Semana II de Pascua –Jueves 3

PASCUA

Jueves 2º  

 

LECTURA:         

“Juan 3, 31‑36”

 

 

El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica la veracidad de Dios. El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida. El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.

 

 

MEDITACIÓN:       

“No da el Espíritu con medida”

 

            Estamos celebrando la donación total de Dios en Jesús, su amor pleno e incondicional que nos ha salvado. Ésa ha sido la actitud continua de su paso entre nosotros. Si algo podemos decir de Jesús es eso, que se ha dado, que se ha hecho don, que ha vivido para los demás, que ha pensado sólo en la dignidad de cada hombre y mujer, hecho a su imagen y semejanza, y rescatarla frente a cualquier modo de reducirlo o anularlo. No ha puesto límites a su entrega, lo contrario habría sido poner límites a su amor.

 

            Pero no sólo en Jesús, la Palabra encarnada, se ha manifestado esa totalidad. Esa entrega plena brota de todo el ser de Dios, de toda esa riqueza insondable que nos desborda y que se nos manifestaba poniendo de manifiesto que “tanto amó Dios al mundo que envío a su Hijo para que no perezca nadie”.

 

            Y ahora, avanzando en la pascua, cuando seguimos adentrándonos en este misterio de amor y de donación que parece no tocar techo nunca, como para decirnos que tampoco en nosotros hay techo, ni límites, a pesar de que nos encanta ponerlos, por miedo, por comodidad o por vértigo, da un paso más. Ese paso que Jesús ya había adelantado y del que había hablado con anterioridad a los suyos, aunque no se enteraban mucho, como nosotros, para ir preparando su corazón. Ha llegado la hora del Espíritu, de que esa fuerza del amor de Dios se afinque en nuestros corazones para adentrarnos en él y para adentrarse en nosotros.

 

            Este Espíritu, igual que el Padre y el Hijo, no se nos da con medida, no es un pedacito, una parte, es la totalidad del amor de Dios volcada en nuestro corazón. Dios no vuelca su Espíritu en nosotros con medida, lo da con totalidad. Dios con nosotros no se ha reservado ni se reserva nada, sólo aquello que nosotros queramos impedir de él que llegue a nosotros y nos fecunde y transforme.

 

            Es un anuncio gozoso de esperanza, una afirmación de la fuerza de la que somos portadores, y una llamada para seguir aprendiendo a romper nuestras barreras, o a saltar por encima de ellas, por difíciles que nos puedan parecer. Y, sin embargo, estamos poniendo demasiadas. Estamos levantando demasiados muros. Estamos cerrando muchas puertas, seguimos cerrando el paso a nuestra dignidad, que fácilmente es pisoteada, y no ya en las grandes realidades sociales que sentimos que nos desbordan y hasta parece que nos pueden, sino que se nos cuela por los entresijos de nuestra vida y va haciendo que cada vez tengamos la tentación de hacernos más indiferentes ante los otros. Es un riesgo que estamos palpando y del que nos está alertando con mucha fuerza nuestro Papa Francisco.

 

En medio de esta realidad, nosotros tenemos que estar muy atentos para no caer en la tentación. Para ser, como él nos insiste, islas de misericordia allí donde estamos, no de indiferencia. A veces pensamos que no tenemos nada o poco que hacer, sin darnos cuenta que puede ser que estemos viviendo el momento más importante y retador de nuestro ser creyentes. Plantearnos y aprender este “sin medida” con el que Dios se nos ha dado, es nuestro punto de referencia. Y lo tenemos que experimentar como posibilidad y llamada de gozo pascual. De llamada a la vida que Dios ha volcado plenamente en cada uno de nosotros, y que no tiene nada de teórico sino de compromiso real. Debemos sentirnos orgullosos de sabernos llamados a ella.

 

 

ORACIÓN:       

“Refuerza mi valor”

 

            Señor, gracias porque cada vez que vuelvo la mirada a ti me encuentro con lo mejor de mí. Porque cuando me parece que no tengo salida, o que mis reductos son muy estrechos, o eso es lo que me quieren hacer sentir, una mirada a ti me hace descubrir la medida sin medida que cabe en mi realidad, en mi ser. Son muchas cosas, lo repito, lo sé y lo sabes, muchos intereses, muchos, sobre todo, miedos y comodidades, las que me dificultan el camino, mi propio camino. Por eso volverme hacia ti, aunque muchas veces no sea capaz de hacerlo, me abre la disposición, el ánimo, el deseo. Por todo ello, gracias, Señor, porque sólo en ti veo abierta mi esperanza. Enciéndela de un modo especial en este tiempo pascual, refuerza mi valor y hazme sentir hambre de ti y de mí mismo. Gracias, Señor.

 

           

CONTEMPLACIÓN:        

“Caricia eterna”

 

 

En ti no hay medida,

todo es don, entrega

sin límites ni fronteras,

totalidad y eternidad de amor.

Desbordas mi pequeñez

y me asomas a mi grandeza.

Descubres mis límites

y mi inmensidad en ti,

sin más orillas que tú,

amable y amante,

caricia eterna,

que abre el horizonte

de mi existencia,

la grandeza de mi humanidad,

desprendida de tu ser de Padre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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