Viernes de la Semana 4 de Cuaresma – 2

CUARESMA

Viernes 4º

 

 

LECTURA:      

“Juan 7, 1‑2. 10. 25‑30”

 

 

En aquel tiempo, recorría Jesús la Galilea, pues no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo. Se acercaba la fiesta judía de las tiendas.

Después que sus parientes se marcharon a la fiesta, entonces subió él también, no abiertamente, sino a escondidas.

Entonces algunos que eran de Jerusalén dijeron: «¿No es éste el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que éste es el Mesías? Pero éste sabemos de dónde viene, mientras que el Mesías, cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene.»

Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó: «A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; a ése vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él, y él me ha enviado.»

Entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.

 

 

MEDITACIÓN:      

“Enviado”

 

            Siempre igual, parece que nos somos capaces de ir más allá de nuestras propias narices. A fuerza de querer mantenernos en lo que vemos terminamos no viendo lo más importante. Tal vez ésa es nuestra mayor tragedia. Aparentemente somos capaces de mucho, nos adentramos incluso en el ámbito del alma, de la psicología, de lo que afecta a nuestro interior, pero aún ahí terminamos quedándonos en la superficie y no somos capaces de acercarnos a las raíces profundas de lo que somos y de lo que late en nuestro interior más profundo, en nuestra verdad más auténtica.

 

            Y lo sabemos, sólo cuando somos capaces de tocar el fondo del otro, y sólo cuando el otro nos deja entrar en él, es cuando podemos conocernos, entendernos y, de alguna manera, transformarnos, y crecer. Pero parecemos muy empeñados en cerrar esa puerta. No sólo a los otros sino a nosotros mismos y, por lo tanto, con mucha más fuerza a ese Dios que está manifestándonos la realidad desbordante de lo que hay, de lo que es, nuestro ser.

 

            A partir de ahí, todavía podemos dar más pasos si nos atrevemos, los pasos que se atrevió a dar Jesús, porque así lo experimentó en toda su fuerza, como nos lo viene poniendo de manifiesto. Su palabra no nace de un deseo, de una convicción, sino de una experiencia que le empuja a salir de sí, con todos los riesgos que ello conlleva. Una salida de sí en favor de los demás, lo que todavía hace las cosas más arriesgadas porque la respuesta nunca es la esperada.

 

            Jesús se sabe, se siente, enviado. Es el sentido de su vida, la razón de su ser y de su actuar. Ha sido enviado para anunciar el amor incondicional de Dios, para anunciar su plan de salvación que lleva en sí el anuncio de la dignidad sagrada de todo hombre. Por encima de todas esas diferencias que caracterizan nuestras culturas, nuestros modos de pensar, nuestra búsqueda de la verdad, a veces un tanto a ciegas o parcial, hay algo común, algo que pertenece a todos, algo a lo que no podemos renunciar si no queremos renegar de nuestro ser humanos y, precisamente es ese sentido de humanidad, de una dignidad que arranca, no de algo que se nos concede o cedemos en nuestras leyes o decisiones, sino en algo que nos conforma en sí.

 

            Nosotros creemos que hemos salido de las manos de este Dios. Se nos ha dado la posibilidad de nuestro acceso a él. Hemos tenido la suerte de encontrarnos con él, a pesar de nuestras limitaciones y condicionamientos. Se nos ha manifestado en la fuerza y la belleza de su amor, y con ello nos ha constituido, junto a Jesús, en enviados, para ser allí donde estamos actores de esa realidad que no es teórica, ni tiene que ver con algo romántico o idílico, o con el mero anuncio de un cielo futuro, que lo tiene, sino con algo que arranca en el hoy de nuestra historia para dejarle ser aquello para lo que ha sido creada y hemos sido creados, nuestra propia plenitud.

 

            A veces puede dar la sensación de que es una batalla perdida. Jesús mismo pereció en ella, y muchos detrás de él hasta nuestros días. Pero es precisamente ese rechazo el que nos hace experimentar y sentir que es la vida a la que estamos llamados, que es ella la que ha superado la realidad de la muerte en la resurrección, porque la muerte es algo material y temporal, mientras que la vida arranca de la eternidad, del mismo ser de Dios. Es lo que creemos y lo que vamos a celebrar en la llegada de la pascua. Y sentirnos enviados es reconocer que nos somos elementos pasivos de algo que se nos da, ofrece o impone, sino de algo que acogemos porque hemos descubierto que en ello radica el sentido de lo que somos en él. Y es lo que la humanidad, todo hombre, aunque no sepa o no quiera expresarlo, desea.

           

 

ORACIÓN:        

“Desde lo más profundo”

 

            Es bonito, Señor, tal vez se nos escapa. Lo sabemos y lo hemos repetido muchas veces, pero nuestro mismo lenguaje a veces nos distancia las realidades en lugar de ayudarnos a acercarla. Queremos definir tan bien las cosas, queremos expresarlas tan bonitas que, al final,, pierden la fuerza y la naturalidad sencilla y fuerte de su contenido. Sí, sentirme enviado como tú, desde dentro. Lo has explicitado, es cierto, porque necesitamos también que se nos digan las cosas para captarlas o descubrirlas, para aprender sus concreciones, pero al final tenemos que descubrir que todo ello no nace de un mandato sino de algo que bulle, que surge, que se eleva desde lo más profundo, como una necesidad que se impone y que pone en marcha todo lo que somos, todo lo que soy. Señor, se me escapa, lo sé, pero quiero retenerlo, acogerlo, sentirlo y vivirlo. Puede parecer que esto trastoca mi vida aparentemente sencilla de cada día, pero es lo que me permite que sea vida, mi vida, no lo que me viene o se me impone, sino la que busco y deseo para mí y para todos. Ayúdame, Señor. Gracias.

 

 

CONTEMPLACIÓN:        

“Por dentro”

 

Me pueden llevar y traer,

es ligera mi materialidad,

pero no me pueden mover

por dentro

si yo no lo deseo.

Aunque me lancen al viento,

aunque me arrastren cadenas

o hundan en tierra mi cuerpo,

sólo tú desde dentro

me despiertas y levantas,

prendes tu fuego en mi alma,

me pones en movimiento

 

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