Capitulo General (Clausura)

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28 – XI -14   

HOMILÍA DE LA MISA DE CLAUSURA.

Domingo XXVI, Conclusión del Capítulo General 2014. Misa presidida por el Abad General.

En la perícopa evangélica de este día vemos a Jesús enfrentado con los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, con las autoridades religiosas de su tiempo. Se defiende contra quienes ponen en tela de juicio su autoridad por hablar y actuar de la forma en que lo hacía. La respuesta al relato de los dos hermanos es harto clara para los que le escuchan; el que realmente hizo lo que su padre le dijo que hiciera, aunque su reacción primera fuese la de negarse a hacerlo, fue quien cumplió la voluntad de su padre, no el que dijo “sí”, pero no cumplió su voluntad. Quienes se oponían a Jesús veían la respuesta como la vemos nosotros, pero el problema estaba en que ellos no podían ver en qué modo aquel mensaje iba por ellos. Y Jesús les dice: ellos no sabían leer los signos de los tiempos y por tanto no veían ni escuchaban a Dios presente en Juan el Bautista o en Jesús. Ellos, los profesionales de la religión, no descubrían los signos de la presencia de Dios, no escuchaban su voz ni hacían lo que Él pedía. Ellos eran los que conocían y observaban la ley de Dios, los que la estudiaban, los que guardaban las tradiciones transmitidas durante siglos, los que hacían sus oraciones y mantenían el culto del templo y, sin embargo, no entendían. Cuando leo este relato o pasajes semejantes del Evangelio tengo que reconocer que me siento un poco incómodo. Tengo la sensación de que estoy más cerca del mundo de lo que podríamos llamar profesionalmente religioso (¡soy un monje profeso!) que del mundo de quienes buscaban la compañía de Jesús en los Evangelios: los recaudadores de impuestos, las prostitutas, los pobres, los ciegos, los discapacitados y mi tendencia automática es la de evitar los pobres, los discapacitados, los ciegos, los cojos, los hombres acostumbrados al sufrimiento, de quienes apartamos nuestro rostro, como nos recordaba el profeta Isaías. El Evangelio de hoy nos recuerda una vez más el azar inherente a la vida institucional religiosa o monástica. Vivimos en nuestro mundo, lejos de las muchas pruebas de la existencia humana normal. Tenemos nuestras estructuras, nuestra fe, nuestras tradiciones, que tienen su raíz en el Evangelio, aprobadas por la Iglesia como expresiones auténticas de vivir el Evangelio. Y sin embargo, incluso ahí, aunque renunciemos a muchos bienes legítimos de este mundo y “ayunemos dos veces por semana y paguemos el diezmo de todo lo que tenemos”, podemos no oír la voz de Dios ni oír los “signos de los tiempos”, su presencia para nosotros en el mundo que nos toca vivir. ¡Pero no todo está perdido! La conversión del “bueno”, aunque sea un reto, es todavía posible. Hay una frase que Jesús utiliza dos veces en este pasaje. En inglés está traducida con las palabras “recapacitar”. Se dice del hermano que rehusaba al principio hacer lo que le mandaba su padre y luego “recapacitó” e hizo lo que se le mandaba. Y la utiliza Jesús con los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo que, incluso después de ver el ejemplo de Juan el Bautista y de aquéllos que creían en Él “se negaron a recapacitar y a creer en Él”. De lo que Jesús está hablando es de lo que llamamos comúnmente la conversión. Se trata de un cambio de mentalidad, que da como resultado el ver las cosas de modo diferente y nos lleva a comportarnos diferentemente; nos abre al espíritu de Dios y a la voluntad del Padre, tal y como se manifiesta en la vida de Jesús. Y es la buena noticia. Nos ayuda a ver su presencia en nuestro mundo y a tener confianza en este tiempo de transición y a trabajar con Él para la llegada de su reino. No es casual que la RB hable con profusión de cosas: el abad ha de tener presente el juicio de Dios; debe recordar que Dios le ha de pedir cuentas; ha de considerar la debilidad de los hermanos; qué es lo que se necesita, y a todos se les pide que no lo olviden o, para decirlo de forma más positiva, que vivan sabiendo que Dios está siempre presente. De hecho, está en la base de nuestra vida monástica, de nuestra conversatio, vivida día a día, por aquél que escucha como un discípulo. Cada día es un nuevo día y cada día es un nuevo principio y cada día es una llamada a la nueva vida, para estar abiertos a las “sorpresas de Dios”, y esto es posible porque es lo que Dios quiere para nosotros; renunciar a la muerte y vivir, pasar de la observancia al Espíritu, tener en nosotros los

sentimientos de Cristo Jesús. Hace unos días, ojeando el libro de Dom Lino sobre Romano Bottegal, me tropecé con esta frase de las notas del P. Romano: “Ser llamado a la vida cristiana, al sacerdocio, a la vida monástica, es ser llamado a dejar la figura (la imagen) -del maestro, de la ley- para entrar en la realidad (la gracia), la primera y final intención de Dios -unión con Dios y con los hermanos- en un amor que sea personal, universal y humilde”. La buena noticia hoy es que siempre podemos comenzar de nuevo -arrepentimiento/conversiónporque ¡Dios quiere que tengamos vida y la tengamos en abundancia! Que la celebración de esta Eucaristía anime la memoria de Jesús en nosotros y haga más viva su presencia entre nosotros y en nuestro mundo, para que podamos hacer

la voluntad del Padre y adelantar la llegada del Reino de Dios. (P. Eamon).