Sobre la vida contemplativa

Comunmente se entiende por vida contemplativa aquellas formas de vida que priman de modo visible las actividades interiores del espíritu  y muestran una orientación muy definida hacia la búsqueda de Dios y la experiencia religiosa. De modo más concreto, se la suele entender como sinónimo de vida monástica.  Sin embargo las formas externas son solo medios, que únicamente son útiles si se les sabe utilizar.

Por eso aquí no hablaremos de formas de vida, sino del sentido de una existencia contemplativa al margen de cualquier forma concreta. Y es que:

La vida contemplativa es un destino universal.

Todos estamos llamados a ser morada de Dios por el Espíritu:

“Si alguno me ama ni Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23).


La contemplación, o la visión de Dios en nosotros mismos y en todos los seres, así como la conciencia de nuestra unidad con él, no es más que la realización de estas palabras de Jesús en la vida de cualquier persona.


La gloria de Dios es el hombre viviente
y la vida del hombre es la visión de Dios.
-Ireneo de Lyon-

De todos modos, los verdaderos místicos nunca han sido abundantes, ni siquiera en los momentos en que este ideal se ha desarrollado de modo masivo en la Iglesia y ha sido más valorado por la sociedad, como  ocurrió, por ejemplo, en la edad media. Esto indica el escaso desarrollo espiritual existente en la Iglesia, tanto de ayer como de hoy, y, en general en el mundo, volcado a formas de cultura y mecanismos de vida antiespirituales, donde lo imaginativo y lo sensual es sobrevalorado y casi hasta divinizado, y donde el eros instintivo o pulsional prevalece sobre la energía superior del amor.

Centros de irradiación espiritual

 Los grandes santos siempre han sido considerados manifestación de lo divino y centros personales de irradiación espiritual, en los que el mundo, por así decirlo, aún no ha perdido el contacto con Dios. Por eso se les ha invocado siempre como intercesores. Se ha llegado a decir que, de no ser por ellos, el mundo se desplomaría sobre su egocentrismo como una estrella de neutrones aplastada por su peso interno o sus propias contradicciones.  Es lo que a su modo cantaba un antiguo poeta cristiano, panegirista de los ermitaños sirios:

Han sido ordenados sacerdotes de los misterios escondidos,
y borran nuestras debilidades.
En lo invisible rezan por nuestro pecado
y se mantienen en pie implorando por nuestras locuras.
Las montañas se han convertido en antorchas,
y la multitud marcha hacia ellas.
Donde se encuentra uno de ellos,
cuantos le rodean son reconciliados,
porque son como fortalezas en el desierto,
y gracias a ellos gozamos de paz
(Efrén el Sirio, siglo IV)

Y en el mismo sentido un autor moderno:

Ellos son la fuerza del mundo
porque son los tabernáculos de Dios en el mundo.
Son lo que impide que el universo sea destruido.
Son los pequeñuelos.
No se conocen.
Toda la tierra depende de ellos.
Nadie parece advertirlo.
Para ellos fue creado todo en primer lugar.
Ellos heredarán la tierra
(Thomas Merton)

 

Secreta interconexión

En virtud de la unidad de la creación, parece existir una secreta interconexión entre todos los seres.

A nivel cósmico, el universo es uno. Los elementos que lo forman no son realidades inconexas, sino que constituyen una totalidad orgánica, un orden o cosmos regido por leyes precisas y universales. Como si se tratara de un gran organismo, todo en la realidad física se halla interrelacionado a través de un inmenso entretejido de campos electromagnéticos, desde los niveles subatómicos hasta los intergalácticos, de modo que los cambios en las partes más pequeñas afectan de algún modo al conjunto, y viceversa.

A nivel de humanidad, también las sociedades forman unidades orgánicas, donde todos nos hallamos en estrecha interconexión. El desarrollo de las comunicaciones anula toda distancia, favoreciendo la visión de la humanidad como una totalidad, o una especie de “persona global”, como algunos dicen. Cristóbal Colón y Francisco Javier parecieron perderse a los ojos de su tiempo en los confines de un mundo ignoto y casi infinito. Hoy sabemos que apenas salieron de casa. Ya no nos resulta exótico lo que ocurre en América o en China, y los problemas de una punta de Europa afectan inmediatamente a la otra. Lo queramos o no, somos parte de una totalidad, de un cuerpo humano genérico en cuyo sano desarrollo todos, especialmente los pueblos más avanzados, estamos implicados.

