Semana II de Pascua – Martes 2

PASCUA

Martes 2º

 

 

LECTURA:       

“Juan 3, 5a. 7b‑15”

 

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu.»

Nicodemo le preguntó: «¿Cómo puede suceder eso?» Le contestó Jesús: «Y tú, el maestro de Israel, ¿no lo entiendes? Te lo aseguro, de lo que sabemos hablamos; de lo que hemos visto damos testimonio, y no aceptáis nuestro testimonio. Si no creéis cuando os hablo de la tierra, ¿cómo creeréis cuando os hable del cielo? Porque nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.

Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.»

 

 

MEDITACIÓN:       

“El que cree en él tenga vida”

 

            De eso se trata, y en eso va a consistir todo el mensaje de Jesús. Todas sus expresiones no serán sino modos, maneras, de conducirnos hacia el mismo mensaje, un mensaje de vida, de generar vida, de gestar vida. Una vida que en principio nos viene dada en su origen y en su meta. Un renacimiento continuo que él nos ha hecho posible y al que nos llama a entrar en él como beneficiarios gratuitos, pero cooperando para hacerlo realidad en cada uno de nosotros.

 

            En Dios está la fuente de la vida, y en Jesús nos la ha desgranado y revelado en su plenitud. Su paso por nuestra historia, ya lo sabemos, aunque como él mismo señala, muchos nos han querido creerlo ni acogerlo, y eso dura hasta hoy con todas sus consecuencias, y no precisamente de vida, ha sido un ir desgranando esa vida en mil gestos de cercanía, de esperanzas despertadas, más allá de milagros concretos, que, al fin y al cabo, no pretendían sino iluminar de manera material, lo que había en el fondo.

 

            Hasta su propia muerte, alzado en lo alto de la cruz, no va a ser señal de un fracaso, sino precisamente ahí, visible, alta, la manifestación de la fuerza de la vida que se hace ofrenda de amor hasta el final y, eso, no es sino signo de que la vida triunfa cuando se da; y si nuestros ojos no ven más que un gesto de muerte, es porque no se ha sabido entender que la vida se manifiesta vida cuando se hace don para el otro, para los otros, porque multiplican vida, fructifican.

 

            Por eso, la resurrección no ha sido sólo una manera de decir que a Dios no se le puede matar, sino el fruto lógico de vida que lleva en sí toda vida que se entrega, que se hace fecunda, que no puede quedar muerta en tierra, sino que como la semilla se regenera, multiplica y transforma.

 

            La fe en Jesús no nos lleva a la muerte. En todo caso, lleva a la muerte de todo lo que no es vida en nosotros. Da muerte a todos nuestros signos de muerte. Por eso, cuando nos cerramos a ella, o cuando la experimentamos como una mera creencia y no como algo que está llamado a tocar todos los entresijos más profundos y auténticos de nosotros, nuestra fuerza de vida, nuestros gestos de vida, se nos debilitan, se nos oscurecen y la esperanza se nos apaga.

 

            Toda la pascua va a querer, una vez más, hacernos resonar este mensaje, precisamente cuando seguimos experimentando tantos gestos de muerte hasta turbarnos e inquietarnos. Algo no estamos sabiendo o queriendo hacer funcionar, y nosotros, desde Jesús, no podemos dejar de acoger vida, la que nos deja Cristo, para encajarla en el puzle de nuestro ser complejo, pero que clama, que anhela vida, porque ha sido hecha por ella y para ella. Vida eterna.

             

 

ORACIÓN:        

“Que genere vida”

 

            A pesar de tantas afirmaciones, muchas veces no sé, Señor, si hemos entendido hasta qué punto nuestra fe en ti, no tiene otro sentido que meternos en esa corriente de  plenitud de vida que arranca de tu ser y de la que has querido y quieres hacernos partícipes, y que sólo puede hacerse realidad en la medida que la acogemos. Siempre seguirá resonando como un misterio, un misterio del mal que nos acecha, el que nos cerremos a algo que parece tan deseado y que, sin embargo, nos doblega. Tal vez sea porque la vida supone construirla y la muerte simplemente hay que dejarla que se deslice, lo que la hace más terrible. Ayúdame, Señor, a acoger tu vida, ayúdame a acogerte,  para que construya contigo vida, para que genere vida, para que viva. Gracias, Señor.

           

 

CONTEMPLACIÓN:       

“Sólo tu”

 

Es el aire que respiro,

es la luz que regala a mis ojos

el arco iris de la esperanza;

es el sueño que despierta

en nuevos deseos

porque sabe que no hay límites

al corazón que ama,

como una ventana abierta

por la que siempre

puede cruzarse una sorpresa

de lo que pensaba que no existía,

pero que estaba gestándose

en cualquier rincón de un camino.

Es la flor y el pájaro que canta,

y la lluvia que regenera la tierra

de mis entrañas, que pensaba

vacías y que tú, sólo tú,

siempre inundas de vida.

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