Semana IV de Pascua – Miércoles 3

PASCUA

Miércoles 4º

 

 

LECTURA:        

Juan 12, 44‑50”

 

 

En aquel tiempo, Jesús dijo, gritando: «El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí ve al que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas.

Al que oiga mis palabras y no las cumpla yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he pronunciado, ésa lo juzgará en el último día.

Porque yo no he hablado por cuenta mía; el Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir y cómo he de hablar. Y sé que su mandato es vida eterna. Por tanto, lo que yo hablo lo hablo como me ha encargado el Padre”.

 

 

MEDITACIÓN:        

“He venido al mundo como luz”

 

            No cabe duda de que estas afirmaciones suenan, o debían sonarnos, como una especie de bocanada de aire fresco. Las conocemos y las repetimos, pero no nos podemos cansar de repetirlas y escucharlas cuando, al mismo tiempo, no dejamos de escuchar, de ver y de experimentar las contrarias. Y no es de nuevo, por empeñarnos en ver el lado negro de las cosas, sino porque la realidad confusa se nos mete, y sin quererlo termina si no apagando, sí difuminándola.

 

            Por eso, frente a ese empeño de oscuridad tenemos que contraponer continuamente el mensaje de luz, de esperanza, porque es más fuerte, y porque tenemos  que conseguir que lo sea. Y en esa tarea está metido, se ha metido de lleno Dios, porque ésa es su realidad, su esencia. Porque desde ella nos ha creado, y en ella nos quiere adentrar en la luz, en su luz, que no es cualquier luz. Que no es algo pasajero, consolador, sino simplemente plenificador, si es que somos capaces de entender la palabra y la fuerza de su sentido total en nuestra historia existencial.

 

            Somos nosotros mismos, los que, incluso frente a este mensaje de luz y de salvación, nosotros, los cristianos, quienes hemos opuesto en ocasiones un Dios, un Jesús juez condenador, fijándose siempre en lo negativo, con el dedo levantado, en lugar de con la mirada de amor y de perdón vuelta hacia nosotros, para ofrecernos los gestos de su misericordia, de su salvación, de su luz, como síntesis de todo lo bueno que podemos significar o expresar.

 

 La negritud, la oscuridad, el rechazo de la luz y de lo que ella comporta no parte de él, parte de nosotros, sin saber muy bien por qué nos adentramos o mantenemos en ese empeño, cuando aparentemente no lo queremos. Pero ahí está, y ahí estamos teniendo que seguir escuchando y lanzando un grito de salvación que, curiosamente, también decimos no necesitar. Tal vez nos tengamos que preguntar si en realidad decimos lo que queremos o nos dejamos llevar por una especie de corriente que nos incapacita para pensar con objetividad, humildad y verdad, y terminan pudiendo más nuestros meros sentimientos de arrastre que una posible realidad de fuerza y deseo profundo pero que curiosamente preferimos dejar a un lado.

 

            Es claro, Jesús ha venido como luz. San Juan nos dice al comienzo de su evangelio que al principio era la Palabra, y que en la Palabra había vida, y que la Vida era la luz de los hombres. Todo para expresar, para poner de manifiesto de dónde arrancamos, de dónde partimos, como para encauzar el camino y decirnos hacía dónde y por dónde o cómo estamos llamados a caminar.

 

            Dios no nos mete en un camino de oscuridad. No es un Dios negro, neutro, opaco, engañoso, doble. Es fiel, es amor, es vida y no puede ser de otra manera, ésa es su omnipotencia y ahí se apoya y radica el sentido que podemos dar a nuestras personas y a nuestra historia. Pero nos pide trabajarla con él, acogerla, no se impone, tampoco puede, de hecho sabemos lo fácil que es rechazarle, prescindir de él, pero también sabemos las consecuencias. Y la pascua nos quiere seguir ayudando a pararnos a sentir y a responder en cada una de nuestras realidades concretas. Y no, no es indiferente.

 

 

ORACIÓN:        

“Dentro de mí”

 

            Eres luz y necesito luz. Necesitamos luz. De nuevo hay que decir que no se trata de ver todo negro, simplemente, y creo que ya es bastante, y pienso que lo entendemos todos, cada uno desde nuestra realidad y de la que vivimos inmersos, que necesitamos luz. Porque la luz es necesaria. No sólo la artificial, no la que ilumina nuestros ojos para ver las cosas materiales, sino para ver más adentro. Ése es el reto. El más difícil y el más importante. Y que, sin embargo, es el que parece interesarnos menos, A no ser que esa luz provoque en nosotros el efecto contrario, nos deslumbre, nos ciegue y prefiramos continuar inmersos en nuestras neblinas. Pero necesitamos luz y capacidad y deseo de acogerla sin rendirnos tan fácilmente a lo anodino. Señor, ayúdame a mantener abiertos mis ojos interiores, a mirar dentro de mí desde ti, ilumina mi camino y dame valor para mirarlo y andarlo. Gracias, Señor.

 

 

CONTEMPLACIÓN:          

“Quiero ver”

 

Para qué quiero luz

si no quiero ver;

para qué abrir los ojos

si sólo pretendo ver

lo que quiero ver;

si no busco respuestas,

si me bastan mis neblinas,

si simplemente, me dejo llevar.

Pero el sol sale cada día,

aunque cierre los ojos,

aunque mi ceguera me impida

ver sus rayos

y los colores de las flores.

Aunque me cierre

en mis cuatro paredes,

hay luz, sí hay luz,

y quiero ver.

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