Viernes de la Semana 5 de Cuaresma – 2

CUARESMA

Viernes 5º

 

 

LECTURA:      

“Juan 10, 31‑42”

 

 

En aquel tiempo, los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús. Él les replicó: «Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?»

Los judíos le contestaron: «No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios.»

Jesús les replicó: «¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: Sois dioses”? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y no puede fallar la Escritura), a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros que blasfema porque dice que es hijo de Dios?  Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre.»

Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de

nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí.

Muchos acudieron a él y decían: «Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de éste era verdad.» Y muchos creyeron en él allí.

 

 

MEDITACIÓN:        

“Por encargo de mi Padre”

 

            Hay muchas cosas que se hagan desde donde se hagan su finalidad, buena o mala, es la misma. Pero no cabe duda de que a  la hora de hacerlas importa de dónde arrancan, de dónde parten, al menos de cara al que lo realiza y al empeño que se pone en ello.

 

            Jesús puede hacer el bien partiendo de sí mismo, de sus buenos sentimientos, lo mismo que lo podemos hacer cualquiera de nosotros. Y puede ser que esa opción sea asumida a pesar de que las consecuencias puedan ser reconocidas o rechazadas, y se mantengan firmes hasta el final. Pero en Jesús hay un matiz, o una convicción determinante y decisiva, y que en momentos decisivos,, ante la tentación de abandonar, lo va a mantener firme, fiel hasta el final, pese a lo duro que le puede resultar. Pronto lo vamos a volver a recordar.

 

            Ya nos lo ha puesto de manifiesto en diferentes ocasiones y formas. Jesús actúa desde el Padre, por encargo suyo. Tiene conciencia clara de vivir para hacer su voluntad, para llevar a efecto su proyecto de amor al hombre. Y es esa certeza la que permite asumir totalmente su tarea. Jesús ha dado su sí total y definitivo a Dios y, pese lo que pese, y pase lo que pase, él es fiel. Pero no desde una fidelidad u obediencia externa, como la de aquél que ha asumido un compromiso cualquiera y está decidido a cumplirlo por fidelidad a su palabra, sino desde una donación total, plena, la de aquel que se ha identificado. Jesús vive y vibra desde el Padre, desde Dios, del que se ha hecho uno, es uno con él desde la identificación que realiza el amor.

 

            Jesús vive desde Dios y para Dios. Tal vez la frase que mejor lo expresa es aquella con la que afirma que su alimento es hacer la voluntad del Padre. Podría prescindir de otro alimento pero de ese no. Sin esa totalidad Jesús dejaría de ser Jesús, dejaría de ser el hijo de Dios, dejaría simplemente de ser, o no tendría razón de ser porque él ha venido por encargo de su Padre.

 

            Tal vez sea cuestión de matices, pero matices nucleares que cuando se tienen nos recuerdan dónde estamos, desde dónde estamos y para qué estamos. Podemos ser cristianos desde el deseo de coherencia, es lo mínimo que se nos puede pedir. Pero si esa coherencia se convierte en un mero empeño de voluntad, puede ser que tarde o temprano las dificultades del camino nos frenen, nos cansen, o hasta nos hagan perder las fuerzas y la referencia que aparentemente se apoyaba sólo en nuestra voluntad, en nuestra buena voluntad.

 

            Pero estamos llamados a dar ese paso, o ese salto, que venimos repitiendo y que sabemos. A responder no desde una convicción, un empeño o un deseo, sino desde una experiencia profunda de sabernos y sentirnos amados, cogidos, por un Dios que nos ama, de manera que de nosotros brote, como de una fuente, como consecuencia natural, nuestra respuesta de amor. Respuesta que tenemos que ir desglosando, traduciendo, expresando y dando forma en las diferentes circunstancias por las que nos toca atravesar, sin plantearnos más cosas que la de sentir que, desde dentro, no nos brota otra cosa que la de responder y expresar ese amor que nos alienta y alimenta. Así va a llegar Jesús hasta el final y así estamos llamados a llegar nosotros.

 

 

ORACIÓN:       

“En la corriente del amor”

 

            En la vida recibimos muchos encargos y de muchos tipos. Casi podríamos decir que nos movemos desde ellos, aunque tal vez no nos hemos parado mucho a pensarlo. E insertos en esa realidad creo que el mejor encargo que hemos podido recibir es el que nos llega de Dios. Encargados de llevar no cosas o mensajes de Dios sino al mismo Dios, que se convierte en el mejor mensaje, en la mejor buena noticia, porque es un mensaje de presencia, de cercanía, que nos quiere adentrar en la corriente del amor que brota de él. Ser conscientes de este encargo, volver la mirada a él cuando las circunstancias del camino nos adentran por derroteros complejos, está llamada a ser la clave, la referencia de nuestra vida de creyentes, porque en ella nos jugamos la respuesta de lo que sentimos profundamente ser. Señor, ayúdame a no olvidarlo, a tenerlo presente, a sentirlo íntimamente, para que empuje mi vida. Gracias, Señor.

 

 

CONTEMPLACIÓN:         

“Como un sello”

 

Necesito recoger

para poder llevar,

escuchar para hablar,

descansar para correr,

sentir calor para irradiarlo.

Dejarme tocar

hasta que tu huella

se plasme en mí,

como un sello

que me hace tuyo,

y me hace sentir

que eres mío;

que eres tú en mí,

que soy o quiero ser,

yo en ti.

 

 

 

 

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