A nivel de Iglesia, desde su origen también a ella se la concibió bajo la imagen de un Cuerpo, que es uno en la multiplicidad de sus miembros: el Cuerpo de Cristo o Cristo Total, una Persona colectiva. San Pablo, creador de esta imagen, señala la interdependencia y solidaridad existente en el interior de esta totalidad orgánica: “si un miembro sufre, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos se felicitan” (1Cor 12,26). Es decir, lo que ocurre a la parte, a cada cristiano en particular, afecta al todo, y viceversa.

Nada hay tan absolutamente personal que no tenga resonancias universales

En otras palabras, nada hay tan absolutamente personal que no tenga resonancias universales, y favorezca o perjudique el desarrollo espiritual del mundo. Ninguna acción, ninguna oración realizada por un individuo concreto se queda encerrada en él, sino que tiene siempre un efecto en la totalidad, por pequeño que sea. La oración más humilde salida del corazón más sencillo alcanza resonancias cósmicas, aunque no sepamos cómo eso es así. Esto escribía en el siglo pasado un teólogo católico nada sospechoso de hererodoxia:

Hay una estrecha solidaridad de toda la humanidad en su vida espiritual. Si el dogma del pecado original afirma esto para la culpa, el dogma del Cuerpo Místico lo afirma a fortiori para la santidad. Más profundamente aún, se puede decir que es todo el universo el que, a pesar de la libertad y responsabilidad personales, está regido por una misteriosa solidaridad. Nada se hace en lo más secreto de una conciencia  que no tenga repercusión sobre las demás. Y hasta hay que pensar que nuestras actividades apostólicas exteriores no hacen más que tocar desde fuera las conciencias, mientras que nuestro combate espiritual más íntimo les ayuda misteriosamente, pero de modo muy real, como desde dentro, ayudándoles a abrirse al Espíritu. (L. Bouyer,Introducción a la vida espiritual).

Hombre Nuevo y transformación del mundo

Donde una persona se transforma, un pedazo de universo se transforma.

La transformación del mundo no va ocurrir nunca por una extraordinaria ideología o un magnífico sistema político, sino por la transformación interior de las personas. Donde una persona se transforma, un pedazo de universo se transforma. Y muchos pedazos de universo transformados son los que llevarán hacia el hombre nuevo y la nueva creación.

Ahora bien, los hombres se transforman cuando escapan de los mecanismos que mantienen el mundo atrapado en su estructura presente: el egoísmo, la ambición de poder, todo el tejido de las pasiones humanas, que actúan como fuerzas desintegradoras contrarias al  amor, que es la fuerza integradora básica del universo, en virtud de la cual todos los seres forman una unidad multiforme y una totalidad orgánica subsistente en Dios, su Fuente Eterna.

-Evolución
– Revelación
– Redención

 

 

Tanto la lógica de la evolución, como la de la revelación y la de la redención apuntan en esa línea, si bien cada una a su modo. La evolución natural parece desarrollarse en el sentido de ir produciendo seres y especies dotadas cada vez de un mayor grado de autoconciencia, y en esta línea su fin último parece apuntar a especies dotadas de alguna forma de autoconciencia universal. La revelación y la redención cristiana, por su parte, apuntan a la aparición del Hombre Nuevo creado según Dios (Ef 4,24), contrapuesto al Hombre Viejo que se autodestruye arrastrado por sus pasiones internas.

El Hombre Nuevo participa en la autoconciencia divina de Cristo, en quien la especie humana redimida -la Nueva Humanidad– forma una unidad multiforme y una totalidad orgánica: el Cuerpo de Cristo, el Verbo encarnado en Jesús y en todos los hombres, cohesionados por la energía divina del amor, en donde ya no hay griego ni judío, esclavo ni libre, hombre ni mujer y, si se me permite decirlo, donde tampoco hay inglés ni francés, castellano ni vasco, andaluz ni catalán, sino que Cristo es todo y en todos, y todos somos uno en él (Col 3,11; Gal 3,28; 1Cor 12,13). Como dice la Escritura, el que está en Cristo es una nueva creación (2Cor 5,17).

