Semana V de Pascua – Jueves 3

PASCUA

Jueves 5º

 

LECTURA:        

Juan 15, 9‑11”

 

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.

Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.»

 

 

MEDITACIÓN:         

“Vuestra alegría llegue a plenitud”

 

            Por un motivo o por otro parece que la realidad no está como para que tiremos muchos cohetes. Si nos asomamos a lo que más se ve de las informaciones que recibimos, el mundo no nos ofrece muchos encantos. En nuestro mundo personal, a pesar de las imágenes que queramos dar, tenemos que reconocer que hay más dramas de los que quisiéramos pero que procuramos disimular.

 

            Por supuesto que no se trata de pintarlo todo de negro porque no sería verdad. A pesar de todo ello vivimos en un mundo lo suficientemente hermoso como para seguir queriendo vivir en él. Pero lo que sucede es que parece que no sabemos encauzarlo, darle forma. Y lo triste, aunque el título hable de alegría, es que somos nosotros mismos los que le ponemos los frenos, los que no terminamos de acoger valores, los que frustramos, de alguna manera, las posibilidades que están dentro de nosotros y que, sin saber muy bien porque, no sabemos o no somos capaces de utilizar para remontar, para sacar lo mejor, para humanizar nuestra propia realidad, para aportarle lo que parece que debía ser de sentido común.

 

            Pero en medio de todo esa realidad, palpamos también anhelos, deseos de felicidad, de que las cosas sean mejor, de que las relaciones se hagan más humanas, aunque al mismo tiempo, en una especie de ingenuidad o despiste, parece que pretendemos que eso se haga solo, o lo hagan los demás, como si no nos costase ningún precio, como si fuese algo que surge porque sí, al mismo tiempo que reconocemos o nos preguntamos qué es lo que estamos haciendo mal.

 

            Y ahí surge de nuevo la palabra de Jesús que nos invita a mirar más allá, más dentro de nosotros, a ir a la raíz. Porque hay una raíz donde nos podemos encontrar con el secreto de todo, y con la posibilidad de encontrarnos con el apoyo y con la dirección. Y es que mientras nos empeñemos en quedarnos en lo superficial, en lo meramente externo, no seremos capaces de dar pasos adelante que nos ayuden a ir esponjando las causas de nuestra auténtica felicidad, de nuestra alegría, podemos llamarle seria, al margen de otras alegrías pasajeras, buenas, pero que no son las que definen la hondura de donde tiene que arrancar para que nada ni nadie la pueda eliminar.

 

            Y Jesús nos vuelve a recordar que esta raíz está y se apoya en la certeza de sabernos amados por él, de sabernos amados por Dios; más, de que nuestra existencia arranca y se alimenta o solo se puede alimentar de verdad en su amor. De ese amor con que Dios nos miró y pensó en nosotros desde antes de la creación del mundo. Y es que cuando nos sabemos amados desde nuestra esencia, podemos descubrir que estamos hechos para amar, y que eso que es raíz profunda, gozosa, elemental, sustrato que nos alimenta, como el líquido en que flota un feto, nos encamina para hacer de esa experiencia fuerza de nuestro camino que lo envuelve todo hasta alcanzar su culminación.

 

            Porque ése es nuestro fin, como termina diciendo. Que esa alegría suya en nosotros, la alegría del amor de Dios volcada en mí, se convierta en plenitud, en felicidad definitiva, no como algo que nos ha venido de fuera, sino como algo que latía, que sentimos que late y que anhelamos ya en nuestro ahora.

 

            No somos una quimera ni un mero proyecto que se ahoga en el camino, más allá del ahogo que queramos procurarnos nosotros mismos. Es anhelo profundo, pero exige respuesta, acogida, trabajo, deseo. No somos meros receptores sino constructores activos de nosotros mismos, porque el amor de Dios en nosotros no juega, se ofrece, se acoge, se da y se plenifica, un día de manera definitiva en respuesta a nuestra búsqueda a veces a tientas pero siempre sincera. Esa alegría garantiza la verdad de lo que creemos y, por lo tanto, nuestro testimonio.

 

 

ORACIÓN:       

“Forjamos nuestra felicidad”

 

            Cuánto se escribe sobre la felicidad, tal vez queriendo expresar con esa palabra muchas cosas que puede ser que se nos escapen. Muchas veces también apoyadas en aspectos meramente externos que, ciertamente, no la hacen posible, porque lo meramente material siempre es pasajero y sujeto a los avatares del día a día. Por eso fluctuamos tantas veces, y lo que hoy era o hacía felicidad mañana lo elimina lo contrario. No, no significa que la felicidad tenga que ver con la indolencia. Cuando el dolor viene duele y rompe muchas de nuestras estructuras y hasta nos desestabiliza. Y eso hasta nos hace preguntarnos dónde estás. Y es que se nos olvida eso, que tú estás ahí amando, amándonos; que nuestra existencia se apoya en tu amor y que caminamos hacia la plenitud de un amor que nació en ti y culmina en ti, Cuando eso lo sentimos nuestra vida adquiere un talante, y sus luces y sus sombras pisan tierra firme, Cuando descubrimos que ahí late nuestro sentido somos capaces de pasar contigo por encima de nuestras circunstancias y aportarles el peso firme de una experiencia que la consolida y que aporta a todo una mirada y una esperanza nuevas. Ahí y así forjamos nuestra felicidad condicionada pero en camino de su plenitud porque no se apoya en lo que sucede sino en lo que llevamos inserto en el corazón. Ayúdame a sentirlo y vivirlo, Señor. Gracias.

             

 

CONTEMPLACIÓN:         

“Nacido en ti”

 

Sentir que el aire roza mi cuerpo;

dejar que el sol caliente

y deje pasar con su luz

el color y el calor de la vida.

Que la naturaleza me inserte en ella

y el murmullo del agua

despierte  esa especie de misterio

que entronca con mis adentros.

Sentir que la cercanía de los otros

se me hace señal de vida

en la que puedo insertar la mía.

Crear lazos hechos de esfuerzo,

con tensiones encontradas

y batallas vencidas,

que me descubren creciendo.

Todo es vida en marcha,

alegría que quiere ser asentada

y defendida.

Esperanza de un camino,

siempre sin acabar,

pero que arranca de un amor,

nacido en ti y prendido en mí,

que espera alcanzar su meta.

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