Martes de la Semana 5 de Cuaresma – 2

CUARESMA

Martes 5º

 

 

LECTURA:       

“Juan 8, 21‑30”

 

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros.»

Y los judíos comentaban: «¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: “Donde yo voy no podéis venir vosotros”?»

Y él continuaba: «Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Con razón os he dicho que moriréis por vuestros pecados: pues, si no creéis que yo soy, moriréis por vuestros pecados.»

Ellos le decían: «¿Quién eres tú?»

Jesús les contestó: «Ante todo, eso mismo que os estoy diciendo. Podría decir y condenar muchas cosas en vosotros; pero el que me envió es veraz, y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él.»

Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre. Y entonces dijo Jesús: «Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que yo soy, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada.»

Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él.

 

 

MEDITACIÓN:       

“Lo que he aprendido de él”

 

            Éste es el secreto y la actitud básica de Jesús. Ya lo viene repitiendo, pero es necesario volver a hacerlo, no sólo por él, sino especialmente por nosotros. Porque ahí está también nuestra clave como creyentes y como discípulos. Y, porque, es la realidad en la que nos movemos, la única manera de mantener o de alimentar lo que está llamado a marcar la concreción o la especificidad de nuestra comprensión de nosotros mismos, del hombre, y de la historia.

 

            Y es que en el seguimiento de Jesús, en nuestra opción por la realidad de Dios que nos ofrece, no nos estamos jugando una forma de vivir un aspecto de la vida, la dimensión religiosa, como si fuese una especie de apartado, un espacio que podemos cultivar al margen de todo lo demás, como una especie de plus o de adorno, o de elección cualquiera, como uno puede elegir cualquier tipo de profesión; en ella se pone en juego toda nuestra existencia, nuestra concepción de ser hombre y mujer, y de construirnos como tales frente a otras modos de concebir la realidad humana.

 

            Por todo ello, cuando desertamos o banalizamos sus implicaciones, cuando lo vivimos como un aspecto que no marca diferencias, o hacemos dejación de ella reduciéndolo al ámbito casi mínimo de lo cultual, cuando nos paralizamos ante las respuestas, especialmente negativas o de rechazo de los otros, estamos poniendo de manifiesto que no hemos aprendido casi nada. Puede ser que hayamos heredado toda una serie de aspectos que hemos decidido continuar porque algo nos aportan, o forman parte del bagaje de nuestra historia, pero que no nos empujan a seguir ahondando e implicando con más fuerza y verdad sus consecuencias, lo que al final se convierte en combustible para que muchos intereses intentes quemar, no sin razón, lo poco que queda en nosotros de coherencia.

 

            Jesús se ha dedicado a aprender de Dios. Podíamos pensar que él no necesitaba hacerlo, pero sí. Todos esos espacios orantes, de encuentro largo y prolongado en noches para estar con su Padre, para escuchar su proyecto de amor, para experimentar su presencia con todas sus implicaciones y consecuencias en su vida, convertidas en actitudes concretas que se desmarcan de otros modos de entender al hombre y al mismo Dios, han dado forma a su corazón. Por eso puede afirmar que lo que hace y dice no sale de él, es lo que ha escuchado y visto a su Padre. Ahí se ha afianzado y cogido fuerza su entrega y amor al hombre, al que se acerca para servirlo poniendo de manifiesto su dignidad. Un hombre capaz de poder ser servido por el mismo Dios.

 

            Y desde ahí, ahora que la cuaresma llega a su fin, podemos mirarnos con más valor, en ese proceso de conversión al que debíamos haber intentado abrirnos un poco más, para ver, sentir, descubrir, con sinceridad y con esperanza, si hemos aprendido algo más de nuestro mirar a Dios a través del ser de Jesús. Y si lo que hemos aprendido o intuido, o reafirmado, se nos convierte en deseo, en ilusión, en tarea, en proyecto, o simplemente continuamos en el punto de donde partimos.

 

            No se trata de esperar grandes revoluciones en nuestro vida, o tal vez sí, quién sabe, pero sí de mantener vivo nuestro empeño de seguirnos trabajando. Y es que la realidad, el ambiente en el que nos movemos nos lo está pidiendo y, hasta tendríamos que decir, urgiendo. Es una llamada ilusionada y gozosa, esperanzada, desde nosotros, hasta todo lo que de bueno los hombres podemos realizar. No tengamos miedo a aprender y a aplicar lo aprendido en la medida de nuestras fuerzas. No estamos solos. Es tarea compartida y llevada adelante con él.

 

 

ORACIÓN:       

“Actitudes de bien”

 

            No sé, señor, si sólo se trata de que nos cuesta aprender o de que no queremos aprender. Pienso que todo se entremezcla en nuestro caminar. Nuestras convicciones muchas veces no llevan el sello fuerte del deseo, de la convicción, del implicarnos plenamente en las consecuencias de lo que somos o decimos ser. Es cierto que siempre jugamos con la realidad de nuestras limitaciones, están ahí, palpables, con todo su peso, pero no podemos ponerlas como justificación; al contrario, debían jugar como favor en nuestro empeño más decidido. De todas formas, tu palabra y tu actitud siguen siendo mi mi referencia, aunque tenga que seguir empujando ese empeño, no como carga sino como el medio que me permite seguir ganando terreno a lo que quiero que sea mi vida desde ti, y aportar a mi realidad y a toda la que me rodea. Estoy convencido que sólo desde la fuerza del amor, traducido en actitudes de bien, tiene sentido, y ahí quiero seguir adentrándome contigo, en mi apertura continua y gozosa a ti. Ayúdame. Gracias, Señor.

 

 

CONTEMPLACIÓN:       

“Fuerza de amor”

 

Despertar, abrirme, acoger, entrar,

dejar que tu presencia

caliente los resortes de mi ser

hasta irradiar tu calor de vida.

Escuchar, descansar, aprender,

dejarme empapar por tu agua,

quemar por tu fuego,

acariciar por tu mano,

empujar mi esperanza,

despertar mis anhelos,

serenar mi corazón inquieto,

hasta arrancar y poner en marcha,

tu fuerza de amor que alienta en mí.

 

 

 

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