Semana VII de Pascua – Jueves 3

PASCUA

Jueves 7º

 

 

LECTURA:       

Juan 17, 20‑26”

 

 

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró, diciendo: «Padre santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mi, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.

También les di a ellos la gloria que me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y los has amado como me has amado a mí.

Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo.

Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté con ellos, como también yo estoy con ellos.»

 

 

MEDITACIÓN:       

“Estoy con ellos”

 

            Al releer todas estas palabras de Jesús, nos puede quedar como una especie de sensación de fracaso. Es como si el sueño de Jesús se hubiese frustrado, hubiese chocado contra la realidad de la dureza de nuestro corazón. Como si en realidad no diésemos importancia a algo que para Jesús, tal como lo expresa, es fundamental en la corriente de la fe en él y de todo su mensaje que se mantiene todavía hasta nuestros días, presa de un montón de intereses humanos que pesan más, al parecer, que los deseos de Dios.

 

            Pero si en medio de este mensaje podemos descubrir, como siempre, un vacío de totalidad por nuestra parte, no así sucede de parte de Dios; y, al final, eso es lo importante, porque eso es lo que mantiene viva la llama de la esperanza. Dios, como dice santa Teresa, en cuyo centenario estamos, “no se muda”, o como dirá el apóstol, es “fiel”.

 

            Jesús ha generado una corriente de amor entre él, Dios y nosotros, una corriente de amor que parte del corazón de Dios, y eso desde antes de la creación del mundo. Es decir, ha formado parte del proyecto de Dios para con nosotros, que es lo que nos ha manifestado con su encarnación y redención. Y desde ahí él se ha quedado con nosotros, sigue con nosotros, sigue ofreciendo y volcando su amor, sigue dándonos a conocer el amor de un Dios Padre que quiere guiar nuestra historia hacia la unidad. Esa unidad capaz de crear una armonía  de todos los seres humanos con Dios, consigo mismos, con los otros y con toda la creación.

 

            Eso es, al fin y al cabo, lo que ponemos de manifiesto que buscamos y tratamos de trabajar en todos los estamentos de la historia, pero que se ven fallidos en infinidad de ocasiones por nuestros intereses cerrados o todo ese cúmulo misterioso de actitudes que nos desbordan y sorprenden a nosotros mismos, también a nivel religioso y espiritual.

 

            Por eso, la llamada de Jesús suena apremiante y, al mismo tiempo esperanzadora. No estamos dejados a nuestra suerte. Nuestra humanidad sigue recibiendo la mano tendida de Dios. No es un Dios enemigo, no está para frustrar proyectos ni para acallar esperanzas; todo lo contrario, está para mantenerlas, despertarlas, descubrirlas y potenciarlas. Es una llamada continua al amor que brota de sus entrañas y que quiere atravesarlo todo para que la humanidad encuentre el sentido de lo que y para lo que está llamada. Y nosotros, estamos urgidos de un modo especial. Por eso, hace algo hermoso: ora por nosotros.

 

 

ORACIÓN:        

“Corriente de fuerza”

 

            Nos cuesta encontrar la armonía con nosotros mismos, Señor, y desde ahí ya podemos intuir, y además la experimentamos, la dificultad para encontrar la armonía con los otros. Es ahí y así como seguimos poniendo de manifiesto nuestras contradicciones y, cómo a pesar de tener aparentemente claros muchos objetivos, a la hora de la verdad choca, no ya con obstáculos externos, sino con los nuestros propios, con los que generamos en nuestro interior, a veces bastante confuso o presa de muchos sentimientos que no sabemos encauzar, no sé si porque no ponemos todo el empeño o porque en realidad no sabemos asumirlos en todas sus consecuencias. Señor, tu llamada suena universal y en ella está en juego esa corriente de fuerza, de vida, de bien, de amor, que no es un invento, que llevamos inscrita, y que por eso nos sorprende cuando vemos gestos de ruptura. Es un proyecto vivo en ti y en mí, ayúdame a no olvidarlo. Gracias, Señor.

           

 

CONTEMPLACIÓN:       

“Lo llenas todo”

 

No hay soledad, no,

no hay soledad

porque tú lo llenas todo.

Y en ese espacio

tan vacío y tan lleno de ti,

en esa fuerza silenciosa

de un amor que me supera,

siento una llamada

que choca con las paredes

de mis dudas y miedos.

Y quiero agudizar

mis sentimientos,

muchas veces desanudados,

que tú quieres ayudarme a anudar,

con la fuerza de tu amor.

 

 

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