El Hombre nuevo
participa en la
autoconciencia divina
de Cristo

En clave cristiana, el Hombre Nuevo por antonomasia es Jesucristo, prototipo y cabeza de la Nueva Humanidad; y la esencia de la vida espiritual consiste en una configuración con él hasta reproducir, como dice San Pablo, su misma imagen: el misterio de su forma humano-divina, hasta que lleguemos todos “al conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13), el hombre divino y subsistente en Dios por excelencia, en quien habita corporalmente la Plenitud de la Divinidad; plenitud que toda la especie humana está llamada a alcanzar en él: “vosotros alcanzáis la Plenitud en él” (Col 2,10).

Seremos
semejantes a él
porque le veremos
tal cual es

Cristo resucitado abre al mundo la posibilidad de dar un salto evolutivo trascendental, que permitirá superar definitivamente los límites espacio-temporales en que actualmente vivimos y que revelará también la realidad integral de nuestro ser, de nuestro yo verdadero semejante al suyo.

Una frase bíblica sintetiza el compromiso del cristianismo con la Humanidad Cristiforme hacia la que el Espíritu dirige todo: “Aún no se ha manifestado lo que seremos; sabemos que cuando se manifieste seremos semejantes a él porque le veremos tal cual es” (1Jn 3,2). Y san Pablo, por su parte, describe en su carta a los cristianos de Roma la tensión interna que sufre toda la realidad, hasta que sus entrañas, grávidas como las de una mujer encinta, terminen de dar a luz al Hombre Nuevo que proporcionará un sentido al mundo, de modo que del estado de irrealización que nuestra especie presenta ahora, brote una humanidad divinamente realizada según la forma humana y divina de Cristo.

En el capítulo octavo de esta carta describe el sentido cristiano de la historia y de la evolución con estas palabras: la creación espera ansiosa y desea vivamente la manifestación de los hijos de Dios (Rom 8,19-22). Estos hijos de Dios no son unos extraterrestres que tengan que venir del espacio a liberarnos. Somos nosotros mismos, la Nueva Humanidad que está aún en vías de gestación. Es como si la liberación del hombre conllevase la liberación de la naturaleza y del resto de los seres; como si entre el hombre y el mundo existiera una estrecha interdependencia tanto en lo que se refiere a la participación en el misterio del mal y del pecado como a la participación en el misterio de la redención y de la gracia.

Tanto en la jungla
del corazón humano como
en la del mundo, la vida
está montada sobre la muerte:
para vivir hay que matar y devorar, y nunca se mata
ni se devora bastante

En la Escritura, la caída de Adán es también la ruina del paraíso o mundo original, que se ha convertido en una jungla donde los animales ya no pastan juntos pacíficamente -el cordero con el lobo- sino que se devoran unos a otros en una desesperada lucha por la subsistencia a costa del más débil, lucha que es como una prolongación en el reino animal de la ambición que devora el corazón del hombre. Tanto en la jungla del corazón humano como en la del mundo, la vida está montada sobre la muerte: para vivir hay que matar y devorar, y nunca se mata ni se devora bastante.

Los abrojos y las espinas no son sólo para la humanidad arrojada de Edén. Todos los seres se hallan también sometidos, como dice san Pablo, a la “servidumbre de la corrupción” y a la “vanidad”; es decir, sufren las consecuencias del misterio del pecado y se hallan también ellos arrojados, como diría un existencialista, a la condición de miseria, participando de la desgracia y de la descomposición. Desde esta situación aguardan, como con dolores de parto (v.22) la aparición del Hombre Nuevo que las presida en un nuevo paraíso donde la serpiente y el niño jueguen juntos (Is 11,6-9 y 65,25) en una nueva armonía. Es decir, las criaturas aguardan también junto con nosotros los cielos nuevos y la tierra nueva (Is 66,22; 65,17; Ap 21,1; 20,11; 2Pe 3,5), el mundo transfigurado y reverberando la libertad y la gloria de Cristo, Verbo encarnado no sólo en la humanidad formando el Cristo Total, la Iglesia, sino en todos los seres formando el Cristo Cósmico, el “punto Omega” de Teilhard de Chardin, el universo recuperado para Dios en la Palabra Creadora y Recreadora.

Todo el universo es el que está llamado a alcanzar la cristificación, como si hubiera una íntima dependencia entre la manifestación de la imagen divina y cristiforme en la humanidad y la manifestación asimismo de la imagen divina en el resto de las criaturas.

