucial de ayer, de hoy y de mañana.

 

 

ORACIÓN:       

“Me sigues empujando”

 

            Es cierto, Señor, muchas veces nos sentimos solos, desconcertados. Da la sensación de que no sabemos manejarnos en este tiempo que nos ha tocado vivir y, frente a las seguridades de una etapa de nuestra historia, ahora parece que todo se nos hace hostil, y nos acongoja y nos paraliza. Parece como si todos tuviesen derecho a decir y pensar cualquier cosa excepto nosotros, y no sabemos cómo actuar ni entre los nuestros. Lo triste es que al final no tenemos claro si es la prudencia, que hay que tenerla, o el miedo, que eso nunca, o la justificación cómoda, que es una tentación, lo que nos está afectando. En medio de todo esta confusión tu palabra es crucial, Señor. Hazme sentirla con fuerza. Hazme sentir que desde dentro de mí, tú, en mis incertidumbres, me sigues empujando, cuidando, estimulando, queriéndome abrir a ti y a tu amor que no cesa, que no se marchita ni disminuye, para que mantenga el mío vivo. Ayúdame, Señor. Gracias.

 

 

CONTEMPLACIÓN:        

“No estoy solo”

 

No estoy solo, lo sé

aunque a veces

se resquebraje mi tierra

y sienta que las sombras

se me hacen recias,

y tenga que nadar

en aguas inciertas.

Pero no estoy solo, lo sé.

Y en esa confusión me sostienes,

y mantienes mis pasos,

aunque sigan siendo frágiles,

y me ayudas a caminar contigo,

a caminar hacia ti,

torpe, pero hacia ti,

y contigo,

manteniendo viva mi esperanza.

 

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