Domingo IV de Pascua -Ciclo B

PASCUA

Domingo 4º- B

 

LECTURA:        

“Juan 10, 11‑18”

 

 

En aquel tiempo, dijo Jesús: «Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas.

Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas.

Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.

Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre.»

 

 

MEDITACIÓN:         

“La entrego libremente”

 

            Tal vez no sea fácil, pero tengo la impresión de que no terminamos de entender el sentido de nuestra vida, tal vez porque no nos paramos a pensar si la vida tiene sentido, o, simplemente, si queremos que la tenga, aunque nos la ofrezcan.

 

            Y la cosa es que cuando la vida de alguna manera nos golpea, queramos o no, lo ocultemos o lo tratemos de eludir, algo se nos conmueve dentro, porque la verdad es que en nuestro interior hay algo más, hay mucho más que mera realidad física, y querer cerrarnos a ello, además de empobrecernos, niega la capacidad de reconocer o de acoger que nuestra realidad humana es mucho más rica que un mero aparecer y desaparecer.

 

            Pienso que nos falta dar como ese paso convencido, que llevamos dentro, pero que quisiéramos más perceptible, y que se nos ahoga en el ámbito del misterio de nuestra propia existencia y en el de Dios. De un Dios que ha querido compartir nuestra existencia limitada, y desde ahí ayudarnos a proyectarla, a potenciarla, desde nuestra libertad, desde nuestra lucha, desde nuestra opción de esperanza en él que es capaz de irnos llevando a nuestra hondura.

 

            La vida no es para vivirla sin más. No es para vegetar, no es para dejarla que ruede al son de su propio instinto. En el ser humano hay más que mera animalidad, hay espíritu, espíritu que nos abre a su misterio amplio, rico, total y esperanzado. Y cerrarse a él viene a ser como un suicidio, como una especie de negación de nuestro ser humano y, por lo tanto, de una potencialidad, que es capaz de abrirse desde nosotros; pero, al mismo tiempo, desde un don que nos desborda, por alguien que ha querido dar un salto con nosotros y hacernos partícipes de una historia eterna de amor.

 

            La vida no es sólo para nosotros. No es para pasar por ella como si sólo existiésemos nosotros. Nos necesitamos. La vida, como nos dice Jesús, como él lo ha hecho, como lo ha hecho Dios con él y a través de él, es para darla, para convertirla en don, para ayudarnos a caminar, a crecer, a construir humanidad que alcance a todos. Constructores de nuestra historia personal y colectiva. Y dejaros arrastrar, dejarnos llevar, es como rechazar el núcleo y la esencia de lo que somos y estamos llamados a ser.

 

            Y sí, cierto, eso no se impone. Es don que se ofrece. Como dice Jesús, no le quitan la vida, la da porque quiere. Porque sabe y siente que sólo puede ser así, y eso es lo que da peso y valor a todo lo que podemos ser y hacer. Desde ahí la vida se hace reto, tarea ilusionada capaz de afrontar los propios deseos y limitaciones, y hasta arrastres que nos puedan venir, y que de hecho nos vienen de tantos frentes.

 

            Pero parece que preferimos caer en la tentación de lo fácil, en lo líquido, el abandono ante las primeras de cambio. Parece que nos asustan los retos, al menos los vitales, que debían ser, deben ser, los más esenciales, porque son desde dónde nos lo jugamos todo. Y todo esto, aunque suena así, a grande, no es sino para encarnarlo en el día a día de nuestra historia sencilla, concreta, personal, que cada uno tenemos que traducir en nuestra realidad, porque es intransferible y libre. Y Dios sigue siendo el motor, el punto de apoyo, la luz y la meta.

 

Celebrar la pascua es abrirnos a ello y pararnos un poco más para descubrir todas sus consecuencias gozosas, porque si no lo sentimos así es imposible dar pasos adelante. El mensaje de hoy es, como siempre, el de recordarnos que no estamos solos. Tenemos un pastor, un maestro, un amigo, un hermano, un Padre, que sale continuamente a nuestros recorridos perdidos porque, sencillamente, sabe lo que somos y nos ama.

 

 

ORACIÓN:       

“Saliendo a mi encuentro”

 

            Menos mal que no te cansas, Señor. Menos mal que tu amor es así, amor, y el amor no cede a pesar de todos los rechazos y dificultades. Sencillamente porque no puedes abandonar la obra de tus manos. Porque si nosotros no sabemos quiénes somos o quién eres tú para nosotros, tú sí sabes quienes somos nosotros y lo que somos para ti, y lo que está en juego en la profundidad de nuestro ser y de nuestro destino. Nos has creado para la vida, una vida que nos cuesta hasta construir en su mera materialidad, y en la que tú te has implicado, sigues implicado y, además, tratando de recordarnos la fuerza de su horizonte como tarea y estímulo  de nuestra realidad humana y divina. Señor, no pares, sigue saliendo a mi encuentro, a nuestro encuentro, al encuentro de esta humanidad que da la sensación a veces de que se nos desmorona. No dejes que se apague nunca esa llama o rescoldo que guarda nuestro ser porque ahí radica lo que soy, lo que somos. Gracias, Señor.

 

 

CONTEMPLACIÓN:       

“Navegar libre”

 

No quiero ser

una nave a la deriva;

no quiero que unas aguas

densas y oscuras,

ni corrientes ajenas,

encallen mis deseos

y me lleven por tierras

que no son mías,

Quiero navegar libre,

descubrir aguas limpias,

sortear escollos y corrientes,

y poder mirar un horizonte abierto,

que a pesar de sus nubes

me ofrece el misterio de su luz.

De una luz que no es mía

pero que me impregna,

y enciende un halo en mí

que reconozco eternamente mío,

porque tú la has encendido,

y la mantienes.

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