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Reconciliación con la naturaleza

Aquí se sitúa otro aspecto de la espiritualidad contemplativa: la reconciliación con la naturaleza y la visión de Dios en las criaturas. Los santos reciben en su unión con Dios el conocimiento espiritual de lo creado. Ven el mundo en Dios, traspasado por su Luz, formando una cosa con él. Para ellos nada es profano, ni hombres ni animales, y todo el cosmos es un templo en el que el corazón purificado percibe “la gloria de la santa naturaleza de Dios, cuando él quiere introducirnos en los misterios” (Isaac el Sirio).

Por su parte, la naturaleza reconoce también la forma del primer Adán, como dice un autor moderno: “el hombre cuyas pasiones han sido crucificadas y transfiguradas irradia una paz paradisíaca. A su alrededor las fieras salvajes se apaciguan y, a veces, hasta los hombres también son fieras salvajes” (O. Clément). Es lo que alguno ha llamado el perfume de Adán:

El hombre humilde va hacia las fieras asesinas. Cuando le ven, su calidad salvaje desaparece se acercan a él como si fuera su maestro, mueven la cabeza, lamen sus manos y sus pies, pues sienten que de él viene el perfume que exhalaba Adán antes de la caída, cuando les dio nombre en el paraíso (Isaac el Sirio).

El humilde va a las fieras, y sólo él puede ir, porque en la humildad no hay ego. Y las fieras reconocen en él a Cristo, el Nuevo Adán, y a él se acogen como a su Cabeza. En cambio, el ego convierte en fieras hasta los más pacíficos animales, porque a todos extiende su agresividad interna: el perfume del ego. El ego todo lo ve escindido de Dios, en otra imagen. Su mirada profana vuelve profanas, separadas de Dios, todas las cosas, y finalmente las profana tratándolas sin respeto, en función de su utilidad o su capricho. Para él, las criaturas no son hermanas menores, sino simples instrumentos y cosas en sus manos. Adán y Eva ya no presiden la creación, sino que la agobian y la extenúan. Es cierto que en la presente condición de miseria, es preciso matar para vivir. Pero una cosa es la necesidad y otra el deporte, la crueldad y la insensibilidad.

El humilde va a las fieras

Para el ojo espiritual todo es sagrado, y no sólo los seres vivos. San Benito desea que se miren todos los utensilios y todo el material del monasterio como si fueran vasos sagrados del altar (RB 21,10), para lo cual no sirven los ojos del ego. El respeto, la caridad universal y la compasión sólo brotan de un corazón transformado en imagen Cristo. El hombre santificado, comenta Olivier Clément, acoge todas las criaturas en su amor y en su oración. Su caridad se hace cósmica. Pero es Isaac el Sirio quien nuevamente nos ha dejado en este sentido uno de los textos cumbres de la mística cristiana:

¿Qué es un corazón misericordioso? Es un corazón que se compadece de toda naturaleza creada… ¿Qué es un corazón compasivo? Es un corazón que arde por toda la creación, por los hombres, por los pájaros, por las bestias, por los demonios, por todo tipo de criatura. Cuando piensa en ellos, cuando los ve, sus ojos vierten lágrimas. Tan fuerte y tan violenta es su Compasión, que su corazón se rompe cuando ve el mal y el sufrimiento de las criaturas más humildes. Por eso reza con lágrimas a cualquier hora… por los enemigos de la verdad y por todos aquellos que le hacen daño, para que sean guardados y perdonados. Incluso ora por las serpientes con la inmensa compasión sin medida que se eleva en su corazón, imagen de Dios.

Si una criatura puede arder de compasión hasta ese grado ¡cómo será la Compasión de Dios, de la cual aquella imagen! El yo idolátrico se apropia del mundo como una presa y lo cosifica sin discernir en él la imagen divina. Lo cual no es sorprendente. Si Caín ya no es capaz de ver a Abel como su hermano y tantas veces lo esclaviza y lo reduce a cosa, muchos menos será capaz de ver como hermanas menores a las demás criaturas.

En cambio, como antes se ha dicho, los santos reciben en su unión con Dios el conocimiento espiritual de lo creado. Ven el mundo en Dios, penetrado por su luz, formando un todo contenido en su manos como san Benito cuando contemplaba el universo recogido en un rayo de la gloria divina.

