Semana II de Pascua – Lunes 3

PASCUA

Lunes 2º

 

 

LECTURA:       

“Juan 3, 1‑8”

 

 

Había un fariseo llamado Nicodemo, jefe judío. Éste fue a ver a Jesús de noche y le dijo: «Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él.»

Jesús le contestó: «Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios.»

Nicodemo le pregunta: «¿Cómo puede nacer un hombre, siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?»

Jesús le contestó: «Te lo aseguro, el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar  en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: “Tenéis que nacer de nuevo”; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu.»

 

 

MEDITACIÓN:       

“Nace del Espíritu”

 

            Superados, podíamos decir, todos esos obstáculos que les cerraba el paso a los discípulos a aceptar el acontecimiento desbordante de la resurrección, y en el que la iglesia arranca apoyado firmemente en él con todas las consecuencias, nos adentramos en este tiempo pascual, que es nuestro tiempo, porque ya no tenemos otro, para intentar iluminar toda nuestra realidad presente y futura desde él.

 

            Este diálogo con Nicodemo tiene un sentido plenamente bautismal, del que arranca el camino pascual en nuestro ser eclesial. Desde ahí se trata de ir ahondando en la nueva realidad con la irrupción de lleno del Espíritu, como Jesús había estado anunciando. Un Espíritu al que miramos un poco con recelo porque no terminamos de encajar muy bien aquello que no vemos, y porque nos desconcierta porque es, como dice Jesús, como el viento que sentimos pero que no sabemos de dónde viene ni a dónde va, aunque no cabe duda de que por donde pasa va dejando sus efectos palpables. Y es a eso a lo que, tal vez, nos tenemos que acostumbrar.

 

            Es a lo que se tuvieron que ir acostumbrando aquellos hombres, y pasar de estar apoyados en Jesús, en su presencia física, a esta nueva presencia que se va desgranando de todas aquellas realidades que Jesús ya había tocado, a las que se había acercado, en las que había manifestado la acción de Dios y había puesto de manifiesto su actividad sanadora y salvadora. Ahora, libre de toda realidad material, la fuerza de Jesús, su Espíritu, se posa, por decirlo de alguna manera, en las mismas realidades, en el mismo hombre que necesita de su mano liberadora, de tal manera que todo lo que se le hace al otro se le hace al mismo Jesús, al mismo Dios, y todo lo que brota del Espíritu de Dios redunda en vida para el hombre.

           

Pienso que a esto nos llama el Jesús postpascual desde la acción del Espíritu que también celebraremos en la fuerza de su volcarse en nosotros, en cada uno y en toda su Iglesia y que ahora, en este diálogo, queda expresado en ese nacer del Espíritu. Es decir, intentar abrirnos a él, a su acción, que no es otra, no puede ser otra, que la de Jesús. Dejar que todo el sustrato de su bondad, de su amor, de su semilla del Reino, sea el ámbito, el seno, donde tratemos de seguir creciendo, y en el que alimentarnos, como el nuevo ser que crece en las entrañas maternas.

 

Nacer o renacer, apoyados, sustentados, iluminados, potenciados, alimentados por las palabras y la vida de Jesús, desgranando toda nuestra realidad en actitudes concretas que dan forma y marcan el estilo de nuestra vida, como desgranaría Pablo al describir, en contraposición, las obras de la carne y del Espíritu. Y esto nos obliga de alguna manera, aunque no sé si es la palabra adecuada, o nos lleva o debe llevar, a aprender a mirar nuestro interior, a nuestro propio corazón, como nos invita continuamente Jesús; y, al mismo tiempo, al corazón sufriente y esperanzado del mundo que gime, porque también, desde dentro de él, nos llega el susurro o el mismo grito de Dios, porque él no tiene puertas, tratando de descubrirnos, de hacernos ver, lo que espera de cada uno de nosotros.

 

 

ORACIÓN:         

“Capacidad de regenerarme”

 

            Nacer de ti, ése es el reto. No sé si lo entendemos muy bien, pero ahí nos jugamos nuestra comprensión de ti y nuestro seguimiento. Era normal que este buen hombre no terminase de encajar tus afirmaciones, Señor, porque cuando algo nos lleva o nos llama a remodelar o alterar lo que ya parece que hemos alcanzado, o creemos haber alcanzado, nos parece que la única posibilidad es quedarnos ahí, como estancados, en esa especie de “yo soy así, con el que a veces nos defendemos, precisamente para no tener que hacer ningún esfuerzo de deshacer madejas o dar cabida a otro modo de enrollar nuestra lana, la lana de nuestra vida y, de esa manera, no plantearnos nada más. Lo hecho, hecho está. Y, sin embargo, toda nuestra vida está llamada a ser un hacer, un despertar continuo sorprendente y atento, porque, aunque nos lo parezca, nada es igual por parecido que sea. Por eso, Señor, mantenme vivo sí, con capacidad de regenerarme desde ti, siempre sorprendente, desconcertante, ilusionante. Viviente, que así nos creaste. Gracias, Señor.

                       

 

CONTEMPLACIÓN:         

“Como el viento”

 

Sorprendente,

siempre sorprendente,

desconcertante,

vivo y viviente.

Así eres y así me quieres,

empujado por esa fuerza,

que no es mía,

pero que brota en mí y de mí,

llevando el sello de la vida,

de la tuya y de la mía;

de un anhelo y de una esperanza

que se torna búsqueda, deseo,

a veces a tientas,

como el viento,

con dudas y recelos,

pero que parte de ti y me lleva,

por los caminos intrincados

del otro, a mí.

 

 

Dejar una opinión