Domingo VI de Pascua -Ciclo B

PASCUA

Domingo 6º – B

 

 

LECTURA:         

“Juan 15, 9‑17”

 

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:   «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. 

Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. 

Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.  Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus  amigos.  Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.  Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. 

No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure.  De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé.  Esto os mando: que os améis unos a otros.» 

 

 

MEDITACIÓN:         

“Mi alegría esté en vosotros”

 

            A veces da la sensación de que no estamos para muchas alegrías, de las de verdad. Da la sensación de que nuestra vida está asediada por todo un cúmulo de circunstancias que, entre pequeños respiros, nos tiene como prisioneros de toda una serie de condicionamientos externos e internos que no nos dejan que nuestro corazón viva en tono expandido. Hasta en los programas que se nos ofrecen no se señalan más que los conflictos, las rupturas, las peleas, todas esas realidades internas que apagamos u ocultamos pero que luego ponemos claramente de manifiesto porque están ahí, lacerando silenciosamente nuestro interior, hasta que encuentran un tubo de escape, del tipo que sea, y que necesitan salir.

 

            No se trata de oscurecer la vida, pero tenemos que ser realistas y reconocer nuestra verdad, en sus valores y en sus limitaciones, porque ésa es la única forma de poder darles una respuesta sincera. El tema es que cuando nos pretendemos quedar solamente en el área más externa de nuestra riqueza humana, terminamos perdiendo o no sabiendo aprovechar todo ese potencial que llevamos inserto en nosotros, y que nos hace capaces de esfuerzo, de lucha, de superación, de capacidad de descubrir nuestras posibilidades, pero que muchas veces, no sabemos muy bien porqué, ahogamos, o mantenemos ahí como aletargados.

 

Frente a esa realidad nos viene el mensaje de Jesús que se nos ofrece como llamada, como invitación a asomarnos a otra perspectiva, como a otra dimensión, pero que no es ajena, que es nuestra, mía, y que parece que nos da miedo descubrir. Y es que en el fondo nos desvela algo que sentimos pero que no nos atrevemos a acoger plenamente, que la alegría, la de verdad, la que nace de dentro, no está asentada en las cosas externas que nos puedan acontecer, aunque nos influyan, sino en aquellas que a la hora de la verdad se mantienen ahí, arraigadas en nuestro ser más profundo, y  que nada las puede borrar pues forman parte de nosotros, como nuestro propio corazón, porque están asentadas en él.

 

            Así, Jesús nos habla de su alegría, como nos ha hablado de su paz, como algo insertado en nosotros, que no puede verse alterado y que nunca puede desaparecer, y a la cual estamos abocados a volver y apoyarnos, porque forma nuestro sustrato, nuestro suelo, donde podemos pisar y poder seguir haciendo el camino. No es algo meramente externo, impuesto, sino algo con lo que estamos, podíamos decir que fabricados, hechura de un amor  que nos ha creado  a su imagen, y ha volcado en nosotros todo ese potencial llamado a conformar los pilares de nuestra humanidad. Por eso, es una alegría que nadie puede quitarnos, a no ser que nosotros la eludamos o anulemos.

 

            Es una realidad que conforma nuestro sentido de la vida, que viene confirmada ahora por la realidad del acontecimiento de la resurrección. Una llamada a descubrir nuestra riqueza del ser con todas sus consecuencias. Algo desde lo que construir y a lo que volver en medio de nuestras vicisitudes, porque nos recuerda nuestra hechura y nuestro destino. Como el juego de la Oca, se trata de la fuerza para ir de la vida hasta la Vida en toda una tarea de nuestro construirnos desde lo que somos.

 

Como personas de fe, la alegría que se apoya en Cristo, en su resurrección, es clave para nosotros, nuestra tierra, porque es nuestra característica, la característica del don que hemos recibido. El Papa Francisco nos lo está recordando, y así nos lo ha dejado en la Exhortación que nos habla de la alegría del Evangelio. Intentemos acogerla y que sea nuestra fuerza y nuestro testimonio.

 

 

ORACIÓN:          

“Fuerza que es mía”

 

            Buscamos la alegría, Señor, hablamos constantemente de la felicidad, forma parte de un anhelo que llevamos dentro, pero a la hora de la verdad se nos escapa la realidad por muchos agujeros que, tal vez, nos hacen mostrar una cara por fuera, pero por dentro es otra, y termina desconcertándonos a nosotros y sorprendiendo a los otros. Hemos optado, parece,  por quedarnos en la superficie, o no sé si el tema es que tenemos una dificultad para entrar dentro, porque nos desborda, porque nos da miedo, porque no sabemos cómo hacerlo, porque nos asustan las posibles consecuencias, pero es el único camino que nos queda porque es el más nuestro, el más auténtico. Señor, ayúdame a apoyarme en él, en ti, a descubrir en medio de mis luchas esa fuerza que es mía y que en el fondo es la que busco, siento y anhelo. Que sepa darle la fuerza que tiene para mí, porque viene de ti. Gracias, Señor.

 

             

CONTEMPLACIÓN:          

“Dejarme sorprender”

 

Tengo que aprender

a sonreír por dentro

para poder hacerlo por fuera;

ir más allá de mi exterior

para entrar en ese campo

cargado de belleza

que algo me impide ver

y que está ahí expectante,

esperando mi mirada,

para dejarme sorprender.

Y descubrir que no es un espejismo,

que es mío, que está en mí,

más allá de mis sombras,

o de esos aguaceros

que a veces lo anegan

y turban lo que es más mío,

por encima de momentos,

acontecimientos o circunstancias.

Y eres tú, Señor, quien lo has llenado,

quien has depositado ahí tu semilla,

que es lo más auténtico mío,

fruto de un amor que no se acaba.

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