Cristo -Luz del mundo- es ese rayo donde se contempla la verdad profunda de todos los seres, la unidad de todas las cosas en Dios, que nuestra mirada material y opaca no deja ver en la condición de miseria. Todo es Dios, todo es Jesús, exclamará un día a su modo el joven Rafael Arnáiz. Y lo mismo san Juan de la Cruz en sus conocidos versos del Cántico espiritual: mi Amado las montañas, los valles nemorosos, versos que después él mismo comenta del siguiente modo:

Todas esas cosas es su Amado en Sí, y lo es para ella… Que por cuanto en este caso -en el desposorio espiritual– se une el alma con Dios, siente ser todas las cosas Dios, según lo sintió San Juan cuando dijo: ‘lo que fue hecho, en Él era vida (Jn 1,4). Y así no se ha de entender que lo que aquí se dice es como ver todas las cosas en la Luz o las criaturas en Dios, sino que en aquella posesión siente serle todas las cosas Dios.

         Esta es la visión de Dios-en-su-imagen contemplación de Dios en la naturaleza, que en san Juan de la Cruz es, según me parece, el nivel de conciencia previo a la unificación total o matrimonio espiritual, que sería la visión de Dios en Sí Mismo. No se trata, explica san Juan de la Cruz, de ver las cosas en Dios, pero al fin y al cabo distintas, separadas y en yuxtaposición. Se trata de ver al Amado, al Verbo de Dios personalizado para él en cada una de ellas; pues “todas esas cosas es su Amado en Sí, y lo es para ella”, no para el vecino de al lado que aún mira con otros ojos y su ego proyecta otra representación. Pero el Verbo se personaliza en toda cosa para aquel que no tiene un ego, y por tanto en nada ve otra cosa que la Imagen del Amado. Al participar del Ojo divino, participa también de su Visión, y ésta es siempre su Imagen, ya que Dios no ve otra cosa que su Hijo, su Imagen expresada en todas las cosas. Cuando cambia nuestra mirada, cambia también nuestra imagen del mundo: mi Amado, las montañas. Así se pregusta, aunque sólo sea un instante, el sabor de un nuevo cielo y una nueva realidad.

Un escritor ruso expresa así su experiencia personal:

 

Milagrosamente es como si viera el bosque por primera vez. Un abeto no era solamente un abeto, sino algo más, algo más grande.

El rocío sobre la hierba no era el rocío en general, sino que cada gota existía en sí misma, singularmente; hubiera podido dar un nombre a cada charco de la carretera .

 

  Unidad en la diversidad

 

Vida
Libertad
Conocimiento
Amor

 

La tradición contemplativa ha afirmado siempre que, en la cima de su desarrollo, el hombre aparece divinizado en Cristo, participando de la Vida, de la Libertad, del Amor y del Conocimiento que Dios tiene de Sí mismo en su Verbo. Por eso postula que el hombre divino es la identidad acabada de la especie homo, la meta de la evolución y de salvación. Aquí se sitúa quizá uno de los mensajes que la espiritualidad contemplativa podría hoy transmitir mejor en un momento en que existen tantos modelos de identidad que explican el ser humano desde claves completamente inversas, las cuales, lejos de verlo como una imagen divina, lo equiparan bien sea a una máquina muy perfecta, a un animal más habilidoso que los otros o a un pieza anónima del colectivo social. Imágenes no divinas que, a la postre, se revelan siniestras, pues cuando el otro es para mí apenas algo más que una máquina, un animal habilidoso o un número de identificación social, me van a quedar pocos argumentos para reconocer en él una dignidad inviolable, que le viene justamente del hecho de ser imagen de Dios. De ahí a eliminarlo sin remordimiento cuando me moleste sólo habrá un paso, como la historia  muestra suficientemente.

Cuando el otro es para mí poco más que una máquina, un animal habilidoso o un número de identificación social, me van a quedar pocos argumentos  para reconocer en él una dignidad inviolable.

