Sabado de la octava de Pascua – 3

SÁBADO DE PASCUA

 

 

LECTURA:        

“Marcos 16, 9‑15”

 

 

Jesús, resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando. Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron.

Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando a una finca. También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron.

Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado. Y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.»

 

 

MEDITACIÓN:        

“No los creyeron”

 

            Cierto que no es el último mensaje que nos deja este texto. Y después de esta primera semana de recorrido podíamos terminar con la última llamada de Jesús que es donde va a arrancar una nueva etapa. Pero todavía van a resonar las dudas, y me parece que está bien agotar estas experiencias antes de dar el paso a la nueva realidad que surge de esta nueva situación.

 

            Y, aunque ya lo hemos comentando, me parece importante, insistir en ello, porque quien primero insiste es la propia realidad que se está viviendo, y creo que es importante porque, ante algo tan clave como lo que está en juego, no se pueda pasar como si cualquier cosa.

 

            Aquellos discípulos, lo sabemos, han compartido la vida con Jesús, le conocen y han conocido su mensaje. Otra cosa es la capacidad de asimilarlo que han podido tener, esos procesos son siempre lentos, como lo son en cada uno de nosotros, y basta con que nos miremos sinceramente cada uno de nosotros. Han confiado y creído en él, pero no son crédulos sin más, como para encajar cualquier cosa, y lo que están viviendo en ese momento de noticias y de experiencias que se entrecruzan es como para ponerles muchas incógnitas.

 

            Y tenemos que agradecerles que fuese así, porque el riesgo sería el liarse la manta a la cabeza y aprovechar la situación, aunque la verdad es que poco tenían para aprovechar y mucho que perder, entre otras cosas la propia vida. Y así nos encontramos con un breve texto en el que todo son negativas a esos posibles anuncios de apariciones que, en principio, desbordan toda posibilidad humana que pueda estar al alcance de nuestra comprensión, vamos a decir lógica. Y su negativa a dar paso a una realidad tan desbordante y desconcertante va a ser tan firme y rotunda que el mismo Jesús resucitado será quien les eche en cara esa incredulidad y dureza de corazón, casi nada; porque, al fin y al cabo, tenían motivos suficientes, a la luz de sus años pasados con él, como para poder dejar entreabierta una puerta para hacer una lectura abierta y no tan cerrada, de lo que había sucedido. Él lo había anunciado reiteradamente.

 

            Tal vez podía ser el miedo, o el riesgo de lanzarse a algo que podía surgir de ellos y pudiese ser visto como una cosa suya, en lugar de algo que se desprendía con lógica de toda la tarea realizada por el maestro, y que ahora lo único que exigía era no ponerles trabas, dejar que fluyese y se convirtiese en ese mensaje de esperanza y de salvación que estaba destinado a extenderse, porque su sangre, como él dijo, se iba a derramar por todos.

 

            Y ahora no se trata de asomarnos o poner de relieve la incredulidad o la indiferencia de muchos ante la resurrección de Cristo, sino la nuestra. No tal vez porque no creamos sino porque esta fe da la sensación de que nos mueve poco. Que es algo que le pasó a Jesús pero que nos afecta de lejos, como si poco influyese en el ámbito de nuestra vida, cuando es la que le da sentido y desde la cual nos sentimos, cada uno desde nuestra realidad, a ser portadores de esta buena, tremenda noticia de esperanza y de salvación; en definitiva, de vida que adquiere sentido y plenitud en Jesús, quien con su entrega total en la cruz por amor, y su resurrección, nos ha confirmado, nos ha marcada a fuego, a fuego de amor, el sí de Dios a la vida como última palabra de nuestra historia personal y colectiva. Y eso no es indiferente.

 

            Precisamente en unos momentos en los que parece que empezamos a hablar de una especie de globalización de la indiferencia, la resurrección de Cristo se levanta en medio como una luz que en medio de tantas cruces, todavía, nos llama a implicar nuestras actitudes, nuestras creencias, nuestra fe. Sin fáciles credulidades porque la tarea es ardua y, al mismo tiempo, esperanzadora. Pero a ella nos remite el resucitado.

 

 

ORACIÓN:       

“En el horizonte de mi vida”

 

            El problema, Señor, no es creer, sino vivir con coherencia lo que decimos creer. Ahí está nuestro caballo de batalla. Todo es muy fácil, pero la realidad hace que, al final, todo parezca complicado. Sabes que en nuestra realidad están siempre latentes y patentes, sentimientos, circunstancias, situaciones que desde dentro o desde fuera se nos entrecruzan en la andadura de nuestro camino, y provocan que muchos de nuestros aparentes planteamientos o deseos se nos vengan abajo. Pesa nuestra realidad interior y exterior, y tu presencia parece la llamada a acusar más el lastre de nuestras deserciones, por llamarlas de alguna manera. Pero tú, Señor, sigues estando en el horizonte de mi vida. Tu vida y tu palabra se me convierten en referencia que, si bien muchas veces no soy capaz de acoger, me hacen seguir volviendo la mirada hacia ti como deseo. Ayúdame a mantenerme así, porque sé y siento que ahí y así me sigo descubriendo y haciendo el camino de lo que anhelo alcanzar. Ayúdame, Señor.

           

 

CONTEMPLACIÓN:        

“Vida imparable”

 

Es más fácil cerrar puertas

que abrir horizontes;

es más fácil cerrar los ojos

porque la luz molesta,

y dejar que la penumbra

lo torne todo gris,

inmerso en ese lamento vacío

del que ya nada tiene que esperar.

Pero has lanzado una corriente

de vida imparable

que lo recorre todo,

lo despierta y lo abre todo,

inquietante pero cargada de anhelos,

llevados a los cuatro vientos,

imparable en sus sueños,

en los míos de cada día

buscando alcanzar a todos.

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