 

Los Santos miran a los hombres y al mundo con los ojos de Dios.  Todo lo ven reunido en un mismo Trasfondo eterno, en una misma Luz, en un mismo Verbo reflejado en todas las criaturas, que en Él forman la gran totalidad armónica de la Creación: la unidad en la diversidad infinita de formas, la fraternidad de los seres grandes y pequeños, el Cuerpo Total de Cristo donde las partes no se afirman a sí mismas en contra del todo, en el cual encuentran su sentido e identidad: el brazo como brazo, el hígado como hígado, cada una como lo que es, ya que en todo organismo el bien particular no se contradice con el bien del conjunto ni el del conjunto con el particular, sino más bien el particular redunda en beneficio del conjunto y viceversa, porque todos se necesitan y enriquecen mutuamente. Sería un contrasentido que la mano pretendiera afirmarse a sí misma en contra del brazo o del resto de cuerpo, o que el cuerpo dijese a la mano: “no te necesito” (1Cor, 12,21).

En todo organismo, el bien particular no se contradice con el bien del conjunto y viceversa

El Cristo Total es la unidad diferenciada de todos los hombres y todas las criaturas en Dios. La fuerza que lo cohesiona es el Amor. La antifuerza que lo desintegra es el Egoísmo, que vuelve a sus miembros rivales entre sí y del propio todo, introduciendo un dinamismo de descomposición en las sociedades, en las personas y, en último término, en el conjunto de la realidad.

Todo lo existente se debate entre estas dos fuerzas. El Amor busca la integración hasta la unidad armónica de las partes; el Egoísmo busca la disgregación hasta eso que los físicos denominan “espacio caótico”, compuesto de partículas elementales dispersas, que siguen trayectorias sin conexión ni orden, chocando unas con otras en una especie de conflicto permanente. El egoísmo nos termina convirtiendo a todos en eso: en partículas dispersas, cada una girando disgregadamente y en permanente conflicto con las demás.

En este sentido, se ha escrito que la vida contemplativa es fundamentalmente una vida de unidad. Uno de los dos sentidos de la palabra monje -del griego mónachos: el solo, el uno- significa eso: el que está unificado, el “que ha trascendido las divisiones interiores y exteriores para alcanzar una unidad por encima de cualquier división” (T. Merton). Primero en sí mismo, recomponiendo su unidad personal y con Dios, luego en torno suyo siendo factor de unidad allí donde el pecado del mundo cada día la destruye. La naturaleza de esta unidad nos la ha revelado el propio Jesús cuando dice: Padre, que todos sean uno como yo en ti y tú en mí (Jn 17,21).

Esto es Cristo, esta la Nueva Humanidad: Que todos sean uno, aunque no de cualquier manera, sino como yo en ti y tú en mí; o sea, reproduciendo la unidad misma que el Hijo tiene con el Padre. Este es el sentido de la historia y de la evolución: la participación de todos los hombres, y de todos los seres, en la unidad que Dios tiene consigo mismo en su Hijo-Verbo, para que la imagen de la Trinidad, del Dios que es Uno y Trino -la suprema Unidad en la suprema Distinción– se realice en todas las criaturas. Por eso, allí donde hay un auténtico contemplativo hay también una profecía del hombre nuevo.

Ahora bien, como esto no puede ser obra de las fuerzas humanas sino de la Gracia, mucho habrá que esperar de Dios que suscite nuevos profetas y santos que, en esta cultura nuestra de la publicidad y de la imagen donde todo entra por los ojos, sean como imágenes vivientes suyas que evangelicen por el testimonio de la vista y no sólo por el de la predicación.

Si la televisión y los medios de masas no evangelizan, si la política menos aún; si el comercio, la industria, la tecnología suscitan valores e ideales ajenos al desarrollo del espíritu, ¿qué le queda al que quiere comunicar a Dios sino transformarse en Dios, de modo que la imagen de Dios entre allí donde lo que no entra por los ojos tiene pocas posibilidades de entrar por ningún otro sitio?

No sabemos si el tiempo dará o no la razón a aquel teólogo que pronosticó que el cristianismo futuro será místico o no será. Pero sí cabe pensar que  en la cultura previsible del milenio recién iniciado -al menos hasta donde la imaginación se atreve a sondear- una religión sin mística, reducida a un sistema doctrinal y a una organización más o menos burocrática, pero que no fuese transparencia del Verbo en el mundo, difícilmente podrá comunicar algo a quien ya está lleno de teorías, y sólo tiene gran vacío en el corazón.


Extracto y adaptación de una conferencia pronunciada en el Forum Deusto el 4 de abril de 1999.